SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número16Pacto étnico, rebelión y modernidad en el siglo XVIIIGuillermo Madrazo: "no se puede perder de vista la explotación" índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Bookmark


Andes

versión On-line ISSN 1668-8090

Andes  n.16 Salta ene./dic. 2005

 

Apuntes y recuerdos de antropología y arqueología olavarrienses.1

Guillermo Madrazo

A las ciudades de Olavarría y de Mar del Plata. A los amigos olavarrienses de aquellos años, que pusieron tanto empeño en el quehacer cultural y científico y, en especial, a los que ya no están, los recordados Mario Ruiz, Américo Arce Torres y José Mogavero.

Reitero mi agradecimiento a los organizadores de este Congreso por su invitación tan deferente y por las atenciones recibidas.
Comienzo estas palabras con el recuerdo querido de un florecimiento, cuando en mi condición de alumno de la carrera de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA vi surgir en esa Universidad y luego en otras las nuevas carreras sociales, a fines de los cincuenta. La Licenciatura en Ciencias Antropológicas fue una de las primeras, con su centro en el Museo Etnográfico dependiente de la Facultad. Allí trabajé bajo la dirección del Dr. Ciro Lafon. Fue un período muy rico. Existía en esa época, especialmente entre el alumnado, mucha más discusión teórica (y política) de lo que se refleja en la bibliografía, y creo que esa falta de publicaciones se debía a varias causas: en primer lugar, todo lo nuevo requería un período de asimilación y maduración y, además, solía haber bastante distancia entre lo que se debatía en forma espontánea y lo que se enseñaba desde las cátedras. Había, por fin, pocas revistas especializadas y pocas oportunidades para los primeros egresados. Sea como fuere, en antropología social y cultural pesó mucho el pensamiento francés junto con el norteamericano. Es imposible describir en pocas palabras aquel momento tan complejo de teorización, politización y preocupación por los problemas generados por la desigualdad, la dominación, el colonialismo; aquel interés genuino por los sectores postergados del medio rural y urbano. Hace muy poco Eduardo Menéndez trató el tema en profundidad en esta misma Universidad, en el Congreso de antropología social, así que me remito a su excelente exposición.
Se discutía mucho el estructuralismo, Levy-Strauss, Godelier. Los estudios de desarrollos comparados que lideraba Julián Steward. Enfrentado a esto había fuertes planteos irracionalistas y permanecía la corriente histórico cultural, con un peso muy fuerte en etnología y arqueología.
En arqueología había un prehistoriador que era una autoridad para nuestro medio en aquel momento. Me refiero a Menghin, llegado desde Alemania con la migración de postguerra. Junto a él, Bormida. Desde su cátedra, Lafon, con un excelente seminario de arqueología pampeana. Dos nombres que surgían eran los de Antonio Austral y Luis Orquera. Yo estaba adelantado en mi Carrera de Historia y permanecí en ella. Egresados y alumnos teníamos buena información y actualización en la teoría, métodos y técnicas del trabajo de campo y de gabinete. Esto último era general, por encima de diferencias de orientación. Creo que todos leíamos mucho de lo que se publicaba en American Anthropologist, en American Antiquity y otros lugares, y estábamos suscritos en lo personal al Current Anthropology, etc., así que seguíamos de cerca las discusiones.
Esta actividad sufrió un corte con el golpe de Onganía y después con el Proceso. Lo menciono rápidamente. 1966 significó el avasallamiento de la autonomía universitaria, la intervención de la universidad y las renuncias masivas de docentes, especialmente en la UBA. Diez años después se produjo el nuevo golpe y la actividad académica se paralizó más aún, porque todo fue peligroso, hasta lo más inocente. Cito el caso de la dispersión de los antropólogos que estuvieron vinculados al Museo e Instituto en Olavarría y que trabajaron en su mayor parte en el sitio de La Moderna. De aquel grupo inicial, casi todos sufrieron en distintos momentos las consecuencias de la situación. Floreal Palanca tuvo que abandonar el pais. Hijo de un combatiente español emigrado a la Argentina al caer la República, él hizo el camino inverso y se exilió en España, donde vive actualmente. Leonardo Daino perdió su empleo y derivó hacia antropología de la salud. Edgardo Benbassat y Delia Irusta se fueron al sur. Liliana Gau y Aldo Pankonin que colaboraban siendo todavía estudiantes en la Universidad de La Plata, sufrieron el drama terrible de la desaparición de algunos de sus familiares más queridos. Eran y son excelentes y su alejamiento constituyó una sensible pérdida. Afortunadamente Gustavo Politis, que entonces era el más joven del grupo, pudo completar luego con todo éxito la investigación en La Moderna.
Bien, dejo está rápida referencia que es también un homenaje y retorno a 1966 y a los dos o tres años que precedieron al golpe de Onganía. Mi propio alejamiento de la Facultad de Filosofía y Letras se produjo cuando ya había iniciado mi tarea en Olavarría. En mi caso hubo bastante compensación, porque mi nueva inserción me permitió no sólo investigar, sino también trabajar con la comunidad. En ese sentido encontré en ese ámbito municipal una disposición muy favorable y receptiva, justo en el momento en que se concretaba allí el proyecto de crear un museo sobre la base de las colecciones dejadas por el artista orfebre Dámaso Arce. Con ese motivo miembros del área de Cultura se habían conectado con el Museo Etnográfico, que dirigía Palavecino, quien me presentó a mí durante el gobierno de Illia para fallecer, lamentablemente, poco después del golpe. Ambos planeamos aquella primera mesa de discusión olavarriense sobre Problemas y Métodos de la Antropología Argentina. En Olavarría me vi rodeado de amigos estupendos que no puedo mencionar porque son muchos. Tuve el respaldo de una Comisión de Museos excelente y así empecé un trabajo casi artesanal con un colaborador excepcional, D. José Mogavero, y un carpintero. Di unos cursos iniciales con muchos inscriptos del tipo: "Qué es la antropología". Se generó un grupo de trabajo. Bastante más tarde obtuvimos contratos por un plan provincial y llegamos a incorporar antropólogos recién agresados que eran a la vez amigos inestimables. De a poco hubo una distribución de tareas. El apoyo municipal me permitió sacar continuadamente nuestras tres series de publicaciones: Etnía, proyectada en colaboración con Palavecino que alcanzó a dirigir el primer número; Actualidad Antropológica y Monografías. Anexo al Museo creé el Instituto de Investigaciones Antropológicas que ahora dirige el Lic. Hugo Ratier. El 26 de noviembre se cumplieron 31 años de su inauguración. Todo esto constituyó un antecedente importante para la creación de la Licenciatura de Antropología en Olavarría, hecho que fue posterior a mi gestión.

Resumo: hacíamos cursos, preparábamos muestras itinerantes con vitrinas portátiles que iban en camioneta por los pueblos vecinos gracias a la buena voluntad del amigo y técnico en museos Enrique Saisí que las llevaba y traía. Recibíamos siempre visitas de escuelas. Mediante el canje bibliográfico logramos reunir una biblioteca especializada muy importante y se hicieron muchas otras cosas, mesas redondas, charlas, cursillos.
Teníamos grandes limitaciones de recursos. Se iniciaba la utilización del Carbono 14 y en nuestra serie Monografías, por sugerencia de Alberto Rex González se publicó en 1968 el primer trabajo científico en el pais dedicado al tema (fue la traducción de un trabajo de Polach y Golson realizada por Bernard Dougherty), pero yo no pude disponer de dinero para obtener mis propios fechados. Era difícil desde un medio municipal, a pesar del apoyo constante.
Aspirábamos a un trabajo de tipo multi o interdisciplinario que no pudimos lograr, pero ante situaciones que requerían la presencia en el campo de otros especialistas, siempre obtuvimos esa participación. Eso era algo que no ocurría desde la época de Ameghino, aunque entonces eso se daba de otra manera, más espontánea. En nuestro caso fue de la mayor importancia la participación de especialistas como Mario Teruggi, Andrés Fidalgo, Eduardo Tonni, Jorge Zetti, y Gustavo Moscatelli, geólogo de INTA. Ocasionalmente hubo otras opiniones sobre aspectos puntuales, especialmente acerca de la historia geológica de las lagunas y de los cursos de agua.
Avanzando en esta síntesis, voy a lo que se hizo en arqueología pampeana desde Olavarría y empiezo por mencionar a Menghin como referente necesario. Les comento que a mí me interesaban Willey y Menghin con sus pro y sus contras. Ambos estaban en el primer plano de la investigación aunque con enfoques distintos. Lo bueno de Willey era su pulcritud metodológica, su extraordinaria información, sus trabajos sistemáticos y, en la base, su consideración de la cultura como un todo, con su interacción interna y externa y sus formas de adaptación. Lo bueno de Menghin fue su rol de promotor desde una visión ecuménica y su papel en la reapertura de las investigaciones en Pampa y Patagonia. En aquel momento cualquier planteo sobre arqueología en Buenos Aires tenía como referente inmediato sus trabajos y sus propuestas, pese al rechazo que causaba su pasado político nada claro durante el nazismo.
Quiero comentar un punto muy conocido pero que me parece importante por lo que viene después. Menghin planteaba la existencia
de un ciclo cultural primordial en la base del paleolítico inferior del viejo mundo, al que denominaba ciclo o reino de la cultura del hueso, previo a las culturas de lascas. En esto, según lo manifestó por escrito, había tenido el apoyo de Breuil. Esta hipótesis la trasladó a América apoyándose en datos bibliográficos demasiado iniciales y, en general, poco confiables. En este punto pensaba Menghin que los pobladores más antiguos habían sido portadores de ese ciclo del hueso, a veces mezclado con industrias de lascas. En "El protolítico en América" publicado en 1957 en el primer número de Acta Prehistórica, dice "estos representantes epiprotolíticos de la antigua cultura del hueso ofrecen, muchas veces, un inventario enteramente lítico." (se refiere a que el hueso habría desaparecido con el paso del tiempo). Su dispersión por el continente hasta alcanzar el extremo sur, y en parte su radicación en la pampa bonaerense habrían quedado señalados por una serie de industrias toscas, entre ellas la que denominó Tandiliense, que correlacionó con otras situadas más al sur. En su publicación sobre la Gruta del Oro en RUNA reitera estas ideas al decir que:

..... "la cultura de la Cueva Eberhardt así como la Shell-knife Culture de la costa chilena meridional tratada también por Bird, corresponden morfológica­mente al protolítico (= paleolítico inferior). [.....] Lo mismo puede decirse del Tandi­liense, que no comprende tipo alguno que no armonice con el estado [sic] protolítico"...

..... "estos yacimientos no pertenecen al gran grupo principal de las culturas de lascas -y naturalmente aún menos a las culturas protolíticas del hacha de mano-, sino a un ciclo cultural sui generis, al que uno de nosotros ha dado el nombre de Cultura del Hueso Protolítica"... que se habría desarrollado "en los lugares donde las conchas quedaron fuera del alcance."

En su opinión la conexión es con recolectores antiguos, concretamente recolectores y pescadores de la costa marítima, portadores de ese "Ciclo cultural del Hueso". Al referirse al Tandiliense, lo califica como

"cultura muy primitiva, de mor­fología protolítica."....

Y más abajo dice:

 "Se trata de una cultura básica de América, sin duda llevada a este continente por cazadores inferiores."

Señalo, porque es importante, que hay una confusión constante de industria con cultura y uso de recursos. Con respecto a esa definición de "cultura muy primitiva, de morfología protolítica", hay que advertir que la morfología puede ser un indicador o no, pero sea como sea se aplica a la industria y no a la cultura ni al modo de subsistencia. Y realmente no se trata de una simple confusión de términos sino de una reducción de la idea de cultura a la de patrimonio, algo que también se encuentra en Imbelloni. De este último, véase su Epítome de Culturología, donde dice que la cultura sólo se puede estudiar a través de sus bienes y que por ello

"el estudio de las culturas se convierte de una manera didáctica en el estudio de los patrimonios."

Como se ve, quedan bastante relegados los aspectos funcionales que surgen del estudio de la cultura como sistema de relaciones y adaptativo.

Con respecto a los procesos de difusión, nadie discute la vinculación inicial con Asia. Eso es obvio. Lo que parece más discutible es la idea de que también en América haya que pensar en un "reino cultural del hueso" llegado como manifestación más antigua. Aquí se dieron procesos derivados seguramente complejos. Si realmente llegó una supervivencia de ese tipo y se expandió, cosa de la que siempre dudé, su posición dentro de la secuencia cronológica relativa pudo haber sido otra. No me parecía, en definitiva, que hubiera que pensar en un "reino" cultural del hueso anterior a las industrias de lascas, ni que todo lo tosco tuviera que estar asociado con caza inferior y recolección. Curiosamente, hay un criterio bastante evolucionista en estas concepciones.
En este orden de cosas a mí me parecía que la corriente histórico cultural transgredía dos criterios metodológicos básicos de su propio acervo teórico: el criterio de forma y el criterio de cantidad, según los cuales las correlaciones no pueden establecerse sobre similitudes más o menos genéricas. Además ¿qué es lo que se debe comparar? Si se hacen comparaciones entre objetos o conjuntos de objetos sin contextualizarlos, quizás se puedan definir semejanzas desde un punto de vista formal o tipológico, pero no culturas. Esta diferenciación es importante. En mi opinión, las culturas prehistóricas no quedaban definidas por el inventario de sus elementos patrimoniales, sino que éstos eran simples indicadores de la relación entre un grupo social y su medio natural, cuya definición requería también otro tipo de aproximaciones. En nuevos hábitats, los cambios en la relación con el medio natural debieron ser múltiples, lo mismo que la invención o adaptación de instrumentos de acuerdo con los requerimientos de funcionalidad y con la disponibilidad y calidad de la materia prima.
Pero dejando de lado estas consideraciones muy generales y que hoy resultan obvias (creo), en realidad, mi disenso estuvo referido más concretamente al caso de nuestra pampa y finalmente de su porción de llanura extendida entre el pedemonte septentrional por el sur y el río Salado por el norte. En ese amplio espacio deprimido tuve la evidencia de que los artefactos del llamado blancagrandense no tenían a nivel local la antigüedad que se les adjudicaba y eso me llevó a otras conclusiones ligadas a mi replanteo teórico de fondo. ¿Era pertinente hablar de caza inferior y recolección en la llanura pampeana como actividades definitorias de un patrón de economía indígena? En la medida en que avanzaba en mis trabajos yo sentía que no estaba de acuerdo con esto. Poco a poco vislumbré que existían dos etapas cronológicas diferenciadas por su forma de especialización en la caza. Por una parte, la que estaba representada por los hallazgos realizados en la zona de llanura, especialmente en arroyos y lagunas, y por otra, la de localización en su contorno serrano en el sur. En 1979 sinteticé lo que había llegado a concebir hasta 1972: que los antiguos pobladores de la pampa bonaerense al sur del Salado habían sido cazadores, en primer lugar de guanacos y más tarde de hacienda europea; que el hábitat del guanaco había estado radicado preferentemente en las sierras, así como el de la hacienda europea correspondía a la llanura; que los sitios de instalación de los aborígenes pampeanos se hallaban al comienzo en las sierras, en relación con la caza preferencial del guanaco, y que más tarde la instalación permanente se amplió y en parte se desplazó hacia la llanura, ya en época hispánica; que el origen, o sea lo más antiguo, debía estar en la zona serrana o más al sur, por todo lo que ofrecía esa porción de territorio, incluida la materia prima. Por ese motivo efectué mis trabajos en Lobería, facilitados por ese investigador intuitivo tan meritorio que es D. Gesué P. Noseda, que nos guió y acompañó. Como he dicho, eso lo publiqué después de varios años de alejamiento de la temática, en 1979, cuando me ofrecieron organizar un pequeño volumen de síntesis. Con respecto al guanaco, yo pensaba que no tuvo su hábitat en llanuras con pastizales. Habrían influido la abundancia de la "sabandija" (tábanos, mosquitos y jejenes) a cuya picadura es muy sensible, y también la forma de sus patas, observación esta última que me fue sugerida en una oportunidad por el ingeniero Cardich.
Yo ya había caracterizado a estos grupos como cazadores a larga distancia evitando la denominación demasiado genérica de "cazadores y recolectores". La razón principal fue que necesitaba distanciarme en este punto de los planteos histórico culturales pero, además, porque no me parecía adecuado reunir en una misma denominación, sin distinguir niveles de importancia, a la caza y a la recolección. Todo era un poco impreciso. ¿Quiénes habían recolectado y qué cosas? Además ¿qué significaba recolección? Los pequeños animales, desde armadillos hasta ratones no se recolectan, se cazan. Eso sería caza inferior. Se recolectan elementos inmóviles: los moluscos, ciertas raíces comestibles o las frutas, por ejemplo. En síntesis, me parecía que el término "cazador y recolector", aplicado a cualquier grupo depredador, puede conducir a que se uniformicen en un mismo patrón entidades étnicas con diferencias que quizás sean significativas.
Para que no queden dudas debo aclarar que valoro debidamente el aporte renovador y orientador de Menghin. El tomó el problema en el estado en que lo había dejado Hrdliçka en su refutación de Ameghino y puso la discusión sobre otras bases. Sabía lo que buscaba. Fue directamente a excavar una cueva en el sitio preciso. Vinculó sus hallazgos con un poblamiento temprano del área y en ese aspecto cronológico no se equivocó, en términos generales, aunque el abrigo denominado cueva del Oro sea discutible. Por eso, cuando planteo mis disidencias lo hago con pleno derecho, pero sin perder de vista la contribución de Menghin a la prehistoria americana.
Al mismo tiempo es cierto que yo escribí en Etnía acerca de la desprolijidad de la excavación en la Gruta del Oro. Tuve que hacerlo porque allí se generaron algunas de mis dudas. El piso del abrigo había sido removido casi por completo con gran rapidez; en la tierra removida había lascas trabajadas; no se había realizado una prospección del área circundante. De cualquier modo no voy a volver sobre ese tema porque no tengo nueva información y el problema cronológico en ese sitio no quedó claramente resuelto. Sin duda la antigüedad de lo que Politis denominó tradición interserrana bonaerense hoy está suficientemente demostrada, aunque no se si lo que era el blancagrandense coincide con ella o es sólo uno de sus componentes.
En el cuadro esquemático que acompañó mi síntesis de 1979, la prehistoria de la pampa bonaerense estuvo pensada en función de ofertas y especializaciones para la subsistencia. La información quedó ordenada en los casilleros sobre todo atendiendo a la tipología. Para ello me inspiré en Willey, así como Willey se inspiró en Mc Kern, aunque en nuestro caso había algunos datos cronológicos concretos. En ese cuadro empleé la palabra nichos con el propósito de enfatizar los aspectos que llamaré con cautela ecológico-culturales. En cuanto a las referencias cronológicas, yo tenía datos ciertos para lo más reciente, que era el blancagrandense entre el Salado y las sierras, y otros para sitios más antiguos. Me refiero a los hallazgos del Quequén Chico y del Cerro El Sombrero en Lobería, y al de La Moderna en Azul, este último realizado cuando yo ya no estaba en Olavarría. De Lobería reitero mi agradecimiento al apoyo y compañía invalorable de Noseda. Ahora El Sombrero y La Moderna se conocen bien a través de investigaciones más recientes, así que no abundaré sobre el tema. En aquel momento en relación con El Sombrero sólo tuve como referencia los fechados de Bird para las puntas cola de pescado del sur de Chile, de casi 11.000 antes del presente, y los de Cardich y otros en la cueva de Los Toldos, de casi 9.000 antes del presente. Desde luego supuse que este tipo de materiales podía seguir apareciendo en posición estratigráfica en niveles antiguos. En mi cuadro citado incluí en el nicho de cazadores pleistocénicos los dos aspectos de industrias de cuarzo y de puntas cola de pescado.
Desde el punto de vista cronológico, creo que lo que me quedó menos resuelto fue la antigüedad de la tradición de industrias de cuarcita en la zona serrana. Me faltaron muchos datos. En primer lugar, fechados absolutos y también mayores avances en los estudios tipológicos. Yo pensaba que no todos los instrumentos de cuarcita tenían el mismo origen, sobre todo porque en Lobería había constatado la presencia de algunos instrumentos sobre láminas de ese material, confeccionados a partir de núcleos prismáticos.
En mi artículo de Etnía 7 comenté los sondeos y recolección en la estancia La Bonanza de Sierra de la Ventana, y los trabajos en las grutas del Oro y Margarita. Hoy pienso que algunos de los materiales que recuperé en posición estratigráfica en el nivel 2 en Sierra de la Ventana pueden ser bastante más antiguos de lo que supuse en aquel momento en que me guié por las estimaciones cronológicas que acababa de hacer Teruggi, válidas para las grutas mencionadas. De ese modo pensé en una ubicación cronológica a partir del primer milenio de nuestra era, aunque en una nota de pie de página agregué que no descartaba la aparición de materiales más antiguos en el área. De cualquier modo mi enfoque partía, como digo, de consideraciones no sólo tipológicas y cronológicas sino también ecológicas, por lo que, desde aquel momento, empecé a dar forma a la idea de nicho de cazadores de guanaco para un esbozo clasificatorio.
El problema del área llana deprimida me parece de mucho interés. Bórmida continuó allí en la línea de Menghin. Su técnica de excavación es también objetable pero, sea como sea, la Blanca Grande fue un sitio clave. El encontró allí varias unidades que denominó capas I, II y III. Algo notable es que en la base de la capa I aparecieron restos de caballo y de oveja, a pesar de lo cual le asigna una antigüedad de 2000 años, o sea, aproximadamente a partir del año cero hacia la actualidad. La capa II la remite al subboreal y le asigna una edad de 3.500 a.C. hasta el año cero. Los artefactos hallados los define como bolivarenses en la capa superior y blancagrandenses en la II.
Yo también encontré restos de fauna actual en la laguna Blanca Grande y en la Barrancosa, en el Partido de Juárez, en el mismo nivel de todos los hallazgos del llamado blancagrandense, aunque no en asociación directa. Naturalmente, mi rechazo a la antigüedad de varios milenios que se adjudicaba a estas industrias en ese sector, se robustecían con cada visita. En 1968 nos acompañó el Dr. Teruggi, que opinó sobre una mayor modernidad, y posteriormente el Dr. Fidalgo con los paleontólogos Eduardo Tonni y Jorge Zetti.
Durante el reconocimiento de la barranca realizado con ellos aparecieron restos óseos post-hispánicos en la citada "capa II", que ellos denominaron "horizonte II": dos vértebras cervicales y un trozo de cornamenta de vacuno.
La posición de los huesos de Bos taurus, bien incluidos en II, demuestra el carácter histórico de ese horizonte y de los materiales arqueológicos de Blanca Grande.
Fidalgo, Tonny y Zetti, en la nota conjunta que publicaron en Etnía en 1971, efectuaron importantes consideraciones sobre este punto. En primer lugar, realizaron una minuciosa reinterpretación del perfil estratigráfico. Además, puntualizaron fallas de orden metodológico. A este respecto seña­laron que las correlaciones estratigráficas a larga distancia, aceptables en cierta medida para generalizaciones regionales muy amplias, no tienen validez en el caso de unidades estratigráficas de localización restringida. Dicen, incluso, que son "temerarias."
Como vemos, una vez más los geólogos (y paleontólogos) rechazaban el procedimiento utilizado para fundamentar las estimaciones cronológicas, en este caso en el Partido de Olavarría. Su opinión final está sólidamente fundada. Sin entrar en la discusión gene­ral de la cronología del Blancagrandense por considerar que es de competencia de los arqueólogos, expresaban que

"en los perfiles analizados en la laguna Blanca Grande la interpretación de la edad dada por Bórmida (op. cit) en base a estudios de Siragusa, carece de fundamentos."

Agregaban que en el nivel donde se halló el resto de vacuno, los sedimentos son posteriores a la conquista y lógicamente, también los artefactos del Blancagrandense. Esto confirmó mi hipótesis de una instalación reciente en el sector y de focos de mayor antigüedad en el contorno, probablemente en las sierras, con una tradición de caza de guanacos a larga distancia, presumiblemente con boleadoras. Un tema interesante a investigar es el de las puntas de flecha de madera durísima untadas con veneno. Lo dice Lozano, lo recogió Furlong y lo analizó y evaluó Casamiquela. Yo también recogí esta versión de boca de un viejo indígena en Azul hace muchos años, aunque desconfié de su origen.
Aprovecho esta referencia para señalar la importancia de retomar contacto con los investigadores del campo de la etnografía, la etnohistoria y la lingüística. Habría que intercambiar opiniones sobre todo con Rodolfo Casamiquela, que ha dedicado muchos años al registro y análisis de este tipo de información.

II

Doy vuelta la hoja y me salgo del tema central para agregar algo en forma muy breve. Y es lo siguiente. Una parte importante de mi búsqueda, cada vez más preocupante, ha sido la de encontrar el sentido de lo que hago. No sólo apuntar a la explicación de fenómenos a través del "qué es esto" o "por qué ocurre así", sino también "para qué busco esto". No sólo los objetivos, que son generalmente los de algún proyecto de investigación, sino también los fines. Yo me he interrogado siempre acerca de los fines. ¿Soy arqueólogo o historiador por amor a la ciencia? No. Esa sería una respuesta incompleta. En todo caso, yono siento un amor incondicional por la ciencia. Yo considero a la ciencia un instrumento para lograr algo.El tema, más bien, es qué es ese algo. En mi caso, respondo por mí mismo: mi mayor deseo es poder hacer cosas socialmente útiles. Y se que la simple acumulación de conocimiento no basta. Por otra parte, este propósito enunciado así, ingenuamente, encuentra una serie de escollos. La investigación, como cualquier actividad, siempre está cruzada por intereses diversos, además de los personales: sobre todo institucionales y de grupos de poder. Intereses que revierten en políticas que afectan a la actividad científica. Y esto va acompañado por factores ideológicos que no deberían ser ignorados. Entonces ¿nos estamos colocando más allá de la ciencia cuando hablamos de fines, o se trata de algo en lo que la ciencia -cada ciencia- tiene mucho que opinar? Yo creo que el investigador científico tiene que opinar sobre los fines de su disciplina, y saber cómo actuar en relación con esos fines, sobre todo en este momento histórico en que nuestra ciencia del tercer mundo está en un punto crítico -CONICET incluido- y en que la ciencia del llamado primer mundo es un disparador de procesos de alto riesgo. Este parece un planteo inconducente en este caso, desde el momento en que la arqueología sirve, obviamente, para conocer mejor ciertos aspectos del pasado. Sin embargo, esta respuesta tan evidente relacionada con propósitos inmediatos todavía permite seguir preguntando "para qué". ¿Para qué conocer mejor el pasado? La transferencia de conocimientos hacia el público en general ayuda a promover el interés y la participación, y también a despejar suposiciones falsas y a combatir prejuicios culturales. En el caso de la arqueología pampeana, parece importante aportar información al proceso incesante de construcción de identidades. Pensemos que estamos trabajando con procesos varias veces milenarios pero que alcanzaron y sobrepasaron la denominada conquista del desierto. Yo he conocido indios, sobre todo en la zona rural, y he visto a algunos viejos de aquellos años emocionarse al hablar de sus tradiciones étnicas, y de su antigua libertad. Una de esas personas ancianas fue doña Matilde Catriel, en Sierras Bayas.
Pero, para no extenderme más: ¿por qué termino con esta referencia a los fines? Porque creo que es lo que da sentido y contextualiza a cualquier actividad o proyecto. La excelencia técnica es más que necesaria, así como el mayor grado de objetividad posible (no absoluto, según creo, sino posible). Lo mismo se puede decir del nivel de conocimiento teórico. Pero la cuarta pata de la mesa es la claridad en la orientación hacia fines y la ejercitación en la adquisición y uso de la palabra, con todo lo que esto significa. Palabra para trascender el círculo de los especialistas y llegar al resto de la gente. Y no pienso en conductas individuales simplemente, sino también en acciones concertadas, en suma, en la necesidad de impulsar una política institucional en este sentido.

Notas

1Basado en su conferencia del día 28 de Noviembre "Condicionamientos, Marco conceptual y práctica de la investigación arqueológica desde Olavarría: 1963-1971", publicada en Del Mar a los Salitrales. Diez Mil Años de Historia Pampeana en el Umbral del Tercer Mileño. Agradecemos a los editores la autorización otorgada para la publicación.