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Enfoques

versão On-line ISSN 1669-2721

Enfoques vol.23 no.2 Libertador San Martín jul./dez. 2011

 

ARTÍCULOS ORIGINALES

La construcción del concepto de cultura en la arqueología argentina

 

Juan Pablo Carbonelli

Universidad de Buenos Aires
CONICET, Museo Etnográfico

Lucila Gamarra

Universidad de Buenos Aires

Correspondencia
Juan Pablo Carbonelli: juanp.carbonelli@gmail.com
Lucila Gamarra: lgabril@gmail.com

Recibido: 29 de octubre de 2010
Aceptado: 15 de noviembre de 2011

 


Resumen En este trabajo indagaremos sobre la forma en que fue construido el concepto cultura, en la disciplina arqueológica argentina. Para cumplir con dicho objetivo, efectuaremos un recorrido por cada marco teórico, reflexionando en su incidencia en la conceptualización del término, la influencia del contexto histórico-social en la actividad de la disciplina y planteando una ruptura epistemológica sobre sus instrumentos de medición y construcción de las culturas arqueológicas. Para ejemplificar nuestro análisis, tomaremos como caso de estudio el Ampajanguense, un sitio cuya nominalización fue variando en consonancia a un desplazamiento sobre lo que se entendía por cultura en arqueología.

Palabras claves: Arqueología; Cultura; Construcciones; Ruptura epistemológica; Objeto

Abstract In this work we will analyze how the concept of culture was built in Argentinean archeology. To achieve this goal, we will review each theoretical framework, reflecting upon their impact in the definition of the term, the influence of the historical and social context in the activity of this discipline, and presenting an epistemological rupture on the measuring and construction instruments of archeological cultures. To exemplify our analysis, we will study the Ampajanguense, a site with a varied nominalization in consonance with a shift in what was understood as culture in archeology.

Key words: Archeology; Culture; Constructions; Epistemologic rupture; Object


 

INTRODUCCIÓN

El objetivo de este trabajo es dar cuenta de la trayectoria histórica de la construcción del concepto de cultura dentro de la arqueología argentina, como objeto de estudio y como categoría dentro de las investigaciones sobre las poblaciones prehispánicas que habitaron la región del actual noroeste argentino. Asimismo, se analizará su influencia sobre los marcos teóricos y metodologías actuales. Para ello, efectuaremos un recorrido cronológico acerca de cómo y cuándo se definió dicho concepto en la disciplina arqueológica y cuáles eran los marcos teóricos de los investigadores que la utilizaron. Consideramos que es fundamental en este sentido, observar de qué forma el contexto histórico influyó en la construcción de la categoría y cómo afectó su desarrollo a los estudios arqueológicos, y en particular a la tecnología lítica.

El concepto de cultura tal y como se utiliza en ciencias sociales tiene su origen en el encuentro con el otro, en la expansión colonial occidental sobre los pueblos colonizados de América, Asia y África. De esta manera, podemos afirmar que está íntimamente relacionado con el desarrollo de la antropología y la arqueología.1 E. B. Tylor definió en 1871 por primera vez a la cultura como "esa totalidad compleja que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, el derecho, la moral, las costumbres y cualquier otro hábito y capacidad adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad".2 A partir de esta definición básica, muchas teorías antropológicas han desarrollado diferentes definiciones que enfatizaban aspectos psicológicos, lingüísticos, cognitivos, materiales, etc. Más allá de las diferencias, hay aspectos que se han destacado a través de los distintos marcos teóricos, y que no pueden ser dejados de lado: el universalismo, la evidencia de organización y la capacidad creadora del hombre.3

Consideramos, junto con Carutti et al. que la cultura puede ser considerada como una forma integral de vida creada histórica y socialmente por una comunidad, de acuerdo a la forma particular en que resuelve o entabla las relaciones con el espacio natural en el que se asienta; en la relación de los hombres dentro de la comunidad y con otras comunidades, y con el ámbito de lo sobrenatural, lo sagrado.4 De esta manera, hablamos de un concepto dinámico, relacional, una forma de vida en donde los individuos se conectan con el medio natural y social que los contiene, modificándolo y modificándose.

La arqueología como disciplina ha tenido a través del tiempo su propio desarrollo de manera independiente de la antropología, pero el concepto de cultura se ha hecho presente tanto en la práctica como en la teoría a través del tiempo.

En la actualidad el término Cultura Material forma parte del vocabulario propio de la práctica arqueológica, como modo de referirse a la consecuencia material de acciones humanas pasadas. Sin embargo, éste no ha sido objeto de reflexiones acerca de su uso y aplicaciones.5 De esta manera muchas veces nos encontramos con definiciones estáticas acerca de conjuntos de materiales arqueológicos que aceptamos sin cuestionar, dejando de lado su carácter homogeneizador.

En el presente trabajo, buscamos reflexionar acerca de los conceptos que forman parte de la disciplina, y de cómo los mismos conforman las interpretaciones acerca del pasado.

A manera de ejemplo, utilizaremos como caso de estudio la definición de la industria ampajanguense, conjunto lítico característico del Arcaico, definido por Eduardo Cigliano en la zona de Ampajango en el Valle de Yocavil. Consideramos que este es un buen ejemplo de la definición de unidades sociales a partir de un grupo de artefactos similares, asignando unidades étnicas a conjuntos materiales. Asimismo, este caso en particular es significativo debido a que, si bien seguía los cánones teóricos de la época, no tuvo el desarrollo de otras investigaciones por involucrar temas y conceptos ajenos a las investigaciones predominantes en el área donde se desarrollaba.

Metodológicamente, utilizaremos las herramientas analíticas propuestas por Bourdieu:6 los conceptos de vigilancia, ruptura y construcción del hecho científico; en este caso de la cultura. Creemos que durante el desenvolvimiento cronológico de nuestra disciplina, existió un "sentido común arqueológico", que es necesario escudriñar para dar cuenta de los presupuestos teóricos sobre lo que se entendía por cultura y por ciencia en ese momento.

1. ENFOQUE TEÓRICO

Creemos que es ficticia toda separación entre metodología y teoría, en particular al momento de construir un objeto estudio. Las elecciones técnicas más empíricas a la hora de decidir cómo excavar, delimitar un sitio y sus componentes son inseparables de las elecciones teóricas de construcción del objeto.7 Dichas elecciones se fueron efectuando a lo largo del tiempo y, tal vez, continuarán indefinidamente. Ahora bien, es necesario conservar la advertencia de observar siempre que aquello que ya hemos internalizado, naturalizado, que registramos como datum, como dato empírico, como verdad, en realidad es un producto de un estado anterior de la ciencia.

Cada uno de los investigadores que realizó un aporte en delinear qué era "la cultura", se hallaba enmarcado en un contexto histórico de producción científica, que incidió indudablemente en los postulados que exhibía. Coincidimos entonces con el enunciado de Curtoni y Chaparro:8 "(…) las ciencias sociales en general y la arqueología en particular se conformaron en estos espacios de saber-poder y no estuvieron exentas de las influencias ideológicas (…)". Es así que la separación entre el contexto de descubrimiento (espacio y circunstancias en donde surgen las hipótesis y conjeturas acerca del pasado) y el contexto de justificación (espacio y circunstancias donde se validan las hipótesis), es ficticia;9 estos contextos se hallan en una constante y permeable comunicación.

2. METODOLOGÍA

Debemos poner en tela de juicio todas las premisas inherentes que cada marco teórico ha puesto en juego a la hora de construir el concepto de "cultura" y practicar una duda radical10 sobre las estructuras y definiciones que en cuanto disciplina hemos internalizado. Efectuaremos una vigilancia epistemológica,11 interrogándonos sobre las técnicas y los instrumentos de medición utilizados en el pasado para jerarquizar y categorizar el concepto de cultura. A su vez, trataremos de profundizar y confrontar los supuestos y operaciones científicas puestos en juego. Una de las herramientas más valiosas para dicho fin es la ruptura epistemológica, que implica tomar distancia con los modos de pensamiento, conceptos y métodos asociados al sentido común y al sentido común científico.12 Indagar sobre la forma en que las culturas arqueológicas se hicieron "públicas" en el ámbito académico y establecer una ruptura con aquellas categorías que fueron creadas por el lenguaje de la ciencia, y que poco a poco (y quizás azarosamente) adquirieron un carácter de depósito teórico incluyendo etnias, culturas, poblaciones.

3. CONSTRUCCIONES

Consideramos que el análisis de nuestra disciplina no puede desligarse del contexto histórico social en el que la misma se desarrolla, ya que los hechos sociales, políticos y económicos han influido de diferentes formas en la misma.13

A fin de explicitar el desarrollo de la arqueología argentina a través del tiempo, hemos decidido presentar la historia de la disciplina en etapas. Estas divisiones temporales se relacionan con el contexto histórico, así como también con los diferentes marcos teóricos y sus conceptos acerca de la cultura y las poblaciones prehispánicas. En cada etapa señalaremos las perspectivas dentro de los estudios líticos en particular, con el fin de contextualizar el caso de estudio.

 

Primeras etapas: inicios de la Arqueología  como disciplina (siglo XVI - 1930)

El interés por el pasado y/o por el origen se manifestó desde momentos tempranos en la historia del hombre a partir de la recolección de objetos de distinta procedencia, ya sea natural o histórica. Esta fase coleccionista tuvo su mayor desarrollo durante el periodo de la Ilustración.14

Los primeros viajeros y cronistas que atraviesan América desde los comienzos de la conquista europea, al enfrentarse a sociedades muy diferentes a las conocidas, son los que dan el puntapié inicial en el desarrollo del interés por "el otro", el cual se fue cimentando gracias a los hallazgos arqueológicos. Así, por ejemplo, al comparar el utillaje utilizado por los nativos americanos y los objetos arqueológicos encontrados en Europa:

los europeos tomaron conciencia que la especie humana tenía mucha más antigüedad sobre la tierra que lo que sostenían las teorías creacionistas (…). Este reconocimiento dio sustento a las ideas de unidad psíquica de la especie humana y del progreso continuo, principios iniciados por el pensamiento iluminista y base del evolucionismo unilineal.15

Al caer en desuso las teorías creacionistas, se afianzó el modelo de evolucionismo darwiniano, en parte gracias a los hallazgos arqueológicos europeos de la primera mitad del siglo XIX. En consecuencia, la historia de la humanidad fuera dividida en etapas de menor a mayor complejidad (Paleolítico-Neolítico), donde los objetos más elaborados eran considerados los más modernos, generando así esquemas que sistematizaban el desarrollo cultural de la humanidad. A partir de este último enunciado, se elaboró una justificación para el evolucionismo social: si los nativos americanos utilizaban las mismas herramientas que las sociedades europeas de la prehistoria, resultaba lógico argumentar la superioridad europea frente al otro (que se encontraba en un estadio inferior), de manera de legalizar el dominio colonial.

Comienzos de siglo en la arqueología argentina

La ideología positivista y cientificista de la Generación del '80, la elite política e intelectual que dominó el país entre 1880 hasta 1916, configuró y organizó el proyecto de Estado Nación que incluiría a la Argentina dentro del modelo económico liberal mundial. Entre sus proyectos se hallaba, junto con la unidad territorial y la demarcación de las fronteras, la ocupación efectiva del territorio. Ésta se llevó a cabo a partir de la invasión de los territorios pertenecientes a las poblaciones indígenas libres de Pampa, Patagonia y Chaco, las cuales hasta ese momento permanecían en negociaciones y tratos con mayor o menor belicosidad según el caso. La política de la llamada Conquista del desierto y su ideología legitimante, relacionada con el progreso y la superioridad de unos hombres sobre los otros, fue el modo de llevar a cabo el despojo de las tierras, que pertenecían legítimamente a las comunidades.16

Por ese entonces, las ciencias estaban directamente relacionadas con la construcción del Estado Nación y su necesidad de generar una narración acerca del pasado que contribuyera a la identificación nacional. Su discurso positivista tuvo un papel preponderante tanto para la delimitación del territorio nacional como para la clasificación de los grupos humanos que habitaban los territorios a dominar, justificando de esta manera la expropiación.

La arqueología se hizo cargo de la historia natural previa a la historia nacional: su objeto de estudio se planteó en términos paleontológicos, explorando el origen del hombre, junto con los fósiles y los minerales. De esta manera, las poblaciones indígenas fueron excluidas del pasado de la Nación: "El hombre paleontológico no era el hombre de la historia; sus representantes estaban fuera de la historia de la cultura, como una prolongación de la historia natural".17

Los museos y la universidad: la arqueología institucionalizada

Todo vestigio geológico, paleontológico y/o arqueológico recuperado por los primeros investigadores era clasificado dentro de la historia natural e incluido en colecciones particulares, que pronto formaron la base de la creación de los museos. Estas instituciones surgieron entre 1888 y 190518 con el objetivo de contribuir al proyecto político ideológico de los sectores dominantes de la sociedad.19 El museo se erigió entonces, como un enorme escenario donde se podían observar la clasificación de la naturaleza, que por supuesto, incluía a las poblaciones indígenas:

Los aborígenes se constituyeron en objeto de análisis y de observación al mismo tiempo que su cultura material, sus cuerpos y sus restos óseos pasaron a formar parte de aquello sobre lo que ahora la nación ya tenía soberanía. Fueron considerados como objeto del discurso científico desde diferentes puntos de vista […]20

De esta manera, la cultura sólo aparecía como el resultado material de acciones pasadas, el cual debía ser acumulado, definido y ordenado.

Siguiendo a Foucault,21 sostenemos que no era el deseo de saber lo que se filtraba en dichos escenarios, sino un deseo más profundo de unir la mirada con el discurso; en confeccionar una nueva manera de "hacer historia", de reescribirla. En esta reescritura, la cultura era concebida como algo estático, que era factible de encuadrarse en una vitrina; ordenada bajo la mirada de los especialistas.

Las Universidades Nacionales formaban parte de este proceso institucionalizador: la Universidad de Buenos Aires (fundada en 1888), junto con la Universidad de La Plata (fundada en 1897) se encontraban ligadas a los proyectos de construcción del conocimiento.

A comienzos del siglo XX, se desarrollaron un gran número de investigaciones promovidas por las universidades como las llevadas a cabo por Juan Bautista Ambrosetti en distintos sitios de los Valles Calchaquíes, las cuales tenían como resultado la publicación de descriptivas monografías, y el acopio de objetos de distinto tipo. Asimismo, individuos particulares solventaron excavaciones propias como es el caso de Rodolfo Schreiter, o de terceros, como Benjamín Muñiz Barreto, quien financió a los ingenieros Weiser y Volters.22

La práctica científica de la época estaba caracterizada por los relatos de cronistas y viajeros. Estos eran individuos, principalmente de familias pertenecientes a la elite nacional, con gran interés por lo exótico y las antigüedades que fueron relevando y documentando hallazgos en distintas áreas.23 El perfil del científico de la época era el del erudito, quien abarcaba varias ramas del conocimiento y accedía a ellas por ser autodidacta y por su voluntad de contribuir al progreso de la ciencia.24 No había intercambios de ideas o un paradigma que reuniera a los autores en torno a ideas similares, sino que cada uno tenía un enfoque propio.25

Ciertamente, la disciplina como tal aún no se había conformado, sin embargo Haber26 define dos tendencias teórico metodológicas en los trabajos de los diferentes autores: la primera, llamada de los "naturalistas viajeros" con una marcada orientación hacia las ciencias naturales, y la segunda con una orientación de tipo histórica en la cual se reivindicaban las bases folklóricas y el lugar de las poblaciones locales, nombrada como "histórica filológica".

De las dos tendencias, la que toma un lugar preponderante es la naturalista, la cual estaba basada en el pensamiento positivista dominante en los centros de pensamiento como Buenos Aires o La Plata. Para ellos, "el pasado indígena estaba allí para ser medido, descripto, observado, controlado; los indios presentes estaban allí para facilitar o interponerse en el camino del excursionista".27

Las categorías para entender el mundo

La organización de los museos se realizó en base al denominado criterio geoétnico.28 Los lugares de procedencia de los objetos fueron transformados en categorías clasificatorias, nombrando los distintos tipos de materiales hallados a partir de su procedencia, siguiendo la división territorial vigente, de esta manera "la etnicidad fue el eje de la investigación antropológica y se erigió en criterio suficiente para dar cuenta del pasado prehispánico".29

Este criterio fue adoptado por todas las disciplinas antropológicas, explicando "la diversidad de los pueblos aborígenes en función del espacio y la geografía".30 El objetivo era reconstruir una "cultura aborigen regional y nacional", valiéndose de las fuentes históricas a través de analogías directas y la cultura material.

De esta manera, se llevaron a cabo descripciones de culturas regionales de acuerdo a la distribución geográfica de los materiales. Como resultado, se definieron unidades sociales homogéneas, a partir de los objetos extraídos de las excavaciones y de las descripciones etnográficas de las que daban cuenta las fuentes históricas. Las mismas fueron ubicadas en secuencias cronológicas de acuerdo a diferencias estilísticas y criterios acerca del desarrollo cultural.31

Esta primera etapa, entonces, se caracteriza por un modo positivista de hacer arqueología, orientado hacia la descripción de los objetos, como restos de culturas estáticas pertenecientes al pasado.

Los estudios líticos

El material lítico fue uno de los objetos principales dentro de las colecciones arqueológicas. De acuerdo a Bayon y Flegenheimer (2003), los estudios líticos comienzan a realizarse dentro de un marco evolucionista, siguiendo el marco de las ciencias en general. Florentino Ameghino fue un precursor en este ámbito, ya que le dio importancia a los materiales líticos dentro de su investigación, definiendo una "relación estrecha entre simpleza de forma, inversión de trabajo y antigüedad".32

Los materiales líticos se ordenaron de acuerdo a tipologías de origen europeo, basadas en categorías morfológico funcionales,33 con el objetivo de construir periodizaciones. De acuerdo a este criterio tecnológico, los conjuntos líticos eran nombrados como "industrias",34 no como culturas.

Esta caracterización estaba directamente relacionada con el enfoque positivista predominante donde, siguiendo las políticas de expulsión y exterminio, se dejaba de lado las poblaciones indígenas que aun en ese momento poblaban el territorio:

Los pueblos indígenas de la época se consideraban estáticos, también los pueblos del pasado mostraban un registro arqueológico estático y sin cambios (…) la arqueología de la época se limito teórica y metodológicamente al considerar que su aporte era buscar pruebas materiales para justificar la división en edades y la evolución de lo simple a lo complejo.35

La mayor cantidad de trabajos acerca del registro lítico se concentraban en las áreas de Pampa y Patagonia, dejando así para el NOA los estudios acerca de la cerámica y la descripción de culturas relacionadas a ella; siendo ésta una tendencia que con los años iría acrecentándose.

Segunda etapa: Enfoques históricos (1930-1980) 

Durante la década de 1930 se produjeron grandes cambios políticos en la Argentina, que fueron acompañados por cambios en la composición de las universidades. Dichos cambios se dieron ya sea porque muchos de los investigadores debieron jubilarse debido a su edad avanzada, o por razones políticas, ya que el ascenso del peronismo generó la cesantía de muchos investigadores y profesores. En el año 1936 se creó la Sociedad Argentina de Antropología, cuya mayoría de miembros serían los autores del primer tomo de Historia de la Nación Argentina, editado por Ricardo Levene en 1936. Es en estos momentos que, de acuerdo a Podgorny, "la clasificación regional de las antigüedades y sociedades indígenas pierde definitivamente su carácter provisorio para adquirir significado como determinación del medio en la configuración de la cultura y los tipos humanos aborígenes".36

La práctica académica presentaba en este momento un panorama diverso, en el cual las cátedras en las universidades estaban formadas por un pequeño número de alumnos, por lo cual no había una renovación de investigadores. Sin embargo, el fomento estatal a la arqueología y las investigaciones regionales era significativo.37 De esta manera, el ámbito académico se caracterizó por la ausencia de un debate fluido y por la acumulación de objetos, con la finalidad de seguir acrecentando el ordenamiento en las clasificaciones ya existentes.38

La escuela Histórico Cultural de Viena en Argentina

En relación con las crisis sociales que se estaban viviendo en Europa y a nivel mundial, la influencia teórica del evolucionismo clásico que había predominado en el ámbito de las ciencias, comienza a verse cuestionado; y la arqueología argentina se ve influenciada por corrientes teóricas difusionistas:

La reacción antipositivista cruzo de extremo a extremo el espectro de las ciencias humanas y permitió el advenimiento de tendencias idealistas. La antropología argentina adhirió rápidamente a las nuevas premisas conceptuales. Sin embargo, al tratarse de una especialidad cuyo progreso dependía de la información obtenida en el terreno, no pudo menos que continuar adscribiendo a las técnicas y métodos de antaño.39

La Escuela Histórico Cultural de Viena se afianzó de manera hegemónica en los centros principales como la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de La Plata en los que, como mencionamos anteriormente, quedaron muchos lugares para ocupar con la cesantía y/o jubilación de varios profesores. Uno de los mayores exponentes de esta corriente teórica fue José Imbelloni, llegado a la Argentina desde Italia. A él se sumarían otros investigadores que vinieron desde el extranjero traídos por las crisis europeas, como Marcelo Bórmida (1946) y Osvaldo Menghin (1948) quienes colaboraron en el desarrollo de esta escuela.40

Su base conceptual era de carácter esencialista, pues se convencía en describir a las culturas de forma estática, como colecciones de características individuales que habían coincidido como resultado de causalidades históricas. Uno de sus presupuestos básicos era el difusionismo, a partir del cual se explicaba el cambio en las sociedades. De acuerdo a este marco, la tendencia natural del hombre era el conservadurismo: los cambios estaban dados por la difusión de ideas y objetos a través de las migraciones. El trabajo del investigador consistía en la búsqueda de sitios cuyas particularidades permitieran describir culturas únicas.

Según Boschin y Llamazares,41 el discurso científico de la Escuela Histórico Cultural de Viena se desarrolló en la Argentina gracias al vacío teórico que se produce con la retracción del evolucionismo, producto de la conclusión de la polémica Ameghino - Moreno (de corriente evolucionista el primero, anti-evolucionista el segundo) a partir de la refutación que realiza Hrdlicka en 1910 de las teorías del primero.

Consideramos que, además de la cuestión teórica, es importante tener en cuenta factores relacionados a la conformación política de las universidades. De acuerdo a Perazzi (2003), uno de los principales referentes de esta corriente teórica, José Imbelloni, estuvo relacionado con la reforma universitaria de 1918 que produjo la incorporación de un importante cambio conceptual al renovar la academia conformada por profesores de la elite socio política. De esta manera, la renovación teórica se acompañó con una renovación a nivel académico dentro de las universidades.42

El advenimiento al poder del peronismo estuvo fuertemente relacionado con el afianzamiento de la Escuela Histórico Cultural de Viena dentro del ámbito académico, además de la relación directa con expulsión de los investigadores que rechazaban al gobierno.

Entre la Escuela Histórico - Cultural y las corrientes norteamericanas

En la década de 1960 se producen diversos cambios en las ciencias sociales en general. Si bien la Escuela de Viena tiene el dominio del campo académico en la Universidad de Buenos Aires, en otros centros de formación académica, como Rosario o Córdoba, se llevaron a cabo importantes avances en la disciplina.43 En el caso de la Universidad del Litoral, Tarrago menciona que allí se promovió tanto la práctica arqueológica como antropológica, retomando las influencias teóricas tanto de la escuela norteamericana como de las escuelas estructural-funcionalistas.44 Entre los años 1956 y 1966 se desarrollaron investigaciones y avances teórico metodológicos de gran relevancia para la arqueología argentina. Este fue el ejemplo dela construcción de secuencias regionales en base a excavaciones estratigráficas, llevadas a cabo por Alberto Rex González, tomando como caso particular de estudio el área valliserrana del NOA.

Entre 1959 y 1963, en esta casa de estudios, se llevó a cabo el Proyecto Arqueológico del Valle de Yocavil, iniciado por Eduardo Cigliano, en el cual se adoptó un enfoque regional con el objetivo de "determinar la sucesión cronológica y cultural de los distintos grupos de población que habían ocupado el Valle desde varios milenios atrás hasta su entronque con la época colonial".45 Los detalles de dicho trabajo, y sus repercusiones en el ámbito local e internacional, serán analizados en la última sección de este artículo.

Áreas y periodos culturales: el trabajo de Wendell Bennett (1905-1953)

Consideramos relevante mencionar en este apartado un cambio importante dentro de la arqueología argentina, como fue la labor de W. Bennett, quien para mediados de la década del '40, realiza una síntesis de la información disponible para el NOA.46 Dicho autor se basó en la bibliografía publicada, poniendo en orden las clasificaciones generadas hasta ese momento. Para ello se basa en patrones regionales de distribución, conformando áreas definidas por factores ambientales y elementos culturales. La metodología de Bennett respondió al marco teórico de la Culture History, movimiento de la investigación arqueológica que extendió sus influencias en la primera mitad del siglo XX. El acento estaba colocado en agrupar los artefactos semejantes como partes de una cultura única, rescatando lo particular de cada sitio. El objetivo era definir culturas arqueológicas, basándose en las similitudes internas entre sus elementos materiales.47 De esta forma las culturas eran concebidas como entidades restringidas e indivisibles en el espacio y el tiempo. Era una visión normativa del pasado, donde todos los individuos que formaban parte de una cultura compartían las mismas ideas, reglas, normas y formas de hacer las cosas.

A diferencia de los trabajos de sus contemporáneos locales, Bennett dejó de lado "la reconstrucción histórica de la etnicidad, planteando un pasado prehispánico estructurado en función de una secuencia estilística cerámica de alcance regional y subregional".48 Continuando con el trabajo de Bennett, González busco construir una secuencia regional "que diera sentido evolutivo a la variabilidad registrada",49 siendo este uno de los importantes avances de la arqueología para el NOA.

En síntesis, en esta etapa se producen cambios a nivel teórico metodológico en la disciplina, pero no cambios significativos a nivel de la conceptualización de la cultura. Ésta continúa relacionada con la etnicidad, siendo la cultura material un reflejo de las poblaciones prehispánicas generando así un panorama estático del pasado.

Los estudios líticos

En este contexto, los trabajos realizados sobre materiales líticos seguían la línea difusionista. En estos análisis se buscaba conocer el origen de un rasgo y el recorrido del mismo.50 Se priorizaba la definición de industrias y tradiciones, a partir de características morfológicas de los artefactos. Asimismo, estas características, junto con la profundidad de los hallazgos, eran utilizados como indicadores cronológicos. De esta manera, se construyeron secuencias de industrias para Pampa, Patagonia y Noreste, en base a características morfológicas.

La evidencia lítica en particular, se presentaba a través de pocos artefactos, los cuales eran descriptos de acuerdo a rasgos estilísticos o funcionales que llamaban la atención (fascinación por el objeto), sin tener en cuenta el material de fabricación o el origen del mismo. En este contexto no se había sistematizado una metodología de trabajo, por lo cual la descripción de los materiales líticos se basaba en el criterio de autoridad y la experiencia. Cada equipo de trabajo se manejaba según su propio método de análisis, el cual no era explicitado, sino simplemente aplicado.51

Flegenheimer y Bellelli52 marcan como un momento de quiebre el año 1973, en el cual se publican los trabajos de Cardich et al.53 para la Patagonia y de Aguerre et al.54 para el NOA. En el primero de ellos se describe la secuencia estratigráfica y cultural de Los Toldos y en el segundo se lleva a cabo la publicación del primer trabajo sistemático de análisis y excavación de un sitio de arte rupestre (Inca Cueva 7). En estos trabajos se destacan los avances metodológicos que estaban teniendo lugar a través de los años anteriores, incluyendo como característica principal el análisis tipológico.

En el caso del trabajo de Aguerre et al.,55 se explicitan los criterios utilizados, los datos se presentan de manera rigurosa y sistemática y se realizan clasificaciones en base a criterios morfológicos y dimensionales, refiriendo también a consideraciones tecnológicas como los tipos de retoques y los instrumentos que se utilizaron para realizarlos. En este trabajo se reconocen las bases de la clasificación tipológica de Carlos Aschero,56 que se publicara unos años después. Dicha clasificación es fruto de la búsqueda de sistematización de los análisis tipológicos, ya que hasta ese momento cada equipo definía los atributos de los objetos de manera disímil.

Tercera etapa: la nueva arqueología

El concepto de cultura cambia drásticamente ante la llegada de la Nueva Arqueología o como también se denomina, el enfoque procesual. La observación sistemática de la evidencia etnográfica denotó la existencia de una gran variabilidad de la conducta humana y su relación estrecha con el medio ambiente. Se pensó a la cultura como un sistema en el que cada aspecto conformaba un subsistema y se encontraba interrelacionado con los demás subsistemas (ej. el ambiente) a través de un feedback.57 De esta forma, surge así el concepto de adaptación, interpretando a la cultura como el medio por el cual el hombre se adecuaba a distintos espacios y climas. Lewis Binford,58 máximo representante del enfoque procesual para esos años, lleva esta explicación al límite, al considerar las culturas como medios extrasomáticos de adaptación de la humanidad. Por lo tanto, los cambios en todos los aspectos de los sistemas culturales se interpretaban como respuestas adaptativas al medio ambiente.59

Dicho enfoque fue presentado en sociedad dentro de la comunidad arqueológica argentina, en el Primer Congreso Nacional de Arqueología.60 El mismo aconteció en la ciudad de Rosario en 1970, y allí la Nueva Arqueología fue exhibida como el parangón de la especialización, el trabajo en equipo y la posición científica objetiva.

Debido a la fuerte represión política llevada a cabo por la última dictadura militar, que generó la expulsión de investigadores de las casas de estudios, así como también el cierre de la carrera de Antropología en la UBA, la expansión teórica de estas corrientes se afianzó en el país luego del advenimiento de la democracia, en el año 1983 y continúa, con ciertos cambios, hasta la actualidad.

Estado actual de la disciplina

En el siglo XXI surgieron revisiones a la imagen consensuada anteriormente de la sociedad dividida como las capas de una torta.61 En contraposición, la proyección teórica de la integración comunal, la homogeneidad simbólica y material para el período de Desarrollos Regionales,62 instaura la noción de que el poder es compartido en medio del grupo, de un gobierno descentralizado que no reside precisamente en individuos.63 La estrategia corporativa construye el poder mediante el desarrollo y la promoción de actividades que refuerzan la experiencia de constituir un solo cuerpo.64 La construcción de dicho modelo radica en las fuentes etnohistóricas y etnográficas, en los relatos de los primeros contactos entre españoles y nativos y en el conocimiento del modo de vivir de las comunidades andinas históricas.65 66A partir de allí se generaron las expectativas arqueológicas: la movilización de bienes para formar parte de rituales,67 el uso de espacios públicos para ceremonias, las estructuras sobre-elevadas dedicadas a los antepasados o el consumo público de los bienes,68 la organización y distribución del espacio que permitía la proximidad física a los habitantes de las comunidades tardías, la molienda como práctica comunal.

Si nos retrotraemos al contexto disciplinar en el cual surgen estas discusiones, la vuelta a la democracia en la Argentina, la tensión y el conflicto fueron posibles,69 dado que ya no existía ningún tipo de censura a la labor científica. Dichos marcos teóricos-metodológicos conviven hoy en día, y la existencia de uno no conlleva a la eliminación del otro. Esto se produce porque, como sostiene Ramundo,70 nunca existió en la disciplina arqueológica argentina un período de ciencia normal, donde un paradigma dictaminase de qué forma una investigación debía legitimarse para considerarse científica.

En los trabajos contemporáneos, el concepto de "cultura" se fue diluyendo, en parte por el peso y el costo teórico de asignarle a un conjunto de rasgos la denominación de culturas. La preferencia teórica y metodológica descansa ahora en el análisis de los estilos. El estilo funciona en un modo operativo de forma equivalente al concepto de etnicidad, al utilizarlo como un indicador de las interacciones prehispánicas. Es una manifestación explícita de la diferenciación y el contacto. Como ejemplo, podemos mencionar que el hallazgo de motivos santamarianos en el arte rupestre, en las cerámicas y en las calabazas del espacio surandino y la presencia de placas de bronce en San Pedro de Atacama, urnas santamarianas en el norte chileno, en Cochabamba y hachas de bronce en Cuyo y Patagonia71 fue construido como evidencia de la interacción de la cultura santamariana con otras poblaciones, de los lazos políticos y sociales. La movilización de bienes, la dispersión de los diseños presentes en soportes de regiones geográficas distantes fueron los instrumentos metodológicos utilizados para constatar el alcance y el poderío de la cultura santamariana y su nivel de complejidad.

Aquí podemos observar un giro, un quiebre a nivel epistemológico en relación a las tradiciones teóricas anteriores: hace su aparición una nueva concepción del registro arqueológico. Al utilizar el estilo como herramienta para ver el alcance ideológico de la cultura, Tarragó et al.72 se encuentran próximos a un modelo del registro arqueológico donde son los actores humanos y no los procesos físicos, los productores de la evidencia y los creadores de un lenguaje.73 Estos códigos y reglas, expresan el simbolismo de una sociedad determinada y no podían ser reducidos a mecanismos adaptativos. Por el contrario, derivaban de códigos específicos culturales y estrategias individuales, que flexibilizaban y modificaban dichos códigos.74

En este sentido el estilo es concebido como un rasgo de un conjunto de objetos que materializa signos o símbolos de conceptos del pasado. El objetivo de los investigadores es registrar acciones humanas, ideas, eventos de importancia humana y no meramente objetos físicos.75 En correspondencia con esta última afirmación, los autores adhieren a una definición de Hodder,76 donde el estilo es evaluativo, interpretativo y a su vez es poder. En otras palabras, parten del convencimiento, desde la mirada del investigador, que los objetos materiales tienen la capacidad de informarnos acerca de la vida del pasado.

Los estudios líticos: desde la Nueva Arqueología hasta la actualidad

El hecho de manejar un lenguaje metodológico común facilitó a los investigadores realizar interpretaciones desde la perspectiva teórica de la Nueva Arqueología.Asimismo, comienzan a manifestarse cambios teóricos, cuestionando los principios de la Escuela Histórico cultural; a pesar de mantener como objetivo general la construcción de historias culturales. A principios de los años '80, comienza a desarrollarse en los equipos de trabajo la especialización en los estudios líticos, especialmente a cargo de los jóvenes investigadores que estudian distintos aspectos de los artefactos, a la vez que se profundizan los estudios experimentales y etnoarqueológicos. Estas nuevas orientaciones están relacionadas con la influencia de la Nueva Arqueología.

A principios de los años '90, la idea de sistemas de producción se hace presente, junto con el concepto de organización tecnológica. Asimismo, los estudios sobre la materia prima cobran gran importancia, a la vez que se siguen destacando los estudios actualísticos.

4. CASO DE ESTUDIO

Introduciremos ahora el caso de estudio, que ejemplifica cómo se fue construyendo una cultura a través de distintos marcos teóricos y fue resignificada en el tiempo.

Primera etapa, los trabajos de Eduardo Cigliano

A partir de la apertura teórica que se produjo luego de la caída del peronismo, el ingreso de la escuela estadounidense77 incidió para que el objeto construido sean, en este caso, las áreas culturales. En otras palabras, que a un espacio determinado se le asigne una manifestación cultural particular.78 

En dicho contexto se enmarcan las expediciones dirigidas por Cigliano en el Valle de Yocavil, comprendidas entre los años 1959 y 1963. El objetivo de las mismas era "…ubicar yacimientos de carácter a-cerámico dentro de los límites del Valle…".79 Los trabajos de Cigliano et al.80 describieron e investigaron la industria ampajanguense en la zona de Ampajango, en el Valle Yocavil, asignándola al período pre-cerámico. Dicha industria fue hallada a la vez que la industria Ayampitin, descripta por Gonzalez81 y diferenciándose de ésta por el color y la pátina de sus materias primas.82 Al referirse a los artefactos ampajanguenses confeccionados sobre andesitas, Cigliano et al.83observaron la fuerte pátina de tono marrón oscuro que caracteriza no sólo al material elaborado, sino también a dicha materia prima. Resulta interesante destacar que para Cigliano, dicha pátina no podría determinar la antigüedad de los artefactos.

Cigliano caracterizó al Ampajanguense como una industria de hacha de mano,84 ya que se encontraba mayormente conformada por bifaces trabajados a grandes golpes, acompañados con raspadores y raederas de gran tamaño. El tipo predominante de artefactos eran bifaces toscos, seguidos por puntas bifaciales, obtenidos ambos por talla a percusión.85 La técnica utilizada era la percusión directa con percutor duro.86 La superficie de deflación donde se encontraron los artefactos se hallaba cubierta de grandes bloques de andesitas. De ellos se extraían lascas de gran tamaño, para luego ser utilizadas como núcleos para la obtención de instrumentos. Detectada en el sitio Ampajango, esta "industria" se habría extendido por las localidades de Andalhuala, Loma Rica, San José, Entre Ríos y Poronguillos.87

Al indagar sobre la cronología de esta industria, Cigliano88 estableció como fecha tope superior las edades de las culturas agroalfareras en el valle, ya que no reconoció ninguna asociación entre la cerámica y el material ampajanguense. Cigliano advirtió que el estudio geológico de la zona era un problema sumamente complejo.89 No obstante, sus conocimientos sobre la materia le permitieron enunciar que la erosión de la terraza donde se encontraban estos artefactos, la denudación del sedimento pliocénico sobre el cual se encuentra el yacimiento, no podría haber ocurrido en el período holocénico (10000 AP). Por el contrario, correspondería a un largo interglacial con precipitaciones torrenciales. Por lo tanto, la antigüedad de la cultura "ampajanguense" era superior a los diez mil años.90

Cigliano et al.91 hipotetizaron que la técnica ampajanguense habría sufrido un proceso de evolución hacia la técnica Ayampitín (también registrada en el área), o que en un momento la industria Ampajanguense recibió la influencia de cazadores-recolectores superiores que poblaron el lugar. Prueba de ello era el escaso número de puntas bifaciales de tamaño pequeño, que acompañaban a los bifaces. En resumen, dentro de las culturas pre-cerámicas conocidas hasta ese momento, Cigliano92 consideró que el Ampajanguense (por ser tipológicamente más primitivo) era una cultura más antigua que el Ayampitiense definido por Gonzalez.93

Contemporáneamente a los trabajos de Cigliano en Ampajango, Delfor Horacio Chiappe, partiendo de la Universidad de La Plata realizó también investigaciones en el Valle de Yocavil. Su objetivo era seguir los pasos de Adolfo Methfessel y tratar de localizar yacimientos pre-cerámicos, objetivo como ya vimos fuera compartido por Cigliano y equipo. De hecho, Chiappe94 conocía los hallazgos de material Ayampitín efectuados por Methfessel y la cultura de hacha de mano de Ampajango, definida por Cigliano.

En la localidad de Chiquimil o Entre Rios, sobre una elevación del terreno, Chiappe95 encontró en superficie una gran cantidad de artefactos líticos, mezclados con abundante material de desecho y rodados. Todo el material se hallaba cubierto por una fuerte pátina de color marrón oscuro; la misma que habría observado Cigliano en Ampajango.

Morfológicamente Chiappe96 definió dos grupos opuestos: en primer lugar artefactos del tipo hachas de mano, confeccionados sobre basalto y riolita; en segundo lugar un conjunto de puntas foliáceas delgadas, confeccionadas algunas de ellas sobre cuarzo lechoso. Como grupo intermedio entre ambas, Chiappe97 halló unas piezas espesas de contorno aproximadamente foliáceo y de sección subtriangular. Dicho investigador asumió que se trataban de dos culturas diferentes, Ampajango y Ayampitín, que convivieron en un mismo tiempo; presunción que se encontraba fortalecida por la pátina que presentan todas las piezas.98 De esta manera, Chiappe99 concluye que: "Esta aparente contemporaneidad, implicaría así mismo la coexistencia de pueblos que vivieron en diferentes etapas de su desarrollo cultural…".

Al reflexionar sobre esta primera etapa de nuestro caso de estudio, podemos observar cómo los investigadores atribuían a las culturas un carácter persistente, que posiblemente sufría modificaciones muy lentas, hasta transformarse en una tradición. El concepto de industria encierra la determinación de rasgos clásicos de un artefacto para una serie finita de sitios. El sitio, se transforma así en un componente clave para una cultura: asociado directamente con un "tipo de artefacto", es utilizado para caracterizar a una cultura. Ejemplo de ello es cómo a partir de la delimitación del sitio Ampajango, se crea la cultura Ampajanguense.

Las culturas son construidas, de esta forma, como un reflejo inevitable de la etnicidad. Las similitudes y diferencias en la cultura material podrían correlacionarse con las similitudes y diferencias en la etnicidad: el hallazgo de una punta Ayampitín, de su técnica, fue utilizado para describir a los cazadores recolectores; la distribución de los artefactos habilitaba a describir donde habría vivido dicho grupo étnico. Otra forma de entender esta construcción es a través del siguiente binomio: provincias culturales//grupos étnicos determinados = continuidad cultural//continuidad étnica.

Ontológicamente, los investigadores partieron de un concepto de verdad objetiva, independiente de sus percepciones: asumieron la existencia de un pasado por fuera del contexto de descubrimiento, que era necesario sacar a la luz. Se privilegiaba así una forma de investigar relacionada con el racionalismo científico, moderno y eurocéntrico, sustentado en los ideales de objetividad, neutralidad y verdad.100

Epistemológicamente se procedía de forma inductiva: uno a uno se iban recogiendo los datos para poder elevarlos a una generalización posterior, teniendo la primacía de las herramientas metodológicas la observación. La descripción era la explicación en sí misma, ya que las categorías se explicaban por sí solas. Por ejemplo, los objetos representaban ipso facto la cultura, porque se consideraba que la verdad era inherente a ellos. De esta forma, poder observar un bifaz tosco técnicamente, significaba y habilitaba al investigador poder hablar de la cultura Ampajanguense en su totalidad. En dicho contexto de investigación no existía la ruptura, la propia reflexión del investigador de observar los presupuestos de las categorías que el mismo construyó. El hecho de subsumir el esfuerzo de la ciencia arqueológica a investigar el objeto, terminó por descentrar el sentido social de la misma,101 convirtiéndose en una extensa recopilación y enumeración de ítems.

Segunda etapa: la influencia de un enfoque global

Adoptando un enfoque regional, Tarragó102 menciona que el proyecto de Cigliano tenía como objetivo, mediante una metodología clara, dar cuenta de los aspectos de la Cultura Santamariana que no eran conocidos en ese entonces, como los andenes de cultivo, las viviendas y los cementerios. Fue en ese momento donde se visualizó al Valle de Santa María como una unidad geográfica e histórica, desmembrándolo de lo que sucedía en los Valles Calchaquíes Norte y Medio. Y lentamente, el hallazgo de Cigliano fue cayendo en el olvido.

Una de las causas, podemos encontrarla en el análisis del contexto histórico que efectuó Tarragó.103 La autora menciona que el golpe de estado de 1966 inició un período en el cual las investigaciones y los equipos de trabajo se disolvieron, quedando inconclusa la propuesta de efectuar un trabajo de sistematización en los Valles Calchaquíes. Es interesante destacar cómo en la década siguiente, existieron posturas que intentaron devolverle al Valle Calchaquí su unidad primigenia.

Sin embargo, el motivo de mayor peso que diluyó y ocultó el hallazgo y la puesta en valor del Ampajanguense, fue la discusión internacional sobre el poblamiento americano. Gordon Willey,104 a través de una revisión de los sitios americanos conocidos hasta ese momento, propuso la hipótesis de la existencia de una antigua tradición de lascas, que habría llegado a América antes de los 12000 años. Consistía en una tecnología simple, contemporánea a una tradición de hachas, que incluía herramientas cortas bifacialmente trabajadas. Willey105 afirmaba la existencia de una posterior tradición bifacial que trajo a Sudamérica bifaces más grandes y mejor terminados.

Rápidamente, los hallazgos de sitios caracterizados por la ausencia de puntas de proyectil se fueron acumulando en la bibliografía, hasta que Krieger106 organizó los datos recabados y los denominó como el estadio "Pre-puntas de Proyectil". Dentro del mismo se encontraba el sitio ampajanguense, estudiado por Cigliano. El concepto de estadios de desarrollo pertenece a una perspectiva evolucionista unilineal, dominante en los enfoque teóricos de la arqueología americana de fines de la década de 1950, cuyo máximo exponente fue la sistematización de la cultura andina efectuada por Willey y Phillips.107

Según dicho marco teórico, las tradiciones sin puntas de proyectil constituirían el vestigio de las primeras adaptaciones del hombre en América. Se tratarían de recolectores-cazadores generalizados, que poseían un conjunto básico de útiles, que les permitió confeccionar una clase variada de herramientas en hueso, madera y piedra, para la adaptación a las distintas condiciones medio ambientales. Luego serían sucedidos por inmigrantes paleoindios, hacia el 12000 AP, que traían consigo puntas de proyectil y una tecnología lítica más elaborada.

En un trabajo posterior, Cigliano108 da cuenta de esta discusión y admite la dificultad de analizar sitios pre-cerámicos de superficie, por lo cual aboga por los métodos estadísticos para dar cuenta de los estudios tipológicos de estas industrias líticas. En consonancia con lo afirmado por Willey, Cigliano y Calandra estiman que, una vez que recopilaron la información sobre el problema de los bifaces en América: "… debe excluirse la posibilidad de que las puntas puedan derivar de las bifaces …".109 Al reflexionar sobre estas palabras, sugerimos que Cigliano actuaba en ese momento de acuerdo a los cánones disciplinarios, donde el objeto de estudio era construido a partir de dicotomías entre tipos de artefactos dentro de la tecnología lítica. Consideramos que esto se debía a una concepción profunda del investigador, acerca de qué tipo de cultura habían conformado las primeras poblaciones del noroeste argentino.

Esta posición encontró rápidamente la respuesta entre quienes argumentaban que únicamente los sitios con puntas acanaladas en Norteamérica y puntas colas de pescado en el sur podrían contarse entre las primeras ocupaciones del hombre americano. Esto conformó, lo que Gnecco110 denomina como Paradigma Paleoindio, de acuerdo al cual los primeros pobladores de Sudamérica fueron cazadores especializados de caza mayor, quienes ingresaron al hemisferio sur hacia el final del Pleistoceno. Lynch,111 revisando los materiales observados por Willey, estableció que la gran masa de material similar y tipológicamente primitiva no constituía un argumento convincente de la realidad de una tradición temprana de bifaces y choppers. Thomas Lynch, afirmaba que el estadio "Pre-puntas de proyectil" se constituía, en realidad, en descubrimientos aislados, muestras inadecuadas recogidas sin criterio en sedes canteras, o en áreas donde las materias primas eran inconvenientes para la confección de puntas de proyectil bifaciales.

Y en el caso particular del sitio analizado por Cigliano, Lynch cita las propias palabras de Willey, quien adujo que

[…] la asociación de terrazas geológicas es inconvincente dado que las piezas bifaciales se encuentran sobre la terraza como también en la quebrada situada debajo de la misma. Además la situación se complica por la presencia de un complejo con puntas foliáceas talladas por presión (Ayampitín) en las terrazas media y más antigua […]112

Por lo tanto, la asignación de la industria Ampajanguense como coetánea de otras industrias de bifaces (como las de Venezuela y Perú), descansaba sólo en la semejanza del material113 y en la autoridad académica del investigador que las definió. De esta manera, cayó una de las piedras fundamentales de la hipótesis de Cigliano, ya que para Willey (quien era un arduo defensor de estos tipos de sitios), el método de fechar por terrazas no constituyó un buen criterio de edad relativa.

Gnecco114 sintetiza los errores metodológicos y teóricos del estadio "pre-puntas de proyectil" al notar que, en primer lugar, el nombre era inapropiado pues un conjunto que exhibía baja tecnología también podía incluir puntas de proyectil en materiales de mala calidad. En segundo lugar, estos conjuntos de artefactos toscos tenían una amplia distribución temporal, llegando incluso hasta épocas de la conquista, y por último considera que fue apresurado y metodológicamente incorrecto derivar un significado cultural y cronológico de colecciones de superficie.

Profundizando dicho análisis, consideramos que en este momento de la disciplina arqueológica mundial, el vocablo "industria" se hallaba sedimentado dentro del sentido común arqueológico, incrustado dentro de la praxis arqueológica. De esta manera, los conceptos no se problematizaban, no se analizaban si están debidamente justificados, sino que se reproducían automáticamente.

Este es el caso de los conceptos que estudiamos en nuestro trabajo. Tanto los términos cultura como industria, se aplicaban al registro arqueológico indistintamente, en relación con la trayectoria del equipo del trabajo. Apoyándonos en la argumentación formulada por Borrero,115 creemos que es dable pensar que aplicando el término industria, la cultura se convertía en una unidad uniforme, sin variaciones temporales y espaciales. Era el equilibrio la imagen de la sociedad que predominaba; confeccionando una comparación con la estratigrafía de una excavación, las culturas se sucederían una tras otra como capas, sin mezclarse.  

En segundo lugar, creemos que la inserción del hallazgo del Ampajanguense dentro de la problemática del Poblamiento Americano, ejemplifica claramente el accionar de un paradigma en la arqueología mundial, y que los límites entre la ciencia y los valores subjetivos son laxos. El paradigma paleoindio, como lo definió Gnecco,116 tenía la función de indicar a los científicos cuáles eran las entidades que contenía en tanto marco superior (qué clase de sitios eran tempranos y cuáles no) y cómo se comportaban dichas entidades dentro de la teoría general.

La discusión entre la postura de Willey (dentro de la cual se encolumnaba Cigliano) y la de Lynch, forma parte en realidad de una puja por dirimir sobre las anomalías dentro del paradigma: ¿los sitios que no tienen puntas de proyectil pueden considerarse cómo tempranos? Las anomalías son hechos para los cuales los investigadores formados dentro de un paradigma no se encuentran preparados; en ellas la naturaleza transgrede las expectativas inducidas por el paradigma.117 El sitio Ampajanguense constituía entonces, una anomalía dentro del paradigma paleoindio.

Es en ese momento de la historia de la arqueología, donde se puede apreciar cómo las barreras entre el contexto de descubrimiento y de justificación se desdibujan, dado que la conceptualización y la observación se encontraban inseparablemente enlazados en la detección y definición de un sitio. Las investigaciones de Cigliano fueron desprestigiadas en gran medida por no adecuarse al paradigma vigente, por no encajar dentro de las expectativas y conceptos teóricos de la comunidad científica. Si efectuamos un corte, un distanciamiento, al revisar la historia de estos hallazgos, coincidimos con Kuhn118 en que no existió una distinción clara entre ciencia y valores, porque la objetividad estaba dada por criterios más altos que la neutralidad.

Tercera etapa: La crítica post-positivista

Luego de un hiatus de diez años, durante la década del ochenta, la temática del Ampajanguense fue retomada por un equipo de geólogos tucumanos.

En estas investigaciones vuelve a resurgir el dato del barniz del desierto presente en los artefactos, dejado de lado por Cigliano, pero observado como marcador temporal por Chiappe. Particularmente, la formación de estas pátinas o barnices es un proceso especialmente químico en el cual, el principal agente meteorizante es el agua. Durando y Platanía119 consideraron que los barnices constituían un indicador paleoclimático confiable, ya que se formaron en condiciones climáticas particulares.120 En el caso del Valle de Yocavil este proceso debió producirse en los primeros tiempos del Holoceno, coincidente al Optimo Climático121 y relacionado directamente con un aumento en los valores pluviométricos.122

Dichos barnices no sólo se encontraban en el sitio descripto por Cigliano, sino por toda un área comprendida entre la sierra de Quilmes y las cumbres Calchaquíes, abarcando las vecindades de los afluentes del río Santa María, el Amaicha en Los Zazo, en Las Salinas y Yasyamayo.123 Sin embargo, siempre se tuvo en cuenta que se trabajaban y analizaban los mismos materiales. En este sentido, al recorrer el área del arroyo Las Salinas, Durando et al.124 reconocen que "La mayor parte de los artefactos son de reconocida filiación ampajanguense o ayampitoide" y utilizan para medir la edad del acontecimiento paleoclimático responsable de la formación de pátinas el hallazgo de puntas ayampitinoides rotas con pátinas (1500 A.C.).125

Una vez en el laboratorio y al analizar nuevamente la muestra recolectada por Cigliano en Ampajango y los conjuntos recolectados en Amaicha del Valle y Terrazas del Río los Zazos, Durando et al.126 sugieren que los artefactos de escasa formatización ("toscos" en las palabras de Cigliano), no son productos terminados, sino el resultado de pocas etapas de manufactura. Por lo tanto, no resultaba adecuado considerarlos como una industria, atendiendo a la definición de Aschero127 en tanto asociación recurrente de tipos en determinadas situaciones de tiempo y espacio. Se tratarían en cambio, de preformas, las etapas previas a la confección de un instrumento.

Profundizando una diferencia con lo enunciado por Cigliano et al.128, Durando et al.129 plantearon, a manera de hipótesis, que los sitios a cielo abierto del Valle de Yocavil, con conjuntos artefactuales sin puntas de proyectil funcionarían sólo como "sitios cantera" y no podrían vincularse con sitios cazadores-recolectores.130 La industria estaría en realidad conformada por numerosos sitios cantera, que se han descrito como áreas de fuentes secundarias y como talleres.131 Vemos aquí cómo la geología acude al encuentro interdisciplinario, para reconstruir el pasado del hombre.132

Estas hipótesis, encuentran parcialmente respaldo en las investigaciones efectuadas recientemente por Carolina Somonte133 en Amaicha del Valle. Dicha autora establece la necesidad de contrastar la propuesta sobre cuáles fueron las condiciones paleoclimáticas necesarias para la formación del barniz, así como su relación con la dinámica poblacional prehispánica.134 Si bien no trabajó con los materiales recolectados por Cigliano, sí lo hizo con la distribución de material en superficie, que registran el mismo barniz. Tras detectar las fuentes de materias primas, su distribución, disponibilidad y accesibilidad, Somonte135 sugiere que es dable pensar que dentro de las estrategias de aprovisionamiento, la reclamación (utilizar como fuentes de materias primas, artefactos descartados en otro contexto de uso) haya ocupado un rol importante en la tecnología lítica. De esta manera, la presencia de pátina es la prueba que un artefacto descartado en un sitio con abundancia de materia prima (cantera-taller), puede haber sido utilizado posteriormente. 

En resumen, a partir de la 1980, la llegada del enfoque procesual permitió que se abandonara el concepto de áreas culturales, dando lugar a los estudios de patrón de asentamiento que tienen como objetivo registrar un número variable de sitios, que conforman entre sí un sistema. Con respecto al concepto de patrón de asentamiento, el uso de dicha categoría se corresponde a una nueva definición del espacio.136 Este concepto cobra así importancia en el análisis arqueológico, transformándose en una variable sustancial, pues a su vez permite comprender la explotación de distintos pisos ecológicos y entender la interacción entre poblaciones que se hallaban distantes unas de otras. Es en este momento, cuando comienza a desaparecer el vocablo "Cultura Ampajanguense", como una entidad que se pudiera definir a través de un número finito de rasgos, pues no se condice con el concepto de sistema que manejaba la arqueología procesual.

Esto último obedece a la desconfianza del procesualismo sobre el hecho de arribar a "verdades absolutas". Mencionar, describir la industria Ampajanguense en el contexto de justificación, esconde la pretensión científica de tener el rompecabezas de la investigación ya armado. En contraposición, a partir de ese momento la comunidad científica tendría como objetivo acercarse progresivamente, pero nunca totalmente a la verdad. Esto se efectuaría mediante el planteo de hipótesis; de la falsación de cada una de ellas se garantizaba el progreso en el conocimiento.

Conclusiones del caso de estudio

Si efectivizamos nuestra ruptura, nuestro distanciamiento con el registro arqueológico, consideramos que más allá del cambio del marco teórico, existió uno más profundo en la construcción del concepto de cultura, que tiene su origen en un deslizamiento entre modelos dentro de las ciencias humanas. Foucault137 establece que en la historia de las ciencias humanas se van sucediendo tres reinos o modelos del hombre. En primer lugar, el modelo biológico, donde el hombre es un ser que tiene funciones, se adapta al medio-ambiente, se somete a sus exigencias, trata de borrar los desequilibrios y actúa mediante regularidades. Dentro de una analogía con la vida celular, el hombre tiene una multiplicidad de funciones, para las cuales la norma es su respuesta. Luego de este modelo, comienza la proyección del modelo económico, donde el hombre es un ser que tiene necesidades y deseos, lucha con sus contemporáneos para satisfacerlos, mediante el arreglo de medios y fines. Emerge el conflicto, y dentro del plano sociológico que analiza la condición humana, la regla social es la contrapartida para garantizar la vida en sociedad. Por último aparece el reino del lenguaje: cada objeto se representa y alcanza una significación para el hombre, quien comienza a utilizar en su cotidianeidad un sistema de signos.

Si bajo la propuesta de Foucault138 deconstruimos el caso específico del Ampajanguense, sugerimos que la visión de Cigliano podría encuadrarse dentro del modelo biológico del hombre. En dicho sentido, el artefacto era la prueba más auténtica de la adaptación del hombre a su medio y de su camino evolutivo. El Ampajanguense (como construcción teórica) era ante todo, un cazador y como ser vivo se habría valido de la forma más rudimentaria que le dio la naturaleza para satisfacer sus necesidades. La técnica de talla, aparece aquí como la norma, la conducta establecida como respuesta a un estímulo natural.

En los ochenta, por el desprestigio acumulado que había sufrido el evolucionismo social, ya no era conveniente en el plano de la ciencia posicionar al hombre en una secuencia evolutiva. Se observan los mismos materiales, pero consensuada académicamente la ubicuidad del hombre como ser social, era pertinente una respuesta también social al problema de un conjunto numeroso de artefactos cuya técnica de talla, era sencilla. La resignificación del Ampajanguense (y toda su distribución en el Valle de Yocavil) como sitio cantera-taller implica explicitar, dar cuenta que un grupo social en un momento particular de la historia, llevaba consigo un conflicto: abastecerse de materias primas. La regla fue entonces erigir al sitio Ampajanguense como un lugar predeterminado, aceptado comunitariamente, donde obtener los recursos vitales para esa sociedad y confeccionar las preformas. En otras palabras: la técnica deficiente en el modelo biológico de Cigliano es construida aquí como un paso, una etapa dentro de todas las respuestas a su medio ambiente que dio el hombre en su evolución. En el modelo económico inaugurado por la geología, la técnica es la evidencia de una sucesión de intereses, de cálculos efectuados por el hombre, donde se busca el sitio más próximo para manufacturar más rápidamente artefactos y ganar tiempo.

Una cuestión ineludible en nuestro análisis es plantear que la técnica de talla no deja de ser una representación, dibujada por la antropología como ciencia humana. Esta representación integra el cúmulo de muchas otras, como el lenguaje, las necesidades, las relaciones sociales; todas ellas son fruto de la relación que mantiene la antropología (como ciencia occidental) con las culturas.139

5. CONCLUSIONES

Desde las primeras épocas el objetivo de nuestra disciplina estuvo relacionado al conocimiento de las poblaciones indígenas que habitaban el país. En un primer momento, este interés estuvo marcado por negar el pasado indígena, con el propósito de construir una historia de la Nación. El desarrollo de los museos los incluyó en la historia natural junto con los restos geológicos y paleontológicos. Lentamente, a medida que se fueron incorporando categorías étnicas a la clasificación de las poblaciones prehispánicas, se las fue incluyendo en el discurso histórico de la Nación. 

La arqueología cumplía entonces la función de definir estas unidades étnicas en base a la interrelación entre los objetos y las descripciones etnográficas de las fuentes históricas. Es así que la disciplina se constituyó como una ciencia descriptiva, resguardándose en el coleccionismo y asignándole a un conjunto de piezas una denominación étnica.

La Escuela Histórico Cultural de Viena le otorgaba validez, como conceptualización teórica, a la metodología de trabajo anterior. Generaba un andamiaje para el concepto de cultura que manejaba la disciplina con respecto a las poblaciones prehispánicas, que eran su objeto de estudio.

El trabajo de Bennett complejizó el concepto de cultura, al elaborar una secuencia regional de las mismas. De esta manera, la cronología generó un cambio en el modo de percibir el pasado, ya que se le otorga profundidad temporal a las poblaciones prehispánicas, resaltando su diversidad. Este constituyó un punto clave en la trayectoria de nuestra disciplina, pues de esta manera dio lugar al interés por nuevas ideas e influencias teóricas. Este es el caso de los desarrollos llevados a cabo por Cigliano y su equipo en el área del Valle De Yocavil (Catamarca). El interés por develar el desarrollo histórico del área llevó a este investigador a buscar sitios que describieran cada fase cultural a partir de conjuntos de restos culturales. En el caso del Ampajanguense, la búsqueda de Cigliano estaba orientada al hallazgo de sitios pre-cerámicos, a partir de cuyos restos se definieron industrias en base a la técnica utilizada en la formatización.

El hallazgo de Cigliano se produjo en un contexto donde las discusiones predominantes se relacionaban con las culturas definidas a partir de diferencias estilísticas. Por lo tanto, Cigliano termina analizando una temática que no se encontraba incluida en los parámetros de la disciplina, en la cual los estudios líticos eran casi exclusivos de las regiones de Pampa y Patagonia.140 De allí deriva en una discusión de alcance mayor, la del Poblamiento Americano, casi por accidente. En dicho contexto, el concepto cultura servía como cobertor para un sinnúmero de términos disímiles, para una multiplicidad de sentidos sobre cuál era la relación entre tecnología y poblaciones humanas. Dicha confusión, se termina dirimiendo exclusivamente en el terreno del objeto, en el material observado, sin explicitar cuáles eran los preconceptos, el sentido común arqueológico acerca de las nociones sobre cultura.

Finalmente la Nueva Arqueología, con sus distintas modalidades, fue el marco teórico donde a través de su noción de sistema, la palabra cultura fue mimetizándose con el de adaptación. El extenso recorrido de las investigaciones de dicho carácter, fue diluyendo el sentido esencialista del significado cultura, y nuevamente la tecnología toma relevancia como respuesta al estímulo ambiental.

Al realizar nuestro análisis desde una perspectiva que incluye la vigilancia epistemológica sobre la forma en la cual se fue construyendo en líneas generales el conocimiento en Arqueología, pudimos dar cuenta de una importante característica de la disciplina que se mantuvo a lo largo del tiempo: la prioridad del objeto sobre el sujeto. El término cultura es una expresión de la "primacía del objeto"141 que se fue constituyendo desde la misma formación de la disciplina, la cual enmascara, al decir de Haber142 "la ruptura metafísica": el lugar del sujeto (el investigador) por afuera de la relación con el objeto, otorgándole a éste un lugar independiente, fuera de sí. Es por esta razón que al hablar de culturas, en efecto se enumeran colecciones de piezas (líticas o cerámicas): son los objetos los que remiten a las poblaciones.

Coincidimos con Nastri143 en que "la primacía del objeto (se constituyó) como una orientación que busca limitar el trabajo arqueológico a una consideración de los hechos, equiparando por lo general a los mismos con la presencia material de objetos". Esta perspectiva implica una visión estática del pasad

o, a la vez que dificulta el acercamiento de la disciplina a las poblaciones actuales. Consideramos que reflexionar acerca del carácter de los objetos que estudiamos como productos de agentes sociales y su inclusión dentro de un marco que permita analizar al pasado bajo una perspectiva social, abrirá el camino para ampliar los horizontes de la disciplina, en la que se incluya la crítica y la autorreflexión.

NOTAS

1 Mariano Garreta, "Cultura", en La trama cultural. Textos de Antropología y arqueología, eds. M.Garreta y C. Bellelli (Ediciones Caligraf: Buenos Aires, 2001).         [ Links ]

2 B. E. Tylor, Primitive Culture (1871). Citado en Julio Carvajal, Juegos cruzados en el pensamiento antropológico (Buenos Aires: CBC - UBA, 1994).         [ Links ]

3 Ibíd.

4 E. Carutti, E., M. J. Garreta, D. Lopez, G. Palmeiro, C. Martinez Sarasola y R. Santillan Guemes, El concepto de cultura (Buenos Aires: Facultad de Humanidades UNSa, 1975).         [ Links ]

5 La historia de la arqueología en Argentina ha sido abordada por diferentes autores a través del tiempo. Entre ellos podemos mencionar Fernandez (1979-1980), Politis (1988), Podgorny (1999, entre otros) y Ramundo (2008).

6 P. Bourdieu, J. C. Chamboredon y J. C.Passeron, "Introducción" y "Capítulo 1", en El oficio del sociólogo (México: Siglo XXI editores, 1985).         [ Links ]

7 P. Bourdieu y L. J. D. Wacquant, Respuestas por una antropología reflexiva (España: Grijalbo, 1987).         [ Links ]

8 R. P. Curtoni y M. G. Chaparro, "El espejo de la naturaleza y la enfermedad histórica en la construcción del conocimiento", Intersecciones en Antropología,9 (2008): 213-227.         [ Links ]

9 P. Feyerabend, Contra el método (España: Editorial Ariel, 1981).         [ Links ]

10 Bourdieu y Wacquant, Respuestas por una antropología reflexiva.

11 Ibíd.

12 Ibíd.

13 Paola Ramundo, "La investigación arqueológica argentina", en Historia de la ciencia argentina III, ed. César Lorenzano (Buenos Aires: EDUNTREF, 2008).         [ Links ]

14 Cristina Bellelli, "Las teorías en Arqueología", en La trama cultural Textos de Antropología y arqueología, eds. M. Garreta y C. Bellelli (Buenos Aires: Ediciones Caligraf, 2001), 138.         [ Links ]

15 Cristina Bellelli, "Las teorías en Arqueología", 138.

16 La aniquilación y reclusión de los indígenas fue la consecuencia directa de esta política. Los traslados y el confinamiento configuran el proceso de desintegración cultural de estas poblaciones, las cuales ven desintegrada la posibilidad de construcción de etnicidad. En las zonas que habían sido avanzadas  por la conquista en los siglos XVII y XVIII, la mestización configura otras situaciones con resultados paralelos. Martínez Sarasola, C. Nuestros paisanos, los indios. Vida, historia y destino de las comunidades indígenas en Argentina (Buenos Aires: EMECE Editores, 1992).         [ Links ]

17 Patricia Arenas, "La antropología en la Argentina a fines del siglo XIX y principios del XX". Runa XIX (1989-1990): 147-160.         [ Links ]

18 La apertura del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata fue en 1888; el Museo Histórico Nacional en 1891, el Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires en 1904; entre otros museos de importancia.

19 A. Haber, "Supuestos teórico metodológicos de la etapa formativa de la arqueología de Catamarca (1875-1900)". Publicaciones del CIFFYH, Córdoba, Arqueología,47 (1994): 31-54.         [ Links ]

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25 Haber, "Supuestos teórico metodológicos de la etapa formativa de la arqueología de Catamarca (1875-1900)", 33.

26 Ibíd., 33.

27 Ibíd, 43.

28 Podgorny, "De la antigüedad del hombre en el plata a la distribución de las antigüedades en el mapa: los criterios de organización de las colecciones antropológicas del museo de La Plata entre 1897 y 1930", 81-101.

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42 Perazzi, Hermenéutica de la barbarie. Una historia de la antropología en Buenos Aires, 1935- 1966, 46.

43 Tarrago, "La Arqueología de los Valles Calchaquíes en perspectiva histórica", 42.

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