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La aljaba

On-line version ISSN 1669-5704

Aljaba vol.15  Luján Jan./Dec. 2011

 

MISCELÁNEAS

La campaña de los "260 hombres contra el machismo" y el feminismo ausente.

 

Al compás de la movilización preelectoral salió a escena la campaña "260 hombres contra el machismo". Está dirigida a los varones argentinos -a quienes se les reserva como equivalente el vocablo "hombres"- y se expande por el país a fuerza de publicidad, convocando a su paso a políticos, empresarios, ministros, estudiantes, sindicalistas, uniformados, etcétera; ocasión que es aprovechada por muchos candidatos para enjugarse la cara y acertar mejor con una imagen de campaña, algo más potable para el colectivo femenino. Alentada por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación fue pensada e impulsada por Alex Freire. Iniciada en el mes de marzo va "desembarcando" en diferentes sitios, con la finalidad de agrupar en todos esos espacios a 260 varones que previa firma de un compromiso anti machismo se reunirán para una foto, donde cada uno sostendrá un cartón con el nombre, sin el apellido, de cada una de las mujeres asesinadas el año anterior.
     Esta campaña exclusivamente dirigida al colectivo masculino muestra los siguientes rasgos: 1) Su eje es la expresión de voluntades circunstanciales, eligiendo la vía paternalista y protectora para erradicar la violencia contra las mujeres; 2) En la difusión se afirma que el machismo es una "construcción cultural", sin que se aluda a la organización del patriarcado.
     Ahora bien si el "machismo" es una parte constitutiva de la cultura como enuncia la campaña, su deconstrucción o erradicación implicarían la deconstrucción y erradicación de la totalidad de esa cultura: en todos sus clivajes, en todas sus instituciones, en toda su historia, y por tanto en todo su devenir. He aquí el primer razonamiento que nos lleva indefectiblemente a la comprensión del patriarcado y a su historia. Un segundo razonamiento es el siguiente: si el "decir no al machismo" es un acto de la voluntad como lo muestran quienes impulsan y quienes se suman a la campaña, su cara "opuesta" -o sea el "machismo" y su afirmación en la sociedad- también sería un acto de voluntad. Y si de un acto de voluntad se trata entonces, no es necesario hacer tantas campañas; corrigiendo la voluntad, asunto terminado. Pero si, en cambio, el machismo es una parte constitutiva y sustancial de la cultura -como estoy convencida que es-, tampoco tiene mucho sentido sumar a cientos y miles de varones argentinos -¡que a pesar de la matemática siempre serán 260!- para posar en una foto. No se puede pensar una parte constitutiva de la cultura, como si se tratara de un simple cambio de diseño de cualquier objeto. Erradicar el machismo desde una perspectiva cultural implicaría vérselas con la historia del patriarcado para entender cuándo, dónde y cómo se originaron las subordinaciones femeninas.
     Recordémoslo brevemente: el origen del machismo y de las subordinaciones de las mujeres tal como las conocemos hoy hunden sus raíces en el proceso civilizatorio, entendido como cultura política típicamente citadina y patriarcal que surgió al compás de la revolución urbana, pero que dominó no sólo sobre ciudades y aldeas antiguas, sino también sobre amplios espacios territoriales, donde podían vivir pastores y agricultores de manera rústica; ya fuesen campesinos o señores. Su antigüedad data del momento en que las sociedades humanas construyeron las primeras ciudades, como urbs y como civitas, según estas expresiones latinas clarificadoras de diferencias sustantivas, aunque el proceso social y político en cuestión date de varios miles de años antes de la conformación del mundo romano. Se trata entonces de la propia historia primigenia de nuestras instituciones políticas, aunque el paso del tiempo haya puesto sobre esa primera matriz civilizatoria patriarcal, muchos matices y confluencias con otras culturas que no habían logrado la experiencia citadina.
     Conociendo o intuyendo esas realidades históricas, las primeras feministas buscaron la emancipación eligiendo la vía de la lucha política y de las leyes, como el único camino posible para morigerar y mutar sus diferentes niveles de subordinación. Pero en los últimos años esa matriz de experiencia para enfrentar el poder masculino y patriarcal ha sido negada, o al menos deslegitimada por la Posmodernidad que ha impactado sobremanera en las filas feministas. Ahora bien si en esta campaña las mujeres somos las grandes ausentes es evidente que algo está pasando con el feminismo en nuestro país. Lo más notorio es que las feministas, no a nivel individual sino como colectivo comprometido con la causa, hemos abandonado la lucha política en el marco de Estado. Por ello nadie roba banderas a otros grupos, si éstos permanecen activos y transformadores. Pero en las últimas décadas el feminismo, que sigue haciendo trabajo social comprometido y de base, ha abandonado la lucha por el poder, desestimándola con diferentes argumentaciones subjetivistas, al compás del denominado feminismo de la diferencia, perspectiva ideológica que entiende que tanto el Estado y sus instituciones, como la lucha partidaria en el marco del mismo hundirían a las mujeres indefectiblemente en las garras de una tradición machista consuetudinaria, de la que no podrían salir sin claudicar sus principios. Pero esta mirada filosófica si bien se sustenta en certezas históricas -ya que, como recordamos más arriba, los estados contemporáneos y sus instituciones son herederos del proceso civilizatorio patriarcal-, ha equivocado el camino a seguir. Así ante el escollo de desmontar, al menos por ahora, la totalidad del sistema de poder, el feminismo de la diferencia incentivó en las feministas el abandono de los espacios de lucha, generando consecuencias nefastas o poco propicias. De ese modo han aparecido otros colectivos sociales, que como este grupo de varones, hablan por nosotras, sumiéndonos subrepticiamente en una nueva minoría de edad.
     Cierto es que resulta bastante imposible separarse de los discursos de época. Pero pasado un tiempo prudencial, creo que ya es hora de cuestionar este abandono, poniendo en discusión las anteojeras posmodernas que nos metieron en callejones sin salida, debido precisamente a la fantasía de buscar transformaciones gracias a la mutación de los discursos, antes que por el reforzamiento de la vía legal y judicial, que dicho sea de paso permanece sin cuestionarse en la campaña "260", como si la creciente violencia contra las mujeres no tocara ni siquiera en un punto de tangente, al poder judicial y a todas las instituciones del Estado. En efecto, al ser ésta una campaña cuyos soportes se inscriben en el contexto perfilado por las miradas posmodernas, lo que allí se plasma es que la realidad social aparece y desaparece según los enunciados y según la puesta en escena de las imágenes. Contexto virtual que sin lugar a dudas no es precisamente el de las mujeres asesinadas, ya que su vida y su no vida no se debieron a un juego de escenario sino, precisamente, a la existencia de una mano masculina homicida que mediante un acto violento, logró que pasaran en muchos o en pocos minutos, de ser una persona a ser un cadáver. Verdad inexcusable que la Posmodernidad no logra evidenciar, precisamente por ocuparse de generar infinitos rosarios de palabras e imágenes que alientan en los humanos la creencia en y la vocación por los juegos y realidades virtuales, en un universo que se auto proclama difuso, líquido, infractor, etcétera. Por eso muchas feministas han avalado esta campaña, dejando hacer, dejando acontecer. Pero si continuamos por esta vía la historia de nuestro feminismo presente se escribirá en algún momento bajo el título: "De protagonistas a espectadoras", sin que la realidad haya mutado un palmo, o lo que es peor, que año tras año la violencia se profundice. Por tanto reencontrémonos con nuestras banderas históricas y enarbolémoslas nuevamente, mirando bien de frente a la lucha por el poder e interpelando al Estado y a sus instituciones.
     Nadie hará el camino por nosotras y si algunos varones quieren sumarse que sea bajo nuestras consignas y bajo nuestras estrategias.

María E. Argeri

Universidad Nacional del Centro