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Trabajo y sociedad

On-line version ISSN 1514-6871

Trab. soc.  no.17 Santiago del Estero winter 2011

 

ESPEJOS DE LA HISTORIA

Los trabajos de ser monja: ¿un exorcismo no reglado en el convento de Santa Catalina durante el siglo XIX?

The hard road to be a nun: ¿an not regular Exorcism on Santa Catalina convent during XIXth Century (Buenos Aires)?

 

Daniel Schávelzon*

* CONICET y Centro de Arqueología Urbana, Universidad de Buenos Aires . Correo: dschavelzon@fibertel.com.ar

 


RESUMEN

En estudios de arqueología de rescate hechos en un convento construido en el siglo XVIII en Buenos Aires se encontró un pozo con un objeto metálico que representaba un Macho Cabrío, con cornamenta y alas. Este había sido quemado y enterrado en un evento de difícil explicación. Se puede suponer que, si bien pertenecía a un macetero francés usado como ornamento en su época, ese fragmento, grande y pesado, pudo interpretarse como una imagen diabólica y fuera fruto de un evento de exorcismo entre las monjas del convento.

Palabras clave: Arqueología urbana; Exorcismo; Buenos Aires; Monjas; Rescate arqueológico

ABSTRACT

During the rescue archaeological operations at the Santa Catalina nuns' convent on Buenos Aires, a pit was discovered. In it an iron figure with diabolic reminiscence was fired and buried. The figure was an ornament from a French sculpture; but what we fund was probably part of an exorcism ritual developed on the central patio of the convent during the second half of XIXth century.

Key words: Urban Archaeology; Exorcism; Buenos Aires; Nuns; Rescue archaeology


SUMARIO

Los hallazgos en las zanjas del claustro. ¿Un exorcismo en el convento? ¿Había exorcismos en los conventos? El Macho Cabrío que resultó ser una manija de macetero. Conclusiones. Agradecimientos. Bibliografía.

 

Durante el año 2001 la realización de obras de arquitectura en el convento e iglesia de Santa Catalina de Siena en Buenos Aires, edificada entre 1745 y 1755, con el objeto de instalar allí un evento masivo para recaudación de beneficencia (Casa FOA), motivó que el Gobierno de la Ciudad a través de la Dirección General de Patrimonio hiciera la supervisión arqueológica. Por la antigüedad y significado del sitio era obvio que al excavarse para cañerías habría una fuerte presencia arqueológica que debía protegerse y estudiarse. La intención original era que, en la medida en que los antiguos pisos iban a ser excavados para el paso de instalaciones o para cambiar los sectores deteriorados, hubiera arqueólogos y conservadores para preservar lo que se hallara en esas operaciones, para que se obtuvieran todos los datos conexos posibles y se preservara un patrimonio histórico que con toda seguridad debía existir en un sitio intocado durante tanto tiempo. No estaba previsto realizar un proyecto de investigación académico para lo cual no había tiempo ni fondos adecuados, lo que es habitual en la llamada "arqueología municipal" (Schávelzon 1998, 2000). Se trataba del convento de monjas más antiguo de la ciudad, construido a inicios del siglo XVIII, y que había conservado al menos un claustro intocado (Millé 1957, Quesada 1853, Sobrón 1997), la intención era supervisar las obras y rescatar al máximo posible la información y los objetos posibles.

La realidad del trabajo y la inmensidad de lo encontrado llevó a desdoblar las tareas: hacer el control y la supervisión de las obras por una parte a la vez que se determinó la excavación sistemática de un enorme pozo de lo que fue identificado como el sitio de los lugares comunes, forma habitual de llamar a los baños o letrinas en el siglo XVIII. Esto último se transformó finalmente en un proyecto acerca de las condiciones de vida las monjas en los inicios de su instalación en el convento y cuyos resultados han sido en parte publicados (Schávelzon y Silveira 2005 y 2006).


Convento e iglesia de Santa Catalina de Sena en la actualidad, el hallazgo se hizo en las zanjas interiores al centro.

Los hallazgos en las zanjas del claustro

Quien haya hecho trabajos de rescate en obras públicas sabe que el seguir lo que se excava para zanjas por operarios y empresas comerciales, es una tarea en extremo difícil, ya que las maquinarias siempre van más rápido que los arqueólogos y que constantemente se destruyen evidencias o al menos los contextos de los objetos. Pese a eso siempre es posible rescatar grandes cantidades de información que de otra forma se perderían totalmente. Es cierto que la ley debería obligar a otras soluciones y el Estado dar otros recursos, pero la realidad es esta: se hace el máximo que se puede.

El trabajo de supervisión de la excavación de zanjas en diferentes zonas del conjunto sólo fue, por lo dicho, una operación de rescate de lo que se iba hallando a medida que se excavaban cerca de 250 metros lineales. Estas a veces iban a profundidad (llegaron a los dos metros) y se hacía con maquinaria. Por otra parte era tanto lo encontrado, por la riqueza del edificio y su historia, que si bien dio información significativa debe haber sido mucho lo perdido. Se hicieron zanjas en el exterior y el interior del convento, se excavó dentro de celdas y se cambiaron pisos por doquier. Intentaremos restringirnos a la operación de salvataje en las zanjas hechas en el claustro.


El lugar del hallazgo en el cruce central de cañerías del claustro, nótese el grado de destrucción de un claustro del siglo XVIII.

La excavación de las zanjas para cañerías hechas en el interior del convento tenían el perfil estratigráfico básico de todo el sitio marcado por una fuerte secuencia de eventos que se producen entre los 75 y 120 cm de profundidad –por lo general la parte superior ha sido intervenida en tiempos recientes-, hasta llegar a la tosca, tierra natural intocada, de gran contenido de arcilla y previa a toda ocupación humana del terreno. Sobre la tosca original hay una capa de tierra negra, el antiguo humus, tierra fértil antigua que presenta pocos restos que deben fecharse entre el siglo XVI y el inicio del XVIII: algunos huesos de animales, cerámicas y escombro. Generalmente está limpia, lo que corresponde bien a la documentación histórica que indica que el sitio casi no estaba ocupado antes del convento y por eso sirvió para una obra de esas dimensiones cuando la ciudad ya estaba creciendo. Sobre ese nivel inicial el constructor colocó una capa de polvo de ladrillo de dos cm de espesor. Esto, que en los perfiles parece un piso antiguo, es una técnica constructiva muy hábil y habitual en Buenos Aires colonial, usada para emparejar el suelo, afirmarlo y aislarlo de la humedad. Sobre esa capa se colocó otra de 30 cm de espesor de la llamada tosca, usada como relleno, limpia de restos culturales y que fue una gran operación de nivelación del terreno. Encima de ésta se colocó una nueva capa de polvo de ladrillo de dos centímetros y de allí para arriba tenemos los rellenos y evidencias de uso desde el siglo XVIII inicial a la actualidad; el nivel superior está alterado por obras de la década de 1970.

Las obras hechas en el patio del claustro permitieron hallar, además del pozo con el posible evento que creemos como un exorcismo, diversas evidencias constructivas de sectores edilicios ya destruidos y una cantidad de objetos relacionados con la vida doméstica del convento. Estas últimas formando tres tipos de conjuntos: el de lo usado como parte de la decoración del jardín, el de lo posiblemente extraviado y lo que fue enterrado como basura o como rellenos o con otros fines.

En primer lugar está lo utilizado como macetas, maceteros y canteros cuyos fragmentos han sido de una variedad inusitada. Un conjunto que llamó la atención por su antigüedad es el de dos grandes tinajas rotas, de manufactura hispano-americana, pintadas de rojo en la tradición indígena aunque con forma hispánica, con decoración en blanco, que fueron halladas en grandes fragmentos con tierra en su interior. Se trata de objetos muy antiguos para la ciudad que quizás formaron parte de la decoración inicial del jardín pero deben remontarse al siglo XVI, es decir que ya eran antiguas cuando se usaron. Con los años es evidente que fueron reemplazados por otros maceteros, también de cerámica, que se fueron rompiendo cada vez hasta llegar a las macetas modernas. La variedad de este tipo de recipientes es grande y muestra que la jardinería era importante para las monjas. Llamó la atención un cantero para plantas enterrado, hecho con envases de vidrio y formado por veintisiete botellas enteras clavadas de punta –y cientos de fragmentos-. La mitad de ellas eran de un agua mineral Krondorf usada hacia 1900, envasada por Julio Kristufer, la otra mitad de las botellas eran de licor Bitterquelle, envasado por quien usaba el nombre heroico de Hunyadi Janos, hechas por Saxlehners. Hubo frascos de productos farmacéuticos del siglo XIX tardío y de todo el siglo XX, provenientes de farmacias locales. De lo posiblemente perdido en el jardín hay desde bolitas de vidrio hasta monedas, cadenitas, caireles de cristal y adornos que debieron ir a parar al barro durante días de lluvia.


Cuaderno de campo con el relevamiento de la zanja y el hallazgo del pozo con el entierro del posible exorcismo.

De lo enterrado a propósito uno puede preguntarse qué sentido tiene que en el patio de un claustro se entierren objetos: es difícil de explicar pero son cientos los objetos hallados, entre marmitas de hierro de tres patas que aún están en buen estado por lo que deben haberse descartado aún en servicio, hasta fragmentos de platos, vasos, botellas y frascos, huesos, azulejos, materiales de construcción, candelabros y una lista casi interminable. Es posible que cada uno de ellos tenga su historia, ésta es la reconstrucción –altamente hipotética- de uno de ellos y su contexto.

La presencia de las marmitas de hierro y una olla de cobre, halladas de esta forma por primera vez en la ciudad –es decir enterradas-, llama la atención. Su utilización está documentada desde los primeros tiempos donde entre los bienes heredados al fallecer Juan de Narbona, constructor del edificio, figuraban "dos ollas de fierro y un tacho" y "una olla de fierro grande, otra chica, un tacho grande de cobre, dos chicos, dos calderas" (Millé 1955:270). Que las monjas enterraron objetos lo tenemos descripto también y al menos lo hicieron para evitar el saqueo de los objetos sagrados por los ingleses durante la primera invasión de 1806, donde también se salvaron "los pocos vasos sagrados que no se habían enterrado" (Udaondo 1945:58).

¿Un exorcismo en el convento?

Mientras se hacía la zanja para las cañerías del lado norte del atrio, casi exactamente en el centro de su recorrido, los operarios encontraron en una de las paredes una acumulación de escombro que procedieron a desarmar para colocar sus caños. Al observar nosotros el lugar se trataba de escombro viejo enterrado, si bien no muy antiguo o de la época del convento mismo, sí eran ladrillos mayores que los modernos. Y el espacio en que estaban dispuestos aparentaba ser una excavación anterior, circular, que había sido interceptada por las obras. Así que se decidió su limpieza excavando desde arriba, para encontrar que efectivamente se trataba de un pozo de 60 centímetros de profundidad, hecho a pala, de poco más de 50 cm de circunferencia en la parte superior. Al profundizarlo el sector no alterado por el escombro mostró la presencia de dos fragmentos de loza inglesa Whiteware del tipo Floreal (generalmente pos 1850 en Buenos Aires y dejado de usar para 1890-1900) y un vidrio de botella inglesa de vino. Esto daba al menos una primera aproximación cronológica.

Al continuar hacia abajo la limpieza permitió encontrar un objeto de hierro muy oxidado, de gran tamaño y peso, que descansaba sobre un lecho de carbón vegetal. Esto nos permitió reconstruir el proceso de formación del lugar como una excavación hecha en la segunda mitad del siglo XIX para enterrar un objeto metálico pesado junto con carbón de un fuego en el que debió haber sido intentado quemar. Durante el relleno del pozo entraron las lozas y el vidrio en la tierra y se terminó la operación con escombro apisonado para nivelar el terreno. Esto no era más que una reconstrucción de los eventos, pero la restauración del objeto de hierro permitió reafirmar lo observado.

El trabajo de restauración para retirarle el óxido al objeto no fue tarea sencilla y posiblemente las restauradoras lo detallen por su parte1. Por la nuestra debemos decir que se trataba de una figura en relieve, de varios kilos de peso, que mostraba un macho cabrío, una figura mitológica que se caracteriza por su cabeza y cuernos de cabra, alado (un ala estaba quebrada), y el cuerpo antropomorfo estaba desdibujado por la ornamentación2, posiblemente el fuego quemó la pintura gris que alguna vez lo cubrió.


El objeto de hierro después de su restauración.


Detalle de la cabeza con cuernos de la figura superior, se observan restos de pintura gris.

Por la curvatura y los restos de hierro unidos a la figura, se dedujo que su función original era de servir de manija lateral de un gran macetero de hierro, típicamente francés y del siglo XIX, a similitud de los muchos que aun adornan edificios públicos de la ciudad de Buenos Aires. Fue una moda en el mundo iniciada hacia 1830, difundida con las grandes exposiciones internacionales europeas en la década de 1850 y que llegó hasta la Primera Guerra Mundial.

Pero el contexto en que se encontró, enterrado sólo con el carbón, desprendido de su copón de pertenencia, es decir quemado y enterrado en el patio de un convento, es algo que nos habla de una situación especial. ¿Pudo haber sido un evento de exorcismo?, ¿pudo haberse pensado que se trataba de una figura diabólica con sus enormes cuernos? Es cierto que éstos están más que destacados y que ante una mirada sin mucha cultura aunque con bastante religiosidad es el diablo; pero el Macho Cabrío, o en este caso casi un león cabrío, no es por cierto Satanás como tanto se repite. Desde Grecia en donde nació fue símbolo de la fertilidad y con el tiempo derivó en el dios Pan. Fue el cristianismo católico el que lo uso para personificar una imagen del Diablo, aunque otros cristianos lo niegan, en especial los evangelistas y otros ritos protestantes que hacen una lectura más detenida de la Biblia. Para el siglo XIII se lo asoció a Baphomet para justificar la matanza de los Templarios, luego se lo unió a las supuestas festividades satánicas de los aquelarres, justificando nuevamente la quema de personas desde la Edad Media. La figura derivaba de él más conocida es el Sátiro, mezcla con cabra en todo el cuerpo y conexa con el sexo y el libertinaje.

¿Pudo alguien, al encontrarlo roto o abandonado en algún sitio de la ciudad y desprendido de su macetero de pertenencia que le daba contexto, creer que era una imagen diabólica y lo llevó al convento, en donde la credulidad hizo que lo quemaran y enterraran? Imposible saberlo, pero posible.

¿Había exorcismos en los conventos?

Este tema no ha sido simple de dilucidar por la complejidad del acceso a la documentación del convento que aun está en poder de las monjas de clausura y de lo poco publicado hasta la fecha nada ha surgido (Braccio 1999 y 2000, Fraschina 1997). En primer lugar el ritual de exorcizar nunca tuvo reglas estrictas aunque había instrucciones a seguir al menos desde el siglo VI. De todas formas era una accionar bastante informal aunque siempre hubo tradiciones que se respetaban: debía ser hecho por un hombre, generalmente un sacerdote aunque los laicos podían implorar o hacer plegarias de liberación por lo mismo. Era entendido como una función delegada por Cristo –quien lo hizo en la Biblia siete veces- y por ende era sólo un poder temporalmente usado por quien estaba autorizado y no era algo propio del sacerdocio. Debía estar autorizado por el obispo y era considerado como de carácter excepcional y se debía pagar por hacerlo, debía haber una transacción entre quien lo encargaba y quien lo hacía porque existía el peligro de que el exorcista quedara él mismo con el demonio en su cuerpo. No tenemos noticia alguna del uso del fuego en el ritual establecido si no que la ceremonia era verbal, increpante y se azuzaba al demonio mediante la agresión no física de objetos litúrgicos, siendo lo habitual una cruz. Pero las plegarias para liberar a una persona o a algo poseído no estaban regladas; y hay que recordar que no sólo la gente lo estaba, podía haber demonios en los objetos, las casas y hasta en ciudades enteras.

La bibliografía consultada no parece tomar en cuenta el tema y menos oficialmente; quizás por pruritos diversos son pocos los casos en nuestra historia que han sido bien documentados, pero nada sabemos de lo que sucedía dentro de los conventos y menos los de clausura. Más aun cuando en el siglo XIX tardío las reglas eran más laxas que en la Colonia y el contacto entre monjas, sacerdotes, servidumbre –ya no tenían esclavos-, alumnas y la jerarquía eclesiástica masculina era más fluida.

Es por eso que, aunque hipotéticamente, pensamos que no debió tratarse de un exorcismo oficialmente aceptado si no una acción menos reglada de las monjas; que al enfrentarse a la figura –quizás dejada por un feligrés cualquiera-, se intentó quemarla y enterrarla con rezos y agua bendita; no era algo prohibido el hacerlo, quizás un poco irregular pero nada más que un reacción interna ante una agresión –o no- externa.

El Macho Cabrío que resultó ser una manija de macetero

Este tipo de ornamento en hierro o bronce, fue muy usado como decoración, sin simbolismo alguno, y por su fuerza expresiva sirvió en el siglo XIX hasta para jarrones y maceteros, como en este caso que queremos demostrar. Por su forma debió pertenecer a una manija de un copón –a veces erróneamente llamados vasos-, que alcanzan el metro de altura y que llegaban en los barcos desde Francia. La mayor parte de los existentes en la ciudad vinieron de la fábrica Val D´Osne en donde se los hacía desde la década de 1830. Para la mitad de ese siglo y aprovechando la enorme difusión mundial que tuvieron las grandes exposiciones del Crystal Palace y las de París a partir de 1851, la fábrica tuvo una estrategia de ventas muy activa, vendiendo en especial esculturas y fuentes. Sus formas peculiares y sus dimensiones colosales hacían juego con los grandes edificios que los estados nacionales estaban erigiendo por todo el mundo, a diferencia de los estilos de las realezas que los precedieron. Buenos Aires no fue una excepción y aun hay docenas de estas obras dispersas por todo el país.


Macetero de gran tamaño que ornamenta la entrada de la Casa de Gobierno, fabricado en Francia a finales del siglo XIX, idéntico al hallado (foto archivo DGPeIH)


Varios Machos Cabríos en un bebedero para caballos en el Hipódromo Argentino, usado como ornamento y proveniente también de la fábrica de Val D¨Osne.

Conclusiones

Es en extremo difícil aseverar que haya habido un evento de esta naturaleza, un exorcismo no reglado o un evento algo similar en el patio de un convento, a finales del siglo XIX, ante la poca evidencia arqueológica. Sólo tenemos el objeto, el entierro con su contexto cerámico y mucho carbón. Resulta interesante que haya sido hecho en el atrio y no en el cementerio, en la huerta o cualquiera de los amplios terrenos que tenían en torno al convento, quizás esto refuerce la hipótesis de que lo que estaba sucediendo era algo importante y no debía verse desde el exterior. Como muchas veces pasa, la arqueología abre preguntas pero no puede cerrarlas.

Notas

1 El trabajo fue realizado por Silvia Álvarez

2 Hoy está en exhibición en el Museo de Santa Catalina de Sena, a pocos metros de su sitio de hallazgo.

Agradecimientos

Al Gobierno de la Ciudad que nos facilitó las fotografías y documentos de las esculturas urbanas usadas en este artículo y a Patricia Frazzi que tomó las fotos de excavación y de los objetos.

Bibliografía

1. Braccio, Graciela 1999 Para mejor servir a Dios: el oficio de ser monja, Historia de la vida privada en la Argentina: país antiguo, de la Colonia a 1870, vol. I, pp. 225-245, Buenos Aires.         [ Links ]

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3. Fraschina, Alicia 1997 Los conventos de monjas en el Buenos Aires del siglo XVIII: requisitos para el ingreso, 2º Congreso Argentino de Americanistas vol. II, pp. 91-115, Buenos Aires.         [ Links ]

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9. Sobrón, Dalmacio H. 1997 Giovanni Andrea Bianchi, un arquitecto italiano en los albores de la arquitectura colonial argentina, Corregidor, Buenos Aires.         [ Links ]

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Recibido: 24.2.11
Aprobado definitivamente: 15.4.11