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Cuadernos de antropología social

versión On-line ISSN 1850-275X

Cuad. antropol. soc.  no.32 Buenos Aires jul./dic. 2010

 

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

KESSLER, Gabriel. 2009. El sentimiento de inseguridad. Sociología del temor al delito . Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Ramiro Segura*

* Licenciado en Antropología (UNLP). Doctor en Ciencias Sociales (UNGS-IDES). Docente-Investigador UNLP - IDAES/UNSAM. Correo electrónico: segura.ramiro@gmail.com

El "sentimiento de inseguridad" constituye un tópico central y recurrente de la vida cotidiana y de la agenda política y mediática en la Argentina: discusiones acerca de cómo interpretar índices y cifras divergentes, emergencia de diversas organizaciones de la sociedad civil, cambiantes políticas públicas, escenarios mediáticos de pánico moral y expansión del mercado de la seguridad constituyen, entre otros procesos, un entramado complejo y de límites borrosos que en sus versiones más simplistas se reduce a la pregunta acerca del estatuto ontológico de dicho sentimiento: ¿expresión subjetiva (reflejo más o menos adecuado) de una transformación social objetiva o distorsión subjetiva (desplazamiento) respecto de la realidad que nos habla de "otra cosa"? La relevancia de una investigación sociológica que tenga como desafío abordar ese heteróclito y cambiante universo está fuera de discusión; de igual magnitud son los riesgos de quedar atrapado en ese universo que se quiere conocer.

Es precisamente este obstáculo el que la investigación de Gabriel Kessler sortea con singular éxito y la distingue de muchos otros abordajes de un problema (social, político y académico) relevante. La clave reside en la combinación de rigurosidad y creatividad en la construcción analítica del objeto de investigación. Pierre Bourdieu solía sostener que los profesores universitarios prefieren oponer rígidamente autores, conceptos y métodos antes que ponerlos en relación y en diálogo, incluso cuando la propia lógica de la investigación conduce muchas veces a cuestionar e incluso superar dichas oposiciones. Contra esta tendencia –y evitando, a la vez, tanto la simple enumeración de teorías como los eclecticismos inconsistentes– la investigación interroga diversos abordajes contemporáneos acerca del miedo y la inseguridad para luego, a partir de los resultados obtenidos, tomar una posición propia y cuestionar varios lugares comunes.

En efecto, como lectores asistimos al despliegue de un diálogo crítico entre dos campos bifurcados y separados: los estudios sobre "miedo al crimen" y las investigaciones acerca de la "sociedad del riesgo". Si los primeros están orientados a precisar indicadores y cuantificar el temor al delito, las segundas desconfían del delito como causa del temor y proponen hipótesis de desplazamiento desde una supuesta causa real (la incertidumbre intrínseca a la sociedad democrática, la nostalgia producida ante la idea de pérdida de una comunidad idealizada o las dinámicas del capitalismo global) hacia otro objeto: la inseguridad. No se trata de optar por alguna de estas posiciones; antes bien, del análisis productivo de ambas emerge la idea rectora de toda la investigación: si bien no hay identidad entre inseguridad y delito, tampoco es posible analizar la inseguridad sin hacer referencia al delito. El delito es, entonces, necesario e insuficiente para comprender el sentimiento de inseguridad, ya que no todos los temores tienen sus causas en delitos, así como tampoco todos los delitos generan temor, tanto por la naturalización de algunos de ellos como porque el temor no es la única emoción que los delitos provocan.

Por esto, lo que se recorta como sentimiento de inseguridad es un "entramado de representaciones, discursos, emociones y acciones" (Kessler, 2009:35) donde lo objetivo y lo subjetivo están entrelazados de un modo indisociable. Esto implica ser sensible a los distintos puntos de vista de los actores sociales involucrados en la construcción de una realidad común y, a la vez, evitar quedar atrapado dentro de los límites y las paradojas de tales puntos de vista. En este sentido, queda claro que la lograda búsqueda por no desplegar "un metalenguaje más potente que el de los propios actores" (Kessler, 2009:16) no supone limitarse ni encontrar la explicación del fenómeno en el lenguaje de los propios actores; en su lugar, se realiza un juego de sucesivos acercamientos por vías diversas a ese conjunto de representaciones, discursos, emociones y acciones que se busca conocer. El resultado se condensa en una serie de hallazgos que ponen en cuestión el sentido común acerca del tema y la identificación de tendencias sociales acerca de la problemática, relevantes para el futuro de nuestra sociedad.

Una vez delimitado el objeto de investigación, el primer paso consiste en relativizar la novedad de la inseguridad como preocupación social. Cuestionando la "temporalidad corta" con que es presentada habitualmente, se muestra la consolidación del problema desde el retorno de la democracia en tres etapas sucesivas: la herencia maldita durante los años ochenta, donde los delitos más resonantes se vinculan con la "mano de obra desocupada" de la dictadura precedente; cuestión social e inseguridad , período que abarca desde la hiperinflación de 1989 hasta la crisis de 2001/2003, donde se consolida la asociación entre crisis social e incremento del delito; y el período que se inicia a partir de la recuperación económica de 2004, denominado afianzamiento de la inseguridad , donde el tema es un problema público de primer orden y se consolida la imagen de la "nueva delincuencia" construida en la fase anterior, que vincula delito a crisis y se centra en jóvenes de sectores populares, muy distintos al "crimen organizado".

A continuación se analizan los relatos de la inseguridad socialmente vigentes, entendidos como "construcciones discursivas que postulan algún grado de coherencia entre descripciones, explicaciones y orientaciones para la acción" (Kessler, 2009:105), donde se entrecruzan dimensiones cognitivas, políticas, emocionales y prácticas. Se identifican ocho relatos agrupados según la intensidad de la preocupación por la inseguridad (alta, intermedia y baja), que se diferencian entre sí por las causas (políticas, sociales, morales, jurídicas), las soluciones (educación, represión, trabajo, cumplimiento de la ley) y las orientaciones prácticas ante la inseguridad. Se trata de relatos transversales a categorías sociales (clase, género, edad) y a lugares de residencia, lo que no supone contingencia, siendo determinantes para comprender su distribución social las ideas políticas y la experiencia de clase. A la vez, la diversidad de relatos brinda indicios de que la inseguridad es un objeto de disputa en el espacio público. Al respecto, si bien existen relatos autoritarios y punitivos, el mayor desafío para una sociedad democrática parecería estar representado por ciertos relatos que, sin ser abiertamente autoritarios, soportarían desplazamientos punitivos a cambio de la ansiada seguridad.

Las encuestas sobre el sentimiento de inseguridad arrojan habitualmente resultados inesperados: aparentemente el temor sería mayor en los grupos menos victimizados (adultos mayores y mujeres) y más bajo en aquellos más atacados (jóvenes y varones). Revisitar las paradojas de la inseguridad es el paso siguiente de la investigación. Por medio de una constante comparación entre los datos cuantitativos de las encuestas y los resultados cualitativos del trabajo de campo, se proponen sugerentes hipótesis interpretativas para comprender tales paradojas. Así, el sentimiento de inseguridad no se relacionaría de manera unívoca con la clase social, sino que también tienen relevancia –y ayudan a comprender ciertas variaciones inter e intra clase– los factores ecológicos: la relativa proximidad o distanciamiento físico y social con aquello que se considera peligroso. Del mismo modo, las diferencias de género son una constante en las encuestas y los argumentos sostenidos para explicarlas han ido desde la supuesta "irracionalidad" de las mujeres hasta las dificultades de las encuestas para captar la victimización femenina. Nuevamente, el trabajo cualitativo permite cuestionar el mayor temor femenino y pensar el problema desde otra perspectiva: las variaciones identificadas en el modo de hablar de varones y mujeres sobre el temor (los primeros como una sensación contextual; las segundas como un atributo personal), en lugar de expresar mayor o menor temor, estarían indicando modos de socialización afectiva distintos. Por último, en relación con las paradojas de la edad, se enuncia una posible transformación generacional: existen indicios acerca de que la idea de un menor temor juvenil a pesar de su mayor victimización debería ser matizada y una de las causas de esta transformación posiblemente remite a que se trata de una generación socializada con la inseguridad como dato contextual y cotidiano.

Se aborda luego la gestión de la inseguridad , combinación de acciones elusivas y dispositivos defensivos que dependen de la evaluación del peligro del entorno y, en el caso de los dispositivos, también de la posibilidad de acceder a ellos. Si bien se observa que, salvo excepciones extremas, las personas no abandonan el espacio público, la inseguridad se vincula a cambios en la experiencia urbana que adopta la forma "de un relato sobre trayectorias y usos del espacio" (Kessler, 2009:194), en el que se observa una paulatina diferenciación entre lugares controlados y no controlados, y la consolidación de estrategias de restricción de movimientos, evitación de lugares y protección en circunstancias específicas. Así, temor y restricción de la movilidad se retroalimentan. En lo que respecta a los dispositivos, un hallazgo relevante refiere a lo que podríamos denominar su polivalencia: la hipótesis central es que la eficacia (el otorgamiento de mayor seguridad a quien lo usa o, por el contrario, la constante marcación de que está en peligro) depende de la posibilidad de incorporar tales dispositivos a la vida cotidiana, a las rutinas y acciones naturalizadas; al mismo tiempo se reconoce que, incluso otorgando seguridad a su propietario, tales dispositivos funcionan como signos de peligro en el paisaje urbano. La moraleja de los efectos cotidianos de estas prácticas y dispositivos es que "no habría posibilidad de suplir en forma privada un bien colectivo" (Kessler, 2009:209)

Por último, descentrando la investigación, se compara la situación en Buenos Aires con resultados obtenidos en otras localidades, lo que posibilita sopesar la influencia de las escalas urbanas y las configuraciones espaciales en el sentimiento de inseguridad. Los datos obtenidos en las distintas localidades relativizan y particularizan la progresiva deslocalización y desdiferenciación del temor observada en Buenos Aires. Nos encontramos, en efecto, con "culturas locales de seguridad" (Kessler, 2009:222) que refieren a umbrales de aceptabilidad, formas de gestión y relatos explicativos de la inseguridad diferenciales. Así, desde la pequeña localidad de provincia donde "estas cosas no ocurren", pasando por ciudades intermedias donde es más fuerte la persistencia de estigmas territoriales y mapas que delimitan con precisión zonas seguras e inseguras, hasta la percepción de la inseguridad marcada por la ubicuidad, la aleatoriedad y la imprevisibilidad del peligro en las grandes ciudades, la escala urbana nos ayuda a comprender variaciones –y especificidades locales– del sentimiento de inseguridad.

En síntesis, por el esfuerzo de pensar las múltiples dimensiones del sentimiento de inseguridad, por la combinación creativa y rigurosa de fuentes, datos y abordajes que dicha indagación supone, y por los resultados que matizan y cuestionan el sentido común acerca del sentimiento de inseguridad, nos encontramos ante un ejercicio magistral de "imaginación sociológica" y una referencia ineludible a la hora de reflexionar, investigar y, por qué no, intervenir en la problemática.