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Cuadernos de antropología social

versión On-line ISSN 1850-275X

Cuad. antropol. soc.  n.18 Buenos Aires sept./dic. 2003

 

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

Discusión de "El descubrimiento científico como fenómeno comunitario", de Cecilia Hidalgo y Félix Schuster

Manuel Comesaña*

* Profesor Titular. Universidad Nacional de Mar del Plata. mcomesan@mdp.edu.ar.

Fecha de realización: junio 2003. Fecha de entrega: julio 2003. Aprobado: octubre 2003.

En este trabajo Félix Schuster y Cecilia Hidalgo exponen y critican dos maneras de tener en cuenta la influencia de factores sociales en el descubrimiento científico, la manera de Kuhn y la de Brannigan.

Comparto la idea de que las consideraciones de Kuhn sobre el consenso son insuficientes, pero las razones que tengo para suscribir esta idea no son exactamente las mismas que tienen Schuster e Hidalgo. Ellos le reprochan a Kuhn la falta de una teoría especial del consenso científico, que, además de tener en cuenta la influencia de factores sociales en los cambios científicos, tenga en cuenta también la especificidad epistémica de las comunidades científicas y sea capaz de mostrar que dichos cambios son racionales. Podríamos decir que apuntan a una concepción de la ciencia que sea a la vez racionalista y kuhniana, es decir, a una que sea racionalista pero también algo sociologista.

Mi propia opinión es prekuhniana –"clásica", como a veces se dice–. Creo que la ciencia es racional en lo que concierne a la justificación de las teorías, y que en esto no puede haber racionalidad colectiva sin racionalidad individual. Desecho, en consecuencia, la idea –difundida sobre todo a partir del Kuhn de La estructura…, pero ya presente en el convencionalismo de Popper con respecto a los enunciados básicos– de que, en la aceptación y rechazo de teorías, el consenso dentro de las comunidades científicas es el fundamento último de las decisiones, sin que tengan ninguna importancia las razones o motivos individuales de los miembros de dichas comunidades. Creer que la teoría de Newton funcionó bien gracias al consenso que finalmente obtuvo, es poner el carro delante del caballo; lo que realmente pasó es que generó consenso porque era una teoría muy buena, y fue también por esto último por lo que hizo posible la resolución de problemas. El Kuhn de La estructura… (el más interesante –ya que el último Kuhn es muy parecido a los filósofos "clásicos" de la ciencia–, pero también, como suele ocurrir, el menos plausible) se expresa como si el consenso tuviera el poder mágico de volver solucionables ciertos problemas que sin consenso eran insolucionables. Lo que en realidad ocurre es que las buenas teorías producen, gracias a sus méritos epistémicos, las dos cosas: el consenso y la posibilidad de resolver problemas.

Tampoco una posición como la de Brannigan puede asignar a la evaluación epistémica el lugar que le corresponde en una concepción racionalista de la ciencia. La idea de que algo es un descubrimiento sólo si los científicos y otras personas lo constituyen o categorizan como tal de manera arbitraria y dependiente del contexto, conduce inevitablemente al relativismo.

Hasta aquí me he referido a lo que Schuster e Hidalgo les critican a Kuhn y Brannigan para decir que, desde una posición distinta, coincido en líneas generales con dicha crítica. ¿Qué es lo Schuster e Hidalgo comparten con Kuhn y Brannigan? En sus propias palabras, "una orientación hacia el carácter comunitario de la producción científica", que tome en consideración las relaciones entre los científicos y los factores sociales intervinientes, tanto los que proceden del entorno teórico como los que proceden del medio cultural. Planteada la cuestión de este modo, "parece difícil seguir aceptando que el pensamiento creativo sea reducible a los procesos psicológicos que se dan en mentes individuales y los descubrimientos, por ende, productos emergentes de la imaginación sin ninguna restricción impuesta por la sabiduría acumulada o el conocimiento canónico. Las propuestas alientan la reconstrucción de la naturaleza colectiva de la ciencia para mostrar cómo el descubrimiento y la invención están ligados a la sociedad".

Imposible no compartir también estas ideas. Pero hay que señalar que no hay en ellas nada incompatible con lo que han sostenido al respecto los filósofos clásicos de la ciencia. Lo que han sostenido es que la filosofía de la ciencia –a diferencia de otras disciplinas que se ocupan del mismo objeto, como la psicología y la sociología de la ciencia– debe consistir en un análisis lógico de la ciencia, y, por lo tanto, debe ocuparse exclusivamente de aquellos aspectos de la actividad científica y sus productos que sean susceptibles de tal análisis. Han sostenido también que la generación de nuevas hipótesis y teorías no es susceptible de análisis lógico –debido a que, como dice Popper, "no hay ningún método para tener buenas ideas"–, y queda excluida, en consecuencia, del ámbito de la filosofía de la ciencia; y que la justificación de dichas hipótesis, en cambio, sí es susceptible del mencionado análisis, y llevarlo a cabo es la tarea del filósofo de la ciencia.

Pero no han sostenido que no haya influencia de factores sociales en el descubrimiento científico o que no valga la pena estudiar esa influencia. O, dicho con las palabras de Schuster e Hidalgo, no han sostenido que los descubrimientos sean "productos emergentes de la imaginación sin ninguna restricción impuesta por la sabiduría acumulada o el conocimiento canónico". Obviamente, "influencia de factores sociales en el descubrimiento" no es lo mismo que "métodos de descubrimiento", y la tesis de que la filosofía de la ciencia debe ser análisis lógico de la justificación de teorías no implica en modo alguno que todas las disciplinas deban serlo.

Muchos creyeron hace unos treinta y cinco años que los filósofos clásicos de la ciencia habían sido superados por los "nuevos", y que la clave de esa superación consistía en reconocer la influencia de factores extracientíficos en los cambios teóricos –o sea, en el contexto de justificación, ya que su influencia en el contexto de descubrimiento ha sido siempre reconocida por todo el mundo–. Pero, si se concede a esa influencia un alcance muy grande –sosteniendo, en la versión más extrema, que todos los cambios teóricos responden exclusivamente a factores extracientíficos–, se desemboca inevitablemente en una concepción irracionalista de la ciencia, cosa que algunos celebran y otros lamentan entre los que prima facie simpatizan con los que en su momento fueron los "nuevos" filósofos de la ciencia. Schuster e Hidalgo están entre los últimos: quieren reconocerle a ciertos factores sociales influencia, no sólo en la producción del conocimiento científico, sino también en su validación, pero en el marco de una concepción racionalista de la ciencia. Se trata, sin duda, de un objetivo óptimo; la cuestión es si además es factible.

¿Qué es ser racionalista en la concepción de la ciencia? Es sostener que en la mayoría de los casos –no en todos– los episodios de cambio científico han respondido a razones científicamente buenas, a factores "internos". Además, para ser racionalista, el límite entre lo externo y lo interno hay que trazarlo de un modo que permita explicar el éxito de la ciencia, que es lo que las concepciones irracionalistas no logran hacer. ¿De qué modo? En el caso de la ciencia fáctica, de un modo empirista, esto es, admitiendo que, en última instancia, el criterio decisivo para la elección entre teorías rivales es el apoyo empírico que ellas tengan, o –lo que es lo mismo– su poder explicativo y predictivo, su éxito observacional, y que otros factores que pueden orientar a los científicos en la elección, como por ejemplo la sencillez, son importantes, no en sí mismos, sino como indicadores de éxito observacional futuro.

Esta manera de ser racionalista en la concepción de la ciencia fáctica es, en mi opinión, la única posible. Ha habido progreso en la historia de la ciencia, y un modelo racionalista aceptable tiene que explicar ese progreso, no negarlo. No se puede ser racionalista y al mismo tiempo "contextualista" con respecto a la evaluación de teorías; el contextualismo, en cualquier versión más o menos fuerte e interesante, es incompatible con el reconocimiento del progreso. Si se asigna a la influencia de factores extracientíficos en el contexto de justificación un peso decisivo –y en esto consiste básicamente el contextualismo, tanto si se admite que esos factores son extracientíficos como si se apela a la maniobra meramente terminológica de clasificarlos como "internos"–, resulta imposible admitir el progreso y la racionalidad de la ciencia. Dicho brevemente, racionalismo y contextualismo son incompatibles. Es una lástima que lo sean. Lo ideal sería poder conciliarlos y quedarse con lo mejor de ambos mundos, ya que ambos responden a motivaciones plausibles, y eso es lo que hace que resulte interesante y atractivo un intento como el de Schuster e Hidalgo. Pero ya se sabe que lo ideal suele ser enemigo de lo posible, y me parece que eso es lo que pasa en este caso.