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Circe de clásicos y modernos

versión On-line ISSN 1851-1724

Circe clás. mod.  n.11 Santa Rosa ene./dic. 2007

 

GÓMEZ-ACEBO, Isabel (ed.)
La mujer en los orígenes del cristianismo,
Bilbao: Desclée de Brouwer, 2005: 296 pp.

María Alejandra Regúnaga

La teóloga y licenciada en Ciencias Políticas Isabel Gómez-Acebo -directora de la colección En clave de mujer... y editora de este volumen- recoge aquí un conjunto de colaboraciones provenientes de diversos ámbitos académicos españoles (Universidad Pontificia Comillas, Universidad de Cantabria y Universidad de Oviedo) con una temática común: la posición de la mujer en los primeros cuatro siglos de la era cristiana. A estos trabajos se suma, a modo de contrapunto, una visión de los orígenes del Islam a través del conocimiento y la experiencia de una intelectual iraní residente en España. La Introducción contiene, junto con un sumario de los siete capítulos que constituyen el libro, una brevísima consideración acerca de las dificultades que han encontrado investigadores e investigadoras en el estudio del protagonismo de la mujer dentro del proceso de consolidación del cristianismo. Tanto sea por la escasez de fuentes de autoría femenina -o por su falta de transmisión, al considerarlas menos valiosas que los testimonios de varones- como por el poco interés despertado por el tema en disciplinas tradicionalmente patriarcales, recién a fines del s. XX pudo revertirse la tendencia de considerar la religión un fenómeno cultural en el que "los dos sexos quedaban afectados de la misma manera. Ellas quedaban subsumidas en ellos" (p. 13). Y este cambio se ha podido dar a partir de la ruptura de la concepción unitaria y monolítica del cristianismo, es decir, una vez reconocidas las tensiones internas y las transformaciones de un credo que pasó, en menos de cuatro siglos, de ser perseguido a convertirse en religión oficial del imperio.
El siguiente capítulo -al igual que la introducción, a cargo de la editora- presenta una panorámica acerca de la situación femenina en el entorno socio-religioso del s. I. En primer lugar, se proveen ejemplos de la mayor autonomía relativa con que contaban las mujeres de la parte occidental del imperio con respecto a las de la región oriental. La religión se menciona aquí como una de las "esferas de poder" a las que pudieron acceder las mujeres con mayor facilidad. Desde la asimilación de las mujeres de las familias gobernantes con las grandes diosas, hasta las variadas manifestaciones religiosas ingresadas desde oriente -particularmente, los cultos de Demeter, Dionisio e Isis-, pasando por los cultos familiares romanos y los ritos judíos, la autora ofrece pruebas textuales y epigráficas de la participación femenina en los ámbitos religiosos de la época, que configuraron el mundo en que "nació el cristianismo con la pretensión de establecer una sociedad igualitaria donde desaparecieran las diferencias entre judíos y gentiles, amos y esclavos y la que a nosotros hoy nos interesa: varones y mujeres" (p. 60).
En el capítulo 3, Esperanza Bautist Parejo observa las semejanzas que presentan, en tanto estructura eclesial, los collegia romanos y las primitivas iglesias domésticas. Considerada como "forma pasajera y circunstancial, carente de influencia en la estructura de la Iglesia" (p. 69), la iglesia doméstica constituye, sin embargo, una de las formas organizativas de la primera Iglesia más provechosas para el análisis desde la perspectiva de género, dado que en ella la mujer alcanzó una relevancia semejante a la de los hombres. Dos tradiciones se aúnan en la constitución de las iglesias domésticas: la sinagogal, de marcado carácter familiar y grupal, y la grecorromana, que contaba con diversos cultos domésticos en los que las mujeres eran partícipes importantes. De esta manera, las tradiciones presentes en la sociedad que gestaba en su seno al cristianismo dieron lugar a una estructura igualitaria, diferente de la jerarquía del paterfamilias: "quienes se reunían en las iglesias domésticas lo hacían como miembros de una asociación de iguales (Gal 3,26-27)" (p. 78). Los collegia romanos, por su parte, eran asociaciones fundadas en la solidaridad de sus miembros y en la mutua asistencia, que también contaban con una importante participación femenina. Habida cuenta de que a la Iglesia primitiva le estaba vedada la posesión de propiedades, las semejanzas organizativas propiciaron la evolución de las iglesias domésticas hacia estructuras colegiales, en una estrategia de adaptación a las instituciones romanas que permitió su expansión y la reivindicación de la propiedad eclesiástica. Pero ese mismo curso evolutivo trajo consigo la progresiva pérdida de protagonismo de los laicos -hombres y mujeres- en favor de una jerarquía emergente en el proceso de institucionalización de la Iglesia.
El capítulo 4 se centra en el vínculo entre mujer y herejía entre los s. I y III. Su autora, Mar Marcos, repasa las listas de quienes se consideraron herejes en esos tiempos y encuentra como factor común su asociación directa con las mujeres. No obstante, hace notar que la validez testimonial de las fuentes disponibles para el estudio de la constitución de los grupos heréticos es más que cuestionable, por tratarse de escritos polémicos tendientes a descalificar y refutar doctrinas diferentes de la sostenida por la Gran Iglesia (entendida como "la corriente que se impone como dominante a partir del siglo II y dicta la ortodoxia [...] suprimiendo hasta relegar a las mujeres al papel secundario que ya es normativo en la Iglesia patriarcal del período post-constantiniano"; p. 115). Así, la presencia femenina en determinadas comunidades cristianas se convirtió en la marca decisiva para que éstas pasaran a considerarse heréticas. El estudio concluye, a modo de sugestiva propuesta: "¿fue realmente tan importante el papel de las mujeres en las comunidades tachadas de heréticas, o fueron mas bien los heresiólogos los que magnificaron este protagonismo para poner de relieve el carácter herético de los grupos rivales? Esta perspectiva de análisis deber ser, tal vez, más profundamente explorada" (p. 138).
Prosigue la organización del libro con un estudio realizado por Amparo Pedregal, en el que se analiza la mulier virilis como modelo de perfección en el cristianismo primitivo. Desde una perspectiva en la que se pueden reconocer conceptos provenientes de los estudios de género -más concretamente, del paradigma de la diferencia-, la autora asocia las figuras de mártires, vírgenes y ascetas a partir de la negación en todas ellas de la naturaleza femenina en sus respectivos caminos a la unidad perfecta de Dios. En las primeras, hace notar que se las celebra con epítetos varoniles por "trascender las limitaciones de su débil naturaleza" (p. 151). Con respecto al ascetismo, en el caso de las mujeres se suman una serie de exigencias signadas por la renuncia:1al contacto social, a la comida y la bebida, al cuidado del aspecto exterior. Todos estos intentos de superar las barreras impuestas por el sexo no implicaron un cambio en las estructuras genéricas en época de los primeros cristianos, porque "estas mujeres siguen siendo juzgadas conforme a las perspectivas de género habituales; todas las interdicciones de reclusión, comida, bebida o atuendo, recuperan y recrudecen aún más las normas de comportamiento que ya habían sido dictadas sobre las mujeres paganas" (p. 162). Proyectadas a la actualidad, estas consideraciones resultan de utilidad para "no confundir el acceso de las mujeres a espacios y responsabilidades antes exclusivamente ocupadas por hombres con la adopción y continuidad del modelo de comportamiento masculino, sino que debe ser la oportunidad para desarrollar un nuevo orden social en el que tengan por fin presencia y voz los valores e intereses y los modos de hacer femeninos" (p. 164).
Muy relacionado con el tema anterior, en el capítulo 6 Juana Torres focaliza su análisis en la abundancia de mujeres mártires, hecho del que dan cuenta autores paganos y cristianos a través de un género literario surgido ad hoc -el de los relatos martiriales- en el que se incluyen las Actas de los Mártires, las Pasiones o Martyria y las Leyendas de mártires. El protagonismo adquirido por estas primeras mártires cristianas es tal que las sitúa en posición de "maestras, compañeras, líderes espirituales, intermediarias ante las autoridades terrenas y ante Dios, profetasy, en definitiva, ejemplo paradigmático para el resto de los fieles (p. 205). La autora califica este protagonismo femenino como excepcional y lo equipara con una actitud de protesta, que se manifiesta en todos los relatos martiriales femeninos a través de la ruptura con los valores tradicionales y la insumisión y desobediencia a la autoridad paterna así como al Estado. Este comportamiento, más que una mera rebeldía, constituía una reivindicación de la autonomía y la libertad personal que las hacía dueñas de tomar sus propias decisiones y de perseverar en ellas hasta las últimas consecuencias.
El siguiente capítulo, bajo la responsabilidad de Fernando Rivas Rebaque, ofrece una amplia perspectiva sobre la mujer cristiana en el norte de África latina durante el s. III. Luego de una breve contextualización histórica -que da cuenta de la importancia adquirida hacia fines del s. II por Cartago dentro del mundo cristiano, al punto de convertirse en referencia insoslayable no sólo en África del Norte sino en Hispania- se pasa al estudio de variados testimonios, que confirma la existencia de una importante cultura teológica propia de esa región. En primer lugar, dentro del género martirial, destacan las Actas de los mártires escilitanos (en tanto primer documento literario de la Iglesia latina en África, hacia el año 180) y -de vital importancia en un estudio acerca de las mujeres del primer cristianismo- el testimonio redactado por la mártir cartaginesa Perpetua. Ya en la literatura teológica, se hace mención de algunas valoraciones acerca de las mujeres por parte de Tertuliano y Cipriano. En ellas se pueden rastrear los modelos de ser "mujer cristiana", cuyas formas más eminentes son las mártires (que pueden superar su "natural" debilidad) y las vírgenes (a las que se atribuye una existencia "como de ángeles"). Nuevamente se verifica la renuncia a la identidad de su propio cuerpo como condición necesaria para "alcanzar la perfección". Uno de los puntos más interesantes de este amplio análisis es la justificación que brinda el autor sobre la fragilidad del cristianismo norafricano, que menos de cuatro siglos después es sustituido por el Islam sin dejar casi rastros. Esto se atribuye a "la obsesiva preocupación por los aspectos materiales (sociales, externos) del cristianismo [que] sin duda no permitió una mayor profundización en lo que consideramos fundamental: la incidencia en los aspectos más espirituales (interiorización, personalización)" (p. 261).
Esta obra colectiva concluye con el aporte de Bahira Abdulatif, quien comienza denunciando los estereotipos occidentales acerca del Islam en general y, particularmente, de la posición de la mujer dentro de él. En primer lugar, observa que constituye un error "tratar al mundo islámico como una masa homogénea, teniendo en consideración que esta denominación abarca alrededor de 1500 millones de personas (la quinta parte de la población del mundo) repartidas en los cinco continentes y conformadas por una gran variedad de pueblos, razas, etnias, culturas, tradiciones y costumbres e integrados en sistemas sociales, económicos y políticos distintos" (p. 268). De la misma manera, no se debe ignorar que "el papel de la mujer varía de acuerdo con sus diversas culturas y según las regiones geográficas donde se encuentre el Islam" (p. 269). A tal diversidad cultural y étnica debe sumarse la variedad de matices provenientes de las diferentes comunidades confesionales y escuelas. De ahí que la autora proponga, como primer paso, examinar determinados hechos históricos y textos sagrados sobre la mujer en la tradición musulmana. A partir de citas relativas a las mujeres extraídas del Corán y la Sunna (la tradición y los dichos del Profeta Mohamed), bases de la Sharia o Ley Islámica, es posible ver que el estatus de la mujer en el Islam se centra en la igualdad con respecto a los hombres (si bien es una "igualdad desde la diferencia"). El reconocimiento de esta paridad es claramente manifestado desde el texto sagrado ("Los musulmanes, las musulmanas, los creyentes, las creyentes, los que oran, las que oran, los verídicos, las verídicas [...] a todos esos Dios les ha preparado un perdón y una enorme recompensa"; Corán 33:35). Diversas pruebas textuales son traídas a colación (respecto al derecho de la mujer a la enseñanza, a la libre elección del esposo y al divorcio) para respaldar la aserción de que el Islam significó la adquisición de derechos femeninos avanzados para el contexto histórico. Esto la lleva a concluir que la mujer "no se puede considerar, entonces, como víctima del Islam. Es víctima de algunas instancias religiosas que hacen una lectura masculina del Islam basada en una cultura misógina y que reproduce las tradiciones ancestrales machistas. Tales instancias religiosas insisten en tergiversar los textos sagrados, aferrándose a interpretaciones muy estrictas o poco propicias para nuestro tiempo" (p. 286).
El principal logro de este volumen es el de recoger trabajos provenientes del ámbito hispánico sobre una temática tradicionalmente poco propicia a la presencia femenina. La perspectiva y las herramientas metodológicas provistas por los estudios de género, así como por otras disciplinas menos restrictivas que la teología y la historia del cristianismo, permiten una nueva puerta de acceso hacia la comprensión de modelos sociales y religiosos de comportamiento que, aunque alejados en el tiempo, todavía siguen marcando su impronta en nuestra civilización judeocristiana. Dos detalles, sin embargo, deslucen el resultado final: en primer lugar, un palpable descuido en la revisión de los originales, que dan como resultado una serie de errores de tipeo, repetición o falta de palabras, incorrecciones en los nombres escritos en lengua griega y, en los dos primeros capítulos, una limitación en el uso de signos de puntuación que dificulta notablemente la lectura. En segundo lugar, la existencia de ciertas contradicciones internas: ¿cómo puede figurar una aserción tan reduccionista como la de Juana Torres ("En el mundo greco- romano y en la sociedad judía el papel de las mujeres estaba limitado al ámbito del hogar, en calidad de esposas, madres y amas de casa"; p. 183), cuando desde la Introducción se ofrecen pruebas de lo contrario?
En conjunto, este libro alcanza los objetivos pretendidos por la colección En clave de mujer... ("recuperar silencios, corregir interpretaciones, ofrecer espiritualidad,... con la convicción de que también las mujeres pueden y deben acceder a alguna parcela de la verdad sobre Dios"), al aportar luz sobre las diferentes facetas de la participación femenina en el período del primer cristianismo. Los estudios que lo componen, usando palabras de la editora, "ofrecen imágenes fragmentadas que a la manera de un gran puzzle van formando un cuadro cuyo resultado final desconocemos". Queda abierta así una invitación para continuar
profundizando esta línea de análisis.

Notas

1 No es casual aquí la cita de Torjensen (1992: 56): "mientras los hombres pueden 'ganar' su honor, las mujeres sólo pueden perderlo" (p. 161).