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Trabajo y sociedad

versión On-line ISSN 1514-6871

Trab. soc.  no.15 Santiago del Estero dic. 2010

 

MUNDOS DEL TRABAJO: TEORIAS Y EXPERIENCIAS

La teoría del valor-trabajo y la cuestión de su validez en el marco del llamado "posfordismo"

The labour theory of value and the question of its validity in the context of the called "post-fordism" 

Nicolás G. Pagura*

* Profesor de Filosofía, egresado de la FFyL de la UBA. Becario del CONICET, con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA. Doctorando en Ciencias Sociales en la UBA. Correo: nicolas_pagura@yahoo.com.ar

RESUMEN

El propósito de este artículo es revisar la validez explicativa de la teoría marxista del valor a la luz de los cambios que se producen en el capitalismo tras la crisis de los años `70, cuando progresivamente se instaura (sobre todo en los países centrales) un régimen de acumulación y regulación -que muchos autores han denominado "posfordismo"- con diferencias importantes respecto al dominante desde la posguerra. La tesis central que se defiende es que gran parte de las tendencias ancladas en las transformaciones operadas en el sistema de producción de núcleos hegemónicos del capital internacional -desde la terciarización a los nuevos modos de gestión y formación de la fuerza de trabajo- ponen en cuestión el concepto de "trabajo abstracto" que estaba en la base de la teoría del valor en su formulación clásica por Marx, tornando necesaria la revisión crítica de esta teoría.

Palabras clave: Posfordismo; Teoría del valor-trabajo; Marx; Trabajo abstracto

ABSTRACT

The purpose of this article is to go through the explanatory validity of the marxist theory of value in the light of the changes that are produced in the capitalism after the crisis of 70's, when a regime of accumulation an regulation - that many authors have named "post-fordism" - is progressively established (especially in central countries) with important differences regarding the dominant since the post-war period. The main thesis defended is that a great part of the trends anchored in the transformations operated on the system of production of hegemonic cores of the international capital - since the service economy to the new manners of management and training of the labour forces - put in question the concept of "abstract labour" that was in the base of the theory of value in its classic formulation by Marx, making necessary the critical review of this theory.

Keywords: Post-fordism; Labour theory of value; Marx; Abstract labour

SUMARIO

1. Reestructuración productiva y nuevas perspectivas sobre el trabajo y la teoría del valor. 2. La teoría del valor y el concepto de "trabajo abstracto". Limitaciones histórico-teóricas y necesidad de revisión. 3. La crisis del fordismo-taylorismo como crisis del trabajo abstracto. 4. El difícil camino hacia la revisión de la teoría del valor-trabajo. 5. Consideraciones finales: sobre la necesidad de avanzar en el trabajo de reformulación teórica para pensar el presente. Bibliografía.

1. Reestructuración productiva y nuevas perspectivas sobre el trabajo y la teoría del valor

El marco teórico general desde el cual este trabajo intenta posicionarse es el de los debates que se desarrollan en las últimas tres décadas alrededor de las transformaciones operadas con la crisis que hacia aproximadamente la década de los ‘70 ha sufrido el modelo productivo dominante en Occidente, al menos desde la década de los ‘30.

Si bien no hay un acuerdo en torno de las causas y los alcances de dichas transformaciones, sí pueden mencionarse un conjunto de factores que se van gestando y adquieren una creciente relevancia: el proceso de "desindustrialización" y terciarización de la economía verificados fundamentalmente en los países capitalistas avanzados (sobre todo EEUU y Europa occidental), el surgimiento de nuevas formas de organizar el proceso productivo (por ejemplo el toyotismo), la liberalización del capital financiero, la incorporación y progresiva expansión de las nuevas tecnologías de información y comunicaciones (TICs) y los cambios operados en la relación salarial dominante durante la etapa fordista.1

Uno de los ejes de estos debates -dado fundamentalmente dentro del amplio espectro de las teorías influenciadas por el marxismo- ha sido el de la dinámica que adquiere la acumulación de capital en este nuevo contexto, lo cual ha llevado en ocasiones a revisar la teoría del valor-trabajo en la formulación clásica de Marx. En relación con estas revisiones, las posiciones han sido ampliamente divergentes. Así, autores como Habermas y tras él los defensores de las tesis sobre "el fin del trabajo" (Rifkin, Gorz, etc.) han derivado de la proyección de ciertas tendencias -sobre todo la creciente automatización de los procesos productivos- la idea de que la teoría del valor habría dejado de tener total pertinencia para explicar las dinámicas de acumulación del capital, dada la supuesta dislocación del trabajo humano respecto de los actuales procesos productivos.2 En cambio, otros autores (tal el caso de Ricardo Antunes) han reaccionado fuertemente contra estas proyecciones y han reivindicado tanto la centralidad del trabajo como la pertinencia explicativa de la teoría del valor.3

Otros autores han intentado apartarse de las implicancias de este debate, prestando mayor atención a otras dinámicas. Así, Benjamín Coriat ha estudiado la interrelación entre los cambios acaecidos en el nuevo taller posfordista (guiados por un imperativo cada vez más tendiente a la flexibilización de los procesos) con los requerimientos de un mercado internacional cada vez más competitivo y diversificado. Su análisis del taller posfordista se centra, por su parte, en la complementación entre las innovaciones propiamente tecnológicas y las modificaciones en los modos de organización del trabajo humano, excluyendo toda consideración catastrófica acerca de una posible desaparición del trabajo a favor de la automatización, pero también evitando toda discusión (al menos directa) sobre la pertinencia teórica de la teoría del valor.4

Finalmente, cabe destacar el análisis de Pablo Levín, que intenta reformular la teoría del valor tomando en consideración un nuevo horizonte histórico para la acumulación del capital. Según él, el surgimiento de empresas que poseen el monopolio de la innovación tecnológica y que en él basan sus ganancias diferenciales, elimina las condiciones que hacían posible la igualación de las tasas de ganancia entre los distintos capitales. En esta nueva situación, la estructura del capital se hace diferenciada y jerarquizada, con un grupo de grandes empresas que dictan sus imperativos a las demás en función de su monopolio de la innovación tecnológica, y que a su vez fundan estas ganancias menos en la producción de mercancías reproducibles (que eran el modelo de la teoría marxista del valor) que en la generación de innovaciones continuas y constantes.5

Por supuesto que hay otros análisis, y algunos de ellos (junto con los ya señalados) se retomarán más adelante. Pero aquí quería intentar delimitar, teniendo en cuenta estas visiones, la perspectiva que adoptaré en este trabajo. Quisiera reflexionar sobre la pertinencia actual de la teoría del valor a partir del análisis de los cambios operados en las últimas décadas en los modos de gestión y organización de la fuerza de trabajo. Tomando en consideración la hipótesis de un capitalismo cada vez más jerarquizado o, utilizando la expresión de Levín, diferenciado, voy a centrar mi análisis en los cambios que se operan en algunos sectores hegemónicos del capital, fundamentalmente de aquellos con capacidad estratégica para dirigir la demanda (en función, entre otras cosas, de las herramientas "ideológicas" cada vez más importantes del marketing y la publicidad) y que gestionan la fuerza de trabajo con los imperativos del "nuevo management empresarial" ("calidad total", "management participativo", etc.). Por lo tanto, este análisis no refiere centralmente -como el de Levín- a la innovación de los productos y al lugar privilegiado en el mercado que eso brinda a un grupo de empresas. Por el contrario, quisiera volver sobre el proceso de trabajo y fundamentalmente sobre los modos de organización del mismo -siguiendo en este punto una perspectiva más cercana a la de Coriat, entre otros autores- pero intentando dirigir la reflexión hacia la reconsideración crítica del concepto de trabajo que se haya en la base de la teoría del valor en su formulación clásica. Esto me lleva a retomar la discusión sobre la "crisis del trabajo abstracto", uno de los aspectos que han emergido en la polémica sobre el "fin del trabajo" antes mencionada.

La tesis central que voy a defender es que gran parte de las tendencias ancladas en las transformaciones operadas en el sistema de producción de núcleos hegemónicos del capital internacional -desde la terciarización de la producción a los nuevos modos de gestión y formación de la fuerza de trabajo- ponen en crisis (no terminal sino relativa) el concepto de "trabajo abstracto" que estaba en la base de la teoría del valor en su formulación clásica por Marx, tornando necesaria la revisión crítica de esta teoría.

2. La teoría del valor y el concepto de "trabajo abstracto". Limitaciones histórico-teóricas y necesidad de revisión

Mi objetivo no puede ser aquí hacer una exposición crítica de la teoría del valor, lo cual requeriría un trabajo mucho más extenso. Más bien, lo que me interesa es dar sustentabilidad teórica a la tesis antes señalada tomando en consideración la obra de Marx, pero procurando ir más allá de ella para pensar la situación presente. Lo que plantearé entonces es que el concepto de trabajo abstracto que está en la base de la teoría del valor responde a un tipo particular de trabajo que surge en la modernidad y progresa de modo absolutamente paralelo al desarrollo del capitalismo. Es esta idea hegemónica de trabajo la que luego me propongo repensar a la luz de los cambios que operan actualmente en los procesos productivos.

En la formulación tradicional de Marx, la magnitud de valor de una mercancía queda determinada por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción. La sustancia del valor (aquello que queda medido por el tiempo) es el trabajo, pero no en su dimensión concreta -como creador de valores de uso- pues ello no permitiría establecer una conmensurabilidad entre los distintos trabajos útiles contenidos en la mercancía. En una economía basada en el intercambio de equivalentes, el trabajo debe ser medido en (y para ello reducido a) trabajo abstracto, el cual es deducido y definido por Marx del siguiente modo:

Si se prescinde del carácter determinado de la actividad productiva y por tanto del carácter útil del trabajo, lo que subsiste de éste es el de ser un gasto de fuerza de trabajo humana. Aunque actividades productivas cualitativamente diferentes, el trabajo del sastre y el del tejedor son ambos gasto productivo del cerebro, músculo, nervio, mano, etc., humanos, y en este sentido uno y otro son trabajo humano (...) Este es gasto de la fuerza de trabajo simple que, término medio, todo hombre común, sin necesidad de un desarrollo especial, posee en su organismo corporal. El carácter del trabajo medio simple varía, por cierto, según los diversos países y épocas culturales, pero está dado para una sociedad determinada. Se considera que el trabajo más complejo es igual sólo a trabajo simple potenciado o más bien multiplicado.6

Una primera cuestión implícita en esta definición y que conviene empezar por problematizar es que sólo sería aplicable a las mercancías reproducibles o multiplicables. Como señala Levín, esta cuestión ya había sido vislumbrada antes por Ricardo y queda asumida en el discurso de Marx.7 El caso más claro de excepción a la regla de la ley del valor es el de la obra de arte concebida en su sentido más tradicional, como ejemplar único. Si es irreproducible no tiene valor, porque no puede haber un tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla.8 El trabajo que la produce, por su parte, no puede ser conmensurable tomando como parámetro a una media social; no es el trabajo repetitivo, aquel trabajo que una y otra vez reitera sus movimientos con la predecibilidad suficiente para producir un objeto idéntico.

El concepto de trabajo que está en la base de la teoría del valor responde, en realidad, a una visión limitada y puramente mecánica del trabajo, en la que dimensiones como la creatividad y la imprevisibilidad (por mencionar sólo algunas) quedan excluidas por definición. Si, por ejemplo, nos detenemos a preguntar qué puede significar "mejorar" el trabajo en este esquema, nos encontramos con que sólo puede haber una respuesta: aumentar la productividad del trabajo en el sentido limitado de que produzca más en menos tiempo. ¿Estamos en condiciones de afirmar que el modelo histórico que responde mejor a este esquema es la producción industrial de mercancías serializadas? En realidad, este es uno de los argumentos centrales en que se sostiene este escrito, y por eso haré algunas aclaraciones en relación al modo en que Marx pensó la historicidad específica del llamado "trabajo abstracto".

En la Introducción general a la crítica de la economía política, el pensador alemán señala respecto a dicho concepto:

El trabajo parece ser una categoría totalmente simple. También la representación del trabajo en su universalidad -como trabajo en general- es muy antigua. Y sin embargo, considerado en esta simplicidad desde el punto de vista económico, el "trabajo" es una categoría tan moderna como las relaciones que dan origen a esta abstracción simple. 9

A continuación, Marx hace un breve relevo del modo en que la economía llegó a elaborar el concepto. Los monetaristas, dice, ponían la riqueza en el dinero como "cosa"; operan en cambio un gran avance los fisiócratas cuando encuentran el origen de la riqueza en el trabajo, aunque en una forma particular (agrícola); finalmente es Smith quien dota a la actividad creadora de riqueza de un carácter general. No obstante, Marx aclara que el desarrollo del concepto no es solamente un proceso intelectual, sino que está irremediablemente atado al avance de la historia:

esta abstracción del trabajo en general no es solamente el resultado intelectual de una totalidad concreta de trabajos. La indiferencia hacia un trabajo particular corresponde a una forma de sociedad en la cual los individuos pueden pasar fácilmente de un trabajo a otro y en la que el género determinado de trabajo es para ellos algo fortuito y, por lo tanto, indiferente. El trabajo se ha convertido entonces, no sólo en tanto categoría, sino también en la realidad, en el medio para crear la riqueza en general.10

Siguiendo estas ideas de Marx, se puede considerar que el concepto de trabajo abstracto que está en la base de la teoría del valor está sujeto al devenir histórico. En el capítulo I de El capital, el mismo aparece todavía en el marco general del análisis de la mercancía, sin introducir aún el estudio del capital. Este último implica todavía la aparición de determinaciones sustanciales en el concepto de trabajo, fundamentalmente en lo que hace a la relación entre trabajo concreto y trabajo abstracto. Especialmente, la subsunción real del trabajo al capital,11 con la cual el capital modifica el proceso de trabajo en su dimensión material (merced a la introducción de la maquinaria basada en el desarrollo científico-tecnológico) para adecuarlo a las necesidades de la producción de plusvalor, conlleva la subordinación del trabajo concreto al trabajo abstracto. La distinción entre estas dos dimensiones del trabajo, que en el primer análisis de la mercancía parecía clara, no pasa de ser ahora una abstracción analítica.

Según esta interpretación, entonces, el trabajo abstracto se desarrolla bajo un conjunto particular de condiciones: se gesta con la consolidación de una economía mercantil pero sólo tiene realización plena con la conformación de la economía industrial (mediados del siglo XIX). Como se verá en el siguiente parágrafo, este análisis está en la base de mi interpretación del fordismo-taylorismo, que para mí se inscribe dentro de la tendencia general del capital a la subsunción del trabajo concreto bajo las reglas del trabajo abstracto: de ahí que, como se señalará, este sistema aparezca como una confirmación de la teoría del valor, y que su crisis posterior haga necesario repensar a ésta junto con la idea de "trabajo abstracto".

Para ir anticipando la problemática central, se puede poner de manifiesto la necesidad actual de repensar la teoría del valor y la idea de "trabajo abstracto", retomando el ejemplo antes referenciado de la obra de arte. Ella parece ser un caso excepcional. Con todo, puede llegar a ser reveladora en relación con una serie de tendencias que se registran en los actuales procesos productivos. Pensemos en los trabajadores que basan su labor en el intelecto, los afectos, en el servicio prestado, etc., ¿puede ser su labor reducida a trabajo abstracto? Podemos también pensar lo mismo desde el punto de vista contrario, es decir, el del capital y los productos que produce: ¿no hay empresas hegemónicas en el mercado que justamente basan sus ganancias diferenciales en la producción de innovaciones constantes? ¿Y no son ellas las que tercerizan parte de su producción, precisamente aquella más relacionada con la pura reproducción? Dirijamos también nuestra atención a las empresas atentas en captar las llamadas "señales del mercado", ¿sus ganancias no parecen derivarse menos de su productividad en un sentido clásico (mayor producción en menos tiempo) que de la estrecha comunicación establecida entre producción y mercado? Finalmente, reflexionemos sobre el trabajador que, en una fábrica crecientemente automatizada, se dedica simplemente a vigilar y supervisar el proceso. Él interviene directamente en la producción sólo cuando el proceso se ha interrumpido. ¿No es ésta una inversión completa respecto a la visión clásica, en la medida en que su labor no consiste entonces en un trabajo reproductivo sino en hacer frente al imprevisto?

Si estas formas de producción no son meras excepciones sino que adquieren una importancia cada vez mayor en las últimas décadas, hasta tal punto que actualmente se habla de "posfordismo", "sociedad posindustrial", "sociedad del conocimiento", etc., se plantea la necesidad, para el análisis marxista, de someter a revisión la teoría del valor. En el resto del trabajo se intentará avanzar en esta tarea. Se comprenderá que, dada la complejidad de la misma, no se pretende hacer un análisis de conjunto de los procesos de producción, ni discutir sobre los alcances de estas transformaciones, sino solamente problematizar la teoría del valor a la luz de algunas tendencias que se registran en estos procesos. Esto a su vez permitirá ir vislumbrando algunas líneas a seguir para la -a mi juicio- necesaria revisión de la teoría. La primera tarea que me propongo para esto es repensar la crisis del fordismo-taylorismo y los problemas que genera para la teoría del valor.

3. La crisis del fordismo-taylorismo como crisis del trabajo abstracto

La importancia que desde principios del siglo XX va adquiriendo el taylorismo primero y el fordismo después significó, para muchos, una confirmación tardía de la teoría del valor.12 ¿Por qué? La clave se encuentra en la separación que aquellos establecen entre tareas de concepción y ejecución. Uno de los propósitos de esta división fue expropiar de su saber al obrero de oficio para quitarle el control de los tiempos de producción; desde ese momento, es la propia empresa la que establece el ritmo al que deben ser ejecutadas las tareas, que por su parte quedan reducidas a un conjunto de movimientos o "gestos" (al decir de Taylor) rigurosamente medidos y predeterminados.13

El hecho de que la teoría del valor reciba un sostén a posteriori con la expansión del fordismo-taylorismo no se debe en principio a ninguna "astucia de la razón", sino a que ambos comparten un mismo concepto de trabajo. La descalificación del trabajo que opera aquel modelo de organización permite fácilmente la reducción a trabajo simple que supone la teoría del valor. Si se elimina toda dimensión intelectual en la ejecución del trabajo, lo que queda es pura energía física, cuya eficacia puede medirse con la única herramienta del tiempo del reloj. Hasta tal punto es así que el concepto de "trabajo medio simple" del que hablara Marx se instituye ahora normativamente por el sistema, que establece el tiempo que demandará cada tarea. El imperativo que guía a este modelo es producir la mayor cantidad de mercancías en el menor tiempo posible para disminuir los costos y satisfacer una demanda masiva, creciente e indiferenciada.14

Retomando lo señalado en el parágrafo anterior, puede afirmarse entonces que el fordismo-taylorismo desarrolla la ya señalada "subsunción real del trabajo al capital" al someter al trabajo concreto bajo las reglas del trabajo abstracto. De algún modo, resulta entonces la culminación de un modelo de trabajo inscripto en los inicios de la época industrial moderna, modelo que indudablemente tomó Marx para la formulación de la teoría del valor.15

Dada esta vinculación, la actual crisis de los métodos tayloristas y fordistas se transforma en una ocasión más que oportuna para repensar la teoría del valor, algo que, como ya se verá, muchos autores han comenzado a hacer. Esta crisis no implica la desaparición, en todas las industrias, de estos métodos, pero sí en general su combinación con otros nuevos, de orientación diferente. Sobre todo (esto es tal vez lo más importante) los nuevos modelos productivos tienen una presencia indudable en sectores económicos estratégicos. Una de las cuestiones que más interesa aquí en relación a estas transformaciones es la progresiva relativización de la tradicional separación de las tareas de concepción y control respecto de las de ejecución. Los métodos pioneros adoptados en Japón en la fábrica Toyota, que desde fines de la década del ’70 se expanden -no sin modificaciones importantes, teniendo en cuenta las peculiaridades de cada país- en otros países industrializados como Alemania y EEUU constituyen respecto a esto un ejemplo paradigmático. La tendencia se orienta a que actividades que antes se desarrollaban de modo separado sean parte de las tareas que desarrollan los mismos obreros en el espacio del taller. Es lo que ocurre con algunas de las tareas de administración (el toyotismo, por ejemplo, tiene en teoría una ideología antiburocrática), de concepción y organización (piénsese en la nueva organización de las tareas en grupos de trabajo con autonomía relativa, que además altera la ecuación fordista hombre/ máquina/ tarea) y de control (que pasa a ejercerse en el puesto de trabajo e, incluso, como en el toyotismo, puesto por puesto, aumentando la presión sobre los trabajadores para que no se detenga la producción).16

Estas transformaciones se orientan a superar las rigideces propias del fordismo-taylorismo, logrando una producción más flexible, dinámica y centrada en la mejora continua de los procesos, requisitos indispensables para mantener la competitividad en mercados más segmentados y complejos.17 Pero sobre todo, y esto es lo que más importa aquí, comportan una mutación en el concepto de trabajo. La incorporación de capacidades de trabajo anteriormente despreciadas se convierte ahora en requisito indispensable para que estas transformaciones puedan tener lugar.

En primer lugar, el ejercicio de facultades cognitivas, intelectuales y creativas se torna central en el espacio de trabajo. El obrero deja de asemejarse a una mera máquina ejecutora (la cual, en efecto, en muchos casos lo ha reemplazado en esta tarea) para pasar a tener responsabilidad efectiva en el resultado de los procesos. Los nuevos "círculos de calidad", en los cuales los trabajadores son "llamados" a discutir su productividad y desempeño, son una muestra clara de esto. Ocurre que para que el imperativo de la "mejora continua" funcione, permitiendo la flexibilización de los procesos, se necesita de un descenso del saber-hacer al nivel del taller.

Este cambio en el lugar e importancia para el ejercicio de facultades cognitivas queda claramente graficado en la mutación que se registra en la idea de "formación". Ella deja de asimilarse a un conjunto de capacidades adquiridas de forma medianamente estable para devenir un ejercicio continuado, sujeto a validación permanente (concepto de "formación continua"). En esta dirección apunta el pasaje, registrado por numerosos sociólogos del trabajo, de la noción tradicional de "calificación" a la más reciente, de orientación profundamente neoliberal, de "competencia":

Si la calificación tal como se materializa en las grillas de clasificación, es en la práctica una propiedad irreversible y duradera, la competencia parece más bien construirse como una propiedad inestable que siempre debe estar sometida a objetivación y validación dentro y fuera del ejercicio del trabajo (...) Tal gestión pretende conciliar el largo plazo de las duraciones de actividades de los asalariados con el tiempo corto de las coyunturas del mercado, de los cambios tecnológicos, ya que todo cambio puede ser revisado.18

La necesidad de innovación permanente hace necesario que la fuerza de trabajo adopte la misma modalidad, cuestión a la que apunta la idea de "formación continua" y la de "gestión por competencias". Es conveniente subrayar, no obstante, que la centralidad de facultades que para ejercerse requieren de cierta autonomía, reflexión e incluso creatividad, no entrañan una liberación de los trabajadores del yugo normalizador del capital. En realidad tiende a suceder exactamente lo contrario: al control se adiciona la necesidad de auto-disciplinamiento del propio trabajador, dada su creciente responsabilización por los resultados del proceso productivo.

A ello apunta la progresiva subordinación de un segundo conjunto de capacidades, también "inmateriales" pero menos vinculadas a las capacidades cognitivo-creativas que a las emocionales-afectivas. Así, hoy las empresas solicitan que sus trabajadores interioricen los valores de la empresa y se involucren con sus objetivos, según la ideología profesada por el nuevo "management participativo". Lo que se pide es la "fidelidad" del trabajador a la firma, junto con la puesta a disponibilidad de la misma del conjunto de sus capacidades.19 Es decir, la puesta en valor de las nuevas capacidades intelectuales y creativas sólo es posible, paradójicamente, en conjunto con la sujeción total de la persona del trabajador a los objetivos de la empresa -y de ahí la importancia estratégica que tiene para ésta debilitar el poder político de los sindicatos tradicionales. La impronta normalizadora, entonces, no desaparece sino que se adapta a una nueva situación signada por la flexibilización de los procesos, la posibilidad de incertidumbre y la necesidad -que está a la base del proceso- de valorizar el conjunto de las capacidades de trabajo. Así lo señala Claudia Figari tomando como referencia el caso de la "gestión de calidad" establecida por una empresa de productos electrónicos empeñada en un proceso de "modernización":

La máxima profesada por Taylor: "la única y mejor manera", con funciones definidas para un puesto, resulta descentrada en la dinamización de una lógica sistémica. Se controla, en todo caso, el entramado eficaz, y las prescripciones suponen grados de flexibilidad, las que, no obstante, anticipan el campo de posibilidades y los estados posibles del sistema (...) Las pautas de comportamiento basadas en el autocontrol resultan funcionales en la implementación de un sistema de control que debe integrar la incertidumbre, como estado posible.20

La situación, entonces, revela un doble movimiento, en tensión permanente. Por un lado, la necesidad del capital de dar cierta autonomía a los trabajadores, como condición de posibilidad de valorizar estas facultades que exceden, necesariamente, la mera reproducción de lo mismo. Por el otro lado, la urgencia de mantener a toda costa bajo control la incertidumbre abierta por el primer movimiento. La autonomía no deja de trocarse, en un movimiento que termina en su anulación, en autocontrol del trabajador bajo los imperativos impuestos por la empresa. La llamada "crisis del trabajo abstracto" se manifiesta, entonces, como un proceso profundamente contradictorio. Si en un primer examen del proceso de trabajo se presentaba como relativización de la separación (alienante) entre concepción y ejecución, su complemento negativo (desde el punto de vista del trabajador) es la sujeción de la totalidad de la persona a la empresa. Esta sujeción aparece sobre todo al nivel de la nueva estructura de la relación salarial como regresión del estatuto al contrato individual, tópico del liberalismo de inicios de la revolución industrial (que de todos modos nunca perdió fuerza ideológica), e incluso a la tutela, una forma precapitalista.21 Como señala Gorz:

La individualización de las remuneraciones, la transformación de los asalariados en contratados por tarea o en prestatarios independientes tienden a suprimir, con el salariado, el propio trabajo abstracto. A los prestatarios de trabajo ya no se los trata más como a miembros de una colectividad o de una profesión definidos por su estatuto público, sino como a proveedores particulares de prestaciones particulares bajo condiciones particulares. Ya no ofrecen trabajo abstracto, trabajo en general, separable de su persona que los califica como individuos sociales en general, útiles de manera general. Su estatuto ya no está más regido por el derecho del trabajo, gracias al cual la pertenencia del trabajador a la sociedad prevalecería sobre su pertenencia a la empresa.22

En el próximo parágrafo, me propongo analizar las consecuencias que esta crisis del trabajo abstracto y el movimiento paradójico que encierra acarrean para la teoría del valor.

4. El difícil camino hacia la revisión de la teoría del valor-trabajo

La crisis del trabajo abstracto pone de manifiesto que, en su necesidad de valorización, el capital ha tenido que incluir bajo su lógica un conjunto de facultades y capacidades difíciles de reducir a unidades medibles. La teoría del valor-trabajo, pensada para la producción de mercancías reproducibles, se torna aporética ante la irrupción de una lógica centrada en la mejora continua de los procesos y en la concomitante necesidad de explotar la totalidad de las capacidades -especialmente las "inmateriales"- de la fuerza de trabajo.

Los escritos de Marx pueden ofrecer algunos indicios pero no contienen ninguna solución a esta aporía. En efecto, como ya se señaló, él partía de la reducción de todo trabajo complejo a trabajo medio simple; en estas circunstancias, nunca prestó mayor atención a aquel trabajo difícil de encuadrar en la regla de la abstracción real, es decir, el "trabajo creativo"23 -en oposición al meramente reproductivo- que podría tornar dificultosa la reducción del trabajo concreto al tiempo de trabajo socialmente necesario.

En cambio, Marx sí prestó gran atención a la innovación tecnológica, pero casi siempre desde un punto de vista "exterior". El avance científico-tecnológico aparece en sus obras conceptuado como capital fijo que permite incrementar progresivamente la productividad del trabajo: su resultado es la plusvalía relativa. El estudio de Marx procede, entonces, hacia la elucidación de las consecuencias de la introducción de las tecnologías en las distintas ramas de la producción, pero se centra poco en el análisis de las empresas dedicadas propiamente a la innovación tecnológica; de este modo, lejos estuvo de poder dar cuenta de los problemas que podrían generar para la teoría del valor. Es por esa razón que entiendo que su análisis es puramente "exterior" y no refiere a la producción de innovaciones propiamente dichas ni al trabajo que está en la base de dicha producción. Como señala Pablo Levín, en la época de Marx -época del capital industrial no diferenciado- dichas empresas constituían todavía excepciones. El problema surge cuando se transforman en la regla de amplios sectores de la producción, con tendencia a constituirse en hegemónicos respecto a los demás.

Ciertamente, la agudeza de Marx se reconoce en que incluso con las limitaciones que le imponía su época, él logra hacer proyecciones más profundas para el presente que las de muchos autores actuales -tanto críticos como partidarios. El llamado "fragmento sobre las máquinas" de los Grundrisse es una muestra de ello.24 Allí, él plantea que la creciente automatización de la fábrica merced a la incorporación de la ciencia y la tecnología hace que la producción de riqueza (pero atención: como valor de uso mas no como valor de cambio) se independice, al menos relativamente, del tiempo de trabajo empleado para su producción.25 Al mismo tiempo, plantea la necesidad de revisar la visión acotada del trabajo productivo como trabajo inmediatamente aplicado a la producción (es decir, hablando con cierta laxidad, lo que habitualmente se denomina "trabajo manual directo"), tomando en consideración para la determinación de este concepto actividades de creciente importancia como el "control" y la "vigilancia".26

Frente a estas aseveraciones algunas discusiones actuales sobre la vigencia de la teoría del valor parecen pobres, cuando no superfluas. La visión defendida por Habermas y luego por Gorz (entre otros) según la cual la automatización torna caduca la ley del valor debido a que la ciencia se transforma en principal fuerza productiva, confunde (en un grave error que Marx nunca cometió, aunque lamentablemente se lo cite en apoyo de semejante tesis) valor de uso con valor de cambio: el hecho de que la riqueza producida como valor de uso se independice (e incluso acá hay que aclarar que esta independencia es siempre relativa: la automatización completa nunca ha dejado de ser un enunciado futurista con poco asidero en la realidad) del trabajo empleado para producirla, nada dice respecto a si el capital para valorizarse ha dejado de necesitar pasar por la mediación del trabajo. Marx señaló justamente a ésta como una contradicción irresoluble dentro del modo de producción capitalista.

No obstante, de muchos de los autores que han defendido la vigencia de la teoría del valor, lo que asombra es su persistencia en seguir aferrados a la totalidad de las formulaciones de Marx. Antunes, por ejemplo, defiende la vigencia de la teoría a la vez que critica correctamente a Gorz y a Habermas. Ahora bien, él no cree necesario modificar ni un ápice de esta teoría. Por ejemplo: aun cuando llega a considerar, con Marx, la necesidad de ampliar el concepto de "trabajo productivo", no deja de excluir, sin ninguna justificación, a los trabajadores del sector servicios de ese concepto.27 Ciertamente, Marx había operado la misma exclusión, pero por consideraciones pragmáticas: en su época los "servicios" explotados de modo capitalista constituían una porción exigua de la producción, ya que la mayoría de ellos se prestaban en términos de "servicios personales" para uso de las clases acomodadas. Es decir, los servicios tenían siempre valor de uso pero en contadas excepciones se los utilizaba para producir valores de cambio.28 Defender esta misma idea hoy, cuando la terciarización está a la orden del día, carece de toda justificación. En realidad, creo que todo el problema se reduce a no querer reconocer la debida importancia a aquellos trabajos (como los que se efectúan en el sector servicios, a los que después volveremos) que no se adecuan bien a la formulación clásica de la teoría del valor.

Tenemos entonces dos posturas. Una niega toda validez a la teoría del valor al tiempo que minimiza la importancia del trabajo como fuente no sólo de riqueza material -algo que el mismo Marx hubiera reconocido- sino también de valor y en definitiva de plusvalía. Otra defiende la teoría del valor-trabajo sin presentar demasiados reparos respecto al hecho de que las formas de trabajo que se expanden en el posfordismo plantean serios problemas a la misma. Justamente, y más allá de estas dos perspectivas, la genealogía que desarrollamos en el parágrafo anterior nos condujo a la aparición, en el seno del sistema industrial, de un tipo de trabajo -al que hemos llamado provisionalmente "trabajo creativo"- reacio a la reducción a trabajo abstracto implícita en la teoría del valor. La cuestión es entonces salir de la falsa disyuntiva a que puede llevar aquel debate y analizar las consecuencias de esta transformación. Y para eso hay que ir más allá de Marx. En el marco limitado de este trabajo me propongo solamente trazar algunas líneas posibles a tener en cuenta en este camino.

Un primer punto refiere a los alcances de la crisis actual de la teoría del valor, y a su correcta formulación teórica. Un avance fundamental en este sentido han hecho los autores que han reinterpretado el posfordismo en términos de "capitalismo cognitivo". Estos planteos se orientan a elucidar los modos que adquiere la valorización del capital en el marco de un capitalismo en el que el conocimiento adquiere un lugar central. La valorización del conocimiento es un caso importante para analizar no sólo por su importancia actual, sino porque se presenta como un modelo teórico en el que la lógica de lo que he llamado "trabajo creativo" se presenta en forma pura, poniendo de manifiesto claramente el problema que se genera para la teoría del valor:

El conocimiento tiene ciertamente un valor de uso -para los usuarios, para la sociedad- pero no tiene un valor-coste de referencia que pueda ser empleado como referente para determinar el valor de cambio (...) En efecto, el coste de producción del conocimiento es enormemente incierto -el proceso de aprendizaje es por su naturaleza misma aleatorio- y, sobre todo, es radicalmente diferente del coste de su reproducción. Una vez que una unidad ha sido producida, el coste necesario para reproducir las mismas unidades tiende hacia cero -si el conocimiento es digitalizado.29

En otras palabras, no puede establecerse el tiempo de trabajo socialmente necesario que está en la base de la producción de conocimiento. El conocimiento produce riqueza susceptible de ser mercantilizada, por supuesto, pero teniendo como fuente un proceso creativo y singularizado de producción, su valor de cambio no posee ninguna relación con el tiempo de trabajo necesario para su reproducción.

En realidad, el concepto de "capitalismo cognitivo" apunta a delimitar una lógica más amplia, más allá del caso de la producción de conocimiento propiamente dicho. Con esta lógica se pueden elucidar los movimientos que se dan también en la producción industrial, dada la creciente centralidad que adquiere el aspecto cognitivo en el posfordismo.30 Con los procesos de especialización flexible y mejora continua antes señalados, lo que se pide del trabajo es que haga frente al imprevisto y que mejore los propios procesos, poniendo en crisis la noción de "trabajo abstracto" que está en la base de la teoría del valor. Esto quiere decir que lo que grandes sectores del capital piden del trabajo no puede ser medido según los parámetros de la teoría del valor clásica. Incluso las propias empresas encuentran todo tipo de dificultades a la hora de tener que contabilizar los "activos intangibles".

Ahora bien, estas tendencias permiten hablar de una crisis de la teoría del valor como teoría de la medida pero no de su extinción. El cambio en la naturaleza del trabajo indica que el valor no puede ser medido en unidades de tiempo, pero no implica que en la base de la valorización del capital no esté la explotación del trabajo. Al contrario, el "trabajo creativo" se transforma en fuente de valorización suplementaria del capital y se encuentra en la base de los procesos de innovación continua que permiten al capital superar el fantasma de la caída tendencial de la tasa de ganancia. Ya no se trata solamente de aumentar la explotación haciendo que la fuerza de trabajo produzca más en menos tiempo. Se trata además de sacar provecho de la totalidad de las capacidades del trabajador, en una lógica ya no sólo cuantitativa sino además cualitativa. Es el trasfondo de los procesos de mejora continua: no sólo producir más de acuerdo a una pauta predeterminada, sino también y sobre todo mejorar el proceso mismo y su resultado.

Las teorías liberales, inspiradas en Schumpeter, siempre han planteado que el empresario es el sujeto de la innovación; ahora bien, esta visión, con todas sus connotaciones románticas, pierde fuerza en la medida en que las grandes fracciones del capital se constituyen en sociedades anónimas y, sobre todo, cuando la innovación se transforma en un proceso estable, permanente e incorporado a la misma lógica de los procesos productivos.

Con todo, también sería reduccionista sostener que la valorización del capital es función únicamente del trabajo asalariado. Éste no deja de tener un rol central, pero con él también hay que destacar la importancia de las llamadas "externalidades positivas":31 elementos externos -desde los procesos de aprendizaje (institucionalizados o no) hasta los avances científicos- de los que el capital se apropia, incluso muchas veces en forma gratuita. Ahora bien, este proceso de "descentralización" en la producción de plusvalía (en la medida en que no es solamente función de lo que produce el trabajador en la fábrica, sino también de la riqueza producida por toda la sociedad) marca nuevamente la imposibilidad de entender la teoría del valor como teoría de la medida y la explotación como robo de una cierta cantidad de tiempo de trabajo. Como señalan Hardt y Negri:

Actualmente, y bajo el paradigma de la producción inmaterial, la teoría del valor no puede concebirse en términos de unidades de tiempo, ni la explotación puede entenderse en esos términos. Y así como debemos comprender la producción de valor en función de lo común, también hay que tratar de concebir la explotación como la expropiación de lo común.32

La posibilidad de medir el valor producido estaba atada a un esquema donde predominaba un trabajo de tipo "físico". Este esquema, que ya traía aparejadas algunas complicaciones en su aplicación cuando la capacidad productiva estaba en función más de la cooperación en el espacio de trabajo (con la manufactura y la gran industria, utilizando la periodización de Marx) que en el trabajo ejercido individualmente, entra en una crisis definitiva cuando el posfordismo instaura en el corazón del modelo productivo la explotación de un conjunto de capacidades que no sólo resultan difíciles de cuantificar de acuerdo a una media de trabajo social, sino que además son eminentemente capacidades sociales -el lenguaje, la comunicación, el conocimiento y las aptitudes cognitivas en general son discernibles solamente en el marco de su desarrollo colectivo.

En realidad, todo apunta a que lejos de implicar el fin de la explotación y de la forma-mercancía -como parecen insinuar algunos autores que defienden las tesis del "fin del trabajo"-, la crisis de la teoría del valor conlleva la ampliación de ambas a actividades y capacidades no tenidas en cuenta en el concepto tradicional de "trabajo abstracto". Marx partía de la relación dialéctica entre forma del valor -la intercambiabilidad de los productos del trabajo- y la sustancia del valor -el trabajo abstracto-: la forma del valor o valor de cambio quedaba entonces determinada por una cierta cantidad de trabajo. La crisis de la teoría del valor pone en cuestión esta dialéctica tal como la pensó Marx, pero no a la forma del valor en cuanto tal. Justamente, aquello que no pueden explicar quienes plantean el fin sin más de la teoría del valor (como Habermas y Gorz) es el hecho constatable de que la forma-mercancía, lejos de haber desaparecido, se extiende progresivamente a la totalidad de las actividades humanas (por ejemplo, piénsese en la extensión a la esfera mercantil de los servicios e incluso de actividades tradicionalmente recluidas al ámbito familiar como el cuidado de los hijos).33 Por el contrario, la tesis en que se debería avanzar es la de que la generalización de la forma-mercancía es la contracara de la ampliación de las actividades y capacidades sociales explotadas, que por otro lado no pueden medirse siempre en un quantum de tiempo, tornándose limitado en este sentido el concepto tradicional de trabajo abstracto (y teniendo en cuenta por ejemplo el problema de las "externalidades positivas", lo mismo puede decirse del de "trabajo asalariado").

El movimiento general que determina el desarrollo actual del capitalismo es entonces el de la extensión de la lógica del valor de cambio, y los procesos de mejora continua e innovación antes mencionados deben verse desde esta perspectiva. Como ha señalado Antunes, el nuevo imperativo de la "calidad total" que acompaña dichos procesos oculta que en realidad todo el movimiento apunta no a mejorar el valor de uso de los productos sino a acortar los ciclos de la producción de valor de cambio; en otras palabras, el objetivo de la innovación constante es acortar el ciclo de vida útil de las mercancías para reproducir más rápidamente el ciclo del valor de cambio.34

La llamada "terciarización de la economía" (es decir, la expansión de la lógica de la producción de servicios no sólo en términos cuantitativos, sino además cualitativos, por ejemplo con el nuevo imperativo procedente del toyotismo de tratar a la producción industrial como un servicio) apunta en la misma dirección, es decir, hacia la expansión de la forma-mercancía a la totalidad de la vida social. El caso de la mercancía como servicio, lamentablemente desestimado por autores como Antunes, muestra una lógica que hace claramente discernible la expansión actual del valor de cambio, y marca además un camino interesante para repensar la teoría del valor. Como ya señalé en un artículo anterior: la teoría de Marx sobre la plusvalía tomaba como paradigma fundamental la producción de mercancías materiales en la industria, donde el desfasaje entre producción y consumo no sólo era posible sino también necesario. Pero una peculiaridad del servicio es que, no habiendo propiamente objetivación del valor en el producto, en él no pueden separarse temporalmente el momento de la producción del plusvalor y su realización. Es por eso que, en los servicios, la producción queda supeditada a la demanda y no al revés; estrictamente hablando, en estos casos sin demanda no puede haber siquiera producción alguna.35

La producción de servicios, con la consiguiente producción de mercancías que se comercian como "signos" (la publicidad y el marketing son fundamentales en este sentido, en tanto producen necesidades simbólicas y por tanto ilimitadas, tornando borroso el concepto tradicional de "valor de uso") funciona entonces como una muestra clara de la expansión de la lógica del valor de cambio, a la vez que, en la medida en que constituye a la interacción con el conjunto de la demanda como clave de la valorización, llama la atención sobre un punto importante a tener en cuenta para la reformulación de la teoría del valor: para dar inteligibilidad a las nuevas formas de producción de plusvalía hay que considerar un espacio social mucho más amplio que el de la "fábrica" y la mera proporción cuantitativa, económica, entre tiempo de trabajo necesario y tiempo de trabajo excedente. Junto con el otro caso paradigmático (el del conocimiento), los servicios ponen de manifiesto finalmente la necesidad de ampliar el análisis más allá de la visión puramente economicista, presente aún en muchos análisis marxistas, demandando, en consecuencia, un enfoque multidisciplinario.

5. Consideraciones finales: sobre la necesidad de avanzar en el trabajo de reformulación teórica para pensar el presente

La lectura de una realidad cambiante requiere de la elaboración de los conceptos que permiten interpretar dicha realidad. Este enunciado en apariencia trillado, no lo es tanto para una tradición de pensamiento como la marxista, evidentemente muy rica, pero también en muchas ocasiones atada a determinados postulados que se suponen incuestionables. Pensar desde esta tradición, o al menos tomar elementos de ella hoy, torna imprescindible, entonces, pasar por el ejercicio de la reformulación teórica.

Siguiendo esta línea, en este trabajo he intentado poner de manifiesto algunas de las tendencias actuales que tornan necesario repensar los fundamentos que estaban en la base de la formulación de la teoría del valor por Marx. Esencialmente, fue la crisis del modelo de acumulación predominante hasta mediados de la década del ’70 la que me condujo a reconsiderar particularmente el concepto de "trabajo abstracto" que estaba en la base de la formulación clásica de la teoría. El intento posterior de comenzar a revisarla me llevó a poner de manifiesto la denominada "crisis de la teoría del valor". Ésta no denota simplemente una crisis en el orden del pensamiento; al contrario, abre la puerta a la posibilidad de elucidar una serie de cambios del capitalismo actual, de los cuales algunos se empezaron a analizar aquí. Algunas corrientes contemporáneas han avanzado en esta tarea, pero la mayor parte del trabajo de reformulación y reinterpretación está aún por hacer.

En ese sentido, de lo que se trató aquí es de dar argumentos para justificar la necesidad de reformulación de un aspecto central de la teoría marxiana, a la vez que se trazaron algunas líneas provisorias para avanzar en esta tarea. Teniendo en cuenta este objetivo, espero que este trabajo abra el debate y permita abrir algunas líneas aún poco exploradas de investigación.

Notas

1 Véase Neffa, J., El trabajo humano. Contribuciones al estudio de un valor que permanece, Buenos Aires, Lumen, 2003, pp. 170 y ss.

2 Véanse por ejemplo: Habermas, J., Ciencia y técnica como ideología, Madrid, Tecnos, 1986, p. 87; Rifkin, J., El fin del trabajo, Buenos Aires, Paidós, 1996; y Gorz, A., Miserias del presente, riqueza de lo posible, Buenos Aires, Paidós, 2003.

3 Véase Antunes, R., Los sentidos del trabajo. Ensayo sobre la afirmación y la negación del trabajo, Buenos Aires, Herramienta, 2005.

4 Véase Coriat, B., El taller y el robot. Ensayos sobre el fordismo y la producción en masa en la era de la electrónica, México, Siglo XXI, 1993. De hecho, creo que en sus últimos trabajos Coriat se aleja cada vez más del enfoque marxista que predominaba en su clásico libro sobre el fordismo y el taylorismo, El taller y el cronómetro. Por otro lado, visiones similares a la de Coriat en torno de la reestructuración del fordismo desde los `70 se encuentran en otros autores cercanos a la llamada "escuela de la regulación".

5 Véase Levín, P., El capital tecnológico, Buenos Aires, Catálogos, 1997 (parte tercera).

6 Marx, K., El capital, Tomo 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, p. 54.

7 Véase Levín, P., ob. cit., pp. 77 y 164.

8 Que no tenga valor no quiere decir que no pueda tener un precio y comportarse en el mercado como una mercancía, como de hecho ocurre. Sólo que en ese caso su valor de cambio no queda determinado por el valor, del cual carece. Conviene retener esta distinción para entender más adelante por qué la crisis actual de la ley del valor es totalmente compatible con la persistente hegemonía de la forma-mercancía.

9 Marx, K., Introducción general a la crítica de la economía política/ 1857, México, Siglo XXI, 2001, pp. 53-54.

10 Ibíd., pp. 54-55.

11 Para esta cuestión, que no puedo desarrollar aquí, véase especialmente Marx, K., El capital, Libro I Capítulo VI (inédito), México, Siglo XXI, 2001, pp. 54-77.

12 Cabe recordar que la recepción del taylorismo por el marxismo y los partidos de izquierda a principios del siglo XX estuvo lejos de ser unánimemente negativa. Véase un breve comentario al respecto en Vatin, F., Trabajo, ciencias y sociedad: ensayos de sociología y epistemología del trabajo, Buenos Aires, Lumen, 2004, p. 106. Véase también la nota 15 de este trabajo.

13 Véase Coriat, B., El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, Madrid, Siglo XXI, 2001, caps. 2 y 3. Téngase en cuenta que a partir de este eje de análisis este autor traza una línea de continuidad entre taylorismo y fordismo: el segundo completa al primero al establecer los ritmos de trabajo por mediación de la tecnología, con la introducción de la línea de montaje. Aquí hablo de fordismo-taylorismo siguiendo esta idea.

14 Estos últimos rasgos referidos a la demanda son los que explican las relaciones que muchos autores, entre ellos Coriat, establecen entre la institución del fordismo-taylorismo y la constitución de mercados favorables a la gran producción en masa (véase ibíd., caps. 5 y 6). Más adelante se verá que este autor, poniendo nuevamente el eje en la relación entre producción y mercado, explica el surgimiento posterior de las técnicas de producción flexible por la diferenciación creciente de los mercados (véase nota 17).

15 F. Vatin insiste sobre este punto particularmente en el caso del taylorismo: su "triunfo" no puede deberse a que traiga una concepción novedosa del trabajo (ya en la época de Taylor la fisiología y la psicología aplicada habían planteado visiones mucho más complejas y avanzadas) sino precisamente a lo contrario, su arcaísmo, es decir, su anclaje en una genealogía que se remonta a la visión "físico-mecánica" de comienzos de la época industrial, que también tuvo influjo en las formulaciones más clásicas de la teoría del valor (véase ob. cit., pp. 113-115).

16 La literatura sobre estas mutaciones, que aquí sólo enumeramos, es abundante. Pueden verse por ejemplo: Antunes, R., ob. cit., cap. IV; Coriat, B., El taller y el robot, ob. cit., especialmente caps. 2 y 5; Godio, J., Sociología del trabajo y política, Buenos Aires, Atuel, 2001, pp. 69-84 y 214-217; y Neffa, J., Los paradigmas productivos taylorista y fordista y su crisis, Buenos Aires, Lumen, 1998, especialmente tercera parte.

17 Es la lectura que hace por ejemplo Coriat. Si el fordismo se relacionaba con la expansión de un mercado de masas, el posfordismo es inescindible de la creciente segmentación y competitividad de los mercados (véase Coriat, B., El taller y el robot, ob. cit., pp. 167-175).

18 Tanguy, L., "De la evaluación de los puestos de trabajo a la de las cualidades de los trabajadores: definiciones y usos de la noción de competencias", en De La Garza Toledo y Neffa (comps.), El futuro del trabajo- el trabajo del futuro, Buenos Aires, CLACSO, 2003, p. 122.

19 En esta dirección apunta el cambio adoptado por las empresas en el modo de denominar a sus asalariados. Las empresas argentinas que importaron en las últimas dos décadas los métodos del "nuevo management" (por ejemplo, las de servicios privatizados durante la década del ‘90) ya no hablan de "trabajador" sino de "colaborador" o de "cliente interno". Toda una mutación terminológica que es conceptual, puesto que se dirige a borrar de la memoria colectiva una larga historia de luchas de la clase obrera, para así subordinar a cada uno de los trabajadores al (supuesto) presente indiscutible de su pertenencia a la empresa.

20 Figari, C., "Lógicas de formación y de calidad en la modernización empresaria", en Revista Estudios del Trabajo, Nº 22, Buenos Aires, ASET, 2001, p. 103.

21 Para la historia del salariado, y de la concomitante evolución de la tutela al contrato, y de éste al estatuto (a la luz de la cual se hace comprensible la involución actual), véase Castel, R., La metamorfosis de la cuestión social: una crónica del salariado, Buenos Aires, Paidós, 2006.

22 Gorz, A., ob. cit., pp. 62-63.

23 Adoptaré este término de manera provisoria, pero solamente porque subraya la oposición que quiero marcar frente al trabajo simplemente reproductivo. Más allá de eso, el término tiene el inconveniente de que puede dar la impresión de una cierta "idealización" de las nuevas formas de trabajo que -espero haya quedado claro con la exposición del parágrafo anterior- a toda costa quisiera evitar. Un término más usado actualmente como el de "trabajo inmaterial" no termina de convencerme en el marco de lo que trato de sostener aquí, en la medida en que puede ser o muy amplio -ya que hay trabajos en sí mismos inmateriales pero puramente reproductivos, como los de "data entry"-, o muy restringido -en la medida en que se lo asimile simplemente a "trabajo intelectual".

24 El fragmento completo, de gran complejidad pero muy leído -y también incomprendido- hoy (en tanto texto "promisorio") se encuentra en Marx, K., Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), Tomo 2, México, Siglo XXI, 2002, pp. 216-235.

25 "En la misma medida en que el tiempo de trabajo -el mero cuanto de trabajo- es puesto por el capital como elemento determinante, desaparecen el trabajo inmediato y su cantidad como principio determinante de la producción -de la creación de valores de uso-; en la misma medida, el trabajo inmediato se ve reducido cuantitativamente a una proporción más exigua, y cualitativamente a un momento sin duda imprescindible, pero subalterno frente al trabajo científico general." (Ibíd., p. 222).

26 "Así como con el desarrollo de la gran industria la base sobre la que ésta se funda -la apropiación del tiempo de trabajo ajeno- cesa de constituir o crear la riqueza, del mismo modo el trabajo inmediato cesa, con aquella, de ser, en cuanto tal, base de la producción, por un lado porque se transforma en una actividad más vigilante y reguladora, pero también porque el producto deja de ser producto del trabajo inmediato, aislado, y más bien es la combinación social la que se presenta como la productora." (Ibíd., p. 233). Más claro es todavía este texto del cap. VI inédito: "como con el desarrollo de la subsunción real del trabajo en el capital (...) no es el obrero individual sino cada vez más una capacidad de trabajo socialmente combinada lo que se convierte en el agente real del proceso laboral (...) tenemos que más y más funciones de la capacidad de trabajo se incluyen en el concepto inmediato de trabajo productivo, directamente explotados por el capital (...) aquí es absolutamente indiferente el que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más o menos próxima o más distante del trabajo manual directo." (ob. cit., p. 79).

27 "La clase-que-vive-del-trabajo engloba también a los trabajadores improductivos, aquellos cuya forma de trabajo es utilizada como servicio, ya sea para uso público o para el capitalista, y que no se constituyen como elemento directamente productivo, como elemento vivo del proceso de valorización del capital y de la creación de plusvalía. Son aquellos en quienes, según Marx, el trabajo es consumido como valor de uso y no como trabajo que crea valor de cambio" (Antunes, R., ob. cit., p. 92). Contra esta visión, habría que recordar que Marx siempre denunció como fetichista la tentativa de definir al trabajo productivo por su contenido material-concreto en lugar de hacerlo, según el método correcto, por la relación social en que se ubica respecto al proceso de producción del capital o, para decirlo en palabras más claras, en función de si produce o no plusvalía (véase El capital, Libro I Capítulo VI inédito, ob. cit. pp. 86-89). En todo caso, el problema de Antunes parece ser que se maneja con un concepto anacrónico (feudal y no capitalista) de "servicio".

28 No hay que olvidar que la distinción entre trabajo productivo y trabajo improductivo fue una de las armas ideológico-políticas más importantes de la economía política: Adam Smith no se cansaba de denunciar a la aristocracia, que derrochaba la riqueza al rodearse, para su placer, de trabajadores improductivos (servidores de todo tipo, desde los sirvientes a los bufones) en lugar de invertir, previa práctica de la abstinencia, en trabajadores productivos y acrecentar así la riqueza. En general, los marxistas no han abandonado este uso "ideológico", empeñados en identificar a los "trabajadores productivos" como "sujetos revolucionarios"; pero evidentemente, se trata de dos cuestiones totalmente diferentes. La lección que tenemos que sacar de esto es que dicha distinción hay que retomarla con la máxima precaución posible.

29 Rullani, E., "El capitalismo cognitivo ¿un déjà-vu?", en VVAA, Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva, Madrid, Traficantes de sueños, 2004, pp. 101-102.

30 En realidad, hay acá implícito todo un debate que refiere no sólo a la caracterización de la etapa actual del capitalismo, sino también a si realmente puede hablarse de una nueva etapa. Esta discusión implicaría un trabajo aparte, por lo que aquí sólo cabe aclarar los supuestos que guían al presente trabajo respecto de este punto. En general, suele argumentarse, con razón, que en el capitalismo actual el fordismo-taylorismo sigue teniendo fuerza en grandes regiones del planeta (sobre todo se menciona a los llamados "países en vías de desarrollo"), al igual que otras modalidades de producción incluso más tradicionales y hasta pre-capitalistas. Esto es totalmente cierto: el capitalismo en realidad siempre ha convivido con una gran variedad de formas de producir. Pero cuando se señala la aparición de una nueva etapa o paradigma a lo que se quiere referir es a una transformación más cualitativa que cuantitativa: lo que importa entonces es la jerarquía existente, en los circuitos de producción de valor, entre las distintas formas de producción, así como entre los diversos sectores económicos. Conviene recordar que es desde este punto de vista que Marx podía hablar de "capitalismo industrial" en un mundo donde la mayoría de la población se dedicaba aún a la agricultura (e incluso hasta el año 2006, cuando según datos de la OIT fue sobrepasada por el sector terciario, siguió siendo ella la que ocupó a un mayor porcentaje de la población mundial). Un caso emblemático del modo en que actualmente tienden a funcionar estas jerarquías lo constituye la importancia que en la agricultura está adquiriendo la producción "cognitiva" de semillas manipuladas genéticamente. Por otro lado, el estudio de las articulaciones jerárquicas que se establecen tanto entre los sectores económicos como entre modalidades de producción diferentes, tendría que tomar en consideración también la geografía impuesta por la división internacional del trabajo.

31 El concepto de "externalidad" tiene una peculiar historia dentro del pensamiento económico. Acá se retoma fundamentalmente la reformulación crítica hecha desde la perspectiva del "capitalismo cognitivo".

32 Hardt, M. y Negri, A., Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio, Buenos Aires, Debate, 2004, p. 181.

33 En otro trabajo, que en parte es complementario de éste, argumenté esta cuestión desde la reformulación del concepto de "subsunción" de Marx, señalando que la tendencia del capitalismo actual apunta a la subsunción real de la totalidad de la vida al capital (véase Pagura, N., "El concepto de «subsunción» como clave para la interpretación del lugar del trabajo en el capitalismo actual", en Revista Realidad Económica, Instituto Argentino para el Desarrollo Económico-IADE, Nro. 243, 1º de abril al 15 de mayo de 2009, pp. 28-49).

34 Véase Antunes, R., ob. cit., pp. 36-38.

35 Pagura, N., ob. cit., p. 43.

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Recibido: 1.12.09
Revisión editorial: 18.2.10
Aprobado definitivamente: 21.3.10