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Intersecciones en antropología

versão On-line ISSN 1850-373X

Intersecciones antropol.  n.6 Olavarría jan./dez. 2005

 

Eduardo P. Archetti
1943-2005

Eduardo P. Archetti, profesor de antropología en la Universidad de Oslo, Noruega, falleció en Oslo el 6 de junio de 2005. Sus aportes se ubican en las encrucijadas de la antropología latinoamericana y europea, y en dos eras históricas y disciplinarias. Desde esta posición combinó la innovación y la crítica teórica de la tradiciones francesa, británica y norteamericana, con el trabajo de campo prolongado e intensivo en Ecuador, Burkina Fasso, Zambia, y también en la Argentina, su madre patria, y en Noruega, su patria adoptiva.

Archetti nació en Santiago del Estero el 12 de abril de 1943. Creció en una familia de clase media alta que combinaba un linaje materno de prosapia santiagueña con un linaje paterno de origen italiano. Hijo de un médico y un ama de casa culta e inquieta, fue el único hijo varón entre tres mujeres, y el heredero de la vocación paterna por la apertura al mundo. Cursó algunos años del Liceo Militar General Paz, en Córdoba, y concluyó su secundaria en el Colegio Absalón Rojas en 1960, ante el fallecimiento de su padre. Después partió a Buenos Aires a estudiar Derecho, pero solo cursó tres años, los suficientes para ingresar a la juventud politizada de los 60s, y para aprender que las normas allí impartidas no condecían con cuanto ocurría en la sociedad real. Decidió emigrar al departamento de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, tras un encuentro que él consideraba definitorio con Carlos Portantiero. Esta instancia lo puso en contacto con las ciencias sociales, particularmente las que impartía Gino Germani y su departamento de investigaciones, junto a Norberto Rodríguez Bustamante, Miguel Murmis y Eliseo Verón. Obtuvo su licenciatura in 1967.

Al año siguiente se trasladó a París, donde se convirtió en èleve titulaire y candidato a Doctorat de Troisième Cycle, en l'Ecole Pratique des Hautes Etudes. Allí obtuvo su doctorado francés en 1976 tras otro giro académico. Archetti había ingresado a l'Ecole con la aceptación y supervisión de Alain Touraine. Además de los cursos que tomó por entonces con Claude Meillassoux, Maurice Godelier, Leroy Ladurie, Dan Sperber, Georges Balandier, y Claude Levi-Strauss, también cursó un seminario con un profesor visitante especialista en el Caribe, el norteamericano Sidney Mintz, quien lo introdujo a la antropología social. Este tema, que él ya conocía desde la carrera de Sociología en Buenos Aires, cobraba ahora una nueva vida, ligada a las nuevas formas de estudiar y comprender el fenómeno rural en América Latina. Su intención era hacer su tesis doctoral en Cuba, pero no consiguió ni el subsidio ni la autorización cubana para ello. Como en un viaje familiar se había contactado con dos antropólogos residentes en Tucumán -Hebe Vessuri y Santiago Bilbaoy con su ex profesor Miguel Murmis, decidió virar hacia el campo argentino. Más concretamente se concentró en los colonos friulanos que producían algodón en el Norte de Santa Fe. Inició su trabajo de campo bajo la supervisión antropológica de Godelier, y llevó consigo a su compañera Kristi-Anne Stolen, una estudiante de antropología de Noruega, quien en busca también de una tesis. "Santa Cecilia", como apodó a la localidad de su trabajo, no presentaba nada parecido a un campesinado latinoamericano. Se trataba más bien de productores de cierta clase media rural que complementaban la producción doméstica con el reclutamiento temporario de peones para la cosecha. Estos "colonos" no llegaban a plantear una posición productiva y reproductiva plenamente capitalista y empresarial, pero tampoco encarnaban al campesino andino ni al arrendatario de hacienda. Además, estos productores estaban abocados a organizarse para mejorar la comercialización de sus productos. Archetti atestiguaba un fenómeno propio del nordeste argentino de la época: las Ligas Agrarias crecían en los yerbateros de Misiones, los tabacaleros de Corrientes, y los algodoneros del Chaco y también de Santa Fe. Esta articulación entre economía y política, que trasuntaba asimismo cuestiones de organización familiar y de fe católica, constituyó el eje de su tesis doctoral Economie et organisation syndicale chez les colonos du Nord de Santa Fe, Argentine (1976).

La polarización militarizada de la política afectó a toda la Argentina, desde los cañaverales tucumanos y jujeños, hasta los algodonales de Santa Cecilia. Dando por terminado el campo en forma tan repentina como ocurriera con Vessuri y Bilbao, entre tantos otros, Archetti partió a Noruega donde terminó de redactar su tesis que defendió a fines de 1976, y fue designado "fellow researcher" en el Departamento de Antropología de la Universidad de Oslo.

Desde entonces comenzó a trabajar junto a otros antropólogos europeos, para crear la Asociación Europea de Antropólogos Europeos (EASA), de la cual fue miembro fundador, secretario general en 1993-4, y editor de su revista Social Anthropology/Antropologie Sociale en 1999-2002.

Sin embargo, Archetti no abandonó por completo América Latina. Habiendo tenido a otros latinoamericanos como interlocutores en el grupo CLACSO de "Articulación Social" que coordinara otra antropóloga social, Esther Hermitte, entre 1974 y 1977, Archetti lanzó un programa de maestría en Sociología Rural en FLACSO-Quito. Posteriormente, Archetti se dedicó a las consultorías internacionales para el Banco Mundial, en Zambia y Burkina Fasso, y luego nuevamente en Ecuador. Su libro sobre los cuises (cuyes) en Ecuador puede tomarse como una transición desde los problemas rurales y del desarrollo, hacia las cuestiones de la cultura y la identidad. Varios temas como la comida, el gusto, la agencia social, el mestizaje, que lo hicieron conocido en las ciencias sociales argentinas de los 90s, ya estaban tratados en El mundo social y simbòlico del cuy (CEPLAES, Quito, 1992; versión inglesa como Guinea Pigs. Food, Symbol and Conflict of Knowledge in Ecuador, Berg, 1997). Mostraba aquí que los programas aplicados para la cría intensiva de "cuyes" en los altos ecuatorianos, era altamente impracticable ya que estos animales estaban completamente integrados al ámbito doméstico de dominio femenino, en la limpieza, la cocina, la salud y las ocasiones extraordinarias. Los cuyes no se dejaban ver en los restaurantes urbanos, pero pululaban con idéntica tranquilidad en cada una de las ocho comunidades donde Archetti y su equipo hicieron un intensivo trabajo de campo.

Tras la apertura democrática argentina de 1983, Archetti regresó para ensayar un campo urbano y ciertamente distante de aquel pasado en Santa Fe. Con año sabático en Noruega, inició una línea de trabajo en torno a la nación, el género y la cultura. Mientras se desempeñaba como director de la sede de FLACSO en Buenos Aires, aprovechó que el mundo había cambiado, y también las agendas antropológica, para iniciar un nutrido trabajo de campo sobre el futbol, el tango y el polo, las tres vitrinas que habían hecho mundialmente famosa a la Argentina. Todas ellas, actividades del dominio masculino, mostraban los procesos de criollización que había transcurrido la Argentina, acrisolando lo extranjero -particularmente lo inglés- con lo nativo. Esta investigación, jalonada por diversos artículos, fue coronada por Masculinidades. Football, Polo y Tango en la Argentina (Antropofagia 2003, traducción de la versión inglesa publicada por Berg, 1999), en el hallazgo de que las masculinidades que habían hecho visible a este país eran imágenes de una masculinidad encarnada no en una moral burguesa sino liminal y fronteriza. Así, el gaucho de las pampas interiores sin dueño, era performado por los jugadores de polo; el compadrito de los arrables era ejecutado por el bailarín de tango; y el pibe de los potreros por el jugador de futbol.

Archetti no sólo retomaba los temas del ritual, el género y la identidad, ya tan caros a la antropología norteamericana y europea. También logró conformar un volumen que constituía una respuesta desde el quehacer antropológico mismo, al giro postmoderno de la "escritura". En Exploring the Written (1994) los colaboradores reflexionaban sobre los usos de fuentes escritas para la investigación antropológica y para la figura del propio investigador. Los antropólogos no sólo escriben, como decían Geertz y sus discípulos. También leen muy diversos productos procedentes de distintas elaboraciones de la experiencia, como las cartas, las novelas, las poesías, y los escritos de otros antropólogos. Sin embargo, alertaban en los artículos de Exploring, estas actividades de lectura y elaboración, fuertemente históricas, apenas si resultaban contextualizadas e historizadas en las reflexiones postmodernas.

Este volumen, que constituyó el puntapié a sus trabajos sobre futbol, tango, polo, el automovilismo (El potrero, la pista y el ring, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999), presenta un elemento central de los intereses de Archetti: que la antropología tiene mucho por hacer y conocer para contribuir al bienestar y el goce de los pueblos. Desde sus discusiones sobre Chayanov en Santa Cecilia, hasta las beldades del dribbling o la gambeta, o la sencillez y profundidad de una letra de Discépolo, pasando por una decena de recetas para preparar cuy frito, asado y hervido, en una etnografía supuestamente acotada a un problema de desarrollo, Archetti terminó enseñándonos que tanto en los 70s como en los 90s la cuestión seguía siendo la misma: "darnos alegría al corazón". Quizás por eso siempre mantuvo estrechos lazos con argentinos de distintas cepas y con diversas generaciones de antropólogos; quizás por eso volvía siempre a dar una conferencia, o a sumarse a algún comité editorial, o a dar un curso, o a equiparse de las novedades bibliográficas, algunas de las cuales llegó a prologar (como La política en femenino de Laura Masson, Antropofagia 2004; Poblados bonaerenses de Hugo Ratier, Colmena, 2005). Quizás por eso su última conferencia la dictó en la embajada argentina en Londres, un mes antes de morir, delante de algunos académicos de los que lo valoraban y reían con él en los encuentros internacionales, congresos y sesiones de trabajo, y de varios argentinos. Pese a que muchos sabían de su enfermedad que lo arrancaba prematuramente de una febril trayectoria de reflexión, intervención y trabajo, sucedía lo de siempre: ni bien comenzaba a hablar, el futbol, el polo y el tango, y cada vez más el vino, inundaban la sala y la transportaba a un mundo de juegos y placeres con el que nada pueden los dolores del alma y del cuerpo. Quizás por eso sonaron en su funeral Piazzola y un par de chacareras, y aquella pieza internacional y esperanzada What a wonderful world.

Rosana Guber

IDES-CAS, CONICET, Argentina