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Circe de clásicos y modernos

versión On-line ISSN 1851-1724

Circe clás. mod.  n.11 Santa Rosa ene./dic. 2007

 

ROMANO, Alba Claudia
Nuevas Lecturas de la Cultura Romana,
San Miguel de Tucumán: I.I.L.A.C., Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Tucumán, 2005: 290 pp. .

Emilio Zaina

Si hiciéramos lo indebido como lectores académicos, si comenzáramos por el apéndice que cierra el libro, confi rmaríamos de antemano una sospecha que permanece latente en cada uno de los artículos del volumen leídos en orden, de principio a fi n: Alba Claudia Romano no vuelve a la antigüedad latina para hallar nuestras raíces o un universo familiar, sino para encontrar allí una alteridad que nos enriquece justamente con sus diferencias. Es este uno de sus argumentos favoritos, porque si bien es cierto que de los latinos heredamos la lengua, los códigos jurídicos o los géneros literarios, ellos y nosotros somos muy distintos. A. C. R. considera, en contra de la communis opinio, que es difícil encontrar en Roma y su imperio la explicación para muchas de nuestras prácticas e instituciones. Las ideas sobre la muerte, el suicidio, la amistad, la religión; la concepción de la familia, la sexualidad, la culpa, el dinero, el humor, el trabajo; la esclavitud y la existencia de una sociedad profundamente estratifi cada, son ejemplos sufi cientes para convertir a los latinos en los "otros" y no en una versión pretérita de nosotros mismos.
Tal vez me equivoque aquí, pero no encuentro en su libro interés por reges et proelia y sí, en cambio, por personajes cómicos, libertos, gladiadores o mujeres y por géneros menores como epístolas, sátiras, elegías, comedias, discursos, graffiti. Sin embargo, ¿están motivadas estas elecciones por el azar o por una multiplicidad de intereses personales aleatorios? Los griegos hacían uso de un proverbio que Cicerón recoge literalmente: qualis autem homo ipse esset, talem eius esse orationem (Tusc. 5.47.9) que significa que un hombre es semejante a los discursos que hace. Las palabras de Cicerón, que pertenecen a la tradición retórica grecolatina, podrían complementarse con una buena cantidad de imágenes y monumentos en los que los latinos aparecen con un rollo o tablillas entre sus manos: esos hombres y mujeres antiguos desean parecerse a sus libros y los libros, desde ya, se les parecen. Alba Romano se parece a su libro, aunque menos en el color de la tapa frontal en la que se recorta una foto de parte de su biblioteca, en la elegancia de las solapas o en la forma material en que los oscuros signos se distribuyen en el blanco de las páginas. Es su discurso, los textos y los temas elegidos, el rigor de los argumentos, la ausencia de erudición inútil, la deserción de todo alarde, lo directo y llano de sus afirmaciones o la novedad de los modelos teóricos utilizados aquello que permite establecer la semejanza. Leer la serie de artículos que la Universidad Nacional de Tucumán le edita es, para muchos de nosotros, encontrar la imagen viva de Alba Romano hablando ore rotundo, interviniendo intensamente con datos o interrogantes punzantes, y a veces beligerantes, en congresos en los que poco se debate y en los que se confi rma casi siempre la agenda que impone el credencialismo cuantitativo y sin límites de nuestro sistema universitario.
Desde el primer artículo, publicado originalmente en 1970, Alba Romano utiliza la primera persona singular para exponer sus argumentos de estilo ático. Hoy sabemos que toda investigación se cruza inevitablemente con nuestra subjetividad, que escribimos, los que lo hacemos aquí, desde nuestra condición de sudamericanos, desde nuestra posición de provincianos o capitalinos, desde nuestra ideología y comunidad interpretativa, desde nuestro género... desde nuestra historia personal. Parapetarse siempre en la pretensión de objetividad de la tercera persona o en el enmascaramiento de la primera persona plural no forma parte de las pretensiones de Alba Romano. Ella escribe y dice "creo", "opino", "considero" con una naturalidad que no se percibe en el engolamiento del "creemos", "opinamos", "consideramos" frecuente -aunque felizmente en retroceso- en muchos escritos de nuestros estudios clásicos. El riesgo de su opción por la primera persona no le quita ninguna fuerza argumentativa a sus trabajos, por el contrario, los sitúa y los singulariza.
¿Sobre qué puede escribir una profesora egresada de la Universidad Nacional de Rosario que en 1966 renuncia a lo que consideró, junto con muchos otros, una Universidad indigna, que emigra a Australia por un año -a la espera de que la crisis académica se mitigue o desaparezca- y se queda más de treinta años en una cátedra en Monash, convirtiéndose en Presidenta de la asociación de los mil quinientos profesores de su Universidad, que vive algunos años en Estados Unidos, en Londres y en Roma, que viaja hacia la India siguiendo el camino de Alejandro y participa activamente en la lucha por la igualdad de los pueblos indígenas de Australia, que retorna a La Argentina en 1997 "con el inocente egoísmo de querer morir en donde se nació" y prosigue con su actividad docente en la Universidad de Buenos Aires además de recomenzar con su apoyo al pueblo Toba? Creo que los caminos y vías laterales que recorren el libro desembocan casi siempre en una avenida central vinculada con diversas cuestiones de la sociedad romana. En primer lugar la repetida alusión a una organización social estratifi cada y a hombres atrapados en límites sociales casi siempre infranqueables. La condición de ciudadano se heredaba y siempre se era esclavo o extranjero y si el estado civil se modifi caba favorablemente, la sociedad nunca olvidaba el pasado indigno del recién llegado. Desplazamientos ascendentes o descendentes en los rangos sociales, pérdida de derechos, factores de poder, conflictos y ansiedades son objeto de estudio y análisis por parte de Alba Romano. Por ejemplo, la importancia del dispositivo de la capitis deminutio era tan grande y sus repercusiones tan importantes para la vida pública e individual de los romanos, que aparecía comentada en casi todos los tratados legales de Roma. Pedir favores para alguien en una sociedad tan estática debió haber sido muy complicado, tal vez por eso las cartas de intercesión o recomendación aparecían viciadas de verbosidad, perífrasis, circunloquios, frases parentéticas, todas estrategias para no amenazar al receptor de la solicitud. Algo semejante sucedía si el destinatario era un par o un superior; en cambio, si se trataba de viejas hechiceras o prostitutas, el discurso era agresivamente masculino y cargado con el veneno de la invectiva yámbica. Existían mecanismos de control social insospechados, como el de los cognomina con significado peyorativo que se utilizaban públicamente o la obscenidad y el humor illiberalis sobre quienes no se comportaban adecuadamente. El instrumento decisivo de la mayoría de estos comportamientos era la palabra: quiénes eran o pretendían convertirse en sus dueños, cuándo se tornaba amenazante o se utilizaba para el escarnio, por cuáles vías circulaba, cómo se convertía en un medio de ascenso o de limitación social. A. R. vuelve a poner estas cuestiones sobre el tapete cuando estudia los graffiti. En un artículo que no se limita a las inscripciones parietales que sobrevivieron gracias a la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era, sino que abarca desde las huellas dejadas en Lascaux y Altamira hasta los graffiti de los subterráneos neoyorkinos, deja constancia de que se trata de una escritura a veces desafiante, en parte anárquica, en parte irrespetuosa, ingeniosa y muchas veces de resistencia o de contra-propaganda.
A. C. R. busca los pequeños intersticios por los que los latinos intentaban evadirse del embretamiento social, o que los mostraban muchas veces orgullosos de su condición social baja, o intentando recuperar el honor perdido. Los encuentra, por ejemplo, cuando estudia la inscripción sobre mármol de Junia Libertas (AE 1940, 0094; 1993, 0418), una liberta que no sentía como una carga su pasado servil, e inclusive demostraba solidaridad de clase, circunstancia que alentaría la hipótesis de la existencia de un grupo de libertos establecidos y reconocidos, que no experimentaban vergüenza de su condición, que tenían bienestar económico y permanecían muy unidos. Algo parecido sucedía con aquellos que decidían arrojarse a la arena de los anfi teatros para combatir como gladiadores. La mayoría de ellos eran prisioneros de guerra o esclavos fugitivos a los que se obligaba a combatir, pero muchos otros, libertos, ciudadanos, aristócratas lo hacían por propia voluntad y muchas veces para recuperar la fama o el honor perdido. Considerados monstruos sanguinarios, pero admirados al mismo tiempo como héroes, los gladiadores podían mostrar valor y entereza al momento de afrontar la muerte durante el combate y con ello recuperarse ante los ojos de los demás. Si un miembro de una aristocracia provincial no reconocida en Roma, como Salustio, veía ensombrecida su carrera política, podía utilizar la escritura de la historia como un instrumento de acomodamiento social y conservación de su propia memoria. Las libertas, como la que fi rma la inscripción antes considerada, podían ser ricas y también podían serlo las matronas romanas que compensaban la imposibilidad de actuar formalmente en la vida política administrando sin restricciones su fortuna personal. Las leyes testamentarias les daban el derecho de heredar lo mismo que los hermanos varones, no estaban obligadas a pagar el impuesto que se destinaba al ejército y tenían más libertad que los hombres para utilizar su patrimonio. Como poseer dinero era muy importante en Roma, las matronas gozaban de una porción de poder que no todos los hombres tenían.
Las mujeres en la literatura latina ocupan un lugar extenso en los trabajos de A. C. R., casi siempre percibidas desde una perspectiva de género que se va tornando cada vez más sensible a medida que el libro avanza. En los primeros artículos aparecen las mujeres tal como las representa el universo elegíaco y más adelante las viejas horribles que describe morosamente Horacio. En muchas ocasiones asoman en otros textos de Alba Romano no tanto como una presencia útil para dar el giro defi nitivo a una serie de argumentos, sino mejor como la adopción de un punto de vista personal de la autora del artículo. Por ejemplo, después de repasar extensamente numerosos pasajes y datos históricos que se refi eren al momento en que la luxuria se apodera de los romanos, A. C. R. acude a la Sátira sexta de Juvenal para señalar que, en la más extensa perorata misógina de la antigüedad, se culpa sin tapujos a las mujeres de haber perdido la pudicitia y en consecuencia de haber abierto la puerta al ingreso de la luxuria. Finalmente aparece formulada con todas las letras una de las cuestiones más interesantes y debatidas de la literatura clásica escrita en latín: ¿es posible detectar las voces directas de las mujeres? A. C. R. analiza algunas piezas de Juvenal en las que en apariencia se les da a las mujeres la oportunidad de hablar; la conclusión es decepcionante porque, cuando hablan, las mujeres lo hacen con un discurso típicamente masculino que no se distingue del que el propio Juvenal utiliza para proyectar en el texto su figura indignada. Hay en el libro de A. C. R. una oscilación hacia los géneros menores, los desclasados, el humor, la materialidad del universo.
La Universidad Nacional de Tucumán, una institución de larga trayectoria en el campo de los estudios clásicos, ha tenido un gesto de mucha generosidad para con el público lector al editar estos trabajos y al mismo tiempo se ha benefi ciado con la posibilidad de ostentar en su catálogo editorial una obra de gran importancia. Si alguien al comienzo de una carrera académica edita un libro, apresurado por los tiempos del "publica o perece", es probable que plasme en él un proyecto de ideas, temas o estilo en ciernes, pero si es el fruto de un largo e intenso itinerario intelectual, un volumen es, casi siempre, un destino. Eso es Nuevas Lecturas de la Cultura Romana, el destino de una intelectual comprometida, generosa, rigurosa e inquisidora.