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Trabajo y sociedad

On-line version ISSN 1514-6871

Trab. soc.  no.17 Santiago del Estero winter 2011

 

CONFIGURACIONES DEL PODER Y DEL ESTADO

Dislocación, crisis y reformulación de la hegemonía menemista. De la crisis del Tequila, a las demandas sociales de un orden conservador1

The process of dislocation and subsequent redefinition of the menemist hegemony

 

Hernán Fair2

1 El siguiente trabajo forma parte del Capítulo 6 de mi Tesis de Maestría, presentada en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Argentina) en el año 2007. A su vez, pretende constituirse en parte de una futura Tesis Doctoral en Ciencias Sociales, actualmente en curso en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Agradezco a Gerardo Aboy Carlés, Alicia Álvarez, Sebastián Barros y Paula Biglieri, por sus valiosos comentarios, críticas y sugerencias. A todos ellos, sin embargo, los excluyo de cualquier error u omisión que este artículo pudiera presentar.
2 Magíster en Ciencia Política y Sociología (FLACSO), Doctorando en Ciencias Sociales (CONICET-UBA).. Correo electrónico: herfair@hotmail.com

 


RESUMEN

El trabajo analiza el proceso de dislocación y posterior redefinición discursiva de la hegemonía menemista. De manera específica, investiga la reformulación de las demandas sociales entre la crisis del Tequila, de diciembre de 1994, y la elección presidencial, de mayo de 1995. Se parte de un marco teórico y metodológico de análisis político del discurso, incorporando algunas categorías clave del psicoanálisis lacaniano y de la teoría de la ideología. Según se sostiene, la crisis socioeconómica iniciada con el estallido del Efecto Tequila generó un cambio en la construcción de la hegemonía menemista, que fortificó las demandas conservadoras en torno a los beneficios socioeconómicos vinculados al Régimen de Convertibilidad. Este cambio, a su vez, fortaleció la identificación catexial en torno al liderazgo de Menem.

Palabras clave: Identidades políticas; Hegemonía; Discurso; Régimen de Convertibilidad; Menemismo; Argentina.

ABSTRACT

The paper examines the process of dislocation and subsequent redefinition of the menemist hegemony. Specifically, investigates the reformulation of social demands between the Tequila crisis of December 1994 and the presidential election of May 1995. It starts from a theoretical and methodological framework for political analysis of discourse, incorporating some key categories of lacanian psychoanalysis and the theory of ideology. It is argued the socio-economic crisis that began with the outbreak of the Tequila Effect generated a change in the construction of the menemist hegemony who fortified conservative demands about the socioeconomic benefits associated with the Convertibility Regime. This change, in turn, strengthened the catexial identification around Menem´s leadership.

Keywords: Political identities; Hegemony; Speech; Convertibility Regime; Menemism; Argentina.


 

SUMARIO

1. Introducción 2. La inevitable tensión entre la homogeneidad y la heterogeneidad, o la difícil tarea de mantener estable la lógica de la equivalencia 3. Las distorsiones constitutivas del Plan 4. La reformulación de la identidad menemista: las demandas de un orden conservador 5. A modo de conclusión 6. Bibliografía

1. Introducción

Durante el gobierno de Carlos Menem (1989-1999), en Argentina, se edificó una amplia y heterogénea hegemonía discursiva que articuló diversas demandas sociales, que incluyeron desde los grandes grupos empresarios, hasta una porción importante de los sectores populares. En trabajos anteriores abordamos este proceso de construcción hegemónica, que se constituyó en 1989, consolidándose, al mismo tiempo, a partir del éxito del Régimen socioeconómico de la Convertibilidad, instaurado en abril de 1991 (Fair, 2007, 2009, 2010b, 2010b). El siguiente trabajo tiene como objetivo general analizar el proceso de dislocación y posterior redefinición discursiva de la hegemonía menemista entre la crisis del Tequila, de diciembre de 1994, y la elección presidencial, de mayo de 1995. De manera específica, se propone investigar la reformulación de las demandas sociales durante el período señalado. En efecto, aunque se ha trabajado, desde diversos enfoques y perspectivas, el proceso de construcción de la hegemonía menemista (Palermo y Novaro, 1996; Gervasoni, 1998; Gambina y Campione, 2002; Bonnet, 2008), no hemos hallado investigaciones que investiguen los cambios temporales en las demandas sociales y en la propia formación hegemónica. El siguiente trabajo se propone contribuir a dilucidar más detenidamente este particular. Según se sostiene, la crisis socioeconómica iniciada con el estallido del llamado Efecto Tequila, generó un cambio cualitativo en la construcción discursiva de la hegemonía menemista. Esta crisis, lejos de erosionar su hegemonía, la reforzó, al fortificar lo que definimos como las demandas conservadoras en torno a los beneficios socioeconómicos vinculados al Régimen de Convertibilidad, lo que, a su vez, fortaleció la identificación catexial en torno al liderazgo de Menem.

Para llevar a cabo esta investigación, partiremos desde un marco teórico y metodológico de análisis político del discurso. En ese contexto, tomaremos como base la noción amplia de discurso que plantean Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (1987). Según estos autores, se considera al discurso como una práctica articulatoria que establece una relación estructurada entre elementos, de manera tal que la identidad resultante de esta relación resulta modificada por la propia práctica articulatoria (Laclau y Mouffe, 1987: 142-143). Esta definición anti-esencialista de la formación de las identidades como efecto del orden simbólico y las prácticas articulatorias que instituye, implica, entonces, que "todo objeto se constituye como objeto de discurso, en la medida en que ningún objeto se da al margen de toda superficie discursiva de emergencia" (Laclau y Mouffe, 1987: 144-145). De esta manera, a partir de la primacía que adquiere la lógica del significante, junto a la imposibilidad de fijar esencias identitarias inmanentes, se abre el campo para el análisis específico del proceso de formación y posible transformación discursiva de las identidades políticas.

Para complementar y complejizar nuestro objeto de estudio, incorporaremos, a su vez, algunas categorías psicoanalíticas clave, como la distinción que realiza Lacan entre los componentes de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario (nudo Borromeo) (Lacan, 1971-1972, 2008), así como ciertas nociones de la Teoría de la Ideología analizadas por Slavoj Zizek (1992, 2003a) y por algunos trabajos de Ernesto Laclau (1996a). Estas categorías conceptuales, pese a ser corrientemente relegadas, o directamente ignoradas, en la mayoría de los estudios empíricos, consideramos que resultan de una crucial importancia para comprender tanto el proceso de formación y redefinición discursiva de las identidades sociopolíticas, como así también, la modalidad de legitimación social de las formaciones hegemónicas.

2. La inevitable tensión entre la homogeneidad y la heterogeneidad, o la difícil tarea de mantener estable la lógica de la equivalencia

Desde la perspectiva anti-esencialista que seguimos en este trabajo, una perspectiva teórica que aglutina tanto a enfoques post-estructuralistas, como a corrientes de la semiótica social de origen peirciana, el psicoanálisis lacaniano y la pragmática inglesa, se parte de la base de que no existe una identidad que pueda constituirse de manera plena y acabada (Fair, 2010a). En efecto, como destaca Ernesto Laclau, "ninguna lógica hegemónica puede dar cuenta de la totalidad de lo social y constituir su centro, ya que, en tal caso, se habría producido una nueva sutura y el concepto mismo de hegemonía se habría autoeliminado" (Laclau y Mouffe, 1987: 186). En este sentido, la construcción de hegemonías, definidas como la universalización de demandas particulares que trascienden su inherente particularidad, es siempre precaria, en tanto fue alcanzada a través de un debilitamiento del particularismo por un universalismo que resulta imposible por definición (Laclau, 1996b: 102). Esta "precariedad constitutiva" (Laclau y Mouffe, 1987: 233, Laclau, 1993: 123) es a lo que se refiere el teórico argentino cuando afirma que existe una tensión permanente entre la "lógica de la equivalencia" y la "lógica de la diferencia" (Laclau, 1996b: 75, 2005a: 94 y 106). En efecto, mientras que la primera "universaliza una cierta particularidad, en tanto esta es sustituible por un número indefinido de otras particularidades", o, lo que es lo mismo, trasciende su particularidad inherente a través del establecimiento de articulaciones equivalenciales, la segunda, por el contrario, "establece localizaciones particulares dentro del espectro social", es decir, subvierte la lógica universalizadora del sistema, a partir de la aparición de diferencias particulares que revelan su propia imposibilidad (Laclau, 2003: 196).

Desde la perspectiva de Laclau, como señalamos, no existe un espacio social plenamente cerrado. En sus palabras, "la sociedad es imposible" (Laclau y Mouffe, 1987). En ese marco, la equivalencia total siempre se encuentra penetrada por la existencia de una "heterogeneidad constitutiva" (Laclau, 2005a; Barros, 2002: 197) que impide su completa formación. En otros términos, dado que la homogeneidad no es más que la "pretensión de un imposible" (Aboy Carlés, 2001a: 386), toda identidad siempre tiene que convivir con la posibilidad cierta de que la heterogeneidad radical, lo Real, en el sentido lacaniano, interrumpa desde el exterior la lógica interna del sistema (Laclau, 2005a: 192, 2008). Pero, ¿a qué se refiere Lacan con esta categoría tan crucial? De lo que se trata, según el célebre psicoanalista francés, es de la emergencia de un "excedente", de un "resto" no simbolizable, que impide el "cierre" del orden social (Lacan, 2008; Zizek, 2003a: 31-32). Esta "abertura en pleno orden simbólico" (Zizek, 1992: 221-222), es, precisamente, lo que muestra la "falla", es decir, el tope de lo Real que hace presente la imposibilidad de que el "tropos suturante" pueda constituirse de manera plena (Laclau, 2005a).

Como lo analizamos en detalle en otro lugar (Fair, 2010a), el discurso de Menem logró articular a una pluralidad de demandas sociales equivalenciales en torno al significante Convertibilidad y sus múltiples significantes asociados, significantes que, a su vez, actuaban como sus significados particulares adosados. En ese marco, la lógica de la equivalencia del 1 a 1 le posibilitó al Presidente delimitar una "frontera de exclusión" en relación a un pasado de inestabilidad económica y social, a la que se contraponía la estabilización monetaria y el orden político y social alcanzados. Al mismo tiempo, vimos también que los "hábitus" de consumo masivos, promovidos por la sobrevaluación cambiaria y la inserción inédita al orden global, lograrán ampliar esa cadena significante, antagonizando con el atraso y el subdesarrollo, y marcando, al mismo tiempo, una lógica de la equivalencia con los Estados Unidos y el resto de los países desarrollados y modernos (Fair, 2007).

No obstante, sabemos, con Laclau, que toda identidad política es siempre precaria y el Plan cambiario tenía, en ese sentido, algunas fallas estructurales que permanecían ocultas. En efecto, la paridad fija, que había establecido una lógica de igualación absoluta de la moneda local con el dólar estadounidense, se sostenía en arenas movedizas que dependían fuertemente del ingreso de inversiones extranjeras. En un comienzo, la profunda Reforma del Estado, con la privatización compulsiva de las empresas públicas, la desregulación y, sobre todo, la apertura comercial y financiera, significó para el Gobierno una importantísima fuente de ingresos que le permitió inyectar los dólares en la economía, necesarios para mantener la paridad de la moneda. Debemos recordar, en ese sentido, que el régimen cambiario, al estar constituido mediante un sistema de caja de conversión fijo ("currency board"), exigía para poder mantener la paridad monetaria fija, que hubiere igual cantidad de oro y monedas que la cantidad total de reservas en poder del Banco Central, y de ahí la importancia clave especialmente de las privatizaciones. Sin embargo, la mayoría de las privatizaciones se hicieron en los primeros años, por lo que los recursos externos dejaron de ingresar al poco tiempo. En efecto, si observamos el detalle de la cifra anual de ingresos por privatizaciones y concesiones, podemos observar que, durante el año 1991, el total de ingresos será de 2.230 millones de dólares, y que en 1992 y 1993, aumentará fuertemente hasta alcanzar los 4.822 y 4.451 millones de dólares, respectivamente. No obstante, a partir de 1994, los ingresos caerán drásticamente a 615 millones, elevándose, parcialmente, a 1.395 millones de dólares, en 19953. Al mismo tiempo, el sector privado, que en un primer momento había invertido fuertemente en la compra de las empresas estatales, repatriando parte del capital fugado en períodos previos, comenzará a generar un creciente déficit comercial y de cuenta corriente (Basualdo, 2000; Basualdo y Kulfas, 2000). Así, la balanza comercial, que en 1990 había tenido un superávit de 8.276 millones de dólares, y en 1991 había sumado 3.702 millones, pasará a tener un fuerte déficit, que se incrementará de 2.637 millones de dólares en 1992, a 3.666 millones en 1993, y 5.751 millones en 1994. Al mismo tiempo, el déficit en cuenta corriente sufrirá, a partir de 1992, un fuerte incremento. En ese marco, durante ese año alcanzará los 5.521 millones de dólares, mientras que en 1993, se incrementará a 7.672 millones, llegando al récord de 10.117 millones al año siguiente4.

Uno de los componentes principales del déficit en la balanza de pagos se deberá a la creciente fuga de capitales al exterior, absorbida, como vimos, por el propio accionar público del Estado. En efecto, la fuga de capitales para su valorización financiera, promovida por el diferencial de tasas, en particular tras la firma del Plan Brady de 1992, aumentará entre 1991 y 1994 en un 7,5% anual, y, a partir de 1994, lo hará a un ritmo aún mayor, debido a la eliminación de las fuentes genuinas de ingresos del sector estatal (reducción de aportes patronales y privatización de la jubilación estatal) (Basualdo, 2006: 330-334). Debemos destacar, sin embargo, que este déficit no será generado sólo por la cúpula empresarial, sino principalmente por el resto de las empresas privadas. Ello se debe a que las grandes firmas, a diferencia del resto de la economía, perjudicada por los bajos aranceles y la inexistencia de mecanismos de control antidumping, a lo que debemos sumar las elevadas tasas de interés, que desalentaban la inversión, tendrán un crecimiento persistente de las exportaciones, lo que les permitirá obtener un marcado superávit comercial durante ese período (Basualdo, 2000: 204-218; Schvarzer, 2003: 73). Por otra parte, si analizamos en detalle los componentes del déficit en la balanza de pagos, podemos ver que el principal componente será el de mercancías, luego servicios reales, intereses de la deuda externa, utilidades y dividendos y transferencias corrientes y otras rentas5. Se puede observar, en ese sentido, que el déficit tuvo también como componentes clave la remesa de utilidades de las empresas extranjeras privatizadoras a sus filiales de origen, la importación de maquinaria industrial de los grandes grupos locales, los servicios reales (principalmente, pagos de tecnología y marcas, servicios profesionales y técnicos y fletes de tecnología) y el pago de los intereses de la deuda (cada vez mayores, debido al incremento constante del endeudamiento externo). Pero más revelador aún, es observar que parte importante del déficit privado radicará en los gastos en pasajes y viajes de turismo de los sectores medios y altos de la sociedad y en la importación de tecnología de aquellos sectores. De este modo, como lo han analizado en detalle Schorr y Lozano, se puede apreciar que los responsables del creciente déficit en cuenta corriente no sólo fueron los grandes conglomerados locales y extranjeros (Schorr y Lozano, 2001: 10-18; Basualdo, 2006).

En esas circunstancias de creciente déficit en la balanza de pagos, el Gobierno se verá obligado a buscar urgente otra fuente de financiamiento para cubrir el desequilibrio generado. Esta fuente de ingresos será constante y crecerá a ritmos vertiginosos en la segunda mitad del primer gobierno menemista: el endeudamiento externo con los organismos multilaterales de crédito. En efecto, como nos revelan los datos estadísticos, entre 1991 y 1994, la deuda externa privada se incrementó de 8,6 a 49,5 millones de dólares, lo que equivale a una tasa de 33,9% anual. A pesar de ello, el total de la misma fue amortizada por el Estado, que vio elevar su índice total de endeudamiento de 52,7 a 74,8 millones de dólares, esto es, un 6% anual acumulativo (Basualdo, 2000: 219-224). Este proceso de endeudamiento, como lo hemos analizado anteriormente, servirá, entonces, como un medio para amortiguar el creciente déficit en cuenta corriente generado por el sector privado, en particular, el más concentrado6.

No obstante, a comienzos de 1995, con la explosión de la crisis mexicana (el "Efecto Tequila"), el esquema de crecimiento basado en el ingreso de capital externo (productivo y, principalmente, especulativo), comenzó a mostrar sus limitaciones, en el momento en el que el flujo de capitales comenzó a detenerse (Lo Vuolo, 1998; Gambina y Campione, 2002). En efecto, los sucesivos incrementos de las tasas de interés norteamericanas, desde mediados de 1994, y la posterior devaluación de la moneda mexicana, en diciembre de ese mismo año7, habían hecho que los capitales externos dejaran de ingresar masivamente a nuestro país. Dado que aquellos eran cruciales para el mantenimiento de la paridad, la economía ingresó en un período de depresión. Esto se tradujo en un fuerte descenso de los indicadores económicos y sociales, impactando en vastos sectores de la sociedad. Para enfrentar esa situación adversa, el Gobierno dispuso de un ajuste interno cuyas consecuencias fueron más recesión, desempleo y problemas fiscales (caída de las ventas, la producción y el ingreso fiscal), además de un creciente endeudamiento externo para cubrir el déficit público (Frenkel, 2003; Thwaites Rey, 2003: 58).

Por otra parte, las políticas de flexibilización laboral, reducción o focalización del gasto público social, desregulación financiera y apertura asimétrica, que venían implementándose de manera ascendente desde la puesta en marcha del Régimen de Convertibilidad, no hicieron más que agravar la precarización laboral. Si entre 1991 y 1994, la "etapa de oro" (Basualdo, 2006: 311) del Plan, esos efectos se vieron parcialmente reducidos por el boom de consumo y la estabilidad económica, lo que permitió una leve reducción de la pobreza y la desigualdad social y un incremento, también leve, del salario real8, a partir de la llamada Crisis del Tequila, la caída de los indicadores económicos, y sobre todo sociales, alcanzaría niveles inéditos en la historia reciente de nuestro país. En efecto, mientras que durante el primer trimestre de 1995, el Producto Bruto Interno (PBI) caerá en un 3,1% y las reservas monetarias del Banco Central un 24,9% (ADEBA, 1995), la desocupación, que se había mantenido en 6,9% entre junio de 1991 y mayo de 1992, subirá a 9,9% en mayo del año siguiente, alcanzando el 10,7% en mayo de 1994 y 12,1% en octubre de ese mismo año. El gran salto, sin embargo, se producirá en mayo de 1995, cuando llegue a la cifra récord de 18,4% (INDEC, 1998: 218-219; Página 12, 31/12/93). Al mismo tiempo, la tasa de subocupación hará lo propio, aumentando desde un 8,6% en junio del ´91, a 10,4% en octubre del ´94, y 11,3% en mayo de 19959. La pobreza, por su parte, también se incrementará. Así, la tasa de hogares pobres en el Gran Buenos Aires, que había caído desde un 21,9% en mayo de 1991, a 13,7% en 1992, y 14,2% en octubre de 1994, se elevará a 16,3% en mayo de 1995, al tiempo que el porcentaje de los hogares indigentes, que se había visto reducido de 3,6% en mayo de 1991, a 2,5% en 1992 y 3% octubre de 1994, se elevará al 4,3%, al año siguiente10.

Sin embargo, al tiempo que los sectores populares y medios se pauperizaban crecientemente, surgiendo una nueva categoría sociológica que se populizaría como los "nuevos pobres" (Murmis y Feldman, 1993), para referirse a estos últimos estratos, los sectores empresariales, principalmente los grupos económicos internos y externos más concentrados, aumentaban progresivamente sus tasas de ganancias, beneficiados por la reducción relativa de los salarios y el incremento de la productividad del trabajo (Altimir, Beccaria y González Rozada, 2002). Esas ganancias multimillonarias se destinarán, en gran medida, a la valorización financiera, con el consiguiente incremento del déficit comercial y, por lo tanto, del endeudamiento estatal para cubrir el propio déficit generado de hecho por el sector privado (Basualdo, 2000, 2006; Basualdo y Kulfas, 2000; Kulfas, 2001; Schorr y Lozano, 2001). El déficit, además, se verá potenciado, ya que a partir de 1994, con el nuevo régimen de jubilación privada, el Estado dejará de recaudar un porcentaje cercano a los 4.000 millones de dólares anuales, transferidos ahora al sector privado (Schvarzer, 2003: 68).

3. Las distorsiones constitutivas del Plan

Como vimos, el Régimen de Convertibilidad, en tanto significante Amo vinculado a una pluralidad de significantes asociados, fue vehículo, a partir de la equivalencia con la moneda estadounidense, de la unidad social imaginaria. Ello se debe a que permitió obturar la falta constitutiva, garantizando, así, la plenitud ausente en la comunidad. En esas circunstancias, se edificó un orden (parcialmente) "cerrado", esto es, una sociedad en donde los conflictos se encontraban limitados y donde, por consiguiente, pocos cuestionaban la identidad "plena" con los Estados Unidos y los demás países desarrollados del "mundo moderno".

No obstante, como señala Laclau, no existen, ni pueden existir, identidades que logren constituirse plenamente, y de ahí toda la importancia que adquiere la construcción de significantes (tendencialmente) vacíos o puntos nodales que universalicen imaginariamente a la comunidad escindida11. En este caso, el significante vacío que representaba la Convertibilidad, ocultaba algo, y ese algo era la fantasía de ser y, a su vez, lo irreal de poder, igualar una moneda tan débil como el peso, con una moneda tan fuerte como el dólar. Como la "clausura" del espacio social era una operación imposible, sólo se mostró a través de la proyección en un objeto distinto (en este caso, el 1 a 112).

En efecto, como enfatiza Slavoj Zizek, basándose en Lacan (1987), la "realidad" sólo puede simbolizarse a partir de un "fantasma" (fantasía) inconsciente que se construye para enmascarar lo Real (imposible) de nuestro deseo de plenitud. En esas circunstancias, se logra cumplir esa fantasía, produciendo la proyección de "la falta en el Otro" (Zizek, 1992, 2003a). Ello se debe a que el Otro, esto es, el orden simbólico que representa el significante, permite suturar, mediante el fantasma inconsciente, la falta constitutiva y estructural. En otras palabras, el significante fantasmático permite "llenar" la falta de unidad en la comunidad, recuperando, siempre de forma imaginaria, el deseo de unidad con el objeto primordial de deseo que representa la Madre (la Cosa). Esta fantasía inconsciente, que se escribe S(A/), funciona, entonces, como una "pantalla fundamental de lo Real" (Lacan, 1987: 68, 2003: 225).

Precisamente, el 1 a 1, en tanto realidad estructurada fantasmáticamente, enmascará lo Real del deseo de plenitud con el objeto. En otras palabras, la fantasía de la igualdad con la mayor superpotencia mundial, constituirá un orden social imaginario en el que se hará posible la unidad plena con la Cosa. La Convertibilidad funcionará, entonces, como un objeto parcial causa de deseo que permitirá acceder al goce unario, forcluyendo, de este modo, el componente de lo Real, en el plano de lo simbólico (Fair, 2010a). Sin embargo, parafraseando a Althusser (1988), pronto se podrá observar que la "alusión" a un 1 a 1 con la principal potencia mundial, era, en verdad, una "ilusión", que el "reconocimiento", objetivado en la práctica cotidiana a partir de la posibilidad tangible y concreta de acceder a prácticas de consumo similares a las de los países desarrollados y a partir de la inédita estabilidad monetaria, implicaba, en realidad, un "desconocimiento" de lo que se ocultaba tras de sí13. En otras palabras, la inevitable presencia de la lógica de la diferencia dentro de la lógica de la equivalencia o, como lo denomina también Laclau, la tensión irreductible entre "interioridad" y "exterioridad" (Laclau y Mouffe, 1987: 151), pondrá en evidencia que el fantasma (fantasía) menemista de una sociedad "sin fisuras" (Laclau, 2005a: 105), se hacía presente, en realidad, como una "unicidad fallida" (Laclau, 2005a: 277), como el sitio de una falla estructural irreductible.

A partir de allí, se constituirá lo que Laclau denomina una "distorsión constitutiva". Según este autor, la distorsión se caracteriza porque "un significado primario es presentado como algo distinto de lo que es" (Laclau, 1996a: 79). Pero esta noción implica algo más que una mera "dislocación" estructural (Laclau, 1993), es también un ocultamiento de cierto tipo que tiene lugar en ella. Ahora bien, "lo que se oculta es la dislocación última de lo que se presenta a sí mismo como una identidad cerrada, y el acto de ocultamiento consiste en proyectar sobre aquella identidad la dimensión de clausura que, en última instancia, le hace falta" (Laclau, 1996a: 83).

El problema, sin embargo, es cómo dar cuenta de esta dislocación. Como respuesta, Laclau señala que la acción distorsionadora tiene que ser de alguna forma visible (Laclau, 1996a: 79). Pero, ¿cómo se hará visible esta acción distorsionadora del orden simbólico estructurado? Para entender esta cuestión resulta pertinente remitirnos nuevamente a la teoría psicoanalítica. En efecto, como señala Zizek (1992, 2003a), basándose parcialmente en Derrida (1995), lo que llamamos "realidad" tiene siempre una simbolización incompleta, siempre emergen "espectros" que hacen presente, corporizándolo, lo Real lacaniano. En sus términos:

La realidad nunca es directamente "ella misma", se presenta sólo a través de su simbolización incompleta/fracasada y las apariciones espectrales emergen en esta misma brecha que separa para siempre la realidad de lo real, y a causa de la cual la realidad tiene el carácter de una ficción (simbólica): el espectro le da cuerpo a lo que escapa de la realidad (simbólicamente estructurada) (Zizek, 2003a: 31).

Estas "apariciones espectrales", que se simbolizan en la práctica histórica mediante "síntomas" (Lacan, 2003: 419), "llenan", entonces, el "hueco" en el que se inscribe lo Real (Zizek, 2003a: 31).

En el caso de nuestro objeto de estudio, este Real que emergerá y luego se incorporará al orden simbólico como un "espectro" (Derrida, 1995), se hará presente como un síntoma social que retornará del propio sistema a partir del incremento de la desocupación, la pobreza, la precarización laboral y la desigualdad14. En otras palabras, será un "efecto de verdad" (Lacan, 2003: 251, 257, 2006) que emerja como consecuencia de la propia estructuración de la "cadena significante" (Lacan, 2006). En este sentido, será sólo a partir de que esta "positividad sin falta" (Zizek, 1992: 221-222) muestre los límites sintomáticos de su propia constitución, que se lo podrá simbolizar como negatividad. Podemos decir, entonces, que sólo a partir de que se harán evidentes los "efectos desestructuradores" (Laclau, 2003: 291) del Plan de Convertibilidad, es decir, sólo cuando emerjan, mediante síntomas visibles en la estructura, los "espectros" de lo Real lacaniano15 (Zizek, 1992, 2003a), síntomas que se harán presentes tanto en su dimensión económica (incremento del déficit comercial y del endeudamiento externo), como en su dimensión social (aumento de la desocupación, desigualdad, pobreza), se podrá tomar conciencia de la distorsión constitutiva del significante Convertibilidad16. En palabras de Laclau, sólo a partir de que la unificación simbólica de la identidad menemista mostrará los límites de su constitución como "totalidad" (Laclau, 2005a: 277), la paridad de la moneda nacional con el dólar podrá metabolizarse, no como una realidad evidente e innegable de sentido común, sino como una ideología (Laclau, 1996b). Para entender esta cuestión debemos, sin embargo, definir previamente qué entiende Laclau por este concepto polémico.

Según Laclau, la noción de ideología no debe ser entendida, al estilo althusseriano, como una "deformación imaginaria" de una supuesta realidad "objetiva" y "científica" que es fetichizada (Althusser, 1988), ni tampoco como la defensa de intereses particulares simulando representar el interés común (Laclau, 1993: 195-196). Por el contrario, para Laclau, la ideología supone toda identidad que tenga como horizonte la clausura del orden social17 (Laclau, 1993: 106, 1996a). Así, afirmará que:

El efecto ideológico por excelencia es la creencia de que hay un arreglo en particular que puede acarrear la clausura y transparencia de la comunidad. Hay ideología siempre que un contenido particular se muestra como algo más allá de sí mismo. Sin esta dimensión del horizonte, tendríamos ideas o sistema de ideas, pero nunca ideologías (Laclau, 1996a: 81).

A similar resultado arriba, por otro medio18, Zizek, al afirmar, siguiendo su herencia lacaniana, que toda ideología implica siempre el deseo imposible de "reprimir" de la realidad constituida, su componente Real inherente:

La constitución misma de la realidad social supone la "represión primordial" de un antagonismo de modo que el sostén final de la crítica de la ideología, el punto de referencia extraideológico que nos autoriza a denunciar el contenido de nuestra experiencia inmediata como "ideológico", no es la "realidad", sino lo "real" reprimido del antagonismo (Zizek, 2003a: 36).

Es decir, que toda ideología supone siempre, como señala Zizek, la "negación expresa del antagonismo", la ocultación de la partición estructural generada por la función simbólica, lo que no hace sino expresar la presencia de una ideología que se manifiesta como una "realidad fiel"19 (Zizek, 2003a: 31-32). Sin embargo, como dijimos, "la verdad entra en lo real" (Lacan, 2003: 420), impidiendo que esa ideología, la (supuesta) "realidad verdadera" asintomática, funcione como tal, al mostrar los límites inmanentes de su propia estructuración imaginaria.

Sabemos que, desde Lacan, el orden simbólico, esto es, la palabra articulada como lenguaje, constituye y determina al sujeto como tal (Lacan, 1971-1972, 2008). En palabras del psicoanalista francés, "el orden del símbolo no puede ya concebirse como constituido por el hombre, sino como constituyéndolo" (Lacan, 2003: 39). Según Laclau, quien retoma estas categorías para aplicarlas a su teoría política post-marxista (Laclau, 2005, 2008), dado que todo sujeto es construido a través del discurso, toda vez que se pone en cuestión el orden simbólico, debe significar necesariamente una crisis de identidad (Laclau y Mouffe, 1987: 170, Laclau, 1993: 114-117, 2005a: 92). En este caso, las fallas desestructurantes del significante de la plenitud, provocaron un resquebrajamiento de la identidad menemista. Si, por un lado, esta crisis se expresará en un incremento de las protestas sociales de los sectores excluidos del modelo socioeconómico (Delamata, 2003; Gómez, 2006), es decir, aquellos "externos a la estructura dislocada" (Laclau, 1993: 66, 2005a: 188-191), por el otro, se expresará en la inestabilidad de la frontera política. Esta se había delimitado discursivamente a partir de una cadena equivalencial interna cuyos ejes hemos visto que se hallaban constituidos por la estabilidad, el orden, la paz, la inédita inserción internacional, el consumo popular, el desarrollo, la modernización y el crecimiento (Fair, 2010a). Sin embargo, en las nuevas circunstancias de crisis socioeconómica, parecía reemerger la inestabilidad, la postración, el desorden, el caos, los desencuentros, la involución y la frustración del pasado. Es decir, que emergían significantes propios de la frontera de exclusión o frontera alterna de la identidad menemista. En los términos de Lacan (1971-1972, 2008), emergía en lo simbólico, bajo la forma de síntomas sociales antagónicos, lo Real (imposible) que había sido forcluído de la cadena significante del discurso de Menem.

No obstante, a pesar de estas fallas en la estructura interna del propio sistema, lo que no hará sino mostrar los límites reales de toda objetividad (Laclau, 2005a), Menem lograría ser reelecto cómodamente como presidente en las elecciones realizadas en mayo de 1995, con un porcentaje cercano al 50% de los votos. ¿Cómo se explica que, en medio de una fuerte crisis económica y social, con guarismos que, como en el caso del desempleo, llegarán a niveles récords, además de constantes escándalos de corrupción que afectaban de cerca al entorno presidencial20, el Presidente alcanzara semejante grado de legitimación, un porcentaje que superaba incluso al que había obtenido en las elecciones de 1989 y sobrepasaba por más de 20 puntos a su inmediato perseguidor? Entendemos que, sin ser unidireccional21, las razones deben buscarse en las mismas transformaciones acontecidas en el seno de la propia identidad menemista.

4. La reformulación de la identidad menemista: las demandas de un orden conservador

La primera necesidad del alma, la que está más próxima a
su destino eterno, es el orden; es decir, un tejido de
relaciones sociales tal que nadie se vea forzado a violar
obligaciones rigurosas para ejecutar otras obligaciones. Sólo
en este caso el alma no sufre violencia por las circunstancias exteriores.
Simone Weil

El concepto de estructura centrada es, efectivamente, el
concepto de un juego fundado, constituido a partir de una
inmovilidad fundadora y de una certeza tranquilizadora, que
por su parte se sustrae al juego. A partir de esa certidumbre
se puede dominar la angustia, que surge siempre de una
determinada manera de estar implicado en el juego.
Jacques Derrida, La escritura y la diferencia

Vimos anteriormente que a partir de 1991 el Régimen de Convertibilidad, en tanto significante vacío, logró absorber, en conjunción con una amplia cadena de significantes anudados, a una pluralidad de demandas sociales equivalenciales, al garantizar una estabilización política, económica y social, frente al caos socioeconómico y la "amenaza de guerra civil" del período alfonsinista. Ahora bien, si en situaciones de desorden extremo la demanda es por algún tipo de orden (Laclau, 1993, 1996b, 2005a), ¿qué ocurre cuando ya existe un cierto orden? En otras palabras, ¿qué ocurre cuando las demandas originales se encuentran ya satisfechas y, al mismo tiempo, ya no existe el peligro de una "guerra civil", ni de que regrese el "peligro mortal" de la hiperinflación? Como señala Laclau, "cuanto más extendida es la cadena equivalencial, menos "natural" se vuelve la articulación entre sus eslabones y más inestable es la identificación del enemigo" (Laclau, 2005a: 287). En este caso, la cadena equivalencial era tan amplia, que incluía tanto la estabilidad política y económica, el orden y la paz social, como así también la inserción inédita al mundo moderno, con sus correlatos de progreso, desarrollo y crecimiento. Al mismo tiempo, incluía el plus de goce de los incentivos discursivos y los hábitus de consumo masivos, especialmente en los sectores medios y medios-bajos, y estos mismos beneficios, más el endeudamiento y la acumulación de ganancias a niveles exorbitantes, en los sectores más acomodados de la sociedad (Fair, 2007, 2009, 2010a, 2010b).

Sin embargo, sabemos que las identidades políticas no son fijas, sino que "se constituyen, descomponen y redefinen constantemente, transformando, al mismo tiempo, los intereses de los actores, las formas de articulación entre ellos y los principios de legitimidad de sus acciones" (Novaro, 1994: 33). En efecto, toda identidad no es más que una construcción social, una "ficción universalista" (Lefort, 1990; Yannuzzi, 1995) que, al no ser una esencia inmodificable, puede ser redefinida y reformulada constantemente (Laclau y Mouffe, 1987). En este caso, con la estabilización definitiva de la situación económica y social, la identidad menemista mutará sus fronteras. La transformación se materializará, en primer lugar, mediante el debilitamiento de la estrategia de apelación a la necesidad de un orden político hobbesiano o decisionista, que se constituya frente a la amenaza latente del caos y de la "guerra de todos contra todos"22. En efecto, al estabilizarse definitivamente la situación económica y social, en particular a partir del logro de índices de inflación negativos, por un lado, y del disciplinamiento del actor militar, el miedo al caos y la amenaza de disolución de la comunidad, si bien no desaparecerá del todo23, tenderá a debilitarse. En ese contexto, la demanda social de un orden soberano que garantice paz y seguridad frente al caos anterior, se irá aminorando paulatinamente. Debemos tener en cuenta, en este sentido, que, como señala Laclau, en un contexto en el que la sociedad ya está "parcialmente estructurada", "la total concentración del poder en las manos del soberano dejará de ser un requerimiento lógico". En tal caso, "las credenciales del soberano para reclamar el poder total serán mucho menos obvias" (Laclau, 1996b: 86). Es, precisamente, esta situación de transformación discursiva, la que acontecerá en el caso de la identidad menemista. En efecto, una vez satisfecha aquella demanda inicial de recomposición del orden público y la autoridad presidencial, y en ausencia de un "peligro" visible de retorno al "Estado de naturaleza" hobbesiano, la apelación a la emergencia nacional perderá legitimidad y trascendencia. En ese contexto, como se pondrá en evidencia en las elecciones legislativas de septiembre de 1991 y octubre de 1993, en la convención constituyente de 1994 y, luego, en la reelección presidencial de mayo de 1995, el "discurso hobbesiano de superación del caos" (Aboy Carlés, 2001b), o bien el liderazgo personalista y decisionista que garantiza orden, seguridad y certidumbre frente a la "crisis galopante" (Palermo y Novaro, 1996), sin desaparecer, perderá paulatinamente parte de su grado de eficacia política. En su lugar, la identidad menemista será redefinida a partir de un discurso conservador de permanencia del orden político, económico y social ya alcanzado, un discurso que trascenderá toda necesidad de un liderazgo protector y pacificador, para concentrarse en las bondades y beneficios derivados del programa económico y sus beneficios (significantes) asociados (estabilidad, consumo, paz, modernización, etc.)24.

En ese contexto, el principal pilar de la identidad menemista, es decir, el logro de la estabilidad económica, sólo posible a partir del éxito del 1 a 1, también sufrirá modificaciones. Esta transformación identitaria, aunque venía modificándose desde tiempo atrás, en particular en las elecciones legislativas de 1991 y 1993, se hará presente en toda su magnitud a partir de la devaluación de la moneda mexicana, en diciembre de 1994. En efecto, a partir de la crisis del "Tequila", la "pura amenaza" (Laclau, 1996b) al orden social ya no estará representada tanto por el "peligro" inminente del caos social de la hiperinflación25, sino por la presencia latente de una devaluación de la moneda, lo que implicaba perder los beneficios materiales que garantizaba la permanencia del Plan. En otras palabras, si desde 1989 y, al menos hasta la instauración de la Convertibilidad, el principal temor era a la hiperinflación, a partir del éxito tangible del Régimen socioeconómico, que había promovido un masivo endeudamiento en dólares de amplios sectores sociales, las demandas se reformularán para ser situadas en relación tanto a los beneficios adosados al 1 a 1, como al miedo colectivo a una debacle devaluacionista.

Debemos tener en cuenta, en ese sentido, que hacia mediados de mayo de 1995, fecha de las elecciones presidenciales, nada menos que 2.095.806 millones de personas, incluyendo desde sectores medios-bajos, hasta grandes empresas, poseían deudas en dólares por un total de 11.485 millones de dólares (La Nación, "Economía", 12/05/95). Estas limitaciones, provenientes del endeudamiento masivo de amplios sectores sociales, restringían la posibilidad de escuchar voces opuestas al Régimen de Convertibilidad, ya que, obviamente, los sectores endeudados en dólares no veían con agrado los efectos que podría generar sobre sus bolsillos una devaluación de la moneda nacional. En particular, dado el grado de poder político y decisional derivado de su poder económico, debemos destacar la importancia ejercida por la deuda privada contraída por algunos de los más importantes conglomerados económicos del sector privado. En efecto, durante el proceso de privatizaciones iniciado en 1989, y profundizado a partir de 1991, algunas de las más grandes empresas de capital local, como Sociedad Comercial del Plata (SCP), habían participado del negociado de las privatizaciones, endeudándose en el mercado internacional. Si bien vimos anteriormente que, hacia fines de 1994, con la crisis del Tequila, algunos conglomerados se desprendieron de sus activos para refinanciarlos y ganar liquidez, hubo otros casos, entre los que se destaca precisamente SCP, que habían logrado acceder al mercado internacional de crédito debido a su gran tamaño, pero no se habían desprendido de sus abultadas deudas externas (Bisang, 1998: 165, 169). En ese contexto, resulta evidente que las demandas sociales de este tipo de empresas concentradas eran netamente favorables a conservar la paridad cambiaria fija, en tanto una posible devaluación monetaria multiplicaría sus deudas contraídas.

En una prueba elocuente del temor generalizado ante una posible devaluación monetaria en gran parte de la sociedad, y la persistencia de las demandas conservadoras en relación al plan socioeconómico, durante los meses anteriores a las elecciones del ´95, se producirá un fuerte encarecimiento y reducción del crédito hipotecario y para consumo y una caída pronunciada en la venta de autos (8,3% en total y 12,2% los nacionales), y electrodomésticos (entre un 40 y un 75%) (Clarín, 08/04/95 a 10/04/95). Al mismo tiempo, se producirá un incremento de las compras en efectivo, o con créditos a corto plazo y sin cuotas, al tiempo que se postergará el consumo y el endeudamiento en dólares. Como lo expresará de manera elocuente el presidente de la Cámara Argentina de Comercio, Jorge De Fiori, "la gente prefiere no tomar más cuotas, especialmente si son en dólares" (Clarin, 12/03/95). Estas medidas preventivas harán subir considerablemente las tasas de interés, e incentivarán la escasez del crédito, profundizando la incertidumbre existente26 (Clarín, "Económico", 09/04/95). En ese contexto, se producirá una fuerte caída en los depósitos financieros, que llegará, en sólo 100 días, a 8.000 millones de dólares, al tiempo que el crédito para consumo, sólo en marzo, se reducirá en 3.500 millones de dólares (Clarín, "Económico", 09/04/95). Para principios de mayo de 1995, la caída de los depósitos en efectivo, en relación al 20 de diciembre, fecha de inicio de la devaluación mexicana, había alcanzado un 26,3% (ADEBA, 1995). En esas circunstancias, el propio Cavallo reconocerá que "Hay un retiro generalizado de depósitos en todo tipo de entidades" (Clarín, 10/03/95), y tendrá que salir a prometer en varias oportunidades que la moneda no se devaluaría (Clarín, 11/01/95 al 14/01/95, 10/05/95, 13/05/95).

En ese contexto de fuerte incertidumbre social sobre el valor de la moneda y persistente malestar sobre el futuro del país, creemos que la identidad menemista se re-edificará, principalmente, como antagónica de la amenaza de lo que Claudia Hilb denomina el "temor a la pérdida de algo que se posee" (Hilb, 2001: 447). Según Hilb, el miedo como principio de acción puede ser entendido en dos planos diferentes. En primer lugar, como el miedo hobbesiano a la "muerte violenta", lo que actualiza la necesidad de un Leviatán con un poder de soberanía absoluto para imponer un orden político que garantice protección y seguridad (Hobbes, 2005). En segundo término, desde una perspectiva no-hobbesiana, el miedo es entendido como "temor a la ausencia de orden" (Hilb, 2001: 446-447). Si en el primer caso el miedo es origen y motor de toda forma política, en el segundo caso, el temor ya no es a un estado natural de desorden, sino que se trata del temor a perder el orden ya establecido. En palabras de Hilb:

Postular de una manera no hobbesiana que el temor es temor a la ausencia de orden significa lo siguiente: que ese temor no constituye la experiencia primordial que funda la posibilidad de la política, sino que se trata de una experiencia que tiene lugar en el seno de una comunidad que es ya una comunidad política. Es decir, es el temor a la pérdida de algo que se posee, no a un estado natural, previo al orden (Hilb, 2001: 447).

Si observamos lo acontecido en el seno de la identidad menemista, podemos observar que el temor o amenaza reinante, no será tanto el temor hobbesiano a la "muerte violenta", o a que regrese el "impuesto inflacionario", sino que predominará el miedo a perder los múltiples beneficios que garantizaba la permanencia del Plan27. En este sentido, el temor ya no será tanto a un desorden pre-político, a una "Argentina al borde de la guerra civil" (Discurso oficial de Menem del 11/07/91: 44), que requería un Leviatán que instaurara algún tipo de seguridad pública frente al desorden total y la amenaza de disolución social, o bien un líder decisionista que garantizara algún principio de "orden y autoridad" (Novaro, 1994: 67), sino más bien la garantía de que, mientras se reeligiese a Menem, se mantendría el orden político existente, esto es, la estabilidad económica y los múltiples beneficios promovidos por el Régimen de Convertibilidad. En otras palabras, la cadena significante articulada en torno al modelo de Convertibilidad, no simbolizará tanto la edificación de un nuevo orden que pusiera fin al desorden del pasado, sino que prevalecerá el deseo conservador de que ese orden ya constituido permanezca inalterable en el tiempo, como garantía para seguir manteniendo la estabilidad económica, acceder al goce hedonista de los hábitus de consumo popular y a los beneficios extraordinarios vía valorización financiera, en particular para los grandes grupos empresarios (Fair, 2007).

En esas circunstancias, resulta interesante remontarse nuevamente a la teoría psicoanalítica. Como ya lo había observado en su momento Freud, y sería analizado en detalle por Lacan, el ser humano jamás renuncia a su fuente de goce primordial que representa la relación "cuerpo a cuerpo" con la Madre (Lebrun, 2003). Sin embargo, la castración paterna marca la imposibilidad de retornar a aquel goce absoluto. En ese contexto, que instaura el Nombre del Padre como sustituto, lejos de resignarse, el goce se convierte ahora en un deseo inconsciente que expresa, por la vía de lo simbólico, aquel anhelo de retorno a la experiencia de satisfacción primaria (Lacan, 2006, 2008). Como vimos, este "goce significante" (Braunstein, 2006), en tanto goce presente en el lenguaje, puede adquirir infinidad de objetos parciales. En este caso, el objeto causa del deseo, el objeto a que representará la falta constitutiva, será identificado con el Régimen de Convertibilidad. En efecto, la Convertibilidad, en tanto Significante Amo (S1), logrará articular a una larga y heterogénea cadena equivalencial (S2), suturando, de forma imaginaria, la falta estructural. En otras palabras, el Régimen de Convertibilidad logrará articular diversas demandas sociales insatisfechas, hegemonizando el espacio social (Laclau, 2005a). En ese contexto, el objeto parcial será elevado, si bien con cierta pérdida inevitable generada por el orden simbólico, a la "dignidad de la Cosa" (Fair, 2010a).

Si tenemos en cuenta este rasgo o función del objeto, podemos decir, entonces, con Freud, que la Convertibilidad generará una "adhesividad conservadora"28 de la libido en torno al Plan. Esta adhesividad al objeto de deseo funcionará, en primer lugar, como garantía de continuidad de la estabilidad económica. Debemos tener en cuenta, en ese sentido, que tras alcanzar, durante 1994, la tasa de inflación más baja en 49 años, con sólo 3,9% (Clarín, 04/01/95), durante los primeros cuatro meses de 1995 se acumulará una inflación total de tan solo un 1% (Clarín, 05/05/95 y 07/05/95), llegando incluso a alcanzar, durante el mes de marzo de ese año, un índice deflacionario de -0,4%, el menor en 22 años (Clarín, 05/04/95). De este modo, frente a largas décadas de inestabilidad económica constante, con inflaciones, megainflaciones e hiperinflaciones que se alternaban con devaluaciones cíclicas y posteriores planes de estabilización, se valorizará fuertemente la importancia de tener una moneda estable en el tiempo29. En particular, prevalecerá la demanda conservadora en los sectores más desfavorecidos. Como hemos señalado, la inflación representa, en realidad, una especie de impuesto que perjudica en mayor medida a los sectores de menores ingresos, quienes tienen menor capacidad de "resguardarse" en el sector financiero y, sobre todo, quienes destinan la mayor parte de sus ingresos a la compra de productos provenientes de la canasta familiar de alimentos (Llach, 1997). El discurso de Menem no será ajeno a este particular, lo que lo llevará a señalar, en reiteradas oportunidades, la importancia crucial que tenía la estabilidad económica sobre los sectores de menores ingresos y, como expresará durante la campaña electoral, de qué modo la estabilidad garantizaba un principio básico del peronismo como es la "justicia social" (Fair, 2007). En palabras del Presidente:

Es necesario dejar claro que, pese a la existencia de asignaturas pendientes que sería hipócrita no reconocer, la estabilidad es el mayor aporte existente a la justicia social, porque en la inflación y la hiperinflación, la justicia social solo recibe heridas mortales (Discurso oficial de Menem, 01/03/95: 25).

Valiéndose de esta transformación "tangible" y concreta llevada a cabo por su Gobierno, el Presidente hará mención también, en la apertura de la 113 sesión ordinaria del Congreso de 1995, a que "hace seis años, antes de asumir como Presidente de la Nación, presenté mi propuesta (...) mi propuesta era una sola: clara, sencilla y contundente. Mi propuesta era cambiar la historia, y ese fue el mandato que me dio el pueblo argentino". En las nuevas circunstancias, según Menem, "este no es el mismo país de hace seis años (...) hemos cambiado la historia". En efecto, durante su Gobierno se había logrado terminar "con aquel país aislado por el despilfarro de lo que no había. Aquel país sin esperanza, agotado por la miseria y la irresponsabilidad. Aquel país descreído, amenazado por la sombra de la ruina y el derrumbe". Se trataba de un país "con un pueblo sin fe en sí mismo, sin fe en su trabajo, sin fe en su moneda, que ya no existía", un país "envejecido por el miedo y la desconfianza". Frente a esa situación de "decadencia" social, signado por la presencia de "un aparato elefantiásico, costoso e ineficiente, causa de corrupción", Menem había llevado a cabo una profunda "reorganización del Estado", a partir de "la privatización de las enormes empresas estatales", lo que le había permitido "la derrota de la hiperinflación y la espiral inflacionaria". En efecto, como agregará, "de guarismos de hasta el 6% diario, hemos pasado a menos de un 4% anual". Además, en contraposición a la trágica crisis acontecida durante la gestión radical, durante el gobierno menemista se había logrado "la recuperación de la moneda y el crédito, con una estabilidad que se apoya en reservas verdaderas del Banco Central" (Discurso oficial del 01/03/95: 18-21).

En segundo término, el respaldo social conservador actuará como garantía de continuidad del acceso al "plus de goce" (Lacan, 2006) hedonista de los hábitus de consumo. Debemos tener en cuenta, en ese sentido, que durante el período 1993-1994, se venderán nada menos que 3.135.000 televisores a color, 817.000 videograbadoras y videorreproductores, 221.988 teléfonos, 792.567 calefactores y estufas, 1.503.267 lavarropas y secarropas, 1.173.845 refrigeradores domésticos, 266.102 congeladores, 751.121 automóviles y 221.368 ciclomotores30. Pero más importante aún que estas prácticas de consumo en la legitimación del menemismo, es que muchos sectores sociales, tanto familias como privados, se hallaban, como dijimos, fuertemente endeudados en dólares. En ese contexto, signado por una economía dolarizada "de hecho", al punto tal de que las ventas, principalmente mediante tarjetas y cheques, se realizaban un 80% en dólares (Página 12, "Cash", 14/08/94), la continuidad de Menem en la presidencia, y por lo tanto, de la paridad cambiaria fija, les garantizaba, principalmente a los "agentes económicos", tan demandantes de estas señales políticas (Santiso, 2003), un principio de certidumbre y previsibilidad frente a los efectos negativos, estimulados por el propio Presidente, que podrían acontecer en caso de una futura devaluación de la moneda nacional, sobre sus ingresos y cuotas adeudadas.

En una entrevista realizada a pocos días de las elecciones presidenciales de 1995, Menem resumirá claramente el panorama que se presentaba:

La gente ve toda esta Argentina nueva. Porque nosotros terminamos con la Argentina de la decadencia, de la postración, de la involución, del no crecimiento. Y hay que tener en cuenta la inserción internacional y la estabilidad, que lo sabe bien el que se ha comprado sus cosas estos años. La gente sabe que mientras estemos nosotros, no hay ninguna posibilidad de cambiar todo lo que hace a la cuestión económica (...) Todos van a poder seguir pagando las cuotas como realmente se han programado. Entonces ¿a título de qué van a cambiar los argentinos? (Clarín, 10/05/95).

En tercer lugar, la reelección de Menem funcionará también como garantía de continuidad de los beneficios extraordinarios, vía valorización financiera, para los grandes empresarios, y vía beneficios discursivos compensatorios, para los sindicalistas colaboradores31. En efecto, incluso la Crisis del Tequila, no impedirá que la cúpula que aglutina a los 200 empresarios más concentrados, crezcan en aquel momento a niveles mucho mayores a los del resto de la economía en su conjunto, y ello en razón de su capacidad exportadora (Basualdo, 2006: 313). En cuanto a los sindicalistas afines al oficialismo, la reelección del Presidente les garantizaba la continuidad de sus diversos negociados vinculados al accionar del Gobierno, entre ellos el resguardo de las Obras Sociales y de su participación accionaria en las privatizaciones. En ese contexto, no llama la atención que la mayoría de los sindicalistas se apresuren a mostrar su firme respaldo a la reelección presidencial, y lo mismo harán los representantes del poder concentrado local y transnacional nucleado en el llamado Grupo de los 832.

Finalmente, si partimos de la base del discurso como constitutivo de las significaciones sociales legítimas, en algunos sectores es posible suponer que prevalecerá el deseo de continuar con el proceso de modernización económica33, que había permitido alcanzar una inserción "inédita" a la "aldea global", con su correlato, los elevados índices de crecimiento, modernización y desarrollo (Fair, 2007, 2010a). Como señalará el Presidente en su discurso de apertura del 113 período de sesiones ordinarias en el Congreso, se trataba de "un país que ha recuperado su rol en el ámbito internacional", y que, a partir de la "renegociación y el pago de la deuda externa", se había "reinsertado entre las naciones serias del mundo" (Discurso oficial del 01/03/95: 18 y 21).

En ese contexto, no debemos desdeñar, por último, la importancia ejercida por la metáfora fantasmática de la "aldea global", una metáfora del Uno social que se constituirá como una fantasía (fantasma) inconsciente que, al igual que la metáfora equivalencial del 1 a 1, funcionará como sustituto imaginario del deseo de unidad con el objeto primordial (la madre). En otras palabras, el mito de un orden sin antagonismos, simbolizado mediante metáforas despolitizadas como la "aldea global" o el "1 a 1", funcionará como una sutura que, siempre de forma imaginaria, permitirá vehiculizar fantasmaticamente la "falta" constitutiva en la comunidad, en el "Otro" (el orden simbólico) (Lacan, 1987: 222; Zizek, 1992, 2001).

En esas circunstancias de predominancia de las demandas conservadoras, potenciadas por el respaldo del establishment nacional e internacional, el Presidente intentará retener la confianza social, colocándose como el único garante de la estabilidad, el prestigio y el crecimiento económico alcanzados. En palabras de Menem: "El pueblo argentino sabe muy bien que los únicos capaces de mantener la estabilidad, el crecimiento y el prestigio del país, somos nosotros" (citado en Página 12, 14/05/95). Al mismo tiempo, prometerá hasta al hartazgo que, en caso de ser reelecto, no dudaría en mantener la paridad cambiaria: "Uno de los temas que siempre se ponen en el tapete es el que hace al signo monetario argentino. Y la pregunta es siempre la misma: ¿van a devaluar la moneda? Y la respuesta es terminante: absolutamente no (28/01/95. Citado en Canelo, 2002: 31). Según Menem, "El primer compromiso es la defensa a rajatabla de la estabilidad, de la Convertibilidad y de la paridad 1 a 1 de nuestro signo monetario (Clarín, 02/03/95). En la misma línea, dirá también, en otra oportunidad, que "Por la estabilidad y la Convertibilidad yo me juego totalmente, y nada ni nadie nos hará cambiar de rumbo" (Citado en Clarín, 04/03/95) y, que "Al menos mientras yo esté, el dólar se va a mantener" (Entrevista a Carlos Menem, Clarín, 10/05/95). En efecto, según el Presidente, "El peso y el dólar se mantendrán en una paridad 1 a 1, tal cual dice la Ley de Convertibilidad" (Clarín, 07/03/95). En ese marco, prometerá una y otra vez que "No va a haber devaluación" (Clarín, 13/03/95)

Del mismo modo, el Ministro de Economía, Domingo Cavallo, negará terminantemente que el Gobierno fuera a devaluar la moneda. Así, por ejemplo, dirá, en una entrevista, que "No hay ninguna duda de que vamos a seguir con la Convertibilidad hasta las últimas consecuencias" (Clarín, 15/01/95), e incluso llegará a plantear que, antes de devaluar, preferiría dolarizar la economía. En palabras del Ministro: "No vamos a devaluar. Y si las presiones se hacen insostenibles, dolarizaremos la economía" (Clarín, 11/01/95). Esta "política de la confianza", como la hemos denominado, ya había sido planteada pocos meses antes por el titular del Banco Central, Roque Fernández, quien en una entrevista decía que:

Si desapareciera la confianza en el plan, profundizaríamos las reformas estructurales. La respuesta a una situación crítica en el frente cambiario pasará por ese lado. Impulsaremos con más fuerza la reforma laboral, por ejemplo, antes de modificar el tipo de cambio (Página 12, "Cash", 03/04/94).

Sin embargo, la incertidumbre iniciada a partir del Efecto Tequila continuaba presente en algunos sectores. Esta incertidumbre se manifestará, como dijimos, en un masivo retiro de depósitos, con la consiguiente inestabilidad financiera. En ese contexto, en el que se producirá una fuerte caída del nivel de reservas del Banco Central34 (ADEBA, 1995), elemento clave para mantener vigente el ancla cambiaria, el Gobierno eliminará la banda cambiaria mínima de flotación establecida originariamente en 1991, fijando una equivalencia total entre el peso y la divisa estadounidense. Además, logrará acordar un nuevo préstamo monetario con el FMI y establecerá, para contribuir a mantener la confianza social, un sistema por el cual garantizará los depósitos bancarios de hasta 10.000 pesos o dólares en cajas de ahorro, cuenta corriente y plazos fijos a menos de 90 días y una garantía de 20.000 pesos o dólares para los depósitos de más de 90 días (Clarín, 15/04/95). Finalmente, frente a la posible quiebra de algunas entidades bancarias, en el marco de un proceso de creciente fuga de depósitos, firmará el decreto 445/95, en el que se establecerá la creación de un Fondo Fiduciario de Capitalización Bancaria, con el objeto de suscribir e integrar aportes de capital u otorgar préstamos a entidades financieras (convertibles o no en acciones), comprar y vender acciones de entidades financieras y, llegado el caso, adquirir activos de entidades financieras. En esas circunstancias, Menem afirmará "Yo les digo que no hay ningún tipo de problemas, que mantengan sus depósitos en los bancos, porque está todo garantizado" (Clarín, 15/04/95).

Sabemos que, en ausencia de una garantía de orden trascendental, la confianza es uno de los elementos principales que permiten garantizar estabilidad a todo orden socioeconómico. En efecto, como señala Giddens, la confianza garantiza una "seguridad ontológica" que otorga tranquilidad, y con ella, un principio de felicidad de que las cosas no van a cambiar en un futuro (Giddens, 1997). Esta "seguridad ontológica" (Giddens, 2007) se deriva, precisamente, de su función de sutura de la falta constitutiva del orden social35. Como lo ha destacado Stavrakakis (2008), a partir de los aportes de Lacan, este "agujero" en toda estructura genera el deseo de ser "llenada", y es precisamente el orden significante, el que permite constituir la sensación imaginaria de que la falta constitutiva no existe.

En el caso de los grandes empresarios, la estabilidad macroeconómica y su marco legal que lo acompañaba, les garantizaba lo que se denomina corrientemente como "seguridad jurídica", permitiendo a los agentes del mercado una suerte de certeza ontológica acerca del futuro de sus inversiones. La garantía de mantenimiento de la "promesa de plenitud" (Laclau, 2005b: 28) por parte del Gobierno, con la consiguiente "certeza tranquilizadora" (Derrida, 1989: 384) de que ese orden se mantendría estable en el tiempo sin sufrir modificaciones arbitrarias, resultará, en ese sentido, crucial para mantener el apoyo social de los diversos sectores sociales integrantes de la hegemonía menemista, en particular de los grandes empresarios, que requieren de estas "certezas" para tomar sus decisiones cotidianas. Esta renovación de la confianza social se expresará en un retorno parcial de los depósitos oficiales que, si bien no alcanzará los índices de diciembre de 1994, se incrementará de 5.990,3 millones en marzo de 1995, a 6.691,7 dos meses después, mientras que los depósitos totales lo harán de 39.716,7, a 40.014,7 millones, en el mismo período (Síntesis informativa, 1995).

En ese contexto, podemos decir que la crisis del Tequila, lejos de debilitar al discurso menemista, terminaría fortaleciéndolo. En efecto, por un lado, mostró, a partir del derumbe de la moneda mexicana, los efectos "catastróficos", rememoró el retorno al caos económico y social, que podía ocurrir si se producía una devaluación de la moneda local. Por el otro, reforzó la legitimidad social del Plan, al poner en evidencia que la crisis mexicana no había afectado mayormente a la economía nacional como en aquel país. En pocas palabras, el Tequila mostró la fortaleza del Plan de Convertibilidad, al tiempo que expuso los efectos negativos que podría tener una salida del mismo. En ese contexto, el Presidente afirmará:

La crisis de confianza desatada en otras latitudes, que amagó con extenderse a otras economías, ha servido para demostrar que la estabilidad argentina tiene peso propio. En ningún momento estuvo en riesgo el mantenimiento de la paridad un peso igual a un dólar (...) Los inversores podrán comprobar que el modelo es sólido y, en consecuencia, se forjará, entonces, una confianza consolidada y duradera (29/01/95. Citado en Canelo, 2002: 31).

En la misma línea argumentativa, Cavallo expresará en una entrevista que la resistencia económica del país frente al Tequila, mostraba que "este plan de Convertibilidad es un reaseguro de robustez". En efecto, la crisis "nos beneficia, porque habremos pasado una prueba dura y habremos demostrado gran solidez". Así, según el Ministro, "Los que tenían desconfianza en la capacidad del sistema de Convertibilidad para resistir este tipo de shocks, ya no tienen dudas" (Clarín, 15/01/95). Al mismo tiempo, el Ministro afirmará, en consonancia con los operadores financieros, que un posible ballotage traería "más incertidumbre", ya que potenciaría el "riesgo de que todo lo logrado en estos años se eche por la borda" (citado en Palermo y Novaro, 1996: 456).

Vimos anteriormente el inevitable afecto catexial que la función de investimiento de todo objeto parcial instituye (Laclau, 2005a, 2008), un investimiento catexial que, a diferencia de lo que sostienen algunas visiones freudianas, trasciende la idealización directa de la figura del líder, en tanto ideal del yo, para generar una identificación indirecta con el agente a través de un rasgo general del objeto. En efecto, como señala Laclau, el líder está investido del objeto que da unidad, el objeto a, y de allí que obtenga afecto (Laclau, 2005a: 95 y ss.). Como vimos en los capítulos anteriores, será precisamente el 1 a 1, en tanto "significante unario" (Lacan, 1987: 226), el elemento clave que, en conjunción directa con la amplia cadena de significados asociados, permita suturar la falta de unidad y estabilidad social en el seno de la comunidad. Teniendo en cuenta la función suturante generada a partir del éxito del Régimen de Convertibilidad y la inevitable ligazón catexial con el agente que hace posible su existencia, y el "retorno a su fuente" de todo deseo pulsional (Dor, 1997: 163), podemos decir, entonces, que se producirá una fuerte identificación con Menem, agente garante del mismo (Fair, 2007, 2010a).

Ahora bien, vimos también, con anterioridad, que el significante Convertibilidad excederá su función de constitución del lazo social, al garantizar el acceso a un plus de goce pulsional a través del consumo masivo y la acumulación económica. ¿Cómo se estructurará, en este caso, la identificación con el líder? Para ello, resulta pertinente regresar nuevamente a Lacan. Como es sabido, el célebre psicoanalista francés decía que el deseo pulsional nunca logra satisfacerse del todo, ya que siempre "retorna a su fuente". En otras palabras, lo que señala Lacan, a diferencia de Freud, es que el deseo pulsional no puede ser satisfecho del todo. Por el contrario, lo único que consigue es un retorno indefinido a un nivel de no-deseo provisorio, que hará surgir nuevamente el deseo pulsional a ser satisfecho (Lacan, 1987: 168-193). En esas circunstancias, afirma Lacan, la repetición pulsional queda constituida mediante una "huella mnémica", esto es, una experiencia de goce pulsional ligada a un rasgo del objeto que se rememora en cada pulsión (Dor, 1997; Braunstein, 2006). Ahora bien, según Lacan, y en este punto retoma a Freud, la huella mnémica genera un "adhesión conservadora" al objeto de satisfacción, al que no se quiere renunciar jamás. Se constituye, entonces, en una adhesión conservadora que no desea desligarse del objeto, en tanto es la fuente de acceso a la experiencia de satisfacción.

Si tenemos en cuenta que las prácticas de consumo masivas del 1 a 1 funcionarán como un plus de goce pulsional, podemos decir, entonces, que la memoria de la experiencia del goce pulsional, ligada tanto al goce fantasmático del Uno, como al plus de goce del consumo, generarán una "huella mnémica" que producirá una adhesión conservadora en torno al objeto causa de la satisfacción. Así, la evocación de la "satisfacción mnémica", ligada al Plan de Convertibilidad, y la consecuente "angustia" generada por la posible pérdida del objeto causa del deseo, llevará a que, del mismo modo que el niño confunde el "objeto representado" de la satisfacción pasada (el pecho de la madre), con el "objeto real" que brinda la satisfacción presente (la madre) (Dor, 1997: 159-167), se produzca una ligazón catexial en torno al Presidente36. En esas circunstancias, podemos decir, entonces, que Menem, investido libidinalmente del objeto que "llena" la falta estructural y garantiza, a su vez, el plus de goce pulsional, se investirá catexialmente de la función del 1 a 1 como "objeto causa del deseo que encarna el goce" (Zizek, 1992, 1993: 262). En otras palabras, el discurso de Menem logrará una adhesión conservadora de gran parte de la sociedad, en razón de su función gozosa de sutura del orden social y su plus de goce derivado de la Convertibilidad, como equivalente general de la estabilidad monetaria, y a los mandatos superyoicos ligados al consumo popular y el acceso a la máxima acumulación posible de capital37.

5. A modo de conclusión

En el transcurso de este trabajo nos propusimos investigar el proceso de reconfiguración de la hegemonía menemista durante el período comprendido entre la Crisis del Tequila, de diciembre de 1994, y las elecciones presidenciales, realizadas en mayo del año siguiente. Aunque se ha trabajado ampliamente, desde diversos enfoques y perspectivas teóricas, el proceso de construcción de la hegemonía menemista, curiosamente, se ha ignorado, en los trabajos especializados, los posibles cambios y redefiniciones temporales en la construcción identitaria del menemismo y en las propias demandas sociales ciudadanas. Colocando el eje en esta cuestión, partiendo desde un marco teórico y metodológico basado en la teoría postmarxista de la hegemonía de Ernesto Laclau y algunos aportes complementarios del psicoanálisis lacaniano y la teoría de la ideología, en la presente investigación destacamos de qué modo, a partir de la crisis mexicana, el discurso hegemónico del menemismo mutó parcialmente su identidad. Este discurso se había constituido en 1989 a partir de una formación hegemónica que se oponía al caos económico y social del período alfonsinista. Al mismo tiempo, planteaba una marcada alteridad en relación a las políticas benefactoras del primer peronismo, asociadas al pasado de "estatismo" que ahora debía superarse con la Reforma del Estado y la aplicación de las políticas pro-mercado. A partir del éxito del llamado Plan de Convertibilidad, en abril de 1991, este proceso de construcción de la hegemonía menemista logró articularse y consolidarse, cuestión que se puso de manifiesto en los sucesivos triunfos en las elecciones legislativas de septiembre de 1991 y octubre de 1993, y en la exitosa modificación de la Constitución Nacional de abril de 1994, lo que permitió abrir el camino para la reelección de Menem al año siguiente. Sin embargo, con la emergencia del llamado Efecto Tequila, en diciembre de 1994, el orden discursivo en torno al modelo socioeconómico y sus múltiples significantes asociados (estabilidad, paz social, orden, progreso, modernización, crecimiento, desarrollo, consumo popular), ingresó en una etapa de crisis. Esta crisis se expresó en desequilibrios económicos que impactaron sobre la situación social, incrementando la incertidumbre sobre el éxito del modelo de Convertibilidad y sus beneficios discursivos vinculados, todo lo cual se manifestó en un retiro masivo de los depósitos de los bancos y en una incipiente depresión económica que acrecentó la incertidumbre y la angustia social sobre el futuro. No obstante, destacamos que, lejos de desarticular la hegemonía menemista, la dislocación producida por la crisis económica internacional, terminó por potenciar la estructuración de la hegemonía en torno al Régimen socioeconómico y su pilar, la paridad cambiaria fija. Para entender esta cuestión, dejando de lado otros elementos igualmente importantes que hemos estudiado con más detalle en otro lugar (Fair, 2007, 2009), como la desarticulación inter e intrapartidaria de la oposición y las estrategias discursivas hegemónicas tendientes a disciplinar a la sociedad, examinamos en este trabajo lo que consideramos debía ser definido como un cambio temporal en las demandas sociales. Tomando en este punto los aportes de Claudia Hilb, sostuvimos que, a partir del éxito del 1 a 1, desde mediados de 1991 en adelante, se había producido una transformación cualitativa en las principales demandas colectivas. Si hasta entonces existía un temor generalizado hacia el caos que podía significar el retorno de la hiperinflación y los saqueos del período 1989-1991, con la estabilización económica y social generada por el sistema de Convertibilidad, y su expansión del crédito barato y el endeudamiento masivo de amplios sectores de la comunidad, las demandas sociales se reformularon para defender los beneficios discursivos, y específicamente socioeconómicos, vinculados al modelo hegemónico. Estos beneficios, cuya significación sólo puede ser comprendida en el marco de un discurso particular de legitimación que le otorgaba un sentido social coherente en su contexto de aplicación, se hallaban vinculados al logro inédito de la estabilidad económica y la recuperación de una moneda fuerte, la expansión del llamado consumo popular y la visión subyacente acerca de un nuevo orden global en el que la Argentina se insertaba como un "País Potencia", recuperando su lugar de privilegio en la Historia, cuestión materializada en los innegables índices de crecimiento y modernización tecnológica del país. En ese contexto, acompañado por el disciplinamiento social generado por la hiperinflación y por el desempleo, así como por la visión acerca de una ausencia de alternativas válidas al nuevo modelo de país tras el fracaso del "estatismo" del ´45, la "socialdemocracia" alfonsinista y el comunismo internacional, a comienzos de 1995 las principales demandas sociales giraban en torno al deseo conservador de permanencia del Régimen socioeconómico. Incorporando algunas nociones de la teoría psicoanalítica en su vertiente lacaniana, destacamos, en ese sentido, que el modelo de Convertibilidad podía ser asimilado a un objeto parcial que fue investido de un goce colectivo, lo que permitió generar una adhesividad catexial conservadora destinada a lo que los psicoanalistas denominan la "compulsión de repetición" del objeto. Concluimos, entonces, en un contexto de crisis de hegemonía, en el que la promesa de mantenimiento del orden socioeconómico y político ya conseguido mostraba su aparente fortaleza -cuestión potenciada por el respaldo financiero y discursivo de los organismos multilaterales de crédito y los núcleos del establishment, y materializada en el retorno parcial de los depósitos bancarios- que una parte considerable del apabullante triunfo de Carlos Menem en las elecciones presidenciales del ´95, debe hallarse en el cambio en las demandas sociales que ya se había iniciado unos años antes, y se profundizaría desde entonces. Este proceso de reformulación hegemónica, potenciado exponencialmente frente al peligro inminente de perder la pluralidad de beneficios discursivos adosados al nuevo modelo de acumulación (léase, el peligro inminente de una devaluación monetaria para cientos de miles de pequeños ahorristas endeudados o grandes empresarios con deudas multimillonarias en dólares, a lo que debemos sumar el peligro, no del todo disipado, al caos hiperinflacionario), coadyuvará a generar una adhesividad, predominantemente conservadora, que se articulará socialmente en torno al discurso menemista, es decir, hacia aquel liderazgo que se presentaba como el continuador del modelo hegemónico, cuyos valorados beneficios obtenidos se temía perder. Así, con la promesa de mantenimiento del orden vigente, y la ausencia de una oposición política que planteara una hegemonía alternativa, incluso dentro de su partido, Menem logrará completar su primer mandato sin tener que lidiar con una fuerte oposición política y con un consenso relativo bastante considerado. En esas circunstancias, la fórmula presidencial del PJ, conformada por la dupla Carlos Menem-Carlos Ruckauf, no tendrá dificultades en ser reelecta cómodamente, con el 49,89% de los votos, en las elecciones presidenciales realizadas el 14 de mayo de 1995.

Notas

3 Elaboración propia en base a datos de Gambina y Campione (2002: 280).

4 Datos extraídos de INDEC (1998: 470) y www.indec.gov.ar

5 Elaboración propia en base a datos de INDEC (1998: 515-517) y Gambina y Campione (2002: 291).

6 Esta relación directa entre la fuga de capitales y el proceso de endeudamiento externo se pondrá en evidencia en el hecho de que por cada dólar fugado, habrá prácticamente un dólar equivalente de endeudamiento externo. Para un análisis detallado del particular, véanse los trabajos de Basualdo (2000, 2006); Basualdo y Kulfas (2000); Kulfas (2001); Lozano y Schorr (2001); Schvarzer (2003).

7 El 21 de diciembre de 1994, acosado por el incremento de la tasa de interés norteamericana, la creciente déficit en la balanza de pagos y sus problemas políticos internos (asesinato del candidato presidencial Colosio), se produjo una fuga de capitales especulativos que obligó a México a devaluar su moneda en un 15%, alcanzando un 38,5% en sólo tres días y 50% en tres semanas (Clarín, 03/01/95). En ese contexto, muchos empresarios temerán igual destino para nuestro país en razón de la volatilidad de los capitales especulativos. Los conflictos internos entre Menem y su Ministro de Economía Domingo Cavallo atentaban, al mismo tiempo, contra la "seguridad jurídica" (Canelo, 2002: 30-31).

8 Si bien la tasa de desempleo crecerá entre 1991 y 1994 un 26,7%, y el subempleo un 9,6%, además de incrementarse en un 5,3% la indigencia, la pobreza se reducirá en un 4% y el salario real crecerá un 1,2%, alcanzando un 2,5% en el sector industrial, durante el mismo período (véase Basualdo, 2006: 316 y 319). Por otra parte, durante todo el año 1993, el impuesto inflacionario será de tan sólo un 7,4%, lo que representará la tasa más baja en 39 años (La Nación, 06/01/94), mientras que en 1994 será aún menor, alcanzando una suma total de tan sólo 3,9% (INDEC, 1998: 17). Finalmente, cabe mencionar que, según datos oficiales de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), la diferencia en el ingreso per capita familiar entre el quintil más bajo y el más alto se redujo en el Gran Buenos Aires de 12,07 (veces) en mayo de 1991 a 11,16 en mayo de 1994 (MECON, 2005: 18).

9 Datos extraídos de www.indec.gov.ar.

10 Datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) extraídos de www.indec.gov.ar y de Indicadores de la Situación Social (1998: 19).

11 La categoría de significante vacío de Laclau hace hincapié en la importancia que adquieren palabras clave que simbolizan y evocan todo un conjunto de significaciones asociadas, permitiendo, a su vez, la articulación del espacio social comunitario (véase Laclau, 1996b, 2005a).

12 Cabe destacar aquí que la equivalencia 1 a 1 entre ambas monedas fue establecida recién a partir del 1 de enero de 1992, momento en el que se creó la nueva moneda, el Peso, en reemplazo del Austral. A partir de allí, se estableció, por la vía legal, una paridad cambiaria de 1 peso igual a 1 dólar. De allí, que la Convertibilidad se popularizara corrientemente como "el 1 a 1".

13 Si bien utilizamos estas categorías althusserianas, ello no implica que adhiramos a su concepción acerca de la ideología como una representación "deformante", en el sentido de imaginaria o falsa, que se "oculta" tras una realidad social objetiva o científica (véase Althusser, 1988). Para una crítica en esta dirección, véanse De Ípola (1983, particularmente, el capítulo 1), Zizek (1992, 2003a, 2003b) y Laclau (1996a).

14 Si bien es cierto que en Lacan lo Real no puede simbolizarse, sí puede hacerlo cuando es estructurado bajo la forma de un síntoma significante que lo anuda de modo coherente al orden simbólico para formar un conjunto articulado por su eje (Nudo Borromeo).

15 Tanto algunos trabajos de Zizek, como el primer Laclau, parecen confundir la significación de lo Real lacaniano con el de antagonismo. Así, Zizek señala que esta "falla" que emerge es, entonces, sinónimo del antagonismo, y representa al objeto excluido que vuelve como lo Real, en el sentido lacaniano del término (pp. 36-37; cfr. también Zizek, 1992: 76 y ss., 1993: 257-259 y 2003b: 262). Laclau, en la misma línea, señala que lo Real lacaniano está siempre penetrado por su negatividad, esto es, por el antagonismo (Laclau 1993: 221 y 2005a: 172). En palabras de Laclau, lo Real es tanto una lógica hegemónica que funciona como "sutura" del espacio social, como la imposibilidad de suturarse de manera total, ya que cuenta siempre con un antagonismo que emerge, evitando el cierre del orden simbólico (Laclau, 2003: 78 y 2005a: 78, 177 y 191). No obstante, desde la perspectiva de Lacan, lo Real no equivale al antagonismo. Ello sólo es posible, como se retracta el último Laclau, en un momento posterior, simbolizado bajo la forma de síntomas, y es allí, a partir de la falla en la estructura, cuando es posible que aparezca el componente político del antagonismo (véase Laclau, 2005a).

16 Zizek, en la misma línea, señala que lo Real es "una falla en la simbolización, pero al mismo tiempo, nunca dado en su positividad, sólo es posible construirlo con posterioridad a partir de sus efectos estructurales. Toda su eficacia reside en las deformaciones que produce en el universo simbólico del sujeto" (Zizek, 1992: 221; véanse también pp. 212-214 y 220-224). No obstante, si bien coincidimos con esta frase, creemos, sin embargo, que la categoría laclauciana "efectos desestructurantes", resulta más adecuada que la de "efectos estructurales", en razón, justamente, de su función "deformadora" de la realidad. En todo caso, podemos decir que los efectos estructurales generan efectos desestructurantes en la realidad sedimentada.

17 De este modo, tanto el comunismo, como el neoliberalismo, pueden ser entendidos como ideologías. En efecto, el viejo sueño de la sociedad "reconciliada consigo misma", no es más que una utopía que incluyó desde el comunismo y el fascismo, hasta el neoliberalismo (al respecto, véase Laclau y Mouffe, 1987: 134; Laclau, 1996b: 94, 2003: 149, 2005a: 177-186 y 208 y 2005b: 45). Sin embargo, el conflicto y los antagonismos no pueden ser erradicados de la sociedad, ya que son inherentes a la misma. Este tema ha sido expresado, de distinto modo, por cada uno de los autores post-estructuralistas (en sentido amplio) a los que nos hemos referido en este trabajo. Desde una perspectiva diferente, también se hace presente en diversos enfoques teóricos que incluyen a autores tan diversos como Hannah Arendt y Karl Schmitt. Sobre el particular, véase Barros (2000).

18 Cabe hacer mención aquí a que, al menos en algunos trabajos, Zizek piensa en aquel antagonismo como la "lucha de clases", sin resolver del todo su herencia marxista de esencialismo económico en última instancia. Para un interesante análisis que sigue esta lógica para abordar el caso argentino en los ´90, véase Bonnet (2008).

19 Basándose en Lacan, Zizek sostiene que toda ideología posee una "exterioridad interna", constituida por el orden simbólico o discursivo, y una "exterioridad externa", que representa los rituales y prácticas sociales que materializan esa ideología. A su vez, señala que la realidad social "extratextual" se divide en un "exterior institucional", que sigue nuevamente a Althusser (1988), y una ideología "extrainstitucional" que emerge, a diferencia del anterior, "desde abajo" y de manera espontánea (Zizek, 2003a: 17-22 y 27). En la misma línea, Foucault confunde también la existencia de una realidad "extradiscursiva" que podría diferenciarse de la realidad "discursiva". Desde la perspectiva laclausiana, por el contrario, no existe una realidad o una práctica que pueda constituirse de manera "extratextual", es decir, por fuera del lenguaje como tal (al respecto, véanse Laclau y Mouffe, 1987; Laclau, 2005a). En efecto, tanto las prácticas, como los discursos, se estructuran dentro de un mismo orden discursivo (véase también Laclau, 1993). Si bien con algunas diferencias teóricas, como exponentes principales de esta visión debemos situar también a Lacan, para quien el discurso (orden significante) determina a los sujetos, y a Derrida, quien señala que no hay un afuera del lenguaje.

20 Si por un lado, la tasa de desocupación alcanzaría en mayo el récord de 18,5%, por el otro, debemos tener en cuenta que el Presidente se encontraba enredado en medio de un escándalo por una supuesta venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador, denunciada dos meses antes (Clarín, 08/03/95 y ss.).

21 En este trabajo dejaremos de lado otras cuestiones igualmente importantes para explicar el apoyo político al menemismo, como la ausencia de hegemonías alternativas, producto en parte de las profundas divisiones inter e intrapartidarias en el seno de la oposición partidaria, potenciadas por el llamado Pacto de Olivos, de diciembre de 1993, así como la relevancia de factores coyunturales y estructurales signados por la visión "imposibilista" de la realidad y la ausencia de visiones críticas de la "democracia liberal", y la reestructuración social generada por la aplicación del neoliberalismo. Al respecto, véase Fair (2007, 2009).

22 Recordemos que, según la visión de Hobbes, el miedo a que regrese el Estado de Naturaleza de "guerra de todos contra todos", es lo que fortalece y legitima al Leviatán (Hobbes, 2005).

23 En efecto, como expresará Menem en las Jornadas de ABRA de 1993, "Pensar en la hiperinflación, en la perdida absoluta del valor de la moneda, en la incertidumbre y en la zozobra personal y empresarial, es pensar en un pasado no demasiado lejano para que lo podamos olvidar, o para que lo podamos recordar sin bajar la guardia" (ABRA, 1994: 48).

24 Los propios consultores de opinión pública del período destacan que, ya desde las elecciones legislativas de 1991, y en particular a partir de 1995, las demandas sociales eran predominantemente conservadoras. Al respecto, véase Fair (2007).

25 Ello no implica que el miedo a que se produjese una "espiral inflacionaria" de incalculables consecuencias hubiere desaparecido. El propio Cavallo fomentara esta visión al afirmar que "nadie que piense de manera razonable puede considerar que sea necesario devaluar" (Página 12, 13/05/95). Y ello en razón de que "una devaluación generaría un drástico recorte de ingresos de la gente, desataría expectativas inflacionarias y una recesión muy severa" (Clarín, 10/05/95). Del mismo modo, Eduardo Duhalde afirmará que "nosotros no instalamos el miedo, pero en un país que tuvo un 5.000 por ciento de inflación, el miedo no es zonzo" (Página 12, 10/05/95).

26 Desde fines de febrero, las tasas pasivas para depósitos a plazo fijo se elevaron en promedio desde el 10% anual a un 20% a fines de marzo, pasando por un pico de 25%, el día 10 de ese mes. Para los mismos depósitos, pero en dólares, el incremento fue desde el 6% anual, al 11%. Las tasas activas por préstamos a empresas de primera línea a 30 días, pasaron del 12% anual, al 28% para operaciones en pesos. Los mismos préstamos en dólares, presentaron un aumento desde el 9% anual, al 20%. Finalmente, el spread bancario (diferencia entre tasas activas a empresas de primera línea y pasivas a plazo fijo, ambas a 30 días) se elevó de 1,6% anual a 6,7% en pesos y del 3 al 9% en dólares. El rasgo distintivo, de todos modos, es que desapareció del mercado todo financiamiento adicional al existente a fines de 1994 y las entidades procuraron recuperar los préstamos ya realizados, registrándose, en marzo de 1995, una fuerte contracción nominal del crédito (MEyOSP, 2001).

27 En una prueba elocuente del miedo que generaba una posible devaluación monetaria, en el mes anterior a las elecciones presidenciales, los depósitos bancarios se habían reducido en 626,6 millones de dólares, mientras que en la primera jornada hábil tras la reelección de Menem, los plazos fijos en pesos y en dólares aumentarán en nada menos que 300 millones de dólares (Página 12, 19/05/95).

28 Sobre el particular, véase Álvarez (2006: 131).

29 En ese sentido, encuestas realizadas a finales de diciembre de 2004, en plena crisis del Tequila, muestran que la demanda de mantenimiento de la estabilidad superará al problema de la desocupación por 44,8% contra 26,8% (citado en Palermo y Novaro, 1996: 447).

30 Elaboración propia en base a datos de INDEC (1998).

31 Nos referimos a ciertas compensaciones hacia los dirigentes y bases sindicales (que nosotros denominamos compensaciones discursivas, en tanto sólo adquieren sentido legítimo inmersas en un discurso determinado), que contribuyeron a mantener, e incluso ampliar, el respaldo de este actor al menemismo. Al respecto, puede consultarse, desde otra corriente, el trabajo de Murillo (2008).

32 En este sentido, las principales confederaciones empresariales (UIA, CAI, CGE y CGI) expresarán su apoyo al Presidente (Clarín, 12/05/95 y 15/05/95). Además, Menem recibirá el respaldo de Francisco Macri, para garantizar "un período más de estabilidad" y porque "no es el momento todavía del cambio" y también del presidente de Philip Morris, Jorge Vives, para quien "la inversión extranjera de corto plazo busca reglas de juego claras, no la incertidumbre de un cambio potencial". Las demandas conservadoras se expresarán también en el apoyo del presidente del CAME, Osvaldo Cornide, para quien "el cambio que quiere la gente es para profundizar esta política", y de Eduardo Constantini, quien afirmará que "a los ojos de los inversores y de los mercados, es preferible que no haya cambios" (Página 12, 10/05/95). Finalmente, llegará el importante respaldo de los organismos multilaterales (Clarín, 11/05/95). Una vez electo, Menem recibirá el respaldo del sector petrolero, fabricación de automotores, del titular de Telefónica y del presidente de la UIA, además de los grandes inversores de Wall Street (Página 12, 16/05/95).

33 Así, por ejemplo, una solicitada de la denominada "Unión Ciudadana Independiente", expresará su apoyo a la "continuidad" del "proceso fundador de la Argentina moderna" (La Nación, 08/05/95).

34 Entre el 23 de diciembre de 1994 y el 31 de marzo de 1995, el Banco Central perdió reservas internacionales por un total de U$S 5.596 millones, mientras que la caída en los pasivos monetarios fue inferior al de las reservas ($ 4.255 millones). Esto implicó una disminución en las reservas excedentes del BCRA de más de U$S 1.300 millones. A su vez, si bien se mantuvieron las relaciones básicas establecidas en la Ley de Convertibilidad, se verificó un deterioro en la calidad de las reservas, aumentando la participación de los títulos públicos en los activos externos (MEyOSP, 2001).

35 Cabe destacar que aquí retomamos pragmáticamente algunas nociones de la teoría social de Giddens, conscientes, por ejemplo, de su visión a favor de una psicología del yo que resulta poco compatible con la perspectiva psicoanalítica lacaniana.

36 Si tenemos en cuenta este "eterno retorno" pulsional a su fuente, podemos decir también que la memoria de la experiencia de goce pulsional, permite explicar, en parte, por qué Menem fue reelecto en primer lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 2003.

37 La importancia de la estabilidad económica, y particularmente del "hiperconsumo" ("voto cuota" o "voto licuadora"), como factor de legitimación del liderazgo menemista durante las elecciones de 1995, ha sido confirmada por diversos consultores especializados. Así, Roberto Bacman sostiene que se votó "racionalmente" por el "voto cuota", "muchos de ellos endeudados", mientras que Mora y Araujo sostiene que se "apoyó al Plan" (Clarín, 17/05/95). Carlos Fara, por su parte, señala, a partir de diversas entrevistas cualitativas, que se votó porque "si bien hay desocupación, al menos hay estabilidad de precios" (Clarín, 18/05/95). Varios analistas políticos, tanto nacionales como internacionales, sostienen, en la misma línea, que se votó por la "continuidad" basada en la estabilidad y el "voto cuota" (La Nación; 15/05/95; Página 12, 16/05/95). La importancia de estos factores ha sido comprobada, además, mediante una serie de entrevistas etnográficas realizadas por Isla, Lacarrieu y Selby (1997: 59-70 y 186-196). Estos autores se refieren, a su vez, a la relevancia del factor "afectivo", lo que se complementa en nuestro análisis con el afecto catexial que generará el Presidente.

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Recibido: 10-12-10
Aprobado definitivamente: 8.4.11