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Estudios y perspectivas en turismo

versión On-line ISSN 1851-1732

Estud. perspect. tur. v.14 n.4 Ciudad Autónoma de Buenos Aires sep./dic. 2005

 

Recuperación del patrimonio cultural como recurso turístico. El poblado alfarero de La  Atalaya - Gran Canaria - España

María del Pino Rodríguez Socorro*

Universidad de Las Palmas de Gran Canaria - España

Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, España, institución donde acaba de recibir el grado de Doctor y se desempeña como profesora en el Master Internacional de Turismo. E-mail: m-p-r-s@mixmail.com

Resumen: La Atalaya de Santa Brígida, en la Isla de Gran Canaria, España, cuenta actualmente con los últimos componentes personales de un patrimonio cultural que dio origen a la alfarería como un medio de vida o de subsistencia y cuyo hábitat es sumamente particular, ya que está constituido por casas-cuevas, y que mucho tiempo atrás fue uno de los lugares de visita obligada para los turistas que llegaban a la Isla de Gran Canaria. A través de la sintética descripción de sus características se pretende llamar la atención con el objeto de que pueda ser convertido en un recurso turístico que permita elevar la calidad de vida de sus pobladores.

PALABRAS CLAVE: Patrimonio cultural; Casas cueva; Alfarería; Identidad; Turismo.

Abstract: Reclaiming Cultural Heritage for Tourism Use. The Pottery Town of La Atalaya, Grand Canary Island, Spain. La Atalaya de Santa Brígida on Grand Canary Island , Spain , retains all the personal touches of a cultural heritage which gave rise to pottery as a way of life or livelihood and where the housing is most unusual, being comprised of house-caves and which in times past was one of the favored tourist destinations for visitor to Grand Canary Island. As this thumbnail sketch shows, there is potential here for parlaying this rural community into a tourism resource that would enhance the quality of life of local inhabitants.

KEYWORDS: Cultural heritage; Hose-caves; Pottery; Identity; Tourism.

INTRODUCCIÓN

Hacia fines del siglo XX comenzaron a desarrollarse nuevos productos turísticos para satisfacer la creciente demanda producida por un giro importante en la forma  y contenido de los mismos, asociado a cambios en los modelos sociales de los visitantes. Existe cada vez más, una mayor fragmentación de los periodos vacacionales a lo largo del año, la exigencia de calidad en el servicio ofrecido, así como un aumento de productos desarrollados en el medio rural y de productos culturales (Rodríguez Socorro 1999). Se ha podido observar que las razones que hacen que un visitante se desplace a un lugar ya no sólo pasan por el descanso vacacional sino por una mayor preocupación por el medio ambiente natural, la práctica de actividades durante su tiempo de ocio y la vinculación con la cultura del lugar visitado a través de un reencuentro con los valores sociales tradicionales. (Schlüter y Winter 2003).

Según Bote Gómez (1993: 65), nos encontramos ante productos turísticos basados en la potenciación de lo auténtico, es decir, el turista encuentra en el destino origen de su desplazamiento, los valores propios de la zona donde se localiza un patrimonio que atrae y asienta a un perfil de turista el cual reduce, de forma progresiva, sus hábitos de demandas de los productos del turismo masivo de sol y playa. Utiliza alternativas donde se muestran señas de identidad de un área.

Como lo señalan Vereda et al.(2002:93), actualmente el hombre se acerca cada vez más a los vestigios del pasado debido, probablemente, a que en ellos puede encontrar una fuente de identidad personal a expensas de los grandes e inquietantes cambios que se han producido en forma masiva.

Uno de los fenómenos sociales contemporáneos de más profundidad y proyección de nuestros días en que la conciencia de la identidad de las sociedades, asociada a la noción de continuidad parece que flaquea, es el despertar de movimientos sociales de reacción contra una sociedad, la actual, moderna, pragmática y consumista [...]. La sociedad contemporánea ha acelerado de una manera extraordinaria, en relación con otras épocas, el ritmo de producción de objetos gracias al progreso tecnológico y también de generación de desechos y aun el de destrucción de objetos subrepticiamente convertidos en obsoletos (Ballart 1997:37).

En ese sentido, la elaboración de artesanía con técnicas rudimentarias en el poblado de casas-cuevas-talleres de La Atalaya constituye un valor incalculable para que los visitantes tengan el conocimiento del pasado del territorio, máxime si se trata de la zona industrial por excelencia, que abastecía a la totalidad de la Isla de Gran Canaria en materia de los elementos básicos de un hogar, prácticamente hasta bien entrado el siglo XX.

En todo caso, a diferencia de las grandes aglomeraciones urbanas donde impera lo artificial, éste tipo de comunidades rurales posee características sociales y culturales más armónicas, cargadas de datos donde la figura humana y sus experiencias vivenciales son el eje central de los productos turísticos diseñados. De esta forma, parece más coherente que los elementos intangibles puedan ser tomados en consideración, por parte de los planificadores turísticos locales e incluso, por parte del propio turista en el momento de definir cuáles son los lugares con mayor significado para representar  el verdadero patrimonio cultural de la comunidad. El ser humano con su modo y estilo de vida propios, sus diferencias culturales y sociales circunscrito a su entorno natural caracteriza dicho patrimonio representativo por su propia esencia (Norrild y Paixão 2001).

Los turistas fijan cada vez con mayor frecuencia, un objetivo para sus vacaciones; y, es a partir de estas motivaciones que se deben elaborar los productos turísticos que incluyan una oferta complementaria. Se habla de un turismo cultural, rural, náutico, etc., cada uno de ellos portador de productos susceptibles de responder a las aspiraciones de este perfil de turistas que visitan un destino.

Por lo tanto, la clave de este tipo de actividad turística como es el diseño de un itinerario temático dentro del poblado alfarero de La Atalaya, es el de responder a la demanda del visitante recuperando todos aquellos atractivos que, por su propio peso son primordiales para darle vida a un área rica en historia. Dicha recuperación supone mantener una cultura y una identidad, condición para entender de forma directa la herencia histórica de comunidades autóctonas.

En definitiva, de lo que aquí se trata es que los visitantes a lo largo de un itinerario creado por el interior del poblado alfarero puedan disfrutar de un patrimonio cultural  "vivo"; observar como se desarrolló la vida de una población cuyo medio de subsistencia fue la cerámica y que tal y como señala Rabacchi (1997:6)

[...] los itinerarios son sólo un trozo de camino pero, si lo atravesamos con los ojos abiertos y con la mente despejada, parecerá un trozo de nuestras vidas.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta a la población portadora de ese patrimonio, a sus necesidades y que sea ella la que se plantee o admita esas activaciones turísticas culturales de acuerdo a determinados parámetros.

Todo ello provoca dinámicas locales o comarcales de una extraordinaria complejidad en las cuales se solapan e imbrican las adhesiones identitarias y los intereses turísticos cuando no los económicos e incluso los antagonismos políticos y personales. Esta da lugar a unos procesos que, observados desde el exterior, pueden parecer confusos y contradictorios, ya que requieren un conocimiento municioso del contexto social en que se producen (Prats 1997:47).

CARACTERÍSTICAS DEL ÁREA DE ESTUDIO

El poblado alfarero de La Atalaya se localiza en las cercanías del Monumento Natural de Bandama y próximo al cráter que lleva el mismo nombre; en una atalaya que domina el barranco de Las Goteras dentro del término municipal de Santa Brígida, en la Isla de Gran Canaria.

Al igual que sucediera con el resto del municipio, La Atalaya a lo largo del siglo XIX contaba con una distribución geográfica de la población de forma diseminada, concentrada mayoritariamente en casas-cuevas. De los 742 vecinos con que contaba Santa Brígida a comienzos del siglo XIX, el 32,7% vivían en cuevas. Según el recuento de Escolar (Lobo Cabrera y Quintana Navarro 2003:24) La Atalaya contaba entre 35 y 42 vecinos aunque debía albergar mayor vecindario toda vez que el recuento incluía otros 165 vecinos residiendo en las denominadas "cuevas traseras" y "cuevas delanteras" (ver Figura 1), parte de las cuales correspondían al pago alfarero. En el primer decenio del siglo XX y según la crónica de un viajero español (Herrera Piqué 1979:119),

Figura 1: Cueva Taller de La Atalaya

Fuente: Cuenca Sanabria 1981:109

"Allí diseminadas...se encuentran las casas en que viven los 564 habitantes de aquellos contornos montañosos llenos de barrancos y torrentes, dedicados casi exclusivamente a la fabricación de pucheros y útiles de barro".

Durante este período ya comenzaron a edificarse las entradas de las cuevas. Y en los años cuarenta, la edificación era ya bastante intensa además de la expansión del barrio.

En el presente todo el barrio ha sido transformado para adaptar las cuevas a los parámetros contemporáneos de habitabilidad, aunque en el interior de las viviendas se siguen utilizando las cuevas de antaño. Sin embargo, cuenta el poblado con rasgos tan diferenciadores que, por sí sólo, constituye un recurso turístico más que suficiente para ser origen de visita puesto que lo que se destaca es la identidad del destino (Fotografía 1).

Fotografía 1: Poblado alfarero

Fuente: M. P. Rodríguez Socorro

El poblado constituye un valioso y único documento que se ha preservado al paso de los siglos. Se trata, por tanto, de un auténtico fósil vivo, un túnel del tiempo constituyendo uno de los valores más representativos del patrimonio etnográfico-cultural de este municipio. El patrimonio construido ligado a esta actividad que se mantiene en activo es rico y completo. Así se ha conservado algunos hornos  (Fotografía 2) que servían para uso mancomunado de varias familias alfareras.

Fotografía 2: Típico horno de barro

Fuente: M. P. Rodríguez Socorro

El hábitat

La  loza tradicional de la Isla de Gran Canaria, observada dentro de su contexto  social-cultural (Cuenca Sanabria 1983:21) tiene en La Atalaya de Santa Brígida uno de los puntos mas destacados de referencia donde en la actualidad perdura la tradición artesanal. A ello hay que añadir la importancia arquitectónica e histórica de ciertas construcciones artificiales que todavía se conservan en La Atalaya: las casas cuevas-vivienda (Fotografía 3) y talleres abiertos por el hombre en la toba volcánica y los hornos de construcción antigua.

Fotografía 3: Interior de una casa-cueva taller

Fuente: M. P. Rodríguez Socorro

A este respecto se sabe que los aborígenes de Gran Canaria aprovechaban la fácil estructura de la toba para la fabricación de sus viviendas. Torriani (Cuenca Sanabria 1981:108) describe el modo de fabricación de sus cuevas a comienzos del siglo XVII:

También tuvieron los canarios otras moradas más antiguas, bajo tierra...que hasta hoy mantienen su perpetua duración. ... las cavaban en la toba o en la tierra, sin madero ni hierro ni otro instrumento, sino con huesos de cabra o con piedras muy duras...

Aunque la cerámica era famosa en toda la Isla y aun reconocida en el extranjero a través de los testimonios de los viajeros que pasaban por allí, sus habitantes vivían en medio de una gran pobreza. Ya a finales del siglo XIX hubo visitantes extranjeros, como el caso de Olivia M.  Stone, que no dudaron en acercarse para contemplar el poblado troglodita: Al mismo tiempo que les espantaba la miseria en la que vivían sus habitantes, también observaron las maravillosas vistas que ofrecía el paisaje. Pero, sobre todo, quedaban asombrados de la habilidad con la que se elaboraba la cerámica en La Atalaya:

La alfarería es muy simple y primitiva. Nos invitaron a entrar en una cueva. La única luz penetraba por la puerta abierta. A nuestra izquierda había un cerdo, rodeado por un muro muy bajo de piedras, y al fondo, en una esquina, había un montón de tierra de grisácea. Sentada sobre el suelo con las piernas cruzadas, en el centro de la cueva, había una anciana. Delante tenía una piedra lisa. a un lado, una masa informe de barro gris y al otro, un cuenco de barro lleno de agua. [...] La mujer estaba acabando un cántaro y le preguntamos si no le importaba empezar otro para que pudiéramos observar todo el proceso, y aceptó inmediatamente. Tomando un trozo de arcilla y humedeciéndolo, rápidamente lo amasó con las manos formando una bola y, después, colocándola sobre la piedra, la extendió, presionándola hasta darle forma de cuenco... (Stone  1995:177).

Las cuevas viviendas-talleres abiertas por el hombre en la toba volcánica ha sido el escenario donde se ubica este patrimonio cultural y que actualmente algunas personas ancianas del lugar recuerdan al pasar por la entrada de antiguas y hoy abandonadas cuevas, quienes fueron sus antiguas dueñas, señalando incluso aquéllas donde se hacía la mejor alfarería del lugar.

Antecedentes: La cultura Guanche

Han existido diferentes opiniones acerca del origen de los guanches pero la teoría más dominante es que los primeros pobladores en Canarias eran cromañoides y protomediterranoides procedentes del norte occidental de África (Hernández 1999:148).

Aislados de la influencia cultural de otros pueblos, vivían en pleno neolítico. Desbastaban la piedra obteniendo ruedas de molino, cuchillos de obsidiana, etc. Modelaban el barro en la construcción de vasijas y cuencos. Elaboraban punzones, espátulas y agujas de hueso, armas y bastones de madera. Su sistema de vida era fundamentalmente pastoril, aunque también hacían faenas agrícolas cultivando la cebada y el trigo, que tostaban y molían, obteniendo la harina de gofio. Vivían fundamentalmente en cuevas aunque también construían chozas. Se vestían con pieles.

A este respecto y, a pesar de que Gran Canaria fue la Isla receptora más importante de los distintos pueblos y culturas que llegaron desde la época prehispánica hasta la primera mitad del siglo XX, La Atalaya fue uno de los sitios más singulares y curiosos de Gran Canaria. Aquí, este poblado troglodita albergaba a una población que se había mantenido al margen de la civilización y que guardaba el secreto de la cerámica isleña. Era a mediados del citado siglo cuando aún los habitantes de este pago rural y artesanal apenas mantenían contacto con el resto de la Isla. Sus relaciones exteriores y desplazamientos eran esporádicos y siempre motivados por el intercambio comercial. Como consecuencia de este aislamiento se produjo en La Atalaya un elevado grado de endogamia, siendo muy poco frecuentes los matrimonios celebrados entre hombres y mujeres de otras localidades (Pamplona 1992:3). Sus habitantes vivían en cuevas excavadas en la roca al igual que otras comunidades aborígenes de la Isla- en lugares como Acusa, Artenara, Cuevas de los Frailes y los "riscos" humildes de Las Palmas de Gran Canaria, donde desde el siglo XVII la población más pobre vivió en cuevas excavadas en las laderas próximas al antiguo casco urbano de la ciudad. En este sentido, no se descarta una procedencia prehispánica de los antiguos talayeros que, acaso, al igual que ocurrió en otros lugares de Gran Canaria, conservaron allí el hábitat peculiar de sus antepasados, como también prologaron la tradición alfarera del neolítico (Herrera Piqué 1979:118). Prueba de ello se encuentra en la elaboración de las actuales vasijas de barro cuyo método es el mismo que conocían las alfareras aborígenes antes de la llegada de los conquistadores. Hasta tal punto creció y se extendió la leyenda que rodeaba a la población de La Atalaya que un viajero del primer decenio del siglo XX relataba lo siguiente:

[...] vi fabricar algunos objetos de barro, y después penetré en alguna de aquellas casas, cuyo interior, sin otro techo que la roca viva, eran bastantes limpias y cómodas, pero reducidas a uno o dos cuartos.. vive La Atalaya la vida primitiva, la guanche, y bien se puede afirmar que por un rato vivimos en el pasado canario, pues los que allí moran... conservan el aire y facciones del pueblo aborigen (Herrera Piqué 1979:120).

Características de la cerámica

Se trata de una cerámica caracterizada principalmente por su extraordinario primitivismo, sin molde, el desconocimiento del torno del alfarero y el uso de instrumentos tan primarios como son: piedras (de barranco, llamadas lisaderas, heredadas de madres, abuelas, bisabuelas... para sacarle brillo a las piezas antes de quemarlas en el horno), cañas y materiales como el barro y arena (Machín Peñate 1983:15). Han sido las manos sumamente diestras que con inigualable destreza se convirtieron en el instrumento de mayor importancia y las que han creado esa singularidad que pervive hoy en día (Fotografía 4).

Fotografía 4: Loza característica de La Atalaya

Fuente: M. P. Rodríguez Socorro

Se recogía el barro y la arena de los lugares cercanos a las cuevas-taller. La arena, preferentemente en el barranco de Las Goteras y el barro en las cadenas de cultivo próximas al poblado, en La Concepción. El almagre (que consiste en óxido de hierro y que el alfarero reducía a polvo con el molino de mano y mezclándolo con agua se obtenía una masa más o menos pastosa para darle color a las piezas) se iba a buscar a la cumbre, a un lugar cercano a la Cruz de Tejeda. Esta última tarea era realizada principalmente por los hombres. En La Atalaya de Santa Brígida se elaboraban fundamentalmente la vajilla que se utilizaba en la mayor parte de los hogares de la isla. Muchas eran las madres que nos la encargaban como dote para sus hijas, comentaba recientemente María Guerra, quien representa el final de unas de las sagas familiares de artesanos del barro más antiguas de cuantas poblaron la zona de La Atalaya. Con tan sólo siete años comenzó a tener contacto con el barro en el taller que llevaba su madre:

Trabajábamos todo el día y parte de la noche, cuando era necesario, antes no había para fregar más que los lebrillos, las tallas para el agua, las macetas también eran de barro y hasta las escupideras. Antes, La Atalaya entera trabajaba la loza; era un medio de supervivencia.

El análisis de la misma no ha llevado a confirmar que la cerámica era totalmente funcional adaptada perfectamente a las necesidades domésticas de las familias de amplios sectores rurales. La Atalaya producía la totalidad de la cerámica para todos los municipios de medianías.

Varias fueron las particularidades que observables en el ambiente desarrollado dentro del alfar, o lugar de trabajo del alfarero. Primero, y una vez que el material se encontraba en el lugar, la ubicación de la alfarera a la hora de trabajar el barro. Se colocaba de rodillas sobre el barro aunque en la actualidad, por la avanzada edad de las alfareras, se sitúa sentada frente a la laja o al lado a ella. Se trata de un soporte circular sobre el que se elabora la loza. Segundo, la mezcla utilizada con el almagre para obtener color y pintar la pieza bien a través de aceite de pescado o bien con orines. Hoy en día esto se ha perdido.

Organización social económica

Los recipientes elaborados en las cuevas talleres de esta localidad artesanal eran intercambiados por diversos productos en numerosos pagos y localidades de Gran Canaria, preferentemente en la costa este (Telde era un municipio de gran demanda) y sur (Ingenio y Agüimes), así como en las medianías y zonas montañosas del centro de la Isla.

La tradición industrial era tal que algunas referencias del siglo XVIII hablan de doscientas familias talayeras dedicadas al oficio de la alfarería, lo que da una idea de la importancia que alcanzó esta industria. Se trataba de una población pobre que, curiosamente, sólo bajaba la cabeza y pedía algo ante los turistas británicos. María Guerra recuerda como llegaban aquellos turistas:

Aparecían por el Puente de Las Goteras en coches piratas y nosotras, al verlos venir, preparábamos el taller y la loza. Una vez visitadas nuestras cuevas, les decíamos, ¡un peni, un peni!, para ver si nos daban algo de dinero.

A su vez, Carmen -hija de Juana Vega, nieta y biznieta de alfareras comenta:

Todo el mundo era pobre, en la cueva había una gallina, una cabra, un cochino, y nadie decía nada. Todos teníamos un estercolero (basurero) dentro de la casa, todos éramos pobres; esto es zona de gente pobre y nadie nos reíamos unos de otros. Éramos gente trabajadora y luchadora.  Recuerdo cuando venían los turistas que se volvían locos para ver las cuevas, a ver la loza ¡y compraban mucha loza! Nos dejaban regalos, una tarjeta, un pañuelo y ¡hasta dinero! Nada más llegar los turistas al muelle, donde primero venían era aquí, esto era un sitio turístico, bueno mejor dicho típico. Antes no había cuarto de baño, cocina ni nada. Todo lo que tú ves es nuevo de 20-30 años hacia acá, ahora se tiene baño dentro de las casas, una cocinita y se vive mejor!

El lugar de venta en Gran Canaria fue el Mercado de Las Palmas, donde junto a los agricultores y ganaderos de la Isla ofertaban los diversos productos elaborados. Hasta no hace mucho tiempo, la vida de la alfarera era de lo más duro y mísera que se pudiera pensar.

La leña necesaria para la cocción de las piezas era difícil de hallar, teniendo que ir caminando hasta la Cumbre para "apañar" un pequeño "hace de leña" y traerlo a hombros junto al almagre, como si fuéramos una auténtica bestia (animal) (María Guerra).

La cerámica estaba muy mal pagada y ésta fue la razón por la que las alfareras preferían el trueque cambiando la loza por víveres, frutas y hortalizas de temporada: papas, millo, castañas o cualquier otro producto de la tierra Además, la dedicación al oficio del barro era prácticamente exclusiva de las mujeres que iban transmitiendo sus conocimientos a sus hijas porque los hombres colaboraban en la dura tarea de proporcionar los materiales, la leña, el barro, el almagre, la arena, el guisado de las piezas y, a veces, la venta de las mismas. De ahí que se deba destacar el carácter matriarcal de su sociedad. Eran las mujeres las que se dedicaban a la alfarería y, por tanto, eran ellas las que sustentaban la economía familiar sumida en un ambiente de amplia miseria. De modo que la unidad doméstica giraba siempre en torno a las mujeres de la familia, siendo éstas las que aprenden desde niñas el oficio de la loza. La unidad doméstica no se rompía ni se alteraba, pues giraba en torno a un grupo permanente de madres, hijas y hermanas residentes que compartían los mismos intereses materiales y sentimentales. Esta idea fue corroborada en un trabajo del escritor de Gran Canaria, González Díaz, publicado en 1901:

[...] si las vieran venirse para Las Palmas los días de mercado, desgastando los caminos con su durísimo pie descalzo, un pie que ha adquirido consistencia pétrea...semejante a la pata de un dromedario. Recorre kilómetros y más kilómetros...sin dejarse vencer de la fatiga (Herrera Piqué 1979:119).

Eran entonces las mujeres las encargadas de elaborar una amplia gama de recipientes, como bernegales, jarras de gofio, tinajas para frutos secos, tostadores para el grano, gánigos, lebrillos, sahumadores, braceros, fogueros, hornillas, etc. Mujeres que poseían una remarcable belleza por sus rasgos, facciones y color de los ojos característicos de la población aborigen.

...líneas duras...macizas construcciones sin gracia, pero vistosas. Formas opulentas, colores sanos, recia musculatura, busto erguido, un escultor podría tomarlas de modelo para representar la fecundidad y la fuerza triunfantes. Fuertes y fecundas son, en efecto, como muy pocas mujeres... (Francisco González Díaz, en Herrera Piqué 1979:119).

Actualmente no queda prácticamente nada de esa realidad, excepto la última alfarera, María Guerra Alonso, y los recuerdos en las memorias de las más viejas, de las últimas descendientes cuando relatan los ecos de aquellas mujeres caminando por las estrechas sendas que rodean la montaña en busca de, lo que ellas llaman hoy, un medio de subsistencia, y un conjunto de cuevas que, si bien muchas de ellas han sido construidas en su parte delantera, el interior conserva la tipología de siglos atrás. Junto a esto, existe un grupo de jóvenes que intentan no perder la leyenda de los viejos alfareros y mantener vivas las formas y modos del pasado, ofreciendo a los visitantes la posibilidad de visitar la casa-cueva museo alfar de Panchito (Fotografía 5), el único hombre que dedicó toda su vida a la elaboración de la loza, y el centro alfarero, lugar de trabajo de los mismos.

Figura 5: Museo Alfar de Panchito

Fuente: M. P. Rodríguez Socorro

COMENTARIO FINAL

Ante la necesidad de preservar el paisaje del territorio locero de La Atalaya, en el municipio de Santa Brígida, considerado como patrimonio cultural y, utilizarlo como recurso turístico, se apuesta por la recuperación del patrimonio intangible, a través del mayor número posible de entrevistas, de los testimonios orales, de aquella memoria histórica que ha dado vida a una población, que no sólo es particular por las características de su hábitat sino también por sus señas de identidad. Éste será el primer paso para el diseño de un producto (un itinerario turístico temático), dentro de la actividad turística sostenible, donde el aprovechamiento óptimo de sus recursos, será la nota predominante además de la participación de la población para el desarrollo de la misma. De este modo, se creará un producto turístico nuevo, el cual servirá para dinamizar la población residente consiguiendo, de alguna manera, el mantenimiento y fijación de la misma, además de una mejora de su calidad de vida. Se realizará una aportación a la comunidad de dos formas: por un lado, ayudando a que no desaparezca el pago con su característica alfarera y, por otro lado, intentar arreglar los desequilibrios económicos y sociales producidos por el abandono de la actividad. Todas las acciones se sustentan en que consideremos a la población local como la mejor custodia de un patrimonio que les pertenece (Pamplona 1992:2).

Agradecimiento: A María Guerra Alonso y a Carmen por sus valiosos testimonios

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Recibido el 02 de noviembre de 2004
Correcciones recibidas el 31 de enero de 2005
Aceptado el 05 de febrero de 2005
Arbitrado anónimamente