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Revista argentina de sociología

versión On-line ISSN 1669-3248

Rev. argent. sociol. v.5 n.9 Buenos Aires jul./dic. 2007

 

Cincuenta años de la Carrera de Sociología de la UBA. Algunas notas contra-celebratorias para repensar la historia de la Sociología en la Argentina1

Diego Ezequiel Pereyra

CONICET, Instituto Gino Germani. Universidad de Buenos Aires

diegoepereyra@yahoo.com.ar
Diego Ezequiel Pereyra. Doctorando en Sociología, University of Sussex at Brighton. Magíster en Investigación en Ciencias Sociales, UBA. Investigador del CONICET, Instituto Gino Germani, UBA. Comisión en Historia de la Sociología, IDIS, CPS.

Este tipo de acontecimientos ofrece dos posibilidades para pensar la historia de las instituciones. La primera consiste en realizar un acto celebratorio del mito fundacional y recordar con dosis justas de nostalgia y emoción el importante papel de ciertos actores y el impacto social de la Sociología durante el período. La segunda es intentar un ejercicio de reflexión crítica sobre las posibles rupturas y continuidades de la Sociología argentina desde una perspectiva histórica más amplia. Dado que durante estos días varias voces repetirán la primera de estas estrategias, me inclino por elegir la segunda de ellas. De esta forma, voy a considerar este evento institucional de 1957, no ya como un punto de inicio sino como un punto de llegada de un proceso anterior que se proyecta hasta la actualidad.
Sin duda, la creación de la Carrera de Sociología de la UBA tiene una importancia histórica excepcional. Sin embargo, es un hito, entre otros posibles, en el contexto de una historia de larga duración de la Sociología en la Argentina. Entre otras fechas, se pueden enumerar al menos tres hitos institucionales. El primero resulta obvio. Me refiero a 1898, cuando se creó la primera cátedra universitaria de Sociología en el país. Otra efeméride que puede mencionarse es la primera clase de Sociología dictada por Ernesto Quesada en abril de 1905, un acontecimiento que tuvo una gran repercusión local e internacional. Esta conferencia fue varias veces citada como un momento fundacional de la Sociología nativa, ya que implicó una clara apuesta por el carácter científico de la disciplina y la aceptación de su capacidad para estudiar la modernización social del país. Además, sus ideas fueron valoradas en un contexto internacional donde la Sociología se encontraba en un incipiente proceso de institucionalización.
Tanto el primer curso de Sociología dictado por Antonio Dellepiane en 1899, como la citada disertación de Quesada y la producción académica de otros intelectuales como Juan A. García, Leopoldo Maupas y Alfredo Colmo, dieron inicio a un proceso de continuidad institucional de la enseñanza de la disciplina en el país. Esta actividad sentó las bases para la aparición de la primera tradición intelectual dentro de la Sociología argentina: la (mal) llamada Sociología de cátedra.
Esta experiencia docente no se caracterizó, tal como es la imagen más conocida, por el diletantismo y la reflexión especulativa, poco rigurosa y sin base empírica. Tampoco fue expresión de una sociología basada en el positivismo biológico y el diagnóstico médico del problema social. Por el contrario, fue un proyecto intelectual caracterizado por una sorprendente actualización bibliográfica, una visión reformista del conflicto social, la comprensión de la necesidad de superar el positivismo clásico y la tendencia por aprehender la estructura social argentina. Se logró una rica y curiosa síntesis de preguntas diversas sobre el orden social y el conflicto (donde la teoría de Durkheim y el marxismo cumplieron un papel nada secundario), pensándose las tensiones entre la modernización de la sociedad argentina y un sistema político con poca capacidad de procesar las demandas de apertura. Además, si bien no se impulsó un programa de investigación sistemático, sus ideas contribuyeron a iniciar las primeras investigaciones empíricas sobre la sociedad argentina.
La actividad de la Sociología de cátedra se nutrió principalmente de tres fuentes intelectuales diferenciadas. Por un lado, el legado de ideas y preocupaciones de la generación del 37, que se convirtió en el proyecto programático de la generación del 80. Especialmente, se heredó la vocación del realismo social por estudiar la realidad social argentina y centrar el eje del análisis en el problema de la construcción del Estado y la Nación. Esta adopción de una mirada realista sobre el país no fue acrítica. Por el contrario, significó una ruptura cognoscitiva (pero respetuosa) de la generación anterior, pues se aceptaron sus objetivos, pero se reclamó un mayor proceso de especialización de la tarea intelectual. Las críticas de Quesada y García a Alberdi y Sarmiento fueron parte de esa querella.
En segunda instancia, este grupo de intelectuales fue influido por la tradición de investigación sociográfica, iniciada por Frederic Le Play. Ésta ofrecía una guía para el análisis sociológico y una serie de técnicas de investigación que, en conjunto, combinaban el análisis cuantitativo con información cualitativa sobre la vida de las familias obreras. La arenga de García a sus alumnos de la Facultad de Derecho a salir a la calle para estudiar los fenómenos sociales, pues el sociólogo debe buscar sus datos golpeando las puertas en los barrios populares, claramente se situaba en este contexto. Esta obsesión no encontró receptores en el mundo académico, pero sin duda derivó, de la mano de las agencias burocráticas encargadas de los relevamientos estadísticos, en la creación de una sólida tradición de sociografía estatal.
Por último, la Sociología de cátedra se basó en el positivismo sociológico argentino. Esta corriente intelectual se nutría de una revisión superadora, tanto del positivismo penal como de la tradición comteana clásica. Se basó, esencialmente, en un proyecto contrario al idealismo filosófico y al mecanicismo, buscando adaptar el modelo de las Ciencias Naturales a las Ciencias Sociales y morales, pero aspirando a superar el monismo naturalista e integrarlo con la crítica social. Este positivismo de contenido sociológico y refractario a lo biológico fue contra-elitista, anticonservador y reformista (Soler, 1959). No obstante su fortaleza a comienzos de siglo, este impulso intelectual e institucional se detuvo hacia 1920 por razones políticas, cognitivas y biográficas, que aún deben estudiarse.
La tercera fecha a tener en cuenta en la historia institucional de la Sociología en la Argentina es 1940. En aquel momento, las universidades argentinas desarrollaron un cambio institucional innovador, cuando advirtieron que ellas podían cumplir un rol decisivo en la producción de conocimiento empírico de la realidad social. Algunos intelectuales (Ricardo Levene, Renato Treves, Francisco Ayala, por ejemplo) propusieron que la investigación social debía ser independiente de intereses particulares y, por ello, debía realizarse dentro de las universidades. Por esta razón, reclamaron que ellas debían combinar la enseñanza de teorías con la formación en la práctica de investigación -y, de alguna manera, romper con el monopolio de la investigación empírica que mantenía el Estado argentino- y reconstruir una tradición de sociografía académica.
Estos esfuerzos se tradujeron en la creación del Instituto de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y otras experiencias similares en Tucumán y Santa Fe. El Instituto, dirigido por Ricardo Levene, se organizó sobre la base de seis áreas diferentes, que incluían preocupaciones teóricas y recolección de datos sociales. Organizó conferencias y reuniones de investigación con un grupo entusiasta de estudiantes y graduados y, además, publicó la primera revista de Sociología en el país: el Boletín del Instituto de Sociología. Un joven italiano se integró a este grupo. Llegado al país seis años antes, encontró en esta institución un lugar para desarrollar innovadoras ideas sobre la sociedad argentina. Este joven era Gino Germani.
En realidad, el Instituto de Sociología se basaba en una resolución anterior de 1927. Ello indica la posibilidad de celebrar los ochenta años de esta institución, cuyo legado actual es el Instituto Gino Germani, de la UBA. Si las condiciones hubieran sido diferentes, los homenajes a Levene se repetirían en estos días. Pero las cosas sucedieron de otra manera. Lo cierto es que el Instituto de Sociología tenía un claro objetivo de investigación: contribuir al conocimiento de la sociedad argentina contemporánea. Sus actividades fueron la coordinación de la enseñanza de la materia y la organización de los proyectos de investigación, y pueden ilustrar muy bien los tres objetivos de la institución. Primero, la promoción de la investigación social y el estudio de las clases sociales. Para este punto, Levene designó a Germani para dirigir una investigación sobre las clases medias. Segundo, la tarea de asesoramiento del Instituto frente al Estado en cuestiones sociales. El nombramiento de Germani en la comisión asesora del Censo Nacional de 1947 fue parte de este propósito. Por último, Levene quería establecer redes de cooperación técnica en sociología, en el largo plazo. El fallido intento de crear una Sociedad Panamericana de Sociología formó parte de esa estrategia.
La experiencia de esta institución marca, sin duda, un punto de inflexión importante en la Sociología argentina. Por ello, las investigaciones recientes (González Bollo, 1999; Blanco, 2006) mueven el eje de la ruptura en la historia local de la disciplina de 1955 para atrás, a inicios de la década de 1940, cuando comienzan a aparecer los principales factores de institucionalización: la enseñanza de los métodos de investigación, la comprensión de la actividad práctica de la disciplina, los proyectos de indagación empírica, la especialización, la emergencia de un mercado editorial, la publicación de revistas especializadas, la conformación de grupos profesionales o instancias asociativas de promoción académica y la organización de encuentros y congresos entre pares que reflexionan sobre la disciplina.
Pero evidentemente el surgimiento del peronismo y luego la Revolución Libertadora significaron un proceso disruptivo que cambió el sentido de las trayectorias de los diferentes sociólogos locales y creó las condiciones para la creación de una Carrera de Sociología en 1957. No debemos descuidar que esta fundación institucional tuvo lugar en un contexto político particular, en cierta etapa de la historia de la Sociología como disciplina y en una operación intelectual e institucional para consolidar un liderazgo académico particular. En primer lugar, la creación de la Carrera de Sociología de la UBA fue parte de un proceso de desperonización de la sociedad y la Universidad (Neiburg, 1998), que expresaba la transición traumática del populismo al desarrollismo y la puesta en práctica de un tipo muy contradictorio de alianza de clases.
En segundo lugar, la fundación de la Carrera ocurrió en un contexto particular de la Sociología internacional, cuando se consolida el proyecto de canonización parsoniano y el modelo de la Sociología estadounidense se exporta al resto de los países en la posguerra. Además, ello coincide con la irrupción de las redes internacionales de cooperación técnica que ofrecen financiamiento y una guía de actividad práctica dentro de la disciplina. Ello se combina, a nivel local, con una fuerte competencia por el liderazgo en la Sociología argentina. La historia de la Carrera no puede ser comprendida en su totalidad sin situarla en el marco de una dura disputa entre un líder en declinación (Alfredo Poviña) y otro en ascenso (Germani), quienes compitieron por el prestigio, el control de las redes, los fondos disponibles y la capacidad de influencia intelectual e institucional. Esta batalla, que se resolvió a favor de Germani, como es evidente, se desarrolló básicamente en tres frentes: editorial, institucional e intelectual (Blanco, 2006).
En el centro de la Operación Germani se encuentra el proceso de construcción de su propia reputación y liderazgo. El golpe de Estado de 1955 y el proceso de reformas iniciado en la Universidad pusieron en disponibilidad a una masa de jóvenes reformistas, antiperonistas, refractarios a la política universitaria del peronismo y adversos a los intelectuales católicos o nacionalistas que coparon la Facultad de Filosofía en los tiempos políticos anteriores. Este grupo de jóvenes, lanzados a la participación política dentro de la Universidad y comprometidos con la desperonización, encontraron en Germani al líder que necesitaban. Con ello, Germani inició una operación para cambiar radicalmente las condiciones del campo sociológico local.
La Operación Germani consistió principalmente en cambiar la visión sobre el pasado de la disciplina en la Argentina, su propio diagnóstico sobre los problemas del campo y la creación de un momento de ruptura a través de un mito fundacional y la sobrestimación del impacto del antipositivismo local, fuerte en la Filosofía pero menor en la Economía y en la Sociología. Es bien conocida su ruptura con el ensayismo social, pero aún más evidente es su abandono de la tradición sociográfica de la cual formó parte y la construcción de una nueva tradición: la Sociología científica. Este proceso implicó la reconstrucción de su propia biografía, básicamente en dos aspectos. Por un lado, la auto- presentación como un intelectual autodidacta, lo que negaba su ligazón con el pasado y sus maestros. Por otro lado, su imagen de un pensador ajeno y crítico de la experiencia política y universitaria del peronismo. Estos dos ejes deben ser revisados en profundidad. Los datos empíricos sugieren que la experiencia de investigación junto a Levene fue clave para entender su trayectoria intelectual posterior. Además, no puede decirse que Germani se haya mantenido al margen de la dinámica institucional de la Sociología durante el peronismo.
Por otra parte, Germani (1955, 1956) tuvo un magnifico manejo de los tiempos políticos e institucionales al publicar sus principales obras en un contexto favorable a su recepción. Además, él se presentó como pionero en cuatro áreas. Primero, la introducción de la investigación empírica dentro de las universidades. Segundo, la recepción y difusión de la Literatura anglosajona, especialmente aquella sobre Metodología de investigación. Tercero, el uso revolucionario del Análisis estadístico para estudiar la estructura social argentina. Cuarto, la creación de redes institucionales que conectaban la Sociología local con la experiencia internacional. Si bien se pueden reconocer los aportes de Germani en estos campos, es al menos muy discutible que él haya sido el primero en utilizar estas estrategias. En realidad no eran ajenas para los economistas y los sociólogos argentinos más actualizados, pero podrían haber sido ajenos para muchos discípulos de Germani que se habían socializado en Filosofía y Letras durante el peronismo y la etapa posterior a 1955. Sin embargo, estas ideas aparecieron como innovaciones intelectuales en el momento de creación de la Carrera.
Parece indudable que la celebración de esta efeméride se debe a la resolución favorable de esa disputa y a la victoria de Germani sobre sus rivales intelectuales e institucionales. Sin embargo, ello no significa que la historia de la Sociología en la Argentina no tuviera otros desarrollos posibles y alternativos. El mejor homenaje que podemos hacerle al fundador de la Carrera es rediscutir permanentemente sus ideas y estudiar detalladamente sus estrategias personales e institucionales. Esto nos permitirá reescribir una historia de la Sociología argentina más rica y fecunda.

Notas

1. Versión ampliada y levemente modificada del texto leído en el panel sobre los Cincuenta años de la Carrera de Sociología de la UBA, realizado en el CPS el 31 de octubre de 2007. Estas ideas reiteran y revisan algunas ya presentadas en Pereyra (1998, 2005, 2006).

Bibliografía

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9. SOLER, R. (1959), El positivismo argentino, Buenos Aires, Paidós.        [ Links ]

Aceptado: 18 de septiembre de 2007