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Revista Escuela de Historia

versão On-line ISSN 1669-9041

Rev. Esc. Hist. vol.10 no.1 Salta jan./jun. 2011

 

RESEÑA

Reseña al libro de Eley, Geoff Una línea torcida. De la historia cultural a la historia de la sociedad, Valencia, PUV, 2008.

 

Damián López

UBA/Conicet

 

Una línea torcida es un libro inusual, de composición compleja y original, en el cual se combina el relato autobiográfico con el ensayo teórico y la investigación en historia intelectual a fines de hilvanar una aproximación a los cambios acaecidos en la disciplina histórica europea y estadounidense desde la década de 1960 hasta la actualidad. Se trata, a grandes rasgos, del sinuoso camino que llevó desde el ascenso y auge de la historia social en los '60 y '70, a su posterior puesta en cuestión y paulatino relevamiento por parte de la historia cultural en los '80 y '90. Por supuesto, estos cambios se produjeron bajo una diversa gama de específicas modulaciones nacionales, que el libro intenta recomponer con suma precisión desde una perspectiva amplia, aunque notoriamente con mayor detalle para los casos de Inglaterra, Estados Unidos y Alemania. Es que estos son los escenarios que su autor, Geoff Eley,1 transitó personalmente en su carrera como historiador desde su ingreso al Balliol College de Oxford en la segunda mitad de los '60, pasando por sus estudios de posgrado y contactos con el medio alemán, hasta su traslado a la Universidad de Michigan a fines de los '70, donde continúa desempeñándose hasta la actualidad como profesor de Historia Contemporánea. Si el resultado es por tanto un cuadro general algo sesgado por este recorrido, pudiendo el lector echar en falta por ejemplo una mayor cantidad de referencias historiográficas francesas (restringidas a poco más que el momento de auge de Annales), se verá en contraposición frente a una minuciosa y solvente descripción de las líneas maestras en que se produjo el pasaje de la historia social a la cultural en un campo historiográfico como el alemán -al cual se le dedica un capitulo completo-, así como a un sinnúmero de alusiones a discusiones, historiadores y obras de las que se conoce relativamente poco en medios de lengua castellana. Desde este punto de vista, el libro resulta sin dudas una  muy útil fuente de informaciones sobre bibliografía relevante no traducida a nuestro idioma.

A fines de volver inteligible la erudita reconstrucción de los cambios historiográficos presentados, Eley enfatiza su conexión con la política y las transformaciones metodológicas en otras disciplinas. Con la política, en primer lugar, no sólo en el sentido del modo en que determinados contextos particulares influyen sobre las orientaciones de las investigaciones históricas, sino también en tanto éstas últimas siempre se hallan comprometidas, aún cuando no lo expliciten, con preferencias políticas que, en el caso de Eley, se orientan hacia la izquierda. Con otras disciplinas, en segundo lugar, porque a pesar de contar con sus propios métodos e instituciones la historia siempre se ha visto influida teóricamente por ellas, en un tráfico que -según se argumenta en contra de los defensores de una pureza en rigor inexistente e ignorante- precisamente debería alentarse. Este complejo movimiento es presentado además bajo el prisma de las modificaciones en las propias perspectivas teórico-epistemológicas y expectativas políticas experimentadas por el autor a lo largo de su carrera, organizando el libro en un arco de capítulos que van, según sus títulos autorreferenciales, de un inicial "optimismo" a la posterior "desilusión" y "reflexión", culminando en una actualidad entendida en términos de franco "desafío". El objetivo es, por un lado, tomar a su itinerario personal como un ejemplo, pero a su vez como un particular contrapunto del movimiento general y, por otro lado, evidenciar el modo enrevesado, abierto -factible de ceñirse a un ordenamiento claro sólo retrospectivamente- y siempre entrecruzado con determinados valores y estados de animo, en que éste último es vivenciado desde el punto de vista subjetivo.

Así, el libro se inicia retratando las certezas acerca de las posibilidades de alcanzar un conocimiento integral y la esperanza sobre la capacidad de que se produjeran cambios progresivos a futuro que alentaban los esfuerzos de los historiadores sociales al momento en que Eley iniciaba sus estudios. De hecho, las tres corrientes más importantes de la ascendente historia social de los '60 y '70 (los historiadores marxistas británicos, los Annales franceses y la historia científico social estadounidense) no sólo compartían ciertos preceptos epistemológicos generales, como un modelo materialista de causalidad, un intento de explicación de los procesos históricos en términos de totalidad social, y una predisposición al intercambio con otras disciplinas como la economía y sociología, sino también una perspectiva política progresista en la cual la historia tenía un rol que jugar. Se trataba, sin dudas, de un clima político e intelectual sumamente alentador, pero que comenzaría a resquebrajarse hacia los '80, dando lugar a esa inicial "desilusión" y posterior necesidad de "reflexión" en búsqueda de nuevas bases de sustento desde las cuales avanzar en la investigación histórica. Desde un punto de vista político, Eley enfatiza la importancia que tuvo para la conmoción de tales certidumbres, al menos en el caso británico, el pasaje desde una situación caracterizada por la movilización obrera y la fuerza de la izquierda durante los años que van de fines de la década de los '60 a mediados de la del '70, a otra dominada por el triunfo de la derecha y una reestructuración capitalista destructiva de las organizaciones de clase a partir de 1979, con los gobiernos conservadores de Thatcher. Pero por supuesto debe considerase, tal como nos alerta el autor, la complejidad de este tipo de conexiones, y la diversidad de caminos que tomó el giro hacia la historia cultural en diferentes contextos.

También es cierto que bajo el rótulo de historia social se agrupaban muy diversas orientaciones, y que en su seno existieron trabajos interesados en problemas que de algún modo prefiguraron desarrollos posteriores. Eley se interesa especialmente en el análisis de esas obras, destacando que hasta bien avanzada la década de 1980 parecían ser solamente una muestra de tal amplitud, y que tampoco quienes avanzaron consistentemente en ese sentido advirtieron en un primer momento que llevaría a un punto de ruptura. En todo caso, argumenta, tal decantación y críticas concientes a aspectos nodales del modelo anterior sólo se terminarían dando en vínculo al completo trastorno del contexto político, que confluyó con el de los paradigmas epistemológicos de las ciencias sociales y humanidades en general, tomando en la disciplina histórica la modalidad de un "giro hacia la cultura" que contenía por otra parte líneas de investigación tan heterogéneas como las que anteriormente comprendía la historia social. Eley articula en este punto una descripción sumamente detallada del modo en que la aparición de toda una serie de influencias externas como el feminismo (al que otorga un rol sustancial por su crítica a los análisis materialistas tradicionales, tomando a Joan Scott como caso paradigmático en el campo historiográfico), las teorías de la colonialidad y poscolonialidad, la obra de Foucault, el psicoanálisis y los desarrollos antropológicos de Geertz, entre otros, impactaron sobre concretos trabajos de investigación histórica ahora atentos a los problemas de género, el análisis discursivo, la interpretación cultural en términos etnográficos, la "experiencia vivida" y agencia de los actores, etc. Al análisis de tan extenso inventario Eley suma además otras derivas conectadas con tal transformación, como son el boom de la memoria, un retorno a lo local y microhistórico sobre los macrorelatos totalizadores, la aceptación de la historia oral como subdisciplina, los estudios sobre aspectos ideológicos en general y sobre lo racial en particular, un renovado interés por lo biográfico, etc.

Hacia el final del libro, Eley realiza un balance sobre los logros y limitaciones de la historia cultural, defendiendo la necesidad de recuperar ciertos aspectos de la antigua historia social, aún reconociendo la imposibilidad de retomar como un todo el programa original de ésta última. Su propuesta, consistente en el "desafío" de buscar formas imaginativas de historia que vinculen la complejidad y sutileza de ciertos análisis culturales con una perspectiva de lo social que permita eludir la dicotomía entre lo fragmentario y lo totalizador, no implica por tanto de ningún modo una vuelta acrítica a una historia social que, según argumenta firmemente, "ya no está disponible." Desde su punto de vista, existen actualmente investigadores que intentan transitar este camino a partir de una posición abierta, ecléctica e hibrida que se aleja de las tajantes y agrias disputas que caracterizaron el enfrentamiento entre historiadores a favor y en contra de determinadas orientaciones en historia cultural. En esta línea se toma como modélico el ejemplo de la obra de Carolyn Steedman,2 en la cual el uso amplio e imaginativo del archivo se combina con el relato complejo y crítico con la propia labor histórica, al tiempo que reflexivo acerca del propio lugar de enunciación. Podría decirse también que por su composición y esfuerzo de escritura el propio Eley presenta performativamente en este libro otro ejemplo al respecto. Y tal vez esta última sea la mejor manera de sostener una propuesta que a primera vista podría parecer un tanto escueta y tibia en sus breves conclusiones finales. Es que en último término, el objetivo del libro no es brindar una sólida respuesta tranquilizadora sobre el modo en que debería hacerse historia, sino sentar posición a favor de un pluralismo abierto y una discusión constructiva y conciente de que en verdad entre la historia social y la cultural "no hay necesidad de elegir." Un posicionamiento, en fin, que no por demasiado general y abierto deja de ser claro y firmemente guiado en función de aquello que, en propias palabras del autor, podría sintetizarse en la siguiente exhortación: "Practica las virtudes clásicas del historiador, desde luego. Afiánzate en la investigación de archivo más imaginativa, meticulosa y exhaustiva, mediante todas las formas expansivas e inesperadas que las últimas cuatro décadas han puesto a tu disposición. Abraza el oficio y las epistemologías del historiador. Pero nunca te quedes satisfecho sólo con esto. Procura ser muy consciente de tus presuposiciones. Haz el duro trabajo de abstracción. Dialoga con disciplinas vecinas. Mantente sensible a los significados de la política. La historia no es nada si no está cosida a una pedagogía, a una ética política y a una creencia en el futuro."3

Notas:

1. De Eley se han traducido al castellano hasta el momento una media decena de artículos y el libro Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003.         [ Links ] 

2. Especialmente Carolyn Steedman, Lanscape for a Good Woman: A Story of Two Lives, Londres, Virago, 1986.         [ Links ]

3. Geoff Eley, op. cit., 2008,  pp. 23-24.