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Revista argentina de sociología

versión On-line ISSN 1669-3248

Rev. argent. sociol. v.4 n.7 Buenos Aires jul./dic. 2006

 

Ser madre en los sectores populares: una aproximación al sentido que las mujeres le otorgan a la maternidad

Juliana Marcús

Facultad de Ciencias Sociales UBA

julimarcus@velocom.com.ar
Juliana Marcús. Lic. en Sociología, Universidad de Buenos Aires. Doctoranda en Ciencias Sociales, UBA. Becaria de Posgrado CONICET. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

Abstract

En este artículo se presentan algunas reflexiones sobre el sentido que las mujeres de sectores populares le otorgan a la maternidad y sobre cómo es percibido y valorado socialmente el "ser madre". Sostenemos que debido a la gran heterogeneidad que se vislumbra al interior del sector estudiado, la percepción y representación de la maternidad varía según la generación (adolescentes, jóvenes o adultas), el lugar de origen (provienen del conurbano bonaerense, interior del país y países limítrofes) y el espacio de socialización durante los últimos años (villas miseria, asentamientos, casas tomadas y hoteles). Preferimos, entonces, hablar de "maternidades" en lugar de maternidad.
Este trabajo compara el sentido de la maternidad otorgado por madres adolescentes, que viven en zonas marginales del conurbano sin posibilidades de traspasar las fronteras culturales del propio grupo, y madres jóvenes y adultas, provenientes de zonas semi rurales del interior del país, que actualmente residen en hoteles de la urbe porteña, hábitat que les permite interactuar con "otros culturales".

Palabras clave: Sectores Populares; Maternidad; Códigos Culturales; Marginalidad; Hábitat Urbano.

This article reflects on the meanings of motherhood for women of the popular sectors, and on how "being a mother" is socially perceived ad valued. The paper argues that due to the great heterogeneity within the sector under study, perceptions and representations of motherhood vary according to age (teenagers, young or adult women), place of origin (city outskirts, the provinces, bordering countries), and socialization environments in the latter years (city slums, temporary settlements, squatter houses, tenement hotels). This explains the choice of the notion "motherhoods" rather than 'motherhood.'
The research compares the meanings of motherhood for teenage moms who live in marginal areas in the city outskirts, deprived of the possibility of overcoming the cultural frontiers of their own group. It also discusses the meanings assigned by young and adults moms who come from semi-rural areas in the provinces and currently reside in tenement hotels in the city, a habitat that allows them to interact with "cultural Others".

Keywords: Popular Sectors; Motherhood; Cultural Codes; Marginality; Urban Habitat.

1. Presentación

El artículo centra su mirada en algunos aspectos de mi proyecto de tesis doctoral1 sobre la socialización urbana y sus efectos en los consumos, la afectividad y la sexualidad de jóvenes migrantes, provenientes en su mayoría de sectores populares de las provincias del noroeste y del noreste argentinos, que habitan en hoteles-pensión de la Ciudad de Buenos Aires.
En esta oportunidad, indagamos sobre el sentido que las mujeres de sectores populares urbanos le otorgan a la maternidad y sobre cómo es percibido y valorado socialmente el "ser madre" al interior del sector estudiado. Se trata de mujeres jóvenes y adultas migrantes, provenientes de sectores populares, que han sido socializadas en la gran ciudad durante los últimos quince años, en contacto e interacción con otros códigos culturales diferentes a los propios. Este proceso de interacción e influencias les permite la reelaboración y reapropiación de nuevos comportamientos relativos a los consumos, la educación de sus hijos, la anticoncepción (conocimiento y acceso a los MAC) y las relaciones de género. Sin embargo, luego de varios encuentros con "nuestras nativas", percibimos ciertas tensiones y contradicciones entre la herencia cultural que portan estos sujetos y los nuevos saberes y creencias que van incorporando de a poco. Como veremos, por un lado utilizan métodos anticonceptivos para regular su maternidad, práctica apropiada a través del contacto con "otros culturales", con el objetivo de realizarse personalmente en distintas esferas de la vida social, pero por otro lado la perciben como algo "natural", inherente al ser mujer, representación que reproduce y reactualiza su habitus de clase.
Nuestra hipótesis se orienta a afirmar que existen diversas mediaciones2 que están incidiendo en las prácticas de estas mujeres, asociadas a las representaciones que poseen acerca de los papeles sociales que deben desempeñar, los modelos de maternidad y familia internalizados, los mandatos culturales y las prohibiciones acerca de la sexualidad, las significaciones relativas a la pareja y al cuerpo.
Al interior de los sectores populares existe una gran heterogeneidad, con lo cual deberíamos hablar de "maternidades" y no de maternidad. En este sentido, nos referimos a una heterogeneidad que combina varios factores. Aquí nos ocuparemos sólo de algunos: la espacialidad / el hábitat3 (pueden residir en villas miseria, asentamientos, barrios populares, propiedades intrusadas, hoteles, inquilinatos, etc.), el lugar de origen (provienen del conurbano, del interior del país y de países limítrofes) y la generación. Creemos que en los sectores populares la maternidad cobra un sentido distinto en madres adolescentes y madres jóvenes y adultas (generación), pero también la incidencia del espacio juega un papel sumamente significativo. Como veremos, el modo en que se vivencia la maternidad no es el mismo si se trata de mujeres que residen en zonas marginales, en condiciones de pobreza, precariedad material, inestabilidad ocupacional, donde tienen menos posibilidades de traspasar las fronteras del propio grupo, que si se trata de mujeres que viven en hotelespensión ubicados en la Ciudad de Buenos Aires, integrados en cierta medida a la dinámica de las instituciones sociales (ámbito laboral, establecimientos educacionales, ONGs, cooperativas, hospitales, etc.), interactuando constantemente con referentes culturales distintos de los propios, es decir, los sectores medios de la población.
Mediante la utilización de técnicas etnográficas (observaciones prolongadas, sucesivas visitas a los grupos familiares, entrevistas en profundidad e historias de vida), realizamos visitas reiteradas a los hoteles e indagamos sobre la vida cotidiana de cuatro mujeres, con el objetivo de acceder a sus historias, comprender el universo cultural4 en el que desarrollan sus vidas y, particularmente, las significaciones que ellas otorgan a la maternidad. Utilizamos el método de la descripción densa (Geertz, 1987: 37) donde nos ocupamos de interpretar, rescatar e inscribir lo dicho por los "nativos", es decir, "establecer la significación que determinadas acciones sociales tienen para sus actores", interpretando el sentido que ellas asignan a la maternidad y a los hijos. Para desentrañar las estructuras de significación atendimos la conducta de los actores (representaciones, discursos y prácticas), puesto que en ella las formas culturales encuentran articulación.

2. Aportes conceptuales sobre la(s) maternidad(es)

El amor materno no es un amor natural; representa más bien una matriz de imágenes, significados, prácticas y sentimientos que siempre son social y culturalmente producidos.
Nancy Scheper-Hughes (1997)

Lo importante al desnaturalizar el concepto de maternidad es abolir la supuesta existencia de una maternidad basada en el instinto, considerada como algo nato en la mujer. Lejos de poseer este carácter esencial, la maternidad es cultural, se construye contextualmente, a lo largo de la historia, a través de luchas por la imposición de un sentido legítimo del ser madre. Por ende, deben analizarse con sentido crítico las teorías que históricamente han postulado como generales o universales las normas de cómo debe ser una buena madre, diseñadas de acuerdo con los patrones de la familia occidental, moderna y de clase media. Esto es lo que hicieron Rousseau y Freud, que con ciento cincuenta años de distancia elaboraron una imagen de mujer coincidente: destacan su sentido de la abnegación y el sacrificio, que según ellos caracteriza a la mujer "normal", donde la primera condición de una buena maternidad es la capacidad de adaptarse a las necesidades del hijo. En contraposición se esgrime el argumento de la mala madre como aquella "incapaz o indigna". Al postular que la maternidad genera naturalmente amor y la dedicación al niño, las aberraciones eran percibidas como excepciones patológicas a la norma (Badinter, 1991: 264). Siguiendo a Badinter, durante décadas la prensa francesa no escatimó la imagen estereotipada de la buena madre que se queda en casa, ni las desdichas que acechan al hijo abandonado por la madre que trabaja.
En la Argentina, durante la década del cuarenta, las feministas intentaron reformular la maternidad. Fundamentalmente la consideraron una "función social", y para algunas, incluso, una "posición política": el ejercicio de la maternidad era una forma de hacer política. Puesto que eran o podían ser madres, no podía privarse a las mujeres de derechos civiles, sociales y políticos (Nari, 2000). Las feministas eran plenamente conscientes del doble carácter de la maternidad: valiosa para la libertad, valiosa para la opresión. En relación con las mujeres de la clase obrera, se insistía en las condiciones materiales inadecuadas a las que se veían forzadas a ser madres (trabajos insalubres, violencia familiar, abandono de sus esposos). Para las mujeres de sectores medios o incluso de la elite, la opresión parecía venir de la mano del afianzamiento del modelo maternal hegemónico impulsado por los médicos.
En los años sesenta, once años después de la aparición de El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, nació en Estados Unidos un importante movimiento feminista cuyo objetivo prioritario fue cuestionar los fundamentos de la concepción freudiana de femineidad. Al destruir el mito freudiano de la mujer normal, pasiva y masoquista, volvió caduca la teoría de la madre naturalmente abnegada, hecha para el sacrificio. Kate Millet, perteneciente al feminismo radical norteamericano5, supo mostrar las fallas del razonamiento freudiano. Si la virilidad en sí misma es un fenómeno superior, tal como argumenta Freud, debería poder probarse. Millet piensa que hay que buscar la respuesta en la sociedad patriarcal6 y en la situación que esa sociedad les reserva a las mujeres (Badinter, 1991: 280). Para el psicoanálisis, la anatomía es destino. Según Freud, la pasividad, el masoquismo y el narcisismo propios de la personalidad femenina, representaban la norma de un correcto desarrollo femenino. Poco importaba que la educación y los factores de socialización hayan inducido a las mujeres a adoptar esas actitudes; "lo adquirido se declaraba innato" (Badinter, 1991: 281). Freud parece pensar como un determinista biológico, pues arguye que "la exigencia feminista de derechos iguales para ambos sexos no nos llevará muy lejos, pues la distinción morfológica se expresa obligatoriamente en diferencias de desarrollo psíquico" (Freud, 1924: 178; citado en Chodorow, 1984: 230). Para Freud hay un destino reservado a las diferencias anatómicas entre los sexos. El lenguaje de la "naturaleza" recubre suposiciones patriarcales sobre la pasividad (en las mujeres) y la actividad (en los hombres) (Chodorow, ob.cit.).
Las teorías contemporáneas del sentir maternal 7 o amor materno son el producto de un momento histórico que coincide con la transición demográfica y con el auge de la familia nuclear moderna burguesa. Esta concepción moderna del amor materno es el resultado de una estrategia reproductiva que promueve "tener pocos hijos e invertir a fondo (emocional y materialmente) en cada uno de los que nacen" (Scheper-Hughes, 1997: 385). Desde esta noción de la maternidad no se consideran moralmente correctos ciertos "sentimientos maternales" diferentes, como aquellos de los sectores más pobres de la sociedad, donde están presentes otras prácticas maternales. Sin embargo, esta estrategia resulta ajena a los significados compartidos por la mayoría de las mujeres que viven en situaciones de extrema pobreza. En condiciones de alta mortalidad ocurre que las mujeres suelen tener muchos hijos, aunque sobreviven sólo algunos de ellos. Asimismo, desde hace cientos de años, en las familias campesinas la lógica de la reproducción se relaciona con la inversión en un gran número de miembros del grupo que garantice el mantenimiento de la mano de obra. También, aún hoy, en la cultura reproductiva de los sectores populares tener muchos hijos es símbolo de prestigio, poder y abundancia del grupo familiar (Wang, 2004).
Ahora bien, desde el modelo hegemónico, alejarse de aquel ideal de madre incondicional, "madura" y "preparada" para la función asignada, convierte en foco de sospecha a las mujeres, sobre todo si se trata de jóvenes, pobres y solteras. Algunas de estas cuestiones se ponen de manifiesto cuando se trata de madres adolescentes provenientes de sectores populares. Muchas de ellas, para ser consideradas buenas madres deben esforzarse y adaptarse a las expectativas emotivas que define el guión del apego maternal.

3. La percepción de la maternidad al interior de los sectores populares

3.1. ¿Qué significa ser madre en un contexto de marginalidad social?

El mandato cultural dominante de "ser madre" recae sobre toda mujer sin importar la clase social (Mancini, 2004), aunque su significado adquiere diferentes características según el sector social y las diferentes culturas. Si bien, en nuestra cultura occidental, la maternidad es el principal organizador de la vida de la mujer, las pautas que cada sociedad transmite en cuanto al momento para ser madre o al número de hijos varían de acuerdo con los diferentes estratos socioculturales.
Como argumentamos en la introducción de este trabajo, debido a la heterogeneidad que se vislumbra al interior de los sectores populares, existen diversos modos de percibir y vivir la maternidad, según la generación (adolescentes, jóvenes o adultas), el lugar de nacimiento (conurbano bonaerense, interior del país y países limítrofes) y el espacio de socialización (villas miseria, asentamientos, casas tomadas y hoteles de la ciudad)8. En este apartado expondremos algunos datos estadísticos significativos sobre embarazo, maternidad y anticoncepción adolescentes, provenientes de una encuesta a nivel nacional realizada por la Sociedad Argentina de Ginecología Infanto-Juvenil (SAGIJ) (2003), un estudio efectuado por el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) (2004) y una investigación llevada a cabo por Graciela Climent y Diana Arias (1996). Nos centramos en aquellos datos referentes a jóvenes y adolescentes (generación) de sectores populares que habitan en barrios del conurbano bonaerense y zonas deprimidas del interior del país (espacio cotidiano de interacción social), sin posibilidades de traspasar las fronteras culturales del propio grupo ni, por lo tanto, de interactuar con "otros culturales". Veremos cómo la situación de precariedad material en la que se vive en estos espacios de socialización y las pocas posibilidades de realización laboral, sumado a que son expulsadas tempranamente del circuito educativo, terminan imponiéndose y estableciendo que la maternidad se presente como la única vía de afirmación y realización personal. A estas condiciones materiales de existencia se suman mandatos y pautas culturales que refuerzan el valor positivo de la maternidad.
En esta fracción de los sectores populares, el ser madre otorga identidad como mujer, pues se sienten un individuo completo en tanto madres, ya que su hijo es su alegría y su justificación. Una frase que lo resume es soy mujer porque soy madre. Muchas veces los embarazos no son planificados ni buscados por estas jóvenes mujeres y junto al sentimiento de gratificación que supone ser madre se superpone otro: el de una aceptación a veces resignada como un destino inherente al ser mujer: soy madre porque soy mujer9. En este sentido, existen imágenes de género tradicionales que tienden a identificar de una manera muy estrecha mujer y maternidad (Climent y Arias, 1996). En estos estratos la maternidad temprana es culturalmente más aceptada, así como la cantidad de hijos por mujer suele ser bastante más elevada que en los sectores medios.
En cuanto al valor atribuido a los hijos y el significado de la maternidad en sus vidas, los hijos tienen un valor simbólico como afirmación de su identidad, constituyen una fuente de legitimidad social, autoridad moral y gratificación emocional (González Montes, 1994; citado en Ariza y De Oliveira, 2003: 45). La maternidad también es vista como una fuente de poder, puesto que, además de dar sentido a sus vidas, las reivindica frente a la comunidad al tiempo que les permite ejercer un control sobre los hijos.
Sentir a sus hijos como propios, es decir, como parte de sus pertenencias, reproduce y afirma aún más el lugar de madre como dadora de identidad. Los hijos se convierten en elementos clave a partir de los cuales se define esta identidad, ya que el rol maternal les brinda recompensas y gratificaciones que no encuentran en otros ámbitos de sus vidas (Marcús, 2003). Es posible ver en el embarazo y la maternidad una forma de afirmación de la subjetividad de las jóvenes y de proyección a futuro. La maternidad es parte importante del proyecto de vida. Al comprender las prácticas populares se puede pensar que, en el caso de las jóvenes del sector, la maternidad funciona como posibilidad de tener un proyecto propio, lo cual no supone ubicar tal proyecto como ausencia de otros proyectos o mero relleno de un futuro inimaginable para ellas. "Estas mujeres les asignan a sus hijos un valor afectivo y 'reparador', pues de ellos esperan recibir 'amor y compañía', así como darles lo que a ellas les faltó de niñas" (Pantelides, Geldstein, Infesta Domínguez, 1995: 59).
Según una encuesta a nivel nacional realizada por la SAGIJ a 1485 adolescentes de bajos recursos durante el año 2003, el 90,5% de las encuestadas iniciadas sexualmente (1030), con una edad promedio de 16,7 años, mantenía relaciones en la actualidad. Al momento de la indagación, el 27,9% (261) no tenía cuidados anticonceptivos. Los motivos que refirieron fueron: a) buscaba el embarazo (35%), b) falta de información (23%) y c) él no quería (17%). Llama la atención el porcentaje de adolescentes que expresan el deseo de embarazo, pues este indicador nos dice que la falta de uso de MAC (métodos anticonceptivos) va más allá de la precariedad material de estas jóvenes. Existen, entonces, pautas culturales y modelos de género que regulan sus prácticas, al tiempo que la falta de posibilidades de construir otros proyectos pesa sobre ellas. Está presente ese deseo de ser madre que las gratifica. En este sentido, se trata de comprender los imaginarios que tienen vigencia entre las jóvenes, que inciden en la formación de sus relaciones afectivas, en sus ideas acerca de pareja, familia y sexualidad y que no son casuales, sino producto de dinámicas y procesos culturales. Las jóvenes responden, a través de su maternidad, a una expresión de la emocionalidad legitimada culturalmente en su medio.
Otra investigación sobre embarazo adolescente en sectores populares que refleja datos llamativos es la que llevó a cabo el CEDES. El estudio abarcó quince maternidades públicas de siete provincias argentinas. En total se entrevistaron 1645 adolescentes, con una edad promedio de 17,5 años, que dieron a luz entre diciembre de 2003 y febrero de 2004. Los motivos de la no utilización de MAC en la iniciación sexual fueron: a) no esperaba tener relaciones en ese momento (35,8%), b) no conocía los métodos (11,8%) y c) quería tener un hijo (9,4%). Luego de la iniciación sexual, el principal motivo de no uso de MAC fue: quería tener un hijo (21,7%). Al momento del último embarazo, el 81,5% de las encuestadas no estaba utilizando un método anticonceptivo. El 43,6% (584) de ellas reportó que quería tener un hijo.
Si bien es sabido que es a través del rol materno como la familia ejerce su principal influencia en la conformación de la subjetividad de los hijos, no hay que perder de vista la "otra cara" de la maternidad, es decir, aquella responsable de las representaciones con las que se subordina a la mujer identificándola con la esfera privada, como soporte afectivo y doméstico (Schmukler, 1989). Pareciera que algunos argumentos postulados en el siglo XVIII aún siguen vigentes en los sectores populares más marginales: "La mujer debe limitarse al gobierno doméstico, no mezclarse con los asuntos de fuera, mantenerse dentro de la casa" (Rousseau, 1762: 872; citado en Badinter, 1991: 204-205).
Las relaciones de género y el sentido otorgado a la maternidad están estrechamente vinculados. Los roles de género están culturalmente determinados. Las creencias, los valores y las actitudes acerca de los roles de la mujer y el varón constituyen las imágenes de género que también están socialmente construidas. Las relaciones de género son relaciones de poder, por lo que estamos frente a un sistema jerárquico (Rostagnol, 1991; Piscitelli, 1995).
El juego de poder implícito en las relaciones entre géneros se concretiza, tanto en el ámbito familiar como en el ámbito laboral, en la división sexual del trabajo, que produce y reproduce la relación de dominación y subordinación. En los sectores populares más vapuleados, los modelos culturales vinculados con la tradicional división sexual del trabajo están más arraigados que entre los sectores populares más favorecidos, social, cultural y económicamente y los sectores medios. Esta distribución de roles determina que el cuidado del hogar y de los hijos se entienda como cuestiones que deben ser atendidas exclusivamente por las mujeres. La imagen de "madre y esposa" se refuerza con la asociación de la maternidad con la femineidad, valoradas en la personalidad de la mujer (Giddens, 1998: 48). Estas mujeres actúan de acuerdo con roles que les son asignados social y culturalmente en virtud de su condición sexual. Espacios que, a su vez, entretejen lo que se espera del ser "mujer", funcionando como referencias a la hora de construir género. Los roles más tradicionales –ser madre y ama de casa– son atribuidos a la mujer tanto por los varones como por ellas mismas. Como afirma Evangelina Dorola (1989: 198), se ejerce una "violencia invisible entendida como naturalización de los roles asignados a las mujeres. La misma atraviesa verticalmente la estructura social y permanece reproducida o profundizada". La vida cotidiana de las mujeres jóvenes de los sectores populares marginales se desarrolla primordialmente en el hogar, en el ámbito privado, relegándose su salida al mundo público, al mundo exterior (la calle, el barrio, etc.). Se pueden diferenciar, entonces, dos esferas sociales: el mundo de la producción y el trabajo, y el mundo de la casa y la familia (Jelin, 1998). El hombre es quien trabaja afuera y la mujer es responsable de la domesticidad.
Esta tendencia es confirmada por una encuesta realizada en 1994 a 250 adolescentes de hasta 18 años de sectores populares residentes en el conurbano bonaerense (Climent y Arias, 1996), que refleja una fuerte asignación del rol de la mujer circunscrito al ámbito doméstico. Así, el 41% considera que es preferible que la mujer se ocupe sólo de su casa, un 30% que trabaje afuera y un 23% que es mejor que se ocupe de ambas cosas. De las que opinan que "es preferible que la mujer se ocupe sólo de su casa", la mayoría (82%) sostiene que la mujer "debe" ocuparse de sus hijos, el marido y la casa, aclarando, en algunos casos, que "siempre fue así". De este modo, hay una naturalización del rol femenino impuesto por valores hegemónicos patriarcales que asisten a su reproducción. Estas mismas jóvenes ven en el futuro hijo "un sentido para vivir", "una compañía", la posibilidad de "tener algo mío", "no estar más sola", "le voy a dar todo", "que no le falte nada", "que estudie", "ser madre es el sueño de toda mujer". La maternidad se vivencia como un hecho "natural" que inexorablemente se tiene que dar, como un destino inherente al ser mujer. En este sentido, la afirmación de Edith Jacobson refleja los imaginarios, representaciones y prácticas de estas mujeres: "El destino biológico de las mujeres es embarazarse y parir, alimentar y criar a los niños" (citado en Chodorow, 1984: 25). Las adolescentes son socializadas con esas pautas tradicionales, por lo que la realización personal a partir del trabajo o el estudio no son opciones evaluadas como posibles o atractivas. Tal como plantea Nancy Chodorow (ob. cit.), las mujeres, en cuanto madres, producen hijas con capacidad y deseos de ejercer la maternidad. De este modo, es evidente la reproducción del sistema patriarcal: es la madre quien transmite a su hija los valores dominantes, pues desde niñas se les enseña a ser madres, se las entrena para el cuidado infantil y se les dice que tienen que ser madres. Ser integrantes de una generación más joven no supone, en este caso, grandes diferencias con la generación de sus madres –quienes, en general, también han sido madres adolescentes– sino, más bien, las jóvenes perpetúan un juego de roles e identidades vinculadas a la maternidad como único proyecto accesible, como única manera de estar en el mundo. Aunque tampoco debemos olvidar que "las terribles condiciones materiales y simbólicas a las que las arroja una sociedad cada vez más excluyente y cruel, dejan poco lugar para la elección" (Fainsod, 2005).
Así, ser madres les otorga identidad institucional, pues muchas de ellas son víctimas de la deserción escolar y el desempleo, quedando fuera de toda red de institucionalidad.

"... Algunas están muy orgullosas de estar embarazadas a los 15 años, con un grado de satisfacción, también es una cosa que vemos acá [en el Centro de salud], de esta entidad que te da ser madre. Ahora soy alguien, soy la mamá de, me puedo anotar para un plan alimentario y en mi casa, en lugar de estar cuidando a mis hermanitos más chicos, tengo un hijo para cuidar; reciben la leche, algunas otros planes sociales... También están todas estas cosas dando vueltas, y esto hace que no quieran cuidarse, por lo cual no vienen a utilizar los métodos anticonceptivos. O sea, está el acceso, pero hay toda una cuestión cultural muy fuerte, que además es cierto lo que dicen, es cierto que no acceden a planes alimentarios si no tienen hijos, es cierto que no reciben la leche si no tienen hijos, y además es cierto que no tienen otro proyecto, entonces los hijos comienzan a convertirse en proyectos" (Trabajadora social de un Centro de salud de San Fernando).

Ante una falta de horizontes de realización, que elimina el trabajo como ámbito de inclusión posible y deja al estudio como un privilegio costoso y lejano en el que tampoco se ven incluidas, las adolescentes también se ven arrastradas por esta sensación de implosión social en la que no les quedan otros horizontes de realización que aquellos que ofrece la maternidad (Urresti, 2003).

3.2. Ser madre en mujeres de sectores populares residentes en hoteles-pensión de barrios céntricos de la Capital Federal

En este apartado nos centramos en las entrevistas e historias de vida que realizamos, en el marco de nuestra investigación, a mujeres migrantes provenientes de sectores populares que han sido socializadas en la ciudad, mediante su residencia en hoteles-pensión ubicados en los barrios porteños de Balvanera, Constitución, Congreso y Barracas. Vivir en zonas céntricas de la Capital Federal supone para estas mujeres cierto grado de integración a las instituciones de la sociedad civil. Residir cerca de un hospital, del colegio de los niños, de los comercios, de ciertas organizaciones sociales, es considerado un beneficio que otorga la ciudad. Al mismo tiempo, les posibilita interactuar con "otros culturales", es decir, con sujetos de sectores medios que adscriben a pautas culturales distintas y a veces desconocidas por ellas.
Por todo esto, consideramos que estas mujeres ocupan una posición más ventajosa (social, cultural y simbólicamente) al interior de los sectores populares respecto de la población de madres adolescentes y jóvenes socializadas en contextos marginales que no han podido traspasar los límites de su grupo social de pertenencia, grupo que analizamos anteriormente.
Si bien el "ser madre" es un rol importante en sus vidas, dador de identidad, no es el único horizonte posible de realización.

"Mis hijos para mí son lo más valioso de mi vida... una de las mejores cosas que me han pasado en la vida es tener mis hijos... ser madre es una cosa linda que a una mujer le puede pasar" (Marta es mendocina, tiene 38 años de edad y desde hace veintiuno vive en la Capital Federal. Tiene cinco hijos)10.

"Me sentía diferente con ellas [sus hijas], no me sentía tan sola. Me hacían sentir alguien" (Cristina, 29 años. Nació en la provincia de Buenos Aires. Vive en la Capital Federal desde los 6 años. Tiene tres hijos).

El trabajo, la posibilidad de estudiar y el deseo de la "casa propia" también representan un medio de realización y de desarrollo de la personalidad. De este modo, la realización personal excede el hecho de tener hijos, lo cual refleja cierta incorporación de mandatos culturales propios de los sectores medios de la sociedad. En este sentido, encontramos una marcada diferencia entre el sentido otorgado a la maternidad por estas mujeres, socializadas, en constante interacción con ciertos códigos culturales diferentes de los propios, donde el "ser madre" no es considerado el único proyecto posible, y las adolescentes y jóvenes consideradas en el apartado anterior, donde: "... no es casual que en condiciones de empobrecimiento o de ruptura de tramas sociales preexistentes, el embarazo y la maternidad se conviertan en una salida más atractiva como fuente de realización: si los otros canales de realización se encuentran obturados, los tradicionales se refuerzan progresivamente" (Urresti, 2003: 258).

"– ¿Te gustaría tener más hijos?

– Sí, me gustaría, ¿por qué no? Pero bueno, también desarrollar mi persona está puesta en otras expectativas. Ya madre soy... Hay una etapa después de los 20, por los 21, 23 años que tenía como una sensación de que se pasaba el tiempo. No estaba en pareja ni nada... tenía la necesidad de realizarme como mamá... Sentí que cuando fui madre algo ya completé de mi persona. Pero me parecía que necesitaba algo más.

– ¿Tenías otros proyectos o ese era el único proyecto a perseguir?

– Mi proyecto era realizarme con alguna profesión. El proyecto de la casa propia se está empezando a dar. Pero el tema de realizarme profesionalmente todavía no se me pierde porque no hay edad. Lo que pasa que el tema de los hijos... te absorben el tiempo. No se me perdieron las esperanzas de llegar a estudiar algo, porque yo quería ser profesora de inglés y yo hice hasta segundo año y después dejé" (Adriana, cordobesa, 34 años. Llegó a Buenos Aires a los 5 años. Tiene dos hijas).

"Ahora estoy sin trabajo, pero en el momento en que tengo trabajo me siento más realizada todavía. Falta que tenga trabajo para sentirme totalmente realizada en todo, igualmente me siento realizada en el sentido de ser madre, pero me falta el trabajo. Y con la cooperativa me siento sumamente realizada porque vengo a trabajar para tener mi vivienda. Me siento realizada como mujer y como persona" (Marta).

Ahora bien, para realizarse en otras esferas sociales por fuera de la maternidad, comenzaron a regular y planificar la llegada de los hijos. Para ello, incorporaron el uso de métodos anticonceptivos en sus códigos culturales, práctica que desconocían en sus lugares de origen. Vivir en hoteles-pensión de la ciudad, emplazados en un hábitat urbano moderno, facilita el intercambio e interacción constante de estas mujeres migrantes con "otros culturales". El ámbito laboral, la participación en cooperativas de vivienda, la asistencia a talleres en ONGs, generan situaciones de reciprocidad y circulación, interviniendo e influyendo en sus modos de percibir el mundo (Marcús, 2006).

"– Sí, nos cuidamos. Yo me cuido con anticonceptivos y él usa su preservativo.

–¿Él no pone ninguna resistencia al preservativo?

– Le costó un poco... los hombres son un poco... pero bueno tratemos de respetarnos... Decíamos, 'tratemos de cuidarnos', 'todavía no', 'mirá en qué situación estamos, estamos alquilando'. Pero llegó un momento que estábamos necesitando tener hijos, y fue así. Si vos querés planificar los embarazos tenés que cuidarte porque si no obviamente que van a venir de sorpresa" (Adriana).

"Yo me cuido con pastillas. Empecé a cuidarme con pastillas cuando tuve la cuarta hija que fue una nena que es Erica" (Marta).

"Después de tener a Lucas (su segundo y último hijo) yo me hice poner el DIU, Aunque tengo el DIU a la otra persona le digo que use preservativo, lo tiene que usar y si no le gusta, bueno, lo siento.... yo no sé si tiene algo y me lo pasa a mí y después qué hago, porque hay diferentes enfermedades de transmisión sexual. No está solamente el SIDA sino también la sífilis, la gonorrea" (Susana tiene 28 años y es oriunda de Corrientes. Llegó a Buenos Aires a los 15 años. Tiene dos hijos).

Como argumentamos en la introducción de este trabajo, se hacen presentes ciertas tensiones y contradicciones entre la herencia cultural que portan estas mujeres y los nuevos saberes y creencias que van incorporando de a poco. Por un lado se esfuerzan por valorarse como mujeres, no sólo ejerciendo la maternidad sino por fuera de ella, persiguiendo la realización personal en el trabajo, el estudio y la participación en organizaciones sociales, y por otro lado son ellas mismas quienes se ubican en un lugar ausente y relegado, donde sus gustos y deseos no son tenidos en cuenta. Así, festejan los cumpleaños de sus hijos y su marido pero nunca el de ellas, salen de compras para agasajar a su familia pero ellas no se obsequian nada, cocinan las comidas favoritas de sus hijos y esposo, subordinando sus gustos a los de aquellos.
Otra contradicción se hace presente en las palabras de Marta cuando nos repite una y otra vez: "Le di dos hijos hermosos a mi marido". En este sentido, es vivido como natural y parte de la esencia femenina el hecho de tener y dar hijos a su pareja, como si "la mujer estuviera hecha especialmente para complacer al hombre" 11, para consagrar su vida a los suyos, siendo esa su única alternativa de felicidad. Se trata de un mandato cultural muy fuertemente arraigado en estos sectores sociales, donde el hecho de tener hijos puede ser vivido por muchas mujeres como un servicio que se le presta a la pareja. En un contexto en el que los hijos son vistos como una prueba de virilidad y masculinidad, "darle hijos" a la pareja puede funcionar como un modo de complacer al varón.

4. "Ser madre es un hecho natural": la reactualización del habitus de clase

La maternidad es vivida por las mujeres de sectores populares como un atributo de la esencia femenina, como un instinto, como algo natural, pues en su percepción se pueden leer las huellas que ha dejado la visión hegemónica del mundo, impuesta por el patriarcado: hacer parecer natural lo que en realidad es una construcción social y cultural.

"Llegó un momento que [ser madre] parecía que era una necesidad. Hay ciertas etapas de la mujer⁄ yo después de los veintipico sentí la necesidad de ser madre. Yo a la más grande la tuve a los 24. Y después es algo natural" (Adriana).

"Cuando me junté sabía que tarde o temprano tenía que venir un hijo. Es una misión de toda mujer, procrear hijos. No me cuidé para nada. Me cuidaba antes, antes de irme a vivir con él. Me ponía inyecciones o usaba preservativo" (Lidia tiene 50 años. Nació en Salta y llegó a la urbe porteña a los 15 años. Tiene una hija de 11 años).

En este sentido, aquel mandato cultural reactualiza y reproduce el habitus de clase, recayendo del mismo modo tanto en el primer grupo de mujeres (madres adolescentes y jóvenes marginales) como en el segundo (madres jóvenes y adultas, ubicadas en una posición social más ventajosa respecto de las primeras), donde la maternidad es pensada como un destino inherente al ser mujer. Según Chodorow (ob.cit.), la reproducción del ejercicio de la maternidad es la base de la reproducción de la situación de las mujeres y de su responsabilidad en la esfera doméstica. Las mujeres, en su rol doméstico, se reconstituyen a sí mismas físicamente y se reproducen a sí mismas, en tanto madres, en la generación siguiente. De este modo, contribuyen a la perpetuación de sus propios roles sociales y a la posición que ocupan en la jerarquía de los sexos.
Muchas feministas se han empeñado en destruir el mito de la maternidad natural. Para hacerlo, han cuestionado el concepto de instinto maternal: ¿Qué clase de instinto es si se manifiesta en algunas mujeres y en otras no? Elisabeth Badinter –discípula de Simone de Beauvoir– cuenta en su obra ¿Existe el instinto maternal? (1991) que, según un estudio realizado en Francia en 1974, sobre seis millones de mujeres que están en edad de procrear, había solteras y casadas que no quieren tener hijos. Y además hay de quinientos mil a un millón de abortos por año. En la Argentina, según el Ministerio de Salud de la Nación, se estiman entre cuatrocientos mil y quinientos mil abortos por año. Entonces, dice Badinter, en lugar de instinto, ¿no sería más válido hablar de una presión social dirigida a que la mujer se realice exclusivamente a través de la maternidad? ¿Cómo saber si el legítimo deseo de maternidad no es un deseo alienado en parte, una respuesta a presiones sociales, a una herencia cultural que pesa sobre la mujer (penalización de la soltería y de la no maternidad, reconocimiento social de la mujer en tanto madre), a un deseo social de ser madre inscrito en las mujeres? Simone de Beauvoir argumenta en su obra El segundo sexo que si la niña, mucho antes de la pubertad, se presenta ya como sexualmente especificada, "no es porque misteriosos instintos la destinen inmediatamente a la pasividad, la coquetería y la maternidad, sino porque la intervención de otro en su vida es casi original" (1999: 208).

5. Reflexiones finales

En el caso que hemos analizado, por tratarse de un sector de escasos recursos (tanto materiales como simbólicos), la maternidad funciona otorgando identidad, un proyecto en la vida, y mucha satisfacción a las jóvenes madres. Ahora bien, tener en cuenta que el proyecto de vida se liga a la maternidad no implica olvidar que ello también funciona como indicador de una situación económica y social desventajosa, donde la falta de oportunidades profesionales y educativas terminan imponiéndose y estableciendo que la maternidad se constituya en su principal destino y objetivo en la vida. Pero este es sólo un aspecto de la percepción del "ser madre", pues no hay que olvidar que existe una gran heterogeneidad al interior de los sectores populares, con lo cual deberíamos hablar de "maternidades" y no de maternidad. Como vimos, la maternidad se vive y percibe distinto en madres de sectores populares marginales y madres de sectores populares deslocalizados, que habitan en la ciudad y se encuentran en permanente contacto con los códigos culturales imperantes en los sectores medios. Resulta evidente, pues, que no existe un comportamiento maternal suficientemente unificado como para que pueda hablarse de instinto o de actitud maternal "en sí" (Badinter, op.cit.: 292).
En cuanto a los sectores medios y altos, cuanto más jóvenes, instruidas y activas son las mujeres, asocian en menor grado el logro y la felicidad femenina con la maternidad. En ellas persiste con vigor el deseo de desarrollarse en el mundo del estudio y del trabajo. La maternidad se posterga hasta alrededor de los treinta años, planificándola con relación a otros aspectos de la vida.12
Para Condorcet "el genio femenino no se limita a la maternidad, sino que la mujer puede acceder a todas las posiciones, porque sólo la injusticia, y no la naturaleza, les impide el conocimiento y el poder" (1791: 281; citado en Badinter, op.cit.: 140). En este sentido, sostiene que son las condiciones sociales las que llevan a la desigualdad social y de género.
Ni la biología ni los instintos ofrecen una explicación adecuada de las razones por las cuáles las mujeres llegan a ejercer la maternidad. El ejercicio maternal de las mujeres, en cuanto es un rasgo de la estructura social, requiere de una explicación en los términos de la estructura social. (Chodorow, op.cit.).

Notas

1. Este trabajo de investigación se desarrolla en el marco del Proyecto UBACyT SO10, titulado "Cultura y Juventud en Buenos Aires: cambios en los códigos culturales relativos a la afectividad y la sexualidad", dirigido por el Prof. Mario Margulis e integrado por un grupo de jóvenes investigadores, docentes y estudiantes.

2. Nos referimos a los discursos y las prácticas "nativas", atravesadas e intervenidas por infinidad de textualidades y mediaciones como la familia, el grupo de pares, el hábitat en que residen, las instituciones del Estado, los medios de comunicación, etc.

3. Entendemos por hábitat no sólo una condición física-territorial, sino un contexto sociocultural, un espacio de redes de relaciones que vehiculizan las interacciones sociales. En este sentido, las características del hábitat influyen y condicionan las prácticas de los actores.

4. Entendemos a la cultura como el "conjunto interrelacionado de los códigos de la significación, históricamente constituidos, compartidos por un grupo social, que hacen posible la identificación, la comunicación y la interacción" (Margulis, 1994: 13).

5. El feminismo radical forma parte de la Teoría Feminista de la Diferencia, cuyos postulados se inclinan por la valoración positiva de la femineidad (propensión de las mujeres a la ternura, el cuidado), es decir, encontrar la especificidad femenina que no sea la que el patriarcado ha impuesto históricamente. La gran creadora de esta teoría es la lingüista y psicoanalista Luce Irigaray (1974), quien ha contribuido a elaborar una "identidad subjetiva sexuada" (Rivera, 1994: 32). Critica al Feminismo de la Igualdad, pues dicha igualdad entre el varón y la mujer hace perder la identidad femenina. Irigaray fue en Francia una de las primeras psicoanalistas que refutó el modelo freudiano. Sostiene que en Freud la mujer aparece como lo negativo, como la carencia, quedando asimilada al deseo masculino. El psicoanálisis hace que la niña se aleje de su primera identificación que es la madre, existiendo un rechazo hacia ella. Hay una desvalorización del propio sexo femenino considerando a la niña como un varón imperfecto y mediocre. Por otro lado, el Feminismo de la Igualdad postula que la diferencia femenina es un producto cultural, una construcción social impuesta por el patriarcado, que supone la sumisión de la mujer al hombre. Esta corriente tiene por objetivo la superación de las diferencias de género y culturales que suponen la sujeción de un género (femenino) a otro (masculino). De aquí se desprende la afirmación que reivindica Simone de Beauvoir en su obra El segundo sexo: "No se nace mujer, se llega a serlo" (1999: 207).

6. Para las feministas radicales, el patriarcado precede al capitalismo. Este grupo lo define como "un sistema sexual de poder en el cual el hombre posee un poder superior y un privilegio económico. Es la organización jerárquica masculina de la sociedad" (Eisenstein, 1980: 28). A ninguna de ellas les satisfizo la definición de patriarcado postulada por el marxismo. Según estas mujeres, el poder sexual y no el económico parece ser el determinante para cualquier análisis revolucionario. Para los marxistas el patriarcado nació con el capitalismo. Hartmann (feminista marxista) lo define como "un conjunto de relaciones sociales que tiene una base material y en la cual hay relaciones jerárquicas entre los hombres y solidaridad entre ellos, lo que les permite dominar y oprimir a las mujeres. La base material del patriarcado es el control de los hombres sobre la fuerza de trabajo de las mujeres. Dicho control se mantiene negando el acceso a las mujeres a los recursos productivos económicamente necesarios y restringiendo su sexualidad" (1985: 16).

7. Para un análisis más completo de las Teorías del sentir maternal desarrolladas por Klaus, Kennell y Ruddick, ver Scheper-Hughes (1997).

8. A los fines de nuestra investigación, consideramos sólo algunos aspectos que definen la cultura de los sectores populares como múltiple y diversa. Existen diferentes operaciones de apropiación según los modos de vida y los gustos de estas clases populares segmentadas, lo que da cuenta de su heterogeneidad constitutiva (Grignon y Passeron, 1991). Aquí nos interesa, especialmente, el espacio de socialización, pues cada hábitat influye de un modo diferente en la sociabilidad de los sujetos. Sostenemos, entonces, que cada ambiente configura una gran variedad de formas culturales y de realidades económicas y sociales que pueden distinguirse al interior de los sectores populares.

9. Las teorías feministas vienen a cuestionar el lugar de la mujer-madre como biológicamente determinado, analizado en el apartado anterior de este artículo. Nancy Chodorow (ob.cit.) realiza un análisis acerca del ejercicio de la maternidad, refiriendo que el rol maternal ha ganado significación desde lo psicológico y lo ideológico, habiéndose convertido en el principal definidor de la vida de la mujer. La mujer desea y se gratifica con el ejercicio maternal a pesar de los conflictos y contradicciones que le puede acarrear, y es precisamente el rol maternal y no la maternidad biológica el que produce los efectos más profundos en la vida de la mujer.

11. Para Rousseau, "la mujer está hecha especialmente para complacer al hombre" (citado en Badinter, 1991: 202). Al reemplazar está hecha por estuviera hecha, pretendo cuestionar su afirmación.

12 Datos obtenidos de una encuesta (155 casos) realizada en 1999 por el equipo de investigación dirigido por el Prof. Mario Margulis en el marco del Proyecto UBACyT TS25, "La dimensión cultural en la afectividad y la sexualidad de los jóvenes de sectores medios". El universo que compuso la muestra de la encuesta se orientó hacia jóvenes de sectores medios, de 18 a 32 años de edad, en su gran mayoría estudiantes universitarios y profesionales que habitan en barrios de clase media de la Ciudad de Buenos Aires. Ver también Mancini (2004).

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Aceptado: 19 de septiembre de 2006.