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Cuadernos de antropología social

versión On-line ISSN 1850-275X

Cuad. antropol. soc.  n.24 Buenos Aires jul./dic. 2006

 

La naturalización de la violencia. Un análisis de fotografías antropométricas de principios del siglo XX1

Alejandro Martínez* y Liliana Tamagno**

* Licenciado en Antropología. Becario de CONICET. Docente de la UNLP. Integrante del Laboratorio de Investigaciones en Antropología Social (LIAS). Dirección electrónica: alephmartinez@hotmail.com

** Doctora en Antropología. Investigadora de CONICET. Profesora Titular de la UNLP. Directora del Laboratorio de Investigaciones en Antropología Social (LIAS) y de la Línea de Investigación "Etnicidad, Identidad, Interculturalidad. Indígenas en ciudad". Dirección electrónica: ltamagno@fcnym.unlp.edu.ar.

Fecha de realización: junio de 2006. Fecha de entrega: julio de 2006. Fecha de aprobación: octubre de 2006.

Resumen

Este artículo surge como consecuencia de la experiencia de rescate, identificación y clasificación de una serie de fotografías halladas en el Archivo Fotográfico del Museo de La Plata, a la luz de los lineamientos teóricos desarrollados por el Laboratorio de Investigaciones en Antropología Social (LIAS, UNLP), en torno a conceptualizaciones tales como etnicidad, identidad e interculturalidad. Estas fotografías de trabajadores indígenas, obtenidas en el ingenio azucarero La Esperanza (Jujuy, Argentina) en los albores del siglo XX, expresan con la mayor de las crudezas y sin los reparos de la posibilidad de algún censor, o sea con total poder e impunidad, las condiciones de sometimiento que sufrieron los pueblos preexistentes hace apenas 100 años en nuestro país. Entendemos que la recuperación del contexto socio-histórico en que se produjeron y el análisis crítico de estos documentos fotográficos es un valioso aporte a la reconstrucción de nuestra memoria colectiva, brindando, a al vez, elementos que permiten repensar lo sucedido en el pasado reciente de nuestra sociedad.

Palabras Clave: Pueblos Indígenas, Fotografía, Positivismo, Violencia, Poder

Resumo

Este artigo e o resultado de um trabalho de resgate, identificação e classificação de uma série de fotografias avindas no Arquivo Fotográfico do Museu de La Plata, à luz das aproximações teoricas desenvolvidas no Laboratório de Investigaciones en Antropología Social LIAS (UNLP), com reispeto à conceitos tais como etnicidade, identidade e interculturalidade. Essas fotografias de trabalhadores indígenas, conseguidas no engenho açucareiro La Esperanza (Jujuy, Argentina) a começos do século XX, espessam com a maior das cruezas e sem os receios da possibilidade de algum censor, ou seja, com total poder e impunidade, a submissão e a exploração que sofreram os povos preexistentes faze apenas 100 anos em nosso país. Entendemos que a recuperação do contexto sócio-histórico em que se produzieron e o análise crítico de estes documentos fotográficos será de grande valor para a reconstituição da nossa memória coletiva, brindando novos elementos para repensar os sucessos do passado recente da nossa sociedade.

Palavras-chave: Povos Indígenas, Fotografia, Positivismo, Violência, Poder

Abstract

This article is the result of the rescue, identification and classification of a collection of photographs founded in the Photographic Archive of La Plata Museum, through the theoretical approaches developed at the Laboratorio de Investigaciones en Antropología Social (LIAS-UNLP), about conceptualizations such as ethnicity, identity and intercultural relationships. These photographs of indigenous workers, obtained at La Esperanza sugar plantation (Jujuy, Argentine) at the beginnings of XX century, express with immense harshness and no embarrassment, far away of the possibility of any censor, lets say with complete impunity, the submission and exploitation suffered by indigenous people just 100 years ago in our country. We understand that the recovering of socio historical context and the critical analysis of these photographic documents shall become an important contribution to the reconstruction of our collective memory, offering new elements that will allow us to rethink what happened in our society in the recent past.

Key Words: Indigenous People, Photography, Positivism, Violence, Power

El conocimiento de las imágenes, de su origen, sus leyes es una de las claves de nuestro tiempo (…) Es el medio también de juzgar el pasado con nuevos ojos y pedirle esclarecimientos acordes con nuestras preocupaciones presentes, rehaciendo una vez más la historia a nuestra medida, como es el derecho y el deber de cada generación.
Pierre Francastel (Citado en Kossoy 2001)

El rescate, las primeras indagaciones e interrogantes

El Archivo Fotográfico del Museo de La Plata cuenta con un vasto e invalorable acervo de imágenes, producto de las expediciones de campo realizadas por investigadores de esa institución desde el momento de su fundación, hacia finales del siglo XIX, hasta las primeras décadas del siglo XX; imágenes que corresponden a las diferentes disciplinas científicas que allí se desarrollaron y se desarrollan actualmente. En ese lugar, ubicado en los subsuelos del Museo, se hallaban arrumbados dentro de un viejo mueble de madera, más de un centenar de negativos de vidrio, en formato de 18 X 24 centímetros. Las manchas de humedad, los hongos, la oxidación y la acción bacteriana que presentaban, permitían inferir que habían estado allí durante muchos años.

Los primeros pasos consistieron en trabajar en la identificación de un pequeño grupo de fotografías, cerca de una docena, copiadas a papel; se trataba de retratos de indígenas, hombres y mujeres, algunas de ellas con sus hijos en brazos, otras con sus cabezas rapadas y muchos de ellos vestidos con harapos. Sentados y con el torso desnudo, vistos de frente y de perfil, remitían vívidamente a las fotos de los archivos policiales.2 El fondo, completamente blanco a fin de producir un fuerte contraste con los retratados, no ofrecía ninguna referencia ni dato que permitiera dar cuenta de nuestros interrogantes. Una imagen sin contexto, un cuerpo aislado y recortado de lo que lo rodeaba, un cuerpo humano transformado en objeto.

Otras fotografías nos mostraban a los indígenas de pie, desnudos por completo, llevando sólo unos adornos y algún tatuaje; esta vez, de fondo, aparecían un piso de tierra, una pared de adobe, un pedazo de cielo y, a veces, de costado, asomaban una pared blanca y una abertura, que formaban parte, seguramente, de un edificio mayor. Nuevamente se ponía en evidencia la intención –aunque esta vez no tan prolijamente lograda– de eliminar todo posible "ruido", toda posible referencia. Los ojos del observador no debían distraerse, toda la atención tenía que concentrarse en esos retratos de cuerpos desnudos, capturados por la acción de la luz sobre los granos de plata.

Estos fueron los datos que marcaron los comienzos de la investigación. Por un lado, unas fotografías que, por sus características técnicas, podían haber sido tomadas entre los últimos años del siglo XIX y los primeros años del siglo XX; un período bastante amplio. Por otro, al tratarse de material documental propiedad del Museo de La Plata, había sido obtenido casi con seguridad en nuestro país y, a juzgar por sus collares, tatuajes y vestimenta, era probable que los retratados fueran indígenas originarios del Chaco.

La identificación de las imágenes y sus autores

Afortunadamente, en este caso no fue necesario realizar una búsqueda demasiado exhaustiva para identificar la colección, ya que rápidamente dimos con una publicación del año 1907, donde aparecían algunas de estas imágenes.3 Se trataba del Tomo II de la Sección Antropología de los Anales del Museo de La Plata que, bajo el título "Estudios antropológicos sobre los Chiriguanos, Chorotes, Matacos y Tobas (Chaco Occidental)", estaba por entero dedicado a mostrar los resultados de una expedición realizada en la primera quincena de agosto de 1906, por el antropólogo Robert Lehmann-Nitsche,4 al ingenio azucarero La Esperanza. Las fotografías habían sido tomadas por Carlos Bruch.5

Además de esos datos, la publicación cuenta con una serie de comentarios acerca del uso y valor de la fotografía para encarar este tipo de estudios, interesantes detalles sobre cómo fueron obtenidas las fotos y también sobre los trabajadores indígenas que aparecen en ellas. Gracias a la publicación de esas imágenes, y a los datos que se brindan de ellas, nos fue posible determinar, a través de un análisis del estilo de las fotos y de los elementos que allí aparecían, que la totalidad de los negativos de vidrio conservados en el archivo habían sido obtenidos en la misma expedición, lo que nos permitió referenciar todo el resto de la colección, atribuyéndole el mismo autor, fecha y lugar.

Una vez referenciadas las fotografías se procedió a realizar una primera clasificación del corpus de imágenes. Dentro del conjunto de las 137 placas de vidrio que hasta hace poco tiempo conformaban esta colección,6 hallamos solamente 5 placas que fueron dedicadas por completo a fotografías grupales; los 132 negativos restantes corresponden a retratos individuales. Entre estos retratos hay solamente 8 fotografías de cuerpo entero y 15 de ¾ cuerpo, siendo consagrados la mayor parte de los negativos (108 para ser exactos), a obtener retratos de los indígenas de frente y perfil.7

La abundancia de la foto frente-perfil, donde la mayoría de los indígenas aparecen con el torso desnudo, el uso de mecanismos auxiliares para optimizar los resultados fotográficos, como la silla de Bertillon,8 y la utilización de fondos blancos, deben ser entendidos a la luz de los criterios que guiaban las investigaciones antropológicas hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Estos procedimientos, que procuraban llevar a cabo un relevamiento sistemático de los diferentes "tipos humanos" (Jehel, 1998), tenían su contraparte en la búsqueda de una estandarización y endurecimiento en las tomas obtenidas utilizando la cámara fotográfica como instrumento de registro.9

Un estricto modo de hacer que puede ser referido a lo que Jehel denomina "la tendencia claramente médica adoptada por los antropólogos de la época" (1998:123, nuestra traducción), una tendencia fundada en los intentos por dotar a la antropología del carácter de ciencia natural y sostenida por figuras de gran renombre en esos años, como Paul Broca, fundador de la Societé d'Anthropologie de Paris. Esa sociedad científica rechazó "cualquier especulación de orden filosófica o política en sus estudios sobre el hombre" optando "por un abordaje que tenía en consideración los hechos tangibles, la observación material del cuerpo a fin de llegar a la comprensión del comportamiento" (Jehel, 1998:124, nuestra traducción).

Este paradigma positivista tuvo un importante peso en el desarrollo de la antropología en nuestro país, vinculado en gran parte al carácter central que cobró la figura de Francisco P. Moreno en el desarrollo de esa disciplina. Fundador y director, en sus comienzos, del Museo de La Plata, Moreno hizo sus primeras armas en la antropología bajo la tutela del sabio alemán Germán Burmeister, para trasladarse más tarde a París, donde completó su formación en esta materia asistiendo a los cursos dictados por Paul Broca y ofreciendo él mismo algunas conferencias en la Societé d'Anthropologie que dirigía el antropólogo francés (Quijada, 1998).

En este "momento fundacional", sensu Fígoli (2004), de la antropología argentina –que se corresponde en lo político con el proceso de integración de la nación–10 podemos distinguir según este autor dos vertientes encontradas: los "ameghinistas" y los "morenistas". Los primeros se interesaron en indagar acerca de la antigüedad del hombre en estas tierras, propugnando un evolucionismo gradual y elaborando cronologías a partir de la medición del tiempo geológico. Los "morenistas", en cambio, "estuvieron menos interesados en la antropogonía, la descendencia del hombre, que en la antropotaxis, la clasificación de las razas (...) se dirigían a entrar en contacto con las poblaciones indígenas; la somatología constituyó, junto a la etnología, su objeto principal de estudio" (Fígoli, 2004:73). En esta corriente se inscribirían, según nuestro parecer, los estudios antropométricos realizados por Lehmann-Nitsche11 y Bruch en el ingenio La Esperanza.

La fotografía como instrumento del registro antropométrico

"La PARTE FOTOGRÁFICA de nuestro trabajo desempeña efectivamente un papel principal en la presente obra. El valor de la fotografía para tales estudios [se refiere a los antropométricos] es por todas partes tan reconocido que es innecesario ponderarla más aquí [...] Para la descripción se adoptaron formularios breves que contenían solamente aquellos rasgos que no resaltan del estudio de la fotografía. Integrar por completo los formularios que se recomiendan en los gabinetes de antropología, exige demasiado tiempo, y no da tampoco mayores resultados; mientras que la fotografía, por el contrario, permite, sin palabras de más, y con ahorro de tiempo, un estudio prolijo en el gabinete, en el que uno puede trabajar con toda tranquilidad" (Lehmann-Nitsche, 1907: 55).

Así se resalta el valor de la colección iconográfica reunida en ese viaje de campaña y, a lo largo del texto, se remite constantemente al "atlas antropológico" publicado. La fotografía, además de ser un medio de registro ágil y eficaz, posibilitaba detener el tiempo, congelar un instante y presentar los cuerpos en formato reducido para poder manipularlos, observarlos y examinarlos. La fotografía no se contextualiza, esto no aparece como necesario; por el contrario, pareciera ser expresión de la "objetividad" que, propia de una postura positivista, se supone debe tener todo trabajo científico. En términos de Barthes (1994:106), "los personajes que aquélla representa no se mueven [...] están anestesiados y clavados, como las mariposas", como verdaderas piezas de museo, disponibles para el análisis pormenorizado y la observación meticulosa del científico.

Pero la concepción de la fotografía como un mecanismo objetivo de observación y representación de la realidad no provenía solamente de los estudiosos de la "antropología somática", para quienes este recurso resultaba tan valioso, sino que, como señala Susana Dobal, desde su invención a mediados del siglo XIX "la fotografía sería [...] asimilada como prueba de verdad en diversos campos de la ciencia (antropología, medicina, astronomía, arqueología), además de su uso en el contexto jurídico y criminal" (Dobal, 2001:69, nuestra traducción).

Sin embargo, ello no se lograba –como podría pensarse– con el solo accionar de la cámara; había que preocuparse, además, por crear las condiciones adecuadas para examinar en detalle a los retratados; debían aislarse cuidadosamente las variables en estudio –en este caso los rasgos físicos– eliminando toda posible distorsión que pudiera alterarlas; debían descontextualizarse los cuerpos y ser dispuestos en un nuevo orden regido por los protocolos científicos del momento.

A través de la utilización de fondos completamente blancos, grises o muchas veces desenfocados, contra los cuales se tomaron las fotografías, se creaba un efecto de homogeneidad y uniformidad del contexto, sin mostrar ningún elemento que pudiera resaltar y hacer perder de vista la fisonomía y las proporciones de los retratados, quienes quedaban, de ese modo, completamente expuestos al ojo escrutador del analista. Así, el aparato fotográfico ofrecía una representación del objeto en estudio, un instante recortado de su existencia real, lo suficientemente reducido como para ser examinado cómodamente en el laboratorio (ver Figura 1).

Pese a que la transformación de las personas en objetos de estudio fue operada por la cámara fotográfica, no debemos pensar a la fotografía como responsable de esta situación, sino que deberíamos entenderla más bien como un medio que es producto y expresión de determinadas relaciones sociales propias de un determinado modo de producción, y que en este caso, como luego veremos, toman la forma de un vínculo violento. Tal como advierten Margarita Alvarado y Peter Mason (2001) "no es exactamente el lente que convierte a los sujetos humanos en objetos, sino muy por el contrario, son los propios seres humanos los que convierten a otros seres humanos en objetos". Figura 1


Figura 1

La particular concepción de objetividad12 no impedía la aparición de un planteo estético frente a lo exótico; no aparecen en esta colección, como sí en otras, los retratados sosteniendo una regla, lo que refuerza el acto de medir, hace la foto más exacta, más densa, más precisa, con mayor contenido informativo. En este sentido, el atlas publicado no se reduce a una muestra puramente antropométrica. Como dice el autor:

"para conseguir algo de variedad y para no cansar la vista, hemos alternado los relevamientos matemáticos con otros de índole artístico y con fotografías de busto, con otras de medio o tres cuartos cuerpo; y en el mismo sentido también se ha arreglado la distribución en las láminas, así que esperamos se evitará el cansancio de los que las estudian" (1907:55) (ver Figura 2).


Figura 2

Nuevos interrogantes. El contexto de producción de las fotografías

La concepción antropológica que anima nuestras investigaciones hizo que no pudiéramos evitar pensar no sólo en los retratados, sino en el contexto en que fueron producidos los retratos, los que nos condujo a nuevos interrogantes. Comenzamos a preguntarnos acerca de las condiciones en que fue realizada esta investigación y, más precisamente, sobre la forma en que se relacionaron los investigadores con las personas que aparecen en las imágenes. Todo ello en el marco de una línea de investigación que comenzó hace 20 años y que tiene como uno de sus objetivos develar los modos de relación de los "estados de conquista" y los "estados de expropiación" (Batolomé, 1987) con las poblaciones preexistentes en América Latina; modelos que contribuyen a comprender los procesos de gestación y consolidación de nuestra sociedad nacional, avanzando sobre las poblaciones preexistentes a través de la imposición de un modo de relación que Menéndez (1972:169) caracteriza como racista en su esencia.13

No era sencillo resolver, en esa época y desde la ciudad de La Plata, la planificación y realización de una expedición de esta índole. La estrecha relación de amistad que existía entre Samuel Lafone Quevedo, por ese entonces director del Museo de La Plata, y los hermanos Leach, ciudadanos ingleses dueños del Ingenio La Esperanza, jugó un rol fundamental en ese sentido.

Se decidió realizar el trabajo en ese ingenio aprovechando que hacia allí "afluyen en la época de la cosecha de azúcar, centenares y miles de indios de las diferentes tribus, llevados por caciques e intérpretes, para hacer los trabajos que sólo exigen simple fuerza de brazos: estos indios, una vez terminada la temporada se dispersan y regresan a sus hogares en el Chaco y Bolivia".

El hecho de que se supusiera que había que tener en cuenta, además, "la gran rapidez con que se extingue la población indígena del continente sudamericano" (Lehmann-Nitsche, 1907:53-54), hacía que la tarea cobrara aun más significación e incluso cierto grado de imprescindibilidad.

La neutralidad de los términos de la cita precedente no puede ser menos que interpretada como cierta forma de complicidad con el poder, ya que sabemos lo que implicaba para los indígenas ser mano de obra no calificada en los ingenios.14 Sólo así puede comprenderse la completa ausencia de referencias acerca de las condiciones de trabajo a que estaban sometidos los indígenas, a pesar de encontrarse frecuentemente en sus exámenes diarios con numerosas patologías directamente relacionadas con estas tareas. Por ejemplo, al hablar del mal estado en que se encontraban las dentaduras de los indígenas, se atribuye esto al

"modo singular de alimentación: durante la temporada azucarera, los indígenas se alimentan exclusivamente de la caña fresca de azúcar, masticándola continuamente, aun durante el trabajo. Las fibras celuloídeas de la caña, bastante duras y rígidas, han de gastar en grado notable la corona dentaria, y por fermentación del jugo se destruyen los dientes en un grado tal que tal vez no se observa en otra parte" (Lehmann-Nitsche, 1907:67).

La búsqueda de objetividad de esta clase de investigaciones implicaba, como ya dijimos, la construcción de una imagen de los sujetos en estudio descontextualizada de su entorno. En el caso que nos ocupa, esta descontextualización fue posibilitada y reforzada por el hecho de que los trabajadores indígenas fueron fotografiados fuera de su lugar de origen, de su propio territorio, como nos dice el autor:

"los individuos, ya fuera de su acostumbrado ambiente, son por lo mismo, más accesibles a investigaciones físicas, y no se oponen a ellas como sucede en el propio terruño" (Lehmann-Nitsche, 1907:54).

Pero no fue sólo la distancia que los separaba de su territorio lo que permitió someterlos a las mediciones físicas sino el hallarse sometidos a condiciones de extrema explotación al ser mano de obra de uno de los ingenios azucareros que fueran caracterizados como fundados en el "semiesclavismo" (Conti, Lagos y Lagos,1988; Gordillo,1995). Y esta observación de Lehmann-Nitsche cobra mayor sentido si tenemos en cuenta que los lugares donde eligió llevar a cabo sus siguientes investigaciones antropológicas "fueron, una vez más, lugares de disciplinamiento: la plantación de Ledesma (en Jujuy, 1921) y Napalpí (1924)" (Gordillo, 2005a:8).

Las razones por las que estaban "fuera de su acostumbrado ambiente" no importaban. No importaba el desarraigo posterior al aniquilamiento y al confinamiento. No importaban las condiciones de explotación a las que eran sometidos en los ingenios, comparables a campos de concentración. No importaba la violencia y el terror que acompañaban los procesos de explotación y producían el sometimiento, y que dieron lugar a creaciones míticas como las de "El Familiar" que, aún hoy, contribuyen a disciplinar, en términos foucaultianos, a las poblaciones campesino-indígenas del Chaco.15

La violencia inscripta en las imágenes

La lectura de estas imágenes, a la luz de los avances y de las discusiones teóricas propuestas desde nuestra línea de investigación,16 nos conmina a alejarnos de toda neutralidad y de toda ingenuidad y, sin dejar de comprender el "espíritu de época" que orientaba el trabajo que aquí analizamos, nos conduce a la necesidad de quebrar con los "supuestos del sentido común" (Bourdieu y otros, 1975) y con los "obstáculos epistemológicos" (Bachelard, 2000) que impiden conocer, en su complejidad y dimensión, la historia de la relación entre los pueblos indígenas y quienes los conquistaron y colonizaron. Es imposible para nosotros, luego del vínculo establecido con los referentes de los pueblos indígenas a lo largo de nuestra investigación, mirar e interpretar estas fotografías sin pensar en la violencia presente en las relaciones que las hicieron posibles.

Izaguirre (1997) entiende la violencia como un vínculo, como una relación social por la cual uno de los términos realiza su poder acumulado, señalando que lo esencial al vínculo violento es el sometimiento de una de las partes y que las "formas de violencia sistemática sobre los cuerpos más vulnerables revelan siempre la existencia de una relación jerárquica y desigual socialmente aceptada, o sea que tiene una génesis y una historia" (Izaguirre, 1997:3).

Siguiendo los términos de esta autora, y trayendo a nuestra memoria los testimonios de la gente indígena con la que hemos trabajado (Tamango, 2003), las imágenes de esta colección nos revelan la existencia y el funcionamiento de relaciones violentas. Este registro fotográfico no hubiera sido posible sin la existencia de esas relaciones, de un ejercicio previo de la fuerza material naturalizada y normalizada, donde uno de los términos se sitúa en el lugar del poder y la autoridad, a quien el otro le debe respeto y obediencia (Izaguirre, 1997).

Esta situación queda explícitamente manifestada cuando Lehmann-Nitsche (1907) dice:

"Mr. Walter Leach, uno de los propietarios del gran ingenio azucarero de San Pedro de Jujuy, a quien fuimos recomendados por el director del Museo, por su carácter amable y franco y por esa bondad de corazón noble, desde años atrás se había ganado la confianza absoluta de los indígenas así que no se resistían a obedecer su indicación de permitirnos un examen somático de sus personas […] Don Walter nos hospedó en su casa particular y puso á nuestra disposición un lugar adecuado para nuestros estudios, y al frente mismo de nuestra pieza, interesándose vivamente en nuestros trabajos, al conocer su índole; no se cansaba de mandarnos gente día a día y cada mañana, llevándonosla hasta personalmente, para ser examinada".

La posibilidad de realizar sus estudios somáticos en condiciones tan favorables no era algo fácil de lograr, incluso en esos tiempos. En un trabajo anterior, Lehmann-Nitsche efectuó una serie de mediciones físicas y tomas fotográficas sobre un grupo de indígenas toba que se hallaban de paso por Buenos Aires. Allí, hizo notar "las extrañas circunstancias del medio en el cual estuvo forzado a trabajar" (1904:264). Tal como señala Gordillo, al decir "extrañas circunstancias", ese investigador "no se refería a estudiar a los Toba lejos de su territorio sino, más bien, a las modestas reservas éticas que las monjas católicas que cuidaban de esa gente le impusieron: que él no podía hacer que las mujeres posen desnudas. Por eso, se lamentaba Lehmann-Nitsche, sólo pudo medir y fotografiar sus cuerpos con ropas" (Gordillo, 2005; nuestra traducción).

Teniendo en cuenta estas consideraciones, observemos nuevamente las figuras 1 y 2, donde los indígenas retratados se encuentran con el torso desnudo, algo que no era frecuente en ellos, al menos allí, en los lugares de trabajo, sino que había sido un requisito de los investigadores para cumplir con sus pretensiones científicas y estéticas. Desnudos y con los brazos caídos a los costados del cuerpo en una actitud pasiva, dócil (Massota, 2003).

Tengamos en mente esas imágenes y observemos atentamente la Figura 3, que sigue a continuación.


Figura 3

Al comparar estas imágenes se hace más que evidente la relación desigual y asimétrica sobre la que estas fotografías fueron construidas; relación desigual, asimétrica y por lo tanto violenta, ante la cual no faltaba quien se resistiera. En este sentido, es Carlos Massota (2003) quien, a partir del análisis de las postales de indios argentinas producidas entre 1900 y 1940, nos hace notar que en esas imágenes se hallan "las huellas de un encuentro desigual que quedó inscripto no sólo en las poses de docilidad sino también en gestos y miradas de temor, rechazo, resistencia".

Esas conductas de resistencia y docilidad también quedaron perpetuadas en las fotografías que aquí analizamos. Observemos que la persona retratada está cubriendo completamente su torso con un poncho, sin dejarnos ver sus manos y brazos, en una actitud que interpretamos por entero defensiva, negándose al desnudo, lo que quedaría reforzado por la mirada notablemente desafiante con que enfrenta la cámara. Esta actitud indócil, de resistencia frente al hecho de ser retratado sin ropas, nos lleva nuevamente a entender esto como una relación donde un vínculo de poder se encuentra operando entre los indígenas y los investigadores. Es Foucault (1990) quien nos advierte respecto de la resistencia implícita en toda relación de poder, poder que se realiza en tanto que es ejercido, y que genera a su vez, alguna forma de resistencia.

Por otro lado, esta clase de comportamiento puede incluirse dentro de lo que James Scott (2000) denomina "discurso oculto", el cual se protege a sí mismo "con el disfraz del rumor, el chisme, el eufemismo o el refunfuño, formas de expresión que nunca se atreven a hablar por sí mismas" (2000:188) y que conforman lo que este autor llama "infrapolítica".

Siguiendo esta interesante línea de análisis, podemos entender esa mirada torva, que interpela el ojo de la cámara, como un "refunfuño", tal como lo define el mismo autor:

"El refunfuño debe considerarse como un ejemplo de un tipo muy general de disidencia apenas velada, y un ejemplo particularmente útil para los grupos subordinados. Se trata de un tipo de actos cuya intención es transmitir una idea, precisa pero negable, de ridículo, descontento o animosidad. Casi cualquier recurso de comunicación puede servir para transmitir dicho mensaje: un gemido, un suspiro, un quejido, una risa contenida, un silencio oportuno, un guiño o una mirada fija" (2000:186).

Pese a que la infrapolítica parece estar signada a permanecer en el anonimato –buscando de ese modo reducir al mínimo el peligro para quienes la practican–, disfrazando la disidencia para andar sin ser advertida, borrando cualquier rastro que permita identificarla y eliminando, en fin, "gran parte de las pruebas documentales que demostrarían a los sociólogos e historiadores que se estaba practicando la política real" (Scott, 2000:236), podemos afirmar que en este caso, esa estrategia no funcionó. Gracias a la conservación de este centenario acervo documental, llegaron a nosotros –pese a lo desigual de la relación establecida con el blanco y lo arriesgado que resultaba el hecho de cuestionarla– las evidencias del descontento demostrado por los indígenas ante la cámara. Rastros que pueden, por una parte, ayudarnos a comprender la particular dinámica que alcanzaron las relaciones de poder; y que, por otro lado, nos permiten reconocer lo mucho que ha pasado inadvertido sobre "la vida política activa de los grupos subordinados porque se realiza en un nivel que raras veces se reconoce como político" (2000:233).

Conclusiones

El planteo de Kossoy sobre la significación de las fotografías como documentos históricos, cuando afirma que "la iconografía fotográfica [...] podría proveer un amplio panel de informaciones visuales para nuestra mejor comprensión del pasado en sus múltiples aspectos" (2001:23) es un elemento más para corroborar el hecho de que a medida que nos abocamos al conocimiento de las historias locales y regionales, aumenta la frecuencia con que aparecen en escena las tensiones entre indígenas, colonos extranjeros, misioneros religiosos, terratenientes y representantes del estado-nación. Tensiones que evidencian realidades que distan de la utopía de la misión civilizadora. Tensiones respecto de las cuales la producción académica, en tanto "inteligencia", no ha estado ni está ajena.17

Han sido centrales en esta tarea las afirmaciones de Peter Worsley (1966) cuando señala que la expansión colonial no fue más que la expansión del modo capitalista de producción impuesto por los conquistadores en su búsqueda de oro, siervos y almas, y que mientras prometían "civilización" se apropiaban del mundo convirtiendo a sus habitantes en mano de obra esclava; de José Carlos Escudero (1992) cuando reconoce en la conquista de América el mayor genocidio de la historia de la humanidad, y de Eduardo Menéndez (1972) cuando nos dice que el racismo fue el modo de relación que Europa estableció con América y que lejos de ser producto del desconocimiento tuvo una importante apoyatura científica que justificó el exterminio.

Es por ello que reaccionamos fuertemente cuando aun desde posturas que dicen reivindicar la cuestión indígena se pretende reconocer las injusticias del pasado sin ninguna referencia al presente; cuando al analizar los horrores de lo sucedido, estos se justifican sólo como consecuencia de las ideas de la época. Esta justificación fragmenta la historia de nuestra sociedad y evita tener en cuenta que esa violencia y esas violaciones naturalizadas han contribuido a que vastos sectores de la población de nuestro país naturalicen, también, las violencias y las violaciones más recientes.

En un constante diálogo con la academia y diálogo con el campo (Tamango, 2002) –revisando lo dicho con anterioridad sobre el pueblo toba a la luz de otros referentes teóricos y de lo observado, dejándonos llevar por algunos acontecimientos no previstos y acompañando las necesidades, intereses y reclamos de la gente indígena–, podemos afirmar que, sin una revisión clara de la política implementada desde el poder con los pueblos indígenas, no podrá comprenderse en su complejidad la crisis que como sociedad nos aqueja y que ha conducido a grados impensados en otros tiempos de desigualdad, entrega del patrimonio nacional, enajenación y expresiones individuales de violencia.

Notas

1 Una versión preliminar de este texto fue presentada en el I Congreso Latinoamericano de Antropología Social, Rosario, Argentina, julio de 2005.

2 Una indagación realizada posteriormente da cuenta de que los procedimientos fotográficos antropométricos podrían haber inspirado el modelo con que se tomaron y se toman las fotografías que conforman los prontuarios policiales. La figura de Alphonse Bertillon, antropólogo francés de finales de siglo XIX, tuvo mucho que ver en ello. Bertillon creó, en 1882, el Servicio de Identificación de la policía parisina, donde aplicó "los métodos antropométricos desarrollados por Paul Broca y las teorías estadísticas de Quetelet" (Jehel, 1998:137, nuestra traducción).

3 Es importante aclarar que las fotografías analizadas en este trabajo son aquellas cuyos negativos aún se conservan en el Archivo Fotográfico del Museo de La Plata, las cuales en algunos casos fueron publicadas pero en otros muchos no; además hasta el momento no se han hallado los negativos de varias de las fotografías originalmente publicadas en 1907.

4 Robert Lehmann-Nitsche, de origen alemán, fue encargado de la Sección Antropológica del Museo de La Plata entre 1897 y 1930. Para una biografía más detallada de este investigador ver Arenas (1991).

5 Carlos Bruch, también de origen alemán, llegó nuestro país en 1887 para trabajar junto a su padre en la imprenta Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, pero rápidamente fue tentado por Moreno para trabajar en la Sección Publicaciones del Museo de La Plata, institución donde se desempeñó como fotógrafo e ilustrador en numerosas campañas y donde además se dedicó al estudio de los insectos, su gran pasión, llegando a ocupar el cargo de Encargado de la Sección Entomología.

6 Al mismo tiempo en que escribimos estas líneas, se ha encontrado un nuevo lote de cerca de medio centenar de negativos de vidrio pertenecientes, sin duda, a la misma colección que aquí analizamos. Actualmente ese nuevo material está siendo tratado para su adecuada conservación quedando pendiente el análisis e interpretación del mismo.

7 Debido al tamaño de esos negativos y a las posibilidades técnicas de los aparatos fotográficos empleados en aquel momento, cada placa de vidrio podía utilizarse para obtener dos fotografías. Esto resultaba de gran practicidad para los investigadores, ya que permitía dejar estampados en una sola placa los retratos de frente y perfil de la misma persona. Teniendo en cuenta que 107 de las 132 placas fueron utilizadas de esa manera, cabe considerar que, en rigor, el total de fotografías de la colección analizada se eleva a 239. De esa cantidad, contamos con 124 imágenes donde los fotografiados se encuentran con el torso desnudo y 4 imágenes donde están completamente desprovistos de sus ropas.

8 Este dispositivo, que debe ese nombre a su creador, el antropólogo francés Alphonse Bertillon, permitía a los individuos a ser retratados permanecer erguidos durante el tiempo que duraba la exposición.

9 Susana Sel (2002) se refiere a esto cuando seña que "lo visual ganaba primacía como una manera de organizar la sociedad por tipologías. La manipulación de categorías humanas reforzaba la diferencia de los colonizadores al mismo tiempo que su poder. Las fotografías reemplazaban el lugar de los cuerpos de una humanidad ausente. Expuestas en los museos, representaban visualmente, para el público en general, la constatación de la existencia de un estadio intermedio entre la civilización y la vida animal. Las imágenes se convertían en el sustituto de un conocimiento más esotérico."

10 Además "... los estudios antropológicos, etnográficos y arqueológicos que se desarrollaron en el museo los primeros años estuvieron estrechamente vinculados a la tarea geopolítica que cumplía la institución, con la cual se proponía realizar el total reconocimiento territorial para elaborar 'la historia física y moral de la nación'" (Fígoli, 2004:73).

11 Fígoli (2004) incluye a Lehmann-Nitsche dentro del grupo de antropólogos "sistemáticos" (en oposición a los "iniciados") característicos del segundo período de la antropología argentina que él denomina de consolidación o institucionalización de la disciplina, cuando se produce el fin del monopolio de la antropología morfológica. No obstante esto, consideramos que el trabajo de Lehmann-Nitsche que aquí nos ocupa, se produce justamente en ese marco, el de la somatología, el de la antropología física. Sin impugnar la periodificación propuesta, que nos resulta de gran utilidad a los fines analíticos, podríamos considerar al antropólogo alemán como protagonista –y bisagra– de ambos períodos.

12 No es objeto de este trabajo discutir el concepto de objetividad; sugerimos para ello las lecturas de Bourdieu y otros (1975); Schaff (1992) y Mc Kinney (1968).

13 De acuerdo a ese autor "el racismo debe ser referido a las formas de relaciones sociales y culturales que implican negación, discriminación, subordinación, compulsión y explotación de los otros en nombre de pretendidas posibilidades y disponibilidades, ya sean biológicas, sociales o culturales".

14 Un interesante análisis y relato de las experiencias de los indígenas chaqueños como mano de obra en los grandes ingenios azucareros puede verse en Gordillo (2005b).

15 Ver Gordillo (1997) y el video documental "Diablo, familia y propiedad. Los crímenes del Ingenio Ledesma", de Fernando Krichmar.

16 A partir de lo que denominamos producción de conocimiento conjunto con la gente indígena, "diálogo con el campo" y "diálogo con la academia" (Tamango, 2001 y Tamagno y otros, 2002).

17 A pesar de que nos anima la intención de quebrar con el etnocentrismo occidental, no nos excluimos en tanto académicos de sus condicionamientos; lo que implica un constante revisar nuestras prácticas y representaciones, frente a los condicionamientos del campo y de nuestra propia inserción de clase.

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