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Revista argentina de cardiología

versión On-line ISSN 1850-3748

Rev. argent. cardiol. v.74 n.5 Ciudad Autónoma de Buenos Aires sept./oct. 2006

 

Antimemorias de Botal

Jorge C. TraininiMTSAC

MTSAC Miembro Titular de la Sociedad Argentina de Cardiología

"De donde proviene el principio de las cosas,
también reside la causa de su disolución, pues
en virtud de una ley necesaria han de pagar y
expiar recíprocamente la culpa y la pena de
la injusticia en el orden del tiempo."
ANAXIMANDRO DE MILETO (S. VI A. C.)

I. "Apud Laurentium D'Houry, vía Jacobaeâ"*. No sabemos cuándo, pero en algún recoveco ínfimo de la memoria que soslaya la historia vislumbramos al hombre que adquirió en una librería de la calle Jacobaeâ de París un texto editado en latín. En su portada se leía Ciudad de Leyden, 1660.
Lo imaginamos después caminando hasta perderse en la bruma de su futuro. Para nosotros, que vamos hacia su encuentro, diluirse en una bifurcación del pasado. Sin embargo, el presagio de ese último resplandor sigue vigente. Regresa con el único sobreviviente de la escena, la misma obra que sus manos en ese entonces atesoraban.
Ese libro, "Opera Omnia" (1) de Leonardo Botal, luego de tres siglos ignorado, despierta cercano a 1950 prisionero del fervor de Pedro Cossio.** ¿En dónde permaneció durante ese lapso? ¿Quiénes fueron los amantes que lo poseyeron sin herir sus viejas páginas?¿Habrá subsistido con su vientre cerrado, turbado del dolor que da la indiferencia?

II. Antimemorias de Leonardo Botal. Nació en el Piamonte, en los primeros escalones que dan los Alpes tapizados de viñedos. Asti, su aldea natal, se acurrucaba bajo cumbres blancas y borrascosas, en una comunión que a lo lejos confundía la piedra con el cielo. Leonardo ansió otro horizonte, diferente de esos seres que labraban la tierra para transmutar violáceo a las cepas en las copas.
Esa intriga del color que destilaba la vid se le asemejaba a la sangre. Y fue su destino. Supo que inevitable su ciclo de hombre se amarraba a la comprensión de su propio "ser". Del misterio de su conocimiento. Intuyó que debía rasgar la piel que defendía la verdad de los cuerpos. Necesitaba ser uno de los exploradores de las entrañas humanas. Uno de los inquisidores que penetraran las vestiduras de los tejidos y también del miedo arcaico y mítico que impedía hacerlo.
El lugar indicado fue Padua. Amurallada, de calles estrechas y paredones vetustos, representaba la arquitectura del medioevo. Padua atraía. Imantaba pertenecer a su "Gymnasivm" erigido en 1222. Rápidamente prestigiosa, la Universidad recibía en su carácter de nodriza a la vocación por la sapienza que brotaba en ese renacer del quattrocento.
La planta baja y el primer nivel ostentaban sus enormes ventanales en arco de medio punto. En el piso superior, el remate de las aberturas se coronaba en frontispicios triangulares. Dos columnatas franqueaban el pórtico de entrada para vaciarse en un patio recuadrado de pasillos. En el cenit del ingreso a la casa, un escudo de proporciones imponentes lucía majestuoso la palabra "Gymnasivm" (Figura 1).

Fig. 1. Universidad de Padua, según un grabado de la época en la que concurrió Botal.

Casi al momento que Leonardo Botal nacía (circa 1530), la Cáthedra de Anatomía y Cirugía de la Universidad Patavina recibía como explicator chirurgicae (profesor de cirugía) a Andrea Vesalio (1514-1564), quien hendiría con su escalpelo a los cadáveres para indagarlos delante de los alumnos. En ese Renacimiento incipiente, la duda rompía con la escolástica de Galeno (130-201) -imperante durante un milenio- y con el autoritarismo religioso. Se impregnaba de preguntas.
Cuando Leonardo llegó a esa ciudad de clima suave y templado, ya dos representantes ilustres de la pléyade de los grandes exploradores del cuerpo humano -Vesalio y Realdo Colombo (1516-1559)- se habían alejado de la Universidad. Su maestro fue Gabrielle Falloppio (circa 1523-1562), a quien sucedería Fabrizio d'Acquapendente (1533-1619) -cuyo discípulo ilustre fue William Harvey- y posteriormente Giulio Casserio (circa 1552-1616).
Luego de graduado ingresó rápidamente en la lista de anatomistas y cirujanos notables. Fraguó su arte en el medio más hostil e incomprensible a la razón humana, el de la contienda. Como cirujano militar se incorporó a las fuerzas francesas y su experiencia acaudalada en la crueldad de las batallas le permitió dejar una impronta médica elemental para la época, "debía amputarse a nivel del tejido sano". (2) En 1560, su libro "De curandis vulneribus sclopetorum" agruparía esa epopeya épica de médico del fuego. En él vuelca su sapiencia sobre las heridas por armas de fuego, las lesiones craneales y las óseas. Se convierte en un defensor de la trepanación e ingresa en la historia de la cirugía militar junto a Ambrosio Paré (1509-1590), Bartolomé Maggi (1516-1552) y Bartolomé Hidalgo de Agüero (1530-1597).
En 1561 cambia el cielo de la metralla por el sosegado de París, para convertirse en el médico personal del rey Carlos IX. En "De catarrho commentarios" (1564) efectúa la observación primera del riñón en herradura y deja, para esa época, una sorpresiva reflexión etiopatogénica sobre el "catarro de verano" o "fiebre del heno", atribuyendo su aparición en hombres sanos al notar el olor de las rosas. (3)
En esa atmósfera francesa de médicos "sangradores" sobresalió hasta "producir en una sola afección aguda cinco sangrías de cuatro libras cada una" (2) según relata la fama. En 1571 edita en Lyon "De curation per sanguinis missionem". Fallece en Chenonceaux en 1587.

III. "Ductus" y "foramen". Leonardo Botal, Botalli o Botallo, llegó a la trascendencia de que su nombre impregne la terminología anatómica por medio de la denominación epónima del "ductus arteriosus" y del "foramen ovalis cordis".
Esta paradoja de la historia que construye el pasado soportando desmemorias y falsificaciones lo tiene como protagonista en ambas vicisitudes. Leonardo, que contribuyó como médico y cirujano a la perfección de las amputaciones, a las trepanaciones y sangrías, a la interpretación temprana de la "fiebre del heno" y dejó un puñado de pulcros escritos, es rescatado del sepia del olvido por la asociación indebida de su nombre a la denominación del "ductus" y del "foramen". Antimemorias que deja la existencia.
Antes que él, ambos detalles anatómicos ya habían sido descriptos por Galeno (s. II d. C.), Leonardo da Vinci (s. XV), Falloppio (1561), Vesalio (1564) y Aranzio (1564). Recién con la aparición de "De motu cordis" (Harvey, 1628), la circulación de la sangre sería comprendida en su magnitud para que esos elementos anatómicos ocuparan su función real.
Pero discurramos sobre Botal, muchas décadas antes de ese paso trascendente de la fisiología dado por Harvey. Sus obras completas fueron publicadas en un volumen con el título de "Opera Omnia" en 1660. Entre las páginas 66 y 70 se extiende la "Observatio III" con el epígrafe de "Vena arteriatum nutrix, a nullo antea notata" ("La vena que nutre las arterias, no notada antes por nadie").
En pocos párrafos describe el "ductus arteriosus", el cual es ubicado entre la aorta ascendente y el tronco de la pulmonar (Figura 2). En forma previa a su interpretación se refiere a Galeno y Colombo, volcando ambas opiniones en relación con el modo en que la sangre alimentaba desde el lado venoso a las arterias del organismo. Expresa que "Galeno afirmaba que ésta pasa al corazón por unos pequeños agujeritos que el corazón tiene en el diafragma [septum]", mientras que "Colombo decía que llegaba por otra arteria venosa [¿venas pulmonares?]", que como un importante conducto ingresaba en la aurícula izquierda.

Fig. 2. Dibujo que señala la ubicación del "ductus arteriosus" correspondiente a "Opera Omnia" (1660).

Aquí cabe un análisis sobre el hallazgo. (4) El relato que realiza Realdo Colombo en "De Re Anatómica" (1559) sobre la circulación pulmonar, que fuera enseñada por él a partir de 1546, es perfecto. Negó los poros interventriculares y les asignó gran importancia a las válvulas cardíacas. En un animal, al abrir la vena pulmonar pudo comprobar la existencia de sangre y no los hollines de los cuales hablaba Galeno.
En su texto no menciona a Juan Valverde de Amusco (1515-?), quien había publicado los conceptos sobre circulación menor tres años antes (1556). Tampoco efectúa comentario alguno de Miguel Servet (1511-1553). Es difícil certificar si las ideas entre ambos fueron concomitantes en el tiempo, si tuvieron alguna interrelación o si Colombo omitió mencionar al teólogo español por temor a la Inquisición. (5)
Con respecto a Ibn an-Nafís (1203-1273), quien fue el primero en describir la circulación menor, algunos autores suponen que Colombo pudo tener contacto con traductores de la obra del médico árabe, pero este hecho no se halla probado.
Botal describe el "ductus" y afirma "gracias a él la sangre llega a todas las arterias, pero no lo hace por el diafragma [septum] o arteria-venosa como Galeno y Colombo pensaban".
Es sorprendente esta postulación de Botal asentada en el año 1564 en el texto "De Catarrho Commentarios", ya que en Padua él debió asimilar las ideas de Colombo, quien fue el predecesor de su maestro Falloppio en la Cáthedra.
El análisis del texto en su continuidad puede explicar este hecho. La observación accidental del "ductus" permeable en un adulto debió hacerle inferir en forma errónea que esta circunstancia era lo normal.
Él mismo lo explica "Es aquí lo que sucede (lo que después observé con mucho cuidado) que en los humanos algunas veces se coagula la sangre, dañando en ellas el ventrículo izquierdo de su corazón" y en una aproximación a la anatomía comparada agrega "pero en bestias esto ocurre con mayor frecuencia o siempre". Evidentemente, con esta explicación Botal invirtió el significado de la obliteración posnatal del conducto.
Nosotros también en este estudio trocamos los hallazgos de sus memorias. En el propio frontispicio de "Opera Omnia" quedan resaltadas sus habilidades como cirujano (amputación de un miembro superior izquierdo en el recuadro superior) y la práctica reconocida que ostentaba de la sangría (abajo) (Figura 3).

Fig. 3. Frontispicio de "Opera Omnia". Véase descripción en el texto.

Botal se hallaba lejos de asumir una posición histórica que no le correspondía. Creyó verdaderamente encontrarse ante una observación sorprendente. No evidenció la casualidad de ella, generalizando un hallazgo.
Su ética queda atestiguada en una última reflexión que nos deja en su "Observatio III", "Sea dicho esto a modo de advertencia, nunca con la pretensión de refutar a Galeno o a Vesalio y a Colombo u otros, si hubiera algunos, que bien escribieron acerca de temas de anatomía; pues nosotros y toda su posteridad debemos ciertamente mucho a estos hombres. En efecto, sucede a veces que algunos descorren el velo de un arte para que otros, menos ejercitados en ella, conozcan esas cosas que los primeros, habiéndose ejercitado mucho más, no pudieron conocer en su tiempo".

IV. La simulación de la historia. Hay una necesidad de aprehender el pasado. Ir en el sentido inverso a sus bifurcaciones, aquellas que van determinando el entretejido de la historia. Entonces, el tiempo y sus circunstancias esfuman su nitidez. Se vuelven indefinidos y pierden las encrucijadas.
Avanzo sobre la incomprensión del olvido, pisando esas hojas ocres y crujientes que regresan al polvo anónimo en remolinos de vientos cruzados. Que se destruyen desprendiendo el polen que habían constituido su designio de "ser". Me fervorizo en la incomprensión de lo acontecido. Ingreso en el fracaso de la eternidad.
Las historias suelen ser análogas, pero nunca simétricas. La conciencia que las reconstruye nos transforma en seres que la imaginan. No hallamos contención en la sensación del "ser" que conformamos. Mucho más, tener idea de pertenencia a este universo volvió utópico al hombre en su necesidad de existencia. Desprovisto del sentido exacto de la vida, la conciencia lo depositó en la simulación. La conciencia nos enaltece y nos condena. Con ella hemos documentado nuestra historia, aunque ésta termine siendo tan quimérica como el futuro. Hacia el ayer todo es neblina y caducidad. Entonces apelamos a recomponer la vida y las circunstancias. Asimilamos que sólo llegan del pasado algunos retazos de tanto fragor acontecido y que el tiempo es el humanicida. Que persisten en su rastro pequeños vestigios en determinados espacios. Tiempo/espacio son las coordenadas a las cuales pertenecemos.
Ignoramos "casi todo". Incluso lo elemental, vertido al sentimiento, la pasión y el dolor que azotaron a cada hombre, está perdido como si no hubiese acontecido. Entonces nos adherimos a la simulación de la historia con la herramienta más vigil de nuestro "ser", la conciencia. Con ella ocupamos la desmemoria para teñirla con el semblante de nuestros sueños.
Nos hallamos en una incertidumbre, la cual no deja de ser paradójica. Esas bifurcaciones de la existencia recorridas hacia atrás debieran conducirnos al rumbo correcto. Pero no hay huellas de él. Vislumbramos "retazos de luz" en la composición de ese "ser" que indagamos. Ellas son divorciadas, discontinuas. Dispersas en la oscuridad de los tiempos. Hay dificultades en hallarles ilación. Son restos desperdigados de un navío derrotado en el océano, testigos insospechados del naufragio. Pequeñas islas incandescentes. A esos pañuelos de luz también les alcanza la última mirada. Cuando el postrer aliento de una conciencia ya no se pose sobre ellos, dejarán de "ser". Se apagarán a medida que ya no sean observados.
Nada de esa geografía desolada puede regenerarse. Sólo está para terminar de morir o ser simulada.
Esos "retazos de luz" son las cuentas desperdigadas de alguna vieja historia. Entre cada uno de ellos habita el vacío, el silencio. No hay sendas en esa incertidumbre posesionada de olvidos inquebrantables. Donde miramos hay mudez.
Entonces inferimos que fue un hombre como nosotros, como todos. Que amó lo sublime desde el mismo barro. Que se propulsó en esos días felices en que la vida parece darnos un sosiego, atildada de indulgente. Una caricatura de su severidad, de su intangibilidad. De permanecer invicta, jamás derrotada por la eternidad de nada. Sólo transgredida por el tiempo como esclavo de su movimiento, el que a su vez la sojuzga en su monotonía de no poder acceder a un descanso o a un final. El que actúa de verdugo, sin llegar a cometer el último sacrificio para evitar también ser ultimado. Mientras haya movimiento habrá tiempo. Mientras haya historia habrá imaginación.
Intento retroceder en el recuerdo. Y sucederá lo mismo que hacia mi futuro. Seré interrumpido. Y esto representa lo único cierto. Mi conciencia ha contribuido con su imaginación al derrotero de mirar hacia el pasado. Me he sujeto al hallazgo de las señales sucedidas con la voluptuosidad del que se aproxima a un oasis, tratando de dilucidar su esencia. Sólo hallé un aroma oculto en la alquimia del antiguo hombre.
Viajo a través de esos "retazos de luz". Y puedo aún alcanzar al espacio que ocupaba ese "ser" desconocido, aunque su geografía sea diferente. Pero la otra coordenada yace rota. El tiempo es inviolable. Apelo a mi único recurso, la imaginación. Con ella simulo la historia, la cual se refleja como en un espejo que proyecta hacia el pasado a mi propio futuro.
Y en esta necesidad de mi mente, la crónica que hilo se vuelve semejante a la mía. Hasta que termino por convertirme en el protagonista que buscaba. Siento y dilucido como él. Aún más, ocupo su lugar como si todos los "seres" rigieran en mí. Me apodero de ese resplandor abstraído. Él ingresa en mi conciencia símil a un pájaro que desde las alturas contempla la tierra que le pertenece.
Conjeturo mis pasos hacia un resplandor más distante. Con mi sensación voy trascendiendo el ancestro del tiempo amarrado a las evidencias que aún arden. Desconozco la cuantía del error que pueda acumular en estas tinieblas de peregrinar hacia el ayer. Sé que en este retroceso de la memoria llego a desconocer casi toda su integridad. La conciencia se evapora al mismo tiempo de la aparición de la muerte.
Mi historia es la paralela a cada hombre, no igual. En algún punto del infinito las encrucijadas espacio/ tiempo individuales se fusionan sin memoria, pero con el mismo destino. Sucede al momento que la conciencia se pierde y regresa a la despertenencia de no poder reflexionar. En ese linde en que ya no se "es hombre" nos habremos encontrado en el olvido.

V. El último resplandor. Por inesperados y circunstanciales senderos de coincidencias, Pedro Cossio se convierte en el poseedor de "Opera Omnia". Entonces nuevamente sus hojas debieron mutarse en oráculo, sometido a la requisitoria que da la embriaguez ante lo perpetuo. Pero el libro apenas vislumbra trazos de las bifurcaciones reversas acontecidas. En retribución nos lega una "época heroica" del médico sin interludios ante su paciente.
... En las callejuelas de París un hombre se pierde en el indeciso claroscuro del mañana. En un último resplandor consume su silueta para regresar siglos después en el libro que lo haría eterno en un "aura". Aunque lo hallemos olvidado en su futuro y desconocido en nuestro ayer, entre antipartículas de la memoria.

Notas

* Referencia de la librería en donde fue adquirido "Opera Omnia", asentada detrás de la tapa.
** Luego del fallecimiento de Pedro Cossio (1986), la Fundación que lleva su nombre donó a la Sociedad Argentina de Cardiología varios textos médicos antiguos de su propiedad, que conforman un patrimonio incunable en su valor cultural.

BIBLIOGRAFÍA

1. Botal L. Opera Omnia. Leyden, 1660.

2. Lain Entralgo P. Historia de la Medicina. Barcelona: Salvat Ed; 1978.

3. Singer Ch, Underwood EA. Breve Historia de la Medicina. Madrid: Guadarrama Ed; 1966.

4. Trainini JC. Historia de la Circulación de la Sangre. Buenos Aires: Aventis Ed; 2003.

5. Barón Fernández J. Miguel Serveto. Su vida y su obra. Madrid: Espasa Calpe Ed; 1970.

Ficha técnica: Título: "Opera Omnia"

Autor: Leonardi Botalli
Idioma: Latín
Edición: Leyden, 1660
Tamaño: 10 × 15 cm
Páginas: 82
Capítulos: 10