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Anuario de investigaciones

versão On-line ISSN 1851-1686

Anu. investig. vol.17  Ciudad Autónoma de Buenos Aires jan./dez. 2010

 

PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO

Los inicios del juego en la primera infancia y su relación con la regulación afectiva diádica y la autorregulación de los infantes

The beginnings of play in infancy and its relation with dyadic affective regulation and the infant self-regulation

Schejtman, Clara R.1; Duhalde, Constanza2; Silver, Rosa; Vernengo, María Pía; Esteve, María Jimena; Huerin, Vanina3

1Master en Psicología, Orientación Terapéutica y Educacional. Licenciada en Psicología, con Orientación Clínica. Profesora Adjunta Regular en Cátedra ll, "Psicología Evolutiva-Niñez"; Facultad de Psicología (UBA). Directora del Proyecto de Investigación UBACyT (P803) 2002-2003 "Estudio de la expresividad emocional en díadas madre-bebé, durante el primer año de vida". E-mail: cshejtman@psi.uba.ar
2Doctora en Psicología. Magíster en Psicología Clínica y Psicoanalítica. Jefa de Trabajos Prácticos, Psicología Psicoanalítica del Yo, Facultad de Psicología, UBA. Investigadora Formada UBACyT. E-mail: constanzaduhalde@gmail.com
3Lic. en Psicología. Becaria de Doctorado en Psicología Clínica Facultad de Psicología UBA. Docente en la asignatura Psicoanálisis: Psicología del Yo, Facultad de Psicología, UBA. Investigadora UBACyT. E-mail: vaninahuerin@hotmail.com

Resumen
Presentamos un programa de investigación longitudinal sobre 48 díadas madre-niño a los 6 meses y un seguimiento de 24 de las mismas a los 4/5 años que estudia el pasaje de la regulación afectiva diádica a la autorregulación en los niños (UBACyT P806). Se incluye una revisión teórica sobre la función del juego en la estructuración psíquica. El microanálisis de la interacción a los 6 meses mostró diferencias muy marcadas entre interacción cara a cara y juego libre con juguetes en cuanto a los recursos de autorregulación afectiva de los infantes. Se encontró, también una relación entre las variables de autoestima y funcionamiento reflexivo de las madres y las conductas de exploración lúdica con juguetes observada en los infantes. Estos resultados resaltan el lugar del juego con objetos como mediatizador en el logro de la transición de la regulación afectiva diádica a la autorregulación afectiva.

Palabras Clave: Regulación afectiva; Autorregulación afectiva; Juego; Maternaje

Abstract
The present program is a follow up research on 48 mother-infant dyads studied when the infants were 6 months old and 24 of the same sample were studied at 4/5 years old about the transition between dyadic affective regulation and infant affective self regulation (UBACyT P806). A theoretical revision on the role of play in psychic development is included. Microanalysis showed differences between face to face interaction and free play interaction at 6 months regarding infant's self-regulatory resources. We also found a relationship between the variables maternal self esteem and reflective function in the mothers, and the exploratory play behaviors observed in the infants. These results underscore the role of play with toys as mediating factor in the transition from dyadic affect regulation to affective self-regulation.

Key words: Affective Regulation; Self affective regulation; Play; Motherhood

Introducción
En este trabajo se presentan nuevos resultados obtenidos a partir de un programa de investigación longitudinal que viene realizándose desde 2001 en el marco de los proyectos UBACyT P 803 y P 806. El programa estudia la relación entre la regulación afectiva diádica y la autorregulación que van logrando los infantes, y a su vez se relacionan estas variables con la autoestima y el funcionamiento reflexivo de las madres.
En esta comunicación se presentan los resultados obtenidos a partir del análisis minucioso de:
a. 3 minutos de interacción cara a cara videofilmada y microanalizada segundo a segundo cuando los infantes tenían 6 meses.
b. 5 minutos de juego libre con juguetes videofilmados y microanalizados cada 5 segundos cuando los bebés tenían 6 meses.
c. Entrevistas en profundidad con las madres para estudiar el funcionamiento reflexivo de las mismas cuando los niños tenían entre 4 y 5 años.
El trabajo incluye una amplia revisión teórica acerca de la función del juego en la estructuración psíquica, y especialmente se despliega una articulación sobre el inicio del juego como parte inseparable de la interacción con los cuidadores primarios. También se hace hincapié sobre el lugar del juego en el estudio de los conceptos de regulación afectiva diádica y autorregulación de los infantes en el primer año de vida.

Regulación afectiva (RA)
Importantes hallazgos de la investigación psicoanalítica y psicológica con infantes han revelado que, en el inicio de la vida de los seres humanos, el mantenimiento de una homeostasis fisiológica y emocional posee un carácter diádico. Desde este punto de vista, el adulto forma parte del sistema regulador del infante y su presencia es un prerrequisito para la autorregulación posterior del niño (Stern, 1985; Tronick, 1989; Tronick & Weinberg, 1999; Brazelton & Cramer, 1993; Beebe & Lachman, 1988). La regulación diádica y la autorregulación afectiva aluden a la capacidad para controlar y modular los afectos, evitando el efecto desorganizante que los mismos pueden llegar a tener en la constitución y funcionamiento psíquicos cuando no hay modo de ligarlos. Basado en sus investigaciones, Tronick (1989) plantea que existe un proceso de co-creación de estados afectivos entre la madre y el bebé. El "Modelo de Regulación Mutua" y la "hipótesis de conciencia diádica" que él propone (Tronick & Weinberg, 1997) se centran en la naturaleza interactiva del desarrollo y en el establecimiento de estados intersubjetivos. A partir de estos estados, el infante auto-organiza sus propios estados de conciencia en función de estímulos internos y externos. La acción mediatizadora del adulto colabora de esta manera en la metabolización que el niño realiza respecto de los estímulos novedosos y heterogéneos de creciente complejidad simbólica que se van presentado (Duhalde y otros 2008).

Variables maternas:
Autoestima y Funcionamiento Reflexivo
Como mencionamos anteriormente, este programa de investigación tuvo como objetivo estudiar, a partir de métodos observacionales, la regulación afectiva de las díadas madre-bebé y la autorregulación afectiva incipiente del bebé vinculándolas con la autoestima y el funcionamiento reflexivo maternos. En este sentido, consideramos probable que el nivel de la autoestima y del funcionamiento reflexivo materno tuviera incidencia sobre el modo en que se desplegaba la regulación afectiva en la interacción diádica madre-bebé y sobre la autorregulación afectiva del bebé. A continuación ampliaremos estos conceptos.

Autoestima materna (AEM)
Diversos autores psicoanalíticos (Freud, 1914, 1923; Avenburg, 1975; Green, 1993; Lebovici, 1998) hicieron alusión al concepto de autoestima, que también fue operacionalizado en diferentes ámbitos de investigación. Existen aspectos de la autoestima de una mujer que se vinculan específicamente con su función como madre y que inciden en el modo en que ella establece los intercambios diádicos con su bebé. Probablemente los aportes que el bebé realiza a los mismos inciden también en el modo en que una mujer percibe y evalúa su funcionamiento como madre.
El concepto de autoestima como aspecto de la constitución narcisista podemos rastrearlo en las consideraciones de Freud acerca del narcisismo. Este autor (Freud, 1914) introduce la noción de narcisismo, planteándolo como un nivel de diferenciación respecto del autoerotismo. Sostiene que el narcisismo constituye un primer nivel de unificación del yo y es heredero del narcisismo parental en tanto "su majestad el bebé" viene a cumplir los deseos irrealizados de los padres.
Silvia Bleichmar (1999) plantea que la madre inscribe en el infans un plus de placer que no se reduce a lo autoconservativo a través del investimiento libidinal. Los cuidados que se le prodigan al niño no sólo conservan su vida en sentido estricto y aportan a su unificación narcisista, sino que se ligan al inconciente materno y a la sexualidad reprimida materna y ponen en circulación contenidos del orden de la imaginación y la fantasía. Ser pensado y fantasmatizado por el narcisismo materno es condición de la vida y de su persistencia. En este sentido, Silvia Bleichmar (1993) describe el narcisismo trasvasante como parte del funcionamiento del narcisismo materno - concebido éste en su diferenciación del autoerotismo - en el que se ubican los prerrequisitos de ligazón de la energía sexual originaria.
Tal como ya señalamos, diversos autores aludieron a la relación existente entre la autoestima y la cualidad del maternaje (Winnicott, 1965a, Bion, 1967; Balint, 1968; Bick, 1964; Stern, 1985; Schejtman, 1998). Bannet (1978) encontró en sus investigaciones una relación significativa por la que a mayor autoestima materna, más satisfactorios eran los cuidados al bebé. Esta sensibilidad de la madre implica postergar momentáneamente satisfacciones narcisistas y predisponerse emocionalmente para el recién nacido (Winnicott, 1965b; Ainsworth y otros, 1974).
En el terreno de la operacionalización de este concepto, Shea y Tronick (1988) definen la autoestima materna como un concepto específico que describe un factor psicológico básico que modera los efectos biológicos y sociales que afectan a las mujeres en su adaptación a la maternidad. Según estos autores, tanto pequeñas variaciones en la salud del bebé o en el medio familiar afectan los sentimientos maternos en el momento de la mencionada adaptación.
El concepto de Autoestima ligado al maternaje como un aspecto específico de la autoestima de la mujer, mostró ser una de las variables maternas más significativas en la interacción madre-bebé. Se han encontrado relaciones significativas entre la evaluación de la autoestima de la mujer y la cualidad de su maternaje (Schejtman, 1984, 1998, Schejtman y otros 2004a, Schejtman y otros 2004b; Duhalde, Huerin, Mrahad y Zucchi, 2005; Lapidus, Umansky, Mrahrad, Zucchi y Vardy, 2005).

Funcionamiento reflexivo (FR)
El funcionamiento reflexivo fue descrito por Fonagy, Steele, Moran y Higgitt (1993) como la capacidad de la mente humana para tener en cuenta los estados mentales propios y ajenos, es decir las creencias, las intenciones, los deseos y las emociones, al explicarse las conductas y los intercambios interpersonales. Es una capacidad del adulto, que reviste particular importancia en el primer año de vida porque facilita, a quien se ocupa de los cuidados del bebé, la posibilidad de percibirlo como una entidad psicológica y responder a sus necesidades a partir de esta percepción.
Diferentes estudios relacionaron el Funcionamiento Reflexivo adulto con el ejercicio de la parentalidad (Slade, 2002, 2004; Grienenberger et al 2005; Duhalde et al 2003, Duhalde, 2004; Zucchi, Huerin, Duhalde y R. de Schejtman, 2007a). Arietta Slade (2002, 2004) propone pensar en un Funcionamiento Reflexivo Parental planteando que esta habilidad explica las cualidades internas que permiten a una madre ser suficientemente sensible para comprender y significar acciones, sentimientos, deseos e intenciones tanto propias como del niño. Esto implica, sobre todo, reflejar la mente del bebé en los propios pensamientos, proveyendo así al niño la base para la comprensión de sí mismo y de los intercambios vinculares en términos mentales. En consecuencia, la madre provee una base segura para dicho descubrimiento que permite que el niño desarrolle un sentido de sí mismo conectado y separado de ella.
El desarrollo de una instancia reflexiva en la niñez depende también de la capacidad de la madre para entrar ella misma al mundo de la imaginación sin perder la conexión con un sentido de realidad y vivir desde esta perspectiva el vínculo con el bebé. Dicho desarrollo se pone en escena tanto en las conversaciones como en los juegos entre la madre y su hijo, donde se conserva lo que Winnicott (1965, 1971) denomina "un espacio transicional" entre el juego y la realidad. Es una tarea que implica tender puentes de modo permanente, a través del uso del lenguaje y los símbolos, que posibiliten la conexión entre el espacio de juego y la realidad.
El conocimiento de los estados mentales de los niños es pensado como la base para una parentalidad empática. Interpretar las necesidades físicas de los bebés permite a los padres ampliar la anticipación para poder comprender los estados mentales de sus niños durante la infancia. Este antecedente se encuentra relacionado con el planteo de Winnicott (1965) acerca de la integración psique-soma. Dicha integración se dará a través de la función de una madre suficientemente buena que logre permitir el despliegue del "gesto espontáneo" de su bebé (Huerin, Duhalde, Esteve y Zucchi, 2008).

El juego en la primera infancia y la regulación afectiva
La observación del jugar infantil brinda indicios privilegiados que articulados de acuerdo a la teoría con que los leamos e interpelemos, permitirán ampliar el horizonte sobre el cual desarrollamos hipótesis reconstructivas sobre los tiempos de estructuración psíquica. Un niño que juega da a conocer su mundo interno, muchas veces ininteligible de otro modo.
El juego espontáneo ha sido la vía princeps de acceso al psiquismo del niño, ya sea desde la vertiente educativa y evolutiva, ya sea desde la vertiente clínica en contextos terapéuticos. El juego aparece entonces como a) elaborativo, b) mensaje a un interlocutor, c) expresión del mundo interno del niño y otros.
Pero nos preguntamos entonces desde qué edad puede hablarse de juego. Los estudios observacionales de infantes muestran que la actitud lúdica aparece ya muy tempranamente en los bebés.
El gesto, la acción, las expresiones sensoriales primarias, llanto, sonrisa, vocalizaciones tempranas son los movimientos que el bebe emite hacia su ambiente y las respuestas de éste a ellos inician el intercambio lúdico que llevará luego a la simbolización y a la constitución del lenguaje propio. La búsqueda de reconocimiento del propio cuerpo, está presente desde los primeros juegos. El adulto, de esta manera, responde al intercambio sensorial y simultáneamente ofrece articulaciones de sentido y objetos del mundo externo tales como juguetes, lenguaje, etc.
El estudio del juego ha tenido un amplio desarrollo en la psicología en general y en psicoanálisis en particular. Numerosos trabajos se han dedicado al estudio del juego pero la consideración del juego en el primer año es aun un campo en exploración. Consideramos que la interacción madre-bebé, generadora o productora de placer, es lúdica. Por lo tanto, el juego es un espacio primordial de intercambio y de estructuración psíquica en este momento evolutivo (Feldberg, Huerin, Míndez, Silver, y Vernengo 2005).
En este sentido, encontramos en el juego interactivo infante-progenitores una vía privilegiada para estudiar la regulación afectiva y la autorregulación que van logrando los infantes.
La experiencia del juego en el primer año de vida está íntimamente relacionada con la construcción de la experiencia del sí mismo, de la identidad, y constituye uno de los pilares de la confianza en uno mismo y en el otro. Desde los primeros meses, la observación del juego nos permite dar cuenta de ciertos aspectos del vínculo madre-bebé, estructurante del psiquismo (Silver; Feldberg, Vernengo, Mrahad y Míndez, 2008).
El juego es una actividad del niño que produce una expansión del sí mismo, permite experimentar distintas posibilidades, implicando el dominio de las acciones y la presencia de algún elemento sorpresa (se produce una conquista). Así contribuye a apuntalar el narcisismo en constitución (Erikson, 1977).
Teniendo en cuenta las distintas formas que adopta el jugar en la díada, podemos, siguiendo a Calmels (2004), clasificar los juegos en la primera infancia en: juegos de sostén, ocultamiento y persecución. Cada tipo de juego supone actividades y exploración de emociones. No se trata de etapas sucesivas ni excluyentes, sino que se trata de actividades que se van transformando y complejizando a lo largo de la vida. En los juegos de sostén se construye el sentimiento de confianza; en ellos, el bebé es sostenido en el cuerpo envolvente del otro. Si el cuerpo de la madre y sus movimientos se tornan impredecibles, el juego cesa y el niño siente la angustia de caer al vacío. Los juegos de ocultamiento (tapar y destapar, aparecer y desaparecer, cubrir y descubrir) están relacionados con la constitución de las categorías de presencia y ausencia, y de los espacios diferenciados entre el niño y la madre (descubrimiento y exploración de la temporalidad y espacialidad). En los juegos de persecución ("que te agarro", "que te como") el adulto, por un lado, es figura de sostén y refugio, y por otro, es potencialmente una figura amenazante, por la dependencia absoluta del niño respecto del adulto.
A los 6 meses observamos que predominan, aún, los juegos de sostén. Es esperable que empiece la transición de un sostén corporal hacia un sostén a través de la mirada y la voz, que implicaría instalar un espacio entre la mamá y el bebé. Nos estamos refiriendo aquí a los fenómenos transicionales a los que alude Winnicott (1971). El juego se desarrolla en el espacio transicional y constituye una conducta compleja. Está compuesto por tres elementos: el juego, el sujeto que juega y el acompañante. Se caracteriza por transcurrir en un área delimitada, posee un ritmo especial y supone una transformación (hacer algo). El sujeto que juega se encuentra en un estado de concentración, ilusión, relajación y descubrimiento. La función del acompañante será la de delimitar zonas, dar tiempo, participar sin invadir y presentar objetos.
Ya Freud (1895), en sus hipótesis acerca del armado del aparato psíquico, cuando conceptualizó la vivencia de satisfacción, señaló el papel de la madre en la estructuración psíquica del niño. El llanto del bebé adquiere la función de comunicación al ser interpretado por la madre, quien en tanto auxiliar ajeno es la encargada de aportar la acción específica, lo cual contribuye a la regulación interna del bebé.
La interacción progenitor-lactante constituye un conjunto complejo que pasa por algunos canales o modalidades perceptivas y motoras, en especial la mirada, la audición, el contacto y las sensaciones cenestésicas. También está caracterizada por las variables temporales, de duración y ritmo. Dichas interacciones suponen procesos de mutua regulación, gracias a los cuales cada uno de los miembros del par influye sobre los mensajes del otro. El placer se extrae de una experiencia en que se intercambian mensajes y signos. Progresivamente se crea, pues, un "espacio" que no es el del cuerpo, sino "un espacio de juego". Sólo cuando el juego fracasa, la madre emplea una gratificación directamente destinada al cuerpo del bebé (Lebovici, 1983).
Ahora bien: la madre podrá favorecer el surgimiento de un pensamiento autónomo, pero también el niño inviste el mundo externo con sus pulsiones. El placer será, entonces, lo que constituya el soporte de esa investidura. A los seis meses, la comunicación entre los miembros de la díada puede emplear medios que no consistan solamente en la satisfacción directa de las necesidades; comienzan entonces a desarrollarse medios de comunicación "a distancia" entre la madre y el bebé, y a producirse la separación mental de éste con respecto a aquella.
La madre ayuda a construir el sentido de las experiencias del niño, atravesada por sus fantasmas. De la misma manera, el bebé, a través de diferentes indicios (por ejemplo, cuando ríe o desvía la mirada) va construyendo sus propios sentidos.
El juego madre-bebé va de la mano con la apertura hacia un reconocimiento de la separación mental entre ambos; se trata del surgimiento del self del lactante y del reconocimiento de un sí mismo y un otro (Fonagy, 1982; Stern, 1985).
Para Winnicott (1965b), cuya definición de infante incluye al bebé y su madre, el ambiente tiene un papel central en el desarrollo del individuo. El niño posee un potencial propio hacia el desarrollo. El gesto espontáneo es considerado como el potencial de vida que cada individuo trae al nacer; es el primer movimiento espontáneo del bebé, que está íntimamente ligado a la noción de necesidad que logra ser comunicada al ambiente a través del gesto (Winnicott, 1987). Es únicamente el self verdadero en acción el que puede ser creativo y sentirse real. Este sólo puede desplegarse si cuenta con el sostén y adaptación del medio ambiente.
La función del ambiente consiste en reducir al mínimo posible las intrusiones que romperían la continuidad existencial. La función materna incluye el sostén, manipulación y presentación de objetos, los cuales contribuirán respectivamente a que se den, en el bebé, los procesos de integración y personalización (unidad psicosomática) y también la relación con los objetos.
A partir de los resultados de sus investigaciones, diversos autores (Brazelton, 1975; Stern, 1985; Tronick, 1989; Tronick & Gianino, 1986a; Tronick & Weinberg, 1999; Beebe & Lachmann, 1988; Brazelton & Cramer, 1993) pusieron de relieve que el bebé, ya en los primeros tiempos, es un ser activo, buscador de estímulos y preconstituido para la interacción con otros desde el inicio.
Con el fin de evaluar la interacción temprana, varios autores han establecido conceptos tales como: contingencia, sincronía, simetría, arrastre, juego, autonomía y flexibilidad. La contingencia se relaciona con la capacidad de la madre de estar accesible tanto cognitiva como emocionalmente a las señales emitidas por el niño; favorece la sincronía. Ésta se relaciona con la posibilidad de los padres de adaptar su conducta a los ritmos propios del bebé, y encontrar maneras de ayudarlo a reducir o controlar respuestas motrices que interfieran en su capacidad para prestar atención. Esta capacidad del bebé junto con su estilo y sus preferencias, tanto para recibir como para responder, influyen en la interacción. En este diálogo, el progenitor respeta los umbrales del niño, por consiguiente cada miembro participa para alcanzar y mantener la sincronía.
Los bebés, durante su período de atención, empiezan a emitir señales mediante vocalizaciones y gestos. Los adultos responden, eventualmente, a estas señales, y a partir del éxito o el fracaso de la respuesta, aprenden un repertorio de conductas que dan resultado.
Una vez lograda la sincronía de señales y respuestas, se despliega el arrastre: se establece un ritmo con ciertas regularidades: cada uno empieza a prever la respuesta del otro en secuencias prolongadas. Un miembro puede entonces "arrastrar" la conducta del otro, instituyendo el ritmo de atención y desatención. Cada miembro de la díada se adapta al otro, de manera que el bebé no se limita a ajustarse al indicio del adulto, sino que los ritmos del adulto también tienden a seguir los movimientos del niño. Durante estos juegos de vocalizaciones, sonrisas y miradas, ambos miembros de la díada tienen la oportunidad de ampliar mutuamente los aprendizajes. Cada uno imita y toma como modelo al otro (Brazelton & Cramer, 1993).
El reconocimiento del bebé de su propio control da lugar a la autonomía. Empieza a darse cuenta de que él puede controlar la interacción. Tras una etapa de sincronía, tiende a interrumpir el diálogo, desviando la mirada hacia otra parte de la habitación o hacia su mano. Los padres, a su vez, redoblan los esfuerzos para que su hijo retome la interacción. La autonomía implica que los sistemas de intercambio sean flexibles. De lo contrario, el crecimiento y la profundidad en la relación pueden quedar, de algún modo, detenidos.
A través de sus expresiones, percibidas y respondidas por el progenitor, el infante va creando el circuito lúdico interactivo, inicialmente sensorial y corporal. Una interacción se considera un proceso, con ciclos de participación y cese de participación, donde ambos participantes se influyen mutuamente. Cada uno guarda una memoria o una expectativa respecto del otro que moldea sus propias respuestas (Tronick, 1989; Silver y otros, 2008).
En este sentido el objetivo de la actividad de juego, para cada uno de los protagonistas, está dado por interesarse uno en el otro y extraer un nivel de atención y de vigilancia dentro de un intervalo óptimo, durante el cual el bebé puede manifestar conductas de afecto positivas, como sonrisas y vocalizaciones. La madre tratará de mantener al bebé en un estado de atención y de vigilia que faciliten dichas conductas (Stern, 1985).
Dentro de cada secuencia de juego (sonreírse, vocalizar o tocarse uno al otro) hay un conjunto de reglas que es rápidamente establecido y reconocido por cada participante, a la vez que cada uno aprende a ajustarse a la intensidad del otro (los tiempos, los tonos, la duración y el modo elegido).
Tronick (1989) se refiere al bebé como parte de un sistema de comunicación afectiva junto con la madre, en cuyos intercambios se modifica la experiencia emocional y la conducta de ambos. La relación madre-bebé está dada por encuentros y desencuentros; los desencuentros no son patológicos sino que es esencial entonces la capacidad de reparación, es decir, que luego de un desencuentro pueda haber un nuevo encuentro. La madre "lee" el mensaje del bebé y lo utiliza para guiar sus acciones y así facilitar los esfuerzos del bebé. Estas demostraciones afectivas han sido denominadas "conductas regulatorias" dirigidas a otro. La madre ayuda así a modificar el estado emocional del bebé (regulación afectiva), siendo responsable de la reparación de los desencuentros y la transformación del afecto negativo en positivo, generando un nuevo encuentro positivo (Gianino & Tronick, 1988).
Las conductas regulatorias autodirigidas y dirigidas hacia el otro le permiten al bebé enfrentar y controlar los efectos potencialmente desorganizantes de emociones tales como la tristeza, la rabia y la excitación excesiva. Así, se va configurando una representación de sí mismo y también una representación de su madre como confiable. Estos intercambios entre la madre y el bebé se dan a través de las actividades cotidianas (cambiarlo, darle de comer) y de situaciones de juego. La capacidad de la madre en decodificar/comprender y esperar los ritmos de su hijo influye en el enriquecimiento u obturación de las potencialidades de estas escenas.
Con la acumulación y la reiteración del éxito y la reparación, el bebé establece un núcleo afectivo positivo, con límites más claros entre el sí mismo y el otro (Emde, 1983). De esta manera, el bebé va desarrollando una representación de sí mismo como eficaz, una figuración de sus interacciones como positivas y reparables, y del cuidador como alguien confiable.
En este estudio exploramos la autorregulación afectiva del niño desde dos perspectivas: a) la exploración de objetos en el juego como recurso autorregulatorio y b) conductas de autoapaciguamiento oral.

Diseño

Muestra:
Primera etapa del estudio:
48 madres y sus bebés sanos de 6 meses de vida, residentes de la Ciudad de Buenos Aires, fueron derivadas por los pediatras de sus hijos, quienes les explicaron que se trataba de un estudio sobre desarrollo del niño sano. Los criterios de inclusión fueron: edad de las madres, entre 19 y 39 años, nivel de educación materno, como mínimo, escuela secundaria completa, y al menos dos visitas médicas de control durante el embarazo. Como criterio de exclusión se estableció que no hubiera habido complicaciones durante el embarazo y el parto y que los niños no hubieran padecido enfermedades de importancia durante el primer semestre. Esta primera etapa de la investigación se realizó cuando los bebés tenían 6 meses (entre las 23 y las 31 semanas de vida) porque a esta edad los infantes han adquirido ya un rango creciente de conductas expresivas y porque éste es un período donde se pueden observar en los bebés movimientos claramente dirigidos hacia la vinculación con el ambiente, tanto en interacciones sociales como en la exploración de objetos materiales. A esta edad, también, el interés por los juguetes es usado como estrategia regulatoria tanto autodirigida como heterodirigida en el marco de la interacción con los otros (Findje, 1993; Toda y Fogel, 1993; Duhalde, 1997; Trevarthen, 1989).
Segunda etapa del estudio: Cuando el niño tenía entre 4 y 5 años nos pusimos en contacto con las madres para solicitarles que participaran nuevamente de la investigación mediante la realización de una entrevista sobre su relación con el niño y la filmación de 15 minutos de juego madre-niño. 24 de las 48 madres fueron halladas y aceptaron participar de esta nueva etapa.

Procedimientos:
Primera etapa Cada madre participante fue recibida con su bebé por una psicóloga clínica experimentada, en un consultorio psicológico que contaba con un sector especialmente adaptado como laboratorio de investigación. Como recaudo ético se realizó una breve introducción al encuentro en la que se le explicaba el objetivo general de la investigación y se le garantizaba por escrito a la madre que el material filmado sería utilizado sólo con fines investigativos y académicos. Se le solicitó, a su vez que firmara un consentimiento informado. A continuación se realizó la filmación de las situaciones vinculares madre-bebé, dividida en dos partes: a) 3 minutos de interacción cara a cara y b) 5 minutos de juego libre con juguetes. En ambas situaciones la mamá y el bebé quedaban solos y el investigador esperaba en una habitación contigua. Antes de iniciar la filmación a la madre se le indicaba que en los 3 minutos iniciales, el bebé y la mamá debían permanecer sentados uno frente al otro a la misma altura visual, el bebé ubicado en una silla "bebesit" sobre una mesa, sin juguetes ni otros objetos a su alcance. Esta situación fue filmada por dos videocámaras, monitoreadas desde otra habitación (sin cámara Gesell). Ambas imágenes pasaron por un mezclador y fueron grabadas en una pantalla dividida verticalmente. A continuación, se filmaban los 5 minutos de juego libre entre la mamá y el bebé. Tal como se indicó más arriba, el bebé y la mamá se ubicaban en una alfombra en el suelo y tenían a su disposición un canasto con juguetes apropiados para la edad del niño.
Una vez finalizada la filmación, la psicóloga investigadora realizaba una entrevista con la mamá, en presencia del bebé, utilizando el protocolo EMI I (Entrevista Materno Infantil), diseñado por el equipo. A continuación, las madres completaban los instrumentos autoadministrados de evaluación de la Autoestima (Shea & Tronick, 1988; Osgood et al., 1957; Schejtman, 1998).
Segunda etapa: Cuando los niños tenían entre 4 y 5 años, se entrevistó a las madres utilizando la Entrevista de Desarrollo Parental II (Parent Development Interview, Slade et al., 2005), que permitió determinar el nivel de Funcionamiento Reflexivo Materno. Posteriormente se les solicitó que completaran el protocolo de la Entrevista Materno Infantil (EMI II), diseñada por el equipo para el seguimiento de los datos demográficos y evolutivos. Los resultados detallados de esta etapa fueron presentados preliminarmente (Zucchi, Esteve, y Duhalde 2007b). En una sesión posterior se invitó a las madres a participar en una actividad de juego libre con su hijo. Se filmaron 15 minutos de interacción lúdica madre-niño que están siendo analizadas y cuyos resultados se presentarán próximamente.

Instrumentos
En este apartado presentaremos los instrumentos utilizados en el análisis de los 5 minutos de juego libre a los 6 meses y de la entrevista a las madres, que fue descripta más detalladamente en otras publicaciones junto al resto de los instrumentos utilizados (Schejtman y otros, 2006; Duhalde y otros, 2008).
Para analizar el juego libre madre-bebé se utilizó, por una parte, la Escala de juego libre (free play) diseñada por Edward Tronick y su equipo (Tronick, 2000) que considera la expresividad desplegada por los miembros de la díada y, por otra, el equipo diseñó categorías para evaluar la exploración de los objetos por parte del infante, no contemplada por la Escala Free Play.

1. Expresividad afectiva
La expresividad afectiva fue observada a través del microanálisis de la interacción entre el cuidador y el infante utilizando la escala ya mencionada (Free Play: Tronick, 2000). La expresividad afectiva del cuidador y del bebé se evalúan a través de las expresiones faciales y la vocalización. Esta escala es producto de una adaptación de la escala ICEP- Fases de vinculación de infante y cuidador (Tronick & Weinberg, 2000) realizada por el equipo de la Unidad de Desarrollo Infantil de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, dirigida por el Prof. Ed Tronick, con la cual el equipo se entrenó para su utilización. La ICEP original fue utilizada por el equipo en investigaciones anteriores, donde se estudió la interacción madre-bebé cara a cara con esta misma muestra (Leonardelli y otros, 2004; Schejtman y otros, 2005; Duhalde, 2005).
La escala Free Play se aplicó en este estudio para analizar la expresividad afectiva en la situación de juego libre madre-bebé con juguetes, filmada a la edad de 6 meses del niño (Ubacyt P803). La expresividad afectiva de la madre y el bebé se codifican en forma separada cada 5 segundos, según la aparición de cada categoría descripta en la escala. Algunas expresiones emocionales son breves o poco frecuentes. Para registrar su inusual ocurrencia, la expresividad es considerada según un sistema jerárquico, diseñado por Tronick y sus colegas cuyo gradiente va de la más inusual (1) a la más usual (4).
Para la madre, las categorías de expresividad afectiva consideradas son: 1- afecto negativo /retraído, 2- afecto positivo exagerado, 3- afecto positivo, 4- afecto neutro, 5- no codificable. Para el niño, las categorías de expresividad afectiva son: 1- afecto positivo, 2- llanto, 3- protesta/negativo, 4- afecto neutro, 5- no codificable.

2. Indicadores de autorregulación
En un segundo análisis de los videos se estudió la autorregulación afectiva del infante a partir de la codificación de "indicadores de autorregulación" (Códigos Adicionales de la escala Free Play).
Estos indicadores de autorregulación son: 1-Auto-apaciguamiento oral: el infante succiona diferentes partes de su cuerpo. 2-Distanciamiento: el bebé trata de aumentar su distancia, separarse del cuidador sin vincularse a un objeto. 3-Indicadores de estrés autonómico: el bebé exhibe conductas que pueden indicar estrés o excitación autonómica como escupir o hipar.
Confiabilidad: 10 de las 48 díadas (21%) fueron codificadas por 2 jueces independientes y la confiabilidad obtenida fue 87,67% de acuerdo (kappa 0.68) para la madre y 84,3% de acuerdo (kappa 0.55) para el infante.

3. Exploración de objetos
En un análisis adicional se incluyó el registro de la exploración de objetos del ambiente dentro de la evaluación de interacción lúdica a partir de categorías desarrolladas por el equipo (Vernengo y otros, 2008). Se codificaron las conductas exploratorias en fases de 30 segundos.
Confiabilidad: 10 de 48 díadas (21%) fueron codificadas por 2 jueces independientes y la confiabilidad obtenida fue 94% y Kappa de Cohen de 0,883.

La autoestima materna fue evaluada a través del "Inventario Materno Autoadministrado" (Maternal Self Report Inventory) de Shea y Tronick (1988), validado por el equipo de investigación de la Unidad de Desarrollo Infantil de la Escuela de Medicina de Harvard, que pondera la autoestima materna a partir de 7 dimensiones conceptuales organizadas en 7 sub-escalas.
El Funcionamiento Reflexivo Materno se evaluó mediante el análisis de la PDI-R II, que es una entrevista clínica semi-estructurada, compuesta por 40 preguntas estandarizadas, que se realiza en forma individual y muestra una variedad de aspectos de la visión de los padres, sobre sí mismos y su hijo. Para la evaluación del FRM se utiliza el Anexo al Manual de Funcionamiento Reflexivo (Fonagy, Steele, Steele & Target, 1998b) diseñado específicamente para la evaluación de las entrevistas de desarrollo parental -PDI (Aber, Slade, Berger, Bresgi & Kaplan, 1985). Una vez que la transcripción de las respuestas ha sido evaluada y la entrevista ha sido revisada en su totalidad, se determina el nivel de Funcionamiento Reflexivo según una escala continua que va desde un nivel de inexistencia o negación del FR (-1 ó 0) al nivel máximo de FR (9). A partir del nivel 5 se considera que la persona entrevistada pone en juego un funcionamiento reflexivo explícito y adecuadamente desarrollado.

Resultados

A - Regulación Afectiva (RA)

1. Expresividad afectiva
Se presentan los datos obtenidos en cuanto a la expresividad afectiva en la situación de juego libre madrebebé. Los mismos se comparan con los resultados de las mismas variables en la situación de cara a cara madre bebé (ya reportados extensamente en Duhalde et al, 2008)
1a. Como se puede observar en la tabla 1, las madres pasaron 83% del tiempo codificado desplegando afecto positivo, 17% desplegando afecto neutro y 0% en afecto negativo. Los niños expresaron afecto positivo un 12% del tiempo, afecto neutro el 87% y afecto negativo un 1% del tiempo válido codificado. Estos resultados son muy similares a los obtenidos en la interacción cara a cara reportada previamente (Duhalde et al., 2008). Sólo en la variable afecto negativo del infante se observó un aumento significativo en relación al afecto negativo desplegado en la situación cara a cara.
1b. Los encuentros (Matches) positivos - es decir madre e infante desplegando afecto positivo- se presentaron en el 12% del tiempo válido codificado. A su vez, madres e infantes desplegaron simultáneamente afecto neutro durante el 16% del tiempo válido codificado. Este resultado fue similar al obtenido en los estudios donde evaluamos la interacción cara a cara (Schejtman, C. R. et al., 2005; Duhalde et al., 2008) - ver tabla 1.

2 -Indicadores de autorregulación afectiva
2a- 6 de los 48 infantes (12%) presentaron al menos un indicador de autorregulación afectiva (Autoapaciguamiento-oral o distanciamiento). Este resultado fue ostensiblemente menor al obtenido en la situación cara a cara en la que 26 de los 48 infantes (54%) presentaron alguno de estos indicadores.
2b- También se encontró una diferencia notable entre las dos situaciones estudiadas respecto de la presencia de los indicadores de Autoapaciguamiento oral. Mientras que en la situación de interacción cara a cara 21 de los 48 infantes (44%) presentaron este indicador, en la situación de juego libre sólo 2 de los 48 infantes (4%) presentaron indicadores de Autoapaciguamiento oral.

3- Exploración de objetos
Todos los infantes desarrollaron conductas exploratorias respecto de los objetos. En 41 de las 48 díadas (86%) los infantes mostraron alguna conducta exploratoria en el 100% de las fases de 30 segundos codificadas , otros 4 infantes (8%) exploraron objetos durante el 90% de las fases codificadas y los 3 infantes que restan (6%) exploraron objetos en el 80% de las fases codificadas.

B - Autoestima Materna (AEM) y Regulación Afectiva (RA)
1. Observamos que a mayor autoestima materna hay un mayor despliegue de afecto positivo por parte de la madre, (RHO = 0.335; p<0.05).
2. No se encontró una relación significativa entre la autoestima materna y la expresión de afecto por parte del infante.
3. No se encontró relación significativa entre autoestima materna y los indicadores de autorregulación de los infantes.
4. No se encontró relación significativa entre la autoestima materna y los encuentros de afecto positivo madrebebé.
Todos estos resultados coinciden con los hallados en la interacción cara a cara en cuanto a la relación entre AEM y RA (Duhalde y ot. 2008).

C - Funcionamiento Reflexivo Materno (FRM) y Regulación Afectiva (RA)
1. Coincidentemente con lo encontrado en la interacción cara a cara, las madres que presentaron un funcionamiento reflexivo ordinario o marcado (puntaje global 5-7) tuvieron menor despliegue del afecto positivo y mayor despliegue de afecto neutro que las madres con funcionamiento reflexivo bajo (puntaje global 3) (Afecto positivo 75% FR alto vs. 93% FR bajo; Afecto neutro 25% FR alto vs. 7% FR bajo; K&W test: p< 0.05).
2. Tomando la proporción de encuentros positivos -madre y bebé mostrando afecto positivo a la vez-, las 14 madres que presentaron un funcionamiento reflexivo ordinario o marcado pasaron más tiempo de la interacción en este tipo de encuentro (15% del tiempo total), que las 7 madres con funcionamiento reflexivo bajo (9%) (ver tabla 2). Sin embargo, esta diferencia no es estadísticamente significativa, probablemente debido al tamaño de la muestra de seguimiento (n=21), pero que puede ser considerada como una tendencia a ser explorada.

Conclusiones
En este estudio los resultados obtenidos mostraron que al igual que la situación de interacción cara a cara analizada (Duhalde y otros, 2008), las madres pasaron la mayor parte del tiempo codificado desplegando afecto positivo, mientras que los infantes desplegaron la mayor parte del tiempo afecto neutro. Por otro lado, el 12,5% del tiempo codificado las madres y los infantes compartieron encuentros de afecto positivo. Respecto de los recursos auto regulatorios, en este estudio encontramos una marcada diferencia entre lo observado en la interacción cara a cara y la interacción de juego libre con juguetes a los 6 meses de edad de los infantes. Sólo 2 de 48 infantes desplegaron autoapaciguamiento oral en la situación de juego libre, mientras que 21 de 48 infantes lo hicieron en la situación cara a cara. Sin embargo 45 de 48 infantes presentaron conductas exploratorias al menos 90% del tiempo de interacción estudiado.
Podemos inferir que en la situación de juego la exploración con juguetes, más allá de su importancia evolutiva, es utilizada por los infantes como recurso de autorregulación. Los juguetes, como objetos transicionales, cumplen un papel central en la regulación diádica y la autorregulación. Los resultados señalan que a los 6 meses los infantes muestran mayor interés en explorar el mundo exterior que en explorar su propio cuerpo o el cuerpo de sus madres. Cuando los infantes perciben juguetes a su alcance, frecuentemente prefieren usarlos antes que interactuar con sus madres sin intermediación.
Estos resultados refuerzan la idea de que a los 6 meses los infantes ya adquieren la capacidad de usar los juguetes como recurso autorregulatorio y a su vez el éxito en la manipulación de estos juguetes va permitiendo la anticipación y la búsqueda de la repetición de la experiencia lúdica placentera. Este tipo de anticipación se asocia a la concepción actual acerca de un infante activo, buscador de estímulos desde el inicio de la vida y constructor de un sentido de agencia (Stern, 1985).
En nuestra investigación, la autoestima materna (como un aspecto del narcisismo) fue relacionada significativamente con la frecuencia de afecto positivo que las madres desplegaban a través de la interacción, pero no con la frecuencia de afecto positivo que desplegaba el bebé, tanto en la interacción cara a cara como en la interacción de juego libre. Podemos inferir que los sentimientos subjetivos de la madre respecto de sí misma pueden ligarse a sus propios sentimientos respecto de sí como madre pero no influyen directamente en el despliegue de afecto positivo que se observa en los infantes. Por otro lado, aunque esta relación no llegó a un nivel de significación estadística se encontró una relación entre la frecuencia de exploración de los infantes y la autoestima materna. Podemos inferir que en nuestra muestra, no clínica y de nivel socio cultural medio-alto, se encontraron niveles de autoestima altos en las madres y éstos tuvieron un impacto fuerte en el nivel de exploración que se fue desplegando en sus hijos. Esto podría explicarse tanto por el tipo de estimulación como por la capacidad de la madre de una espera no intrusiva a las iniciativas del bebé que permite un andamiaje permanente del despliegue de afectos positivos en los bebés.
En consecuencia, es posible que en muestras clínicas, por ejemplo madres deprimidas, en las cuales probablemente las madres muestren niveles menores de AEM comparadas con las madres de nuestra muestra, se encuentre una relación más significativa entre AEM y despliegue de afecto en el niño.
Respecto a los resultados de funcionamiento reflexivo materno (FRM) no se encontró una relación significativa entre FRM y los encuentros positivos diádicos en la situación de juego libre. En análisis más sutiles, encontramos que las díadas cuyas madres presentaban un FRM ordinario o acentuado presentaron un despliegue de encuentros positivos mayor (15%) que las díadas cuyas madres presentaban un FRM bajo (9%). Al mismo tiempo, las madres con FRM ordinario o acentuado presentaron mayor despliegue de afecto neutro y menos despliegue de afecto positivo. Teniendo en cuenta que los infantes pasan la mayor parte del tiempo desplegando afecto neutro, de los resultados obtenidos podemos inferir que las madres reflexivas modulan más sus afectos acompañando el afecto desplegado por su bebé. Por otro lado también encontramos que los infantes cuyas madres presentaron FRM ordinario o marcado presentaron mayor exploración de los juguetes.
Este resultado va en dirección a lo planteado anteriormente respecto de la búsqueda activa de juguetes por parte del infante como recurso exploratorio y autorregulatorio a la vez. Cuando esta exploración del mundo externo de objetos y juguetes se instala, el infante va ampliando el centro de interés del propio cuerpo hacia el mundo. Podríamos inferir que las madres reflexivas acompañan más empáticamente la transición de la regulación diádica a la autorregulación ofreciendo juguetes y recursos de autorregulación para el niño y esto aumenta la capacidad de dominio del mundo que el bebé va logrando.
Estos resultados continúan la línea planteada en distintos estudios de este programa, en los cuales sugerimos que si bien desde todas las escuelas psicológicas es indiscutible el valor determinante del vínculo primario en la estructuración psíquica, muchas veces se produce una marcada idealización del vínculo en que la reciprocidad y la sincronía serían las bases de la salud mental. Nuestros propios resultados y los de otros autores muestran que, además de esta sincronía imprescindible, los infantes también despliegan muy tempranamente recursos propios de autorregulación que pueden a su vez influir en la construcción del vínculo primario. Esto podría ligarse a los descubrimientos de Stern (1985) que plantea la temprana capacidad autorregulatoria del infante de ir cerrándose al medio que lo rodea y seleccionar estímulos de creciente complejidad. Por ejemplo, los infantes muestran sutiles pero precarios esbozos de autorregulación a partir de los 4 meses, momento en el que puede observarse cómo utilizan la desviación de la mirada para expresar su deseo de cesar la interacción. A los 7 meses ya expresan su deseo de autonomía con claros gestos de corte y vocalizaciones.
A pesar de ciertas limitaciones del estudio impuestas por el tamaño de la muestra y por la complejidad de la temática, los resultados de esta investigación parecerían coincidir con aquellos de otras investigaciones en este área respecto del impacto de las variables maternas sobre los procesos de autorregulación que van logrando los infantes.

Tablas

Tabla 1. Expresividad afectiva en la situación de juego libre y en la situación cara a cara (porcentaje sobre el total del tiempo válido codificado) (n=48).

Tabla 2. Funcionamiento Reflexivo Materno y Regulación Afectiva en la situación de juego libre

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Fecha de recepción: 30 de marzo de 2010
Fecha de aceptación: 17 de agosto de 2010