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Circe de clásicos y modernos

versión On-line ISSN 1851-1724

Circe clás. mod.  n.12 Santa Rosa ene./dic. 2008

 

La Apología y el Diálogo en los primeros apologistas latinos: Tertuliano y Minucio Félix

Cecilia Ames

[Universidad Nacional de Córdoba-CONICET]

Resumen: El trabajo se propone analizar la cuestión del género y de los autores clásicos utilizados por los primeros padres apologistas latinos Tertuliano y Minucio Félix para, a partir de allí, profundizar en la cuestión de la recepción clásica latina para la construcción, consolidación y difusión del cristianismo. Esta mirada crítica radica en tratar de comprender la elección del género y la utilización y apropiación de argumentaciones y elementos de autores clásicos en general como momentos de una práctica y, por lo tanto, de un proceso, los cuales se hacen comprensibles y explicables como estrategia, habida cuenta del lugar desde donde son producidas. Entendido como estrategia, el género literario está ligado a la construcción de la competencia para erigirse como enunciador autorizado y válido. Desde esta perspectiva también abordaremos la cuestión de la recepción y utilización de autores latinos.

Palabras clave: Géneros; Discurso cristiano, Apologistas; Cristianismo primitivo; Cultura clásica.

The Apology and the Dialog in the first Latin apologists: Tertullian and Minucius Felix

Abstract: The paper analyzes the literary genre and classic authors used by the first Latin apologists Tertullian and Minucius Felix to deepen the question of the classic Latin reception for the construction, consolidation and diffusion of Christianity. This look tries to understand the choice of literary genre and the use and appropriation of argumentations and elements of classical authors like moments of a practice and, therefore, of a process, which become understandable and explainable as a strategy, having in account the place from where they are produced. Understood as a strategy, the literary genre is linked to the construction of the power to set itself up as speaker authorized. From this perspective we will approach the reception and use of Latin authors.

Keywords: Genres; Christian speech; Apologists; Early Christianity; Classical culture.

Introducción

Los géneros literarios de la antigüedad grecorromana fueron sin duda un elemento muy importante en la construcción del discurso cristiano pues, como portadores de significación, afectaron la evolución de parámetros políticos y culturales que intervinieron en la construcción del edificio ideológico de la teología cristiana y, de este modo, contribuyeron al trasvase de una corriente conceptual y ética desde la Antigüedad clásica hacia el cristianismo de los Padres de la Iglesia (Alesso 2005/2006: 19-36). Desde esta perspectiva, el trabajo se propone analizar la cuestión del género y de los autores clásicos utilizados por los primeros padres apologistas latinos Tertuliano y Minucio Félix para, a partir de allí, profundizar de un modo crítico en la cuestión de la recepción clásica latina para la construcción, consolidación y difusión del cristianismo. Esta mirada intenta comprender la elección del género y la utilización y apropiación de argumentaciones y elementos de autores clásicos en general como momentos de una práctica y, por lo tanto, de un proceso, que se hacen comprensibles y explicables como estrategia, habida cuenta del lugar desde donde son producidas y del destinatario al que se dirigen.
Los dos autores elegidos tienen en común que pertenecen a los primeros apologistas cristianos que escriben en latín, ambos son del norte de África y vivieron en Cartago, ambos poseen una formación jurídica, se desempeñaron como juristas, son miembros de un estrato social acomodado de la Cartago romana y, convertidos a la nueva religión, emprenden con su práctica de escritura la tarea de defender a los cristianos frente a las acusaciones y de contribuir a la difusión y establecimiento de la religión que consideran como única y verdadera. Estos apologistas latinos del Norte de África se enrolan en la tradición cristiana greco-oriental y sus escritos presentan muchas características comunes a las obras apologéticas griegas. Sin embargo, a diferencia de las apologías escritas en griego, en las apologías latinas de estos autores no se polemiza tanto con los filósofos griegos sino con autores latinos, y en esto reside la originalidad de esta literatura cristiana que comienza a desarrollarse en occidente con Tertuliano y Minucio Félix, que tomarán como base a Varrón y a Cicerón.
El análisis del género y de los escritores clásicos utilizados es imprescindible, además, para abordar la cuestión del objetivo, destinatario, función y efecto de las primeras obras apologéticas cristianas latinas (Bergjan 2002:83). Con respecto al género, la afirmación de Timpe (2001:65) que la apología no constituye un género literario sino que los apologistas se sirven de formas diferentes, cartas, discursos, diálogo, pedido oficial o tratado filosófico, muestra ya una dificultad inicial. A partir de allí se abre un abanico de interrogantes: la continuidad del topos socrático (Butterweck 1995) y, sobre todo, el efecto de la apología en la comunidad cristiana (Zilling 2004). Ante este panorama, y en vistas del estado actual de las investigaciones sobre género literario y recepción de autores clásicos (Fredouille 1976; Steiner 1989), se tomará una perspectiva socio-antropológica (Bourdieu 1992) para analizar la apologética cristiana como una práctica, teniendo en cuenta que en todo campo literario cada creador está autorizado a instituir su propio nomos, desde el cual aporta la regla de su propia percepción. A partir de allí se puede analizar en el discurso de Tertuliano y Minucio Félix la cuestión de la relación entre posesión del saber y autoridad social, a fin de analizar la inserción de la misma en su particular contexto de producción y los mutuos condicionamientos que su escritura plantea entre productor y destinatarios.

Recepción de autores romanos

Cuando al finalizar el siglo II los escritores cristianos del norte de África comienzan a escribir en latín, la literatura cristiana, cuya lengua hasta ese momento era el griego, ya contaba con una consolidada tradición en la escritura de obras apologéticas, que comenzaron a aparecer en la primera mitad del siglo II. Las obras apologéticas griegas, a diferencia de los textos cristianos anteriores que estaban dirigidos al interior de la comunidad cristiana para edificación y fortalecimiento de los fieles, se dirigían por primera vez al mundo exterior, a un público no cristiano, y entran en el dominio de la cultura, de la filosofía y de la ciencia de la época. De este modo, con el objetivo de refutar las calumnias difundidas en el imperio sobre los cristianos y responder a la acusación de que los cristianos son un peligro para el Estado romano, los apologistas griegos comenzarán una polémica con la filosofía, la mitología y las prácticas religiosas paganas, especialmente la religión griega y los cultos orientales. Con respecto a las conductas y prácticas, los apologistas llaman la atención sobre la virtuosa manera de vivir de los cristianos e insisten en que la fe en el dios único era necesaria para el mantenimiento y bienestar del mundo, del emperador y del Estado. En el plano de la argumentación filosófica expusieron lo absurdo e inmoral de las diferentes religiones, de la naturaleza de sus dioses y de los mitos de sus divinidades demostrando que solo los cristianos tienen una idea correcta de dios.
En este sentido, los africanos se enrolan en esa tradición cristiana greco-oriental y las primeras apologías latinas presentan muchas de las características comunes a las obras apologéticas griegas. Sin embargo, también presentan algunas diferencias importantes, en especial en lo que respecta a la religión con la que se polemiza, la religión romana, pues aunque las apologías griegas se dirijan formalmente al emperador, la religión romana no es tema en estas obras. Además, la recepción de textos latinos por parte de autores griegos es muy limitada y, por lo tanto, a diferencia de las apologías escritas en griego, en las apologías latinas no se polemiza tanto con los filósofos griegos sino con autores latinos, y en esto reside la originalidad de esta literatura cristiana que comienza a desarrollarse en occidente, en la recepción y en el tratamiento de representaciones sistemáticas de la religión romana. Aquí tendrán un lugar muy importante dos escritores romanos de la época republicana tardía, Varrón y Cicerón (Rüpke 2005), aunque son muchos los autores latinos a los que se cita: Séneca, Virgilo, Plino, Livio, Tácito, Suetonio, entre otros.
Los escritores cristianos africanos polemizan con los autores romanos basándose y utilizando las referencias a las representaciones, sistematizaciones y argumentaciones sobre la religión romana que se encuentran en estos mismos autores. Esto se aprecia claramente en Tertuliano y Minucio Félix, los primeros apologistas latinos que emprenden la defensa de la nueva religión descalificando y atacando a las demás religiones del imperio romano. Para llevar adelante este objetivo se basan en obras que contienen representaciones sistemáticas de la religión romana, éstas son De natura deorum de Cicerón y Antiquitates rerum divinarum de Varrón, dos obras de la república tardía que predominan durante todo el período imperial. A primera vista ambas obras presentan similitudes, se trata de las obras de dos escritores contemporáneos muy productivos, con aspiraciones filosóficas, representantes del escepticismo académico y ambos se refieren a las religiones. Se trata, sin embargo de dos obras que presentan grandes diferencias entres sí, partiendo desde el género al que pertenecen cada una. En el caso de Cicerón se trata de un diálogo filosófico en el que se plantea un problema teológico. Encontramos en ella las opiniones de muchos pensadores antiguos y, sobre todo, las diferentes posiciones de las escuelas helenísticas del momento son expuestas por los personajes que intervienen en el diálogo con tal claridad y agudeza, que esta obra de Cicerón se ha convertido en una fuente central para la reconstrucción histórica de las discusiones filosóficas de la época. De natura deorum constituye, junto con De divinatione y De fato una tríada donde se discuten conceptos teológicos, abstractos y universales como providentia y fatum, pero en las argumentaciones se encuentran muchos ejemplos de religión romana. Por el contrario, en el caso de Varrón se trata de una obra cuyo tema central no es la filosofía sino la descripción detallada sobre los cultos, la organización religiosa y los dioses de Roma. Su Antiquitates rerum divinarum es una obra de la república tardía que surge de las tendencias a la reflexión y a la sistematización que se desarrollaron en Roma a partir del siglo tercero como consecuencia de la expansión imperialista y del intensificado encuentro con la cultura griega. Respondiendo a esta tendencia, Varrón, por un lado, hace una compilación completa de las prácticas religiosas tradicionales, que de este modo quedan documentadas, y, por el otro, crea un marco sistemático para legitimar filosóficamente estas prácticas religiosas. El instrumento para esto es la diferenciación de tres tipos de teología, destacándose la teología civil, que concede un status teorético propio a las prácticas romanas tradicionales (Rüpke 2005). Varrón admite que el culto y el aparato divino es históricamente contingente, pero como ciudadano romano se ve llamado a defender lo legitimado por la antigüedad y tradición de los propios antepasados. Estas obras de Varrón y Cicerón serán claves en las apologías de Tertuliano y Minucio Félix, pero la modalidad y características de la recepción varían en ambos.

Minucio Félix

La biografía y procedencia de Minucio Félix plantea problemas por la falta de testimonios, sin embargo,1 de acuerdo a los indicios con los que se cuenta, los investigadores se inclinan a afirmar que fue un apologista de las últimas décadas del siglo II, de origen africano, que se desempeñó como abogado en Roma (Bujeau 1964: xxv-xxix). De sus obras conocemos sólo una, el Octavius, conservada como libro octavo del Adversus nationes de Arnobio en un solo códice (Altaner y Stuiber 1993: 146).
El Octavius constituye uno de los textos literarios latinos más pulidos y más fuertemente orientados tanto en el lenguaje como en el tratamiento temático al modelo ciceroniano, específicamente al De natura deorum. Se trata de un diálogo entre tres amigos que, aprovechando la interrupción de la actividad judiciaria con motivos de las fiestas de la vendimia, se dirigen a Ostia, cuya playa será el escenario del diálogo. Los personajes son Cecilio, pagano, Minucio y Octavio, cristianos; con respecto a la fecha dramática Beaujeu (1964: xxvii) ha sugerido que sería entre los años 165 y 170. Minucio, el narrador, que en el diálogo oficia como árbitro, vive desde hace tiempo en Roma y es visitado por un amigo del Africa proconsular, de modo que se trata de un encuentro de compatriotas (1,1-2,1). El diálogo también pone de manifiesto que Minucio conoce la obra de otro compatriota, Tertuliano, pues Becker (1954: 309-332) ha mostrado de un modo convincente que las numero-sas alusiones literarias y conceptuales al Apologeticum de Tertuliano son el resultado de un tratamiento profundo del texto por parte de Minucio Félix, quien no cita o parafrasea a Tertuliano, sino que utiliza sus argumentaciones de un modo libre. Por lo demás, hay una ausencia completa de citas de la Biblia o de autores cristianos y ni siquiera una vez se menciona el nombre de Cristo. De un modo fuerte se nota la dependencia de Cicerón y, sin duda, también la obra de Seneca De superstitione ha tenido un lugar importante, aunque son muchas las alusiones, préstamos, giros literarios y expresiones tomados de la literatura clásica que se intercalan en el relato sin ser citados.
El género literario seleccionado, el diálogo filosófico, hace del Octavio un caso único en la primitiva apologética cristiana y enrola al autor en la tradición clásica. El diálogo le ofrece una variedad de recursos formales para la construcción de la escena, la presentación de los personajes y el despliegue de habilidades, mostrando un dominio de la elocuencia. Este género, además, le permite tomar como modelo a Cicerón y posicionarse como interlocutor válido en cuestiones filosóficas, utilizado este camino para defender la nueva religión. Formalmente es una obra breve que posee una estructura sencilla. Las dos partes principales corresponden a las intervenciones del pagano Cecilio y del cristiano Octavio, un interesante preámbulo, una breve intervención de Minucio, que oficia de árbitro del debate, incluida entre las de los dos contendientes y una con clusión. El modelo que sigue Minucio es el De natura deorum de Cicerón, donde intervienen con largos discursos los representantes de tres grandes escuelas filosóficas. El preámbulo y la conclusión también revelan influencia clásica, así como el narrador en primera persona. La figura del árbitro se encuentra en Aulio Gelio, en cuya Noctes Atticae Minucio también debe haberse inspirado, pues aquel sitúa un diálogo ente dos filósofos de diferentes escuelas en la playa de Ostia.
La introducción (1-4) es de gran valor literario, comienza con la mismas palabras con la que Cicerón comienza su diálogo De oratore: "cogitanti mihi", recordando al amigo fallecido Octavio y evocando recuerdos de tiempos pasados. De esos recuerdos rescata uno, que será la trama del diálogo, el debate de Octavio y Cecilio en torno a la religión. La introducción constituye una lograda puesta en escena en la que el autor, dando muestras de un excelente dominio del lenguaje, describe el paisaje, el ir y venir de las olas y el benéfico influjo de la brisa marina para la salud, y solo un pequeño detalle, el beso de Cecilio a una estatua de la diosa Serapis, será el motivo que desencadenará el debate. El uso del lenguaje y de los recursos literarios evidencian sin lugar a dudas que el diálogo se dirige a un público romano culto y refinado, de un gusto literario exquisito, como se pone de manifiesto por las numerosas alusiones a lugares comunes de la literatura latina, con lo que, a su vez, el autor se construye a sí mismo como un enunciador competente por el profundo conocimiento y el dominio del lenguaje y de la tradición cultural romana.
La intervención de Cecilio constituye la parte siguiente de la obra (5-13). El discurso de Cecilio se estructura en dos partes: primero una exposición (5-7) relativamente breve y llena de referencias a los grandes personajes de la historia romana y de la tradición cultural y religiosa romana, a la que Roma debe su grandeza. De ahí se sigue de que hay un consenso general acerca de la existencia de los dioses (8,1), pero no sobre su naturaleza y origen, reproduciendo en esto la posición de De natura deorum (I,17,44; II,2,5). Aquí queda en claro la posición filosófica de Cecilio, un escepticismo negador de la posibilidad de llegar a certezas firmes y que concede un lugar relevante al destino o a la fortuna en la explicación del devenir y del propio acontecer histórico (5,2-13). Los cristianos son caracterizados como gentes incultas que pretenden estar en posesión de certezas (5,4). En un mundo de dudas e incertidumbres, atenerse a la tradición de los antepasados es el criterio más seguro (6-7), criterio reafirmado por los hechos de la historia romana, pues la divinidad ha recompensado la piedad y la religión del pueblo romano y ha castigado la irreligiosidad y el desprecio de los augurios y presagios. La discusión se estructura en torno a la tradicional oposición entre religio y superstitio, conceptos que son utilizados por ambos contendientes, pero estos conceptos no juegan un rol fundamental en las argumentaciones, por ej. en 10,3 superstitio es usado con una connotación positiva para la descripción de prácticas romanas. Cecilio interpreta el conflicto como una disputa filosófica, se trata de la pertenencia a diferentes escuelas o sectae (4,40; 40,2).
La segunda parte del discurso de Cecilio constituye un violento ataque al cristianismo (8-12) catalogando las principales acusaciones que se dirigían a los cristianos, comenzando por la intención de querer debilitar la religión romana. Las acusaciones son las habituales, transmitidas por otros apologistas, ofrecidas aquí en una enumeración bastante completa. Aquí hay que destacar la descalificación de la nueva religión como irreligiosa audacia (8,1) inpietatis disciplina (8,2) y por el hecho de que sus miembros pertenecen a las capas más bajas de la sociedad, son ignorantes, y entre ellos abundan las mujeres (8,4), lo que se pone de manifiesto en el uso de términos como ilícita factio, coniuratio, nocturna congregatio2. Este es un argumento de peso para el descrédito del cristianismo desde el punto de vista de un romano culto y socialmente bien posicionado. Cecilio insiste en el sin sentido que supone la ausencia de templos, un concepto de dios invisible pero a su vez presente por doquier (10,5) y las creencias escatológicas (11), que Cecilio aduce como confirmación de la impotencia del dios cristiano y de la credulidad y vano idealismo de sus seguidores, que por esto se desentienden de las ocupaciones y tareas cotidianas. En la última fase de su alegato retoma el tono filosófico e invita a los cristianos a imitar el escepticismo de muchos filósofos antiguos como Sócrates, Arcesilao, Carnéades, entre otros, y tener la duda como la actitud más segura (13), continuado en su orientación ciceroniana (De nat. deor. I,5.11).
Una breve intervención de Minucio ( 14-15) se intercala antes del discurso de Octavio. En ella Minucio advierte a Cecilio frente a su prematuro optimismo, pues aún no han escuchado a Octavio, y le recuerda que no es la elocuencia sino la fuerza de la verdad lo decisivo. Este intermedio es utilizado como legitimación y defensa de su propia actitud, novedosa en el ámbito cristiano, de servirse de las armas de la retórica clásica.
El discurso de Octavio sigue a continuación, ocupa la mayor arte de la obra (16-38) y se construye tomando como referencia la intervención de Cecilio, que Octavio rebate punto por punto. Domina la perspectiva filosófica y toda la primera parte se dedica a contradecir la posición escéptica (16,1- 19,15) llegando a la conclusión de que "o ahora los cristianos son filósofos o los filósofos fueron ya antes cristianos" (20,1)3. A continuación, Octavio asocia a la argumentación filosófica su crítica a la religión tradicional (20-27), que en varias ocasiones es llamada superstitio (24,10), el origen y las historias de los dioses (20,2-24,4), las imágenes (24,5-10) y el culto (24, 11-13), y afirma que la superioridad política y militar de los romanos no se debe a su religiosidad sino a los sacrilegios y crímenes que han acompañado la historia de Roma desde sus orígenes4. Al final dirige sus ataques a los auspicios y augurios (26, 1-7), prácticas generalmente asociadas a la providencia, que son obra de los demonios como los filósofos y poetas reconocen (26,8-27,8). La exposición sobre los demonios le sirve para introducir su refutación a las acusaciones dirigidas contra los cristianos (28): adoración de asnos, asesinato de niños, creencia en la resurrección y premio del martirio, culminando en un ataque general a la integridad moral del oponte y de los filósofos.
La última parte constituye la conclusión de diálogo (39-40) donde el narrador manifiesta su admiración por Octavio y reconoce que ha vencido a los filósofos con sus mismas armas, después interviene Cecilio para felicitar públicamente a Octavio, admitir su victoria y testimoniar su conversión.
La elección del género diálogo, imitando el patrón clásico, pone de manifiesto las dotes literarias del autor así como su empeño en elaborar un discurso culto que no desmerece la tradición clásica, adoptando, pese a las graves acusaciones que se intercambian ambos contendientes, un tono sosegado, respetuoso y correcto, en consonancia con la urbanitas ciceroniana. Como ya hemos notado, las referencias a Cristo, a escritores cristianos o a las sagradas escrituras están ausentes en la obra. Sin duda el autor, que quiere acercar el cristianismo a los ciudadanos romanos cultos, lo hace mediante un lenguaje y estilo familiar a ellos. El cristianismo se enrola entonces en una tradición filosófica consolidada y se construye sobre la base de la cultura clásica, con sus herramientas y con los argumentos y ejemplos de Séneca y Cicerón. El diálogo tiende un puente entre el destinatario, ese conciudadano culto al que se intenta persuadir y convertir con argumentaciones y ejemplos que le son conocidos, y un enunciador cristiano pero competente, cuya amplia formación lo distingue de la masa de los cristianos y lo posiciona como un par en la confrontación filosófica.

Tertuliano

Un tono completamente diferente y una actitud combativa caracterizan los escritos apologéticos de Tertuliano, quien vive en Cartago entre el 160 y el 220. De allí que su elección del género literario, así como su modo de recepción y apropiación de la tradición clásica, sea muy peculiar. De temperamento violento y de ardiente energía, alimentó dentro de sí una pasión fanática por la verdad: para él todo el problema del cristianismo y del paganismo se reduce a la vera vel falsa divinitas; su defensa del cristianismo y su ataque al paganismo y la herejía fueron el móvil de una intensa labor literaria en la que combina el discurso jurídico y el apologético. Se conservan 31 obras, no todas completas, que, de acuerdo al contenido, se clasifican en obras apologéticas, obras doctrinales y polémicas -destinadas a combatir los errores doctrinales- y obras morales y ascéticas que versan sobre cuestiones de la praxis de la iglesia y de la vida cristiana.
Tertuliano escribe un latín complicado y su estilo no clásico presenta fuertes connotaciones personales. De las numerosas obras de Tertuliano nosotros nos centraremos en Ad nationes, donde Tertuliano se sirve consecuentemente del mundo de representaciones de la cultura antigua y de la crítica de la religión, convirtiendo los argumentos habituales para la defensa del paganismo en argumentos para la ofensiva. Ad nationes es la primera apología cristiana en latín que ha llegado hasta nosotros y fue compuesta por Tertuliano en el 1975, Consta de dos libros y se trataría de una apología dirigida al mundo que quedó inconclusa y no corregida, aunque otros investigadores afirman que se trata simplemente de un bosquejo y colección de material que encontraría su acabada expresión en Apologeticum, obra escrita poco tiempo después6.
El libro primero de Ad nationes comienza demostrando que el procedimiento jurídico seguido contra los cristianos es irracional y va contra todos los principios de justicia, señalando Tertuliano que esta iniquidad es fruto de la ignorancia, pues los paganos condenan lo que no conocen (cap. 1 al 6). En los capítulos siguientes (del 7 al 19) refuta las denuncias y calumnias sobre los cristianos que se habían hecho corrientes, y prueba que son falsas, desarrollando una argumentación en la que los adversarios son llevados al absurdo y ellos mismos deben ser acusados (retorquere crimina), de modo tal que aun en el caso de que las acusaciones contra los cristianos fueran verdaderas, los paganos mismos cometen crímenes peores, por lo que no tienen derecho a condenar. Formalmente se trata de un discurso dirigido a numerosos destinatarios, "al mundo" (1,1). Sin duda, ese 'mundo' al que dirige la obra, son los ciudadanos romanos cultos en general7. A estos ciudadanos romanos cultos les llama la atención sobre su 'ignorancia', ignorancia relacionada con el odio y con el comportamiento contradictorio frente a la injusticia. Estas primeras palabras resultan entonces un sutil ataque a sus destinatarios, a los que construye como ignorantes e injustos y, a su vez, anuncia la temática del libro que gira alrededor de los procedimientos jurídicos. Tertuliano retoma y elabora mucho material de los apologistas griegos (Schneider 1968) y, en general, no se desvía del camino iniciado por ellos. La diferencia con Minucio Félix es evidente.
El segundo libro reviste un carácter más original, en él Tertuliano emprende la crítica a las religiones paganas en general y ataca en particular las creencias romanas sobre los dioses, ridiculizándolas de un modo incisivo. Para demostrar la irracionalidad de las doctrinas sobre los dioses y su reprochabilidad moral Tertuliano argumenta con numerosos ejemplos y detalles tomados de la historiografía, de la poesía y de la filosofía, lo que pone de manifiesto el acabado conocimiento y dominio de Tertuliano sobre tradición literaria romana, pero él no construye sobre esta tradición sino que rompe con ella. El tono de este libro ya no es defensivo sino decididamente agresivo, pues de la sutil designación del destinatario como ignorante en el libro primero pasa a una denominación ofensiva directa al llamarlos miserandae nationes. También en este caso las primeras palabras anuncian el tema del libro, los dioses de los destinatarios romanos y la cuestión de la verdad y falsedad. Sin embargo, el objetivo de Tertuliano va más allá de la discusión filosófica sobre la naturaleza de los dioses y en el mismo capítulo primero ya deja en claro que va a emprender una crítica incisiva que abarca no sólo a los dioses sino a las prácticas concretas de la religión romana tradicional, las instituciones de los mayores, los mecanismos de legitimación (2,1,7).
Para llevar adelante este objetivo Tertuliano tiene que alejarse del camino de los apologistas griegos (Becker 1954: 88) y recurrir a material sobre dioses y prácticas romanas. A este material lo encuentra en la obra de Marcus Terentius Varro, Antiquitates rerum divinarum libri XVI. Ya en el primer capítulo del libro segundo Tertuliano comienza con la exposición del sistema de Varrón, constituyéndose el libro completo en un diálogo y discusión con el citado autor romano. La obra de Varrón constituye no sólo el punto de partida de Tertuliano sino también el principio de estructuración de este libro, pues Tertuliano expone el sistema de Varrón y, de acuerdo a él, procede sistemáticamente, punto por punto. Tertuliano se vale aquí de la clasificación de Varrón (tria genera theologiae), que distingue los dioses de los filósofos, genus phisicum, los dioses de los poetas, genus myticum y los dioses de las naciones, genus gentile, e introduce en relación con este tercer género de dioses, que corresponde a la teología civil, la imagen de la adopción, pues se trata de los dioses que las diferentes naciones han elegido y adoptado para practicar su culto (2,1,10). La argumentación de Tertuliano construye el sistema religioso romano como una suma interminable de religiones locales, de modo que la religión romana no es otra cosa que un complejo conglomerado de divinidades desconocidas por los mismos ciudadanos del imperio.
La segunda parte del libro segundo abarca los capítulos 9 al 17 y se refiere a los dioses nacionales romanos que serían hombres divinizados o invenciones o personificaciones. En esto sigue a los apologistas griegos, que ya se habían referido a los dioses como hombres divinizados, pero Tertuliano utiliza autores clásicos y en su mayoría romanos, entre ellos Varrón, Cassio Hemina, Cornelio Nepote, Tácito, Didodoro Sículo y Plinio el viejo. De alli deduce Tertuliano que no son los dioses los que han hecho grande al estado romano y, por lo tanto, que la caída del mismo tampoco puede ser una consecuencia del abandono de su culto, contestando de este modo a las acusaciones contra los cristianos. En esta segunda parte del libro segundo Tertuliano continúa la polémica con la religión romana y especialmente con el sistema de Varrón, pero en otra dimensión (Rüpke 2005). El objeto de confrontación de Tertuliano no es ya la tripartición varroniana, ni la teología civil, sino Roma misma, la ciudad dominante que se legitima como tal a través de esta teología y difunde el absurdo. Aquí aparece la dimensión política de la teología y su relación con un sistema de dominación.
De esta mirada al contenido del libro segundo resulta claro que la argumentación filosófica, que es el punto de partida de Tertuliano, pues él anuncia al principio del libro que va a criticar el error (2,1,2), no es el único objetivo del libro. El destinatario de la obra que Tertuliano tiene en mente lo lleva a incorporar otros elementos más allá de la discusión filosófica sobre la naturaleza de los dioses, de allí sus referencias a las prácticas religiosas, especialmente de la ciudad de Roma y su original recepción de Varrón. La elección de Varrón no es casual, esta obra poco dice sobre las diferentes religiones del imperio. Varrón, que desde el punto de vista filosófico admite que el culto y el aparato divino es contingente, como ciudadano romano se ve llamado a defender un sistema religioso legitimado por la antigüedad y la tradición de los propios antepasados. Esto es lo que ataca Tertuliano y está claramente expresado al comienzo del segundo libro (2,1,7), donde aborda la crítica a todas las prácticas basadas en el argumento de la tradicionalidad. De allí en adelante la confrontación con Varrón funciona como principio estructurante de todo el libro.
Tertuliano comienza dirigiéndose a las miserandae nationes, pero paulatinamente concentra su crítica y su ataque en el pueblo dominante, cuya sede es Roma. El contexto dominación-religiosidad hace que Roma sea la que expande y legitima la religión romana. De allí que su crítica se dirige sobre todo a las prácticas religiosas de la ciudad de Roma, información que toma de Varrón. Aunque todos los dioses son objeto de crítica, se ensaña especialmente con los dioses de los romanos, que son su propia imagen, y los ridiculiza al extremo. Estas consideraciones sobre las divinidades romanas le permiten a Tertuliano atacar la idea de que la superioridad romana se base en la religiosidad utilizando el argumento de la absurdidad y ridiculez de los dioses romanos y del fracaso probado de los dioses importados.

Conclusión

La lectura de ambas obras nos lleva a una primera observación con respecto al género literario y a coincidir con la afirmación de Timpe (2001), que la apología en sí misma no constituye un género literario sino que los padres apologistas se sirven de formas diferentes, cartas, discursos, diálogo, pedido oficial o tratado filosófico. De este modo, podemos hablar con precisión del género diálogo en el Octavio y de un discurso de carácter apologético en el Ad nationes, así como en el Apologeticum. Minucio Félix, al elegir el diálogo filosófico, se enrola en una tradición y escribe una obra tomando como modelo a Cicerón. También tomará muchos préstamos de Tertuliano y utilizará sus argumentos y ejemplos, pero el resultado es una obra totalmente diferente a la de Tertuliano. Esto está facilitado por el género elegido, pues el diálogo le permite tomar los elementos combativos y ponerlos en boca de los interlocutores como momentos de la argumentación, no de la denuncia, ataque o descrédito, articulando así una defensa del cristianismo con un ataque mesurado a la religión romana, tal como puede realizarla un ciudadano romano culto en una discusión filosófica entre pares. Más allá de la forma dialogal, en lo que respecta a los préstamos y referencias a autores clásicos, ellos son numerosísimos y todos los investigadores acuerdan en la capacidad de Minucio para componer y ensamblar frases, expresiones y figuras tomadas de otros autores, haciendo de esta obra un equilibrado mosaico de ideas, escenas y detalles tomados de todos lados. Si bien este modo de proceder era común en la antigüedad, pues la imitación de los grandes autores constituye una característica de los usos retóricos, lo más habitual era citar la procedencia de los textos, cosa que no hace Minucio. Con respecto a los préstamos, citas o referencias a las Sagradas Escrituras, están completamente ausentes; usa algunos autores cristianos, como Tertuliano, pero tampoco los cita. Sin duda esto está también ligado a la elección estratégica del autor, pues produce el efecto de una profunda compenetración de forma y contenido, lo que nos lleva a la relación entre el género seleccionado y el público al que se dirige: si su propósito es acercar el cristianismo a la elite romana culta y distinguida debía hacerlo por medio de un lenguaje y estilo que les fuera familiar. Es notable el esfuerzo por mostrar un cristianismo refinado y culto, alejado de aquel movimiento de extracción social baja que se reúne misteriosamente de noche y es frecuentado por mujeres. De este modo Minucio Félix, al elegir el género, también elige un marco de recepción. Entendido como estrategia, el género literario también está ligado a la construcción de la competencia para erigirse como enunciador autorizado y válido, como un cristiano culto, de allí la importancia de conocer y dominar la tradición literaria romana, pues esto lo posiciona ante la elite intelectual sobre la que quiere influir.
En el caso de Tertuliano, la ausencia de ataduras a un género literario tradicionalmente pautado y determinado le permite escribir un discurso o alegato de carácter apologético dirigido al mundo, emprendiendo un ataque decido y agudo a la religión de Roma, desacreditándola y mofándose de sus dioses y tradiciones. Sin duda, la forma discursiva le da una amplia gama de posibilidades, pues no se trata de un formato fijo, y le posibilita emprender su ataque y defensa en clara ruptura con la tradición clásica. Su referencia a Varrón no será para tomarlo de modelo, ni para acercar esta postura a sus destinatarios, sino para responder punto por punto a la única elaboración sistemática de la religión romana. Pero la argumentación filosófica no es el único objetivo del libro. El destinatario amplio de la obra que Tertuliano tiene en mente lo lleva a incorporar otros elementos más allá de la discusión filosófica sobre la naturaleza de los dioses, de allí sus referencias a las prácticas religiosas de la ciudad de Roma, su original recepción y su disputa con Varrón como proyecto de legitimar las prácticas religiosas romanas fuera de Roma. Finalmente, queda claro que el cristianismo no es una postura filosófica, sino que se basa en una verdad revelada. Por eso su discurso se dirige no sólo al público romano culto, al que también califica de ignorante, sino a todos, al mundo.
Tertuliano y Minucio Felix son dos profundos conocedores de la tradición clásica, pero cada uno la adoptará y la resignificará de un modo diferente, y el modo de apropiación de cada uno está marcada por las intenciones, el destinatario y el marco de recepción. Ambos autores argumentan con numerosos ejemplos y detalles sobre religión e historia de Roma tomados de la historiografía, la poesía y la filosofía, lo que pone de manifiesto el acabado conocimiento y dominio sobre la tradición literaria romana; pero mientras Minucio Félix la rescata y toma como modelo, Tertuliano rompe con ella de un modo definitivo y no se basa en modelos clásicos. Sin duda, Minucio también emprenderá su crítica a la religión romana y a las contradicciones de ciertas prácticas tradicionales, pero lo hará de la mano del escepticismo académico o del estoicismo, apoyándose en la filosofía. De allí que el género seleccionado sea precisamente el del diálogo filosófico. Minucio se dirige a un romano culto y construye el cristianismo basándose en la tradición clásica, pues siguiendo el modelo de Cicerón hace una formulación filosófica de la nueva religión. Tertuliano se dirige también a un destinatario romano culto, pero le propone una ruptura con una tradición llena de contradicciones, pues a favor del cristianismo pueden usarse muchas argumentaciones filosóficas, pero es claro que para Tertuliano el cristianismo no es una doctrina filosófíca sino una verdad revelada.
Con respecto a la religión del imperio con la que se enfrentan, en ambos autores las referencias y los datos concretos sobre la religión romana están tomados de la tradición literaria, se trata siempre de casos y ejemplos estandarizados que provienen de la filosofía, la historiografía, la poesía y los manuales de retórica. La selección de información responde sin duda a la intención apologética cristiana y se toman aquellos ejemplos que muestren lo contradictorio, inhumano o ridículo de las prácticas religiosas romanas, de modo que resultan funcionales a la argumentación filosófica. Pero aquí se abre nuevamente la brecha entre nuestros dos autores, pues este no es el único objetivo de Tertuliano, él demuestra tener además, una conciencia clara de la estructura de dominio del imperio romano, del rol de la ciudad de Roma y de su propio lugar como provincial. El contexto dominaciónreligiosidad hace que Roma sea la que expande y legitime la religión romana. Las consideraciones sobre las divinidades romanas ridiculizadas al extremo le permiten a Tertuliano atacar la idea de que la superioridad romana se base en la religiosidad. De este modo Tertuliano, desde su situación de provincial, aborda el tema del dominio romano, y en ese marco analiza y ridiculiza sus prácticas religiosas y muestra que los dioses romanos no pueden afrontar el desafío que significa el imperio, pues les falta universalidad. Tertuliano argumenta con las estructuras vacías que constituyen las religiones en el imperio romano: provincia, civitas, municipium8. Pero no se generan nuevas categorías, de allí que Tertuliano, al intentar imponer el cristianismo, hace de él una nueva religión romana, mientras Minucio Félix hace de él una nueva filosofía. Esto determinó la elección del género y la modalidad de la recepción de los autores clásicos.

Notas

1 Las más antiguas son las alusiones de Lactancio, Div. Inst., V,1, 21ss., obra escrita en el 310. San Jerónimo, 347-419, Vir. Ill . 58; Ep. 70,5.

2 Esto nos recuerda la prohibición de las Bacanales en el 189 a.C. narrada por Tito Livio, pues estos elementos aparecen para caracterizar el descrédito de las bacantes en Liv. 39. Sobre cultos nocturnos Plinio el Joven, Epist. X, 96,7 dice que los cristianos se reunían antes de salir el sol.

3 Cfr. la formulación análoga en Cicerón, de nat. deor. 1,14.

4 Muchas de estas referencias críticas e irónicas a los dioses romanos son tomadas de Tertuliano.

5 La obra se ha conservado sólo en un códice parisino del siglo XIX, el Codex Agobardinus, que contiene trece obras de Tertuliano y, a pesar de sus defectos, sigue siendo una fuente generalmente segura para la historia del texto.

6 El parentesco ente ambas obras salta rápidamente a la vista, pues casi la totalidad del contenido de Ad nationes se encuentra nuevamente en Apologeticum, aunque con ciertas modificaciones y estructurado de un modo diferente. Esta parcial repetición del contenido ha dado origen a diferentes interpretaciones sobre la relación entre ambas obras y, especialmente, sobre el status y el carácter de Ad nationes (Becker 1954: 58; Price 1999: 106).

7 Entre ellos se encuentran también aquellos encargados de administrar justicia, los cuales, aunque no son los destinatarios directos de la obra, pareciera que Tertuliano los tiene en la mira al escribir el libro (Becker 1954: 76).

8 La compleja relación entre religiones locales y religión imperial es lo que en todo momento está en el fondo, de allí su disputa con Varrón como proyecto de legitimar las prácticas religiosas romanas fuera de Roma. Tertuliano argumenta basándose en el lugar, las categorías romanas de religión local, religión provincial, religión imperial están presentes y en su crítica basa su propuesta de religión universal.

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Recibido: 21/03/2008
Evaluado: 27/04/2008
Aceptado: 06/05/2008