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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión impresa ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.34 Buenos Aires ene. 2012

 

RESEÑAS

Jorge Gelman, Rosas bajo fuego. Los franceses, Lavalle y la rebelión de los Estancieros, Buenos Aires, Sudamericana, 2009, 218 pp.

 

Nora Souto

Instituto Ravignani / CONICET

 

Hace unos años Jorge Gelman dio a conocer un artículo sobre la rebelión de los "Libres del Sur" en 1839 contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas, jaqueado en ese entonces por las dificultades políticas y financieras derivadas del bloqueo que un año antes había impuesto la escuadra francesa al puerto de Buenos Aires. (Entrepasados, Nº 22, 2002). A partir de un riguroso trabajo de fuentes y de la información de investigaciones previas propias y de colegas, afrontó la tarea de dar respuesta a los interrogantes que la historiografía no había podido resolver, antes que nada porque, como advierte el autor, los protagonistas de aquel hecho eran vistos como los más beneficiados por el gobierno rosista y sus principales baluartes. Creemos que ese artículo, convertido en el capítulo 2 de esta obra, le inspiró a su vez una reflexión sobre la naturaleza de aquel régimen y del más general proceso de construcción de un estado a escala provincial, interés hoy compartido por buena parte de los historiadores dedicados a este período.

El estudio del bienio 1838-1840 le permite formular en la introducción su principal hipótesis, según la cual, la crisis que supuso la ruptura del delicado equilibrio alcanzado por Rosas para compatibilizar sus acuerdos con las elites y con los sectores populares, y sobre el que se había sustentado el orden provincial hasta ese momento, tuvo como resultado la afirmación de un estado con mayor autonomía de las elites y más apto para monopolizar el ejercicio de la coerción. Logro conseguido a través de nuevos acuerdos que privilegiaron una relación personalizada entre el gobernador por una parte, y los sectores populares, los "indios amigos" y sus allegados en general por otra, y donde los beneficios se obtendrían sobre la sola base de una probada lealtad a la causa rosista.

Partiendo de definiciones de estado provistas por sociólogos y politólogos, el autor plantea que el proceso de construcción estatal en el caso de la provincia de Buenos Aires puede abordarse tanto desde los intentos de crear una estructura administrativa, militar o fiscal, como a través de los modos con que se busca fundar una legitimidad que genere la obediencia política de los habitantes de un territorio. Gelman opta claramente por esta segunda vía y privilegia una de las dimensiones de ese proceso cual es el ejercicio de la coerción y su papel en el armado de los consensos sociales.

Dividida en tres capítulos y unas conclusiones, el primero de ellos sitúa al lector al inicio del primer gobierno de Rosas y le presenta un breve repaso del debate historiográfico, inaugurado ya por los integrantes de la generación del 37, acerca de la naturaleza del régimen rosista, el rol del terror y la valoración del respaldo de los sectores subalternos al gobernador. No obstante destacar la contribución de los estudios de los últimos años sobre el discurso, la sociabilidad, los procesos electorales y las formas en que se construyeron los vínculos entre Rosas y los distintos grupos sociales y/o étnicos (terratenientes, sectores subalternos urbanos y rurales e indios) para una mejor comprensión de los apoyos al gobernador porteño, Gelman, influido en parte por la historiografía norteamericana, advierte sobre el riesgo de formular interpretaciones sesgadas si no se reintroduce la cuestión del papel de la coerción y del aparato represivo en la construcción de los consensos en el orden rosista. Asimismo insiste en rechazar el estudio de dicho régimen como si fuera un bloque uniforme y atender, por el contrario, a los cambios producidos ya en los acuerdos, ya en el uso de la coerción a lo largo del período de hegemonía de Rosas. Consecuentemente, aborda lo que da en llamar "el primer sistema de Rosas", cuyo fin último era el restablecimiento del orden y de la disciplina social en la provincia seriamente trastocados tras el motín del 1o de diciembre de 1828 liderado por Lavalle. Fronteras afuera de Buenos Aires, Rosas procuró restablecer una convivencia pacífica con el resto de las provincias, lo que lo condujo a firmar el pacto federal, aliarse con los principales líderes del litoral y del interior, López y Quiroga, y a respaldar financieramente a algunas provincias; respecto de los indígenas impulsó una política que combinó fuerza y negociación. En cuanto a la restitución del orden en la propia provincia, condición indispensable para un desarrollo pleno de la ganadería de exportación, el intento inicial de Rosas por conciliar las facciones enfrentadas fue interrumpido abruptamente por la derrota de las fuerzas federales en el interior por parte de las tropas del General Paz y dio paso a una política que extremó el enfrentamiento entre federales y unitarios hasta la anulación de estos últimos como legítimos oponentes. Asimismo, Rosas buscó alinear tras su propia versión del federalismo a un amplio espectro social que iba desde los movilizados sectores subalternos urbanos y rurales hasta fracciones de las élites económica e ilustrada pasando por los empleados del estado como un modo de eliminar cualquier tipo de conflicto; tarea en la que alcanzó bastante éxito como para gobernar sin necesidad de alterar el marco legal constituido en los años 20 ni apelar a una violencia desmedida. Gelman destaca que durante este período el gobierno estuvo persuadido de haber logrado un alto grado de adhesión que, en el caso de la campaña bonaerense, abarcó no sólo a los habitantes más pobres y a casi todos los pequeños y medianos propietarios, sino también a los noveles terratenientes beneficiados por las políticas implementadas por Rosas en relación a las tierras, los impuestos y a la moneda, el cuidado de las fronteras y cierto empeño por disciplinar a la plebe rural.

El capítulo 2 ofrece un relato de los acontecimientos que, en los primeros días de noviembre de 1839, agitaron a los partidos de Dolores, Chascomús y Monsalvo, seguido de un pormenorizado análisis tanto de los sujetos que participaron de la rebelión, su inserción social y su grado de responsabilidad en las acciones, como así también de las causas que motivaron el levantamiento y pusieron en evidencia la vulnerabilidad de los consensos que sostenían el "sistema de Rosas". Se destacan en este capítulo las estrategias desplegadas por Gelman para comprender los factores que generaron el quiebre del acuerdo de los propietarios rurales con Rosas -a quien tomaron por sorpresa-y los volvieron sensibles a la prédica subversiva de los antirrosistas de la vecina orilla y a los insistentes rumores sobre el inminente arribo a la provincia de tropas al mando de Lavalle para derrocar al gobernador. Así, no sólo recurre al análisis de aquellos elementos de la realidad que explican el descontento de un sector que, por efecto del bloqueo, se vio impedido de exportar sus productos y resentido por las medidas implementadas por el gobierno para compensar la disminución de los ingresos de la aduana. Por el contrario, a partir de la correspondencia y de la prensa, intenta captar las raíces más íntimas del descontento de un sector que se consideraba parte de la "gente decente" y que de repente se veía expuesto ante la opinión pública cuando algunos de sus miembros aparecían en las listas de morosos que se publicaban en los periódicos, disgustado por el recorte de garantías personales u ofendido ante la falta de modales y de respeto con las que eran tratados por los agentes del gobierno. En las conclusiones al capítulo propone, por una parte, interpretar la rebelión de los "Libres del Sur" como una "imagen invertida" de aquel levantamiento rural producido diez años antes y protagonizado por peones, milicianos, desertores e indígenas que, con cierto grado de autonomía, se enfrentaron a un gobierno que decía representar a la civilización contra la barbarie y por otra, examina la forma en que el gobierno reaccionó frente al alzamiento. La represión, inmediata y violenta para evitar que la sedición se expandiera, estuvo a cargo de los sectores más fieles al gobierno, ubicados en los partidos de Monte y Azul, donde además se asentaban guarniciones militares comandadas por jefes de lealtad rosista irreprochable, y de los indios amigos. Sin embargo, la operación tuvo su costo y no sólo en términos materiales, pues para garantizar la adhesión fue necesario que el gobierno prometiera recompensas y honores pero también que amenazara con expropiaciones y, en el caso de los indios amigos, tolerara, hasta cierto punto, el robo de ganado que afectó por igual a las haciendas de rebeldes y leales.

El capítulo 3 aborda la invasión de Lavalle a Buenos Aires a mediados de 1840 y a pesar de que Gelman intenta reconstruir un abanico lo más amplio posible de las percepciones de los actores acerca del hecho, los testimonios de los invasores son más numerosos y pesan más en el relato que los de los leales a Rosas, que en su mayoría son citados en las notas. El autor, por un lado, subraya que la mayor parte de las adhesiones al ejército "libertador" procedieron de los propietarios más importantes de los partidos del norte de la campaña y que fue prácticamente imposible obtener ningún tipo de apoyo de Luján en adelante. Por otro lado, Gelman llama la atención sobre el sesgo clasista con que los partidarios de Lavalle describen a los fieles a Rosas ("hez de la población", "vulgo", "gente que no lee y pelea"). Sesgo que había aparecido también en el discurso rosista luego de la rebelión de los estancieros del año anterior y que la campaña de Lavalle termina por cristalizar en la oposición entre rico/unitario y pobre/federal. Asimismo, reproduce las razones por las que aquéllos explican la lealtad al gobernador, que se tradujo en el fracaso de la campaña de Lavalle, quien finalmente no pudo obtener el apoyo francés ni el de las fuerzas del oriental Rivera. Los oficiales del ejército libertador son concientes de la indiferencia cuando no de la abierta hostilidad de la población rural y urbana, que atribuyen al terror que inspira la feroz y segura represalia de cualquier gesto de adhesión a los invasores, que incluye fusilamientos, prisión y embargo de bienes, pero también al fanatismo ciego de una plebe numerosa que, como nunca antes, se había visto favorecida por un gobernador. Gelman, por su parte, añade otra razón que deduce de esos mismos testimonios y que fundamenta a partir de la información de otras investigaciones propias y ajenas, cual es la de la existencia en ciudad y campaña de un control represivo bastante eficaz sostenido por variados sectores de la sociedad pero, en especial, por los subalternos (aparato militar-miliciano, policía, cuerpo de serenos, Sociedad Popular Restauradora). Sin embargo, y a los efectos de completar ese arco de percepciones propuesto por el autor, creemos que hubiera sido provechosa la compulsa de la prensa federal para examinar en paralelo los argumentos que el discurso rosista opuso a los lavallistas, como así también, el recurso a otros testimonios del bando federal a través de los cuales pudiera indagarse si el recuerdo del fusilamiento de Dorrego pudo haber generado junto a otros elementos más tangibles por coercitivos -y ya mencionados-, la actitud hostil de la población bonaerense hacia Lavalle.

La "traición de las elites" obliga a Rosas a reformular el "sistema" construido durante su primer período como gobernador y a Gelman a reflexionar sobre el lugar de la coerción en el mismo. La crisis de 1838-1840 desplaza a las elites a un lugar marginal dentro del cuadro de lealtades y reposiciona a los sectores subalternos en virtud de su adhesión al régimen –genuina en unos casos, comprada o forzada por el temor y las amenazas en otros-. En las Conclusiones el autor retoma la hipótesis enunciada en la introducción y expone los cambios introducidos por Rosas para restablecer la obediencia política en la provincia. En algunos casos se trata del refuerzo de mecanismos preexistentes como el de la censura, el disciplinamiento del poder legislativo, la represión de los opositores y el recurso a la movilización popular debidamente controlada. Pero a los efectos de lograr un control más eficaz de la población y del territorio, Rosas se empeña también en una doble ampliación: la del aparato represivo, en el que las fuerzas de línea adquieren un mayor peso y a las que se suma el apoyo indígena, y la de la estructura administrativa al crear nuevos partidos en el sur dotados de un plantel más numeroso de funcionarios. Asimismo, se modifican los criterios de selección de los jueces de paz, que privilegian la fidelidad o la relación directa del candidato con el gobernador o alguno de sus allegados sobre su prestigio local, razón por la cual, se renueva el personal que en los años siguientes aparece una y otra vez ocupando el mismo cargo. Aclara Gelman que este "segundo" sistema tampoco permanece inalterado hasta Caseros. Conciente quizás de que si el estado se había vuelto más independiente de las elites era a costa de la gravosa adhesión de la plebe urbana y rural y, en especial, del apoyo indígena, Rosas intentó, a fines de los años 40, restablecer algunos acuerdos con aquellos que lo habían enfrentado. Sin embargo, a pesar del retorno de algunos exiliados que incluso recuperaron los bienes que les habían sido embargados, la reconciliación no parece haber sido muy exitosa.

En sus páginas finales, Gelman hace hincapié en el ensanche de las ramas represiva y administrativa del estado que se produce tras el crítico bienio, hecho que fundamenta lo que más le interesa mostrar: que el nuevo orden político y social provincial tiene por base los acuerdos logrados con los sectores subalternos pero, sobre todo, que su sostén principal es el aumento de la capacidad del estado para ejercer el control y la coerción sobre algunos sectores de las elites y sobre la oposición en general.