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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión impresa ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.35-36 Buenos Aires feb./jun. 2012

 

ARTÍCULOS

Las Vírgenes Generalas: acción guerrera y práctica religiosa en las campañas del Alto Perú y el Río de la Plata (1810-1818)

Pablo Ortemberg1

Artículo recibido: 13 de agosto de 2010

Aprobación final: 20 de abril de 2011

 


Resumen

Intentamos demostrar que la práctica religiosa ha constituido una preocupación fundamental en los ejércitos realista y revolucionario, no sólo debido a la devoción personal de sus generales, sino también por su función política e institucional en el espacio mismo de la contienda. En un comienzo, indagamos cómo ambos bandos utilizaron el culto mariano en la práctica guerrera de acuerdo con una larga tradición hispánica. El nombramiento de advocaciones de la Virgen como Generalas de ejércitos regulares y ya no patronas de regimientos constituyó una novedad en la historia de la guerra en Perú y Río de la Plata. En segundo término, comprobamos que esa instrumentalización consciente por parte de los generales tuvo diferentes énfasis y matices según las maniobras que adoptaba en ese registro el enemigo en el marco de una guerra de propaganda. En este sentido, nos abocamos a restituir una "trama religiosa" desde las tres campañas del Ejército del Norte hasta los triunfos de José de San Martín y Bernardo O'Higgins en Chile, cubriendo el arco de 1810 hasta 1818. Demostramos que la liturgia católica no sólo fue el modo más eficaz para erigir un ejército regular disciplinado, sino también una forma para que los soldados (hacia adentro de la milicia) y los pueblos de la región (hacia afuera de la milicia) creyeran en la sacralidad de la causa de la libertad e independencia.

Palabras clave: Religión; Guerra; Independencia; Río de la Plata, Alto Perú

Abstract

The aim of this paper is to demonstrate that during the wars of independence, religious practice was a fundamental preoccupation of both royalists and the armies that fought for independence. This was not due exclusively to the personal devotion of the generals involved, but was also because of the political and institutional function religion had in the process of war. Firstly we investigate how both sides used the Marian cult in the practice of war, following on a long Hispanic tradition. Both armies named different avocations of the Virgin as their Generals. This was a novelty in the history of war in both Peru and the Río de la Plata, as before they had been merely patrons of the regiments. Secondly we note how this conscious instrumentalization by the generals, had different emphases and shades depending on the maneuvers adopted by the enemy in a context of propaganda war. We dedicate our effort to restoring the 'religious thread' during the arc of 1810 to 1818, from the three campaigns of the Army of the North to the victories of San Martín and Bernardo O'Higgins in Chile. We show how Catholic liturgy was not only the most efficient strategy with which to create a regular and disciplined army, but also a way so that soldiers (within the militia) and the people (from without the militia) would believe in the sacredness of the independence cause.

Keywords: Religion; War; Independence; Rio de La Plata, Upper Peru


 

1. Introducción

La carátula del manuscrito completo del diario de campaña del general Joaquín de la Pezuela en sus expediciones en el Alto Perú (1813- 1816) muestra un dibujo saturado de sentidos (véase la figura 1 al final de este artículo).2 El espacio central lo ocupa una oración dirigida a la Virgen, una imploración en la que Pezuela le pide que nunca lo abandone, evocando la alianza inquebrantable entre Madre e Hijo. Rodea la plegaria una serie de banderas de los regimientos y batallones que componían el ejército del general. En la parte superior central figura un inmenso escudo de la orden carmelita en perfecta simetría vertical con el escudo familiar de Pezuela, que se encuentra en la parte inferior. Una mirada desprevenida podría fácilmente confundir el diario militar con un misal u otro texto religioso. La carátula es más que un preámbulo decorativo del manuscrito, puede ser también una puerta que nos invita a penetrar en el universo de representaciones y prácticas religiosas presentes en la acción guerrera durante la independencia. En este ensayo partimos de elementos que aparecen en el manuscrito de Pezuela, muchas veces de manera esporádica pero siempre significativa, con el fin de situar en un contexto histórico y sociológico los múltiples sentidos que encierran en la práctica guerrera el nombramiento de una Virgen como Generala de un ejército. Mediante esta entrada, pretendemos contribuir a una mejor comprensión sobre la índole y dinámica de unos ejércitos multiétnicos en permanente crisis durante las duras campañas revolucionarias y contrarrevolucionarias en el centro y sur del continente.

Intentaremos demostrar que la práctica religiosa ha constituido una preocupación fundamental en ambos ejércitos, realista y revolucionario, no sólo debido a la devoción personal de sus generales, sino también por su función política e institucional en el espacio mismo de la contienda. En un comienzo, observaremos cómo ambos bandos utilizaron el culto mariano en la práctica guerrera de acuerdo a una larga tradición del antiguo régimen español. El nombramiento de Vírgenes Generalas de ejércitos regulares, y ya no patronas de regimientos, constituyó una novedad en la historia de la guerra en América. En segundo término, comprobaremos que esa instrumentalización consciente por parte de los generales tuvo diferentes énfasis y matices según las maniobras del enemigo en el marco de una guerra de propaganda. En este sentido, nos abocaremos a restituir la trama religiosa que puede leerse desde las tres campañas del Ejército del Norte hasta los triunfos de José de San Martín y Bernardo O'Higgins en Chile, cubriendo el arco de 1810 hasta 1818.

En el seno de esa guerra de opinión, el culto mariano sirvió para capturar la adhesión local, moralizar a la tropa, superar las desventajas materiales (revitalizando el dispositivo del milagro) y crear sentimiento de unidad, disciplina y espíritu de subordinación en ambos ejércitos. Los documentos dan prueba de las dificultades para conseguir esto último, poniendo en evidencia la estrecha conexión entre disciplina militar y práctica litúrgica, cuestión que desarrollaremos en último término. Este aspecto tuvo especial relevancia para el joven ejército revolucionario, cuyos generales encontraron en la liturgia católica no sólo el modo más eficaz para erigir un ejército regular disciplinado, sino también una forma para que los soldados (hacia adentro de la milicia) y los pueblos de la región (hacia afuera de la milicia) creyeran en la sacralidad de la causa de la libertad e independencia.3 No había otros símbolos legitimadores suficientemente extendidos en la creencia popular que pudieran impeler a la acción con igual fuerza. La simbología criolla que apelaba a la retórica incaísta, como se argumentará, no demostró tener el mismo poder de convocatoria ni la misma aceptación. La potencia del culto mariano operaba en un registro diferente al del gorro frigio y la matrona de la libertad, emblemas que debían quedar subordinados a la liturgia católica en espera del transfer religioso, según la expresión de Mona Ozouf.4 Tal es así que el culto cívico-militar del nuevo gobierno nace de la tradición mariana de la época, como lo demuestran los sucesivos agradecimientos a las Vírgenes patronas, misas, tedeums y ceremonias patriotas.

Sobre la conexión entre práctica guerrera y práctica religiosa, existen estudios para el caso peninsular, especialmente sobre la guerra contra el invasor Bonaparte, aunque también sobre la contienda entre constitucionalistas gaditanos y absolutistas. En ambos casos se observan similitudes con lo que acontecerá en suelo americano entre realistas e insurgentes.5 Para el caso mexicano abundan los trabajos sobre la Virgen de Guadalupe, estandarte de la rebelión encabezada por Hidalgo y Morelos. David Brading llega a afirmar que "por ser encabezada por clérigos con invocación de símbolos religiosos, la insurgencia mexicana se asemejó más a la resistencia española contra la invasión francesa que a los movimientos de independencia de la América del Sur".6 Aunque consideremos exagerada esta conclusión, es cierto que los insurgentes de Nueva España se levantaron para preservar los derechos de Fernando VII y la pureza de la religión, amenazados por el "impío" Bonaparte, es decir, tal como resume Portillo Valdés, "España sólo podía defenderse desde Nueva España".7 Como sostienen Eric van Young y William Taylor, en un comienzo de la rebelión tanto el nombre de Fernando VII como la Virgen de Guadalupe eran símbolos empleados por insurgentes y realistas.8 Taylor demuestra que la identificación de la Virgen de Guadalupe como patrona de la nación mexicana y la Virgen de los Remedios como abogada de los realistas son construcciones posteriores. Más allá de la magnitud del uso de la Virgen de Guadalupe y las particularidades de la insurgencia mexicana, tendremos ocasión de señalar algunos rasgos comunes en el uso político e identitario de las vírgenes con la realidad sudamericana.

La historiografía contemporánea sobre la religión en la independencia en América del Sur se ha concentrado en temas tales como el comportamiento del clero en la coyuntura revolucionaria, la influencia de las corrientes teológicas, los vericuetos político-jurídicos entre la Iglesia americana, Roma y los nuevos gobiernos, las marchas y contramarchas del proceso de secularización, la importancia de los sermones como vehículo de propaganda. En este abanico de temas generales, el que más se complementa con el que tratamos aquí es el análisis de sermones revolucionarios emprendido por historiadores recientes no sólo en el mundo católico ibérico.9 En las sociedades estudiadas, el sermón se presenta como una fuente de gran utilidad por su fuerza generadora de sentido y, en gran medida, condicionante de la acción política colectiva, incluida la guerra. Sin embargo, nuestro propósito no consiste en estudiar las implicancias políticas del discurso de los hombres de Iglesia (realistas o revolucionarios), sino los discursos y prácticas religiosas de los hombres de armas producidos en el mismo campo de batalla. Dicho esto, en la vasta región sudamericana queda mucho por analizar sobre la conexión entre práctica guerrera y práctica religiosa. Para ello es un antecedente importante Jérusalem et Babilone, de Marie Danielle Demélas e Yves Saint-Geours, escrito en 1983 y publicado en 1989. Aunque el problema que orientaba entonces su análisis era el de separar elementos "modernos" de aquellos comportamientos "tradicionales", perspectiva que hoy en día ha sido superada, fue pionera en explorar "el carácter religioso de la insurgencia"10 en Quito entre 1809 y 1812. Al igual que en México, los insurgentes, en buena medida clérigos, impulsaron una guerra santa en defensa de la verdadera cristiandad. La popular Virgen de Quinche, por ejemplo, llegó a ser considerada capitana general de las tropas de la Audiencia.11 La autora ha continuado sus observaciones sobre la visión providencial de la guerra a partir del diario de Vargas, un guerrillero de la región de Cochabamba.12 Por último, Oriana Pelagatti centra su investigación en la formación del cuerpo de capellanes del Ejército de los Andes y, con una aguda mirada, profundiza en la función disciplinadora y propagandística de la liturgia en la profesionalización del ejército.13 Estos trabajos se emparentan directamente con el objetivo de este ensayo en cuanto nos proponemos analizar los rituales de la guerra, donde los discursos e imágenes que la justifican forman parte de estas mismas prácticas simbólicas que tienen como escenario el campo de honor.

Buena parte de los documentos que sustentan este trabajo son conocidos por una tradición historiográfica argentina que puede denominarse "confesional" o de "conmemoración", cuya historia ha sido examinada por Roberto Di Stefano en varios ensayos.14 En la Argentina que abandona el paradigma liberal de la generación del ochenta y penetra desde las primeras décadas del siglo XX en una matriz católica nacional, florece un tipo de historiografía donde descuellan sin conflicto la minuciosidad fáctica junto con el exacerbamiento ideológico. Estos trabajos se suceden en un clima de profundos cambios institucionales, ideológicos y políticos que vive el país. A partir de 1920, la Iglesia recupera espacios de poder que había perdido a fines de la centuria anterior y, en ese proceso, el catolicismo progresivamente se va ubicando como eje del alma nacional. Las elites encuentran en el catolicismo una herramienta aglutinadora, percibiéndolo como único motor eficaz de integración, constructor y custodio de la "argentinidad", frente a las masas de inmigrantes portadoras en buena medida de ideologías foráneas.15 Este paradigma o "matriz católico-integral", según la expresión de Mallimaci et al., recorre todo el siglo XX, expresándose en diferentes modalidades a través de distintos personajes y tendencias, tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político.16 Así, el mito de origen del ser nacional, la Revolución de Mayo y su panteón de próceres ejemplares, las virtudes patriotas que de este mito debe aprender el buen ciudadano argentino quedan bajo la tutela de interpretaciones emanadas por el catolicismo integral del siglo XX. En consecuencia, prolifera en diferentes momentos de ese siglo una historiografía preocupada en demostrar la devoción católica de los próceres, el comportamiento ejemplar del clero patriota y los valores católicos de la Revolución de Mayo.17 Las Fuerzas Armadas y la Iglesia del siglo XX se encuentran en cada acto celebratorio tanto en el culto patriótico como en las conmemoraciones religiosas. Estas últimas adquieren un carácter nacional, y el primero reviste un carácter religioso. Un hito importante puede ser la conmemoración del centenario de la batalla de Tucumán (1912), celebrado con la coronación de la Virgen de la Merced –Virgen Generala de Belgrano– por el Vaticano y los estudios históricos asociados a esta "advocación patria".18 Otro hito es la construcción de la basílica de Luján junto con la proyección definitiva de esta imagen como Virgen de la nación en 1930 por Bula papal. En este proceso, desempeñaron un importante papel los trabajos históricos que rastrean el protagonismo nacional de la Inmaculada de Luján, llegándola a vincular con el origen de la bandera. 19 La publicación periódica Anales del Instituto Belgraniano Central, claramente orientada al enaltecimiento del prócer, constituye otro ejemplo donde la investigación histórica y la motivación ideológica parecen crear una historiografía que transita un camino distinto, menos por sus procedimientos que por sus problemas, al de la historia social o la nueva historia política.20

Estos estudios, en su mayoría de cuño conservador, cuyos autores mismos son muchas veces sacerdotes u oficiales del ejército devotamente preocupados en dar pruebas de la fe de los próceres y, a un tiempo, confirmar la alta empresa nacional de la gesta libertadora, han exhumado documentos de gran utilidad que podrían inspirar nuevas investigaciones con premisas menos ideologizadas o ajenas al interés "confesional" y apologético o "conmemorativo" y esencialista. Destacamos en este sentido el libro del sacerdote salesiano Cayetano Bruno, La Virgen Generala, preciosa cantera de información fáctica sobre el tema.21 Los periplos de Manuel Belgrano y José de San Martín son los favoritos de aquellos estudios y se apoyan fundamentalmente en pasajes de las memorias de José María Paz, Gerónimo Espejo y Damián Hudson, así como en las proclamas, partes de batallas, oficios gubernamentales y colecciones epistolares.22 Este acervo bibliográfico y documental es de gran utilidad para el presente trabajo. Por otra parte, las preocupaciones "nacionales" de la línea tradicional excluyen de su estudio los avatares del ejército realista. Las pistas documentales brindadas por estos estudios y la disponibilidad de numerosas fuentes editadas a lo largo de dos siglos de conmemoraciones patrias dificultan el análisis equilibrado entre los dos contendientes, en términos de volumen de información. Intentaremos en este ensayo poner en relación con los dos bandos, los cuales provenían de un mismo horizonte cultural y religioso, proponiéndonos a la vez ir más allá de las ficticias fronteras de los estudios nacionales y nacionalistas, sobre todo porque en aquel entonces las naciones tal como las entendemos hoy no existían.

2. La guerra de las Vírgenes

El "régimen de cristiandad" que definía el mundo virreinal se caracterizaba por la inexistencia de una esfera política autónoma de otra religiosa, aunque eso no impedía la constante presencia de conflictos jurisdiccionales entre representantes de uno y otro ámbito de la administración. 23 Desde sus fundaciones, villas y pueblos de la América española se habían puesto bajo la protección de un santo patrón o una de las advocaciones de la Virgen, muchas veces por azar (decisión divina, según la lectura de la época) o por popularidad local de cierto santo, santa o imagen de Nuestra Señora. El espacio civilizatorio era sinónimo del orden cristiano donde los individuos estaban adscriptos orgánicamente a un estamento o corporación. La corporación municipal, con sus propios patronos, englobaba a la vez múltiples corporaciones, laicas y religiosas, todas ellas también con sus santos patronos y Vírgenes tutelares. De este modo, el ciclo de fiestas patronales ocupaba gran parte del año. Además del calendario fijo de fiestas de precepto, los acontecimientos inesperados que amenazaban la vida de la ciudad o del reino, tales como guerras, ataques de corsarios, revueltas indígenas, terremotos y pestes eran ocasiones para que el cabildo exhortara a las cofradías que guardaban las imágenes de los patronos de la ciudad a sacarlas en procesión, convocando también a rogativas públicas. Por medio de los sermones, los sacerdotes difundían el mensaje del poder a la población al tiempo que ofrecían una interpretación del estado de cosas y con frecuencia la preparaban para la acción, la cual podía variar entre la sujeción a impuestos extraordinarios, donativos para la guerra y cambios en los hábitos de acuerdo al caso. Por ejemplo, la imagen del Rosario fue muy popular en la capital del Virreinato peruano, ciudad que se convertirá, a la sazón, en el centro de la contrarrevolución.

La fiesta de la Virgen del Rosario se celebraba anualmente el primer domingo de octubre, fecha que tenía su origen en la batalla de Lepanto.24 La Virgen había intercedido a favor de las armas de la Monarquía y se había ganado un lugar en el calendario oficial. Por su parte, Santo Toribio de Mogrovejo, en sus tempranos recorridos por los pueblos del virreinato a fines del siglo XVI, había difundido el culto a la Virgen del Rosario. A lo largo del período virreinal, Lima no dejó de sacar en procesión el bulto de su imagen también en momentos de epidemias, guerras y terremotos.25 En el siglo XVII, Santa Rosa y San Martín de Porres fueron devotos de su imagen en la iglesia de Santo Domingo, quienes posteriormente fueron escogidos como santos limeños, alimentando la identidad criolla.26 En 1716, el viajero Amadée Frezier estaba sorprendido por la amplia difusión que poseía esta imagen en el Perú,27 llegando a aventurar que "parece que toda la devoción se reduce al rosario. Le rezan en todas las ciudades y aldeas, dos y tres veces por semana; en las procesiones que son de noche en el seno de la familia, o bien cada uno en particular a lo menos todas las noches".28 En la Lima del siglo XVIII su popularidad era tal que hasta se dio el caso de querer fundar cofradías al Rosario bajo la apariencia de otra advocación, por no tener permiso para hacerlo.29

El origen militar del culto volvió a ponerse de relieve cuando gracias a su popularidad, el virrey Pedro álvarez de Toledo y Leiva, Marqués de Mancera (1639-1648), la eligió como patrona de los reales ejércitos y protectora de los reinos del Perú. Frente a la inminencia de una guerra, se convocaba a funciones de iglesia para pedir a la Virgen del Rosario su intermediación maternal ante el inescrutable Todopoderoso. Si bien las promesas y lágrimas eran dirigidas a la imagen de la Virgen, madre cercana de los limeños, las imploraciones evocaban también al "Dios de los Ejércitos". Durante el gobierno del virrey Amat (1761-1776), la procesión del Rosario, patrona de las Armas españolas, adquirió notable acompañamiento de milicias formadas acorde al fervoroso espíritu militarista de este virrey.30 Durante la guerra entre España y la Convención (1793-1795), se promovió en Lima la asistencia a los oficios religiosos para pedir al Rosario su intercesión por el triunfo de las "Armas Católicas" ante los impíos franceses. Las rogativas sirvieron no sólo para estimular sino también para organizar en las parroquias el acopio de donativos en joyas y dinero de todas las ciudades y pueblos del Perú con el fin de enviarlos a la península para financiar la guerra contra Francia. La Virgen del Rosario fue también denominada en ese contexto "Virgen de la Victoria".31

La popularidad de la Virgen del Rosario no era exclusiva del espacio peruano. Años después de la guerra contra la Convención y poco antes de la invasión napoleónica a la península, los ingleses incursionaron en Buenos Aires (1806 y 1807). Al igual que lo observado en el caso francés, se agudizó entonces la liturgia católica puesta al servicio de las armas para conducir a buen destino una lucha que se presentó nuevamente como una guerra religiosa contra un enemigo hereje. El saqueo de templos y los altercados en los conventos protagonizados por los ingleses como protagonistas abonaron esta visión. El decidido líder de la defensa y reconquista de Buenos Aires, Santiago Liniers, prometió ofrendar a la imagen del Rosario las banderas capturadas al enemigo. Luego de la victoria se sacaron en procesión varias imágenes y las banderas se depositaron ante el Rosario, en el interior del templo.32 La costumbre de ofrendar las banderas capturadas a la Virgen que maternalmente había cuidado a sus piadosos hijos tenía lejanos antecedentes. Resultó una práctica común durante la guerra contra la Convención y más tarde durante las guerras de independencia en América.33

A fines del siglo XVIII, la Virgen en su misterio de la Inmaculada Concepción gozó asimismo de gran difusión. El color celeste y blanco de la Orden de Carlos III, creada por este monarca en 1771, proviene del color del manto de la Inmaculada Concepción, patrona que había designado para la nueva Orden. En el Río de la Plata, el celeste y blanco de la Inmaculada de Luján estaba presente en el pendón del cabildo de esa villa, el cual sirvió de estandarte de guerra de la improvisada milicia de Juan Martín de Pueyrredón en la reconquista contra los ingleses en 1806.34 El Consulado de Buenos Aires, del cual Manuel Belgrano fue su insigne secretario, tenía como patrona a esta advocación. No carecen de solidez los argumentos que sostienen que el color de la bandera creada años después por Belgrano y adoptada oficialmente por la Asamblea del Año XIII tiene su inspiración en estos antecedentes. Lo cierto es que a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, diversas advocaciones de la Virgen convivían con mayor o menor popularidad en el espacio americano, quedando vinculadas muchas de ellas no sólo a la devoción de una persona o corporación menor, sino que alcanzaban a comprometer la identidad de una ciudad y a participar activamente en los hechos de armas.

Al retornar nuestra mirada a la carátula del diario militar de Pezuela, podremos empezar a comprender la pertinencia de la alusión a la Virgen del Carmen (hemos señalado el escudo de la orden de carmelitas) y sus maneras de invocarla para obtener su protección: "Matrona", "Omnipotente María", "terrible Belona". Le implora, "que tus Alas sean mi Egido". Algunas semanas después de vencer por segunda vez al general Manuel Belgrano en Ayohuma (14 de noviembre de 1813), el general Pezuela hizo su entrada en la ciudad de La Plata, donde permaneció desde el 4 hasta el 16 de diciembre. Allí, escribe:

El 12 del mismo diciembre, y para cumplir el voto mío y de todo el ejército hecho a la Virgen del Carmen de nombrarla por Generala de él, para que le continuase con la protección que hasta allí se había dignado concederle, se celebró una solemnísima misa y función en el convento de Carmelitas de dicha ciudad, que describe menudamente el ilustrado orador de aquel día Don Matías Terrazas, Dean de su Santa Iglesia Catedral, tanto en su sermón impreso como en la descripción particular que hace de la entrada de las tropas reales en la referida ciudad.35

Ese mismo día se distribuyeron medallas y escudos de honor a jefes y tropa. El mismo Pezuela se llamó a condecorar con un escudo que siguió utilizando años después mientras fue virrey y puede apreciarse en la reproducción del cuadro que lo retrata (ver las figuras 2 y 3). En esa ceremonia a los soldados, anota, "les exhorté a la continuación de su buen comportamiento a favor de la causa del Rey y de la confianza que debían tener en la protección de la única Señora a quien se había elegido por Generala de nuestras armas y directora de las operaciones de ellas".36 ¿En qué consistía y qué significaba nombrar a una Virgen Generala?

Sabemos por el sermón que dio el Deán Matías Terrazas37 que, durante la ceremonia de nombrar Generala a la Virgen del Carmen, Pezuela "a [los pies de la imagen] consagró el bastón y la banda, insignias de su alta representación".38 Según Pezuela, el otorgamiento de ese título a esta advocación había sido decisión suya y de "toda la tropa". Para crear sentido de comunidad mediante la imagen, era fundamental la legitimidad natural del sentir popular. El rango de Generala conferido a la Virgen significaba no sólo el derecho de implorar su patrocinio en la suerte de las armas, sino también la transferencia simbólica de la dirección de las acciones de guerra, puesto que se la incluía en la jerarquía castrense. En ella estaban reunidos los atributos de "dulcísima Madre" y "terrible Belona".

De ese modo, la heterogeneidad de la composición del ejército, cuyos batallones y regimientos diferían por su origen étnico y su procedencia geográfica (en su mayoría, de Puno, Arequipa y Cusco), así como las fuertes divisiones sociales entre la oficialidad y la soldadesca, podían superarse al posicionarse bajo unas mismas alas convertidas en égida –para continuar con la imagen de Pezuela– de la Virgen del Carmen. Asimismo, este procedimiento teatral de devoción confirmaba el carácter sagrado de la causa del Rey en el que factores internos y externos ponían en zozobra la alianza absolutista entre el trono y el altar. La victoria estaba predestinada y eso insuflaba a la tropa una confianza ciega a la hora del combate –al menos era lo que se pretendía– y, por qué no, servía para conjurar el miedo a la muerte. Esta creencia alcanzaba su más alto grado de aceptación especialmente cuando las victorias se habían conseguido contra un enemigo en ventaja, tal como sucedió en Vilcapugio y Ayohuma. El dispositivo del milagro en estos casos venía a corroborar la intervención de la Madre protectora. El deán Matías Terrazas se pregunta en su sermón:

¿No ha dado un público testimonio, de que a la poderosa protección de María es á quien se deben nuestros gloriosos triunfos? Sí, señores, con un número de combatientes inferior con mucho al de nuestros enemigos, en medio de la falta total de caballería y bagajes, en la casi absoluta privación de recursos, unas victorias tan completas, casi se deben reputar por milagrosas. Así lo reconoce y publica el mismo religioso jefe.39

No hemos dado con documentos que puedan movernos del terreno de las conjeturas a la hora de buscar la respuesta de por qué Pezuela y toda la tropa escogieron a la Virgen del Carmen en lugar de otra advocación. Diversas son las razones que pudieron intervenir. Podría haber confiado en la suerte, apelando a la voluntad divina, aunque dudamos de este recurso, pues no hubiera sido estratégico que saliera una Virgen que no fuera popular o, peor aún, que directamente no fuera venerada en la región. Por esto mismo también quedaría descartada la simple predilección del general por esta imagen. Ciertamente, hubiera podido elegir a la Virgen del Rosario por su histórica ayuda que había demostrado a las Armas del Rey y también por haber sido, al igual que en el bajo Perú, según investigó Pablo L. Quisbert, "una de las más populares en el ámbito de Charcas".40 Otra opción podría haber sido la Virgen de Guadalupe, por ser esta la patrona de la ciudad de La Plata y de la provincia de Charcas. Esta imagen de origen extremeño gozaba de gran popularidad especialmente en las ciudades de La Plata y Potosí desde los primeros años del siglo XVII, cuando Diego de Ocaña celebró su entronización con su famosa y divulgadísima pieza teatral concebida en la última ciudad con el título Comedia de Nuestra Señora de Guadalupe y sus milagros. Siguiendo al historiador Eichmann Oehrli, apenas un poco menos de la mitad de los textos poéticos de temática mariana que se conservan en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia refieren a la Gualala. Este autor afirma que su culto no decayó a lo largo del siglo XVIII.41 En efecto, comprobamos que esta advocación había gozado de especial veneración por parte del último arzobispo de Charcas del período colonial, don Benito María de Moxó y de Francoli.42 Cuando los ingleses invadieron Buenos Aires, Moxó imploró la protección de la Guadalupe. En julio de 1807, comunicaba en una proclama lanzada desde el Palacio Arzobispal a los habitantes de La Plata:

Hemos convocado de acuerdo con el Excmo. Señor Vice-patrón, y de los Señores venerables Deán y Cabildo, dándonos por especial abogada e intercesora en esta grande angustia, a nuestra inmaculada Reyna y Señora de Guadalupe… Ella es la amable Señora y dueña de esta capital, de esta provincia, a la que debéis el alto honor de ser españoles, y de esta santa nuestra metropolitana iglesia, que a todos engendro Jesu Cristo […] Sera testigo [la Virgen] de cómo la invocamos a favor de nuestra amada patria, y de cómo su maternal y benignísimo corazón se conmueve, se enternece a los ruegos y clamores de sus hijos, y a manera de brillante estrella de mar, vibra sus rayos sobre la esquadra y ejercito enemigo.43

La Virgen de Guadalupe pareciera haberse prestado también a los chuquisaqueños juntistas de mayo de 1809, quienes, un año después, aprovecharon la coyuntura abierta por la llegada de Juan José Castelli. Según anota el salteño Miguel Otero en sus Memorias, después de la victoria de Suipacha, un movimiento del cual él mismo formaba parte tomó la ciudad para sumarla a la causa revolucionaria. Se prestó juramento en la Plaza de Armas frente a una imagen de la Virgen de Guadalupe.44 Sin embargo, los revolucionarios altoperuanos no lograrían apropiarse completamente de la imagen de la Guadalupe –no sabemos tampoco si ese fue su propósito–, como lo demuestra un curioso cuadro anónimo reproducido por Marie-Danielle Demélas-Bohy, según la autora, datado cerca de 1825 (un año después de la batalla de Ayacucho). A los pies de la Virgen aparecen dos indios de Potosí en signo de veneración. De la espalda de la advocación brotan en diagonal y apuntando al cielo astas con banderas realistas rojas y blancas, ostentando la típica cruz de borgoña. Debajo de las banderas, siempre asomando detrás de la Virgen, se ven los adornos típicos de la heráldica guerrera: cañones, morteros y laureles del triunfo.45 Es interesante advertir que al igual que su homónima mexicana, la Guadalupe de Charcas no nació del lado de los revolucionarios, sino que fue apropiada también como emblema por los realistas.

Ignoramos si Pezuela habrá evaluado la importancia de la Guadalupe en la región y el antecedente de los juntistas de Chuquisaca para decidirse por la Virgen del Carmen. Sobre esta última advocación, también de origen español, venía a añadirse un antecedente no menos sugerente. Pocas semanas mediaron entre la formación de la junta de La Plata y su propagación a La Paz. El 16 de julio de 1809, aprovechando la importante procesión del Carmen en esa ciudad, un motín puso en jaque a las autoridades españolas, proclamando una junta con el nombre de Tuitiva. ¿Existió el propósito de vincular a la Virgen con la revuelta, una suerte de tibia anticipación de lo que haría Hidalgo en México con la Guadalupe? O por lo contrario, ¿la fecha fue escogida únicamente para aprovechar la distracción provocada por una fiesta? Dos crónicas realistas dejaron pormenorizado testimonio de los acontecimientos y ambas confirman esto último más que lo anterior. Aquel día las tropas veteranas participaron de la procesión y por la tarde disfrutaron de licencia. Estos soldados, junto con otros pocos que habían quedado en el cuartel, fueron interceptados por los revolucionarios, quienes los "convidaban a beber en los boliches que hay inmediatos a la puerta misma del cuartel…".46 Por la noche, un cabildo abierto depuso a las autoridades españolas, entre ellas, al obispo. Al día siguiente, se obligó a los peninsulares de la ciudad jurar en la plaza establecer alianza con los criollos y no actuar en su contra. Como era habitual, el juramento invocaba a Dios y la Patria, pero se improvisó la señal de la cruz con los dedos y no se sacó ninguna imagen religiosa, sino un busto de Fernando VII y dos horcas.47 En los días sucesivos, estos diarios tampoco mencionan la utilización de la imagen del Carmen y ni otras advocaciones. Sin embargo, en la actualidad numerosos libros de historia y manuales escolares bolivianos insisten en que la Virgen del Carmen fue vuelta a sacar en procesión días después, pero esta vez como patrona jurada de la revolución, investida de un bastón de mando y un sombrero tricornio, emblema republicano, en lugar de su corona habitual. Un trabajo reciente de Machicado Murillo, Ramallo Díaz y Zambrana Lara demuestran que esta versión fue construida a fines del siglo XIX por José Rosendo Gutiérrez y ratificada por Nemesio Iturri en 1949. Ninguno de estos dos autores provee las fuentes documentales necesarias para sustentarla. Sin embargo, Machicado Murillo et al. encuentran en el diario del presbítero Patiño que el 28 de julio de 1809 "se juró por Patrona de las Armas a la Virgen del Carmen, y por la tarde se ha hecho una procesión magnífica…",48 aunque no hace mención a la simbología asociada. ¿Acaso Pezuela conoció este antecedente a la hora de escoger a la Virgen del Carmen como Generala de su ejército? Si esto es así, ¿habrá pensado Pezuela que de ese modo el Carmen dejaría de estar asociada a los insurgentes, deslegitimando sus operaciones simbólicas? Con todo, es indudable la importancia de la difusión del culto de esta advocación en el Alto Perú, el resto constituyen especulaciones e indicios que abren pistas a la espera de nueva documentación.

Por otra parte, el convento de carmelitas de la ciudad de La Plata, suponemos, podría haber gozado de importante ascendencia local e, inferimos, sería intachable su lealtad a la causa del rey. Este no era un aspecto que Pezuela pudiera descuidar, pues según su percepción, "desde el principio de la revolución se había distinguido la capital de Charcas por su infidelidad al Rey, y declarada adhesión a la independencia…".49 Inmediatamente después de la victoria de Ayohuma, el cabildo secular y eclesiástico de esa ciudad enviaron a Pezuela pliegos de sumisión a la causa del rey, y hasta encomendó el primero dos diputados al cercano poblado de Ocurí donde se encontraba el general victorioso para escoltarlo en su entrada. Una legua antes de llegar a la ciudad, se sumaron a la comitiva otras corporaciones de La Plata adeptas al rey. A pesar de estas demostraciones de lealtad de buena parte de la elite, el ritual de entrada no terminó de convencer a Pezuela:

Y con este acompañamiento entré observando a primera vista en los semblantes, calles, aparato y concurrencia de gentes, lo que había adelantado en sus ánimos, el roce y trato con los insurgentes; especialmente en la gente común y de medio pelo, que denotaban el sentimiento de ver entrar las armas del Rey con la mayor desvergüenza; embozados algunos en capa y la mayor parte en ponchos y mantas, con sus sombreros redondos calados hasta los ojos; recostados a las esquinas y paredes de las calles, desafiando con su postura a las tropas del ejército, que iban prevenidas de tratarlos como hermanos.50

El convento de carmelitas de Potosí también fue sensible a las tropas del Rey. Pezuela no deja de señalar que en los episodios previos a Viluma, "hasta las monjas del Carmen hicieron con el gobierno las más vivas diligencias para que se las permitiese emigrar"51 ante la inminente ocupación de Potosí por las tropas de José Rondeau. Después de la victoria, hallándose Pezuela en Cochabamba y proponiéndose "recorrer personalmente todas las provincias [para] completar la obra de su redención, limpiándolas de los acérrimos enemigos de la causa del Rey",52 se postró nuevamente ante la imagen del Carmen en el convento carmelita de esa ciudad con el fin de agradecerle el milagroso éxito de su campaña:

Nada más justo y digno de aquel profundo reconocimiento con que el hombre debe advertir el especial influjo de la providencia en todos sus sucesos que rendir en las aras de la religión los despojos de la victoria con que había querido manifestar su poder supremo; y como la Madre de Dios en su piadosa advocación del Carmen había sido elegida desde el principio de la campaña por protectora de nuestras armas el mismo día 4 se le dispuso una función de gracias que se celebró el 5 en el convento de Carmelitas con la solemnidad posible en las circunstancias: pero con las efusiones de agradecimiento debidas a sus continuados favores.53

3. La trama religiosa de la guerra

Ahora bien, era la primera vez que el ejército realista en América del Sur nombraba Generala a una de las advocaciones de la Virgen, pero no era la primera ocasión que esto sucedía en la guerra que se estaba librando. Si se quiere comprender este gesto del general Pezuela, más allá de la pregunta de por qué eligió una advocación y no otra, creemos necesario indagar en lo que podría denominarse una trama religiosa que ambos ejércitos venían urdiendo en el Alto Perú y Tucumán, desde el estallido del conflicto. Empecemos en forma regresiva por el antecedente inmediato que estimularía a nuestro parecer el nombramiento de la Virgen del Carmen Generala de las Armas del Rey por parte del general Pezuela cuando tomó el mando de un ejército derrotado moral y físicamente, casi extinto al punto en que por un momento consideró seriamente la posibilidad de renunciar a su cargo.54

Después de su victoria en Tucumán (24 de septiembre de 1812) contra las tropas de Pío Tristán, en forma inusitada el general Manuel Belgrano nombró Generala a la Virgen en su advocación de la Merced. Devotamente, Belgrano había pedido su intercesión horas antes de la batalla al advertir que la contienda tendría lugar el 24 de septiembre, el día de su procesión tan popular en San Miguel de Tucumán, y sabiendo que el ejército enemigo estaba mejor provisto en número y en experiencia, dejándole muy pocas probabilidades de obtener una victoria. Al igual de lo que hiciera Pezuela más tarde en Vilcapugio y Ayohuma, el propio Belgrano, un año antes, atribuyó su triunfo inesperado a la intervención milagrosa de la Virgen de la Merced.55 Ciertamente, el desarrollo de la contienda estuvo plagado de imponderables que desorientaron a los dos bandos. La repentina presencia de un huracán y una tormenta de langostas contribuyeron a la confusión. En este escenario casi bíblico, la tradición oral, de acuerdo a la experiencia de varios soldados al mando de Belgrano, venía a añadir que la misma Virgen había aparecido en el campo de batalla sobre una nube de polvo y su cuerpo blanco se había interpuesto a modo de escudo frenando las balas enemigas.56

Se dispuso que la procesión de Nuestra Señora de las Mercedes fuera realizada al mes siguiente de la fecha habitual. José María Paz, por entonces un soldado de baja graduación, en sus memorias recuerda el evento con detalle.57 La concurrencia era numerosa, oficialidad y tropa asistieron a la misa en el templo de la Merced y desfilaron junto con el vecindario detrás de la imagen. En esos momentos, la casualidad quiso que justo entrara a la ciudad un destacamento de caballería que regresaba de la persecución de Tristán. Belgrano ordenó que no descabalgaran y, a pesar del sudor y polvo que los cubría, se sumaran a la procesión. Todos vivían el acto con gran emoción y sentimientos piadosos, los que se intensificaron cuando

desembocó la procesión al campo de batalla, donde aún no había acabado de borrarse la sangre que lo había enrojecido. Repentinamente el general deja su puesto, y se dirige sólo hacia las andas donde era conducida la imagen… La procesión para; las miradas de todos se dirigen a indagar la causa de esta novedad; todos están pendientes de lo que se propone el general, quien, haciendo bajar las andas hasta ponerlas a su nivel, entrega el bastón que llevaba en su mano, y lo acomoda por el cordón, en las de la imagen de Mercedes. Hecho esto, vuelven los conductores a levantar las andas, y la procesión continúa majestuosamente su carrera.58

A partir de este momento, podría decirse que Belgrano concentró gran parte de sus energías en introducir con tesón la práctica religiosa e inculcar la veneración de Nuestra Señora de las Mercedes en la tropa.59 La devoción local por esta imagen se amplificó, y la causa "santa" de la revolución empezó a cobrar masiva legitimidad en Tucumán. Los cabildos de Tucumán, Salta y Santiago del Estero convirtieron el 24 de septiembre en efemérides de una patria en construcción (sin dejar de prestar atención a sus advocaciones locales).60 Belgrano quiso atacar a Pezuela un 24 de septiembre, conmemorando el día de la Generala.61 No se dejó de rezar el rosario en la tropa diariamente, por la mañana y tarde, aun en los momentos de mayor urgencia. Belgrano impuso severas penas a quien atentara contra las costumbres locales y se mostrara insolente con la religión. En sus cartas y comunicados oficiales a la junta, no dejaba de invocar su confianza en la Virgen Generala. Envió las banderas capturadas en batalla a los templos principales de esa provincia y de Buenos Aires para ser depositadas como ofrenda ante sus imágenes marianas. Las monjas de la capital voluntariamente enviaron a Tucumán una partida de 4.000 escapularios con la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes. Antes de comenzar el traslado hacia Salta, Belgrano los distribuyó entre la tropa en una ceremonia religiosa, presidiéndola desde el altar del templo de la Merced. Esos escapularios se convirtieron en divisa de guerra. Comenta Paz:

Es admirable que estos escapularios se conservaran intactos, después de cien leguas de marcha, en la estación lluviosa, y nada es tan cierto, como el que en la acción de Salta, sin precedente orden y sólo por un convenio tácito y general, los escapularios vinieron a ser una divisa de guerra: si alguno los había perdido, tuvo buen cuidado de procurarse otros, porque hubiera sido peligroso andar sin ellos.62

La Generala se convirtió en el motivo que impulsaba a muchos soldados a arrojarse en acciones de incierto desenlace. Y el fenómeno se extendió más allá de los límites del Desaguadero. El guerrillero cochabambino José Santos Vargas refiere en su diario la difícil misión de José María Aguilar, un indio natural de las Yungas de La Paz que se ofreció como mensajero después de una derrota en las cercanías de Potosí. En palabras de Vargas, "revestido de un ardiente deseo de sacrificar su sangre por la Patria aceptó Aguilar cumplir exactamente, por un juramento solemne […] tomándose por la perfecta guía a Dios omnipotente y a María Santísima de las Mercedes".63

En consecuencia, podemos aventurar que la Generala de Belgrano llegó a operar como una lengua franca entre poblaciones y villas distantes tal como observó Eric van Young con respecto a la Guadalupe, preservando todas las particularidades de ambos casos.64 Otra prueba de esto la ofrece la revolución de Tacna de 1813. En sus intentos por conectar la revolución tacneña con la porteña, luego de pasar revista a las tropas en la pampa que dio en llamarse "De la Disciplina", Enrique Palliardelli presidió el juramento a la bandera de las Provincias Unidas del Río de la Plata. En su discurso, dirigido a los "pueblos de la costa", apeló no sólo al vocabulario patriótico sino también al mariano como ejes identitarios de la causa. El historiador Rómulo Cúneo Vidal transcribe la arenga:

Dios no quiere permitir por más tiempo que en su pueblo americano haya un solo individuo que no disfrute de la libertad del alma y del cuerpo… / ¡Amad a Dios hijos míos; jurad conservar limpiamente la religión católica, apostólica y romana! / ¡Clamad a la Virgen Santísima de las Mercedes que os favorezca!... / ¡Amaos como hermanos e hijos de una sola madre Patria: América! / ¡Defended de la opresión de los usurpadores a esa Madre querida, y con los sentimientos de religión, caridad y heroísmo decid conmigo: ¡Viva el Señor Dios de los ejércitos! / ¡Viva Cristo Redentor de nuestras almas! / ¡Viva la Purísima Virgen de las Mercedes, nuestra Generala! / ¡Viva la Junta Suprema de Buenos Aires, redentora de nuestros cuerpos! / ¡Viva nuestro general en jefe el Exmo. Señor don Manuel Belgrano! / ¡Viva nuestra divisa, que de hoy en adelante ha de ser vencer o morir por la religión, nuestra libertad, y la libertad de América!65

En 1814, según Manuel Aparicio Vega, la revolución de José Angulo y Mateo Pumacahua se puso bajo la protección de la Virgen de la Mercedes, y en una importante ceremonia fue bendecida por el obispo José Pérez y Armendáriz una bandera azul y blanca, distintivo del movimiento.66 El estallido tuvo a la mayoría del clero y buena parte de los religiosos a su favor, convirtiéndose en sus más decididos ideólogos y hasta jefes militares. Como nunca antes había ocurrido en el "régimen de cristiandad", fue difícil distinguir una jurisdicción eclesiástica de otra civil o política. Angulo y el obispo Pérez Armendáriz daban órdenes por igual a militares y a curas para llevar a cabo lo que se vivió como una "guerra santa". La Iglesia y Convento de la Merced fue el local donde los ideólogos (sacerdotes y abogados) gestaron la revolución. El Señor de los Temblores, cuyo bulto descansa en la Catedral, en esas horas quedó asociado a los realistas, mientras que la Virgen de las Mercedes era venerada por los revolucionarios. Según un testimonio, "el día de la procesión pública de la Virgen de las Mercedes, Patrona de este Convento fue sacada la sagrada imagen con una bandera de un género azul y blanco y el Niño Jesús con su escarapela de los mismos colores, que eran los que se habían tomado y señalado como distintivo y divisa por los profesores del sistema errado de la patria".67 Belgrano dio el parabién por carta al movimiento, pero los apoyos militares del Río de la Plata nunca llegaron. La elección de los colores sugiere la voluntad de cerrar filas con el Ejército del Norte, pero a diferencia de la revolución de Tacna, la opción por la imagen de la Merced en este caso obedece tanto o más a factores locales que a la publicidad que había hecho de ella el jefe porteño. Por lo tanto, la incorporación de esta coyuntura en la trama religiosa que venimos analizando merece el máximo de los recaudos por la especificidad del caso.

De acuerdo a lo consignado hasta aquí, observamos que en las victorias los dos ejércitos se disputaban el monopolio del milagro y la filiación directa con la Virgen protectora. Es importante señalara que el uso guerrero de la imagen no fue exclusivo del bando revolucionario, pues entre los realistas también hubo casos en que se llevó a la protectora en su cuerpo. Refiere una tradición que el importante oficial Francisco Javier Aguilera –cuyo desempeño al mando de Pezuela es mencionado por éste reiteradas veces en el Compendio que editamos–, al morir fusilado en 1828, recibió una de las balas en la imagen del Carmen pintada al óleo que llevaba al cuello, que quedó doblada. Su hija llegó a conservar la reliquia.68 De acuerdo a esta lógica, frente a una derrota la arenga militar interpretaba la desventura con argumentos religiosos en términos de castigo divino a causa de diferentes tipos de pecados (la desunión, los vicios, la debilidad de fe, etc.). Era esta una forma de introducir el acontecimiento inesperado en una estructura de sentido que motivaría moralmente e imprimiría legitimidad a una nueva acción69 reforzando a la vez una dimensión de communitas guerrera que pudiera mancomunar poblaciones distantes y fuertemente jerarquizadas.70 Es interesante notar que en este período la arenga militar se convertía en sermón, y el sermón, en arenga militar.

Si seguimos la trama religiosa de la guerra que nos propusimos deshilvanar, habría que dar otro paso hacia atrás para comprender por qué Belgrano se preocupó tanto por introducir la práctica religiosa y aumentar la devoción mariana en su campaña. No descartamos la posibilidad de que en su elección por la imagen de la Merced, el general porteño haya tenido conocimiento de la Merced que los revolucionarios cochabambinos llevaron al campo de batalla, nombrándola protectora –y conocida luego como "La patriota"– en sus enfrentamientos contra Goyeneche en esa región (batalla de Amiraya –13 de agosto de 1811–, y batalla de La Coronilla –27 de mayo de 1812–).71 No obstante este precedente, argumentamos que así como Pezuela nombró a la Virgen del Carmen Generala de su ejército para contrarrestar la política religiosa de Belgrano, la de este último sólo puede entenderse como reacción a la política religiosa de Goyeneche, quien a su turno había aprovechado en ese sentido el descuido de Castelli. Nuevamente Paz:

Muchos han criticado al general Belgrano como un hipócrita, que sin creencia fija hacía ostentación de las prácticas religiosas para engañar a la muchedumbre. Creo primeramente que el general Belgrano era cristiano sincero, pero aun examinando su conducta en este sentido por sólo el lado político produjo inmensos resultados. El concepto de incredulidad que se atribuía a los jefes y oficiales de nuestro ejército, y que tanto dañaba a la causa en estas Provincias Bajas, se fue desvaneciendo, y al fin se disipó enteramente.72

Al decir de Paz, Goyeneche había "hecho valer para sus fines las locuras de algunos oficiales jóvenes y las imprudencias de algunos viejos [y nos] clasificó de impíos e incrédulos, desnaturalizando así la guerra y haciéndola semi-religiosa".73 Relata Paz que Castelli había ofendido la sensibilidad religiosa y las costumbres locales en su expedición al norte. Su retórica incaísta, a partir de la cual prometió la supresión del tributo y la mita, procuraba la adhesión de los indios pero generaba irritación en las elites, especialmente en Potosí. El incaísmo no caracterizó la prédica de Belgrano durante la conducción del ejército, a pesar de que el abogado devenido militar fuera en 1816 uno de los principales promotores del llamado "plan del Inca" en el Congreso de Tucumán. El principal problema de Castelli fue que la mayoría de las poblaciones donde se llevó a cabo la contienda lo percibieron como un "espíritu fuerte" –expresión de la época para referirse a los que coqueteaban con el ateísmo– a él y, sobre todo, a su secretario Bernardo Monteagudo, es decir, eran vistos como unos hombres que venían a despreciar sus creencias más profundas.74 El escándalo afloró cuando luego de la derrota en el Desaguadero, los soldados en desbandada saquearon algunos templos y maltrataron a la población local. A esto se le sumó un episodio que tuvo gran resonancia. En los días que pasó Castelli en La Plata, luego de aquella derrota, uno de sus ayudantes de nombre Escobar, junto con otros oficiales, arrancaron de su pórtico una cruz venerada con velas por los habitantes. La arrastraron por la calle mientras vociferaban en contra de la ignorancia y el fanatismo.75 Todo esto fue utilizado entonces por Goyeneche para desprestigiar a la revolución y crear una guerra santa contra los herejes. Después del desastre de Huaqui, un incidente en Potosí causó el levantamiento de sus habitantes contra los porteños. Luego de los disturbios, en términos de Roca, "el pueblo salió en procesión llevando las imágenes de las vírgenes del Rosario y de la Veracruz a manera de desagravio de la actitud antirreligiosa de los revolucionarios porteños".76 Según Paz, el arequipeño "había fascinado a sus soldados en términos que los que morían eran reputados por mártires de la religión, y como tales, volaban directamente al cielo a recibir los premios eternos".77 Cuando entró Goyeneche a La Plata, no quiso alojarse en el palacio presidencial donde había estado recientemente Castelli, "sin que fuese antes purificado con exorcismos y otras preces de la iglesia".78

En este punto la trama se hace más inteligible. Al restituir la disciplina y el respeto por la religión, al demostrar a los pueblos su más alta devoción ante la imagen de la Merced, el triunfo de Belgrano fue tan ideológico como militar. La revolución que exportaba Buenos Aires no estaba en contra de la religión ni sus huestes eran salvajes invasoras. En la proclama lanzada a los pueblos del Perú inmediatamente después de la victoria de Tucumán, Belgrano revierte las acusaciones de irreligiosidad impuestas hasta el momento a los revolucionarios. Impías pasaban a ser ahora las huestes realistas:

El Omnipotente se ha apiadado de nosotros, y quiere castigar a los malvados autores de la efusión de sangre, y de tantos desastres, sin respeto a la santa religión, ni a esas leyes que ellos mismos decantaban que obedecían. En su fuga, cuanto han encontrado ha sido objeto de su enconosa rabia; han saqueado los templos, despedazado las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, desnudado las de María Santísima y cargado con sus vestiduras, incendiando casas, muebles, robado cuanto han encontrado, muerto a personas indefensas, y todo a la presencia de su general. Ved ahí la diferencia de la conducta de las tropas de la patria a las que se les han atribuido esos defectos; porque juzgando el hombre por su corazón a sus semejantes piensa que todos son como él: las tropas de la patria han sido osadas a cometer el más pequeño desorden a la presencia de su jefe; tengo esta gloria como la de que desde que me hallo a la cabeza de ellas no he tenido la menor queja de un soldado en atentar contra individuo alguno de los pueblos…79

La eficacia propagandística de Belgrano también puede constatarse en el sermón del canónigo Matías Terrazas, referido anteriormente en la ceremonia en que Pezuela nombra Generala de su ejército a la Virgen del Carmen. Terrazas no puede dejar de reconocer, ya al final de la conducción belgraniana, que "el gobierno revolucionario no ha atacado la religión, yo lo confieso…".80 La ilegitimidad religiosa cambiaba su eje, pasando ahora por la discusión del derecho de patronato que se arrogaba la Asamblea del Año XIII al cortar sus vínculos con Roma. Predica el canónigo: "No se ha atacado el dogma: pero, ¿no se han erigido arbitrariamente, y en ramos privilegiados, comisarías de cruzada, de religiones, y vicaría general castrense sin intervención de la autoridad Pontificia?".81 Pareciera que las acusaciones de irreligiosidad empezaban a ceder terreno a debates sobre el patronato de los nuevos gobiernos. El mismo argumento fue esgrimido años más tarde para desacreditar a los realistas constitucionalistas por parte de los independentistas. En 1820, los diarios independentistas reproducían el proyecto de concordato tratado en las cortes para demostrar que se mancillaba los derechos de Roma.82 Con todo, el ejército de Buenos Aires conducido por Belgrano quedaba hacia 1813 purificado por el trabajo religioso de su jefe. Purificado y disciplinado.

4. Práctica religiosa y disciplina militar

La relevancia de la práctica religiosa en cuanto a la imagen de la revolución y del ejército que la encarnaba (hacia los pueblos que se "liberaba" y el enemigo que la atacaba) iba a la par de la utilidad que demostraba para organizar un ejército en constante crisis. Este es el tercer y último punto que deseamos desarrollar, la conexión entre práctica religiosa y disciplina militar.

Tanto Pezuela como Belgrano se hicieron cargo de ejércitos derrotados, mal organizados, con escasa disciplina, sin recursos y casi desechos no más por las desafortunadas acciones de guerra que por la plaga de la deserción, la cual amenazaba aun después de obtenida una victoria.83 A lo largo del compendio del primero se comprueba que además de ideas acertadas sobre táctica militar, el esfuerzo por mantener un ejército unido, coordinado, moralizado y disciplinado con espíritu de subordinación requería de una constancia y talentos descomunales. Probablemente para Belgrano el desafío era más arduo, como lo reflejan sus cartas y comunicados oficiales, puesto que carecía de cuerpos de veteranos como el enemigo y la mayor parte de la oficialidad era joven y sin experiencia.84 Existe un consenso historiográfico que ya aparece en las memorias de Paz respecto de que entre las múltiples causas de la derrota en Vilcapugio y Ayohuma sobresale la de no contar Belgrano con oficiales competentes.85

En las horas en que era derrotado en Ayohuma, Belgrano intentó por todos los medios evitar un desbande completo. Con un esfuerzo sobrecogedor, reunió a la tropa y en lugar de una arenga, amenaza u orden de disciplina, obligó a rezar el rosario formando un cuadro en cuyo centro oficiaba el acto litúrgico el mismo general. Describe Paz:

Acabaron de reorganizar nuestros pequeños restos, para continuar al día siguiente nuestra retirada, con un orden tal, que la disciplina más severa se observó en todas las marchas que se siguieron. Allí fue donde, formando un cuadro, se colocó dentro el general para rezar el rosario, lo que fue imitado por todos86 […] Fuera de los sentimientos religiosos que envolvía esta acción, quería [Belgrano] hacer entender que nuestra derrota en nada había alterado el orden y la disciplina.87

Todo movimiento de tropa se había impregnado de orden litúrgico. 88 Desde la ceremonia de distribución de escapularios organizada de acuerdo a cada cuerpo del ejército en Tucumán previa al desplazamiento a Salta, hasta este episodio que cerraba su ciclo al mando del ejército –al menos temporariamente–, se impuso la práctica religiosa para dar visibilidad a la jerarquía castrense, introyectando la obediencia en un escenario donde no había posibilidad para el cuestionamiento y donde el deber patriótico debía ser entendido como deber religioso, tanto en las victorias como –especialmente– en las derrotas. En una reveladora carta, Belgrano le da consejos a San Martín, quien tomaría en forma inminente su relevo como general. Después de sugerirle que prohíba el duelo en el ejército por ser una práctica anticristiana, le dice en tono informal y amistoso:

Son muy respetables las preocupaciones de los Pueblos, y mucho más aquellas que se apoyan, por poco que sea, en cosa que huela a Religión; creo muy bien que V. tendrá esto presente… La guerra, allí [en los Pueblos del Interior], no sólo la ha de hacer V. con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes morales, cristianas y religiosas, pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos la Religión…89

Hasta aquí, Belgrano pone el acento en la importancia de la religión en la imagen que proyecta hacia afuera el ejército revolucionario y su función para obtener el apoyo local. En lo que sigue, aparece mencionado el beneficio de la práctica religiosa hacia adentro mismo de la estructura del ejército:

Acaso se reirá alguno de este mi pensamiento, pero V. no deje llevarse de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el País que pisan; además, por este medio conseguirá V. tener al Ejército bien subordinado, pues él, al fin se compone de hombres educados en la Religión Católica que profesamos, y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden.90

Al final de la carta vuelve a insistir en la importancia de la opinión y le da consejos concretos en materia religioso-militar:

Estoy cierto que los Pueblos del Perú no tienen una sola virtud, y que la Religión la reducen a exterioridades todas las clases, hablo en lo general, pues son tan celosos de éstas que no cabe más, y aseguro a V. que se vería en muchos trabajos si notasen lo más mínimo en el Ejército de su mando, que se opusiese a ella, y a las excomuniones de los Papas [y le aconseja] Conserve V. la bandera que le dejé, que la enarbole cuando todo el Ejército se forme; que no deje de implorar a la Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre Generala, y no olvide los escapularios a la tropa; deje V. que se rían, los efectos le resarcirán a V. de la risa, de los mentecatos que ven las cosas por cima.91

Y concluye: "Acuérdese V. que es un General Cristiano, Apostólico Romano; cele V. de que en nada, ni aún en las conversaciones más triviales, se falte el respeto de cuanto diga a nuestra Santa Religión".92

San Martín tuvo muy presentes estos consejos, pero los aplicó en otro escenario. El único punto de diferencia fue que al crear el Ejército de los Andes en Cuyo, decidió, asesorado por sus oficiales, nombrar Generala a la Virgen del Carmen. Según cuenta Gerónimo Espejo en sus memorias:

Considerándose quizá incompetente para resolver el punto, o por deferencia al beneplácito de sus compañeros de armas, lo sometió a una junta de guerra de los generales y principales jefes, que al efecto reunió en el rancho del cuartel general […] se hizo saber después al ejército por la orden general que Nuestra Señora del Carmen había merecido la preferencia.93

Es probable que se haya optado por la Virgen del Carmen por ser esta advocación muy venerada en los dos lados de la cordillera. En tiempos de la patria vieja, ya Bernardo de O'Higgins y José Luis Carreras habían agradecido a Nuestra Señora del Carmen su intercesión. Esto sugiere la hipótesis de que la eficacia identitaria de la Generala del ejército peruano del Rey no alcanzó a extenderse más al sur del altiplano y las provincias del norte. No hay evidencias que prueben conexiones entre la Virgen del Carmen altiplánica y la Virgen del Carmen cuyano-chilena. En cambio, sí es más probable que Pezuela considerara el antecedente inmediato de la junta de La Paz a la hora de elegir a su protectora. Por su parte, San Martín no tenía reparos con La Merced ni mucho menos, de hecho había llamado a su hija Mercedes en honor a esta advocación que tantos triunfos había reportado a la revolución y había generado una ola de popularidad algunos años antes. En todo caso, la ceremonia de bendición de la bandera y el nombramiento de la Generala del Ejército de los Andes repitió los mismos gestos rituales que los de Belgrano y Pezuela.94 San Martín se prosternó ante la imagen, le otorgó el bastón de mando y le prometió las banderas enemigas por los triunfos que les concedería.

Aunque Cayetano Bruno, citando un pasaje de las memorias de Manuel A. Pueyrredón, afirme que desde la creación en Buenos Aires del regimiento de Granaderos, San Martín imponía las oraciones por la mañana y la tarde, en el cuartel y en campaña, observamos una diferencia entre el tipo de faltas del reglamento secreto que animaba a este cuerpo selecto y las que impondrá en Cuyo para el ejército. En ninguna de las catorce faltas del primero hay mención a la religión.95 Antes bien, se pone de realce un singular honor caballeresco que castiga la cobardía y la promiscuidad de sus integrantes con personas de baja extracción y sus vicios aparejados. En él se promueve el duelo, institución que Belgrano censuró, como señalamos, por anticristiana. En cambio, más tarde el código de disciplina militar de Cuyo castigaba severamente las faltas contra la religión. Mitre no puede ser más claro: "Siguiendo los consejos de Belgrano, había introducido las prácticas religiosas como elemento de disciplina moral".96 Reconvirtiendo la causa de la libertad en una guerra santa, el código atacaba directamente la blasfemia. Vale la pena reproducirlo:

Todo el que blasfeme contra el santo nombre de Dios, su adorable Madre, e insultare la religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público, por el término de ocho días, y por segunda [vez] será atravesada su lengua con un hierro ardiendo, y arrojado del cuerpo.97

El código religioso de disciplina también castigaba la iconoclasia y los ataques contra miembros del clero, lo cual evidenciaba no sólo la voluntad disciplinadora de San Martín, sino también cierto anticlericalismo presente en las tropas.98 Este adoctrinamiento tenía su correlato en los ejercicios militares. Cada domingo y días de fiesta se armaba una gran tienda de campaña que incluía un altar portátil a partir del cual el capellán castrense daba misa; "concluida la Misa, el capellán dirigía a la tropa una plática de treinta minutos poco más o menos, reducida por lo general a excitar las virtudes morales, la heroicidad en la defensa de la Patria y la más estricta obediencia a las autoridades superiores".99 Mientras San Martín daba nueva Generala al Ejército de los Andes, Rondeau continuó celebrando a la Virgen de las Mercedes como Generala del Ejército del Norte y cumpliendo con todos los ritos litúrgicos ligados a la acción guerrera, prosiguiendo la costumbre impuesta por Belgrano e usufructuando la popularidad de esta advocación en ese frente de batalla. Durante esos mismos meses, cuando sesionaba el Congreso de Tucumán, Belgrano envío al caudillo altoperuano Manuel Ascencio Padilla –que tanto había mortificado al ejército de Pezuela con su guerra de guerrillas en la zona de La Laguna– un despacho que lo nombraba coronel de las Milicias Nacionales, ignorando que el beneficiado había muerto en combate algunas semanas antes. En la carta, Belgrano además de comentarle con entusiasmo el avance del Plan de la Monarquía incaica que se estaba tratando en las sesiones del Congreso, le sugiere:

En el entretanto, poniéndose V. y toda su gente bajo la augusta protección de mi Generala, que lo será también de Vds., Nuestra Señora de Mercedes, no tema V. riesgos en los lances acordados con la prudencia, pues ella siempre se declara por el éxito feliz de las causas justas, como la nuestra.100

Ese mismo año Pezuela había sido premiado con el cargo de virrey. En Lima, acorde con el clima de la restauración, su gobierno intensificó la práctica piadosa y creó en 1818 un estricto código de policía cuyo primer artículo obligaba a los habitantes de la capital a inclinarse frente al "Santísimo cuerpo de nuestro Dios Sacramentado" en su recorrido por la calle y condenaba las blasfemias bajo penas, en ambos casos, de encarcelamiento y fuertes multas.101 De ese modo, la religión, además de ser utilizada para reforzar el absolutismo de viejo cuño, introducía el disciplinamiento ya no sólo en los ejércitos, sino también en la sociedad, puesto que el código pretendía una reforma total de costumbres. Quedaban prohibidos los bailes, las reuniones en altas horas en pulperías, la pronunciación de palabras indecentes, los juegos de azar y las borracheras. El afianzamiento de la alianza entre el trono y el altar paralelamente tenía su expresión en la península. Según Revuelta Delgado, aparecieron entonces decretos moralizantes para prohibir la blasfemia, los excesos e inasistencia a las fiestas religiosas; durante los años de la restauración "nunca se entonó con tanta solemnidad y frecuencia el Te Deum por razones tan triviales".102 Podemos entonces preguntarnos si el uso de la religión con fines de disciplinamiento en la milicia se vincula no sólo con la evolución de la trama militar que deshilvanamos, sino también con la otra trama resultante del enfrentamiento en todo el espacio de la monarquía entre liberales y absolutistas.

5. Consideraciones finales

En este recorrido, hemos podido dar cuenta de la importante función política y sociológica de la práctica religiosa en la acción guerrera en el seno de la contienda americana por la independencia. A pesar de la gran heterogeneidad en la composición de los ejércitos en virtud de la disímil procedencia étnica y geográfica de los soldados, y a pesar también de la heterogeneidad de las formas de hacer la guerra (además del ejército regular, luchaban milicianos y guerrillas), así como las especificidades propias de la miríada de pueblos cuyo dominio se disputaba, todos formaban parte de un mismo horizonte cultural y religioso. Si en el "régimen de cristiandad" las esferas religiosa y política son indisociables, también están inextricablemente ligadas la práctica religiosa y la acción guerrera. Hemos examinado los antecedentes de esta cultura religiosa-militar con respecto al uso en la guerra de las advocaciones marianas como patronas y protectoras. La magnitud de la guerra en la independencia y la necesidad de legitimación de la causa entre dos bandos que pertenecen a la misma cultura, lejos de descuidar esta dimensión, la amplificaron: las patronas se convirtieron en "Generalas" de los ejércitos enfrentados y hasta "estuvieron presentes" en el campo de batalla.

Hemos intentado reconstruir la trama religiosa oculta en la guerra de independencia. Juan José Castelli colocó en el centro de su búsqueda de adhesión la retórica incaísta en detrimento de las prácticas católicas asociadas a la guerra. José Manuel de Goyeneche se aprovechó de esto y quiso formular la guerra en los términos de una guerra religiosa. La aparición en escena de Manuel Belgrano significó una reversión de fuerzas en esta disputa ideológica. Colocó la práctica religiosa en el eje moral de la guerra, cuyo gesto más conocido es el de nombrar Generala a la Virgen de las Mercedes, a la que atribuyó la victoria en Tucumán. Joaquín de la Pezuela respondió a este gesto nombrando Generala a la Virgen del Carmen. Más tarde, Rondeau en el escenario altoperuano, así como José de San Martín y Bernardo O'Higgins en el escenario cuyano y chileno, continuarán la política belgraniana de la guerra religiosa invocando y celebrando la intercesión de la Vírgenes Generalas. Esta trama se tejió al calor de la coyuntura y se urdió amén de las convicciones religiosas personales que pudo diferenciar a los jefes militares.

Además de restituir esta trama, hemos demostrado que la práctica religiosa en el campo de batalla cumplió una importante función política y sociológica en el sentido de que no sólo sirvió para conseguir el apoyo popular en las regiones afectadas por las campañas (hacia afuera), sino también contribuyó a la creación y consolidación de los ejércitos, que se hallaban en permanente crisis (hacia adentro). Cohesión, coordinación, espíritu de subordinación y disciplina, todos aspectos necesarios para armar un ejército exitoso, únicamente podían obtenerse apelando al repertorio de valores y prácticas religiosas: higiene de los cuerpos, orden incuestionable del gesto ritual, teatralización de la jerarquía, la sumisión a lo numinoso, fe en el más allá, confianza en la ayuda divina e idea de trascendencia en la causa. Sólo la religión podía proveer al mismo tiempo las dimensiones contrarias de communitas y de hierarquía. Y ese repertorio estaba a disposición de los jefes militares en un todavía vital "régimen de cristiandad". Morir por la "patria" o morir por el "rey" se imbricaban con la insustituible fe católica y el movilizador culto mariano.

Como breve epílogo, vale recordar que las Vírgenes Generalas nacidas en los cuarteles y campos de batalla fueron apropiadas posteriormente para imponerlas como Generalas de las nuevas naciones y de sus fuerzas armadas en el mismo teatro analizado pero ahora declinado en Argentina, Perú, Bolivia y Chile. En Lima, el 22 de septiembre de 1823, el presidente José Bernardo Tagle emitió un decreto por el cual:

Reconociendo la especial protección del Ser Supremo por la mediación de la Santísima Virgen de Mercedes en los acontecimientos felices para las armas de la patria, durante la tenaz contienda de la América con la España por la independencia… se declarará a la Virgen Santísima de Mercedes, patrona de las armas de la República.103

El decreto no resalta el argumento de la proximidad de la fecha de la inauguración del Congreso Constituyente (22 de septiembre) con el día de la fiesta de las Mercedes (24 de septiembre), sino la "protección" que venía brindando esta advocación a la "patria". Indudablemente se tenía en cuenta la popularidad que había alcanzado esta imagen entre los revolucionarios en el sur peruano y Río de la Plata. Dos días después de emitido el decreto, el gobierno asistió a rendirle tributo en su fecha. Con ironía, Robert Proctor anota en su crónica que el gobierno "hizo una gran reforma importantísima cambiando el santo patrono de los ejércitos, pues no había tenido éxito con el anterior".104 El Congreso contaba con un gran número de sacerdotes y la propuesta la expuso en sesión el diputado suplente por Lima, Juan Esteban Henríquez de Saldaña, canónigo medio racionero de la catedral de Lima y capellán del monasterio de la Concepción.105 Lo cierto es que enseguida quedó instituida en Perú la fiesta cívico-religiosa, tal como lo confirman los comunicados del Ministerio de Guerra y Marina los años siguientes a la victoria de Ayacucho.106

En el siglo XX, durante su coronación por el centenario de la designación de Tagle, el ejército peruano le otorgó a la Virgen de la Merced el título de "Gran Mariscala del Perú". En Argentina, la Virgen de las Mercedes tuvo su coronación en el centenario de la batalla de Tucumán. Por su parte, Bolivia proclamó a la Virgen del Carmen patrona de las fuerzas armadas. En Chile, desde que Bernardo O'Higgins la declaró "Generalísima de las Armas de Chile" la víspera de la batalla de Chacabuco (1817), esta imagen pasó a ser hasta la actualidad la Virgen "nacional" de ese Estado. No obstante, cabe destacar que las apropiaciones "nacionales" de las advocaciones tuvieron lugar en un contexto de sentido diferente al de los años de "revolución y guerra". Se observan entonces las nuevas operaciones simbólicas de nacionalización de las advocaciones desde los primeros festejos centenarios. Es en ese siglo que se sucederán las coronaciones pontificales de las advocaciones nacionales y los ritos conmemorativos celebrarán en el fondo la alianza entre Iglesia y Fuerzas Armadas utilizando el repertorio sacralizador de símbolos asociados a la "patria". Es importante hacer hincapié en que no hay una línea de continuidad entre el mundo religioso guerrero que estudiamos en este trabajo, es decir, el lugar, usos y sentidos de la práctica religiosa en un "régimen de cristiandad", con respecto a la realidad institucional y el sentido de la religión en las operaciones políticas e identitarias llevadas a cabo durante el siglo XX. Fue precisamente una de las características del "catolicismo integral" del siglo XX el inventar una continuidad de sentido que nunca existió, en detrimento de la especificidad histórica. Pero esa trama merece una investigación aparte.107

Para finalizar nuestro recorrido en la época que nos ocupa, es posible concluir que la apropiación diferencial de soberanías tuvo su paralelo en la apropiación diferencial de las advocaciones marianas. El abogado limeño Manuel Vidaurre ponía entonces de manifiesto la dificultad de ambos ejércitos para obtener el monopolio de la religión. Movido por sus deseos de conciliación, Vidaurre se lamentaba:

Ciertamente ponemos a la madre de Dios en un comprometimiento. En Mendoza, la advocación del Carmen por tres veces salió en suerte al solicitar una protectora para la patria. En Lima se invoca la imagen del Rosario. Troyanos y Griegos eran más dignos de excusa con Venus y Palas. Allí contempla el supersticioso dos deidades enemigas…108

Ambos bandos empezaron su lucha en defensa del Rey, la Patria y la Religión; esta última se encaramó con ímpetu en el campo de batalla por la legitimidad. Cuando la guerra por los derechos de autonomía, en nombre de Fernando VII, devino en una guerra independentista por la patria americana, la religión siguió muy presente en la contienda. Fue en ese terreno que las Vírgenes Generalas efectuaron sus maniobras "milagrosas", identitarias y disciplinadoras. Ellas fueron invocadas en la movilización junto con los valores-fuerza de "patria", "rey" y "libertad americana". Las combinaciones mostraron distintos énfasis según el lugar, los actores y el momento. Los jefes militares de ambos ejércitos tuvieron que evaluar demasiados factores antes de elegir una advocación castrense. Si el epígrafe de José María Paz con que iniciamos este trabajo pueda exagerar al hacer alusión a una "guerra religiosa", creemos haber dado testimonios suficientes de que la dimensión religiosa jugó un papel insoslayable en un proceso de crisis y recomposición de legitimidades.

Figura 1. Portada del Compendio del general Joaquín de la Pezuela, Biblioteca "Menéndez Pelayo", Santander

Figura 2. Escudo concedido por Pezuela a la tropa. Parche que perteneció al teniente Juan Manuel López Cobos. Museo Histórico del Norte, Salta

Figura 3. Pezuela siguió ostentando el escudo de Vilcapugio en su traje de virrey. Retrato del Virrey Pezuela, Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima

Notas

1 CONICET-UBA. Agradezco a Noemí Goldman los comentarios realizados a este trabajo, así como las sugerencias de los dos evaluadores anónimos. Una primera versión fue presentada en las II Jornadas de Historia Política. El bicentenario en perspectiva comparada: pasado y presente de la experiencia política iberoamericana, Mendoza, del 15 al 17 de abril de 2010.

2 Junto con Natalia Sobrevilla en el año 2006 encontramos el manuscrito completo de Pezuela en la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander (España). Hasta el momento se creía perdida la segunda parte y se ignoraba la existencia de la mayoría de sus ilustraciones. Véase la edición completa del compendio en Joaquín de la Pezuela, Compendio de los sucesos ocurridos en el ejército del Perú y sus provincias (1813-1816), edición y estudios introductorios por Pablo Ortemberg y Natalia Sobrevilla, Santiago de Chile, Ediciones Bicentenario, 2011 (en adelante,         [ Links ] citado como Pezuela).

3 "Independencia" en el sentido de búsqueda de algún grado de autonomía política en relación con la Junta Central de Sevilla y, luego, del Consejo de Regencia, puesto que recién en 1816 el Congreso de Tucumán declara la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica.

4 Mona Ozouf, La fête révolutionnaire. 1789-1799 [1976], París, Folio, 1989.         [ Links ]

5 Sobre la lucha por la verdadera religión cristiana y los insultos entre liberales y absolutistas, véase, por ejemplo, Manuel Revuelta González, Política religiosa de los liberales en el siglo XIX, Madrid, CSIC, Escuela de Historia Moderna, 1973.         [ Links ]

6 David Brading, Orbe indiano. De la monarquía católica a la república criolla. 1492-1867, México, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 606.         [ Links ]

7 José M. Portillo Valdés, Crisis Atlántica. Autonomía e independencia en la crisis de la monarquía hispana, Madrid, Fundación Carolina, Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos, Marcial Pons Historia, 2006, p. 195.         [ Links ]

8 Eric van Young, The Other Rebellion. Popular Violence, Ideology, and the Mexican Struggle for Independence, 1810-1821, Standford, California, Standford University Press, 2001, p. 316.         [ Links ] William Taylor, "La Virgen de Guadalupe, Nuestra Señora de los Remedios y la cultura política del período de la independencia", en Alicia Mayer (coord.), México en tres momentos: 1810-1910-2010. Hacia la conmemoración del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución Mexicana. Retos y perspectivas, 2 vols., vol. 1, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2007, pp. 213-240.         [ Links ]

9 Podemos citar, entre otros, para el ámbito neogranadino, Margarita Garrido, "Los sermones patrióticos y el nuevo orden en Colombia, 1819-1820", en Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 91, núm. 826, Bogotá, Academia Colombiana de la Historia, 2004, pp. 461-484.         [ Links ] Para el caso novohispano, Gabriela Tío Vallejo y Víctor Gayol, "Hacia el altar de la patria. Patriotismo y virtudes en la construcción de la conciencia militar entre las reformas borbónicas y la revolución de la independencia", en Juan de Ortiz Escamilla (coord.), Fuerzas militares en Iberoamérica, siglos XVIII y XIX, México, Colegio de México, Colegio de Michoacán, Universidad Veracruzana, 2005, pp. 111-137.         [ Links ] En lo que concierne al Río de la Plata, Jaime Peire, El taller de los espejos: iglesia e imaginario (1767-1815), Buenos Aires, Claridad, 2000;         [ Links ] y Roberto Di Stefano, "Lecturas políticas de la Biblia en la revolución rioplatense (1810-1835)", Anuario de Historia de la Iglesia, núm. XII, Pamplona, Universidad de Navarra, 2003, pp. 201-224.         [ Links ]

10 Marie-Danielle Demélas e Ives Saint-Geours, Jérusalem et Babylone. Politique et religion en Amérique du Sud. L'Equateur, XVIIIe - XIXe siècles, París, éditions Recherche sur les Civilisations, 1989, p. 88.         [ Links ]

11 Ibid., p. 96.

12 Marie-Danielle Demélas-Bohy, "La guerra religiosa como modelo", en François-Xavier Guerra (coord.), Revoluciones hispánicas: independencias americanas y liberalismo español, Madrid, Ed. Complutense, 1995, pp. 143-164;         [ Links ] y más recientemente, Marie-Danielle Demélas- Bohy, Nacimiento de la guerra de guerrilla. El diario de José Santos Vargas (1814-1825), La Paz, Ed. Plural (IFEA-IRD), 2007, en especial, pp. 367-391.         [ Links ]

13 Oriana Pelagatti, "Los capellanes de la guerra. La militarización del clero en el frente oeste de la revolución rioplatense", en Beatriz Bragoni y Sara Mata (comps.), Entre la colonia y la república: Insurgencias, rebeliones y cultura política en América del Sur, Buenos Aires, Prometeo, 2008, pp. 193-211.         [ Links ]

14 Roberto Di Stefano, "De la teología a la historia: un siglo de lecturas retrospectivas del catolicismo argentino", en Prohistoria, año 6, núm. 6, Rosario, 2002, pp. 173-201;         [ Links ] y del mismo autor, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos, Buenos Aires, Sudamericana, 2010, pp. 341-347.         [ Links ] Una obra general, Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia argentina. Desde la conquista hasta fines del siglo XX, Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 2000.         [ Links ]

15 Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia argentina..., op. cit., pp. 394- 407; y Fortunato Mallimaci, Humberto Cucchetti y Luis Donatello, "Caminos sinuosos. Nacionalismo y catolicismo en la Argentina contemporánea", en Francisco González Colom y ángel Rivero (eds.), El altar y el trono: ensayos sobre el catolicismo político iberoamericano, Barcelona, Anthropos-Universidad Nacional de Colombia, 2006, pp. 155-190, en especial, pp. 159-164.         [ Links ] Sobre el posicionamiento de las elites y la Iglesia argentina durante los primeros años del siglo XX, Martín O. Castro, "Nacionalismo, cuestión religiosa y secularización política en la Argentina a comienzos del siglo XX: 1900-1914", Bicentenario, Revista de Chile y América, vol. 8, núm. 2, Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2009, pp. 5-40.         [ Links ]

16 Fortunato Mallimaci et al., "Caminos.", op. cit., p. 159.

17 Algunas de las obras más representativas son las del sacerdote jesuita Guillermo Furlong, El general San Martín: ¿masón, católico, deísta?, Buenos Aires, Theoria, 1963;         [ Links ] las del sacerdote salesiano Cayetano Bruno, "La argentina nació católica", en Didascalia. Revista para la catequesis, año XL, núm. 394 extraordinario, Rosario, Don Bosco, ag. 1986, pp. 19-30;         [ Links ] del mismo autor, su monumental Historia de la Iglesia en Argentina, 12 vols., Buenos Aires, Don Bosco, 1967-1981, en especial, vols. 7 y 8;         [ Links ] y La Virgen Generala, Rosario, Ed. Didascalia, 1994 [1954];         [ Links ] la del fraile mercedario José Brunet, La Virgen María, un capítulo de nuestra historia patria, Buenos Aires, Ministerio de Cultura y Educación, 1970;         [ Links ] Ana Galileano, Los próceres argentinos y su devoción a la Virgen María, Buenos Aires, Colección Mariana, Ed. Difusión, 1947.         [ Links ]

18 Por ejemplo, Fr. José Brunet, "El sesquicentenario de la Generala de Belgrano", en Revista de la Junta Provincial de Estudios Históricos, t. 31, Santa Fe, 1965, pp. 93-118,         [ Links ] y del mismo autor, "La Virgen de la Merced y sus diversos patronazgos en América", Comisión Episcopal V Centenario, 1991, pp. 307-487;         [ Links ] Pbro. Jorge Bekier, Recuerdos históricos vinculados con M. Belgrano en S. M. de Tucumán. En Homenaje del Sesquicentenario de la batalla de Tucumán, 1812-1962, Tucumán, Universidad Nacional, 1962.         [ Links ]

19 El caso de Anónimo (atribuido a Antonio Scarella), La Virgen de Luján y la bandera de Belgrano, por un Sacerdote de la misión. Recuerdo del año jubilar 1630-1930, Buenos Aires, Amorrortu, 1930.         [ Links ]

20 No descartamos por ello la gran utilidad de un buen número de los artículos publicados en esta revista, sea por sus interpretaciones o por la documentación.

21 Cayetano Bruno, La Virgen Generala..., op. cit.

22 José María Paz, Memorias póstumas, 3 vols., Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1917, (el período concierne al vol. 1);         [ Links ] Gerónimo Espejo, El paso de los Andes, Buenos Aires, Impr. y Librería de Mayo, 1882;         [ Links ] Damián Hudson, Recuerdos históricos sobre la Provincia de Cuyo, Mendoza, Gobierno de Mendoza, 1966;         [ Links ] Argentina, Senado de la Nación, Biblioteca de Mayo, 19 t., 22 vols., Buenos Aires, Imprenta del Congreso de la Nación, 1960-1963 (en adelante,         [ Links ] citada como BM); Epistolario Belgraniano, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1970,         [ Links ] entre otros compendios documentales.

23 Véase una propuesta de clasificación de los diferentes tipos de conflicto en Pablo Ortemberg, "Rituel et pouvoir: sens et usages des liturgies civiques. De la Vice-royauté du Pérou à l'orée de la République (Lima, 1735-1828)", tesis de doctorado en Historia, 2 tomos, París, l'école des Hautes études en Sciences Sociales, 2008, 816 páginas,         [ Links ] en especial la sección "Bataille entre les pouvoirs sur l'arène symbolique: essaie de taxinomie", pp. 138-146.

24 Juan de Austria venció a los turcos el primer domingo de octubre de 1571. Manuel de Mendiburu, Diccionario histórico-biográfico del Perú [1931], 11 tomos, t. 7, Lima, Ed. Enrique Palacios, 1931, p. 58.         [ Links ]

25 Un mayor desarrollo de este punto en mi tesis doctoral Pablo Ortemberg, "Rituel et pouvoir...", op. cit., t. 1, pp. 169-172; t. 2, pp. 285, 377, 443 y 444, 471.

26 Por Cédula de 4 de mayo de 1711 se celebra todos los 30 de de agosto el día de Santa Rosa, elegida patrona de Lima en 1669, y del Nuevo Mundo y Filipinas desde 1670. En la raíz de su culto se encuentra un vasto listado de milagros en beneficio de la ciudad. Debemos señalar que Lima llega al umbral del siglo XIX con cuatro patronos principales, la Virgen del Rosario, el Señor de los Milagros, Santa Rosa y Francisco Solano.

27 No solamente entre los limeños. Todos los días, al finalizar la jornada de trabajo en los obrajes textiles del centro y sur andino, los indios rezaban el Rosario. Los sábados se acudía a la capilla de esta advocación y se entonaban cánticos. Miriam Salas subraya la vasta extensión de este culto semanal en el ámbito rural, que iba más allá de los obrajes de Chincheros y Cacamarca. Miriam Salas Olivari, Estructura colonial del poder español en el Perú: Huamanga (Ayacucho) a través de sus obrajes. Siglos XVI-XVIII, 3 tomos, t. 1, Lima, PUCP Fondo editorial, 1998, p. 586.         [ Links ]

28 Rubén Vargas Ugarte, Historia del culto de María en Iberoamérica y sus imágenes y santuarios más celebrados, Buenos Aires, Huarpes, 1947, p. 53;         [ Links ] de Amédée Frézier, "Relation du voyage de la mer du sud", París, Jean-Geoffroy Nyon y otros, 1716.         [ Links ]

29 Es el caso de un extenso pleito bajo la rúbrica "Autos seguidos por Jerónimo Urquizu, Zoilo Meléndez, Pascual Sánchez y Pascual de Zavala, mayordomos de la cofradía Nuestra Señora del Rosario (Nuestra Señora del Socorro antes recogimiento de beatas cayetanas y hoy sostenida por los religiosos mínimos de Nuestro padre San Francisco de Paula), para que se reconozca la antigüedad de su cofradía y se impida a fray Pedro de Alcántara, de la orden de San Francisco, que funde la cofradía Nuestra Señora del Socorro en esta iglesia porque veladamente quiere dedicarla a la advocación del Rosario, entrando en directa competencia con la cofradía demandante", en Archivo Arzobispal de Lima, LX: 7 1735, Lima, 36 fs.

30 Sobre la militarización del universo ceremonial en la época de Amat, Pablo Ortemberg, "Rituel et pouvoir....", op. cit., t. 1, pp. 376-394.

31 En una rogativa y donativo convocados en esa coyuntura por el cabildo de Arequipa queda explícito: se implora la "protección de la Portentosa imagen de María Purísima Señora Nuestra que con título de la Victoria, y bajo el nombre del Rosario que se [¿halla?] en la Iglesia de Predicadores de esta Ciudad". Archivo General de Indias, Estado, 75, n. 76, 3-1, fs. 10, f. 1.

32 Juan Manuel Beruti, Memorias curiosas, Buenos Aires, Emecé, 2001, p. 51.

33 Un grabado español muestra las banderas, banderolas y gorros frigios ofrendados a la Virgen de Atocha de Madrid, como signo de agradecimiento por la victoria concedida contra los franceses. Imagen reproducida y comentada por Natalia Majluf, "Los fabricantes de emblemas. Los símbolos nacionales en la transición republicana. Perú, 1820-1825", en Ramón Mujica (ed.), Visión y símbolos. Del virreinato criollo a la república peruana, Lima, Colección Arte y Tesoros del Perú, Banco de Crédito, 2006, pp. 213- 214.         [ Links ] Sobre las banderas como lenguaje en la guerra y su uso ritual en el contexto bélico de la Independencia, Natalia Majluf, "Los fabricantes...", op. cit., pp. 204-213, y Pablo Ortemberg, "Rituel et pouvoir...", op. cit., en especial la sección "Rituel de bénédiction des drapeaux mis sous la protection de la Vierge et des saints, et offrande des drapeaux ennemies", t. 2, pp. 488-499.

34 Anónimo (atribuido a Antonio Scarella), La Virgen..., op. cit., pp. 21 y 71.

35 Pezuela, p. 32.

36 Pezuela, p. 33.

37 Matías Terrazas fue un culto e influyente clérigo de la catedral de La Plata, secretario del arzobispo. Fue mentor de Mariano Moreno durante sus estudios en la universidad Francisco Xavier y su relación era tan estrecha que Moreno lo invitó a que auspiciara su matrimonio y honrara como padrino de su hijo. Eso no impidió que al estallar la revolución de Buenos Aires fuera puesto bajo observación y enseguida ordenado su apartamiento forzoso de la ciudad de La Plata por el mismo Moreno. Un breve estudio sobre su ambiguo posicionamiento ante el nuevo gobierno de Buenos Aires concluye a la luz de un informe reservado del cabildo de La Plata que públicamente Terrazas no era contrario a la revolución, pero que en privado no ocultaba su simpatía por la causa del rey. Véase Enrique Williams Alzaga, "El canónigo Terrazas frente a la Revolución de Mayo", en Investigaciones y Ensayos, núm. 15, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1973, pp. 6 y 7.         [ Links ]

38 Matías Terrazas, Sermón que en cumplimiento del voto que hizo a nuestra señora del Carmen, Generala del Exército del Alto Perú, el señor General en Gefe D. Joaquín de la Pezuela, Madrid, Imprenta de D. Fermín Villalpando, 1815, p. 5.         [ Links ]

39 Ibid., pp. 5 y 6. Terrazas se refiere a la Virgen como "a la dulce, á la visible, á la poderosa protección de la muger fuerte, de la Judit valerosa, de la prudente Debora, de la invicta Jael, de María santísima del Carmen", p. 6.

40 Pablo Luis Quisbert, "Servir a Dios o vivir en el siglo: la vivencia de la religiosidad en la ciudad de La Plata y la Villa Imperial (siglos XVI y XVII)", en Andrés Eichmann y Marcela Inch (eds.), La construcción de lo urbano en Potosí y La Plata. Siglos XVI y XVII, Sucre, Ministerio de Cultura de España, Subdirección de los Archivos Estatales, Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, 2008, pp. 273-415, especialmente, p. 285.         [ Links ]

41 Andrés Eichmann Oehrli, "Pórtico", en Andrés Eichmann y Marcela Inch (eds.), La construcción de lo urbano..., op. cit., pp. XXIV y XXVII-XXVIII.

42 Vargas Ugarte dedicó un opúsculo apologético a este personaje. Según el autor, las acusaciones cruzadas de moderado ante los revolucionarios por parte de los realistas y de realista inclaudicable por parte de los revolucionarios manifiestan menos una desorientada ambigüedad u oportunismo que una determinación decidida por mantener la paz en su diócesis, una labor conciliadora, afirma Vargas, digna de los ministros de la Iglesia. Rubén Vargas Ugarte, Don Benito María de Moxó y de Francolí, Arzobispo de Charcas, Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, 1931, p. 46.         [ Links ] En 1816, Moxó fue desterrado a Salta por orden de Rondeau, donde murió a los pocos meses.

43 Continúa la cita sobre la manera en que la Virgen de Guadalupe dará la victoria: al enemigo "lo pone al instante en confusión y desorden; lo desbarata, lo ahuyenta de las riberas del caudaloso río que baña la mayor parte de estas provincias; y qual sencilla y blanca paloma del arca, deja caer en medio de nuestros batallones victoriosos el apetecido ramo de olivo". Benito María de Moxó y de Francoli, "A los amados fieles de la Ciudad de La Plata. Proclama escrita en el Palacio Arzobispal de la Plata 31 de julio de 1807", en Coleccion de Varios Papeles relativos a los sucesos de Buenos-Ayres Escritos por el Ill.mo Sr. D.D. Benito Maria de Moxo y de Francoli, &c &c Arzobispo de la Plata. Publicado por un amigo del autor, Lima, Imprenta Real de los Huérfanos, 1808, pp. 30-31.         [ Links ]

44 Miguel Otero, Memorias. De Güemes a Rosas, Buenos Aires, Sociedad Impresora Americana, 1946.         [ Links ] El episodio es referido también en José Luis Roca, Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación de un Estado nacional en Charcas, La Paz, IFEA-Plural, 2007, p. 203.         [ Links ]

45 La imagen está reproducida en Marie-Danielle Demélas-Bohy, Nacimiento de la guerra de guerrilla..., op. cit., p. 362.

46 Anónimo, "Memorias históricas de la revolución política del día 16 de julio de 1809 en la ciudad de La Paz por la independencia de América; y de los sucesos posteriores hasta el 29 de febrero de 1810", en BM, vol. 4, pp. 3143-3200 y 3153-3154; y Anónimo, "Diario de un emigrado de la ciudad de La Paz. Testigo ocular de los acaecimientos de julio de 1809. 16 de julio de 1809, 25 de julio de 1809", en BM., vol. 4, pp. 3131-3133.

47 Anónimo, "Memorias históricas...", op. cit., pp. 3157-3159; y Anónimo "Diario de un emigrado.", op. cit., p. 3132.

48 Diarios de la Revolución del 16 de Julio de 1809, La Paz, Honorable Alcaldía Municipal de La Paz, 2008, p. 152, citado por Cristina Machicado Murillo, Cecilia Ramallo Díaz y Carlos Zambrana Lara, "Dinámica simbólica, 1809: la Plaza Mayor, el Rey y la Virgen del Carmen", en Rossana Barragán (comp.), De juntas, guerrillas, héroes y conmemoraciones, La Paz, Delegación Municipal del Bicentenario de la Revolución del 16 de julio de 1809, Archivo de La Paz, Asociación de Estudios Bolivianos, 2010, pp. 152-169, especialmente, p. 162.         [ Links ]

49 Pezuela, p. 138.

50 Pezuela, p. 32.

51 Pezuela, p. 82.

52 Pezuela, p. 126.

53 Pezuela, pp. 126 y 127. En los documentos consultados no hay información si por "despojos de la victoria" debemos entender que depositó Pezuela, según la costumbre, las banderas capturadas (en el caso de haber capturado alguna) ante la Virgen en el convento de carmelitas o las remitió a Lima. En todo caso, Natalia Majluf verifica que Pezuela "envió al virrey Abascal las banderas patriotas tomadas en los campos de Viluma en 1815, y pidió que fueran depositadas en la capilla de Santa Bárbara para ser dedicadas al Virgen del Carmen, 'generala de este ejército del Rey'", Natalia Majluf, "Los fabricantes.", op. cit., p. 214.

54 Al comienzo del manuscrito, anota: "El ejército se hallaba sin vestuario, sin zapatos, sin víveres y sin plata en la caja. Por todas estas consideraciones [se refiere también a otras contrariedades mencionadas en líneas anteriores] estuve vacilando algunas horas sobre si tomar el mando (con seguridad casi positiva de sacrificar mi vida y mi honor), o volverme a Lima, exponiendo a su ruina por esta determinación al ejército y provincias" (Pezuela, p. 7). Aunque Pezuela pudiera estar exagerando con el fin de resaltar su heroísmo, Diez Venteo y otros especialistas en historia militar dan pruebas de ello. Véase, por ejemplo, el clásico Fernando Díaz Venteo, Las Campañas Militares del Virrey Abascal, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1948.         [ Links ]

55 Luego de la victoria, escribe a su amigo, el Dr. Pedro Andrés García: "Mi amado Perico: convéncete que nuestra causa nada tiene que agradecer a los hombres; ella está sostenida por Dios, y él es quien la ha salvado" (Tucumán, 20 de octubre de 1812, Epistolario Belgraniano, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1970, p. 168). Después de la victoria en Salta, escribe Belgrano a su primo Francisco Martínez Villarino: "Salimos bien porque Dios es quién protege nuestra causa, y El se ha encargado de dirigirla, manifestándonos que no debemos agradecer cosa alguna a los hombres" (Tucumán, 12 de diciembre de 1812, Epistolario Belgraniano, op. cit., p. 172). Prácticamente en la mayoría de sus cartas privadas y oficiales reitera su opinión sobre la conducción divina de la guerra, el protagonismo de Nuestra Señora de las Mercedes, el carácter santo de la revolución y la necesidad de las funciones de iglesia para mantener este lazo. Sobre la popularidad de esta advocación en la actual Argentina, Fr. José Brunet, "La Virgen de la Meced en la devoción popular del pueblo argentino, especialmente en la ciudad y departamento de Maipú", Revista Estudios, núm. 138, Madrid, julio-septiembre de 1982, pp. 365-377.         [ Links ]

56 Cayetano Bruno cita en su libro dos testimonios coincidentes extraídos de las respectivas memorias de doña Felipa Zavaleta de Corvalán y la del militar Juan Pardo Zela, ambos presentes en aquellos días. Cayetano Bruno, La Virgen Generala..., op. cit., pp. 208 y 209. Para el caso mexicano, Eric van Young encuentra testimonios semejantes sobre la Guadalupe, Eric Van Young, The other rebellion..., op. cit., p. 317.

57 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., pp. 73-75.

58 Ibid., p. 74.

59 La preocupación constante de Belgrano por ligar la revolución a religión se observa aun antes de la batalla de Tucumán. Después de la acción de Piedras, Belgrano escribe al gobernador de Córdoba comunicándole el triunfo y exhortándolo a que lo difunda entre los pueblos de su jurisdicción con repique de campanas y funciones de iglesia, con misas y tedeums, tal como era costumbre durante el gobierno español. Carta de Manuel Belgrano a Santiago Carreras, Río de las Piedras, 4 de septiembre de 1812, Epistolario Belgraniano, op. cit., p. 159. Aunque no nos hemos propuesto abordar aquí la creencia personal de los jefes militares, sino interpretar sus actos ligados a la liturgia en el campo de batalla, es interesante tener en cuenta que, según Roberto Di Stefano, Belgrano habría sido permeable a cierta interpretación milenarista de la revolución en tanto fue él quien encargó en Londres una de las cuatro reediciones de la popular obra escatológica del ex jesuita Manuel Lacunza, Roberto Di Stefano, "Lecturas políticas.", op. cit., pp. 216 y 217.

60 Para el caso de Salta, por ejemplo, Chaile advierte que las Vírgenes de los Dolores, del Rosario y del Carmen fueron populares en la segunda mitad del siglo XVIII en el plano privado. Subraya los cultos locales a la Virgen del Milagro, de la Viña, de las Lágrimas y la de Nieva. Telma Liliana Chaile, "Las devociones marianas en la sociedad colonial salteña. Siglo XVIII", Andes, núm. 15, Salta, 2004, pp. 87-115.         [ Links ]

61 Pezuela anota en su compendio, "convidando su caudillo general por proclamar a todos para que asistiesen a verle desaparecer [al Ejército del Rey] el día 24 de septiembre que era el de Nuestra Señora de Mercedes, su Patrona y Generala, elegida por tal en memoria de que en su día había ganado el año anterior la batalla de Tucumán" (Pezuela, p. 10).

62 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., pp. 74 y 75.

63 José Santos Vargas, Diario de un comandante de la guerra de la Independencia, 1814-1825, introducción, transcripción e índices por Gunnar Mendoza, México, Siglo XXI, 1982, p. 66.         [ Links ] Para un estudio profundo de ese diario y sobre la mentalidad providencial de Vargas, ver Marie-Danielle Demélas-Bohy, Nacimiento de la guerra de guerrilla..., op. cit.

64 Eric van Young, The Other Rebellion..., op. cit., p. 317.

65 El destacado es nuestro. Reproducido por Rómulo Cúneo Vidal, "Historia de las insurrecciones de Tacna por la independencia del Perú 1811-1813", vol. VI, en "Precursores y mártires de la independencia del Perú", Obras completas, vol. IV, Lima, Ignacio Prado Pastor, 1977, pp. 342 y 343.         [ Links ]

66 Manuel Jesús Aparicio Vega, El clero patriota en la revolución de 1814, Cusco, s/r, 1973, pp. 140 y 147-150.         [ Links ]

67 Documento del Archivo General de Indias, Cusco 72, citado por Manuel Jesús Aparicio Vega, El clero.., op. cit., pp. 140 y 141.

68 José Luis Roca, Ni con Lima., op. cit., p. 623.

69 Según la formulación clásica de Claude Lévi-Strauss, la "eficacia simbólica" del ritual consiste en incluir el acontecimiento inesperado en una red de sentido provista por la narración mítica. Véase Claude Lévi-Strauss, "L'efficacité symbolique", en Anthropologie structurale, París, Plon, 1958, pp. 205 y 226.         [ Links ]

70 Remitimos al clásico de Victor Turner, The Ritual Process: Structure and Anti-structure, Nueva York, Aldine Publishing Compagny, 1969.         [ Links ]

71 De hecho, en la batalla de Amiraya o Sipe-Sipe participó Eustoquio Díaz Vélez, luego importante oficial del ejército bajo el mando de Belgrano. Los datos sobre el culto de los cochabambinos revolucionarios a la Virgen de las Mercedes aparecen en Alejandro Antezana, "Virgen de las Mercedes, Patrona del Ejército de la Independencia", OH!, revista suplemento del periódico Los Tiempos, año XI, núm. 578, Cochabamba, 20 de junio de 2010, pp. 14-16. El articulista reúne testimonios de la historiografía local; se apoya, entre otros, en Eufronio Viscarra, Biografía del general Esteban Arze, s/r, Taller El Universo, 1910.         [ Links ]

72 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 65. Insiste más adelante: "La opinión de impíos y herejes en que nos tenían se había disipado al ver nuestros escapularios y otros signos religiosos" (p. 92).

73 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 96.

74 Ignoró Castelli las prácticas litúrgicas consuetudinarias asociadas a la guerra. Por ejemplo, luego de la victoria de Suipacha, en lugar de enviar la bandera capturada a Buenos Aires para ser expuesta en los balcones del cabildo y luego depositarla como ofrenda a una advocación de la Virgen, decidió remitirla con una nota que decía "a fin de que V. E. la destine a la Sala del Rey Don Fernando, con las que adornan su retrato" (Parte oficial de la batalla de Suipacha publicado en la Gazeta de Buenos Ayres, t. 1, edición facsimilar, Buenos Aires, Junta de Historia y Numismática, 1910, extraordinaria del 3 de diciembre de 1810, p. 689).

75 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 38, nota al pie.

76 José Luis Roca, Ni con Lima..., op. cit., p. 304.

77 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 66.

78 Ibid., p. 66, nota al pie. Y añade, convencido: "¿Creía esto Goyeneche? No; el pueblo sí".

79 "Proclama del señor brigadier general del ejército auxiliar del Perú a los pueblos del Perú", 28 de septiembre de 1812, Cuartel General de Tucumán, BM, t. XV, "Guerra de la Independencia" [p. 20], p. 13124. Es interesante notar que los actos de saqueo de iglesias y casas eran difíciles de contener por parte de los jefes en el momento de la desbandada de un ejército derrotado, en especial cuando además de carecer de disciplina la tropa se resentía por la falta de apoyo local, como fue el caso de Tristán. Pezuela tampoco tendrá el apoyo local; así, escribe en su memoria "no ser nuestro, más que el terreno que pisábamos" (Pezuela, p. 71); y Paz lo ratifica en la suya con la misma expresión: "[Pezuela] solo tenía el terreno que materialmente pisaba, y no sabía lo que pasaba en dos cuadras", José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., pp. 60 y 61.

80 Matías Terrazas, Sermón..., op. cit., p. 14.

81 Ibid., p. 14.

82 Véase Víctor Peralta Ruíz, La independencia y la cultura política peruana (1808-1821), Lima, IEP Instituto de Estudios Peruanos, Fundación M. J. Bustamante De la Fuente, 2010, p. 283.         [ Links ]

83 Anota Pezuela, después de la victoria de Ayohuma: "Las bajas del ejército que eran muchas, no tanto por los muertos y heridos, como por las deserciones; pues en sólo los tres días siguientes a la batalla pasaron de 400 los Soldados que se huyeron; porque creen tales hombres que ganada una batalla se ganó y acabó la guerra." (Pezuela, p. 30).

84 Desde 1810, en una carta a la Junta enviada desde Santa Fe, era consciente de su principal tarea. Le escribe a Moreno: “No tenga V. cuidado por los desertores que Yo he de poner coto a la deserción, y si ahora recibo un Ejército de gauchos, tendré la satisfacción de presentarlo a mis Compañeros de fatigas por la Patria, de soldados” (Manuel Belgrano, Santa Fe, 8 de octubre de 1810, reproducida en Epistolario Belgraniano…, op. cit., p. 65).

85 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 123; Marcos Estrada se apoya en una carta escrita en 1814 del Dr. Tomás Manuel de Anchorena, secretario de Belgrano, desde Jujuy a su hermano Nicolás Anchorena en Marcos Estrada, "Causales de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma", Anales del Instituto Belgraniano Central, núm. 5, Buenos Aires, 1983, pp. 55-63.         [ Links ]

86 Esto fue luego de la derrota, al llegar el día 15 a Tinguipaya, José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 152.

87 José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 40, nota 1.

88 Aunque José María Paz tiene en alta estima al general Belgrano, no ahorra una mirada crítica, especialmente cuando dejó pasar la oportunidad, según Paz, de atacar el ejército de Pezuela mientras este descendía una cuesta empinada con dificultad. Dice Paz: "¿Qué hizo entretanto el general Belgrano? Nada. No hizo movimiento, no destacó un solo hombre, no se tomó medida alguna. Se levantó un altar y se dijo misa, que fue oída por todo el ejército" (José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., p. 140).

89 Carta de Manuel Belgrano a José de San Martín, Santiago del Estero, 6 de abril de 1814, Epistolario Belgraniano..., op. cit., pp. 258 y 259. Muchos autores han utilizado este documento para argumentar a favor del fervoroso catolicismo de Belgrano, por ejemplo, Cayetano Bruno, Historia de la Iglesia..., v. 7, op. cit., pp. 204 y 205.

90 Ibid., p. 258.

91 Ibid., pp. 258 y 259. Aun durante las rebeliones sur peruanas de fines del siglo XVIII el ataque a las instituciones eclesiástica -percibidas como abusivas-, según Serulnikov, se vio agudizado antes que atemperado por el profundo catolicismo de las poblaciones rurales, quienes vivían la religión como un derecho más que un deber. Véase Sergio Serulnikov, Conflictos sociales e insurrección en el mundo colonial andino. El norte de Potosí en el siglo XVIII, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 393 y 394.         [ Links ]

92 Concluye diciéndole: "Tenga presente a los Generales del Pueblo de Israel, sino a los de los Gentiles; y al gran Julio César que jamás dejó de invocar a los Dioses inmortales, y por sus victorias en Roma se decretaban rogativas." (Epistolario belgraniano..., op. cit., p. 259).

93 Gerónimo Espejo, El paso de los Andes..., op. cit., p. 481. Por entonces Espejo era un soldado de baja graduación y no pudo presenciar la reunión.

94 La descripción de la ceremonia en torno al nombramiento de la Virgen Generala junto con la bendición de la bandera del Ejército de los Andes en G. Espejo, El paso., op. cit., pp. 481-485, y Damián Hudson, Recuerdos históricos sobre la Provincia de Cuyo, Mendoza, Revista Mendocina de Ciencias, 1966, pp. 90-91.         [ Links ]

95 Reproducido por Camilo Anschutz, Historia del Regimiento de granaderos a caballo: 1812- 1826, Buenos Aires, Biblioteca del Oficial, v. 323-324, Círculo Militar, 1945, pp. 132 y 133.         [ Links ] Comenta Paz que San Martín intentó más tarde imponerlo en el ejército que le había dejado Belgrano, pero nunca se llevó a efecto, por impracticable (José María Paz, Memorias póstumas..., op. cit., pp. 166 y 167).

96 Bartolomé Mitre, Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana, Obras Completas, t. 2, Buenos Aires, Imprenta de La Nación, 1939, p. 233.         [ Links ]

97 Archivo General de la Nación, Gobierno Nacional, Paso de los Andes, 1816-1817, citado por Cayetano Bruno, La Virgen Generala..., op. cit., p. 289.

98 Sobre el anticlericalismo en la creciente militarización de la sociedad rioplatense como consecuencia de las invasiones inglesas, véase Roberto Di Stefano, Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos, Buenos Aires, Sudamericana, 2010, pp. 80-88.

99 Gerónimo Espejo, El paso..., op. cit., p. 418.

100 Manuel Belgrano, Tucumán, 23 de octubre de 1816, reproducida en Epistolario Belgraniano..., op. cit., p. 286.

101 Víctor Peralta Ruíz, La independencia..., op. cit., p. 279.

102 Manuel Revuelta González, Política religiosa..., op. cit., p. 10 y p. 370.

103 Decreto del 22 de septiembre de 1823, p. 1, "Archivo Digital de la Legislación en el Perú. Leyes del año 1820 al año 1904-Leyes no numeradas". Disponible en línea: http://www. congreso.gob.pe/ntley/LeyNoNumeP.htm (último acceso: 1 de febrero de 2010).

104 Robert Proctor, "El Perú entre 1823 y 1824", en Colección Documental de la Independencia del Perú, Lima, Comisión Nacional por el Sesquicentenario, t. XXVII, "Relaciones de Viajeros", vol. 2, pp. 187-339, p. 290.         [ Links ]

105 Severo Aparicio (Obispo Auxiliar del Cuzco), Devoción a la Virgen de las mercedes en el Perú. Breve Historia de su culto, Cuzco, s/r, 1980.         [ Links ]

106 El comunicado del 17 de septiembre de 1825 emitido por el ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, M. Lino Ruiz de Poncorvo, se refiere a la obligación de asistencia por parte del gobierno y demás autoridades los días 20 y 24 a la catedral y a la iglesia de la Meced: "Por el aniversario del Soberano Congreso Constituyente y por Nuestra Señora de la Merced, Patrona de las Armas de la República" (Archivo Histórico Militar del Perú, 1825, Legajo 23, doc. 1).

107 Recientemente, la popular patrona de la armada argentina, la Virgen Stella Maris, fue beneficiada con el grado de "Almiranta" en un rito institucional presidido por el jefe del Estado Mayor de la fuerza y algunos sacerdotes. En la catedral castrense del Retiro le otorgó a la imagen su sable, junto con el diploma y condecoración de la Gran Cruz del Mérito Naval laureada, "vistos los servicios prestados a la institución". Esto alimentó el debate sobre el pluralismo religioso y la situación crítica de los obispados castrenses. Nota de Nora Veiras aparecida en el periódico Página12, Buenos Aires, 21 de agosto de 2008.

108 Manuel Lorenzo Vidaurre, "Cartas Americanas", en Colección Documental de la Independencia del Perú, t. I, vol. 6, Lima, Comisión Nacional por el Sesquicentenario, p. 156.         [ Links ]

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