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Trabajo y sociedad

On-line version ISSN 1514-6871

Trab. soc.  no.17 Santiago del Estero winter 2011

 

PERSPECTIVAS ANALÍTICAS SOBRE LA DINÁMICA SOCIAL

¿Empobrecimiento o desclasamiento? La dimensión simbólica de la desigualdad social1

Impoverishment or drop in status? The symbolic dimension of social inequality

 

Cecilia Jiménez Zunino2

1 Una versión preliminar de este artículo se presentó como comunicación en el X Congreso Español de Sociología, celebrado en la Universidad de Navarra, Pamplona, del 1 al 3 de julio de 2010, organizado por la Federación Española de Sociología.
2 Socióloga, DEA (Master) del programa "Teoría Sociológica: cultura, conocimiento y comunicación", de la Universidad Complutense de Madrid. Candidata a Doctora por la UCM. Correo: ceciliaj@cps.ucm.es

 


RESUMEN

Las dinámicas complejas en las que se insertan los procesos de estratificación de las sociedades contemporáneas -expansión generalizada de los niveles de consumo; cambio de las actividades productivas (de manuales a no-manuales)- obligan a redefinir conceptos de los estudios clásicos de movilidad social. Los estilos de vida, las pautas de consumo, la segmentación espacial, las estrategias educativas, etc. se han de imbricar con la estructura ocupacional, variable determinante en los estudios de estratificación social.
En este artículo nos proponemos analizar los procesos de movilidad social descendente como desclasamiento, diferenciándolo del empobrecimiento. Para ello recurrimos al binomio analítico condición y posición de clase (Bourdieu, Cachón, etc.), que puede arrojar luz sobre las modalidades que asume, en diferentes fracciones de las clases medias, la declinación social. La ruptura con la tendencia a la "mesocratización difusa" (Tezanos), acentuada por los procesos de dualización social, imprime en la estructura de clases sociales una zona gris o de amortiguación (Parkin) entre clases medias y bajas, que depende en gran medida de la trayectoria social de origen. Indagamos las estrategias que instrumentan los agentes para reproducir y mejorar su posición de clase: reconvierten capitales (económico y cultural, fundamentalmente); se desplazan geográficamente; cambian de estilos de vida; etc. Para entender los conceptos y las dinámicas novedosas en la estructura social atendemos en este artículo al caso paradigmático de las clases medias argentinas.

Palabras clave: Desclasamiento; Clases medias argentinas; Movilidad social; Condición/posición de clase.

ABSTRACT

The complex dynamics in which contemporary society stratification processes - generalized expansion of consumption levels, change in production activities (from manual to non-manual) - are inserted force the redefinition of social mobility classical studies. Lifestyles, consumption patterns, spatial segmentation, education strategies, etc. are to be interleaved with the occupational structure, a determining variable in the social stratification studies.
This article is intended to examine the downward social mobility processes, such as drop in status, differentiating it from impoverishment. Therefore, the analytical couplet social status and condition (Bourdieu, Cachón, etc.) are used, since it can shed light on the different modalities that social downwarding can adopt in different sectors of the middle classes. The rupture from the tendency to the "vague expansion of middle classes" (Tezanos), accentuated by the social dualization processes, stamps on the social class structure a grey zone (Parkin) between middle and lower classes, largely depending on the social trajectory of origin. Strategies applied by agents to reproduce and improve their social status were studied: they restructure ressources (mainly, economic and cultural); they move geographically; they change their lifestyle; etc. In order to understand the new dynamics and concepts in the social structure, the paradigmatic case of Argentinean middle classes is examined in this article.

Keywords: Drop in status; Argentinean middle classes; Social mobility; Social status/condition.


 

SUMARIO

Introducción. 1. Desclasamiento y empobrecimiento. 2. Transformaciones sociales en la argentina de las últimas décadas. A modo de conclusión. Bibliografía.

INTRODUCCIÓN

Las estructuras de las clases sociales de las sociedades contemporáneas se han complejizado notablemente desde las últimas décadas del siglo XX e inicios del XXI. La multiplicación de las desigualdades sociales, en relación con el aumento de la producción y distribución de bienes y servicios, marca nuevas dinámicas de estratificación y movilidad social.

En este artículo nos centramos en los procesos de desclasamiento de las clases medias argentinas. Varios autores remarcan esta tendencia en todas las sociedades, incluso en las de los países más desarrollados. Así, Beck habla de una radicalización de las desigualdades sociales, al mencionar cómo "las capas medias de la sociedad global empiezan a darse cuenta de que no van a participar en los beneficios generados por el periodo actual de crecimiento económico: de hecho, su porción de la tarta se está haciendo cada vez más pequeña" (Beck, 2008: 15). En el contexto español, Tezanos alerta sobre esta problemática, desde su libro La sociedad dividida (2001) hasta recientes artículos ("El declive de las clases medias", de 2008, por ejemplo). La idea imperante, desde la postguerra, de una movilidad social intergeneracional ascendente, donde los hijos mejorarían las posiciones de los padres y abuelos, parece ser puesta en entredicho. En el ámbito latinoamericano, también se estudian las transformaciones de la estructura de las clases sociales en el marco de la aplicación de los Planes de Ajuste Estructural e implementación del neoliberalismo durante los años ochenta y noventa (Portes y Hoffman, 2003), periodo caracterizado por fuertes procesos de movilidad social descendente (Mora Salas, 2008).

Dando por sentada esta tendencia de creciente polarización social, nos interesa indagar los procesos concretos de desclasamiento desde posiciones medias, generados por dinámicas de movilidad social descendente. Así, en un primer momento, tratamos de situar el concepto de desclasamiento, matizando sus diferencias respecto al concepto de empobrecimiento, concepto desde el que se suelen abordar dichas temáticas en el ámbito latinoamericano (Sémbler, 2006). Para ello, repasaremos brevemente cómo ha sido tratado -y omitido- el concepto de desclasamiento en el marco de la movilidad social descendente en los principales enfoques sobre estratificación y movilidad, para redimensionar la función del status y de los estilos de vida. Con este objetivo retomamos la distinción analítica entre condición de clase y posición de clase.

En la segunda parte, centrándonos en los procesos de polarización social ocurridos en la sociedad argentina en las últimas décadas, planteamos brevemente, en primer término, cómo se han reposicionado distintas fracciones de las clases sociales, para lo que apelamos al concepto de movilidad espuria (Kessler y Espinoza, 2003) como traslación de la estructura con depreciación salarial. A continuación examinaremos brevemente la transición de los mecanismos de reproducción social, de los estatales a los mercantiles, y la definición de un estilo de vida legítimo -especialmente en los aspectos residenciales y educativos- para las clases medias "ganadoras", que han introducido un efecto de cierre (Parkin, 1978). Por último, repasaremos qué estrategias han implementado las clases medias "perdedoras", ante esos procesos de exclusión y de privatización -en torno al consumo- de la pertenencia a las clases medias.

1. DESCLASAMIENTO Y EMPOBRECIMIENTO

Durante las últimas décadas, en el contexto latinoamericano las ciencias sociales han focalizado el estudio de los impactos de la crisis de la industrialización y de los efectos de los Programas de Ajuste Estructural sobre el empeoramiento de las condiciones de vida de la población, generando abundante literatura sobre temáticas como exclusión, pobreza y empobrecimiento3. Sin embargo, este tipo de estudios ha desplazado los planteamientos basados en estratificación, clases y movilidad social (Sémbler, 2006:8) dificultando la visualización de las dinámicas en términos de clases sociales, así como de las pautas de estratificación social (Portes y Hoffman, 2003:356).

Proponemos por ello la utilización del término desclasamiento4 y no el de empobrecimiento, que es el concepto que se ha utilizado mayormente en los estudios sobre nueva pobreza, es decir, de las clases medias empobrecidas. Nos interesa formular una línea de indagación que considere la siguiente cuestión: ¿bajo qué condiciones es posible mantenerse en determinadas posiciones sociales?, ¿qué estrategias implementan los agentes ante situaciones de desclasamiento? Tomando en cuenta la diferencia analítica entre condiciones de clase y posiciones de clase (Bourdieu, 2006), pretendemos complejizar la mirada sobre los procesos de movilidad social descendente. Como primera aproximación diremos que la condición de clase es similar a lo que Weber denominó situación de clase, y se refiere a las propiedades intrínsecas de la clase, a las condiciones materiales de existencia y a las derivadas de las prácticas profesionales (Gutiérrez, 2006:11). La posición, en cambio, se refiere a las características que asume una clase por el hecho de estar ubicada en relación con las otras posiciones; es decir, en tanto posiciones estructuralmente diferentes (Baranger, 2004:117).

La dicotomía entre condición/posición de clase, si bien es sepultada por Bourdieu -de acuerdo con la expresión de Baranger (2004:122)- al introducir la técnica de ACM5 en sus investigaciones sobre el espacio social; es interesante para analizar precisamente las dinámicas de transformación social en las que se producen tanto movimientos verticales como horizontales en el espacio social. En éstos últimos, los agentes implementan estrategias de reconversión de capitales -afectando a la propia condición de clase-, para mantener posiciones sociales.

Las estrategias -y lo que movilizan a nivel de disposiciones, es decir, los habitus- son producto de las condiciones de clase. Así, las estrategias de los agentes son fruto de todo lo que éstos aprehenden en relación a unas condiciones materiales de existencia -y de los condicionamientos que éstas imponen-, que hacen a los agentes delimitar lo potencialmente posible -o las potencialidades objetivas (Bourdieu, 1991:93); separándolo de lo que éstos perciben como "imposible". Puesto que «las categorías de la percepción del mundo social son, en lo esencial, el producto de la incorporación de las estructuras objetivas del espacio social [...], inclinan a los agentes a tomar el mundo social tal cual es, a aceptarlo como natural» (Bourdieu, 1990:289). Aunque ello no obsta que, como los objetos del mundo social se pueden percibir de diferentes maneras, opera en ellos también cierta indeterminación o evanescencia (Bourdieu, 1990:288), que se torna espacio privilegiado de las luchas simbólicas que se juegan en relación al status y a los estilos de vida.

A su vez, cada condición -con sus propiedades intrínsecas o especie de capital predominante- está definida por las propiedades relacionales que debe a su posición en el sistema de condiciones, como sistema de posiciones diferenciales (Bourdieu, 1998: 170). El desclasamiento es, entonces, algo más -y algo menos- que empobrecimiento. Es una pérdida respecto a la posición, aunque muchas condiciones permanezcan intactas (por ejemplo, tener titulación universitaria, ejercer una profesión o ser propietario de un pequeño negocio). Pérdida que se patentiza en los estilos de vida, que funcionan como traducciones simbólicas de las posiciones de clase. Si, además, consideramos las trayectorias de los agentes desde la perspectiva de las trayectorias familiares (y sociales), se comprende mejor la dimensión procesual del desclasamiento, puesto que éste puede suceder respecto a la posición ocupada por los padres -es lo que los estudios de movilidad denominan "movilidad intergeneracional"-. Dentro de ciertos márgenes, se puede empobrecer, luego enriquecer, es decir, padecer variaciones en la acumulación de los capitales (afectando el volumen de capital global), sin que cambie sustancialmente la condición de clase. Incluso, aún no habiendo llegado al estado de pobreza -que las estadísticas miden por el indicador "línea de pobreza", es decir, por un nivel de ingresos6-; puede registrarse en determinados grupos sociales una tendencia al desclasamiento, como imposibilidad de una reproducción de las posiciones de clase. Posiciones que, en las últimas décadas en Argentina, como veremos, han estado cada vez más definidas por un modo o estilo de vida, en el que el consumo ha sido la variable decisiva: "si bien el nivel educativo era importante, el consumo era definitorio" (Kessler y Di Virgilio, 2008:43).

1.1.- El estudio de la movilidad social (ascendente)

Dentro de la literatura sobre estratificación social es difícil encontrar referencias directas al tema del desclasamiento. Planteamientos afines, sin embargo, pueden encontrarse en los análisis realizados por Mills, respecto a la "decadencia" de las clases medias norteamericanas. Las clases medias, especialmente los pequeños propietarios agrícolas y pequeños comerciantes, sucumbieron a la preponderancia del gran capital industrial y comercial, teniendo que reconvertirse en trabajadores asalariados. El dejar de ser propietario se interpreta, desde la perspectiva de Mills (y probablemente, desde las representaciones predominantes en la sociedad estadounidense de la época) como una pérdida de libertad, como un despojo de una seguridad que era inherente a la condición de "pequeño empresario" (Mills, 1973: 88-89).

Al no encontrar planteamientos sobre el desclasamiento en la literatura especializada de estratificación social, nos remitimos a los estudios de movilidad social. Pero éstos han dedicado poca atención al fenómeno de la "movilidad social descendente" (Parkin, 1978; Cachón, 1989, Giddens, 2009). Más bien han tendido a centrarse en procesos de movilidad ascendente, ligados -directa o indirectamente- a explicaciones de corte meritocrático de estos procesos (Richardson, 1977) o de logro (Kerbo, 2003); sin considerar otras explicaciones para la movilidad descendente que aquellas sustentadas en la casualidad o el azar (por ejemplo: enfermedades, adicciones, desorganización familiar, etc.). Quizá, parte de esta omisión responda al contexto en que las principales teorías sobre estratificación social fueron gestadas, durante la "edad de oro" del capitalismo en el siglo veinte, entre mediados de los años cuarenta y de los setenta (Hobsbawn, 2008).

No pretendemos saldar cuentas en este apartado con todos los estudios de movilidad social y estratificación; sino atender a los aspectos de éstos que pueden arrojar luz sobre el tema del desclasamiento. Identificamos para ello los trabajos de dos autores de referencia en los estudios de movilidad y estratificación social que se utilizan en la actualidad: Goldthorpe y Wright. Ambos autores desarrollaron sus teorías en oposición al tratamiento funcionalista7 de la estratificación social, apoyándose, respectivamente, en las teorías de Weber y Marx. A su vez, uno y otro toman como relevante para el estudio de las clases sociales la dimensión económica, prolongando así la diferenciación weberiana entre clase y status (Crompton, 1997: 163). Para Rosemary Crompton (1997) la principal aportación de los trabajos de Goldthorpe y Wright reside en que trataron de utilizar las escalas de categorías ocupacionales, pero problematizándolas desde supuestos de construcción teóricos. Así, en lugar de obtener una escala de ocupaciones -o de "prestigio", como se estilaba en el funcionalismo- han podido concretar esquemas de clase teóricos, «que intentan dividir a la población en unas "clases sociales" que se corresponden con los tipos de agrupaciones descritos por Marx y Weber» (Crompton, 1997:83).

Entre todas las aportaciones de Goldthorpe para el estudio de las clases sociales, resaltamos la importancia que éste otorga a la clase de servicios, buscando un lugar específico donde ubicar a las clases medias. Así, tomando los conceptos weberianos situación de mercado y situación de trabajo, clasifica las diferentes categorías ocupacionales, de acuerdo con sus oportunidades de vida propiciando distintas situaciones de clase (Giddens, 1983; Crompton, 1997; Jorrat, 2005). Para el caso de la clase de servicios, la situación de trabajo se caracteriza por el establecimiento de relaciones de confianza, relativa seguridad en el puesto, cierta autoridad sobre los procesos de trabajo, y en fin, en un posicionamiento ventajoso en la situación de mercado: perspectivas de "carrera" y de recompensas (Goldthorpe, 1994:237-242).

A pesar del optimismo que generó el estudio de las "nuevas" clases medias -como expresión del progreso social, pero también por las implicaciones políticas que pudieran atribuírseles8-, Goldthorpe considera que el acceso a estas posiciones está profundamente enraizado en la desigualdad de oportunidades de las estructuras de clases (Crompton, 1997:92). Tras indagar las posibilidades de movilidad relativa en las sociedades (post)industriales mediante varias investigaciones comparadas, Goldthorpe concluye que el aumento de la clase de servicio y de posiciones intermedias es un proceso que corre parejo a la disminución de la clase trabajadora (Sémbler, 2006:39). Es decir, correspondería con el proceso de cruce de la frontera de actividades manuales a no-manuales, producto de los cambios en la estructura ocupacional (y de la morfología de las estructuras de clases) antes que con un avance o ascenso de posiciones de clase. Este tema ha sido objeto de extensos debates (Richardson, 1977; Giddens, 1983; Cachón, 1989; Crompton, 1997), y es el quid de la cuestión, como veremos en el siguiente apartado, de la estratificación social y la movilidad: el cambio de posiciones tiene que considerarse de manera relacional, sopesando el valor específico de cada posición respecto a las otras posiciones, en base a las distribuciones de capitales -singularmente, de los capitales económico y cultural-.

Para Goldthorpe, los procesos de organización del trabajo en las sociedades industriales han conllevado una expansión de la clase de servicios. Si bien, en un primer momento -especialmente, después de la Segunda Guerra Mundial- su expansión se llevó a cabo mediante un reclutamiento intergeneracional "amplio" (Goldthorpe, 1994:244); más tarde se instaló una tendencia de esta clase a reproducirse a sí misma: «[...] los miembros de las clases de servicio actuales parecerían tener ventajas, en comparación con la mayoría de los sectores restantes de la población, en términos de los recursos, económicos y de otro tipo, de los que pueden disponer tanto para mantener sus propias posiciones como para aumentar las oportunidades de sus hijos» (Goldthorpe, 1994:250).

Lejos de mostrar mayor fluidez social en la estructura de clases, las posibilidades de movilidad de las clases seguirían estando supeditadas a la capacidad de los diferentes grupos sociales para reproducir los recursos, a través de la herencia intergeneracional.

Otra línea de análisis crítica con los planteamientos liberales para las sociedades industriales, y preocupada por esclarecer la posición de los sectores medios, es la elaborada por Erik Olin Wright. Este autor desarrolla su esquema teórico de clases en base a la teoría marxista, rechazando la identificación de la movilidad social con la movilidad ocupacional (identificación a la que no ha escapado el propio Goldthorpe, como ha señalado Crompton, 1997). De modo que para Wright las «[...] ocupaciones se entienden como posiciones definidas dentro de las relaciones técnicas de producción, las clases [...] se definen por las relaciones sociales de producción.» (Wright, citado en Cachón, 1989: 491).

Más allá de las valiosas aportaciones de estos autores en el terreno de los estudios de movilidad social, ninguno de sus estudios se ha referido al problema del desclasamiento. En parte, porque sus investigaciones fueron producidas durante "los treinta gloriosos" posteriores a la Segunda Guerra Mundial, como hemos mencionado, y este problema fuera, quizás, bastante marginal. Pero además, porque este problema supone un planteamiento de las clases sociales que excede el marco analítico de las relaciones económicas. Como señala Crompton, los análisis de clase basados en agregados de empleos han de complementarse con análisis de status, como un modo de interrelacionar los aspectos económicos y los aspectos sociales (Crompton, 1997:165).

1.2.- El desclasamiento como problema sociológico: del status a las luchas simbólicas

¿Cómo encuadrar, entonces, el problema del desclasamiento? Los enfoques de Goldthorpe y Wright han prescindido del status en la definición de las clases puesto que se erigieron, en parte, para distanciarse del funcionalismo de posguerra -que operaba como teoría del orden frente a las teorías del conflicto (Ritzer, 1993). Así, fueron sistemáticamente rechazadas las referencias al status, al modo como fueron propuestas por los funcionalistas9. Sin embargo, este concepto es la llave que puede darnos pistas para comprender los procesos de desclasamiento.

Uno de los autores clásicos que dirigió la mirada sobre los grupos de status fue Max Weber, aunque éste los diferenciaba de la situación de clase -propiamente económica. Weber identificaba tres fuentes de generación de grupos de status o estamentales: a) por un modo de vida propio -que puede originarse en la naturaleza de la profesión; b) por carisma hereditario, a través de pretensiones efectivas de prestigio; y c) por apropiación estamental, como monopolio, de poderes de mando políticos (Weber, 1992:246).

Lo central de los grupos estamentales es, para Weber, el reclamo de exclusividad. Exclusividad que ya analizara también Globot en "La barrera y el nivel", cuando puso de relieve la función a la vez niveladora y separadora de las distinciones simbólicas, al no contar las clases burguesas - a diferencia de las castas- con sistemas de cierre jurídicos que impidan el acceso a los "advenedizos" (Alonso, 2006:163; Alonso, 2009:51). Para Globot las características distintivas que separaban lo burgués de lo no-burgués en las provincias francesas, también tenían una función de identificación al interior del grupo. Dicha exclusividad estamental también es puesta en la arena desde el planteamiento de los estilos de vida en la sociología de las clases de P. Bourdieu, que funcionan como conjunto de Stände. Bourdieu considera el status weberiano como una dimensión de las clases sociales, en lugar de verlos a ambos como dos entidades diferentes. Así, las diferencias económicas aparecen redobladas y reforzadas por distinciones simbólicas, "que transmutan los bienes en signos, las diferencias de hecho en distinciones significantes" (Bourdieu, citado por Baranger, 2004:119). Las luchas por las clasificaciones (classements) se constituyen en una parte fundamental de una ciencia de las clases sociales, porque los propios "legos" «[...] producen los classements por los cuales intentan modificar su posición en las clasificaciones objetivas -en la estructura de clases- y los principios mismos en que se basan estas clasificaciones.» (Baranger, 2004:123).

Sin embargo, antes de Bourdieu, otros autores reivindicaron el papel del status en la configuración de las clases sociales, incluso en el ámbito de la sociología del trabajo. Lockwood10, por ejemplo, en su clásico escrito sobre los oficinistas, identifica tres factores que inciden en la posición de clase: la situación de mercado, la situación de trabajo y la situación de status (Lockwood, 1962:6). Lo interesante es que este autor se refiere a la situación de status en relación a la situación de clase -definida a través de las situaciones de mercado y laboral- alejándose de las explicaciones del paradigma funcionalista, para las que los status serían medidos en una "escala" jerárquica, puesta en el centro de la escena (Cachón, 1989:132). En esta dirección, ocurrió con los puestos de oficinistas lo que con tantos otros en las sociedades diferenciadas: se fueron devaluando (económicamente) y perdiendo status por las dinámicas propias de la estructura de las clases -pérdida de la exclusividad de quienes accedían a las mismas; feminización11 de la actividad; pérdida de valor distintivo12.

Años más tarde, en 1974 surgió la tesis de Braverman sobre la descualificación del trabajo por rutinización (Crompton, 1997:57). Este proceso, que afectaría a todos los trabajadores, generaría una extensiva proletarización, especialmente de los trabajadores de cuello blanco. En este eje, también Giddens (1983) avizoró la creciente proletarización de las clases medias, debido a los cambios en las condiciones de estructuración de las mismas. Para este autor, las posiciones de un sector de los empleados administrativos han padecido un traslapamiento con los niveles más altos de la clase obrera. Giddens remarca la influencia de factores de larga duración, que han acortado las diferencias económicas entre ambas fracciones de clase: alfabetización universal; expansión cuantitativa del sector de cuello blanco, que redujo el "factor escasez" del que era beneficiario; introducción de sistemas mecánicos al trabajo administrativo; y, también, la feminización del sector terciario (Giddens, 1983:224-225).

De lo dicho hasta aquí, podemos reafirmar lo que tantos autores han reseñado ya sobre la movilidad social y sus efectos ideológicos para el mantenimiento del orden social13 (Cachón, 1989; Crompton, 1997; Kerbo, 2003). Preferimos visualizar estos movimientos desde la metáfora sugerida por Bertaux de la escalera que se hunde, y que ha sido retomada por Lorenzo Cachón: «[...] esta escalera por la que todos ascendemos según nuestros méritos, es como una escalera mecánica que desciende; que la movilidad no tiene lugar en un espacio social fijo, sino en un campo fluido, en que se puede cambiar de condición sin haber variado de posición y, viceversa, se puede variar la posición social sin cambiar de condición (nominal)» (Cachón, 1989:514, remarcado en el original, subrayado nuestro). Campo fluido caracterizado por:

a) movimientos ascendentes o descendentes que, en su mayoría, son de corta distancia (Parkin, 1978);
b) el cruce de la línea no-manual/manual, responde en muchos casos a una restitución del status de los padres (que habían protagonizado, previamente, movilidad ascendente; Richardson, 1977) o a procesos de contramovilidad (Cachón, 1989:523);
c) una estructura de ocupaciones que cambia con el tiempo (Crompton, 1997:114) y
d) procesos de movilidad social que no se reducen a movilidad ocupacional (Wright, 1994; Cachón, 1989).

Otra forma de nombrar la escalera que se hunde de Bertaux, corresponde a la expresión acuñada por Bourdieu de translación de la estructura (1998:128). Con esta expresión se refiere este autor al fenómeno según el cual, a pesar de las reconversiones de capitales (que suponen un cambio de la condición de clase), si ésta sucede a la par que un mantenimiento de las diferencias iniciales (es decir, de las posiciones), queda descartada la suposición "positivista" de una movilidad social ascendente.

Volvemos a la disociación analítica entre condición y posición de clase planteada más arriba (Bourdieu, 1998; Bourdieu, 2006). Ésta se torna de vital importancia para comprender las trayectorias sociales (más que la movilidad social) y las luchas para evitar el desclasamiento. Mediante esta diferenciación podemos entender el desclasamiento atendiendo a dos situaciones extremas: a) como una permanencia en la condición de clase (las características "intrínsecas" se mantienen; por ejemplo, las titulaciones que dan derecho al ejercicio de una profesión), pero cambiando la posición de clase (en relación con otras posiciones, por efecto de devaluaciones de dichos títulos; por depreciación salarial, etc.); o b) como quiebre de la condición de clase, asociada fundamentalmente a la pérdida de capital económico. Si bien, mediante procesos de reconversión se puede cambiar de condición de clase, de cara a mantener -o no perder- una posición social.

2.- TRANSFORMACIONES SOCIALES EN LA ARGENTINA DE LAS ÚLTIMAS DÉCADAS

La implementación del neoliberalismo en Argentina modifica sustancialmente la estructura de clases, y con ella, los mecanismos disponibles para la reproducción social de las clases y fracciones de clase. Hasta la década del setenta, en Argentina existió un modelo intergeneracional de movilidad social ascendente14 (Kessler, 1998; Kessler, 2003b), sustentado fuertemente en la existencia de un Estado de tipo keynesiano, que propiciaba el desarrollo de la economía orientada hacia el mercado interno -dando lugar a posiciones de "pequeña burguesía"-, y garantizaba todo el proceso de incorporación a una clase media con capital cultural (desde la educación gratuita para todos los niveles, hasta la absorción de trabajadores calificados y profesionales en el sector público).

A partir de los recortes en el Estado y las políticas de reducción del sector público -impulsados en gran medida por los Planes de Ajuste Estructural-, se perdieron muchas de las posiciones y puestos que absorbían a las clases medias. A las pérdidas de puestos de trabajo se añaden las disminuciones salariales, habida cuenta de la retirada del Estado como árbitro de las relaciones laborales.

Así todo, las profundas transformaciones a partir de la instauración del modelo de valorización financiera (neoliberalismo) se plasmaron en la estructura social argentina de manera ambigua.

Muchos estudios sobre estratificación social (Mora y Araujo, 2002; Kessler y Espinoza, 2003; Jorrat, 2005) destacan que aumentaron los puestos más calificados, así como las ocupaciones en el sector terciario. A su vez, debido a la expansión de la matrícula educativa, la población ha accedido a mayores niveles de instrucción. Sin embargo, como bien señalan los estudios realizados por Kessler y Espinoza, estos procesos han sido acompañados por movimientos contradictorios, que denominan movilidad espuria. La movilidad espuria supone una movilidad intergeneracional ascendente (los hijos tienen mayores titulaciones que los padres), pero con un fuerte descenso respecto a los salarios. Lo que equivale a decir que los mismos puestos "valen" menos, o que se requieren más titulaciones para un mismo trabajo (Kessler y Espinoza, 2003:32).

A continuación analizaremos cómo ha evolucionado este tipo de movilidad, respecto a las recompensas salariales en la etapa de entrada de la sociedad argentina en una economía de servicios. Asimismo, tratamos de glosar brevemente los cambios que esta transformación han supuesto, a partir de las nuevas posiciones de las clases medias en ascenso y para las clases medias "desclasadas" a nivel de sus prácticas cotidianas, configurando nuevas estrategias de reproducción social.

2.1.- Movilidad espuria: traslación de la estructura con depreciación salarial

En las últimas décadas se visualizan en Argentina movimientos que parecen opuestos. Por un lado, hubo una movilidad estructural ascendente en relación al aumento de puestos de trabajo más calificados. Entre 1980-2001 la proporción de puestos profesionales aumentó de un 6% a un 10%; los trabajadores calificados pasaron de 40% a 60%; mientras que los no-calificados disminuyeron de 54% a 30% (Kessler y Espinoza, 2003:32). Sin embargo, esta tendencia ascendente coincidió con otra de carácter descendente, debido a la destrucción de puestos obreros y de la administración; siendo sus ocupantes desplazados mayormente hacia servicios informales (Kessler y Espinoza, 2003:5). Y por otra parte, también en cuanto a las retribuciones salariales se caracteriza este movimiento como descendente.

En el cuadro 1 pueden observarse las depreciaciones salariales de las diferentes categorías ocupacionales. Los profesionales asalariados y no asalariados en 1980 ganaban en promedio 2000 pesos, mientras que hacia el año 2001 su salario descendió a 1500. Lo mismo ocurre con la categoría de los técnicos de todas las ramas, que vieron mermados sus ingresos a casi la mitad entre un extremo y otro del periodo considerado. Los trabajadores no-calificados, por su parte (en comercio, industria y servicios) perdieron más de la mitad de su masa salarial entre 1980 y 2001.

Cuadro 1: Ingreso medio de las ocupaciones* (a precios de octubre de 2001)


Fuente: Elaborado por Kessler y Espinoza, en "Movilidad social y trayectorias ocupacionales en Argentina: rupturas y algunas paradojas del caso de Buenos Aires", CEPAL Chile (2003:33) en base a datos de la EPH, octubre. *Para Gran Buenos Aires **Industria, Reparaciones y Transporte

Como bien señala Kessler, a diferencia de la situación de desempleo -que supone un rito de destitución: el despido-; la depreciación salarial es un proceso que permanece en un plano de invisibilidad, debido a que el individuo guarda el puesto de trabajo, pero éste no vale lo mismo (Kessler, 1998:125). Las diferentes fracciones de las clases medias (y trabajadoras, aunque no nos centremos en ellas) tuvieron que ajustarse a la experiencia de empobrecimiento, acuñando diferentes estrategias para, no ya ascender, sino intentar no descender, amortiguando los efectos de la caída (Kessler, 2003a:29).

El deterioro de los niveles salariales marca su impronta en los diferentes estratos sociales15: indigente/pobre/medio-bajo/medio-pleno/medio-alto/alto. Así, los datos referidos a la estructura social por niveles de ingreso, también indican esta movilidad descendente. De acuerdo con López y Romeo (2005), hacia el año 2004 los indigentes aumentaron hasta llegar a un 15%, los pobres a un 27%; los estratos medio bajo y pleno descendieron (27% y 19% frente a 37% y 28% respecto al año 1980), pero en todo sentido: pasaron a formar parte de los contabilizados entre pobres; y éstos descendieron a niveles de indigencia, en un corrimiento generalizado de todos ellos hacia abajo. Los sectores alto y medio alto mantuvieron su posición de privilegio inalterada (1% y 10% respectivamente). La forma que adquiere esta estructura social es similar a la que postula Tezanos (2001:331), en forma de hongo, con una amplia base de marginados y excluidos, un angosto pasaje central hacia una cúspide abovedada de clases privilegiadas. En esta formación estructural, la línea decisoria pasa por el tipo de empleo que se tiene, si es de calidad o no; lo que va de la mano de capital (cultural, económico y social).

En definitiva, puede hablarse de la existencia de un fenómeno real de movilidad descendente16 en Argentina (Mora y Araujo, 2002:18), que, pese a todo, no puede plantearse en términos unilaterales. De acuerdo con la acertada metáfora de Minujín: «La imagen no es exactamente la de un edificio que se hunde, sino que simultáneamente cambia su configuración. Los que eran pobres ciertamente, en su gran mayoría, siguen en la parte baja pero todavía con más carencias, los sectores medios se dispersan, si bien su mayor parte desciende desordenadamente, algunos se mantuvieron y otros, los menos, ascienden.» (Minujin, 1997:22).

2.2.- Nuevas modalidades de diferenciación social: de los mecanismos de reproducción estatales a los mercantiles

La desvinculación de las posibilidades de reproducción social de las clases medias del ámbito del Estado, y el abandono por parte del Estado como garantizador de su diferencia específica, de su condición de clase (Wortman, 2003:40) sumió a las clases medias bajo el riesgo de caer en la indiferenciada masa popular. A la par, emergió el mercado como sustituto funcional de los enclasamientos, vinculados cada vez más con el consumo, incluso al margen de las titulaciones (Kessler, 2003b:7).

Tres elementos se conjugaron en este abandono del Estado como garante de la posibilidad de reproducirse las clases medias, durante las décadas del 80 y 90:

1) El ajuste estructural y los recortes en el sector público, que era uno de los principales reclutadores y formadores de posiciones de clases medias, dada la debilidad de la fracción autónoma o empresarial. Mediante reducciones de plantillas, jubilaciones anticipadas, retiros "voluntarios", etc., se fueron destruyendo puestos de trabajo y posiciones sociales asociadas a éstos.
2) La desvalorización o depreciación salarial, que afectó a asalariados del sector público (maestros, enfermeros, profesores, administrativos, médicos, etc.) y que hemos analizado en el cuadro 1.
3) La instalación creciente de una ideología privatista, afín al modelo neoliberal que se implementó durante el modelo de valorización financiera, aceptada por gran parte de la población.

Estando devaluados los principales capitales para posicionarse como pertenecientes a las "clases medias", es decir, los títulos (capital cultural) y la moneda (capital económico); en la década de los noventa aparece el consumo como principal marcador de clase, privatizando y diferenciando en gran medida el acceso a las posiciones de clase media. Si bien el fenómeno del consumo no fue algo exclusivo de las clases medias, la estabilización de la economía durante el periodo menemista desató una auténtica "fiebre del consumo", que se había postergado durante la década del ochenta por la profunda inflación (Svampa, 2001:41). Primero las clases altas, y posteriormente las clases medias -mediante la flexibilización del acceso a créditos- se sumaron a un modo de vida cosmopolitista y consumista17. Los sectores medios comenzaron a tener acceso a bienes y prácticas otrora inviables para ellos. La posesión de ciertos bienes y prácticas se convirtió en una marca "por lo que se determinaba y comunicaba la clase" (Tevik, 2006:55).

Esta privatización del acceso a posiciones de clases medias, dejó librado a las posibilidades de cada grupo -con resultados fuertemente polarizadores- el acceso a modalidades de reproducción social sustentadas en la capacidad de compra. Entre estas nuevas modalidades de reproducción social, analizaremos brevemente dos18: las estrategias residenciales y las estrategias educativas. Ambas constituyen casos paradigmáticos de las respuestas de las clases medias ascendentes, para diferenciarse de las fracciones que se encontraban en proceso de empobrecimiento. A partir de estos mecanismos se fue consolidando un estilo de vida legítimo para las clases medias en ascenso y fraguando un cierre social respecto a los parámetros de pertenencia.

a) Las estrategias residenciales:

La segregación espacial, de la mano del aumento de la pobreza (y su aspecto más molesto para las clases medias en ascenso: "la inseguridad") se tornó un mecanismo de auto-marginación de la vida de las ciudades. A partir de los años noventa se fueron constituyendo especies de ciudades paralelas, con toda una red de servicios propios: se crearon colegios y universidades privadas, con sus servicios de recreación y comercialización. Además de seguridad, estas urbanizaciones garantizan una socialización homogénea, mediante un "urbanismo de afinidad" (Arizaga, 2004:44). El estilo de vida "burbuja" que pregonan estas estrategias, busca el refugio de la creciente diferenciación de las ciudades, garantizando también el capital social adecuado y los contactos oportunos para la reproducción social del grupo (Svampa, 2001; Svampa, 2005; González Bombal y Svampa, 2001).

Si la vida en los countries se constituyó en la estrategia residencial predominantemente de la clase alta, no tardaron en salir opciones "rebajadas" para clases medias en ascenso. Más próximas a un estilo de vida verde (Svampa, 2005), las ciudades-jardín y las urbanizaciones privadas próximas a las ciudades, se erigieron en productos destinados a clases medias y medio-altas; cuyo prototipo responde a parejas jóvenes de entre 30-45 años, con niños pequeños, insertos en el sector de servicios privado (puestos gerenciales y profesionales).

Las estrategias residenciales de estas fracciones en ascenso han constituido un verdadero mecanismo de cierre (Parkin, 1978), puesto que pretenden diferenciarse principalmente de las fracciones de clases medias que han perdido sus posiciones anteriores, perjudicadas por el actual modelo económico.

Por otra parte, las clases medias que han conservado posiciones, con un capital cultural fuerte, han optado por permanecer en la ciudad, puesto que esto les garantiza la proximidad con la cultura. Acreedoras principales del bastión cultural, estas fracciones quedaron apegadas a las modalidades residenciales que funcionaban en un estado anterior del campo de las clases sociales, y que representaba el acceso a la propiedad de un departamento en el centro de la ciudad como lugar privilegiado de estatus y símbolo de movilidad social ascendente (Arizaga, 2004:48). La proximidad con la ciudad garantiza, para estas fracciones, el consumo cultural que pueden erigir como última diferencia específica, garantizando ya no una estrategia de movilidad social sino de permanencia en el lugar adquirido (Wortman, 2003).

b) Las estrategias educativas

La transición del mecanismo estatal al mercantil de reproducción social de las clases medias, adquiere en las estrategias educativas toda su crudeza. Cada vez más vinculadas al mercado -es decir, a la capacidad de compra- las estrategias educativas se tornan especialmente agresivas entre las clases medias con capital cultural y económico, (Veleda, 2003:31). Así, aparece toda una gama en la oferta educativa, que acompaña el proceso de suburbanización residencial: hay colegios privados insertos en el interior de los countries, o próximos a ellos. Los hay laicos o con orientación religiosa, con énfasis en los aspectos "vinculares" o en los "académicos". Del Cueto (2004) establece una tipología de la oferta educativa: de un lado, están los colegios tradicionales, con modelos de excelencia y con cuotas mensuales muy elevadas -entre 600 y 1000 pesos- y que ofrecen además del bilingüismo el Bachillerato Internacional. Luego, entre los colegios recientes se encuentran dos subtipos: los que acentúan criterios vinculares (los aspectos relacionales, psicopedagógicos y de contención afectiva), y los que acentúan la accesibilidad de la cuota, de criterios primordialmente mercantiles.

2.3.- Cambios de condiciones, cambios de estrategias... ¿cambios de posiciones?

El deterioro de las condiciones de vida de gran parte de la población durante los años ochenta y noventa precipitó el cambio de las habituales estrategias de reproducción social de los agentes, que habían garantizado unas posiciones dentro de las clases medias en décadas anteriores. Al no poder acceder al estilo de vida que se había configurado como legítimo para las clases medias en ascenso, centrado mayormente en el consumo, amplias capas sociales tuvieron que implementar profundos replanteos -y redefiniciones- en sus vidas cotidianas.

Centrándonos en los síntomas de empobrecimiento de las clases medias ocasionado por las pérdidas salariales, es interesante remarcar la segmentación entre dos capas identificadas en el índice de Nivel Económico Social19 (Mora y Araujo, 2002) como medio-alta y medio-baja. La emergencia de una creciente brecha en esos dos estratos, es decir, la existencia de fuertes discontinuidades en la distribución de bienes señalaría una incipiente frontera dentro de las clases medias. El acceso a bienes corrientes de las sociedades modernas -teléfono, automóvil, videograbadora, tarjeta de crédito, computadora, etc.- presenta fuertes intermitencias entre todos los estratos, pero de manera más acuciante entre los dos segmentos intermedios20.

El surgimiento de una creciente fractura dentro de las clases medias también es objeto de atención de autoras como González Bombal, Svampa y Del Cueto (González Bombal y Svampa, 2001; Svampa; 2005; Del Cueto, 2004). Estas autoras identifican a los sectores de las clases medias en decadencia como los "perdedores" del neoliberalismo. Y caracterizan como pertenecientes a este grupo: «[...] a vastos grupos sociales entre los cuales se incluyen empleados y profesionales del sector público, sobre todo, provincial; anteriormente "protegidos", ahora empobrecidos, en gran parte como consecuencia de las nuevas reformas encaradas por el estado neoliberal en el ámbito de la salud, de la educación y las empresas públicas. Acompañan a éstos, trabajadores autónomos y comerciantes desconectados de las nuevas estructuras comunicativas e informativas que privilegia el orden global» (González Bombal y Svampa, 2001:2).

Puesto que los mecanismos de reproducción social ligados al Estado ya no funcionaban para vastos sectores de las clases medias, y los mecanismos de mercado como garantizadores del acceso a bienes y servicios se volvieron inaccesibles -por pérdida del poder adquisitivo-, los desclasados de clase media tuvieron que ajustarse a la nueva situación cambiando sus hábitos y, en definitiva, sus estilos de vida. Algunos autores han caracterizado los esfuerzos de los desclasados para estabilizar la vida cotidiana como una constante coacción al cambio (Kessler y Di Virgilio, 2008:40).

Una de las dimensiones de estos cambios lo constituyen las estrategias vinculadas con los consumos domésticos21. Feijóo analiza una fracción de las clases medias que, al resentirse sus ingresos, ha adoptado diferentes estrategias domésticas que se apoyan en la elasticidad de los consumos de la canasta básica familiar. Así, menciona algunas prácticas emergentes de las experiencias de empobrecimiento, que tratan de mantener los niveles de consumo, reduciendo el gasto al máximo: compra a mayoristas para abaratar precios; abandonar el consumo de productos alimenticios semi-elaborados para producirlos en casa; restricción de salidas; sustitución de invitaciones a comer por la realización de reuniones donde cada uno lleva una parte; etc. (Feijóo, 1997). Algunos otros consumos que se resintieron fueron los de telefonía: la tenencia y consumo de teléfono móvil descendió en abril de 2002 un 9,5%, respecto al año anterior, así como también disminuyeron las llamadas urbanas e interurbanas -algo menos de un 15 % en el mismo periodo, según datos del INDEC (Minujin y Anguita, 2004:44)22-.

En los intersticios que ha dejado el mercado de trabajo, algunas mujeres que no habían trabajado fuera del hogar se han incorporado, aunque sea en actividades muy informales (venta de cosméticos o ropa a domicilio, por ejemplo); así como jóvenes en edad escolar que han llegado, en ocasiones, a abandonar los estudios secundarios (Torrado, 2003); ambas inserciones bajo la lógica de trabajador complementario (Monza, 1993). Incluso, algunos varones adultos han tenido que optar por más de un empleo, para engrosar los ingresos familiares (Feijóo, 1997). Así, en el año 1999 el 40 % de los trabajadores se encontraba sobreocupado -es decir, trabajando más de 45 horas semanales (Filmus et al, 2001:80).

Otras estrategias han involucrado la acción colectiva, como los clubes de trueque que estuvieron funcionando en los años noventa, pero alcanzaron su máxima extensión en 2002, con nodos de 5.000 participantes por día (Svampa, 2005).

Algunos estudios han señalado el cambio de las estrategias en relación con los capitales disponibles, especialmente social y cultural23. El capital económico que se recibió por indemnizaciones -por retiros anticipados de los empleados estatales en los procesos de ajuste- fue utilizado en varios casos en aventuras cuentapropistas24 (Feijóo, 2003:21) que, afectados por el síndrome de irracionalidad económica retrospectiva (Kessler, 1998) muchos agentes juzgaron a posteriori como malas apuestas y jugadas. Respecto a los capitales cultural y social25, Kessler (1998; 2003a) señala las redefiniciones que asumen los capitales acumulados, que se valorizarían de manera diferente ante los nuevos contextos de empobrecimiento. Así, se refiere a la organización aparentemente aleatoria y desordenada de los presupuestos familiares: continuar enviando los hijos al colegio privado mientras que se manifiestan deficiencias en salud o vestimenta; o sufrir degradación de las condiciones de hábitat mientras se disfruta de una cobertura de salud de buena calidad (Kessler y Di Virgilio, 2008:41). Estos aparentes "desórdenes", nos dicen estos autores, provienen de los capitales disponibles con los que los sectores empobrecidos cuentan. Capitales que, a diferencia del dinero, no admiten fraccionamiento ni tampoco pueden ser usados para otras aplicaciones que las que habían permitido su acumulación (típicamente, es el caso del capital social).

Las redefiniciones de algunos de los capitales, así como la transición de los mecanismos de reproducción social de las clases medias -de estatales a mercantiles-, han reconfigurado la condición de clase de las mismas, articulada ahora en torno al consumo como atributo principal. La inaccesibilidad de consumos definitorios de las clases medias, de sus estilos de vida como nivel -hacia el interior-, y como barrera -ante otras clases "inferiores"-; ha trastocado también las posiciones de clase.

Si, además, las clases se definen por lo que los agentes se representan de las posiciones; y si esta representación es construida en base a unos marcadores de clase (vía consumo) a los que ya no se puede acceder, se habría sufrido un cambio de condición -aunque muchas de las características, otrora "intrínsecas" de la clase permanezcan intactas (titulaciones, propiedades económicas, etc.)-. Marcadores de clase que llegan a constituir auténticas "necesidades básicas representacionales", de acuerdo con la acertada expresión de Lambiase (2004). Éstas conforman un «conjunto de prioridades indispensables para los actores de la clase media [...] desde las actividades recreativas y deportivas, el cuidado de la estética personal, la vivienda confortable hasta elementos de consumo identitario incorporados en la última década» (Lambiase, 2004:204).

El acceso al consumo como marcador de clase se convierte en una característica intrínseca -condición- que puede incluso desplazar a otras especies de capital, dependiendo del peso específico que guarde cada una de las propiedades pertinentes, así como de las posibilidades de su rentabilización diferencial en el espacio de las clases sociales.

A MODO DE CONCLUSIÓN

El desafío analítico de pensar las estructuras de clases de un modo dinámico y versátil se impone hoy como nunca, en el marco de las profundas transformaciones sociales a las que acudimos. Después de algunos años de derivas postmodernas, en los que se ninguneó cualquier planteamiento que aludiera a una pretensión de anclar el caos en categorías que pretendieran ordenarlo, intentamos en este artículo un ejercicio de análisis acerca de la desigualdad social en algunas de sus nuevas manifestaciones.

La conformación de las sociedades actuales, que tienden a una polarización social creciente basada en una disminución -o mutación- de las clases medias tal y como las conocíamos hasta hace pocos años, plantea nuevos retos en el estudio de la estratificación social. Con la diferenciación analítica entre condición y posición de clase, que retomamos de Bourdieu, hemos intentado arrojar luz sobre posibles limitaciones de los enfoques instituidos en este terreno. En el ámbito latinoamericano, nos referimos a lo realizado por los estudios sobre pobreza, empobrecimiento y nueva pobreza, que se apoyan en escalas que no pueden alcanzar a medir la configuración problemática de este fragmento de realidad. Más bien constituyen imprescindibles puntos de partida, desde los cuales comenzar a complejizar cómo y desde dónde se empobrece, y qué posibilidades reactivas -mediante sus estrategias- tienen los diferentes grupos sociales ante estos procesos.

Las estrategias para resistir o evitar el desclasamiento se tornan intentos desesperados en las luchas por la definición del ser social, referidas tanto a autoclasificaciones -que suelen medirse en encuestas sobre la "clase subjetiva"- como a heteroclasificaciones, que son las que tienen efectos más contundentes en los posicionamientos sociales y en el establecimiento de fronteras entre las clases.

La dimensión simbólica de la estratificación que construyen los agentes desde sus propias prácticas clasificatorias- aunque, como bien recuerda Weininger (2005:99), no todos los agentes clasifican por igual- es un modo de reutilizar las temáticas ligadas al status, dejadas de lado por una especie de prurito antifuncionalista. Pero ello desde una consideración materialista de la distribución jerarquizada de recursos, que en cada agrupación de atributos va potenciando el efecto de los demás, sobresignificando el peso de ciertas posiciones por sobre otras. Esto se patentiza en los estilos de vida y el consumo, que se han tornado el principal bastión excluyente de las sociedades contemporáneas: todo lo que posibilita estar en un lugar social, se legitima por sí mismo, al margen de sus efectos y causas relacionales.

Notas

3 La proliferación de los estudios sobre "nueva pobreza" en Argentina durante la década de los noventa da una idea de la sorpresa con que se recibió este fenómeno emergente. Sin poder ser encuadrados en los parámetros de medición de la pobreza estructural (las NBI), los empobrecidos trastocaron los sistemas clasificatorios al uso, introduciendo importantes debates en la comunidad científica. Para un desarrollo de esta cuestión, ver Minujin (1997) y Kessler (1998).

4 «Desclasamiento: acción y efecto de desclasar. Desclasar: hacer que alguien deje de pertenecer a la clase social, generalmente alta, de la que proviene, o que pierda conciencia de ella. U. t. c. prnl. (usado también como pronominal)» (Diccionario RAE, 22º Edición).

5 Al rastrear el proceso de construcción llevado a cabo por Bourdieu del concepto de campo/espacio social, Denis Baranger realiza una revisión sobre la génesis de esta formulación. En este proceso, una de las etapas está marcada por la introducción de una técnica de tratamiento de los datos, el ACM (análisis de correspondencias múltiples) que supondría que, al obtener conocimiento sobre las posiciones sociales se proporcionaba tanto información sobre las propiedades intrínsecas como relacionales (Baranger, 2004:122). No pretendemos entrar en este debate que sería objeto de otro artículo, pero rescatamos la distinción analítica sin perder de vista que cualquier atributo de propiedades intrínsecas (condición) se valoriza en el sistema de relaciones (posiciones) siendo, por tanto, relacional.

6 Como bien señala Alonso, la "escala de ingresos" es una línea continua, y sólo se transforma en divisiones de "clases sociales" mediante los cortes que las propias clases introducen, mediante sus prácticas sociales, por ejemplo el consumo y los estilos de vida (Alonso, 2006:164). Más adelante retomamos esta cuestión.

7 La concepción funcionalista (o liberal) de la estratificación social sostiene que: 1) la sociedad industrial supone un decisivo aumento de las tasas de movilidad social, respecto a las sociedades preindustriales; 2) predomina la movilidad ascendente sobre la descendente; 3) las oportunidades de movilidad tienden a igualarse para todos; y 4) las tasas de movilidad y el grado de igualdad de oportunidades tienden a aumentar con el tiempo (Kerbo, 2003:157). Durante las décadas de importante crecimiento económico y transformación social de los "treinta gloriosos", esta línea de argumentos sustentó una visión de la sociedad como un todo orgánico y ordenado, exento de conflictos, en el que la permeabilidad o movilidad social sería la expresión del "logro" por sobre las características "adscriptivas".

8 Para un análisis explícito sobre las posibilidades de "acción radical de clase" de las "nuevas" clases medias, ver Goldthorpe (1994:233 y ss.). Wright no fue ajeno a esta preocupación, para lo que elaboró el concepto de "posiciones contradictorias dentro de las relaciones de clase", contradictorias en cuanto a su posición e interés -para Wright el interés material objetivo es lo que define y justifica la denominación de las clases como tales (Wright, 1994:19). Para Bourdieu, en cambio: «la clase objetiva no debe confundirse con la clase movilizada, conjunto de agentes reunidos sobre la base de la homogeneidad de propiedades objetivadas o incorporadas que definen la clase objetiva, con vistas a la lucha destinada a salvaguardar o a modificar la estructura de la distribución de las propiedades objetivadas» (Bourdieu, 1998:100 -nota 6).

9 Por ejemplo, para Blau y Duncan la estructura ocupacional funciona como una jerarquía graduada, de mayor a menor status -medidas por escalas de prestigio-, en la que se ordenan los individuos según sus atributos (Crompton, 1997:88).

10 Este autor es reconocido dentro del prolífico terreno de revisión de las clases sociales (Devine, Savage, Scott, Crompton, etc.) como uno de los primeros que rompe con el dualismo estructura/cultura, al entender que los valores y normas de las clases sociales (que se estudiaban como "conciencia de clase") son poderosos por sí mismos, y no como "reflejo" de la estructura (Devine y Savage, 2005:11).

11 Para un análisis detallado de los efectos de la feminización de la estructura ocupacional y del olvido del género como variable de diferenciación social, ver Crompton, 1997:124-128.

12 Lockwood analiza dentro de la situación de status, el valor diferencial que tiene el trabajo de oficinista en relación con el del trabajador manual calificado. Frente a éste, aquel aparece como poco específico, poco viril, y por lo tanto, "poco masculino" (Lockwood, 1962:123). También pone en relación la evolución del status de estos puestos con la generalización del sistema escolar, con la feminización del sector y con la cantidad de plazas disponibles. Al fin y al cabo, el saber relacionado con esa actividad ya no era exclusivo de los descendientes de las clases medias (Lockwood, 1962:114).

13 Además de las críticas al funcionalismo y sus argumentos meritocráticos, autores como Parkin también han señalado el carácter de "válvula de seguridad" de la movilidad social, para evitar el conflicto en las sociedades industriales avanzadas (en Crompton, 1997:86).

14 Aunque nos hemos desmarcado de la terminología de la movilidad social, permítasenos la utilización para caracterizar las dinámicas de la estructura de las clases sociales argentina. Asimismo, es interesante -como sugiere el propio Kessler- que ese modelo intergeneracional funcionara en el plano de las representaciones sociales, orientando las disposiciones y prácticas de importantes grupos de agentes.

15 Los estratos se miden por niveles de ingreso, en relación a la capacidad de cubrir una canasta básica. Las unidades de medida son las LI (líneas de indigencia) y las LP (líneas de pobreza). "Las líneas de indigencia se calculan por personas según el género y edad de la misma, dado que responde a las diferentes demandas kilocalóricas de los individuos. (...) En este sentido, se trata de una línea elemental de supervivencia que con el agregado de componentes no alimentarios de precio mínimo (traslados, vivienda, vestimenta, etc.) se obtiene la línea de pobreza" (López, 2006:5).

16 El estudio de Jorrat (2005), que trabaja con el enfoque de Goldthorpe -combinado, en un esquema de clases que llama EGP: Erikson, Goldthorpe y Portocarero- insiste en que, a pesar de la crisis de los noventa y 2001, la pauta predominante de movilidad social en Argentina continúa siendo "ascendente" (de un 38,7 %, frente a un 25,5 % de la movilidad descendente en una matriz de movilidad intergeneracional). Aunque Jorrat reconoce que la estructura ocupacional del empleo ha cambiado, aumentando la proporción de trabajadores en servicios -"no manuales rutinarios"-, no tiene en cuenta los efectos de "traslación estructural" que imprime la sobreoferta educativa en relación a los puestos y salarios existentes. Kessler y Espinoza (2003) en cambio, se refieren a esta pauta de movilidad como "movilidad espuria" en Argentina; mientras que Sémbler habla de una "terciarización espuria" en América Latina, para referirse a la formación de una clase de servicios no asociada a las oportunidades económicas que atribuía Goldthorpe a esta fracción, sino más bien como "trabajo no-manual segmentado" (Sémbler, 2006:64).

17 Como analiza Tevik para las clases medias porteñas, «la construcción del estilo de vida de la clase media ya no se trataba de una mimesis de la élite, sino más bien de la apropiación directa de ciertos placeres que se ofrecían directamente, mediados por la omnipresente industria de la publicidad en TV por cable, cines y revistas, y carteles de autopistas» (Tevik, 2006:55).

18 Este apartado se basa en las interesantes investigaciones empíricas realizadas por Svampa, Arizaga, Del Cueto, González Bombal, Wortman y Veleda.

19 Este índice, si bien toma de manera combinada variables muy diferentes (educación, ocupación y la distribución de posesiones materiales) puede ser útil para tener una idea global de las distribuciones de recursos.

20 El estrato medio-alto llega a duplicar la posesión de algunos ítems respecto al estrato medio-bajo. Es el caso de tenencia de dos autos, computadora personal, freezer independiente y aire acondicionado. Otras distancias importantes se presentan respecto a la posesión de tarjeta de crédito, videograbadora, lavarropas automático y refrigerador con freezer (Mora y Araujo, 2002:19).

21 «Consumos que se eliminan, modifican o limitan, restricciones en la vida cotidiana, ropa y bienes del hogar que no se reemplazan, compra y venta de cosas usadas, etc., van conformando un panorama de carencias que se acumulan día a día.» (Minujin, 1997:30)

22 También descendió la cantidad de argentinos que pueden irse de vacaciones. Según un estudio de Romer de 2001: el 76% de los argentinos ha disminuido la frecuencia con la que realiza actividades de esparcimiento; y un 71% dejó de irse de vacaciones o disminuyó los días (en Minujin y Anguita, 2004: 45)

23 Asimismo, el peso relativo de cada capital se ha modificado en las pautas de movilidad social (Kessler y Espinoza, 2003:9). Al cambiar la estructura de oportunidades en la generación de empleo, el capital social se torna más importante que el "capital humano", privatizando los soportes estructurales de la movilidad social (Espinoza, 2006:6).

24 Feijóo se refiere a improvisados locales que se habilitaron en alguna habitación de la casa, como comercios o talleres, y que fueron apareciendo por la arquitectura urbana de las ciudades argentinas.

25 Estos capitales serían utilizados, entre otras cosas, para obtener tratos de privilegio en las instituciones públicas (hospitales, escuelas, obras sociales, etc.) desde la lógica de Hirschman de "toma de palabra/salida" que, según Kessler, marcaba estos intercambios "negociados".

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Recibido: 19.10.10
Aprobado definitivamente: 12.1.11