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Revista argentina de sociología

versión On-line ISSN 1669-3248

Rev. argent. sociol. v.5 n.9 Buenos Aires jul./dic. 2007

 

Sociología, 50 años en el ojo de la tormenta nacional

Alejandro Horowicz

Facultad de Ciencias Sociales Carrera de Sociología, UBA

ahorowicz@gmail.com
Alejandro Horowicz. Sociólogo, ensayista, analista político y profesor titular de "Los cambios en el sistema político mundial", Carrera de Sociología, Universidad de Buenos Aires. Autor de Los cuatro peronismos; Historia de una metamorfosis trágica; Diálogo sobre la globalización, la multitud y la experiencia argentina (con Antonio Negri y otros); El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820). Editor de La otra historia, de Roberto Cirilo Perdía; Confesiones de un general, de Alejandro Agustín Lanusse; La Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer; El capital tecnológico, de Pablo Levín. Director de proyecto de la Historia crítica de la literatura argentina, a cargo de Noé Jitrik. Actualmente trabaja en La mayoría amorfa. Ensayo sobre la decadencia nacional (1976-2001), que publicará Edhasa. Está considerado por la crítica como uno de los más rigurosos intelectuales de la Argentina actual, en su materia.

In memorian de Américo Aguiar, uno de los 83 estudiantes reformistas procesados por sedición en la Córdoba de 1918, abuelo de Drucky, bisabuelo de Iván. Y de Roberto Carri, militante de los años de plomo.

Estructura social de la Argentina. Análisis estadístico, libro inicial de Gino Germani, constituye, al decir de Jorge Graciarena, el "primer estudio concreto de nuestra realidad social" (Graciarena, 1987: 7). Podemos no coincidir con Graciarena en su uso de la categoría "concreto", al menos desde la tradición de Marx1, lo que no podemos es negar que contiene la primera recolección de datos "rigurosamente cuantificados" (Graciarena, 1987) destinada a posibilitar una sociología sistemática. Dicho con sencillez, anticipa el horizonte que Germani se propuso construir, algo más tarde, a partir de su principal proyecto intelectual: la organización de la carrera de Sociología, en la Universidad de Buenos Aires.
En 1955 era un valor sobreentendido, para el segmento de integrantes del campo intelectual que acompañó el golpe de los generales Lonardi y Aramburu, que la década peronista había modificado la sociedad tradicional. Medir la intensidad, dirección y profundidad del impacto peronista formaba parte del problema a sistematizar. Y esa medición abarcaba, en principio, cuatro planos concomitantes: la subjetividad, el aprendizaje, la conflictividad social y la estructura productiva. Cuatro flamantes carreras universitarias incorporarían estas nuevas problemáticas: Psicología2, Ciencias de la Educación, Sociología y Economía Política; tres en el ámbito de la Facultad de Filosofía y Letras; una en la Facultad de Ciencias Económicas; las cuatro en la Universidad de Buenos Aires.
Aprehender estas novedades e impulsarlas hacia una dirección precisa contenía el proyecto del segmento modernizador de los intelectuales orgánicos de la Revolución Libertadora. En sus términos, se trataba de dinamizar la sociedad de masas, "recuperar la década perdida", y tal proyecto necesitaba, requería, imponía, la construcción de una nueva elite de funcionarios públicos, a partir de un sistema de cuadros universitarios altamente calificados; para lograrlo era imprescindible transformar la Universidad de Buenos Aires en adecuado instrumento académico de ese programa político.
Tres candidatos a rectores interventores de la UBA fueron propuestos por la Federación Universitaria de Buenos Aires: José Luís Babini, historiador de la ciencia; Vicente Fatone, filósofo, y José Luís Romero, medievalista, quienes pertenecían al Colegio Libre de Estudios Superiores y tenían la formación necesaria para llevar adelante ese proceso. Romero sintetizaba, de un modo notable, las vertientes que definían las condiciones de acceso al cargo: la FUBA, el Gobierno, el CLES y los partidos de la Junta Consultiva, y por tanto fue el elegido, sin mayores sobresaltos, junto con Babini como vicerrector, y Fatone fue desplazado al cargo de rector de la flamante Universidad del Sur3.
El Colegio había mantenido una estrecha relación con el movimiento estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras durante el gobierno peronista, que a su vez tenía estrechos vínculos con los brillantes integrantes del grupo nucleado en derredor de la revista Contorno. En el marco del CLES, Gino Germani estaba a cargo de coordinar los seminarios de Sociología. Desde 1952, el gobierno peronista bloquea las clases del Colegio por visualizarlo como sector dinámico de la oposición intelectual, aunque con la aparición de la revista Imago Mundi continuó siendo -en sus doce números publicados entre 1953 y 1956- lo que sus seguidores denominaron una "Universidad en las sombras". Esto es el núcleo duro de la resistencia cultural y universitaria al peronismo.
Además, José Luís Romero gozaba de un espacio adicional: amigo personal del Presidente de la República, el general Aramburu, accedía a su despacho sin entrevista previa, y desde esta singular posición ese medievalista, que no abandonó nunca el seguimiento de la historia política nacional, arrastró a Germani al centro de la escena académica de la UBA, en medio de un tenso y complejo conflicto político.
Repasemos la concatenación de los hechos. Desde 1954, a partir del enfrentamiento del gobierno peronista con la Iglesia Católica, el movimiento estudiantil orientado por toda la izquierda liberal (radicalismo, socialismo y comunismo) había confluido con la Liga Humanista -estudiantes de misa y comunión diaria- en su lucha por derrocar al gobierno legal. El antiperonismo relativizaba las diferencias y la Federación Universitaria de Buenos Aires pasaba ahora a agrupar a toda la militancia universitaria desde una política de frente único. Pero, a la hora de la victoria, esto no suponía una concepción común en la materia, como creyeran los dirigentes de la FUBA, sino dos posturas altamente contradictorias. En principio, el Gobierno nacional estaba dispuesto a entregar la Universidad de Buenos Aires a la FUBA y a sus aliados en el campo intelectual, mas no el gobierno de toda la política universitaria, al tiempo que se proponía organizar en paralelo las universidades confesionales. El ministro de Educación Atilio Dell'Oro Maini, uno de los principales cuadros intelectuales de la revista católica Criterio, aceptaba renovar la UBA en "cumplimiento de los propósitos de la Revolución Libertadora", pero el nombramiento de Germani como director del Instituto de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras, y el consiguiente corrimiento de Rodolfo Tecera del Franco, un católico conservador a lo Maurras, materializó un conflicto de intereses y orientaciones.
Al derogar la ley 13031 mediante el decreto ley 6403, Dell'Oro Maini introdujo un artículo, el 28, donde se lee: "La iniciativa privada puede crear universidades libres, que estarán capacitadas para expedir diplomas y títulos habilitantes siempre que se sometan a las reglamentaciones que se dictarán oportunamente" 4. Con este instrumento, la Libertadora satisfizo los reclamos históricos de la Iglesia Católica -desde el gobierno de Hipólito Yrigoyen intentaba construir una Universidad propia; después de todo, los Cursos de Cultura Católica sustituyeron desde 1922 ese objetivo (Caimari, 1995: 66)-, al tiempo que admitió el derecho de la UBA a fijar su propio estatuto. El choque resultaba inevitable. Tanto Romero como Dell'Oro Maini terminaron renunciando, aunque para el bloque reformista se trataba de una "traición" del ministro. Sin embargo, el artículo 28 no se reglamentó; la decisión se pospuso hasta constituir un gobierno con mayor legitimidad política. Recién durante los inicios de la presidencia de Arturo Frondizi -tras la dura batalla estudiantil de la laica contra la libre- la reglamentación del célebre artículo 28 abrió paso, en los hechos, a una nueva ley que admitió "universidades libres" privadas y confesionales.
Retomemos el hilo a partir del golpe del 55. La renovación universitaria era un hecho, pero no sólo cabalgó sobre posturas enfrentadas -el movimiento estudiantil reformista y la Iglesia Católica- sino que se potenció desde los nuevos vientos internacionales: la derrota ideológica de los cuadros conservadores tradicionales (el exitoso proyecto de descolonización de Asia y África, sumado al intenso proceso de secularización mundial) y el retroceso europeo de la Iglesia Católica. La política del Concilio Vaticano I (absoluto enfrentamiento con el liberalismo político y la modernidad) fue enviada, desde 1943 -con la derrota del régimen de Mussolini-, al rincón de los trastos inservibles. El Concilio Vaticano II intentaría revertir esta situación, en la década del 60, de la mano del nuevo programa de la Compañía de Jesús. Y en ese programa el psicoanálisis freudiano y el marxismo permitían otros acentos teológicos y otros acercamientos políticos, sintetizados como progresismo católico. El proceso de laicización se expresó, asimismo, en la nueva tendencia mundial de las Ciencias Sociales, en particular las orientadas desde los organismos internacionales vinculados a Naciones Unidas. Basta recordar que Raúl Prebisch, a la sazón secretario general de la CEPAL, había sintetizado las tesis de lo que se llamaría más tarde "estructuralismo latinoamericano". Este punto de vista había sido elaborado durante la confección del Plan Pinedo, bajo la presidencia de Ramón Castillo, por un colectivo de socialistas independientes orientado por Federico Pinedo. Antes, Pinedo capitaneó la creación del Banco Central, la Junta Nacional de Carnes y la Junta Nacional de Granos. Es decir, los instrumentos de intervención económica con que se respondió a la crisis del 30. Prebisch fue gerente general del Banco Central desde su creación hasta 1943 y conservó su cátedra en la Facultad de Ciencias Económicas hasta 1948, fecha en que fue separado del cargo.
Por cierto, las tesis de Pinedo fueron reformuladas por Prebisch desde la perspectiva de los organismos internacionales. El principal argumento del vademécum económico (teoría sobre la dependencia de la periferia respecto del centro) resolvía el conflicto mediante una adecuada política de sustitución de importaciones. No se trataba tan sólo de una exitosa conceptualización, Prebisch era, además, el principal consultor del gobierno de la Revolución Libertadora en materia económica. El célebre Plan Prebisch, que Arturo Jauretche (1969)5 maltratara con tanta eficacia propagandística y tan poca eficacia política, fue la respuesta de la Libertadora al fracasado programa industrial peronista. El desarrollismo cepaliano será la estrategia económica de la siguiente década, y Arturo Frondizi asumiría esa perspectiva, de la mano de Rogelio Frigerio (Horowicz, 2007).
Desde ese nuevo paradigma, unas Ciencias Sociales con pretendida validez universal, se reorganizó el campo académico. Y en este doble apalancamiento -el antiperonismo del mundo universitario y el estructuralismo económico de la CEPAL en la versión frondizista- las cuatro carreras cobraron un impulso incontenible.

El debate de ideas

Como recuerda el mismo Graciarena en su prólogo de Estructura social de la Argentina, la publicación del libro "representó un levantamiento de las restricciones vigentes durante los años inmediatamente anteriores, en cuanto al uso del material estadístico" (Graciarena, 1987: 8).
Contado con menos hermetismo: el Censo Nacional de 1947 -el original- estaba sobre la mesa de luz del presidente anterior; los datos recién estuvieron disponibles en los primeros meses del 55 y, por cierto, no se habían publicado nunca. El gobierno del general Perón, al igual que todos los precedentes, creía que esa información afectaba la seguridad nacional y, por tanto, no debía alcanzar dominio público. De modo que Germani obtuvo lo que hasta ese entonces nadie había alcanzado: información rigurosa, adecuadamente elaborada -los especialistas consideran que el censo del 47 fue, hasta entonces, el mejor construido-, para realizar un "trabajo artesanal", sin contar con ninguna "colaboración financiera" (Graciarena, 1987: 8).
Tan delicada era la cuestión que Germani temió que el libro no viera la luz. No fue así, pero los temores estaban más que justificados, ya que se trataba de información estadística inédita y su publicación estaba prohibida por ley. Debemos admitir que el libro cumplía un triple propósito: mostrar un corte metodológico radical en la investigación de las Ciencias Sociales, ya que el único trabajo con el que se podía comparar, con muy buena voluntad, era La nueva Argentina, de Alejandro Bunge (1940), e ilustrar sobre la seriedad científica de la nueva perspectiva y, por esta vía, llamar la atención sobre la necesidad de construir el espacio adecuado para su práctica. Demostrados ambos postulados, con la publicación del libro, el tercero surgía a modo de conclusión lógica: Gino Germani pasaba a ser el primer sociólogo de la Argentina y, por tanto, obligada referencia del proyecto académico. Dicho sin cortapisas, el libro construyó su lugar, ya que le posibilitó ganar el concurso de la cátedra de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras, con un jurado integrado por Enrique Pichón Rivière, Justo Prieto y Ambrosio Gioja.
De modo que aunque los objetivos fueron trabajosamente alcanzados, el impacto del libro, fuera de los ámbitos especializados, resultó pobre. Tanto que la segunda edición recién aparece treinta años mas tarde, en 1987. Y no bien se constituyeron los ámbitos académicos para el debate, el texto y los contenidos de la carrera fueron sometidos a una impiadosa crítica. Sobre todo a partir de la traducción al castellano de La imaginación sociológica, de Wright Mills, en los inicios de la década del 60, por el Fondo de Cultura Económica. Vale decir, el impacto del marxismo en las Ciencias Sociales norteamericanas (por influencia de la Escuela de Frankfurt, a través de Mills) golpeaba indirectamente a Germani bajo la acusación de empirismo abstracto. Claro que el hombre vio venir el tiro; no en vano ya integraba el escogido pelotón internacional de la sociología latinoamericana, y se atajó desde el prólogo.
Escribe Germani:

"Con acierto, Mills señala en el ejemplo de los grandes maestros de la sociología europea -Durkheim y Weber, especialmente- el camino a seguir; sin embargo, el hecho sin precedentes de la creación de poderosas técnicas de investigación confiere al problema aspectos nuevos. En primer lugar, tras la superación de la reacción antipositivista -con todo lo bueno y todo lo malo que ella significó- es imposible volver a poner la cuestión en aquellos términos. Para Mills, el problema ni siquiera aparece6: la solución que él propone, y de la que da un ejemplo concreto, en el apéndice, es la vuelta a la 'artesanía del analista social clásico', a la vinculación íntima, como parte de la tarea diaria del investigador, entre teoría y empiria: una y otra resultado de la imaginación, del trabajo creador del sociólogo" (Germani, 1964: 18).

La crítica soterrada de la fórmula "el problema ni siquiera aparece" se reorienta desde la "excelente" solución propuesta por Mills, pero el tiro no lo toca, dado que se trata de una cuestión "que sólo puede ser entendida plenamente dentro del contexto de la particular situación de la sociología norte- americana" (Germani, 1964: 18). En criollo, Mills tiene razón en los Estados Unidos y Germani en América Latina.
Pero el golpe llegaba igual, como consecuencia de la explosión que significó la Revolución Cubana. Para contarlo menos crípticamente: Arnaldo Orfila Reynal (López López, 1993), el editor argentino a cargo del FCE7, se ocupó de que el sociólogo norteamericano más revulsivo (autor de Escucha Yanqui, inteligente defensa de la Revolución Cubana, también publicada por el Fondo con notable éxito de comentarios y venta en América Latina) fuera muy conocido.
Era un modo de revisar críticamente la creciente influencia del funcionalismo norteamericano sobre las Ciencias Sociales en castellano, al tiempo que modificaba drásticamente la agenda intelectual del propio Germani.
La acusación era, a la vez, justa e injusta. Justa, porque su modelo de trabajo (el funcionalismo) se había transformado, al decir de Irving Horowitz, en una "ideología social" (Horowitz, 1969: 16). Injusta, porque pese a todas sus limitaciones organizaba un abordaje laico de un campo teológicamente minado en la tradición argentina. Una mirada a las prácticas anteriores nos exime de mayores comentarios. Germani combatió la denominada Sociología de cátedra, limitada a la especulación basada en la lectura de los clásicos, sin recolectar casi ninguna evidencia empírica. Frente a esa dogmática clerical esgrime un modelo de investigación secularizada. Esta sociología fue percibida por la Iglesia Católica como parte de la "conspiración judía anticatólica" (Borón, 2005: 20), por propiciar estudios sobre familia y natalidad. Ese abordaje impedía colegir elementalmente las transformaciones de la estructura social y muy poco tenía que ver con cualquier clase de proyecto modernizador. Sin embargo, el papel de la Iglesia Católica -como institución retardataria y conservadora en el campo intelectual- estaba apoyado -como ha sido sobradamente demostrado- por su lugar en la lucha por el derrocamiento del gobierno constitucional del general Perón. Esto no modifica un hecho: en la "elaboración de los contenidos de la carrera de Sociología la presencia del marxismo era nula" (Borón, 2005: 22). Claro que el marxismo de los años 50 en la Argentina era, para unos, el "deplorable marxismo-leninismo o, dicho en otras palabras, el marxismo codificado e instituido por Stalin" (Borón, 2005: 22) y, para otros, las lecturas organizadas desde la tradición encabezada por Juan B. Justo. Otras versiones del corpus teórico de Marx carecían en ese entonces de peso académico. Recién con el ingreso a la UBA de Silvio Frondizi, en quien Germani veía un enemigo personal, cobrarían otro empuje y orientarían una nueva dinámica universitaria.
La excentricidad de Germani, si se quiere su peculiar soledad intelectual, estaba dada por su postura frente al peronismo. Un antifascista italiano no podía ignorar, por razones existenciales, las groseras diferencias entre fascismo y peronismo. Germani siempre sostuvo: "peronismo no es fascismo", sin que esto significara la más mínima simpatía por el gobierno del general Perón. Vinculaba al peronismo con las formas de modernización autoritaria, al tiempo que reconocía el decisivo impacto del movimiento obrero en su proceso de constitución. Dicho al galope: el peronismo, a diferencia del fascismo, había ingresado a la escena histórica de la mano de la clase obrera. Esta insólita aproximación facilitó, en principio, la relación del estudioso italiano con la juventud universitaria que militaba en el Partido Socialista Argentino, juventud que se encontraba -al igual que buena parte de la sociedad argentina- en plena revisión del fenómeno peronista.
Como se recordará, el PS se había escindido en dos alas: una liderada por Américo Ghioldi (Partido Socialista Democrático) y la otra por Alfredo Palacios (Partido Socialista Argentino), y es la juventud de esa corriente la que constituye el núcleo original de graduados de otras formaciones que organiza con Germani la carrera de Sociología. Bastó con que en 1962 una fracción de esa fuerza (el Partido Socialista de Vanguardia) estableciera un frente electoral con el peronismo para que la convivencia se volviera casi imposible. De modo que, a cinco años de creada la carrera, la situación de su director ya era delicada; las aristas de una personalidad ríspida cobraron una importancia que antes se diluía en el marco de una tarea común. Germani había perdido el control intelectual e ideológico del proyecto y, lo que terminaría siendo mucho más grave, no percibía que sus jóvenes y brillantes contertulios habían sido conquistados por la dinámica política de la Revolución Cubana. Por tanto, antes de que el golpe del 66 terminara desmoronando la universidad modernizadora, el proyecto de Gino Germani estaba decididamente agotado. Esa fue la primera gran crisis de la carrera de Sociología, elaborar una crítica al funcionalismo a partir de construir nuevos observables determinados por el estudio sistemático del conflicto social, desde la perspectiva de la lucha de clases.

Un poco de historia institucional

El papel de la Universidad en la conformación de los ciclos políticos de la sociedad argentina puede sistematizarse como sigue: antes de la Reforma Universitaria de 1918, la Universidad mantuvo casi intacto su formato colonial. Esto quería decir básicamente dos cosas: la primera, que la estructura institucional se mantuvo intacta, lo que equivale a admitir que los estudiantes no tenían ni voz ni voto en materia de contenidos de las cátedras y orientación analítica de los docentes; la segunda, que los contenidos y los docentes apenas si habían sido sustraídos al control irrestricto de la Iglesia Católica. En particular la Universidad de Córdoba, gobernada a través de la logia clerical semi secreta "Corda Frates", resultaba de un nivel de anacronismo inenarrable. Las modificaciones que introduce la Reforma, primeras en su tipo en el mundo entero (gobierno tripartito, libertad de cátedra, autonomía funcional), fueron fuertemente morigeradas por el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear y directamente canceladas por el golpe del general Uriburu.
Sin embargo, la influencia de la Reforma resultó formidable en lengua castellana. En Perú, por ejemplo, el movimiento universitario -cuyo sustrato era, al igual que en toda Hispanoamérica, el arielismo de Rodó (Fernández Retamar, 2004)- retoma sus banderas bajo una consigna draconiana: "Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra" (Cúneo, 1974: XV). Y el APRA, movimiento popular encabezado por Víctor Raúl Haya de la Torre, no puede explicarse sin el impacto de la Reforma. En Chile, el movimiento enfrentaba los miopes nacionalismos localistas, secuelas de la Guerra del Pacífico, desde una perspectiva superadora. En Venezuela, el surgimiento de Acción Democrática se asocia estrechamente a este eléctrico proceso. Y en México, la organización de un movimiento estudiantil a escala latinoamericana, en el marco de la Revolución campesina, constituyó una novedad revulsiva. Era una suerte de "ensayo de unidad continental frente a las agresiones imperialistas del Norte y por sobre la desintegración trabajada por las viejas oligarquías y los nuevos populismos" (Cúneo, 1974: XVI). No se trataba de un hecho aislado. Con el poderoso respaldo de la Revolución Rusa, Lenin (1971) ya había teorizado la etapa imperialista del capitalismo mundial, casi al mismo tiempo que el movimiento real percibía, producto de su experiencia y de la primera guerra interimperialista de 1914-1918, el nuevo horizonte histórico y actuaba en consecuencia.
El discurso liminar de la Reforma era brutalmente claro:

"Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización seguro de los inválidos y -lo que es peor aun- el lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser, así, fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil" (AA.VV., 1974: III).

Y la inmovilidad senil regresó con la presidencia del general Agustín P. Justo; la influencia de la Iglesia Católica en la sociedad argentina recibió un impulso nunca antes registrado en toda su historia. Influencia de la que no estuvo, por cierto, exenta la Universidad. Con el arribo al poder del golpe del 43, en ese terreno la situación se vio notablemente agravada.
Entre 1943 y 1946 se alejaron 1200 profesores universitarios, un tercio del cuerpo docente: 423 fueron despedidos y 823 renunciaron. Entre 1945 y 1955 el peronismo impuso la ley 13031, donde el rector era nombrado por el Poder Ejecutivo, la política estaba proscripta y era causal de exoneración y los estudiantes no tenían la menor intervención en los asuntos universitarios. Los centros de estudiantes estaban prohibidos, al igual que las federaciones regionales y nacionales, al mismo tiempo que los estudiantes estaban obligados a realizar un curso de formación política o, en su defecto, preparar antes de graduarse una monografía sobre la tercera posición justicialista, equidistante del capitalismo y del comunismo. Ese intento de adoctrinamiento administrativo sólo irritaba a su público cautivo, confirmándolo en sus puntos de vista, empujándolos casi conscientemente a la oposición activa. La libertad de cátedra no existía y los concursos universitarios dependían del más estricto control burocrático policial. La idea de pluralidad de perspectivas legítimas, del choque de puntos de vista para construir conocimiento, quedaba explícitamente erradicada, y el Index de la Iglesia Católica -con sus hermanos y sus herejes- conformaba el obligado modelo de las Ciencias Sociales.
Por cierto, en esos años, la producción en el terreno sociológico resultó inexistente.
La UBA, así como las demás universidades, era una institución completamente vertical, sin la menor participación de los diversos estamentos, y su único objetivo era "la difusión de la cultura para el prestigio y engrandecimiento de la Nación" 8. Para que no haya dudas:

"Las universidades no desvirtuarán, en ningún caso y por ningún motivo, sus funciones específicas. Los profesores y los alumnos no deben actuar directa ni indirectamente en política invocando su carácter de miembros de la corporación universitaria, ni formular declaraciones conjuntas que supongan militancia política o intervención en cuestiones ajenas a su función específica, siendo pasible quien incurra en transgresión de ello, de suspensión, cesantía, exoneración o expulsión, según el caso. Esto no impide la actuación individual por la vía legítima de los partidos políticos, pero, en este caso, actuarán como simples ciudadanos y no en función universitaria"9.

El rector era un funcionario elegido por el Poder Ejecutivo y los programas y las bibliografías de las materias dictadas quedaban supeditados a los límites que el Gobierno nacional creyera convenientes. La Reforma de 1918 había sido suspendida sine die. Esa Universidad resultaba completamente anacrónica, incluso para el proyecto de industrialización impulsado por el gobierno. Dicho brutalmente: el cambio de la Universidad estaba en la naturaleza de las cosas y la Libertadora se hizo cargo limitadamente de esa necesidad. Sin olvidar un detalle: en la historia académica de la UBA ese fue el proyecto de Universidad cuya calidad educativa alcanzó el nivel de obligada referencia en toda América Latina. Nunca más la imbricación entre un proyecto nacional y la Universidad obtendría resultados homologables. El fracaso del frondizismo y el derrumbe de ese proyecto universitario terminarían siendo una misma cosa.
El golpe del general Onganía desde 1966 propuso otro camino político y social. Y en la nueva marcha la UBA no tenía ningún papel restallante, y así lo hizo saber el gobierno militar la "Noche de los bastones largos". Onganía privilegiaba la confianza política y la Universidad de Buenos Aires era el centro de toda la sospecha conspirativa. Por tanto, el programa de "universidades libres" de la derecha católica emergió durante un instante como alternativa posible. Eso sí, murió antes de nacer, ahogado por una resistencia universitaria acompañada, ahora sí, del iracundo reclamo de los demás sectores populares.

La ultima ratio

Con el gobierno de Onganía, la Revolución Libertadora alcanzaba una suerte de pureza química, ya que todo vestigio liberal debía ser abruptamente acorralado. Si en algún territorio de la política nacional esto resultó relativamente posible fue precisamente en la Universidad de Buenos Aires. No sólo porque miles de profesores presentaron sus renuncias y emigraron -fue una de las pérdidas de capital humano sólo comparable con 1976-, sino porque el programa intelectual -la Universidad para la modernización- había sido definitivamente abandonado. Las cuatro carreras sobre las que pivoteara el proyecto anterior eran ahora el centro de la sospecha de los servicios de inteligencia, por tanto desmantelarlas hasta volverlas inocuas era el programa de la contrarreforma de Onganía. Debemos admitir que los estudiantes de esas cuatro carreras fueron rápidamente incorporados al bloque contestatario y que su intensa actividad militante -en particular desde la carrera de Sociología- impuso el tono general de la resistencia contra el gobierno.
Visto en perspectiva, el ciclo político iniciado en 1955 puede caracterizarse como un orden de impotencias concurrentes. Di Tella sostiene:

"La inmovilidad política argentina puede ser explicada porque los distintos contendientes por el poder -los grandes terratenientes, los industriales, el Ejército, la Iglesia Católica, las clases medias, los intelectuales, los sindicatos y el Partido Peronista- no logran liquidarse unos a otros, aunque en las últimas tres décadas lo intentaron a fondo. En ocasiones, uno u otro de estos grupos parece a punto de triunfar, pero la sociedad se resiste con energía y se restablece un empate social. Cada uno de los grupos tiene suficiente energía como para vetar los proyectos elaborados por los otros, pero ninguno logra reunir las fuerzas necesarias para dirigir el país como le agradaría" (Di Tella, 1970: 205).

Es una adecuada síntesis sociológica.
El desagrado juvenil alcanza en 1972 un punto sin retorno y la Universidad lo expresa en término de aporte militante para todas las organizaciones contestatarias. A tanto llega que durante el 73, con la victoria de Cámpora, la UBA se transformó en bastión ideológico del tercer peronismo. La fórmula "Cámpora al gobierno, Perón al poder" no salió de la pluma de ningún experto profesional en campañas electorales, sino de la Facultad de Filosofía y Letras. El programa de las carreras, el programa de la Facultad, el nuevo programa de la UBA, pasaban por la militancia revolucionaria. Alumnos y graduados serían los agentes vivos de una transformación radical de la sociedad argentina. Debemos admitir que ese programa fue inmisericordemente vencido en 1975 y, con su derrota, la carrera de Sociología quedó intelectual y existencialmente a la intemperie.
La dictadura burguesa terrorista unificada iniciada en 1976 es responsable de la crisis de la carrera y de nuestro inocultable dolor. No es esta la oportunidad para recordar en detalle a nuestros muertos queridos, sólo diremos que buena parte de los mejores hijos de nuestras tradiciones pagaron con sus vidas por defender militantemente su punto de vista: la unidad de las Ciencias Sociales, no sólo como teoría cognitiva sino desde la violenta complejidad de la práctica política.
No debe escapar a este análisis que el restablecimiento de la democracia parlamentaria no resolvió ni la crisis de la carrera, ni la crisis de la Universidad, ni la crisis del país. Con la degradación de la política, la decadencia nacional -como decadencia conceptual y material- golpea con brutalidad estadística. Entre 1983 y 2001 se continuó, por otros medios, el ciclo iniciado en el 76. Los beneficiarios y las víctimas conservaron su inalterable lugar, y la Universidad, particularmente nuestra carrera, fue sometida -en tanto institución de un proyecto derrotado- a un asedio intelectual y material que bien merece un trabajo aparte. Quebrarlo obliga a repensar la crisis que una clase dominante, que no es una clase dirigente, le impone a la sociedad argentina.

Una lectura conceptual

La sistematización de un repertorio de teorías sobre el conflicto social, acompañada por los correspondientes métodos para la recolección de adecuada evidencia empírica, constituyen el leit motiv de la carrera de Sociología. Esta aproximación nos permite entender que los bramidos de una sociedad no pueden no tener impacto conceptual en su sistema de representaciones, al tiempo que aceptar ese impacto en las relaciones sociales remite, constituye, organiza las cosmovisiones fundantes que deben dar cuenta del sentido de nuestra actividad societaria.
Tres grandes sistemas de relatos conformaron el piso de ese sentido: el teológico, que hegemonizó absolutamente todos los campos hasta el siglo XVIII; el liberal, que se constituye a partir de la Revolución Francesa, y el socialista, que se articula, desde la crítica, a las promesas incumplidas del orden liberal. Es preciso admitir que los tres están afectados por una desgarradora crisis. Fechar tentativamente esa crisis es parte de nuestra tarea, no tanto para establecer un acuerdo sino para entender los posibles modos de periodizar los conflictos que intentamos inteligir.
Desde una perspectiva liberal, weberiana diríamos desde el territorio de la Sociología, la pregunta por los motivos del carácter universal de la cultura de Occidente, problema que gatilla todo el programa intelectual de Max Weber, se funda en la "elaboración de una teología sistemática" (Weber, 1979: 5). Esta es -a su juicio- la diferencia específica que sostiene esa versión de la historia universal. Este abordaje impone un doble problema: recostar el fundamento de la lectura liberal en una relativa laicización del repertorio teológico (recordemos, a modo de ejemplo ilustrativo, el concepto de líder carismático), al tiempo que se diferencia por su necesidad de limitar, racionalizar, relativizar (reduciéndolo, en lo posible, a la esfera de la actividad privada) el peso del logos teológico. El recorrido que le permite resolver esa ambigüedad conceptual es la construcción de una data cuantificable que reconduce la discusión hacia lo fáctico.
Por cierto, ese no es el único camino liberal. Si se quiere, el Adorno de Consignas (1973) problematiza todo el programa, contabilizando una recaída en la "barbarie"; por tanto reformula, desde una perspectiva empírica, la lógica conceptual teológica de Hegel (1990). Es que para el programa de la ilustración la historia estalla en Auschwitz, para volverse completamente irracional o simplemente melancólica.
En el otro extremo del arco teórico se encuentra la tradición que remite a Marx. La pregunta que organiza su obra bien puede formularse así: ¿Cuáles son los rasgos pertinentes (Marx, 1968) que permiten organizar una teoría del modo capitalista de producción? Una primera respuesta puede formularse de este modo: en los países donde no impera el régimen capitalista de producción la riqueza no se nos aparece como un inmenso arsenal de mercancías, porque la mercancía no es su forma elemental. Entonces, las formaciones históricosociales anteriores no integran este programa intelectual sino como camino de diferenciación conceptual, como lectura del aire de familia que permite la ruptura epistemológica para la construcción de un nuevo paradigma, como abordaje para capturar la diferencia específica con este nuevo paradigma, como problema teórico.
Ergo, la diferencia específica del capitalismo, para Marx, está determinada por la naturaleza mercantil de las relaciones sociales.
Desde ese abordaje, la historia del capitalismo contiene toda la historia tendencialmente universal. Dicho sin cortapisas: no hay ninguna historia universal que no sea, al mismo tiempo, la historia del mercado mundial. Más exactamente: la universalidad de la historia es un relato de unos pocos siglos. Y las teorías del conflicto social -en tanto sistematizaciones relativamente universales- no pueden no ser tributarias de esa presuposición. De modo que intentar construir una historia social más abarcativa sólo puede derrapar en dos direcciones conservadoras: la primera, una historia capitalista desde sus orígenes, "las robinsonadas dieciochescas" (Marx, 1971b: 3); la otra, la historia de una idea universal, "la consideración pensante de la historia" (Hegel, 1974: 41).
No actuamos en medio del silencio universal. La Revolución Rusa de 1917 modificó -en tanto práctica política- las condiciones de validación de toda teoría. El antagonismo conceptual entre liberalismo y socialismo alcanzó otra encarnadura. La posibilidad de otro horizonte epocal tiñó las luchas del siglo XX. Una vez más, las Ciencias Sociales se vieron obligadas a reconsiderar críticamente sus propios fundamentos y, en medio de tan intensa tarea, el desenlace de los enfrentamientos mella su filo. La caída del Muro de Berlín, al igual que en el siglo XIX la derrota de la Comuna de París, impuso un nuevo temario.
La crisis de los grandes relatos está determinada por una colosal victoria histórica del capitalismo. Esa victoria nos impone reconsiderar los fundamentos de nuestro objeto de estudio y, por tanto, de nuestra caja de herramientas, y la carrera de Sociología no puede sino ser la campana de resonancia conceptual de esta insoslayable labor.
Con un añadido: la historia universal no supone el fin de las historias particulares sino que contiene la gramática que otorga sentido, en última instancia, a tales historias, profundizadas como abordaje de sus conflictos irresueltos. Ese es un punto. El otro: no se trata tan sólo de la derrota del socialismo sino de la transformación del capitalismo. Y, muy particularmente, de la relación de esa derrota con esa transformación. De lo contrario, corremos el serio riesgo de impulsar la reconstrucción de otra teología política universal. Y es precisamente este punto el que contiene la frontera, el límite, que permite apuntalar la lógica crítica de las Ciencias Sociales. Por tanto, desde la perspectiva de su necesaria unidad, la carrera debe asumir la compleja tarea de pensar sus propias dificultades, en el marco de una gigantesca batalla para inteligir el sentido colectivo de una patria frustrada.

Notas

1. Karl Marx (1971a), "El método de la Economía Política", donde se lee: "Parece justo comenzar por lo real y lo concreto, por el supuesto efectivo; asi, p. ej., en la economía por la población, que es la base y el sujeto del acto social de la producción en su conjunto. Sin embargo, si se examina con mayor detención, esto se revela como falso. La población es una abstracción si dejo de lado, p. ej., las clases de que se compone. Estas clases son, a su vez, una palabra huera si desconozco los elementos sobre los cuales reposan, p. ej., el trabajo asalariado, el capital, etc. Estos últimos suponen el cambio, la división del trabajo, los precios, etc. El capital, p. ej., no es nada sin trabajo asalariado, sin valor, dinero, precios, etc. Si comenzara, pues, por la población, tendría una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaría analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaría a abstracciones cada vez más sutiles, hasta alcanzar las determinaciones más simples. Llegado ese punto, habría que reemprender el viaje de retorno, hasta dar de nuevo con la población, pero esta vez no tendría una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones. (…) Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por tanto, la unidad de lo diverso. Aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida también de la intuición y de la representación".

2. Es preciso admitir que la primera carrera de Psicología fue organizada en la Universidad de Rosario.

3. Primer rector de la Universidad del Sur, el 5 de enero de 1956.

4. La negrita es de A. H.

5. El Plan Prebisch, retorno al coloniaje, de Arturo Jauretche (1969), ha sido republicado con posterioridad, tras sufrir algunas modificaciones, con el título El retorno al coloniaje. La segunda década infame: de Prebisch a Krieger Vasena.

6. La negrita es de A. H.

7. Orfila Reynal asesoró la constitución de EUDEBA, la editorial universitaria de la UBA, centro que publicara los textos requeridos por las nuevas orientaciones académicas.

8. Ley 13031, art. 1º, "Objetivos" (la negrita es de A. H.).

9. Ibíd., art. 4º, "Funciones específicas" (la negrita es de A. H.).

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Aceptado: 12 de septiembre de 2007