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Anuario de investigaciones

versão On-line ISSN 1851-1686

Anu. investig. vol.17  Ciudad Autónoma de Buenos Aires jan./dez. 2010

 

PSICOANÁLISIS

Las categorías clínicas de la neurosis y la perversión en el Seminario 16

The clinical categories of neurosis and perversion in the XVI Seminar

Mazzuca, Roberto1

1Licenciado en Psicología. Profesor en Filosofía. Profesor Consulto, UBA. Director del Proyecto UBACyT (2008-2010) "El concepto de identificación: sus transformaciones, variedades y relaciones con la estructura de la histeria en el último período de la obra de J. Lacan (1974-1981)". E-mail: mazzuca@psi.uba.ar

Resumen
Este trabajo se propone delimitar con precisión las categorías clínicas de perversión y neurosis tal como Lacan las elabora en su Seminario 16 en íntima relación con las nociones estructurales introducidas en ese seminario: fundamentalmente la estructura topológica del Otro estructurada por el significante y sostenida por el objeto (a) y la inconmensurabilidad entre el 1 y el objeto. Se examinan los conceptos que definen la estructura de la neurosis y la perversión en general, como las variedades clínicas que las integran. Se destacan dos momentos: uno en que Lacan opone estas categorías según los ejes anaclítico y narcisista, otro en que abandona este último para pasar a caracterizar la neurosis, al igual que la perversión, respecto del Otro, el goce y el objeto (a). En la transición entre uno y otro se sitúa la fobia como placa giratoria desde la estructura de la perversión hacia alguna forma de neurosis.

Palabras clave: Perversión; Neurosis; Relación anaclítica; Relación narcisista; Eclosión de la neurosis

Abstract
This paper is aimed to accurately delimit the clinical categories of perversion and neurosis, exactly as Lacan elaborates them in his XVI Seminar, in close connection to the structural notions presented in it. Mainly, the topological frame of the Other structured by the significant and sustained by the (a)object and the immeasurability between the 1 and the object. The concepts that define the neurosis and the perversion are examined in general as well as the clinical varieties that integrate them. Two moments are highlighted: one in which Lacan opposes these categories according to the anaclitical and narcissistic cores, and, the other, in which Lacan abandons this last idea to characterize neurosis, the same as perversion, with regard to the Other, the lust and the (a) object. In the transition between one and the other, the phobia is situated as a rotating plate from the perversion structure to some neurosis form.

Key words: Perversion; Neurosis; Anaclitical relationship; Narcissistic relationship; (a) Object

Introducción
El tema de este trabajo se ubica en la que puede denominarse "clínica intermedia" de la obra de Jacques Lacan. Se ha cristalizado la denominación "primera y segunda clínicas" de Lacan (24) para referirse, respectivamente, a la que se desarrolla en la primera fase estructuralista de su enseñanza, y a la que se despliega a partir de la introducción del nudo borromeo. Esta denominación omite el período intermedio donde, sin embargo, Lacan construye una clínica con características peculiares, íntimamente enlazada con las nociones que elabora en ese momento de su enseñanza. Si la primera clínica tiene como eje el mecanismo de forclusión o de afirmación del significante del nombre del padre con sus consecuencias en la operación de la metáfora paterna sosteniendo, o no, la significación fálica; y la segunda se asienta sobre la distinción entre los anudamientos borromeos y no borromeos y las suplencias que remedan las fallas del nudo; esta clínica intermedia se trama fundamentalmente alrededor del goce excluído y sus formas de retorno (sea en el Otro o en el cuerpo); y en torno al objeto (a)1, sea su extracción o no del campo de la realidad o su intervención en la operación del fantasma.
Dentro del extenso período en que se desarrolla esta clínica intermedia, que abarca desde el Seminario 7 al Seminario 19, este trabajo está destinado específicamente a reconstruir la clínica que Lacan introduce en el Seminario 16, en el cual se produce el intento de redefinir de una manera sistemática las categorías clínicas psicoanalíticas de la perversión y la neurosis en función de la estructura del Otro determinada por el objeto (a), denominado en este seminario, precisamente para destacar esa relación de determinación, el en-forma del Otro. Delimitar con precisión los diferentes conceptos que integran esta clínica, y sobre todo señalar el eje que distribuye sus distinciones, permitirá reconstruir el modo en que se definen las categorías clínicas de neurosis y perversión. Aunque la categoría de la psicosis está ausente en el desarrollo de este seminario, se la puede restituir con plena coherencia.

1. Estructura y clínica
Ante todo, debe señalarse que las referencias clínicas del Seminario 16 no surgen de manera incidental, ni mucho menos lateralmente, sino que se construyen en íntima relación con los conceptos trabajados a lo largo del seminario, y en especial, con los novedosos desarrollos que aquí introduce Lacan sobre la estructura del Otro. Clínica y estructura resultan tan solidarias que, sin entender cabalmente los conceptos que componen la última, es imposible aprehender en su justo alcance y significado el contenido de las diferentes categorías clínicas. Por esta razón, aunque resulta imposible en el espacio de este trabajo exponer las innovaciones que en el plano de la estructura Lacan despliega en el Seminario 16, es necesario por lo menos caracterizarlas.
La primera concepción del objeto (a), introducida en el Seminario 10, se complejiza mucho en el Seminario 16. Sin perder su función de causa en relación con el deseo, se agrega la función de plus de gozar. No se trata sólo del agregado de una función, sino que ésta a su vez corresponde a un cambio en el modo de concebir su estructura. "Si el objeto (a) puede funcionar como equivalente del goce -dice Lacan promediando el seminario- es debido a una estructura topológica" (p.226). Mientras inicialmente, en Seminario 10, en su relación con el Otro, el objeto (a) era el resto de un proceso de simbolización presentado con el modelo de la división, en el Seminario 16 aparece sustentando la estructura simbólica del Otro. Se trata de un Otro que, en continuidad con su enseñanza anterior, sigue siendo el lugar de los significantes, pero ahora está estructurado. Aquéllos no se inscriben como un agregado o enjambre, ni tampoco ordenado sólo en cadenas de significantes. Es un Otro con un ordenamiento topológico estratificado a partir de principios lógicos en íntima relación con la concepción del objeto (a).
La fórmula introducida en el Seminario 9: "el significante representa el sujeto para otro significante", que Lacan nunca abandonará, resulta esencial en el Seminario 16. Sin embargo, mientras inicialmente esta fórmula respondía a un modelo lingüístico: la cadena de los significantes donde el sujeto se ubica en los intervalos, en el Seminario 16, en cambio, queda inscripta en un ordenamiento lógico del que resulta un Otro con una topología estratificada. Lacan utiliza en este seminario fundamentalmente el par ordenado y la teoría de los conjuntos El otro significante no es un segundo eslabón en una cadena sino que se inscribe en el Otro como el conjunto de los otros significantes. Lacan lo grafica de la siguiente manera:

Es una estructura donde al final, independientemente de la cantidad de capas con que se lo represente, aparece un conjunto vacío. Éste representa el objeto (a). Es un lugar vacío, un agujero, un lugar en el Otro donde no hay significantes; es exterior al lugar de los significantes al mismo tiempo que se ubica en lo más íntimo del Otro, es éxtimo, según el neologismo de Lacan.
De este modo, el objeto (a) representa la estructura del Otro con el cual queda en una relación de equivalencia: se "justifica igualar este residuo, aunque distinto bajo la función del a, con el peso del Otro en su conjunto" (x, p.226). En consecuencia, se puede afirmar tanto que el Otro está estructurado en-forma de (a) -según el término forjado por Lacan- como que el (a) es el en-forma del Otro. "El a juega como máscara de esa estructura del Otro que llamé, en cuanto es lo mismo que este a, el en-forma de a" (p.276). "Lo vemos así, en suma, ahuecarse por lo que llamé la última vez el en-forma de A, a saber, ese a que lo agujerea" (p.283).
El campo del Otro es un campo vaciado de goce. Pero ese lugar vacío, justamente por carecer de significantes, va a funcionar como atracción, como recuperación del goce. De este modo el objeto (a) queda "en posición de funcionar como lugar de captura del goce" (p.227).
Promediando el seminario, en la clase XVI, titulada Clínica de la perversión, Lacan hace un pasaje a la clínica y propone que lo esencial de la estructura perversa consiste justamente en la operación por la cual se devuelve al Otro el goce, se le devuelve el objeto (a): "Devolver a a ese del que proviene, el Otro, es la esencia de la perversión" (p.275). Del nivel de la estructura pasa a la clínica o, con los términos de Lacan, traduce estructura en clínica: "Al volver de estas perspectivas radicales a nuestra experiencia y al examinarla de más cerca, vemos de inmediato cómo se traducen las cosas en la clínica".
Encontramos diversas expresiones: "es partidario de que el Otro existe" (p.231), o "el perverso es aquél que se consagra a tapar el agujero del Otro" (p.230)2. También dice "es un defensor de la fe" (ibid.), es decir, cree en el Otro, fórmula que resulta esclarecedora en los casos en que el acto perverso se dirige a Dios, una de las más frecuentes personificaciones del Otro en nuestra cultura: "deteniéndose un poco más en las observaciones con esta luz que hace del perverso un singular auxiliar de Dios, verán cómo se aclaran rarezas [...] que un exhibicionista no se muestra en sus jugueteos solo ante las muchachas, también lo hace frente a un altar" (ibid.)3. No se trata aquí de una desviación del acto perverso, por el contrario, el acto del exhibicionista ante Dios responde claramente a la estructura de la perversión porque en ésta se apunta claramente al Otro. En los actos perversos comunes esto queda más disimulado, pero el hecho de que no sea manifiesto o que aparezca más disfrazado, no implica menos que lo que realmente importa en el acto perverso es el Otro con mayúscula.
Lacan mantiene esta definición, reiterándola de diferentes maneras a lo largo de todo el seminario. Otras de las fórmulas utilizadas: "Llamo perversión a la restauración, de algún modo primera, a la restitución del a al campo del Otro" (p.266), "en la perversión el propio sujeto se ocupa de suplir la falla del Otro" (p.241). Sobre el final del seminario, vuelve sobre esta perspectiva y afirma: "hay una estructura psíquica que restaura [...] al Otro en su aparente integridad [...]. Me refiero a la estructura perversa." (p.347) Todas esas fórmulas tienen las mismas referencias estructurales y carecen de su justo significado si no se conocen los desarrollos de Lacan que hemos resumido.
Aunque el título que se la ha dado a la clase XVI sea Clínica de la perversión, desarrollada en los parágrafos 2 y 3, ésta se dedica también a la neurosis, que proporciona el contenido del parágrafo 4. Se ve entonces que el propósito de Lacan no es el de limitarse a la traducción clínica en el campo de la perversión sino proponer una revisión más amplia de la clínica para actualizarla según los conceptos que viene elaborando en su enseñanza.
La clínica de la neurosis no es desarrollada en esta clase sino apenas introducida. Esta restricción es justificada por Lacan por limitaciones de tiempo: "Como elaborar todo esto era delicado, me llevó mucho tiempo, y la hora avanzó. Me contentaré entonces con anunciar cuál es el problema del neurótico" (p.236). Se anuncia así un programa que encontrará su continuación en las clases siguientes del seminario, que de entrada ubica a la neurosis en oposición con la perversión: "La próxima vez intentaré mostrarles que es a nivel del narcisismo secundario, en su forma caracterizada como captura imaginaria, donde se presenta para el neurótico, de una manera completamente distinta de lo que ocurre con el perverso, el problema del objeto a" (p.237).
Así, mientras la perversión se define en el nivel de las relaciones del sujeto con el Otro, S-A, la neurosis es presentada en el al eje del narcisismo, es decir, de las relaciones del yo con la imagen especular, m-i(a). Mientras el objeto (a), en su condición éxtima, resulta inherente a la estructura del Otro, en el campo del narcisismo no se especulariza. De este modo, se alza como obstáculo en el afán identificatorio del neurótico: "se trata para él de la imposibilidad de hacer encajar el objeto a en el plano imaginario, en conjunción con la imagen narcisista" (ibid.). Además de "centrar el problema del neurótico" de esta manera, Lacan afirma, sin ninguna aclaración ulterior, que éste se manifiesta en el hecho"de que el sujeto como neurótico está precisamente destinado al fracaso de la sublimación" (p.238). Enunciado que recién encontrará su justificación sobre el final del seminario.

Vemos entonces que la clínica de la perversión y de la neurosis se distribuye según dos imposibilidades estructurales. En la perversión, la imposibilidad de colmar el agujero del Otro. En la neurosis, la imposibilidad de conjugar el objeto (a) con la imagen narcisista. Mientras el perverso se desplaza en el eje de la relación con el Otro, el neurótico lo hace en la relación con la imagen especular.
No hay en este seminario una referencia explícita a la psicosis, que había sido considerada, poco tiempo antes, desde la perspectiva de la no extracción del objeto (a) (19) y del retorno del goce en el Otro (20). En la perversión no se trata de este retorno de lo real del goce sino de un goce entramado en el fantasma. Para el perverso, tanto como para el neurótico, el campo del Otro está vaciado de goce, y es para remediar esa privación que se motiva el acto perverso. El neurótico, por el contrario, la redobla y la refuerza con la prohibición del goce. Se ve entonces que la clínica de la perversión y de la neurosis que se propone en el Seminario 16 se articula de una manera coherente con la clínica de la psicosis elaborada en una etapa inmediatamente anterior.

2. Clínica de la perversión
Antes de desarrollar sus nociones sobre la clínica de la perversión, Lacan da algunos pasos que consisten en aclaraciones fundamentales para la correcta ubicación del tema. En el primero, se detiene a separar los neuróticos de los perversos. Reconoce que muy temprano en la obra de Freud surgió la relación entre perversión y neurosis, una como negativo de la otra. Lacan considera que en el psicoanálisis se banalizó esta propuesta freudiana y, de un modo simplificado, se llegó a ver a la neurosis como la represión de una perversión, y a ésta como la manifestación de lo que la neurosis reprime. Esto condujo a la poco feliz idea de que en la perversión todo es manifiesto. Nada más falso, ya que el curso de una perversión está sujeto a vicisitudes tan complicadas como la neurosis misma, hay también momentos de latencia, momentos de desencadenamiento, etc.
Lacan pregunta entonces, "¿debemos seguir fiándonos enteramente de que estos fantasmas neuróticos nos permitirían reclasificar la perversión, transformarla desde fuera a partir de una experiencia que no proviene de los perversos?" (p.228). Encontramos aquí otro desliz del traductor4. Lo decisivo para posicionarse de un modo correcto en el momento de abordar el campo de la perversión es percatarse de que todo lo que Freud produjo en ese campo lo obtuvo en su experiencia con pacientes neuróticos. Freud nos habló de la perversión del neurótico, no nos habló del perverso. No se trata de los componentes perversos que retornan de lo reprimido en los síntomas neuróticos, ni de destacar un deseo perverso en el texto de una neurosis; tampoco de los fantasmas perversos que, al igual que pegan a un niño provienen del trabajo con sujetos neuróticos. La clínica de la perversión que Lacan propone en este seminario no se aplica a la perversión en la neurosis sino a lo que Lacan llama, para distinguirla, "la perversión misma" (p.228), o "la verdadera perversión" (p.233).
Esta borrosa delimitación entre perversión y neurosis es algo generalizado en los psicoanalistas, independientemente de su orientación. Pasa con Freud, con Melanie Klein y sus discípulos (23), y con Lacan mismo en la primera parte de su enseñanza, donde todo lo que desarrolla sobre el fetichismo, el exhibicionismo y otras formas de perversión, se plantea alrededor de la identificación del sujeto en el lugar del falo; también allí se trata de la perversión en la neurosis (25). La perversión de los perversos en la enseñanza de Lacan es inaugurada en el Seminario 16 y específicamente en esta clase XVI del Seminario 16.
En un segundo paso, Lacan llama la atención sobre el hecho de que, a pesar de que Freud privilegiara la pulsión oral y anal, tanto en la subjetividad del neurótico como en el desarrollo libidinal en general; sin embargo, en el momento de ocuparse de la pulsión para definir sus componentes, enfoca su atención en otras pulsiones que se presentan como pares de opuestos: las pulsiones escoptofílica y sadomasoquista (6). Los objetos oral y anal, en la enseñanza de Lacan, se vinculan más estrechamente con la demanda: al Otro, en el primer caso; del Otro, en el segundo. Por eso fueron investigados preferentemente en la estructura neurótica, donde predomina la demanda. En la perversión, pasan a primer plano los otros objetos, la mirada y la voz, delimitados por Lacan junto con la construcción del objeto (a), como dos de sus formas, pero que, como se aprecia en su comentario, no están del todo ausentes en la obra freudiana.
Finalmente, y ya para abordar el núcleo de la cuestión, Lacan disipa otra perspectiva errónea, "que la función del perverso está lejos de fundarse en un desprecio hacia el otro, el partenaire, como se sostuvo mucho tiempo" (p.230). Es el habitual caballito de batalla: que el perverso no tiene en cuenta al otro, que lo maltrata, que no lo respeta como un sujeto, que lo cosifica. Lacan agrega que habrá que calificar esa función de una manera mucho más rica. Esto es, teniendo en cuenta que el Otro es el destinatario del acto perverso y que éste "vela por el goce del Otro" (p.231). ¿Qué puede haber ocasionado el espejismo que sugiere la idea de un desprecio hacia el partenaire?, pregunta Lacan. Sólo se explica por haber olvidado que "más allá del sostén que éste da al otro, está la función fundamental de ese Otro que se encuentra siempre allí, bien presente, cada vez que opera la palabra, la función del lugar de la palabra donde todo partenaire está incuido..." (ibid.).
La clave para entender el exhibicionismo y el voyeurismo radica en la mirada: "En este campo del Otro, en la medida en que se encuentra desierto de goce, el acto exhibicionista se plantea para hacer surgir allí la mirada" (ibid.).
Ya en el Seminario 6 Lacan sostenía que en el acto exhibicionista, aunque el otro se vea alcanzado en su pudor, se trata de producir una mirada. Consecuentemente, subrayaba que el goce del exhibicionista nunca llega a su acabada realización si no se produce esa mirada especial en el Otro. Esa mirada que es el signo de que el deseo y el goce del Otro han sido alcanzados y tocados. Un deseo o un goce probablemente reprimido, oculto. No hay que preguntar a la conciencia del otro si le gustó y si gozó. El pudor y el escándalo constituyen índices de un deseo inconsciente y un goce rechazados. Pero lo que da el signo de que el goce del Otro ha sido tocado es esa mirada que se suscita en la victima. Vemos entonces que ya en aquel seminario lo esencial del acto exhibicionista era provocar esa mirada en el Otro. Aunque, sin contar todavía con el objeto (a) y los desarrollos estructurales del Seminario 16, Lacan no podía conceptualizarlo todavía como una devolución del (a) al Otro.
En cuanto al voyeurismo, desde esta perspectiva que hace del goce del Otro el fin mismo de la perversión, debe decirse que falla en su acto. Lo que le importa al voyeur es "interrogar en el Otro -sostiene Lacan- lo que no puede verse" (p.232), pero fracasa en suscitar su goce. En lugar de que la mirada aparezca en el Otro, como en el exhibicionista, es él, el voyeur, quien con su propio fantasma agrega un suplemento para creer que alcanza al Otro.
Esto hace ver que no hay una simetría entre exhibicionismo y voyeurismo, y que uno no es lo contrario del otro: "esto demuestra que ninguna pulsión es simplemente lo inverso de la otra, que son disimétricas, y también que lo esencial es la función de un suplemento, de algo que a nivel del Otro interroga lo que falta al Otro como tal, y que lo arregla" (p.232).
Antes de dejar el análisis de la pulsión escoptofílica para ocuparse del sadomasoquismo, Lacan hace un comentario sobre un pasaje de El ser y la nada que contiene, dice, "un análisis que tiene algo de imperecedero" (p.232). Se refiere a la posición ridícula y de humillación en que cae el voyeur cuando es sorprendido espiando por el ojo de la cerradura. Hay que subrayar que Lacan aclara que no se trata de la vergüenza por el ejercicio de su goce de mirar, sino de una herida narcisista por ser atrapado en la postura de no ver. Muy seguro de sí mismo cree estar mirando lo que en el Otro no puede verse, y de repente el Otro le demuestra que él no ve. Aunque Lacan no lo diga, vemos en este comentario una anticipación de lo que más adelante planteará sobre la función del narcisismo en la fobia, el cual introduce un giro que desplaza y extrae al sujeto de su posición perversa.
Algo análogo a lo que ocurre entre exhibicionismo y voyeurismo se verifica entre masoquismo y sadismo: "En la pulsión escoptofílica, como señalé, hay uno que logra lo que se propone, a saber, el goce del Otro, y otro que sólo está allí para tapar el agujero con su propia mirada, sin conseguir que el otro vea siquiera un poquito más lo que es. Ocurre más o menos lo mismo en la relación entre el sádico y el masoquista, siempre que se perciba dónde está el objeto a" (p.233). ¿Cuál es este objeto en estas formas de perversión?
Creer que la clave del juego sadomasoquista está en el dolor, es el falso señuelo que nos hace perder la correcta orientación, tanto como ocurría con el pudor en el exhibicionismo. La cuestión obtiene un esclarecimiento si examinamos una práctica ejercida desde tiempos remotos y que ha renovado su presencia -resucitado, dice Lacan- en nuestra cultura: la tortura. En otra época, estaba normativizada en el ámbito judicial, en las últimas décadas se la ejerce en nombre de la patria o del bien. Cualesquiera sean las razones que se aduzcan para justificarla, éstas son siempre secundarias. Lo que se ve bien en ella es que se trata "de despojar a un sujeto -¿de qué? De lo que lo constituye en su fidelidad, a saber, su palabra" (p.234).
Sin embargo, la palabra no es tampoco el objeto (a). Es una aproximación al buen camino, pero produce un malentendido porque favorece el espejismo de una simetría inversa entre sadismo y masoquismo, simetría que Lacan rechaza al igual que lo hizo con el par escoptofílico. En una misma dirección que el texto de Deleuze (1) de esa época, y aunque no lo señale de manera explícita, se trata de una crítica que marca una clara diferencia con Freud, quien unió ambas perversiones en el término sadomasoquismo. Es notable que en la clase que estamos examinando, Lacan conserva el término, aunque no los supuestos que llevaron a construirlo.
Es verdad que el verdadero masoquista -y en esto el paradigma es Sacher Masoch- se despoja de su palabra. "Organiza todo", dice Lacan, para no tener la palabra. Destaco la expresión porque apunta a disipar otro señuelo: el del dominio. En la escena masoquista el Otro ocupa el lugar del amo, pero lo hace según el guión fantasmático establecido por el sujeto. ¿Quién es el verdadero amo, el que juega su papel en la escena o el que la organiza?
En los contratos masoquistas que Masoch escribía, renuncia a su condición de sujeto, no tiene más derechos que un animal, que debe obedecer la voz del Amo. Se trata del objeto voz. "Lo esencial de la cosa es que el masoquista haga de la voz del Otro [...] eso que va a garantizar respondiendo como un perro" (p.234). El acto masoquista apunta entonces a sostener un Otro completado por la voz. "A la manera en que hace poco vimos que goza el exhibicionista, el eje de gravedad del masoquista se juega en el nivel del Otro y de la remisión a él de la voz como suplemento, no sin que sea posible cierta irrisión, que aparece en los márgenes del funcionamiento masoquista" (p.235). "Irrisión" alude aquí a que se trata de un juego, como apuntamos antes, de la actuación del guión de una escena fantasmática.
En cuanto al sádico, también intenta completar al Otro quitándole la palabra e imponiéndole la voz. Pero se trata de su voz, no de la voz en el Otro, por lo cual no alcanza la meta perversa. De este modo, Lacan concluye sobre el sadismo, comparándolo con el voyeurismo: "El juego de la voz encuentra aquí su pleno registro. Sólo que el goce, exactamente como en el caso del voyeur, escapa. Su lugar está enmascarado por esta sorprendente dominación del objeto a, pero el goce no está en ninguna parte. Claramente el sádico no es más que el instrumento del suplemento dado al Otro, pero en este caso el Otro no quiere." (p.236)
Finalmente, antes de dejar el tema de la perversión para pasar a ocuparse de la neurosis, Lacan vuelve a subrayar el lugar preponderante de la estructura y no tanto de las vivencias y la sensibilidad, para esclarecer las diferentes particularidades de las diversas formas clínicas: "Tal es la estructura de estas pulsiones, en la medida en que revelan que un agujero topológico es capaz de fijar por sí solo toda una conducta subjetiva. Como ven, todo lo que se forja en torno a pretendidas Einfühlungen perfectamente merece ser relativizado." (ibid.)

3. Clínica de la neurosis
Mientras en la clínica de la perversión, Lacan procede con un estilo apodíctico y muestra una teoría contundente en sus referencias estructurales, donde la tesis principal se modula coherentemente con la diversidad de las formas clínicas; al abordar la neurosis, por el contrario, avanza por sucesivos esbozos que no terminan de tomar forma de manera inmediata. Ya mencionamos el comienzo de ese parágrafo 4, cuando dice que desplegar la teoría de la perversión "me llevó mucho tiempo, y la hora avanzó. Me contentaré entonces con anunciar cuál es el problema del neurótico". Pero en la clase siguiente encontramos otra vez esta justificación: "No diré hoy qué constituye un nudo para el neurótico porque me vería forzado a ir demasiado rápido. Pero indicaré [...]. No hago más que indicar puertas de entrada que son las que empujaremos en las futuras sesiones." (p.253) De este modo, mientras el desarrollo de la clínica de la perversión se encuentra concentrado en la clase XVI, y las menciones posteriores en el seminario recaen sobre cuestiones marginales o simplemente reafirman las tesis principales ya introducidas; la elaboración de las nociones en torno a la neurosis, en cambio, va transcurriendo de manera dispersa, fragmentariamente, con sucesivas indicaciones a lo largo de varias de las clases siguientes.
Al comienzo hay dos indicaciones fundamentales. En primer lugar, remite a su escrito sobre el informe de Lagache (13), que es presentado aquí por Lacan como el principio de su reflexión sobre el tema: "Pueden encontrar los primeros trazos de esto ya perfilados de manera perfectamente clara en ese artículo, que retomaré para articularlo en detalle" (p.238). Es por esto que deberemos incluir en nuestra exposición algunas de sus proposiciones aun cuando Lacan no las mencione explícitamente en el seminario sino que las dé por supuestas.
La segunda indicación constituye una fuerte crítica a la teoría de la identificación de Freud, la que resulta cuestionada en bloque. Justamente su artículo Observaciones sobre el informe de Daniel Lagache, sostiene Lacan, resulta "indispensable para orientarse en lo que tiene de desviado todo lo que se dice en el texto freudiano a propósito de la identificación" (p.236). Señala las vacilaciones de Freud sobre el tema, que lo conducen a proponer tesis contradictorias en diferentes momentos de su obra. En su giro de 1910, con la introducción del narcisismo, Freud hace del yo el primer objeto de la libido, su reservorio originario desde donde se dirige a cargar los objetos. En el giro de 1920, en cambio, el depósito originario de la libido no es el yo, es el ello, y el yo se libidiniza identificándose con estos objetos del ello. La posición del yo permanece entonces problemática, ya que queda indeterminado si constituye la fuente y el punto de partida de donde emana el interés por los objetos, esto es, la libido yoica trasvasada en libido objetal; o bien si, por el contrario, secundariamente el yo se identifica con los objetos del ello para obtener así su amor. Esta crítica es enunciada por Lacan en un breve párrafo, por eso difícil de entender. Lacan concluye: "Esto nos lleva a plantear de modo radical, a replantear, todo el tema de la identificación" (ibid.).
El replanteo en el texto de las Observaciones..., utilizando el esquema de los dos espejos, implicab que la imagen narcisista, el yo ideal, se sostiene desde lo simbólico del Otro por el rasgo de identificación del ideal del yo. La trampa del neurótico apunta a mantener una posición del espejo plano fijada en el punto en que aquella imagen se presenta como amable, en el sentido de susceptible de ser amada. La operación del analista tiende a la movilidad del espejo para hacer aparecer allí otras imágenes del yo mantenidas en el desconocimiento, esto es, hacer caer las identificaciones yoicas.
Aquí, en el Seminario 16, esta relación del neurótico con el Otro, es presentada alrededor del Uno, querer ser Uno con el Otro. Al introducirla, la fórmula de Lacan resulta algo enigmática: "Si el neurótico se encuentra confrontado con los problemas narcisistas, es sólo en la medida en que él pretende ser Uno en el campo del Otro" (ibid.). Se requieren algunos pasos intermedios para esclarecerla. De manera abreviada, podemos afirmar que se trata de releer el informe sobre Lagache pero ahora desde la perspectiva del objeto (a), todavía no construido por Lacan en el momento de redactar aquel texto.
El neurótico cree, pero los psicoanalistas también, en la medida en que su saber fue elaborado a partir de la experiencia con neuróticos, "que hubo en alguna parte para el neurótico una relación, no de suplemento, sino de complemento con el Uno, y con eso investimos la pulsión oral" (p.237). No se hace referencia entonces a un suplemento, como en la perversión, donde se trata de suplir una falla, sino de complemento, haciendo Uno con el Otro. Lacan denuncia aquí los dos mitos pulsionales: el mito del don, en torno a la pulsión anal y el mito de completud, en relación con la pulsión oral (p.230). En éste el niño es concebido como formando primitivamente una unidad con la madre, paraíso que se pierde en el acto del nacimiento, en una de sus variantes, o en el destete, en otra de ellas, en que el niño se separaría de esa unidad primera. Esto aparece en la experiencia del neurótico, pero que los psicoanalistas lo redoblen con el mito de la completud oral, no es sino entrar en su juego, "justo lo necesario para caer en la trampa del neurótico" (p.237).
Nunca hay unidad, ni complemento con el Otro, sostiene Lacan, porque el objeto (a) se interpone, impide que haya coincidencia, no hay común medida entre el Uno y el (a): es una de las principales tesis examinadas una y otra vez, desde distintos ángulos, a lo largo del Seminario 16. Y en cuanto a la pulsión oral: "con la sola condición de librarse de la fascinación del neurótico, la pulsión oral también se caracteriza por centrarse en torno de un tercer objeto que se sustrae, tan inasequible en su género como la mirada y la voz" (ibid.).
El objeto oral concebido con el modelo de la placenta, es una perspectiva novedosa en el psicoanálisis, introducida por Lacan ya en el momento de proponer sus nociones sobre el objeto (a) en el Seminario 10. El niño, antes de nacer, no está inmerso en una unidad con el cuerpo de la madre, es un parásito en ese cuerpo, del que extrae sus nutrientes por medio de la placenta. Ésta tampoco es parte del cuerpo de la madre, está adherida a él como una placa. Se forma a partir del huevo primitivo, es decir, forma parte del conjunto en que está incluido el niño. Al nacer, sostiene Lacan, el niño no se separa de la madre sino de la placenta y de las envolturas. O, si se quiere una exactitud mayor, el niño para separarse de la madre debe separarse de la placenta. No hay un corte en el nacimiento, hay dos cortes en lugares diferentes. El corte del cordón separa al niño de la placenta. El otro corte es la separación de ésta del cuerpo de la madre. El objeto oral, el pecho, debe concebirse de la mismo manera, con el modelo de la placenta. Está adosado al cuerpo de la madre igual que la placenta, y no es de la madre sino del niño. Es su complemento, forma con él una unidad, si se quiere; pero ésta no es una unidad con la madre. En el destete, el niño se separa de una parte de sí mismo: "tras el seno, y tan adherido como él al muro que separa al niño de la mujer, está la placenta. Nos recuerda que, lejos de que el niño forme un solo cuerpo con el cuerpo de la madre, [...] está quebrado, roto por ese elemento añadido a este envoltorio. [...] en el nivel de la pulsión es ineliminable la función de un tercer objeto que llamé placa [...]." (p.237)
Ahora sí, contamos con los elementos para leer la fórmula de Lacan acerca del neurótico y su problema. El objeto (a), en posición tercera, se interpone entre el sujeto y el Otro en el afán del neurótico de hacer Uno con él. O dicho en los términos del informe de Lagache, perturba la identificación ideal con que pretende sostener su imagen narcisista. Pero el neurótico lo desconoce. Si en el texto de ese informe se había definido la dirección de la cura como la caída de las identificaciones, en la clase siguiente a la que estamos examinando puede afirmarse: "Toda cura de la neurosis que se limita al agotamiento de las identificaciones del sujeto, es decir, de aquello por lo cual él se reduce al Otro, no conlleva ninguna promesa de resolución de lo que constituye un nudo para el neurótico" (p.253). Si Lacan ahora señala esta limitación, es porque se requiere, además de la disolución de esas identificaciones, que se haga presente el objeto por medio del trabajo de construcción y atravesamiento del fantasma, hasta que, al final, "el analista termina por volverse la mirada y la voz de su paciente, [...]" (ibid.).
Esto nos permite entender un párrafo de la clase XVIII que sin estas aclaraciones previas resultaría oscuro. Presenta dificultades que lo hacen casi ininteligible en la versión de la edición castellana del seminario. Por esta razón daré de él una traducción más literal: "Se trata del objeto a en tanto liberado. Es él quien plantea todos los problemas de la identificación. Es con él que se debe, a nivel de la neurosis, terminar con ellos para que la estructura se revele en aquello que se trata de resolver, a saber, el significante de A barrado, la estructura a secas"5. (p.268) Es un párrafo casi tautológco: el objeto (a) es la herramienta con la cual se pueden disolver los problemas de la identificación para que se revele la estructura de la falla en el Otro, es decir, el objeto (a).
De este modo, quedan también esclarecidas otras fórmulas que propuso Lacan en la clase XVI: "En efecto, se trata para él de la imposibilidad de hacer encajar el objeto a en el plano imaginario, en conjunción con la imagen narcisista." (p.237) Como se dijo en la Introducción de este trabajo, mientras el perverso se enfrenta con la imposibilidad derivada del objeto (a) en el nivel de la relación con el Otro, el neurótico se enfrenta con esta
imposibilidad en el nivel especular. Esto nos conduce al siguiente punto de nuestro trabajo.
En relación con el grafo del deseo (14), la posición del perverso se ubica en el piso superior, en S , algoritmo que Lacan modificará para esa posición subjetiva. La posición del neurótico, en cambio, queda enmarcada en los cuatro puntos de los entrepisos: yo, deseo, fantasma e imagen especular, en los que se ve cómo la cadena simbólica tiene su apoyo en lo imaginario, se fija en efectos imaginarios: (p.238). "Así se explica que sea entre el campo del yo, tal como se ordena especularmente, y el del deseo, en la medida en que se articula en relación con el campo dominado por el objeto a, donde se juega la suerte de la neurosis" (p.267).
Con esta referencia a los pisos y entrepisos del grafo, Lacan retoma la oposición entre perversión y neurosis, oposición que despliega sobre todo en las clases XVIII, XIX y XX que pasaremos a considerar. Comienza recordando que definió la perversión como la restitución del objeto (a) al campo del Otro, y que por eso lo comparó irónicamente con el hombre de fe: "Él le da a Dios su verdadera plenitud" (p.266). En cuanto a la mujer, se trata de remediar ese efecto mayor del significante que es la castración. "La perversión es la estructura del sujeto para quien la referencia a la castración, a saber, que la mujer se distinga por no tener el falo, está tapada, enmascarada, colmada por la misteriosa operación del objeto a" (ibid.). En este sentido, con un juego de palabras humorístico, designa al Otro del perverso como hommelle: hombre-ella (p.267). Y como se trata de un Otro sin falla, propone modificar el algoritmo S y escribirlo, para la estructura perversa, S (A), Otro sin barrar, el cual da la clave de la perversión.
A la inversa, el neurótico, no tapona la castración, la manifiesta por medio de la angustia. Pero además, muestra esta falla del Otro, no a nivel del significante sino del significado, por lo cual Lacan propone, en oposición a la fórmula de la perversión, escribirla s . "Plantear que el significado del A barrado, marcado por su insuficiencia lógica, se significa plenamente en el neurótico nos aclara lo inaugural de su experiencia. El neurótico no enmascara en qué consiste la articulación conflictiva de la propia lógica." (p.267) El contrapunto con la perversión continúa otra vez con un juego de palabras, si el Otro del perverso es hombre-ella, en el neurótico se transforma en mujer-él, pero escrito no femmil sino famil, es decir, familia-él. Esta vez el humorismo no resulta tan claro. Alude a la función metafórica de la familia, el Edipo, y un ocultamiento de la primera por la tercera persona: el lugar destacado de un Él en el campo de la neurosis, Il, pero donde lo que en realidad se juega en el drama familiar es el yo, Je6. Éste, je, no es el yo especular, que en última instancia es un il, sino que alude a mí, según se define en la primera parte de este seminario cuando se aborda justamente la relación entre yo y (a): "el a en la medida en que es a mí a quien representa, [...] en cuanto a mí, yo soy además a" (p.165). Es decir, aquí "él", no señala una distinción de género sino de persona, no vale como opuesto a ella, sino como tercera persona. El neurótico hace pasar al campo del narcisismo, oculta con la imagen especular lo que verdaderamente está en juego: yo mismo en tanto objeto (a)7. En este pasaje el neurótico no sólo se distancia de sí como ser hablante, sino que se disipa también la verdadera alteridad del objeto.
Es exactamente en este punto de su elucubración, para subrayar la diferencia entre la relación con el otro como imagen especular y el otro como alteridad, donde Lacan retoma y renueva la distinción freudiana entre relación de objeto anaclítica y relación de objeto narcisista: "A nivel del amor [Freud] distinguió la relación anaclítica y la relación narcisista" (p.275).
Este concepto fue introducido por Freud tempranamente para señalar que los primeros objetos libidinales son los mismos de las pulsiones de conservación: fundamentalmente el pecho, la madre, el padre y sus sustitutos, es decir, quienes cuidan al niño. Las pulsiones sexuales se apoyan inicialmente para su satisfacción en las otras pulsiones antes de ejercerse independientemente (3). Con la prohibición del incesto se genera la necesidad de buscar nuevos objetos sexuales. Y aun cuando esto ocurra satisfactoriamente, en el adulto queda como resto una fuerte pregnancia de la imago anaclítica en la elección de pareja sexual (4). Cuando más tarde Freud introdujo la teoría del narcisismo, con ella surgió la dupla de opuestos: relación de objeto anaclítica y narcisista (5), pero también ciertas contradicciones y malentendidos. La propuesta de que el yo es el primer objeto libidinal y reservorio de la libido no compagina muy bien con la tesis de la madre como primer objeto anaclítico. Pero además, "se creyó poder construir al respecto no sé qué elucubración del tipo vasos comunicantes, según la cual la investidura del objeto prueba por sí sola que se salio de uno" (p.275). La alteridad en la relación con el otro se alcanza, no en la relación narcisista sino anaclítica.
Lacan, retoma este concepto de Freud pero, al igual que en sus otros retornos al texto freudiano, lo transforma profundamente (26,27). La relación del niño con la madre, para satisfacer sus necesidades, está mediada por la demanda que dirige al Otro. Se trata del Otro simbólico en tanto real, o sea, de quienes ocupan el lugar del Otro y lo representan: "respecto de lo que sea que pretenda representar al Otro durante un tiempo, y la madre representa este papel tan bien como cualquier otro, el padre, una institución, hasta una isla desierta" (p.276). El concepto de anaclitismo pasa así a designar la relación del sujeto con el Otro, en oposición a la relación del yo con su imagen narcisista. Pero no cualquier relación con el Otro sino más específicamente aquélla del Otro del niño en que el Otro resulta colmado. A Lacan le interesa subrayar, no la relación de dependencia, sino esta particularidad de taponar la falta en el Otro. Y para definir este tipo de relación de una manera estructural, y no solamente como una fase del desarrollo, la hace equivaler a la posición perversa. De este modo sostiene: "La articulación por parte de Freud del anaclitismo como un sostén a nivel del Otro dio lugar al desarrollo de una suerte de mitología de la dependencia, como si se tratara de eso. Me parece a mí que el anaclitismo adquiere su estatuto, su verdadera relación, cuando se define propiamente lo que sitúo a nivel de la estructura fundamental de la perversión. Se trata, a saber, de cierto juego llamado perverso del a por el cual el estatuto del Otro se asegura por estar cubierto, colmado, enmascarado, y que está presente en todo tipo de efectos que nos interesan." (p.276).
Se plantea entonces un concepto de perversión amplio, que va más allá de la patología. Se aplica tanto a una fase normal del desarrollo como a la estructura perversa y sus diversas manifestaciones, patológicas o no: la perversión "que se expresa en muchos otros niveles que no son los de las experiencias patológicas" (p.277)."Para darle una aproximación lógica, se lo puede convertir en un estadio que hay que entender de modo discursivo" (p.276). Pero se trate de una fase o no, de normalidad o de patología, el anaclitismo estructuralmente tiene una única definición, ya no en relación con el falo como en el primer Lacan, sino con el objeto (a) en tanto es devuelto al Otro para colmar su falla. "Esta fórmula -continúa Lacan- es la única que permite entender lo que se puede llamar el efecto de enmascaramiento o ceguera en el que se satisface toda relación anaclítica" (ibid).
En este seminario Lacan retoma su comentario sobre Angelus Silesius y su Peregrino querubínico para indicar una relectura en función del objeto (a): "se ofrece a ser retomado a la luz de la relación anaclítica tal como la defino. Sus hemistiquios, los dísticos cortados [...] son en lo sucesivo imposibles de captar salvo en términos de la relación de Dios y el objeto a" (p.277-8).
Así como asistimos en este seminario a una extensión amplia del anaclitismo, también encontramos en él una acepción muy amplia del narcisismo. Éste remite, como siempre, fundamentalmente a la imagen del cuerpo para el cual la imagen especular cumple la función de"matriz motriz", dice Lacan en la clase XIX con otro juego lingüístico. "Gracias a esta matriz motriz, el organismo calificable por sus relaciones con lo simbólico, el hombre, como se lo llama, se desplaza sin salir nunca de un área bien definida que le veda una región central que es propiamente la del goce. [...]. De este modo cobra importancia la imagen del cuerpo tal como la ordeno a partir de la relación narcisista." (p.278). Pero el narcisismo no se restringe a esta imagen y tampoco solamente a lo imaginario sino a una particular conjunción entre éste y lo simbólico: "todas las funciones que se inscriben en la rúbrica del orden, la jerarquía, también del reparto, y, por esto, todo lo que es del orden del intercambio, el transitivismo y la identificación misma, todo esto participa de la relación especular, que es muy distinta de la anterior [es decir, de la relación anaclítica]" (ibid). Vemos entonces que lo simbólico presenta más de una cara: en una de ellas se verifica su estructura agujereada, en otra, participa de la relación especular y se contagia con algunas de sus propiedades: unidad, armonía, orden, etc.
Esta distinción entre anaclitismo y narcisismo será de inmediato utilizada por Lacan para la exploración de la fobia, a la que considera el primer eslabón que se distingue de la perversión. Se ubica así en continuidad con su elaboración anterior en que la fobia había sido definida como "la más radical de las neurosis" (15). Siempre me pareció que "radical" aquí debía leerse en su sentido etimológico: la raíz de las neurosis. En el Seminario 16 introduce el tema de esta manera: "me gustaría aún abrirles el camino que va de la perversión a la fobia, donde veo el intermediario que les permitirá finalmente situar de manera auténtica al neurótico, [...]" (p.267).
En el Seminario 16, la fobia resulta caracterizada en su secuencia temporal como un pasaje desde el anaclitismo al narcisismo. En la perspectiva del registro estructural, en cambio, Lacan la define como una superposición entre el objeto (a) y la imagen especular. En este sentido, y a partir de una relectura del esquema de los dos espejos del informe sobre Lagache, afirma: "lo que se indica aquí con esta I mayúscula enigmática por la que se le presenta en otro espejo la conjunción del a y la imagen del cuerpo. Esto es lo que pasa en la fobia." (p.278).
Lacan comienza recordando su trabajo sobre el historial de Juanito llevado a cabo en el Seminario 4 y parece anunciar una relectura que incluya el punto de vista del objeto (a) (p.273). Sin embargo, para tratar el tema se aparta de Juanito y elige un caso, que llama "X", tomado de un libro de Helene Deutsch (2), del capítulo titulado"Un caso de fobia a las gallinas". Como había hecho con el caso de Juanito, aquí también el planteo se estructura alrededor del desencadenamiento de la fobia, lo que ocurre antes y después de ese momento. En la situación anterior, las gallinas constituyen el objeto de una alta dedicación de la madre, quien las cría, las cuida y, especialmente, su interés recae en la recolección de los huevos. Lacan destaca la maniobra por la cual palpaba la cloaca para saber si el huevo estaba listo para ser puesto. Esto es lo que más le interesaba al pequeño X, quien, "cuando su madre lo bañaba, le pedía que hiciera otro tanto sobre su propio perineo" (p.279). Lacan subraya entonces que el niño se ubica en el lugar de una gallina aspirando a proveer a su madre el objeto deseado y construye la frase inconsciente: "Dado que tanto te interesan los huevos, es preciso que yo te los ponga". Se trata entonces de devolver al otro el objeto (a). Este primer tiempo de la fobia delimitado por Lacan, o si se prefiere, tiempo menos uno, responde con claridad a lo que definió como relación anaclítica, y permite determinar, por contraste, el sentido de lo que ocurrirá en el tiempo siguiente, cuando la fobia se desencadene.
Un día, un hermano sensiblemente mayor, y por eso notoriamente más fuerte que el pequeño sujeto, que conoce perfectamente -aclara Lacan- todo lo que pasa en el corral, lo tomó desde atrás mientras le decía: yo soy el gallo, vos sos la gallina. El niño se defiende, protesta y exclama: no quiero ser la gallina (I won't be the hen). "Pero por qué dice que no -pregunta Lacan-, cuando antes se encontraba tan bien con su madre pudiendo ser para ella una gallina más, si me permiten, una gallina de lujo, la que no estaba en el corral, [..]" (ibid). La respuesta de Lacan es novedosa respecto de su enseñanza anterior. Afirma que se trata de un interés narcisista. No para proteger su pene, como el argumento con que Freud explica la renuncia al objeto incestuoso, sino por el narcisismo mismo: "a saber, la rivalidad con su hermano, el pasaje a una relación de poder [...]. Como bien prueba el hecho de que el otro lo toma de la cintura, de la cadera, lo inmoviliza, y tanto como quiere, lo mantiene en cierta posición." (ibid.)
Se puede apreciar que el esquema de la aproximación al tema es el mismo que en Juanito. Pero su conclusión es diferente. Un momento anterior, en que ambos niños despliegan gozosamente ciertos juegos perversos en relación con la madre, y luego el momento del desencadenamiento de la fobia, a partir del cual Lacan instala la pregunta: ¿qué pasó, qué cambió, qué elemento intervino para invertir el sentido de la situación?, ¿por qué ahora es fuente de angustia lo que antes era placer? Conocemos las respuestas que da Lacan en el Seminario 4 acentuando especialmente lo que llama el pene real, es decir, la irrupción de un nuevo goce. Pero en la lectura del caso X, omite toda referencia al goce. Lacan se mantiene fiel a las tesis que ha propuesto para distribuir y caracterizar las categorías clínicas de perversión y neurosis: de un lado, el registro del anaclitismo; del otro, el narcisismo. En la fobia, forma clínica que introduce a la estructura neurótica, es la organización narcisista la que irrumpe en el paraíso anaclítico.
La presencia del objeto (a) es delatada por la angustia que "no es ciertamente sin objeto, [...] siempre que se vea bien que este objeto es la apuesta misma del sujeto en el campo del narcisismo" (p.279-80). Se trata entonces de la conjunción conflictiva entre el objeto (a) y la imagen especular, que encuentra su precaria resolución en el tercer tiempo, el de constitución de la fobia. Aquí la definición de Lacan retoma su doctrina tradicional (aunque despojada de toda referencia a la metáfora paterna y su suplencia): "sustituir el objeto de la angustia por un significante que atemoriza, porque respecto del enigma de la angustia la relación señalada como peligrosa es tranquilizadora" (p.280). Se trata de un desplazamiento de lo imaginario a lo simbólico: "La función anterior, que era imaginaria, fracasa. En adelante, la gallina adquiere para él una función perfectamente significante, a saber, le causa miedo." (p.279)
En síntesis, se puede afirmar que en la concepción de Lacan la fobia se motiva en la conmoción producida en una relación anaclítica por el impacto de la organización narcisista. Temporalmente, aquélla es más bien un estadio, tiene cierta duración; el impacto, es instantáneo, o por lo menos, momentáneo, hasta que se encuentra la solución de la fobia. Esta concepción lo conduce a Lacan, hacia el final del capítulo XIX, a definir la fobia no tanto como una entidad clínica permanente sino como una placa giratoria que conduce al sujeto desde una posición perversa a una neurótica: "Ella [la fobia] vira muy frecuentemente hacia los dos grandes órdenes de la neurosis, histeria y neurosis obsesiva, [..]" (p.280). La fobia es placa giratoria, es el eslabón intermediario que realiza la unión entre la estructura de la perversión y alguna de las formas de neurosis.
Sobre el final de la clase siguiente, Lacan vuelve a su examen sobre la fobia. Pero, sorprendentemente, esta vez deja de lado toda referencia al registro del narcisismo. Se centra en el tiempo tercero, la fobia misma, que aborda no sólo volviendo al caso Juanito sino, lo más importante, retornando a sus propuestas anteriores al Seminario 16, las que antes llamé "su doctrina tradicional". Dice sobre el episodio de las dos jirafas: "Subrayé su importancia mostrando que la fobia revela en el fondo la imposibilidad de hacer coexistir la hommelle, a saber, la madre falicizada, cuya relación con Juanito expresa para él la gran jirafa, con lo que quiera que sea allí su reducción. No dibuja la jirafita para mostrar que sería una imagen comparable con la otra, sino que es una escritura en un papel, eso por lo cual él la zerwurzelt, como se expresa en el texto, él la arruga, y se le sienta encima. Lo importante no es aquí la función identificatoria imaginaria de Juanito con el falo, con este complemento de la madre que es en el fondo su gran rival, sino que él haga pasar este falo a lo simbólico, porque allí resultará eficaz, y todos saben de qué orden es la eficacia de las fobias." (p.294) Para explicar esto mismo de un modo más accesible, recurre al vocabulario político y la famosa expresión "tigre de papel". Cuando se alcanza el nivel de una angustia intolerable, el recurso del sujeto es fomentarse un tigre de papel. En cuanto a Juanito, "la hommelle frente a la cual está y que es el fundamento de este mundo, se transforma solita en tigre de papel" (ibid.).
En las clases XX y XXI del Seminario 16, Lacan utiliza, sin definirla, la noción de "eclosión de la neurosis". Para abordarla, conviene señalar que la referencia a esta noción ocurre en un momento del seminario en que Lacan cambia las premisas bajo las cuales venía desarrollando el tema que nos ocupa, enunciadas en la clase XVI, que distribuían perversión y neurosis en los registros de la relación con el Otro, por un lado, y con la imagen especular, por el otro. Es decir, no sólo se desvanece el eje narcisista en el momento de volver sobre la caracterización de la fobia, como señalamos antes, sino que éste no volverá a aparecer en el resto del seminario.
Junto con este abandono, Lacan vuelve a exponer sus verdades primeras sobre el sujeto, el significante y la estructura del Otro, como lo había hecho en la clase XVI. Pero esta vez para concluir, en su traducción a la clínica, algo diferente a lo propuesto en aquella clase: que para entender correctamente la estructura de la neurosis, y en especial, el complejo de castración que la caracteriza, hay que situarlos entre tres vertientes: el Otro, el goce y el objeto (a). Curiosamente, los tres términos con que, en el momento anterior, había caracterizado la estructura de la perversión. Se ve entonces que Lacan se propone ahora oponer la neurosis a la perversión en el mismo registro en que había desplegado esta última.
En esta oportunidad, Lacan se detiene mucho más que en la clase XVI, tanto en señalar la cuestión de la exclusión del goce, como en considerar el problema del goce que resulta admitido en la red significante. Es justamente por su exclusión que el goce se constituye como referencia y real último del sistema (significante, saber, Otro) que lo excluye (p.297). Con una excepción reducida:"El goce sexual tiene el privilegio respecto de todos los demás de que algo en el principio de placer, que sabemos que constituye la barrera al goce, le da pese a todo acceso" (p.292).
Hay tres términos a distinguir en esta parte del seminario: la elección de neurosis, el desencadenamiento de la neurosis y la eclosión de la neurosis.
La llamada elección de neurosis no es tal. Hay una elección, no sólo de la forma de neurosis sino entre neurosis y psicosis. Pero no es el sujeto quien elige (p.281). La cuestión radica "en la manera en que se presentaron los deseos en el padre y en la madre, es decir, en que ellos han efectivamente ofrecido al sujeto el saber, el goce y el objeto a. [...] el modo de presencia con que se le ofreció cada uno de los tres términos. Allí reside lo que llamamos impropiamente la elección de la neurosis, hasta la elección entre psicosis y neurosis. No hubo elección porque ésta ya estaba hecha en el nivel de lo que se presentó al sujeto, y que sólo es localizable y perceptible en función de los tres términos que acabamos de intentar despejar" (p.302).
Este momento de elección de neurosis es previo al del desencadenamiento de la neurosis, término que se aplica tanto al comienzo de la neurosis infantil como del adulto. El término "eclosión de la neurosis", tal como Lacan lo usa en estas clases del Seminario 16, tiene como referencia la historia infantil ya que ocurre en situación de prematuración con respecto al ejercicio de la función sexual. Lacan lo define como el momento de una intrusión de goce autoerótico: "¿De qué desvío resulta la eclosión de una neurosis? De la intrusión positiva de un goce autoerótico perfectamente tipificado en las primeras sensaciones más o menos ligadas al onanismo, más allá de cómo se lo llame en el niño." (p.292). Si aplicamos esto al caso Juanito, vemos que coincide con lo que Lacan postuló en el Seminario 4: el goce en relación con el pene real como aquella condición que conducía al viraje entre el momento perverso y la fobia. Aquí ya no se trata de la conjunción del objeto (a) y la imagen especular, como examinamos en los apartados anteriores, o del impacto de la organización narcisista sobre el anaclitismo, sino de la irrupción de un goce dentro de la posición anaclítica misma y reavivándola: "Respecto de los casos que caen en nuestra jurisdicción, es decir, los que engendran una neurosis, en este punto preciso, en el momento mismo en que se produce la positivación del goce autoerótico, se produce correlativamente la positivación del sujeto como dependencia del deseo del Otro. Se trata del anaclitismo que enuncié la última vez. Con él se designa el punto de entrada por donde la estructura del sujeto se convierte en drama." (p.293). Es decir, un momento de pasaje entre la estructura y la temporalidad.
A diferencia de la elección de neurosis, que no es tal sino que depende del modo en que le han sido ofrecidos al sujeto los tres términos primordiales, la eclosión de la neurosis sí presenta una elección: se realiza entre el punto de imposibilidad introducido por la proximidad de la conjunción sexual, y la proyección de esta imposibilidad en términos de insuficiencia "debido al tiempo prematuro en que ella se juega en la infancia" (p.303). Aunque esta vez se trate de una elección, vemos sin embargo que se trata de una elección forzada, o por lo menos condicionada: la prematuración en que se encuentra el niño lo conduce hacia la segunda de las alternativas que se ofrecen a la elección. Pero inmediatamente Lacan hace un pasaje, esta vez en sentido inverso, de la temporalidad a la estructura, de las condiciones de la infancia a la sincronía: "¿Pero por qué este tiempo no sería siempre prematuro respecto de la imposibilidad?" (ibid.). De este modo, Lacan convierte lo que inicialmente introdujo como una referencia a un momento biográfico, en un rasgo estructural de la neurosis. "La insuficiencia enmascara esta imposibilidad y le evita tener que ejercerse, porque el sujeto no está forzosamente a la altura como ser vivo y reducido a sus propias fuerzas. La coartada que la imposibilidad obtiene de la insuficiencia..." (ibid.).
Sólo después de desplegar una y otra vez estas verdades primeras respecto al saber, el goce y el objeto (a), Lacan se dispone a "delimitar tanto como pueda las caras con que se distinguen las posiciones del obsesivo y de la histérica" (p.304) Lo hace en el transcurso de las clases XXI a XXV. En el obsesivo pone el acento en la prohibición del goce. En la histérica, a pesar de todas las apariencias, en su promoción. A su vez, toma como referencia, en el primero, la posición del hombre; en la última, de la mujer.
El hombre debe cumplir la identificación con la función llamada del padre simbólico. "Precisamente es lo que se llama ser el amo, lo que estuvo, y sigue estando, suficientemente al alcance de cualquiera" (ibid.). El obsesivo, sin embargo, rechaza tomarse por un amo, porque respecto de la verdad del saber, lo que le importa es la relación de éste con el goce, relación de la cual sabe que lo único que queda es la incidencia primera de su prohibición, es decir, el objeto (a). En consecuencia, "Ningún goce es pensable para él más que como un tratado con el Otro. El goce sólo se autoriza para él a partir de un pago siempre renovado, en un insaciable tonel de las Danaides, en eso que no se iguala nunca. Esto hace de las modalidades de la deuda la ceremonia donde solamente encuentra su goce." (ibid.).
Neurosis obsesiva e histeria se hallan en oposición respecto de los atolladeros del goce. "La histérica, [...] se caracteriza por no tomarse por la mujer (ibid.). Se dice que la histérica rechaza el goce sexual. Sin embargo, ella promueve el punto al infinito del goce como absoluto; es decir, "promueve la castración en el nivel de este nombre del padre simbólico respecto del cual se plantea como queriendo ser, en última instancia, su goce" (ibid.). Porque ese goce no puede ser alcanzado, sólo por eso, la histérica rechaza cualquier otro goce, que respecto de aquél se presenta como un goce disminuido.
Una vez más, Lacan vuelve a revisar la relación entre significante y objeto: "La articulación que di del 1 y del a no se promovió por azar" (p.305). Recuerda que en las series de Fibonacci la sucesión engendra una proporción cada vez más estrecha y, de ese modo, apunta a un límite, a partir del cual se define la función del objeto (a). Estas series valen también en sentido inverso, por sustracción. Lo que hace la histérica responde a este sentido decreciente: "ella sustrae el a al 1 absoluto del Otro, lo interroga para saber si soltará o no el 1 último, que sería en consecuencia su seguro. En este proceso es fácil demostrar con la ayuda de ese modelo que todo su esfuerzo de cuestionamiento del a desembocará como mucho en que el sujeto se encuentre estrictamente igual a este a, a nada más. Tal es el drama que, al trasponerse del nivel matemático, donde se enuncia de una manera perfectamente correcta, a otro nivel, se traduce por el irreducible hiato de una castración realizada" (p.305). El atolladero de la histeria se resuelve, entonces, en el encuentro de la castración.
Pero hay otras salidas en la relación entre saber y goce. En el obsesivo se vincula al rasgo de su productividad y su contribución al pensamiento. "¿No está allí también lo que expresa su límite y que necesita en el más alto grado ser desexorcizado? En esos términos plantea el problema Freud cuando nos habla de la relación del ritual obsesivo con la religión." (p.306) En la génesis lógica del plus de gozar, el obsesivo se sitúa en el sentido ascendente de la serie. No se dirige entonces hacia la castración, como la histérica, sino hacia el objeto (a) surgido como definición estricta de cierta proporción (p.336). La relación del objeto (a) con el goce queda enmascarada "detrás del conjunto vacío, detrás del campo del Otro depurado de este goce" (p.338). El cuerpo idealizado y purificado del goce reclama el sacrificio del cuerpo. Esto es muy importante para entender la estructura del obsesivo. Éste no quiere hacerse pasar por el amo, pero lo toma como referente por su manera de escapar a la muerte. Sin embargo, esto ocurre en un nivel superficial. "El obsesivo es bien pícaro para tomar el lugar del propio a, que en todos los casos se mantiene a flote en el beneficio de la lucha. Más allá de lo que suceda, el plus-de-gozar está siempre allí. Falta aún saber para quién" (p.339). Porque la finalidad del obsesivo, no es tanto escapar a la muerte, sino al goce, "es el centro de su posición" (ibid.).
En la estructura histérica el sujeto se hace "representar como el conjunto vacío junto al uno que está en el Otro, lo que solemos llamar la castración" (p.338). El síntoma histérico se presenta como algo que se vacía en el cuerpo, un lugar donde la sensibilidad desaparece, o cuya motricidad se vuelve ausente. "Sólo la unidad significante puede justificarlo. Freud mismo destacó lo suficiente el antianatomismo del síntoma histérico. A saber, que si un brazo histérico se paraliza, es sólo porque se llama brazo" (p.347).
Sobre el final del seminario, Lacan retoma la dialéctica del amo y de la mujer para explorar la distinción entre obsesión e histeria, pero esta vez en la perspectiva del sujeto supuesto saber. "El obsesivo se refiere al modelo del amo. Aunque no se toma por el amo, supone que éste sabe lo que él quiere" (p.350). Por su parte, la histérica, aunque no se toma por la mujer, obtiene su referencia de la mujer. Ella, como el amo referencia del obsesivo, tampoco sabe nada. Pero la histérica hace de ella supuesto saber. Como Dora, "está interesada, cautivada por la mujer en la medida en que cree que la mujer es la que sabe lo que se necesita para el goce del hombre" (p.352). La histérica hace las veces del hombre que supondría a la mujer saber.
Lacan continúa comparando ambas dialécticas, del amo y de la mujer. "Allí donde en la apuesta inaugural de esta dialéctica el sujeto amo asume un riesgo de vida, la mujer [...] arriesga, apuesta el goce. Este goce no es su goce, [...] es el goce del hombre, al que la mujer se aferra, con el que se cautiva como el amo lo hace con el esclavo. El goce del hombre da el origen radical de lo que desempeña en la histérica el mismo papel que la muerte para el obsesivo." (p.351).
La histérica supone que la mujer sabe lo que quiere, por eso sólo logra identificarse con ella a costa de un deseo insatisfecho. Por su parte, el obsesivo, que usa su referencia al amo para pretender que la muerte únicamente alcanza al esclavo, sólo identifica en el amo lo real: que su deseo es imposible. (p.353).
Sin embargo, no se puede oponer exhaustivamente obsesión e histeria en función de estas dialécticas porque ambas se sostienen en la creencia del sujeto supuesto saber. Por eso se puede constatar que la muerte "está también en juego en lo que la histérica aborda de la mujer" (p.352). Otro rasgo común a ambas formas de neurosis es la dificultad para la sublimación, justamente por la relación de suposición con el saber. "Para el neurótico el saber es el goce del sujeto supuesto saber. Por eso él es incapaz de sublimación." (p.320).
"Los neuróticos suponen sabidas verdades ocultas. Hay que liberarlos de esta suposición para que [...] dejen de encarnar esta verdad" (ibid.). Esta suposición hace del neurótico naturalmente un analizante. La operación del analista consiste en practicar un corte, gracias al cual la suposición del sujeto supuesto saber se despega de la estructura (p.353).

4. Síntesis y conclusiones
Hemos podido ver que Lacan introduce en el Seminario 16 una clínica rica y relativamente novedosa en relación con la de su enseñanza anterior. Esta clínica surge en conexión íntima con las principales nociones elaboradas en este seminario: el objeto (a) como plus de gozar, la estructura topológicamente estratificada del Otro, las relaciones entre el saber y el goce, la inconmensurabilidad entre el uno y el objeto, la relación entre el objeto (a) y la estructura especular. Nociones todas que Lacan utiliza para definir las diferentes categorías clínicas que examina en este seminario, y que constituyen, en su opinión, las condiciones imprescindibles para que éstas se vuelvan accesibles. No hay una separación entre estructura y clínica, sino que una constituye el corazón de la otra. Se trata entonces, no tanto de introducir la dimensión de la clínica sino de cómo esos desarrollos estructurales "se traducen" en la clínica.
En un primer momento, Lacan distribuye la oposición entre perversión y neurosis entre el registro de la relación con el Otro, para la primera, y la imagen especular, para la segunda. Registros que más adelante calificará como anaclítico y narcisista. Se trata de dos imposibilidades: el perverso se consagra al intento de hacer volver el goce al Otro que, por su estructura significante, está desierto de goce. El neurótico se enfrenta con la imposibilidad de lograr la conjunción entre el objeto (a) y la imagen especular. Con estas premisas Lacan despliega una contundente clínica de la perversión -que llama la verdadera perversión en oposición a la perversión de los neuróticos- y de sus diversas formas, presentando el exhibicionismo y el masoquismo como perversiones logradas y el voyeurismo y el sadismo como perversiones fallidas. En cuanto a la estructura neurótica, sin embargo, sólo utiliza aquellas premisas para la presentación de la fobia, como la forma clínica que realiza el pasaje desde la estructura de la perversión a la neurosis. En la fobia se verifican ampliamente esas premisas, ya que se desencadena justamente por el impacto de la organización narcisista sobre un estadio previo anaclítico, es decir, donde se superponen el objeto (a) y la imagen narcisista. La angustia intolerable desencadenada por esta conjunción sólo se resuelve en la constitución de la fobia.
En un segundo momento, sin embargo, Lacan abandona este registro y explora la estructura neurótica y sus formas, histeria y obsesión, con los mismos conceptos estructurales con que inicialmente se propuso explorar la perversión, es decir, en el nivel de la relación con el Otro. A partir de ese momento no volvemos a encontrar referencias a la organización narcisista en su abordaje de la neurosis. Toma en cuenta tres vertientes que considera fundamentales: el saber, el Otro y el goce. Con ellas describe, en primer lugar, algunas características generales de la neurosis, como su eclosión por la incidencia de un goce autoerótico, o su radical incapacidad para la sublimación; y en segundo lugar la especificidad de sus diferentes formas oponiendo histeria y neurosis obsesiva. Correlativamente, y a la inversa, se introduce una referencia, no considerada en el transcurso de este trabajo, sobre los aspectos imaginarios en la perversión. Referencia muy breve en que Lacan considera que, para apreciar justamente la relación imaginaria en juego en la perversión, conviene tener en cuenta la función de la estatua, especialmente la estatua barroca que con sus contorsiones representa una incitación al voyeurismo y de la que la religión ha hecho uso para retomar su imperio sobre las almas. Se trata de "concebir lo que funciona en el perverso para restituir al Otro en su plenitud, como A sin barra. Se trata, hablando con propiedad, de la estatua" (p.348).
Se plantea entonces la cuestión sobre las diferencias entre estos dos momentos, y si el giro de uno al otro implica, o no, el abandono por parte de Lacan de sus tesis sobre el papel decisivo que la organización narcisista juega en la estructura de la neurosis. Considerar y responder esta cuestión excede los márgenes de este trabajo, pero puede por lo menos quedar indicado que, en mi opinión, se trata de un abandono solo parcial. Esas tesis serán retomadas, no ya para caracterizar la neurosis en general en su oposición con la perversión, sino específicamente para la elaboración, en el último Lacan, de la estructura de la neurosis obsesiva en la que, entre otros conceptos, destacará la estrecha relación con el campo de lo escópico, una inflación de lo imaginario, la importancia de la conciencia en una homología entre ésta y la figura especular (9).
Por otra parte, puede también indicarse, que la caracterización acerca de la histeria y la neurosis obsesiva que Lacan aborda sobre el final del seminario en relación con el saber y el goce, será retomada en el seminario siguiente, El reverso del psicoanálisis, en el cual, además de la estructura del discurso y sus cuatro formas, Lacan avanzará significativamente en la exploración de las variantes del goce en ambas formas de neurosis.8

Notas

1La escritura habitual usa itálicas: "objeto a", prefiero usar el paréntesis "objeto (a)" que resalta mejor el uso diferencial del término. En las citas textuales de la edición en castellano, sin embargo, respeto la escritura en itálicas.

2La publicación castellana del seminario ha simplificado la frase; dice: "el perverso se dedica a tapar el agujero del Otro". He restituido el texto íntegro de la publicación original: "le pervers est celui qui se consacre à boucher le trou dans l'Autre" (21, p.253), porque muestra bien que se trata no sólo de una descripción sino de una definición. Por otra parte, se consagra en vez de se dedica expresa más fielmente el concepto que Lacan está transmitiendo.

3El traductor procede otra vez con una modalidad poco precisa, ya que Lacan no dice altar sino tabernáculo, lo que expresa con mayor exactitud que se trata para el sujeto de la presencia de Dios: "il lui arrive aussi de le faire devant un tabernac le" (ibid.).

4En realidad, Lacan no dice «fantasmas neuróticos», sino «fantasmas de neuróticos» (fantasmes de névrosés, 21, p.250). No está calificando al fantasma sino que está hablando de dónde éstos provienen: fantasmas que pertenecen al campo de la neurosis, por perversos que sean.

5"C'est l'objet a en tant que libéré. C'est lui qui pose tous les problèmes de l'identification. C'est lui avec lequel il faut, au niveau de la névroe, en finir, pour que la structure se révèle de ce qu'il s'agit de résoudre, à savoir, le signifiant de A barré, la structure tout court". (21, p.293)

6En la versión castellana figura en minuscula: il, y no se aclara que yo no refiere a moi sino a Je.(p.293).

7No puedo en este trabajo justificar más ampliamente esta equivalencia explícitamente abordada por Lacan en diversos pasajes del Seminario 16. Por ejemplo, "este a es el sujeto mismo" (p.284).

8Este trabajo constituye una síntesis de tareas parciales realizadas en el Proyecto UBACyT (2008-2010) P036 "El concepto de identificación: sus transformaciones, variedades y relaciones con la estructura de la histeria en el último período de la obra de J. Lacan (1974-1981)".

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Fecha de recepción: 30 de marzo de 2010
Fecha de aceptación: 28 de junio de 2010