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Cuadernos de antropología social

versión On-line ISSN 1850-275X

Cuad. antropol. soc.  n.27 Buenos Aires ene./jul. 2008

 

¿Qué es el trabajo político? Notas etnográficas acerca de militantes y profesionales de la política

Julieta Gaztañaga*

* Magister en Antropología Social, IDES-UNSAM. Doctoranda en Antropología, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Becaria de Posgrado CONICET. Docente del Departamento de Ciencias Antropológicas, FFyL, UBA. Dirección electrónica: satarsa@gmail.com.

Fecha de realización: enero de 2008.
Fecha de entrega:
marzo de 2008.
Fecha de aprobación: junio de 2008.

Resumen

Este trabajo se inscribe dentro de una investigación que analiza tres procesos políticos con el objetivo de mostrar las dificultades que implica concebir a la política de una manera esencialista, ya sea como un dominio o esfera en que se divide la vida social. En esta ocasión en particular, me centraré en describir etnográficamente, en el contexto de una serie de procesos políticos en una ciudad entrerriana, cómo y a qué se refieren ciertos peronistas cuando hablan de su trabajo . A través del examen de esas representaciones sociales, el objetivo es argumentar que la categoría de "trabajo político" merece ser abordada analíticamente, dado que es fundamental para llegar a pensar a la política como una construcción social.

Palabras clave: Trabajo político; Políticos profesionales; Militantes; Peronismo; Etnografía

Abstract

This article belongs to a wider research project that analyses three political processes under the purpose of showing the difficulties involved in conceiving politics in an essential manner, as a domain or sphere of social life. The ethnography was carried out in a village in Entre Rios province, and included several political processes from a local perspective. In this paper, I will focus on describing how certain Peronist politicians refer to their work and what they mean by it. Through the examination of their social representations, the aim is to argue in favour for treating the category of "political work" in an analytical manner given its fundamental role for thinking of politics as a social construction.

Keywords: Political work; Professional politicians; Party militants; Peronism; Ethnograpy

Resumo

O presente trabalho se insere em uma pesquisa que analisa três processos políticos com o escopo de apresentar as dificuldades decorrentes do conceber a política de uma forma essencialista —ou seja, como um domínio ou esfera em que se divide a vida social. Neste artigo, concentro-me em descrever etnograficamente como e a que se referem certos peronistas quando falam de seu trabalho , no contexto de uma série de processos políticos em uma cidade da província argetina de Entre Ríos. Através do estudo dessas representções sociais, o objetivo é argumentar que a categoria de "trabalho político" merece ser abordada analiticamente, fato que é fundamental para poder pensar a política como uma construção social.

Palavras-chave: Trabalho político; Políticos profissionais; Militantes; Peronismo; Etnografia

Introducción

En las últimas décadas, las ciencias sociales han venido analizando la "crisis de representatividad" en la Argentina (Novaro, 2000 y 2001; Cheresky, 2001; Fazio, 2002; Cheresky y Blanquer, 2003; García Delgado, 2003). Esto no quiere decir que la política esté de hecho en crisis (i.e.: en las últimas elecciones presidenciales se registró una asistencia del 72,73 %, la relación más baja desde 1928), pero sí que la desconfianza participa de los modos en que socialmente se representa el quehacer político, sus instituciones y sus especialistas.

Las evaluaciones contemporáneas acerca de la actividad política están moldeadas, en gran medida, por la aplicación de recetas neoliberales y el relativo retiro del Estado de sus funciones de bienestar durante la década de 1990, y de un proceso de "transformaciones estructurales" del estado y la economía acompañado de altos niveles de corrupción.1 Ese malestar no era novedoso (i.e.: las políticas económicas de los gobiernos militares de facto en los '70 produjeron efectos similares), pero estaba agravado por ser un gobierno elegido democráticamente que, en parte, había construido su legitimidad en torno a la salida de la "crisis hiperinflacionaria" de fines de la década de 1980. Además, esta situación de "crisis" fue profundizada con el régimen de gobierno que alcanzó el poder en las elecciones de 1999, pese a que sus candidatos proclamaban el "fracaso del modelo neoliberal". En las jornadas del 19-20 de diciembre del 2001 (movilización de desocupados y sectores medios que terminaron en una violenta represión) quedó acuñada la frase "que se vayan todos" como expresión popular de la desconfianza hacia las instituciones políticas. La desconfianza para con "la política y los políticos" también provenía de sus filas internas; el ex-presidente Antonio De la Rúa, por ejemplo, acusó al "aparato" del PJ bonaerense por el ocaso abrupto de su gobierno. Afortunadamente, la desconfianza hacia la "política inmoral y corrupta" no puso en jaque la democracia. Pero tampoco llegó a constituir un "cambio de época" ni el "avance del poder popular" (en relación con el surgimiento de movimientos sociales territoriales, de desocupados, asambleas barriales, fábricas recuperadas, ahorristas). Al contrario, la hegemonía de las instituciones políticas para la representación y la participación política permaneció a salvo. Por ejemplo, en las elecciones del 2003 Carlos Menem fue el candidato con mayor caudal de votos (empero desistió del balotaje con Néstor Kirchner), y en los comicios del 2007 Cristina Fernández obtuvo el doble del porcentaje de votos que su marido (el ex-presidente Kirchner).

Ahora bien, entre la "crisis" y la hegemonía de las instituciones y especialistas de la representación y la participación política, la opinión pública parece haber sedimentado un conjunto de evaluaciones negativas que nutren las representaciones sociales de la política partidaria y la actividad política profesional. En este contexto, la política partidaria aparece como una combinatoria de cuadros dirigenciales que manipulan recursos y relaciones personales, y bases militantes que desconocen el compromiso ideológico; y los partidos políticos —cada uno con sus matices históricos— como espacios de socialización en los vicios y ambiciones del poder según intereses clientelares. En cuanto a la política profesional, es representada como una actividad basada en intereses egoístas pero ocultos tras el manto de la gestión pública y la apelación maniquea al bien común. Un paradigma de este tipo de evaluaciones es la expresión "los políticos no trabajan".

Sin embargo, desde el punto de vista de quienes participan en política, la noción de "trabajo" y su familia semántica (incluyendo el lunfardo "laburo") son centrales para definir el ethos y la lógica de sus obras materiales e inmateriales (i.e.: legislar, administrar, construir obras de infraestructura, ganar una elección, etc.). Queda claro, entonces, que el trabajar, respecto de la actividad política, es una categoría disputada.

En este artículo comenzaré describiendo dos acepciones de "trabajo político" desde el punto de vista de mis interlocutores etnográficos y luego haré hincapié en su relación con la política profesional (Weber, 1980; Skocpol, 1989; Offerlé, 1999). La distinción entre acepciones de trabajo político y el énfasis en la necesidad de prestarles debida atención analítica forman parte del argumento que aquí pretendo desarrollar, es decir, el de la importancia del abordaje analítico y sistemático de la categoría "trabajo político" puesto que, en última instancia, es fundamental para llegar a pensar a la política como una construcción social. Considero que acaso sea la generalidad y extensión de las disputas de sentido implicadas en la relación entre política y trabajo lo que conduce a desestimar la noción de trabajo en su relación con la actividad política de una manera analítica y sistemática. Lo cierto es que semejante descuido, no solamente nos priva de comprender cómo y a qué se refieren los actores políticos con su "trabajo", sino que oscurece nuestra comprensión de las representaciones sociales —en su dimensión de ideas y prácticas (Durkheim, 1951 y 1992; Durkheim y Mauss, 1996)— en procesos políticos concretos.

Los materiales en que me baso surgen de mi trabajo de campo estudiando procesos políticos y representaciones sociales, y siguiendo las trayectorias de un conjunto de actores locales vinculados al partido justicialista local (PJ).2

El trabajo militante

La noción de "trabajo político" generalmente aparece asociada al trabajo militante, es decir, al quehacer proselitista cuyo objetivo último es conseguir el voto a favor de un partido, o fracción partidaria en el caso de una elección interna. Esto no es menor en un país como la Argentina, donde el voto es universal, igual, secreto y obligatorio para todos los ciudadanos mayores de 18 años (salvo aquellos exentos). Tampoco es menor si tomamos en cuenta que los procesos electorales se basan en el sistema de partidos políticos, y que éstos son las herramientas de participación política. La Constitución Nacional Argentina sostiene que son "instituciones fundamentales del sistema democrático" (Artículo 38), y los demás elementos que rigen el sistema electoral, como el Código Electoral Nacional (Decretos Ley 19945/72 y 2135/83, y modificatorias posteriores), la Ley Orgánica de los Partidos Políticos (Ley 23298 de 1985) y la Ley de Financiamiento de los Partidos Políticos (Ley 25600), también señalan su importancia y necesidad. Por ejemplo, según la Ley 23298 son "instrumentos necesarios para la formulación y realización de la política nacional" y tienen potestad para postular candidatos a cargos públicos electivos. En este sentido, los cargos electivos en la Argentina se consolidan a través de los partidos políticos, tanto para el poder ejecutivo como el legislativo, y en el orden nacional (presidente y vicepresidente, y legisladores nacionales elegidos en cada distrito provincial), provincial (gobernador y vicegobernador, y legisladores provinciales) y municipal (intendentes y concejales o ediles).3

En el peronismo , la militancia la realizan tanto los líderes partidarios como los militantes del partido (vale la pena aclarar que los militantes generalmente son afiliados al partido pero no todos los afiliados son militantes), y el trabajo militante se desarrolla en una forma organizada (Rosato, 1999 y 2003; para un análisis comparativo del trabajo militante de dos partidos políticos diferentes, ver: Rosato y Quirós, 2004). Por ejemplo, en el contexto de una reunión partidaria de cara a las elecciones generales de 1999, el líder local del PJ les recordaba a los militantes cómo comienza su trabajo: "desde cada unidad básica, se toma el barrio, cada uno asume una parte, y la gente empieza a caminar y entra en la casa, y empiezan a convencerlos, y empiezan a charlar con ellos, y si no pueden entrar buscan a otros que sí puedan entrar". Luego de visitar a la gente, está la instancia de evaluación: "evalúen cuando se reúnan a la tarde, a la noche, después de trabajar, evalúen realmente cómo les fue; por los nombres de la gente, de fulano, de mengano, de cada uno, de la familia, de cómo los votan y por qué no los votan". Esas evaluaciones luego se discuten en reuniones presididas por los candidatos y autoridades del partido en el local partidario, y a veces las unidades básicas (el nombre con el cual designan las sedes del partido en cada barrio, si bien pueden ser casas de familia) o casas particulares. De allí salen los lineamientos de campaña. El trabajo continúa y se pone a prueba el día de la elección, y a veces, incluso, ese mismo día comenzarán a pensar las estrategias de la próxima campaña.

En una campaña electoral, el trabajo militante consiste en diferentes actividades que se llevan a cabo desde el local partidario y las unidades básicas, o bien, desde la calle. No todos lo militantes cumplen las mismas tareas; algunos se encargan meramente de repartir "propuestas" y "votos", una tarea que se hace personalmente, "en mano", y sólo en algunos casos, de acuerdo a cómo apremia el tiempo para recorrer toda la ciudad, está permitido hacerlo de una manera impersonal (por ejemplo, pasando un panfleto por debajo de la puerta). El "doblar votos" es un trabajo que todos pueden hacer, y que se lleva a cabo en el local partidario. Las boletas de votación oficializadas por la justicia electoral llegan a través del partido. Es importante familiarizarse con ellas porque son las únicas válidas para los comicios. En el local, los militantes se encargan de doblarlas de una manera especial para que los candidatos y la lista sean leídos adecuadamente; esto también funciona como un pseudo pasatiempo que, junto con el mate, acompaña las conversaciones. Otra tarea que se desarrolla en el local partidario es la consulta de padrones electorales que los militantes cuelgan en las paredes, o bien a través de los padrones informatizados, por medio de un ordenador. La ayuda para con quienes se acercan al local partidario "para saber dónde votar" siempre se hace de manera personal y los militantes entregan la información en papelitos que ellos mismos confeccionan. El local es un lugar permanente de reunión y de circulación de gente.

La división del trabajo de la militancia está cruzada por categorías que hacen a las funciones que puede cumplir cada uno, desde el "cuidar los votos" hasta asistir a las personas que necesitan "algo" (contactar algún candidato, funcionario o autoridad del partido, servicios, mercadería, etc.). El trabajo de cada militante varía si se es "nuevo" o un "viejo militante" (puntero o referente del partido en el barrio), hombre o mujer, joven o adulto, y con el lugar en el balance de fuerzas internas al partido en ese momento (i.e.: ser persona de confianza de algún candidato o líder). En el caso de los candidatos, su trabajo militante se combina con las tareas específicas que tienen en la campaña (actos proselitistas, reuniones, apariciones mediáticas, etc.).

Cuando uno entra a un local partidario del PJ o una unidad básica con intenciones de hacer trabajo de campo etnográfico la primer pregunta que recibe —luego de evacuar dudas terminológicas e intentar separarse de cualquier asociación con el periodismo— es la de "¿alguna vez trabajaste en política?". Esta pregunta es aun más importante durante el período de elecciones, ya que es el contexto donde el trabajo militante está más solicitado. Luego vienen otras que tienen que ver con cómo llegó uno allí, a quién conoce, desde cuándo, etc., y que se dirigen a indagar en las redes personales e ideológicas en las que uno se halla inserto. Esto fue lo que me sucedió a comienzos del año 2007, cuando participé en la campaña política de una de las listas del peronismo en Victoria. Ésta no era la primera vez que participaba de las actividades del PJ en la ciudad (fui fiscal del partido en varias elecciones), pero dado que se habían producido realineamientos con la división del peronismo en dos listas y una tercera alineada con otros partidos, y dado que había gente nueva colaborando, yo era "nueva" para muchos compañeros.4 Luego de que el candidato a intendente me dio la "bienvenida" y me "invitó a que me sume a trabajar con ellos", comenzó oficialmente mi participación en la campaña. Me asignaron a un grupo que estaba encabezado por uno de los candidatos a concejal. En total éramos unas 25 personas, mujeres en su mayoría.

Fuera del local partidario, una de las principales tareas del trabajo militante es salir a caminar. Hay diferentes estilos que tienen que ver con las modalidades que organizan los candidatos. Generalmente, el candidato va solo, adelante, y detrás los militantes (mujeres en general). Pero a veces el candidato camina con una "vieja militante", una mujer con experiencia de militancia política y que pertenece al barrio; y suele darse que los candidatos salgan a caminar de a dos o tres. La modalidad, a rasgos generales, es tocar timbre, en lo posible entrar a la casa y conversar con la gente. La visita es un evento personal y puede variar entre cinco minutos y media hora, se toma un mate, y se tocan temas diversos que van desde la propuesta del partido y cómo va la campaña hasta temas personales (cómo está tal o cual persona, especialmente cuando se conoce a la familia), pasando por temas de interés general (el estado de las calles, los servicios públicos, un incidente en la comunidad). Por ejemplo, una tarde "salimos a caminar" con el candidato a intendente, uno de los candidatos a concejal y el candidato a senador provincial de la lista. El objetivo era repartir votos en mano en la zona céntrica de la ciudad, ya que las propuestas habían sido repartidas con anterioridad; nosotras, las mujeres que los acompañábamos, llevábamos las "propuestas preparadas", es decir, con el voto doblado adentro del panfleto. En las casi tres horas de caminata, el ritmo estuvo dictado por la ecuación entre encuentros casuales en la calle con "conocidos" y el tocar timbre casa por casa, comercio por comercio. La participación de las militantes en las charlas fue mínima; sólo tras la invitación al diálogo por parte de los candidatos.

En las caminatas también se habla de temas personales, se cuentan "chismes" y hay un clima distendido y afable, incluso para hacer observaciones negativas (por ejemplo, el candidato a concejal les llamó la atención a las "chicas" porque no llevaban puesta "la camiseta" que les habían dado). En ellas suelen darse encuentros con militantes de otros partidos. En el 2007 sucedió con "los de la otra lista" (también del peronismo y considerado como la real oposición), pero más allá de las miradas furtivas, se saludan por el nombre y sonriendo. Un elemento típico de las caminatas es el continuo flujo y registro de información: los celulares suenan, los mensajes de texto se acumulan, se dicen cosas al oído, e incluso hay militantes que llevan cuadernos o libretitas donde "se anota todo". En este último caso, la idea es contar con un registro de lo que va sucediendo con la campaña, apuntar nombres y teléfonos, tener un ayuda memoria de compromisos o eventos, y llegar a transmitir información a los candidatos. No es el tema que aquí desarrollamos, pero basta señalar que la respuesta de la gente ante este tipo de trabajo depende del barrio y de cada persona.

Otra parte fundamental del trabajo militante es colaborar y asistir a las actividades que organiza el partido (caravanas, actos públicos, ceremonias, fiestas). Esto no siempre se cumple pero hay presiones para tornarlo moralmente deseable. Llevar y traer gente, preparar comida, inflar globos, armar escenarios, y colgar y armar afiches forman parte de este compromiso que a veces incluye movilizarse a otras ciudades en micros que contrata el partido (por ejemplo, para asistir a actos de nivel provincial). También es trabajo militante todo lo tiene que ver con las "pegatinas", pintar leyendas políticas, hacer murales, pegar (y despegar) afiches, colgar carteles, poner pasacalles, etc. De esto se encargan mayormente los hombres y sobre todo los más jóvenes, ya que muchas veces es una tarea que se hace de noche y/o requiere un ejercicio físico considerable. Finalmente, el trabajo militante se pone en juego el día de la elección. La jornada electoral plantea una serie de tareas específicas: ese día hay que pelear el voto, ir a buscar la gente, llevarla a votar y asegurarse que todo funcione en un clima organizado y lo menos hostil posible. Aquí se despliega una división del trabajo planeada con anterioridad que incluye el trabajo de fiscalización en los lugares destinados oficialmente a los comicios.

Es posible advertir el peso que posee el cariz personal del trabajo político proselitista. Para mis interlocutores está en las raíces de la militancia peronista, "se trata de un cuerpo a cuerpo, porque esto es así, así hemos ganado las elecciones nosotros, así, con trabajo". Ellos señalan que "el peronismo es siempre la suma del trabajo de los compañeros", y en este sentido la militancia no entraña ningún tipo de cuantificación en términos monetarios; el cansancio puede llegar a ser inconmensurable ya que se superpone con el empleo remunerado que poseen los militantes y candidatos, y con la vida familiar. La organización y la división del trabajo militante se fundan en valores. Los viejos militantes se jactan de "seguir estando en las buenas y en las malas". Y los nuevos militantes fundan su tarea en argumentos acerca del compromiso. Por ejemplo, una militante que llegó a la lista a raíz de un hecho personal de salud y que recibió la ayuda de uno de los candidatos, me comentaba: "yo con esto estoy recontra comprometida y trabajando con todo. Y si no me dan nada, bueno, no importa".

El trabajo del político

Además de militar, hay otro trabajo político que atañe directamente al ejercicio profesional de la política. Si bien no son acepciones extrañas entre sí —al contrario, están íntimamente conectadas y todo político profesional se considera a sí mismo un militante— aquí "trabajar" se refiere a producir políticas materiales e inmateriales, e implica articular el mundo de las relaciones personales con el tejido institucional. En este sentido, mis interlocutores etnográficos plantean que sus responsabilidades no se reducen a "estar en campaña", y dan cuenta de ello a través del hecho de que su trabajo va más allá de perder o ganar una elección.

Uno de los casos donde he venido analizando esta acepción del trabajo político es el proceso tejido en torno a la construcción del "puente Victoria-Rosario".5 El viaducto fue la obra de infraestructura más cara de los '90 en la Argentina, y sus casi 60 kilómetros de recorrido permitieron reducir a 40 minutos las 5 horas que solía demorar el cruce del valle fluvial del río Paraná. Las obras del viaducto fueron iniciadas a fines de 1998 e inauguradas el 22 de mayo de 2003, luego de que el presidente interino Eduardo Duhalde firmase un decreto de necesidad y urgencia que habilitó los fondos del Estado nacional para terminar las obras (paralizadas durante casi un año, ya que la empresa concesionaria dejó de invertir ante la caída de crédito internacional). Firmado el convenio entre el Ministerio de Economía y la empresa, los rumores que circulaban en los pasillos del Ministerio eran que Duhalde cortaría la cinta antes de su salida: "para qué serviría, si no, tanto esfuerzo". Sin embargo, fue el jefe de gabinete del gobierno nacional, Alfredo Atanasof, quien viajó en representación suya, y compartió la ceremonia de inauguración con los gobernadores de Santa Fe (Carlos Reutemann) y Entre Ríos (Sergio Montiel), los intendentes de Rosario (Hermes Binner) y de Victoria (Jorge Valverde), y demás funcionarios nacionales, provinciales y municipales.

Cabe preguntarse por qué los rumores de apuros entre diferentes políticos (ex-presidentes, presidente interino y candidatos a presidente) por inaugurar el puente, así como por la ironía que representó para muchos de mis interlocutores el hecho de que en Entre Ríos hayan sido miembros del partido radical (UCR) quienes formaron parte de ese "hecho histórico". La pregunta tiene, entonces, una primera respuesta: porque el Victoria-Rosario ha sido motivo de disputa política. Por ejemplo, poco antes de la inauguración, en septiembre de 2002, el ex-presidente Menem (candidato presidencial por el Frente por la Lealtad)6 organizó un acto proselitista en la cabecera rosarina del viaducto de cara a las elecciones generales del año siguiente. El lugar elegido no era casual y en su discurso se refirió a la obra como "mi puente". Para comprender estos hechos es necesario indagar el proceso a través del cual se concretó esta obra, que conecta una ciudad de un millón de habitantes con una de 30 000, en el contexto de un país deficitario en materia de infraestructura pública.

Los reclamos de conexión entre las dos costas del Paraná se remontan a mediados del siglo XIX, con las gestiones del gobernador J. J. de Urquiza (1841-44, 1860-64 y 1868-70) para mejorar la ruta fluvial del Paraná. Pero hasta la década de 1990 no hubo políticas de conexión capaces de ser sostenidas en el tiempo. Por más de un siglo, los victorienses vieron extenderse el "drama político y geográfico del aislamiento", pese a las gestiones de las fuerzas vivas locales y los proyectos presentados por diversos funcionarios de los gobiernos municipales y del poder legislativo provincial. Las explicaciones de la negativa radicaban básicamente en cuestiones ingenieriles y presupuestarias, y en la "hipótesis de guerra con el Brasil" que condicionaba el desarrollo de la infraestructura vial en la zona del Paraná. Sin embargo, a fines de 1980, el acercamiento con Brasil y el proyecto Mercosur proporcionaban las bases argumentales para renovar el reclamo local ya que dejaba de tener peso la concepción del Paraná como "última trinchera". La conexión entre Victoria y Rosario fue introducida, entonces, en un nuevo escenario conformado por los cambios institucionales en Argentina ligados al regreso al sistema democrático y los acontecidos en el escenario europeo de la posguerra, donde la noción de integración y su objetivación en bloques regionales permitieron pensar nuevas arquitecturas políticas (Shore, 2000).

Más allá del surgimiento de un contexto favorable a la infraestructura pública sobre el río Paraná, las lecturas tecno-económicas del Victoria-Rosario advierten que este tipo de megaobras se llevan cabo por la necesidad de inversión del capital transnacional. Este argumento también se apoya en el hecho de que la obra se enmarca en el "sistema de concesión de la obra pública", que involucra la participación jurídico-patrimonial de actores públicos (el estado nacional y los provinciales) y actores privados (una Empresa Concesionaria elegida a través de un concurso público). Estas lecturas, sin embargo, no dan cuenta del porqué del Victoria-Rosario, ya que no era la única obra de infraestructura reclamada en el país (i.e.: el puente Buenos Aires-Colonia). Para ello, debemos ver su concreción como algo más que la de una obra de infraestructura vial .

Desde fines de la década de 1980, ciertos profesionales de la política identificados con el partido justicialista comenzaron a "trabajar por el puente Victoria-Rosario". Su trabajo consistió básicamente en ingresar el proyecto a la agenda del Estado nacional, porque toda obra que no va por el lecho del río excede a las competencias municipales y provinciales de gobierno; de modo que era necesario que el Estado destinara sus recursos. En este proceso, los políticos que promovían el puente, comenzaron a tender otros puentes entre lo local, lo provincial y lo nacional.

En la ciudad de Victoria, la campaña política con vistas a las elecciones generales del año 1999 tuvo al Victoria-Rosario como uno de los ejes centrales de la disputa inter-partidaria (Rosato y Gaztañaga, 2001). Los candidatos del PJ (que en ese momento estaba en el gobierno provincial y nacional) señalaban que "si bien la obra se hizo gracias a Carlos Menem", fueron ellos quienes "tomaron la posta centenaria e hicieron suya la vocación de unir las dos costas del Paraná". Por ejemplo, el candidato a gobernador solía dar testimonio de estas acciones en sus discursos, y refiriéndose al candidato a intendente señalaba:

"fuimos diputados juntos, él era diputado provincial y yo era diputado nacional allá por el '86, y él presentó el proyecto del puente Rosario-Victoria, y me llamó y me dice: 'mirá, necesitamos una mano de la Nación', y le digo 'bueno', y él me dice '¿no te parece que pido mucho?', y le digo 'no, hay que hacer ese puente, ese puente lo necesitamos mucho'. Y me convenció y me subí al puente".

La paternidad de la obra fue utilizada por los candidatos a concejales, a intendente, a legisladores y a gobernador como prueba irrefutable de su trabajo. Incluso comenzaron a identificar al puente como el "proyecto centenario del peronismo" (sic). Este argumento les permitía separarse de sus contendientes político-partidarios por la "capacidad de trabajo", tanto antes como después del puente. Durante los actos partidarios señalaban que "la oposición boicoteó siempre la obra" (en referencia al radicalismo), mientras que ellos la habían "logrado" y, además, estaban "trabajando para preparar a la comunidad en temas como seguridad, aspectos ambientales y el planeamiento urbano en armonía con la conexión". Y luego de que la obra estuvo finalizada, planteaban una ecuación similar para todo lo concerniente a las obras de infraestructura complementarias (Gaztañaga, 2006 y 2007).

Ahora bien, hasta aquí podría parecer que estamos frente a una apropiación político-partidaria de la obra en la coyuntura que crea un proceso electoral. Sin embargo, es notable cómo, tras perder las elecciones locales, provinciales y nacionales —si bien el Partido logró algunas bancas de senadores y diputados, provinciales y nacionales—, la "paternidad peronista" del Victoria-Rosario y el rol jugado por los justicialistas locales siguieron siendo subrayados con la misma o con mayor fuerza, incluso por algunos sectores de la oposición.

¿Por qué los candidatos justicialistas se referían al Victoria-Rosario como su proyecto y al que hicieron posible mediante su trabajo? El candidato a intendente en 1999 (y el primer intendente peronista que tuvo Victoria tras el regreso a la democracia, así como legislador provincial en dos oportunidades) lo explicaba del siguiente modo: "es necesario contar cómo fueron las cosas, la historia verdadera, con nombres y apellidos concretos, de quienes trabajamos y le pusimos el hombro a esto". Esa historia verdadera es la de un proyecto que tuvo sus orígenes a fines de los '80 (cuando los gobiernos municipal, provincial y nacional estaban en manos del radicalismo) y se amplificó en 1991 tras la asunción de Jorge Busti como gobernador de Entre Ríos. En ese entonces, un grupo de justicialistas de Victoria, con la colaboración de sus pares provinciales (legisladores y funcionarios del poder ejecutivo), gestionaron personalmente un "Estudio de factibilidad técnica y económica para obras de vinculación entre Victoria y Rosario" (realizados con la colaboración de la Universidad Nacional de Córdoba) como "el primer paso para llegar a la Nación".

A través de la gestión de los estudios, el Victoria-Rosario se fue convirtiendo en el eje de un entramado político artesanalmente construido por sus promotores. Un diputado provincial por el justicialismo y ex-presidente del Consejo Deliberante local, me explicaba que esos estudios fueron el comienzo de los "movimientos por interesar en el puente", esto es, una serie de "idas y vueltas a la Nación" tanto del proyecto como de quienes lo allegaban. Los promotores del Victoria-Rosario comenzaron a establecer contactos con funcionarios y titulares de la cartera de Economía para plantear la "necesidad de una obra que iba a potenciar el desarrollo interactivo entre las economías regionales de las provincias vinculadas", y para ello contaban con el apoyo del ejecutivo provincial y de los legisladores nacionales por Entre Ríos. Este trabajo comenzó durante la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-89), cuando fueron "a hablarle a Rodolfo Terragno", y se continuó tras el ascenso de Menem, cuando se "entrevistaron con sus diferentes ministros de economía".7

Las respuestas que los promotores del puente obtenían eran "medio paternalmente, que no se podía; lo veían imposible, una obra como querer hacer el tren patagónico". Pero si en los inicios del proceso el puente fue insertado en la tónica de la historia centenaria, y promovido como un hecho local enmarcado en el ámbito de "discusiones políticas con la provincia y la Nación", con el correr del tiempo comenzaron a "plantear que la conexión entre Victoria y Rosario era necesaria para el Mercosur y para hacer la integración bioceánica". Tal como me comentaba el ex- intendente, planteaban que el puente era el eje del corredor bioceánico entre los paralelos 32° y 34° sur. ¿Por qué llevaron el reclamo local a una escala mayor? Porque las dos costas del Paraná ya habían dejado de estar separadas desde fines de 1960, cuando se construyó el Túnel Subfluvial Hernandarias a la altura de las capitales provinciales (Paraná y Santa Fe). Y porque la construcción de semejante obra no podía basarse en la necesidad de superar el aislamiento de una pequeña ciudad entrerriana. Por lo tanto, renovaron sus bases argumentales en el marco de la integración regional y la geopolítica allende la localidad.8

A su vez, la apelación a la metáfora de la integración regional no se hacía en el vacío. En primer lugar, los justicialistas que promovieron el puente ya "venían trabajando en el ámbito de la integración regional" desde fines de la década de 1980. Ellos fueron los artífices de la denominada "integración entrerriano-riograndense", un proceso de construcción de lazos con actores e instituciones del Estado brasileño de Río Grande do Sul, con el objetivo de consolidar un "eje horizontal de desarrollo" alternativo al "eje vertical" formado por Buenos Aires y São Paulo (Boivin, 2004; Boivin y Rosato, 1999). En segundo lugar, la gestión del interés en el puente se nutría de su trabajo político profesional y de sus conocimientos respecto de la reforma política llevada a cabo en la década de 1990 que, entre otras cuestiones, significó la posibilidad de salvar las limitaciones del presupuesto público gracias a un conjunto de dispositivos jurídicos (Ley de Reforma del Estado y Ley de Emergencia Económica). Es decir, por sus funciones en diferentes niveles de la gestión pública, ellos estaban al tanto de cómo venía gestándose ese proceso, y pudieron "adelantarse" y plantear la obra dentro de las modificaciones al Sistema de Concesión de la Obra Pública. En este sentido, su trabajo se completó con reunirse con "empresarios" que les habían manifestado su interés en la obra (esto fue analizado en Gaztañaga, 2002).

En tercer lugar, su trayectoria en el partido les proporcionaba el conocimiento necesario para recorrer con relativa confianza los meandros de los realineamientos políticos. Es decir, si bien "compartían el signo político con el presidente", sabían que era crucial obtener su visto bueno. Este también era el consejo que recibían de los funcionarios del Ministerio de Economía. Es decir, la filiación partidaria se insertaba dentro de una coyuntura particular, donde el PJ (especialmente durante la segunda presidencia de Menem) estaba cruzado por relaciones conflictivas entre diferentes líderes provinciales, y sus respectivas pujas presupuestarias. A sabiendas de esta situación, aprovecharon los encuentros y desencuentros en el balance de fuerzas políticas (i.e.: recibieron el apoyo público y personal de los gobernadores de la —aún en proceso de institucionalización— Región Centro) y también se orientaron a captar la atención personal del primer mandatario (Gaztañaga, 2006 y 2005a).

Los promotores del puente combinaron, entonces, la institucionalización del interés en la obra con la realización de un trabajo personal de "creación de interés". En este sentido, la tarea de gestionar y presentar estudios, planes y proyectos de la obra a las autoridades competentes estuvo acompañada del acercarse personalmente a los funcionarios nacionales, personalidades cercanas al presidente y al presidente mismo. Fue de este modo que transformaron un anhelo local en un interés nacional. Asimismo, por la naturaleza personal, la misma no se detuvo con la institucionalización del interés del Poder Ejecutivo Nacional. Esto quedó evidenciado en el proceso de la licitación pública de la obra, que puso en evidencia la importancia del trabajo de los promotores del puente y la continuidad del mismo. El primer llamado a licitación pública resultó un "fracaso" y ocurrió en coincidencia con la visita de Menem a Victoria. Sin embargo, gracias a las gestiones de los promotores de la obra, durante el acto público el presidente (les) señaló: "Y si es necesario comprometo al ministro de economía a que saque los fondos suficientes para llevar adelante esta obra". La noticia del fracaso había sido silenciada y los medios de comunicación la dieron a conocer luego de la visita del mandatario. Pero, mientras tanto, Menem firmaba un decreto para un segundo llamado a licitación "de plazo reducido", que en tres meses dio como ganador al consorcio Puentes del Litoral. Un año después, y ya puesta en marcha la campaña política con vistas a las elecciones generales de 1999, Menem volvió a presidir un acto público en la ciudad de Victoria para inaugurar las obras. Ese 20 de junio, los promotores del puente compartieron el palco con el primer mandatario pese a que no eran gobierno, e incluso, ante los problemas presupuestarios sufridos por el área de Obras y Servicios Públicos, Menem dijo públicamente que "el recorte no afectaría al puente".

Conclusiones

El "trabajo político" es un concepto clave para la comprensión de cómo se construye socialmente el dominio (Weber, 1996). No se trata de la suma entre dos términos (trabajo y política) ni implica una ecuación predeterminada.

Sea como trabajo militante o como trabajo político profesional, el trabajo político tiene una dimensión productiva (produce valor). Es decir, aun cuando depende de un sistema de especialistas que colaboran con ellos (i.e.: los medios de comunicación), requiere de un reconocimientos pasible de cristalizarse a través de los mecanismos institucionales de la construcción del dominio (ejemplarmente a través del voto). Sin embargo, el trabajo político no se reduce a esos mecanismos. La relación entre representantes, representados y representaciones también está cruzada por vínculos específicos entre quienes construyen el dominio, de modo que el trabajo posee un lugar fundamental para su "reconocimiento", ya que éste hace al posicionamiento de los actores dentro del mundo de la política profesional y partidaria (Abélès, 1990; Bourdieu, 1981; Palmeira y Heredia, 1995; Palmeira y Goldman 1996; Rosato, 1999; Rosato y Balbi, 2003; Frederic, 2004; Frederic y Soprano 2005). El trabajo político del político profesional es un trabajo llevado a cabo desde el lugar de la política pero más allá del "tiempo de la política" (Palmeira y Heredia, 1995). Como vimos en el proceso del Victoria-Rosario, la tarea de sus promotores se veía afectada tanto por la política intrapartidaria como por los escenarios y resultados proselitistas, sin que ninguno de estos dos elementos determinase en un sentido estricto el despliegue de su trabajo. En otras palabras, su trabajo no estuvo dictado por los ritmos electorales ni anclado en un aprovechamiento pasivo de "circunstancias especiales" donde la obra pública funciona como moneda de cambio entre el gobierno nacional y los provinciales.

Ahora bien, en un contexto de disputas de sentido en torno a la relación entre trabajo y política, no es casual que las acepciones y el tratamiento analítico respecto del trabajo político estén cruzadas por descuidos y asimetrías. La noción del trabajo político militante, para el caso del peronismo, ha sido explorada por la literatura sociológica, historiográfica y de las ciencias políticas (Auyero, 2001; Levitsky, 2001 y 2003; Palermo y Novaro, 1996, entre otros); también ha sido objeto de análisis antropológicos atendiendo al detalle cotidiano de la política partidaria (Rosato, 1999 y 2003; Rosato y Quirós, 2005; Balbi, 2007; Frederic, 2004; Masson, 2004; Soprano, 2003). En cambio, la acepción del trabajo político profesional tiende a aparecer ensombrecida como objeto de análisis (aún contando con minuciosas etnografías que han sabido reconstruir la trama de actores, emociones y presiones a las cuales se haya sujeta la actividad política partidaria). Si bien los estudiosos han intentado evitar concepciones instrumentales de la política que la reduzcan a la mera obtención del voto, el trabajo político tiende a ser subsumido en la primera de las acepciones, esto es, como trabajo proselitista. Un origen posible para este descuido pueden ser ciertas lecturas de los trabajos de Weber (1996 y 1980) acerca de la aparición de la política de masas y los políticos profesionales que buscan el voto (en la versión más simplificadora la actividad política se vuelve instrumental y el sentido de lo político se banaliza al punto de quitar sentido a la política como vocación). Por otra parte, también puede deberse al peso que ha tenido la política partidaria como objeto de análisis, especialmente separándola de otros procesos donde los actores políticos despliegan su actividad. Respecto de este tipo de problemas, Frederic y Masson (2007:129) señalan que "la preocupación política por el éxito o el fracaso electoral suele opacar el análisis de los modos en que se constituyen procesos políticos concretos" (así sucede con el clientelismo político, el cual no garantiza una elección sino que es parte del sentido común político y que en sí mismo no permite apreciar el vínculo político).

El trabajo político posee la capacidad de lo político, esto es, de salirse de las seguras fronteras institucionales en que se supone está contenido (Spencer, 2007). Esto no significa rechazar ni soslayar que la política proselitista es una necesidad del poder político. Pero reducirlo a los fines de la perpetuidad en la función nos priva de herramientas para comprender en detalle los procesos políticos. Los valores, creencias y normas que están por detrás de las acciones políticas no se dejan comprender desde un enfoque reproductivo e instrumental de la (función) política. El ethos de hacer práctico el dominio es la vocación de servicio dentro del tipo de intercambio que crea obligaciones vinculantes: "se posee para dar. Pero también se posee al dar" (Bourdieu, 1991:212). Así, los puentes personalmente tendidos y cruzados por los profesionales de la política no se sostienen sólo con el resultado de una elección, porque el trabajo político, si bien se apoya en la permanencia que otorgan las instituciones políticas, siempre pone en funcionamiento una gestión personal (Boivin y Rosato, 2003).9

La desigual atención dispensada por la literatura académica a las representaciones sociales de quienes protagonizan la actividad política plantea interrogantes etnográficos y teóricos. En ese sentido, el modo en que la actividad política militante y profesional aparece como trabajo para sus protagonistas torna necesaria una reflexión acerca del abordaje de la noción de trabajo político como una categoría de análisis y no meramente como una categoría del sentido común (de la opinión pública o del sentido común político). Propongo, entonces, distinguir entre ambos tipos de trabajo político y otorgarles equivalente atención analítica, como una forma de aproximarnos al fenómeno político que restituya su lugar de construcción social.

Notas

1 En la década de las "relaciones carnales" con Estados Unidos y del "régimen menemista" (Carlos Menem, PJ, 1989-1999), Argentina era un ejemplo del ajuste estructural preconizado por el FMI. Pero las consecuencias fueron devastadoras: destrucción del aparato productivo, privatización sin controles apropiados, altas tasas de desempleo, pauperización de sectores medios, desguace del Estado, incremento del endeudamiento externo, entre otras.

2 Ciudad que ronda los 30.000 habitantes ubicada al sudoeste de la provincia de Entre Ríos.

3 El sistema de gobierno en la Argentina adopta la forma representativa, republicana y federal. La Constitución Nacional instituye una democracia representativa donde los representantes sólo ejercen el poder del pueblo durante el período que duran en sus mandatos (Artículo 22). La forma republicana se basa en la división, control y equilibrio de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, cuyo fin último es la garantía de las libertades individuales. Se inspira en los principios de constitución escrita, separación de poderes, elegibilidad de los funcionarios, periodicidad de los mandatos, responsabilidad de los funcionarios, publicidad de los actos de gobierno y existencia de partidos políticos. La forma federal se basa en la división del poder entre el gobierno federal y los provinciales, donde las provincias conservan el poder no delegado al gobierno federal (Artículo 121). Esto determina la coexistencia del gobierno federal, cuya jurisdicción abarca todo el territorio nacional, y los gobiernos locales, autónomos en el establecimiento de sus instituciones y constituciones, cuyas jurisdicciones abarcan sólo sus respectivos territorios. En la Argentina, las divisiones territoriales se corresponden con gobiernos-instituciones (el territorio nacional con el gobierno federal, los territorios provinciales con los gobiernos provinciales, y los territorios municipales con los gobiernos municipales). Asimismo, no todos los partidos están habilitados a postular candidatos a presidente y vicepresidente de la nación. Los partidos que sólo tienen reconocimiento en el distrito electoral (provincia o municipio) pueden nominar candidatos a cargos nacionales únicamente por el distrito en el que actúan, es decir diputados y senadores nacionales.

4 En la actualidad, el Justicialismo se encuentra dividido. En el nivel nacional su falta de cohesión llevó a "intervenirlo" (en septiembre de 2005 Ramón Ruiz asumió como Interventor según resolución judicial de la Dra. Servini de Cubría).

5 Los otros casos son la integración entrerriano-riograndense (Boivin, 1999 y 2004; Boivin y Rosato, 1999) y la constitución de la Región Centro (Gaztañaga, 2008).

6 En las elecciones del 27 de abril de 2003 (al igual que en las del 28 de octubre de 2007) tres listas se declararon pertenecientes al peronismo. En el 2003, las fórmulas eran las siguientes: Menem-Romero (Frente por la Lealtad), Kirchner-Scioli (Frente para la Victoria), Rodríguez Saá-Posse (Movimiento Nacional y Popular).

7 Los ministros de economía durante las dos gestiones de gobierno de Carlos Menem: Néstor Rapanelli (18/07/1989-18/12/1989), Antonio E. González (19/12/1989-04/02/1991), Domingo Cavallo (01/03/1991-06/08/1996) y Roque Fernández (06/08/1996-10/12/1999).

8 Según los promotores del puente "a Santa Fe no le interesaba un puente en Rosario por motivos políticos, porque la provincia está dividida en norte-sur; había ministros del Lole [Reutemann] que eran totalmente ajenos a la obra" (esto fue analizado en Gaztañaga, 2007).

9 Me inclino a pensar que el trabajo político se ampara en el tejido partidario y los códigos para la interacción que provee; pero la persona política se construye en el trabajo y las relaciones interpersonales involucradas en el mismo.

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