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Circe de clásicos y modernos

versión On-line ISSN 1851-1724

Circe clás. mod. vol.14 no.2 Santa Rosa jul./dic. 2010

 

ARTÍCULOS

Sobre el mundo de Pseudo Aristóteles

José Pablo Martín

[Universidad Nacional de General Sarmiento]
Traducción
jpm@ungs.edu.ar

Marta Alesso

[Universidad Nacional de La Pampa]
Revisión
alessomarta@gmail.com

Resumen: El tratado De mundo articula en siete capítulos una sorprendente síntesis de pensamiento filosófico en la era imperial romana. A una presentación de la filosofía como ciencia suprema siguen las interpretaciones del orden natural según cinco elementos y de la armonía del cielo de los dioses y la tierra de los hombres, más una descripción de la geografía y la meteorología del mundo como casa del dios supremo, que gobierna el Estado cósmico como un rey. Aunque todavía hay estudiosos que quieren mantener la atribución del tratado a Aristóteles, el traductor sostiene que la escritura del texto no pudo ser anterior al siglo I a.C., cf. Méthexis 11, 1998, 103-111.

Palabras clave: De Mundo; Ps. Aristóteles; Naturaleza; Cielo; Tierra.

On the cosmos by Pseudo-Aristotle

Abstract: The treatise De mundo develops a surprising synthesis of the philosophical thought in Roman Imperial times in seven chapters. The presentation of the philosophy as the supreme science is followed by the interpretations of the natural order according to the five elements and by the explanation of the harmony of gods' heaven and men's earth, plus a description of the geography and the meteorology of the world as the home of the supreme god, who governs the State as a cosmic king. Although there are scholars who still attribute the treatise's authorship to Aristotle, this translator claims that the writing of the text could not have been done earlier than the first century BC, cf. Méthexis 11, 1998, 103-111.

Key words: De Mundo; Ps. Aristotle; Nature; Sky; Earth.

I. 391a. La filosofía, Alejandro, muchas veces me ha parecido realmente una cosa divina e inspirada, sobre todo cuando partiendo solitaria hacia la contemplación del universo, se esfuerza por conocer la verdad que hay en él. Y mientras las otras ciencias permanecen distantes de ella por su dignidad y magnitud, la filosofía no ha rehuido esta tarea ni se ha considerado indigna de los argumentos más elevados, sino que se juzgó congénere de la verdad y pensó que era la indagación más conveniente. Puesto que no era posible alcanzar la región celeste valiéndose del cuerpo, y explorar aquel lugar sagrado abandonando la tierra, como alguna vez intentaron insensatos los Alóades, el alma, a través de la filosofía, tomando al intelecto por guía, logró atravesar y abordó esa tierra extraña encontrando un camino libre de impedimentos, y abrazó por medio del pensamiento las cosas que, en cuanto al lugar, se hallaban más distantes unas de otras. Creo que, entonces, fácilmente conoció aquello que era de su mismo género y con el ojo divino del alma captó las cosas divinas y profetizó para los hombres. Acontecida esta experiencia, ha querido, tanto como le era posible, hacer participar generosamente a todos de sus riquezas. Por eso a los que nos han informado con gran detenimiento ya sobre la naturaleza de una única región, ya sobre el aspecto de una sola ciudad, ya sobre la grandeza de un río, ya sobre la belleza de una montaña, como también a los que hicieron lo mismo, describiendo unos Osa, otros Nisa, otros la gruta de Corico, otros cualquier otra parte de la tierra, creyéndolas grandes cuando eran de poca consideración, los compadeceríamos por su mezquindad de alma al conmoverse por las cosas encontradas. Y eso les ocurre por no haber contemplado las cosas superiores, es decir, el mundo y lo que en él hay de más elevado. 391b. Porque si conocieran genuinamente estas cosas, jamás mirarían con admiración otras, sino que todo el resto les parecería insignificante y sin valor en comparación con la superioridad de aquellas.
Afirmémoslo nosotros y, tanto cuanto sea posible, argumentemos sobre todas estas cosas según su naturaleza, según su ordenación y según su movimiento. Y creo que también sería conveniente para ti, que eres el mejor de los gobernantes, ir en busca del más elevado conocimiento sin concebir nada pequeño en filosofía, sino más bien permitir que los más nobles de los hombres sean enriquecidos por tales dones.

II. El mundo es un sistema compuesto por el cielo y la tierra y por los entes comprendidos en ellos. Se llama también mundo al orden y a la disposición de todas las cosas, preservada por la divinidad y a través de la divinidad. Su centro, firme e inmóvil, resultó ser la tierra, portadora de vida, hogar y madre de toda clase de vivientes. Su parte superior se haya completamente contenida en sus límites; y la parte más elevada, habitáculo de los dioses, se llama cielo. Está lleno de cuerpos divinos, que solemos llamar astros, y se mueve con un movimiento eterno, girando conjuntamente y sin pausa en forma circular en una misma órbita por todos los siglos. Siendo que el cielo todo, como el mundo, tiene forma esférica y se mueve sin término, como ya se dijo, posee necesariamente dos puntos inmóviles, opuestos entre sí, a la manera de la rueda que gira en su eje, y que permanecen fijos sosteniendo la esfera, alrededor de la cual todo el mundo se mueve. Éstos se llaman polos, y así el mundo da vueltas en círculo. Si proyectamos una línea recta que los una, lo que algunos llaman eje, resultaría el diámetro del mundo, 392a con la tierra por centro y los dos polos por extremos. De estos polos inmóviles, uno, siempre visible, está en la extremidad de la región boreal, llamado ártico; el otro, siempre oculto bajo la tierra, hacia el sur, se llama antártico. A la substancia del cielo y de los astros, la llamamos éter, no porque arda al modo del fuego, como algunos confunden, siendo su naturaleza totalmente diversa de la del fuego, sino porque está siempre moviéndose en círculo, diferente que es de los cuatro elementos, simple y divino. Respecto de la circunvalación de los astros, unos, los fijos, giran conjuntamente con todo el cielo, manteniendo las mismas posiciones, en medio de los cuales se forma un cinturón, el llamado círculo del Zodíaco que atraviesa transversalmente los trópicos dividiéndolo en las doce regiones zodiacales. Otros, los planetas, no se mueven con la misma velocidad que los fijos, ni con la misma uno y otro. Más bien cada uno gira en órbitas distintas, de modo que algunos lo hacen más cerca de la tierra y otros más lejos. A los hombres les es imposible calcular el número de los astros fijos, a pesar de ser única la manifestación de su movimiento en el cielo todo. Los planetas, por su parte, se cuentan en número de siete y se ubican en otros tantos círculos sucesivos, de tal modo que el círculo más alto es siempre más grande que el que está debajo, y los siete se envuelven unos a otros, aunque a su vez todos son contenidos por la esfera de los fijos. La posición contigua a ésta está siempre ocupada por el círculo llamado Brillante o también Cronos; a continuación el Resplandeciente, llamado Zeus; luego el Pirético, denominado ya Hércules, ya Ares; seguidamente el Irradiante, consagrado según algunos a Hermes, según otros a Apolo; enseguida el de Fósforo, llamada por algunos Afrodita y por otros Hera; después el del sol, y por último, el de la luna que se extiende hasta la tierra. Y el éter envuelve los cuerpos divinos y el orden de su movimiento. Después de la naturaleza etérea y divina, cuyo ordenamiento mostramos, y que es inmutable, inalterable e impasible, sigue la que es por completo pasible y cambiante, y para decirlo todo de una vez, corruptible y sujeta a la muerte. La primera de aquéllas es la sustancia sutil y llameante, 392b encendida por la naturaleza etérea en virtud de su magnitud y de la rapidez de su movimiento: en esta sustancia denominada ígnea y desordenada, saltan chispas, se desprenden llamas, y están fijos los llamados luceros, meteoros y cometas que muchas veces se extinguen. A continuación se desplaza el aire, oscuro y helado por naturaleza y que, por el influjo ígneo, se hace claro y templado, hasta tornarse brillante y cálido. En ese medio, por ser pasible y capaz de toda clase de transformaciones, las nubes se condensan y se precipitan tanto las lluvias como las nieves, las escarchas, los granizos, los vientos, los tifones, además de los truenos, los relámpagos, la caída de rayos, y la invasión de innumerables tinieblas.

III. A continuación de la naturaleza aérea, se afirman la tierra y el mar, rebosando de plantas y animales, de manantiales y ríos, de los cuales unos recorren la tierra y otros desembocan en el mar. La tierra se diversifica en innumerables praderas, en elevadas montañas, en espesos bosques, en ciudades que erigió el animal sabio que es el hombre, y en islas marinas y continentes. El decir común divide a la tierra habitada en islas y continentes, ignorando que todo es una isla alrededor de la cual fluye el mar llamado Atlántico. Sin embargo, es verosímil que haya muchas otras islas situadas lejos de esta, unas más grandes, otras más pequeñas; pero todas, salvo ésta, invisibles para nosotros. Lo que son nuestras islas en relación con los mares, lo es la tierra habitada en relación con el mar Atlántico y lo son las otras numerosas islas en relación con la totalidad del mar. En efecto, estas grandes islas están rodeadas por grandes mares. La totalidad de la naturaleza húmeda, que se expande y hace crecer en las salientes de la tierra las llamadas zonas urbanas, está a continuación de la naturaleza aérea. Después, en el lugar más profundo y céntrico del mundo está fija la totalidad de la tierra, compacta, inmóvil y firme: este es el conjunto del mundo que llamamos parte baja. 393a Así pues, estos cinco elementos constituyen la totalidad del mundo, distribuidos en cinco regiones esféricas, envuelta siempre la más pequeña por la más grande (es decir, la tierra por el agua, el agua por el aire, el aire por el fuego y el fuego por el éter). En la parte superior se establece la morada de los dioses y en la inferior la de los mortales. En esta última se encuentra tanto lo húmedo, que acostumbramos llamar ríos, arroyos y mares, como lo seco que designamos con el nombre de tierra, continentes e islas. De las islas, unas son grandes, como toda esta que llamamos tierra habitada y muchas otras rodeadas por grandes mares; otras, en cambio, son más pequeñas, visibles para nosotros y ubicadas dentro de nuestro ámbito. De éstas las más importantes son Sicilia, Cerdeña, Córcega, Creta, Eubea, Chipre y Lesbos; las menores son las Espóradas, las Cícladas, y otras con diversos nombres. El mar exterior a la tierra habitada se llama Atlántico o también Océano, y fluye alrededor nuestro. Hacia el oeste se abre un angosto pasaje, en las llamadas Columnas de Hércules, por el cual el Océano va a desembocar en el mar interior como si marchara hacia un puerto y, ensanchándose poco a poco, se extiende abrazando grandes bahías contiguas unas con otras, ya desembocando en estrechas aperturas, ya ensanchándose nuevamente. En primer lugar, se dice que forma a la derecha, navegando hacia las Columnas de Hércules, dos bahías, de las cuales una es llamada Gran Sirte y la otra Pequeña Sirte. Del otro lado ya no se forman bahías como éstas, sino tres mares, a saber, el de Cerdeña, el llamado mar de Galia y el Adriático; a continuación, de ellos está ubicado transversalmente el mar de Sicilia, después el Cretense y junto a éste, por un lado, el mar Egipcio, el de Panfilia y el Sirio, y por otro, el Egeo y el Mirto. En la parte opuesta a los recién mencionados se extiende el mar Ponto, formado por muchas partes, la más interna se llama Meótide, mientras que la externa 393b hacia el Helesponto está conectada con la llamada Propóntide. El Océano avanza todavía hacia la región por donde el sol se levanta y, abriendo el golfo Índico y el Pérsico, origina después el mar de Eritrea, abrazándolos a todos. Del otro lado, pasa primero a través de un brazo de mar estrecho y largo, después se expande nuevamente delimitando las regiones de Hircania y del Caspio: esta profunda región confina con el lugar que está más allá de la laguna Meótide. Sucesivamente, más allá de la región de los escitas y de los celtas, ciñe la tierra habitada aproximándose al golfo de Galia y a las Columnas de Hércules, por fuera de las cuales el Océano fluye alrededor de la tierra. En ese mar están precisamente dos grandes islas llamadas Británicas, Albión e Irlanda, más grandes que las que hemos investigado antes y que se encuentran por encima de la región de los celtas. No menores que ellas son las islas de Taprobane, que se encuentran enfrente a la India, oblicuas respecto a la tierra habitada, y la isla llamada Febol situada cerca del golfo Arábigo. Hay muchas otras islas pequeñas alrededor de las islas Británicas y de Iberia formando como un círculo entorno a nuestra tierra habitada, de la que hemos dicho que es ella misma una isla: la extensión de nuestra tierra habitada, en lo más ancho del continente, es un poco menos de cuarenta mil estadios, como dicen los buenos geógrafos; mientras que el largo es de aproximadamente setenta mil estadios. Ésta se divide en Europa, Asia y Libia. Europa está demarcada por el círculo que parte de las Columnas de Hércules hasta el interior del Ponto y el mar de Hircania, 393b sobre el que se extiende un estrechísimo istmo hacia el Ponto. Algunos, en vez del istmo, han dicho río Tanais. Asia es la región desde este istmo del Ponto y el mar de Hircania hasta otro istmo, que se extiende entre el golfo de Arabia y el Mediterráneo; está rodeada por este último y las corrientes del Océano. Aunque algunos dicen que el límite de Asia va desde el Tanais hasta las desembocaduras del Nilo. Libia está entre el istmo de Arabia y las Columnas de Hércules. 394a Otros dicen que desde el Nilo hasta las Columnas. Egipto, que está rodeado por las desembocaduras del Nilo, para unos está pegado a Asia y para otros, a Libia; unos consideran independientes las islas y otros las asignan a las regiones vecinas. Hemos investigado así sobre la naturaleza y la posición de la tierra y del mar, conjunto que acostumbramos llamar tierra habitada.

IV. Hablemos ahora acerca de los acontecimientos más importantes en la tierra y alrededor de ella, resumiendo los puntos necesarios. Dos exhalaciones se elevan continuamente desde la tierra hacia el aire que está sobre nosotros, cuyas partes son infinitésimas y completamente invisibles, a no ser durante la aurora cuando son contempladas elevándose de los ríos y arroyos. Y de estas exhalaciones, una es seca y humeante, desprendida de la tierra; otra es húmeda y vaporosa, exhalada de la naturaleza húmeda. De esta última surgen neblinas, rocíos, distintos tipos de hielos, así como nubes, lluvias, nevadas, granizadas. De la exhalación seca surgen vientos y diferentes corrientes de aire y truenos, relámpagos, tormentas, rayos y demás cosas que les son afines. La neblina es una exhalación vaporosa que no produce agua, más densa que el aire y más ligera que una nube, se genera del principio de una nube o de sus residuos. Y el opuesto de la niebla es lo que se llama un cielo claro, que no es otra cosa que aire despejado y sin nubes. El rocío es algo húmedo que se precipita desde el cielo claro sutilmente según su constitución; el hielo es agua compacta desde el cielo claro, solidificada, y el granizo es rocío solidificado, y la escarcha, rocío solidificado a medias. Una nube es una masa vaporosa condensada, capaz de producir agua. La lluvia se produce de la compresión de una nube muy densa y sus variaciones dependen de la presión que experimenta la nube, pues si esta es escasa, se dispersa una lluvia fina, si no, es impetuosa y más espesa. A esta, con una mayor cantidad de agua, y que arrastra consigo sin interrupción torrentes sobre la tierra, la llamamos chaparrón. La nieve se produce por la ruptura de las nubes condensadas, antes de que se conviertan en agua. Ese corte provoca la semejanza de la nieve con la espuma y que sea blanca; por otra parte, es causa del descenso de su temperatura la congelación de la humedad que ella contiene antes de precipitarse o de disolverse. 394b Cuando la nieve cae con fuerza y solidificada se le da el nombre de tormenta de nieve. El granizo se produce por la concentración y el aumento de peso que adquiere la nieve para una caída más rápida: según la magnitud de los fragmentos que se desprenden, los pesos se tornan mayores, y las caídas más violentas. Éstas son las cosas que surgen naturalmente de la exhalación húmeda. De la exhalación seca, impulsada por el frío hasta que forma una corriente, surge el viento. Así, pues, el viento no es otra cosa que una gran corriente de aire compacta. A él se le llama también hálito. Con otro sentido se llama hálito a la sustancia animada y generadora que actúa en plantas y animales, y que se extiende a través de todas las cosas, acerca de la cual no es necesario hablar ahora. A aquellos hálitos que corren en el aire los llamamos vientos, y brisas a los que proceden de lo húmedo. Los vientos que corren despedidos desde la tierra se llaman terrestres y aquellos que se elevan desde los golfos, vientos gólficos. Los que se elevan desde los ríos y lagos tienen una cierta analogía con estos. Los que surgen de la ruptura de una nube y producen una liberación de su propia densidad son llamados vientos de nubes; aquellos que son acompañados de la irrupción de una masa de agua se llaman vientos de agua. Los vientos que soplan continuamente desde el oriente han sido llamados Euros; los que soplan desde el norte, Boreales; Céfiros los que soplan desde el poniente y Notos los que lo hacen desde el sur. Entre los Euros, el viento que sopla desde el oriente estival se llama Cecias. Apeliotes se llama aquel que sopla desde el oriente equinoccial; Euro se llama aquel que sopla desde el oriente invernal. De los vientos Céfiros, opuestos en su origen a los orientales, es el Argestes el que proviene de la dirección del occidente estival; a este algunos lo llaman Olimpia y otros Iapix. Se llama Céfiro aquel que sopla desde la dirección del occidente equinoccial y Lips el que sopla desde la dirección del occidente invernal. De los Boreales, el que sigue en la serie al Cecias se llama Bórea, y el Aparctias le es próximo y sopla desde el polo en dirección sur; 394b en cambio se llama Tracias el que sopla contiguo al Argestes, y algunos lo llaman también Circias. De los Notos, el que procede del polo invisible, opuesto al Aparctias, es llamado Noto, y Euronoto el que se halla entre el Euro y el Noto. El que está del otro lado entre el Lips y el Noto, es llamado por unos Libonoto y por otros Libofénix. Entre los vientos, unos son directos, en tanto soplan hacia adelante según una línea recta; otros se vuelven sobre sí, 395a como el llamado Cecias. Unos predominan en invierno, como los Notos, otros en verano, como los Etesios, que son una mezcla de los que provienen del norte y de los que provienen del oeste. Los llamados Ornitianos, que son unos vientos de primavera, son del género de los Boreales. Y de los vientos que soplan con violencia, el que golpea repentinamente desde arriba es una ráfaga, y un vendaval es un viento violento que irrumpe de improviso, un ciclón es un viento que gira enrollándose desde abajo hacia arriba, y un remolino es un viento de la tierra que es impulsado hacia arriba por una surgente desde alguna profundidad o fisura. Cuando se precipita en forma cerrada es un torbellino ctónico. Y cuando un viento comprimido en una nube espesa y húmeda hace estallar violentamente la masa de la nube, provoca un gran fragor y estruendo llamado trueno, como cuando un viento es expulsado con fuerza del agua. Cuando el viento se inflama y brilla en el momento en que una nube estalla se llama relámpago. El relámpago se percibe antes que el trueno pero se produce después puesto que lo visible es propenso a llegar antes que lo audible, ya que lo primero es perceptible desde lejos, mientras que el sonido es oído sólo cuando alcanza el oído, pero es sobre todo porque uno, el elemento ígneo, es el más rápido de todos, mientras que el otro, siendo aéreo, es menos rápido, e impresiona el oído sólo en el momento en que lo alcanza. El destello fulgurante en tanto se inflama y cae violentamente a la tierra, se llama rayo. Y si está a medias inflamado, siendo además impetuoso y masivo, es un bólido. Y si no está inflamado en absoluto se lo llama tifón. A cada uno de estos fenómenos que se lanzan sobre la tierra se les da el nombre de tormenta. De los rayos, los que son ahumados se llaman rayos humeantes y los más rápidos, que se agitan bruscamente, se llaman incandescentes, otras veces se trasladan en líneas quebradas: son los rayos serpenteantes; tormentas son las que caen de un solo impulso sobre la tierra. En suma, de los fenómenos producidos en el aire, unos son conformes a apariencias, otros son conformes a un sustento real. Los conformes a apariencias son el arco iris, reflejos y demás cosas semejantes; y conformes a un sustento real, estelas, estrellas, cometas y cosas que se hallan en igual situación. El arco iris, por tanto, es el reflejo de un segmento del sol o de la luna, en una nube húmeda, cóncava y compacta ante la vista, como lo que se contempla en un espejo y toma forma circular. Un reflejo es un arco iris que aparece en forma recta y un halo es una apariencia 395b de luminosidad alrededor de un astro: difiere de un arco iris en que este último aparece opuesto al sol y la luna, mientras el halo aparece en un círculo alrededor de todo el astro. Una estela es un haz fulgurante de fuego compacto en el aire. De las estelas unas se proyectan, otras permanecen fijas. La proyección es una generación de fuego a partir de la fricción, transportándose en el aire rápidamente y manifestando una apariencia de longitud debido a la velocidad. La que permanece fija se prolonga, oblonga pero sin movimiento, como la expansión de un astro. Cuando está expandida solo en uno de los extremos, se llama cometa. A menudo, entre las estelas, unas permanecen durante un tiempo considerable, otras se extinguen instantáneamente. Otras muchas clases de apariencias contempladas en el cielo, las así llamadas 'teas', 'vigas', 'barriles' y 'hoyos', se designan según la semejanza con esos objetos. Entre estas, algunas aparecen al poniente, otras al levante, otras al poniente tanto como al levante, pero raramente al norte o al sur. Pero todas éstas son inestables, pues de ninguno de ellas se ha conocido posición fija. Tales son ciertamente los fenómenos aéreos.

Y así como de agua, la tierra contiene en sí también muchas fuentes de viento y de fuego. De estas fuentes, las que están bajo la tierra son invisibles, pero muchas tienen grietas y espiráculos como Lipara, Etna y los volcanes de las islas Eólides. Algunas fluyen a menudo como ríos y arrojan brasas ardientes. Otras, que están bajo la tierra próximos a las fuentes de agua, las calientan y las hacen fluir ya tibias, ya muy calientes, ya templadas a temperatura agradable. De modo semejante, muchos orificios se abren para los vientos en distintos puntos de la tierra, de los cuales unos hacen delirar a los que se aproximan, otros los hacen languidecer, otros los inspiran a revelar oráculos como en Delfos y Lebadía, otros los aniquilan completamente, como el que está en Frigia. A menudo, también, un viento moderado de la misma génesis, siendo expulsado en cavernas profundas de la tierra y siendo lanzado fuera de sus propios lugares, sacude muchas regiones. Muchas veces un fuerte viento que viene del exterior se interna en los abismos de la tierra, y siendo rechazado con violencia le imprime sacudidas, mientras busca abrirse camino, y produce la afección conocida comúnmente como sismo. 396a Entre los sismos, unos, en los que la sacudida es oblicua con ángulos agudos, son llamados sismos oblicuos; otros que proyectan la tierra de lo alto a lo bajo en ángulo recto, son conocidos como sismos verticales; otros, hacen desplomar la tierra hacia el abismo: son los sismos en profundidad; otros, al fin, abriendo grietas y desgarrando la tierra, son llamados sismos de desgarramiento. De estos, unos no proyectan al aire sino viento, otros piedras, otros barro, en tanto que otros hacen surgir fuentes que no existían antes. Algunos temblores de tierra provocan su devastación en un solo empuje, siendo llamados sismos de sacudimiento. Otros tienen sacudimientos en un sentido, luego en otro y, debido a inclinaciones y agitaciones en ambas direcciones, corrigen sucesivamente el efecto de los sacudimientos: se los llama sismos vibratorios, pues provocan un fenómeno parecido al temblor. Se producen también sismos mugientes, que sacuden la tierra con un estremecimiento. A menudo, independientemente del temblor de tierra, esta emite un mugido, cuando el viento no es suficiente para producir un sacudimiento y, comprimido en la tierra, golpea impetuosamente. Los vientos que penetran en el interior de la tierra reciben una consistencia corporal por efecto de la humedad oculta en el interior de la misma. Fenómenos análogos se encuentran en el seno del mar. Las grietas, en efecto, se producen en el mar: sus aguas se retiran a menudo y su oleaje arremete hacia adelante, abalanzándose, ya seguido por bruscas retiradas, ya manteniendo constante su arremetida, como se cuenta de Helice y Bórea. Y muchas veces surgen exhalaciones de fuego en el mar y fluyen manantiales a borbotones y se forman desembocaduras de ríos y surgimiento de árboles, corrientes y remolinos en forma análoga a los de los vientos, los unos en medio de los piélagos, los otros a lo largo de los canales y estrechos. Se dice que muchas bajamares y pleamares acompañan el curso de la luna obedeciendo a ciertos momentos determinados. En una palabra, debido a una mezcla de los elementos entre sí se producen, según lo esperable, sucesos semejantes en el aire y en la tierra y en el mar, acarreando la generación y corrupción sobre las partes, pero preservando la totalidad incorruptible e inengendrable.

V. En verdad, alguno se ha preguntado con asombro cómo el mundo no ha sido destruido ni ha perecido hace tiempo, puesto que está constituido por principios contrarios, a saber, por lo seco y lo húmedo, lo frío y lo caliente. 396b Es como si algunos se maravillasen igualmente de cómo una ciudad puede perdurar estando constituida de clases contrarias, a saber, de pobres y ricos, de jóvenes y viejos, de débiles y fuertes, de malos y buenos. Se ignora así que esto es lo maravilloso de la concordia política, es decir, que partiendo de una pluralidad de elementos desemejantes, realiza un ordenamiento en lo semejante, que incorpora toda naturaleza y todo azar. Tal vez la naturaleza desea los contrarios; por ellos y no por las cosas semejantes logra la armonía. Así, por ejemplo, unió el macho con la hembra y no a cada uno de ellos con su semejante; también la concordia originaria se mantiene a través de los contrarios y no a través de los semejantes. Pareciera también que el arte hace esto imitando a la naturaleza. En efecto, el arte pictórico, mezclando los colores blancos y negros, amarillos y rojos, realiza imágenes en armonía con el modelo que le sirve de guía. La música, mezclando los sonidos agudos con los graves, los largos con los breves, realiza con diversas voces una armonía única. La gramática, produciendo una mezcla de vocales y consonantes, forma con ellas todo su arte. Esto es lo mismo que encontramos en el dicho de Heráclito el oscuro: "las uniones: conjunto y disjunto, concorde y discorde, armónico y desarmónico: de todas las cosas uno, y de uno todas las cosas". De este modo una armonía única ha organizado la constitución de todas las cosas, a saber, el cielo, la tierra y todo el mundo, mediante la mezcla de los principios más opuestos: lo seco y lo húmedo, lo caliente y lo frío, lo pesado y lo ligero, lo circular y lo recto. Una fuerza única que se extiende a través de todas las cosas ha ordenado toda la tierra y el mar, el éter, el sol, la luna y todo el cielo, fabricando todo el mundo a partir de elementos puros y diferentes, como el aire, la tierra, el fuego y el agua, en una única manifestación esférica que los limita, obligando a las naturalezas más contrarias a ponerse de acuerdo entre sí, y trazando la conservación de todas las cosas. La causa de esta conservación es el acuerdo de todos los elementos y la causa del acuerdo es la igual participación y el hecho de que ninguno de ellos es más poderoso que los otros. 397a Lo pesado y lo liviano, lo frío y lo caliente se compensan recíprocamente. La naturaleza nos enseña acerca de las cosas más importantes, que la igualdad preserva la concordia, y que la concordia preserva al mundo, que es el padre de todas las cosas y la más bella. ¿Qué naturaleza podría ser mejor que el mundo? En efecto, cualquier cosa que se pueda nombrar sería una parte de él. Todo lo que es bello y ordenado es homónimo del mundo y todo orden de las cosas está relacionado con el término mundo. ¿Cuál de sus partes puede ser comparada con el orden del cielo, la marcha de los astros, el sol y la luna que se mueven con la más exacta medida desde una eternidad a otra? ¿Dónde puede encontrarse una infalibilidad como la que presentan las bellas estaciones, generadoras de todas las cosas, que traen con regularidad el verano y el invierno, el día y la noche, para el cumplimiento del mes y del año? Más aun, el mundo es supremo por su grandeza, el más rápido por su movimiento, el más luminoso por su esplendor y eterno e incorruptible por su potencia. Es el mundo el que ha separado las creaturas que viven en el agua, en la tierra y las que están en el aire; él ha determinado la duración de sus vidas con sus propios movimientos. Es por eso que todos los vivientes respiran y tienen alma. Y por eso todos los cambios inesperados tienen lugar según un orden: cuando las diversas clases de vientos chocan entre sí, cuando los rayos caen del cielo y cuando estallan violentas tempestades. A través de estos fenómenos o cae la lluvia o el fuego se inflama y así se produce la concordia y la estabilidad de todas las cosas. La tierra, cubierta de diversos vegetales, circundada por torrentes, rodeada en todas partes por animales, engendrando en el momento justo todas las cosas, nutriéndolas y acogiéndolas, produciendo innumerables formas y propiedades, conserva igualmente su naturaleza joven, aunque sea sacudida por terremotos, inundada por las olas y quemada en parte por los incendios. Todas estas cosas parecen procurar su bien y asegurar su conservación por la eternidad: cuando es sacudida por los terremotos, los vientos irrumpen hallando roturas a través de las fracturas, como hemos dicho más arriba; cuando es purificada por la lluvia, se limpia de todos los males; cuando es recorrida por las brisas, purifica las cosas que están por encima y por debajo de ella. 397b Además, las llamas derriten los hielos, mientras que los hielos apaciguan las llamas. En lo que respecta a los seres particulares, algunos nacen, otros alcanzan la plenitud de su desarrollo y otros mueren. El nacimiento compensa la muerte y la muerte alivia los nacimientos. Así, una sola conservación permanente, que se realiza en el más alto grado mediante el intercambio de todas las cosas, que se alternan en la posición de dominantes y dominadas, mantiene el todo incorruptible por la eternidad.

VI. Nos resta ahora hablar en forma sumaria de la causa cohesionante de todas las cosas, del modo en que lo hemos hecho con los otros temas. Sería deficiente, habiendo tratado del mundo, si no exhaustivamente al menos con un conocimiento esquemático, dejar a un lado lo más importante del mundo. Es antiguo y heredado por todos los hombres este discurso de que todas las cosas proceden de Dios y por Dios están constituidas, y que ninguna naturaleza es en sí misma autárquica estando privada de su conservación. Por lo cual algunos de los antiguos filósofos llegaron a declarar que todas las cosas que se nos manifiestan a través de los ojos, de los oídos y de todos los otros sentidos están llenas de dioses, estableciendo una explicación que si bien es propia del poder divino no lo es ciertamente de su sustancia. Dios, en efecto, es el conservador y progenitor de todas las cosas que de cualquier modo se componen en este mundo, y no sufre el cansancio de un ser viviente que trabaja y se apena, sino que se vale de un poder infatigable a través del cual mantiene aun las cosas que parecen estar más alejadas. Él obtuvo el más elevado y el primer puesto, y por esto ha sido llamado 'altísimo' y, según el poeta, se ha sentado "en la cumbre más elevada" de todo el cielo. El cuerpo más cercano a este se beneficia de su poder en primer lugar, a continuación aquel que le sigue, y así uno tras otro hasta nuestras regiones. Por esto la tierra y lo que se encuentra sobre ella, siendo lo más alejado de la ayuda que procede de Dios, parece débil, incongruente y lleno de una gran confusión. Sin embargo, así como la divinidad por su naturaleza penetra todas las cosas, así las cosas nuestras suceden en modo semejante a lo que ocurre por encima de nosotros y, según estén más o menos cerca de Dios, participan en mayor o menor medida de su ayuda. 398a Es preferible sostener, por consiguiente, lo que conviene y se ajusta especialmente a Dios: que el poder que se asienta en el cielo es, incluso para las cosas más apartadas y, en una palabra, para todas las cosas, causa de su conservación, más que sostener que un poder que atraviesa y recorre lugares ni bellos ni decentes se ocupa de las cosas de la tierra. Pues tampoco a quienes guían a los hombres les corresponde todo y cualquier trabajo, como por ejemplo, al que dirige un ejército, o una ciudad, o una casa, sujetar, en caso de necesidad, un saco de viaje o realizar otro trabajo aún más humilde, el cual podría ser hecho por un esclavo cualquiera, sino más bien actuar como se cuenta que sucedía en los tiempos del gran Rey. El aparato exterior de Cambises, de Jerjes y de Darío estaba magníficamente dispuesto en virtud a la elevada respetabilidad y dignidad del soberano. El Rey mismo, según se dice, habitaba en Susa o en Ecbatana, invisible para todos, ocupando un admirable palacio real, con un recinto brillante de oro, ámbar y marfil. Numerosos vestíbulos y portones separados unos de otros por amplios espacios estaban fortificados con puertas de bronce y altas murallas. Fuera de allí, los más distinguidos y reputados de los hombres estaban distribuidos, unos junto al Rey, como servidores y escuderos, otros como guardianes de cada recinto, llamados vigilantes y oyentes, para que el mismo Rey, que denominamos soberano y Dios, pudiera ver todo y escuchar todo. Además de estos, otros eran designados administradores de los ingresos, capitanes de las guerras y de las cacerías, cobradores de tributos y funcionarios de cada una de las restantes actividades según necesidad. Todo el imperio de Asia, limitado por el Helesponto en la región del poniente y por la India en la región del naciente, estaba dividido en naciones entre generales, gobernadores y príncipes, todos siervos del gran Rey; también correos, guardianes, mensajeros y observadores de señales luminosas. Tan perfecto era el orden y particularmente el de las señales luminosas que se hacían estas periódica y recíprocamente, desde un extremo del imperio hasta Susa y Ecbatana, de modo que el Rey conocía el mismo día todo lo nuevo que ocurría en Asia. 398b Debemos creer que la supremacía del gran Rey con respecto a la de Dios que domina al mundo es tan inferior como la del viviente más vil y más débil con relación a aquel, de modo que, si era poco serio pensar que Jerjes obraba por sí mismo todas las cosas y ejecutaba sus deseos y atendía la administración, mucho más inconveniente lo sería para Dios. Es más digno y más conveniente que él habite en el lugar más elevado y, difundiendo su poder a través de todo el mundo, mueva el sol y la luna, haga rotar todo el cielo y sea causa de conservación para los seres que están sobre la tierra. Y para Dios no es necesaria ninguna invención o ayuda de otros, como sucede con nuestros gobernantes, que en virtud de su debilidad necesitan de una multitud de personas; sino que lo propio de la divinidad es realizar formas de todas clases con facilidad y con un único movimiento, como por ejemplo hacen los ingenieros que, con un solo instrumento, realizan múltiples operaciones y actividades varias. Del mismo modo los titiriteros tensando un único hilo hacen mover el cuello o la mano de sus muñecos animados, o su hombro, o su ojo, y a veces todas las partes con cierta armonía. Asimismo la naturaleza divina con un simple movimiento del elemento más cercano trasmite su poder a los siguientes y a su vez estos a las más alejados, hasta atravesar todos sucesivamente. En efecto, siendo cada cosa movida por otra, mueve a su vez a otra con orden, cumpliendo todas debidamente su propia constitución y no siguiendo todas el mismo camino, sino diversos y diferentes e, incluso, es posible, contrarios, aunque el primer golpe, por así decirlo, que genera el movimiento, es único. De igual modo, si de un recipiente arrojamos al mismo tiempo una esfera, un cubo, un cono y un cilindro, cada uno de estos sólidos se moverá según su propia forma. O como si teniendo uno en su seno un animal acuático, uno terrestre y uno alado, los dejara ir simultáneamente: es claro que el animal hecho para nadar, al ser soltado en su propio medio, se escapará a nado, y el terrestre se encaminará hacia su guarida y sus prados, y el aéreo elevándose de la tierra partirá hacia lo alto y volará, si bien una sola causa primera ha concedido a todos ellos su propia agilidad de movimiento. 399a Asimismo sucede en el mundo: un simple movimiento circular de todo el cielo, limitado por el día y por la noche, engendra los diferentes recorridos de todos los cuerpos celestes, de los cuales, unos se mueven más rápido y otros más lento, según la extensión de sus distancias y la constitución propia de cada uno de ellos, aunque todos están contenidos en una única esfera. La luna, en efecto, hace su recorrido en círculo en un mes, creciente, decreciente y extinta; el sol el suyo en un año al igual que los astros que realizan su mismo trayecto, es decir, Fósforo (Venus) y Hermes (Mercurio); el Pirético tarda el doble de tiempo, Júpiter seis veces más y, por último, el llamado Saturno, que tarda dos veces y medio más que el que se encuentra debajo. Y la armonía única resultante del concierto y de la danza de todos los astros a lo largo del cielo proviene de un solo principio y concluye en un único fin, de tal modo que el todo ha sido llamado, con verdad, orden (cosmos) y no desorden. Como en un coro, cuando el corifeo comienza se le une el coro entero de hombres y a veces de mujeres en diferentes tonos, unos más agudos y otros más graves, fundiéndose en una única melodiosa armonía, así Dios cuida del mundo. A partir de una señal emanada desde lo alto por aquel que puede ser llamado propiamente corifeo, los astros se mueven eternamente y todo el cielo y el sol radiante realizan sus dos recorridos, uno delimitando el día y la noche con su salida y su puesta; el otro, produciendo las cuatro estaciones del año, pasando primero hacia la región septentrional y luego hacia la meridional. Y en el momento oportuno se producen las lluvias, los vientos, los rocíos y los otros fenómenos de la región que rodean la obra de la causa primera y principal. Le siguen los cursos de los ríos, los flujos del mar, el crecimiento de los árboles, la maduración de los frutos, el nacimiento de los animales, el desarrollo de todos los seres, su plenitud y su decadencia, cosas a las que contribuye su propia constitución, como he dicho. Cuando, por tanto, el conductor y generador de todas las cosas, que es invisible excepto para la razón, da la señal a toda la naturaleza que se extiende entre el cielo y la tierra, toda ella se mueve continuamente en círculo y en sus propios límites, ya invisible, ya visible, mostrando y luego ocultando innumerables formas, en virtud de un único principio. 399b Es semejante ciertamente a lo que ocurre en tiempos de guerra, cuando la trompeta da señales al ejército: entonces cada uno al oír el sonido, ya toma el escudo, ya se reviste con la coraza, ya se ciñe la canillera o el casco o el cinturón; uno embrida su caballo, otro sube a su carro, y otro pronuncia la señal convenida; el capitán pone en orden inmediatamente a su escuadra, el comandante a su compañía, el jinete a su flanco y la tropa ligera sale corriendo hacia el lugar asignado; todo se pone en movimiento a partir de una sola indicación por orden del conductor, que posee el poder. Y de este modo es necesario pensar acerca del universo: en virtud de una sola influencia, que es invisible y oculta, todas las cosas son estimuladas y cumplen con sus respectivas funciones. Y en modo alguno su invisibilidad es impedimento ni para su obrar ni para creer nosotros en él; en efecto, aunque el alma, por la cual vivimos y construimos casas y ciudades, sea invisible, se la ve por sus propias obras. Todo el orden de la vida ha sido descubierto, ordenado y mantenido por ella: cultivos y plantaciones de la tierra, invenciones del arte, uso de las leyes, orden político, administración interior, guerra exterior, paz. Y todas estas cosas es necesario pensarlas de Dios: en poderes, es el más fuerte de los seres, en belleza, es el más hermoso, en vida, es inmortal y, en virtud, es el mejor, porque si bien resulta invisible para toda naturaleza mortal se contempla en sus mismas obras. Todo lo que sucede en el aire, sobre la tierra y en el agua, puede ser llamado verdaderamente obras de Dios, que domina el mundo. De él, según las palabras del filósofo naturalista Empédocles,

procede todo cuanto ha sido, es y será después,
crecen los árboles, los hombres y las mujeres,
las fieras, los pájaros y los peces que se nutren del agua.

Dios parece verdaderamente, aunque sea mezquino compararlo con esto, lo que en la construcción de una bóveda llamamos la piedra angular que, estando situada en el punto central de unión de las dos partes laterales, mantiene en armonía y en orden toda la constitución de la bóveda y la hace inmóvil. Se dice también que el escultor Fidias, al construir la estatua de Atenea en la Acrópolis, grabó su propio rostro en medio del escudo de la diosa y, por medio de una técnica oculta, lo unió tan estrechamente 400a a la estatua que si se hubiera querido separarlo, necesariamente se habría roto y destruido toda la estatua. Así, pues, Dios posee esta función en el mundo: mantiene la armonía y la conservación de todas las cosas; pero él no se encuentra en el centro, donde está la tierra y este lugar turbio, sino que está arriba, puro en un lugar puro, que llamamos con razón firmamento, por ser el límite superior, y Olimpo, porque es todo luz, alejado de toda oscuridad y movimiento desordenado, cual sucede en nuestra tierra por la tempestad y la fuerza de los vientos, como lo ha dicho el poeta Homero:

al Olimpo, donde dicen que la morada siempre segura de los dioses se erige. No es agitada por los vientos, ni la lluvia la empapa ni la cubre la nieve. Por el contrario, un cielo siempre sin nubes se despliega y la rodea una brillante claridad

Y todo lo viviente es testigo y asigna a Dios la región superior: todos los hombres cuando oran elevan sus manos hacia el cielo. Según esto no sin razón aquel ha proclamado: "a Zeus le tocó en suerte el vasto cielo en el éter y las nubes". De aquí que también los cuerpos sensibles más dignos, las estrellas, el sol y la luna, ocupen este mismo lugar; los fenómenos celestes están organizados para conservar siempre el mismo orden y jamás alteran su rumbo como sucede con las cosas de la tierra que siendo mutables admiten muchos cambios y modificaciones. En efecto, violentos terremotos han hendido ya la tierra en numerosas partes, funestas lluvias han caído inundándola, a menudo las irrupciones y las retiradas de las olas transforman en mar a la tierra y en tierra al mar; la violencia de los vientos y de los tifones a veces destruye ciudades enteras; incendios y llamas, unos caídos antiguamente del cielo -como cuentan que ha ocurrido en tiempos de Faetón que quemaron las partes orientales de la tierra- y otros que brotaron y erupcionaron en la región occidental, como los cráteres del Etna que estallaron y se precipitaron sobre la tierra a modo de torrente. 400b Y en ese momento la divinidad ha honrado particularmente el linaje de los piadosos: en efecto, cuando estaban envueltos por el flujo de lava por querer llevar sobre los hombros a sus ancianos padres y salvarlos, el río de fuego llegó cerca de ellos, se dividió en dos y se desvió, parte de un lado, parte del otro, dejando ilesos tanto a los ancianos como a los jóvenes. En general, lo que es el piloto al barco, el conductor al carro, el corifeo al coro, la ley a la ciudad, el general al ejército, lo es Dios al mundo, excepto que para aquellos ser guía es una cosa penosa, que implica mucho movimiento y mucha preocupación, mientras que Dios manda sin pena, sin fatiga y alejado de toda debilidad corporal. En efecto, asentado en la inmovilidad, mueve y conduce todas las cosas con su poder, dónde y cómo quiere, según formas y naturalezas diferentes, al igual que la ley de la ciudad, que permaneciendo inmóvil en los espíritus de los que se dejan guiar por ella, gobierna todas las cosas de la ciudad. Es claro que al obedecer la ley los magistrados se dirigen a sus cargos, los jueces a sus respectivos tribunales, los consejeros y miembros de la asamblea a las sesiones donde pertenecen; uno se dirige a la casa del ayuntamiento para alimentarse, otro ante el juez para defenderse y otro a la cárcel para ser ejecutado. Así han surgido los habituales banquetes públicos, los juegos anuales, los sacrificios a los dioses, la veneración a los héroes y las libaciones a los difuntos. Mas las diferentes actividades de los ciudadanos al ser observadas conforme a una única orden y a un único poder legal están expresadas verdaderamente en los versos del poeta [Sófocles]:

la ciudad toda entera está llena de fuegos de incienso,
toda entera llena de cantos de júbilo y de gemidos,

y lo mismo hay que pensar de la ciudad más grande: el mundo. Dios es para nosotros una ley imparcial, que no admite ninguna modificación o cambio y que es la mejor, creo, y más estable que las inscritas en tablas. Bajo su condición inmóvil y armoniosa todo el orden del cielo y de la tierra está regido, distribuido entre todas las naturalezas según sus respectivos gérmenes y en relación con las plantas y los animales según sus géneros y especies. En efecto, los viñeros, las palmeras, los melocotoneros, 401a "las dulces higueras y olivos", como dice el poeta, y los árboles sin fruto, que no obstante ofrecen otras ventajas, como los plátanos, los pinos, los setos de boj "y los alisos, los álamos, y los cipreses aromáticos" y los que en otoño producen un fruto agradable pero difícil de conservar, "perales, granados y manzanares de hermosos frutos" y los animales tanto salvajes como domésticos, los que viven en el aire, sobre la tierra y en el agua, nacen, maduran y mueren obedeciendo las leyes de Dios. En efecto, "todo lo que se arrastra es llevado a pastar con un golpe", como dice Heráclito.

VII. Aunque es uno, es honrado bajo muchas denominaciones, pues se lo nombra a partir de todos los acontecimientos que él mismo renueva. Lo llamamos tanto Zeus como Día, usando los dos nombres en forma paralela. Y también se le dice hijo de Cronos y del tiempo, porque se extiende desde una eternidad sin término hasta otra eternidad.

Y es llamado Relampagueante, Tronante y Sereno, Etéreo, Fulminante y Pluvial, en razón de las lluvias, de los rayos y demás. Y se lo nombra Fructífero en razón de los frutos, Protector de la polis debido a la ciudad, Generador y Protector de la estirpe, de la familia y de los antepasados, debido a su comunidad con tales cosas; y Camarada, Amistoso, Hospitalario, así como Protector de la milicia, de las victorias, Purificador, Vengador, Protector del suplicante, Compasivo, como dicen los poetas; verdaderamente Salvador y Liberador y, para decirlo de una vez, Uránico y Ctónico, siendo epónimo de toda naturaleza y azar, puesto que él mismo es causa de todas las cosas. De allí que apropiadamente se diga en los Himnos Órficos:

Zeus, el primer nacido; Zeus el último, el del rayo fulmíneo.
Zeus cabeza, Zeus medio; a partir de Zeus todo ha sucedido.
401bZeus, sostén de la tierra y del cielo estrellado.
Zeus nacido varón; Zeus inmortal doncella.
Zeus, aliento de todas las cosas; Zeus, impulso del fuego infatigable.
Zeus, raíz del mar; Zeus el sol y la luna.
Zeus rey; Zeus conductor del universo, el del rayo fulmíneo:
Después de ocultar todas las cosas, de nuevo las conduce hacia la gozosa luz
desde su corazón sagrado, obrando sorprendentes portentos.

Y creo también que no se le dice Necesidad a otra cosa más que al que es sustancia inmóvil, y Destino, por su aglutinar y su avanzar sin interrupción, y Fatalidad, por ser limitadas todas las cosas, pues nada entre las sustancias es ilimitado; y Moira por las cosas distribuidas; y Némesis por lo que le toca a cada uno, y Adrastea, porque es una causa de la que por naturaleza no se puede huir, y Aisa, porque siempre es. Y lo dicho acerca de las Moiras y el huso alude de algún modo a esto. Pues las Moiras son tres, siendo distribuidas según el tiempo, y el hilo del uso es, por una parte, lo ya hecho, por otra, lo que habrá de hacerse y por otra, lo que se está haciendo. A una de las Moiras, Átropos, tocó en suerte presidir lo ya ocurrido, porque todas las cosas pasadas son inalterables; en cuanto a lo que habrá de hacerse, preside Lákesis (pues a todas las cosas les aguarda su fin conforme a la naturaleza) y, en lo que hace al presente, domina Cloto, llevando a término e hilando para cada uno lo que le es propio. Así, no sin precisión culmina el mito. Todas estas cosas no son otras que Dios, como ya lo dice el noble Platón:

Así Dios, como lo dice la antigua sentencia, que contiene el principio, fin y medio de todas las cosas, las conduce rectamente a su fin conforme a la naturaleza. Y a él siempre lo sigue la justicia, vengadora del transgresor de la ley divina. Que sea feliz partícipe de la justicia desde el principio quien tenga la intención de ser dichoso.

Recibido: 08-08-2010
Evaluado: 22-08-2010
Aceptado: 07-09-2010