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Información, cultura y sociedad

versión On-line ISSN 1851-1740

Inf. cult. soc.  n.9 Ciudad Autónoma de Buenos Aires jul./dic. 2003

 

Tipología de las bibliotecas argentinas desde el período hispánico hasta 1830: Una primera clasificación provisional

Typology of the Argentine Libraries since the Hispanic Period to 1830: A First Provisional Classification

Alejandro E. Parada

Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Puán 480, 4º Piso, oficina 8 (C1406CQJ) - Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: aparada@filo.uba.ar

Resumen: El presente artículo intenta trazar una breve clasificación de los distintos «tipos» de bibliotecas existentes en el actual territorio argentino durante la dominación hispánica hasta el año 1830. La tipología adoptada es, ante todo, una aproximación provisional y ampliamente perfectible. La contribución se dirige, en líneas generales, a quienes se inician en el estudio de la «Historia del libro, de las bibliotecas y de la lectura» en la Argentina. En este sentido, la bibliografía citada intenta suplir la falta de guías de estudio sobre esta temática. Las bibliotecas identificadas son las siguientes: de instituciones o corporaciones religiosas, particulares, pública catedralicia, pública conventual, pública, de sociedades de extranjeros (societarias), de institutos de enseñanza, circulantes (y gabinetes de lectura), y por encargo u ofrecidas por negociantes.

Palabras clave: Historia de las Bibliotecas; Tipologías; Bibliotecas; Bibliotecas argentinas; Período hispánico; 1810-1830.

Abstract: This article tries to outline a brief classification of the different types of existing libraries in the present Argentine territory since the Hispanic domination to 1830. The typology adopted is, above all, a provisional approach greatly rectifiable. The contribution is aimed, in general terms, to whom start the study of the history of the books, libraries, and reading in Argentina. In that sense, the quoted bibliography tries to substitute the lack of study guides on the subject. The identified libraries belong to: institutions or religious corporations; private individuals; foreigners societies (i.e.: belonging to a society); educational institutes; and cathedral public libraries; conventual public libraries; public libraries; circulating libraries (and reading rooms); and libraries made to order or offered by businessmen.

Keywords: History of the Libraries; Typologies; Libraries; Argentine Libraries; Hispanic Period; 1810-1830.

Artículo recibido: 18-05-03.
Aceptado: 03-10-03. 

1. Introducción

Las bibliotecas, aunque se oculten tras la materialidad de sus diversos soportes, son entidades cambiantes: crecen y declinan como todos los seres vivos. Desde que el hombre elaboró esa segunda naturaleza que es la cultura, necesitó de un lugar donde conservar y esparcir el conocimiento que se acumulaba generación tras generación. La diversidad y la especialización del saber ocasionaron una gran variedad de bibliotecas que se clasificó según las demandas de los lectores. Las necesidades de la comunidad, en cierto sentido, fueron un punto de partida taxonómico para identificar a estas entidades según sus funciones específicas. La historia de la cultura es muy ilustrativa en esta materia. A lo largo de los siglos fueron surgiendo las bibliotecas nacionales, las universitarias, las públicas, las escolares, las especializadas, las especiales, etcétera.
La mayoría de los grandes repositorios, desde la Antigüedad hasta la Época Moderna, se establecieron con un principio bibliotecológico rector hasta hoy vigoroso e incólume: la imperiosa necesidad de conservar los registros allí depositados, cualesquiera sean sus soportes. La preservación, pues, se ha impuesto como un presupuesto bibliotecario que con el transcurso del tiempo adquiere una mayor y más dramática trascendencia. Pero este principio, inherente a la constitución misma de los orígenes de las bibliotecas, siempre tuvo su contrapartida dialéctica: la diseminación del conocimiento (Thompson, 1977; Urquhart, 1981). De modo que no se puede pensar en términos bibliotecarios de manera unilateral, pues no existe difusión sin conservación.
Esta realidad, aunque siempre presente, se concretó definitivamente a través de varios procesos políticos y sociales, tales como el advenimiento de la democracia, la implantación de la educación pública, el incremento notable de la urbanización y la alfabetización masivas, y el surgimiento, para acompañar y sostener estos cambios profundos, de la biblioteca pública como un pilar de autoformación y de movilidad en la sociedad.
Los lectores, principalmente a partir de la Edad Moderna, comenzaron a ejercer sus prácticas del mundo impreso a través del uso que hicieron de los libros depositados en distintos tipos de bibliotecas. En cierta medida, si bien estas instituciones responden a determinados requisitos comunitarios y temáticos, definidos por las personas que a ellas concurren, además presentan, una relación similar a la que aconteció (y acontece) entre conservación y diseminación: la tipología de las bibliotecas se imbrica dinámicamente en una rica y compleja relación, identificada entre sus funciones sociales y la manipulación que ejercen los lectores de los registros. La función y el uso son, entonces, elementos inseparables y solidarios entre sí, en tal grado que, en ocasiones, se transforman en uno y lo mismo, en una unidad polisémica de representación del universo impreso.

2. Aproximación a una taxonomía bibliotecaria

Dentro de este marco conceptual es importante formularse la pregunta siguiente: ¿es posible intentar, a partir de la literatura bibliotecológica existente, una primera clasificación de los distintos tipos de bibliotecas que funcionaron en la Argentina desde el período colonial hasta 1830?
La respuesta a esta interrogante no es sencilla, pues la clasificación de las bibliotecas conlleva, en sí misma, un grado de complejidad que tiende a la dispersión y al incremento de los distintos tipos de bibliotecas. Por otra parte, el intento de dicha tipología constituye una posibilidad que permite estudiar, entre otros temas, los problemas de la periodización de nuestra historia bibliotecaria, la identificación historiográfica de la evolución de las ideas bibliotecológicas (Finó y Hourcade, 1952) y, lo que es más importante, el intento de abordar esta temática con una mirada centrada en las prácticas de los usuarios, siempre complejas y de escurridizo asedio.  Se trata de una tipología exploratoria de la historia de las bibliotecas en la Argentina hasta la tercera década del siglo XIX, signada por las enmiendas y las sutilezas de los términos lingüísticos utilizados en la identificación de las colecciones bibliográficas.
Es importante señalar, además, que todo intento taxonómico consiste en una ficción parcial, cuya finalidad última es reducir la pluralidad de accesos del universo social y cultural a una visión unilateral. Las tipologías son divisiones artificiales basadas en una historicidad escurridiza y cambiante, que varía, irremediablemente, con los nuevos enfoques históricos de cada época. No obstante, son las bases imprescindibles para comprender y ordenar, aunque sea provisionalmente, un conjunto de elementos (en este caso las bibliotecas) que de otro modo escaparían a un conocimiento sistemático y panorámico del desarrollo bibliotecario en la Argentina. A esto debe agregarse que la mayoría de la bibliografía existente sobre la historia del libro y de las bibliotecas argentinas se caracteriza por su heterogeneidad y dispersión. De modo que toda contribución en materia de clasificación, además de presentar la literatura indispensable para abordar estos estudios, se transforma, de hecho, en una pequeña guía de trabajo. Por otra parte, muchos de los términos que expresan la presente taxonomía han sido empleados por numerosos especialistas en la historia de la cultura durante el período estudiado.

3. Hacia una tipología de las bibliotecas argentinas

En primera instancia, los acervos más ricos e importantes del período hispánico: las «bibliotecas de instituciones o corporaciones religiosas». Su detalle y enumeración excede, pues, el presente artículo. Algunas de las bibliotecas de estas entidades (conventos, colegios, monasterios, misiones) fueron de gran importancia en la historia de nuestra cultura bibliotecaria. A modo ilustrativo citaremos las bibliotecas de los jesuitas, dominicos, mercedarios, agustinos y franciscanos, cuyas colecciones, esparcidas en el espacio colonial (Córdoba, Buenos Aires, Santa Fe, Mendoza, Tucumán, Salta, Santiago del Estero) llegaron a sumar una cantidad de libros nada desdeñable (Furlong, 1925; Sarmiento, 1930; Cabrera, 1930; Catálogo, 1943; Furlong, 1944 y 1969; Draghi Lucero, 1949; Ferreyra Álvarez, 1950 y 1952; Robledo de Selassie, 1976; Lértora Mendoza, 1991; Llamosas, 1999; Colección Jesuítica, 1999; Aspell y Page, 2000).
Estos planteles, además, tuvieron una significativa capacidad de adaptación a las diferentes situaciones políticas que se presentaron a largo de su historia. Es así como, por citar sólo un ejemplo, las obras del Colegio Grande o de San Ignacio de Buenos Aires, por intermedio de la Junta de Temporalidades, sirvieron de base para formar la biblioteca del Real Colegio Convictorio de San Carlos de dicha ciudad, dando lugar, en este caso, a otro subtipo de elenco bibliográfico: «bibliotecas originadas por la expulsión de los jesuitas». (Lo mismo sucedió con los primeros fondos de la Biblioteca Pública de Buenos Aires). Un acontecimiento nada extraño, pues a partir de la dispersión de las obras de esta orden se enriqueció, notablemente, tanto el patrimonio de las bibliotecas de otras congregaciones como el de las privadas (e incluso los ejemplares con que se formó la modesta biblioteca pública de Santa Fe). Empero, lo realmente interesante de estos acervos, que cubrían los préstamos dentro de cada institución, fue que a mediados del siglo XVIII comenzaron a satisfacer los requerimientos de muchos lectores particulares, convirtiéndose, en muchas ocasiones, en bibliotecas «cuasi públicas» (Rípodas Ardanaz, 1999, 3: 249). De este modo, sus obras trascendieron la esfera religiosa para llegar, aunque a un grupo pautado por una elite letrada, a otras manos.
Es sabida, por otra parte, la presencia de uno de los más conocidos tipos de «librerías» de la época estudiada: las «bibliotecas particulares o privadas». Estas colecciones constituyen un universo aún no abordado sistemáticamente y cuya presencia se acrecienta año tras año gracias al hallazgo de nuevos inventarios en los archivos. A esto debe agregarse que muchos listados de libros identificados en los testamentos y que fueron motivo, en el momento de su publicación, de análisis cuantitativos, en la actualidad, se interpretan cualitativamente tomando en cuenta las posibles prácticas de lectura de sus antiguos propietarios.
Resulta imposible, desde todo punto de vista, tan sólo enumerar una breve nómina de los poseedores de "librerías" (tal era su denominación) particulares. Entre los más conocidos citaremos a Bernardo Monteagudo (Fregeiro, 1879), Agustín de Leiza (Rojas, 1918 y 1948), Manuel Estévez Cordero (Cano, 1926), Francisco de Ortega (Caillet-Bois, 1929), Santiago Liniers (Grenón, 1929), Manuel Belgrano (Belgrano, 1932), Benito González Rivadavia (Palcos, 1936), Gregorio Funes (Furlong, 1939), Juan Baltasar Maziel (Probst, 1940), Nicolás Videla del Pino (Biedma, 1944-45), Francisco Bernardo Xijón (Molina, 1948), Pedro Antonio Arias de Velázquez Saravia (Romero Sosa, 1949), José de San Martín (Zuretti, 1950 y Otero, 1961),  Facundo de Prieto y Pulido (Levene, 1950; Parada, 2002a), Juan de Vergara (Molina, 1950-51), Hernando de Horta (Cutolo, 1955), Fray Pedro Carranza (Cutolo, 1955 y Avellá Cháfer, 1990), Francisco Tomás de Ansotegui (Mariluz Urquijo, 1955), Pedro de Altolaguirre (Torre Revello, 1956b), Hipólito Vieytes (Torre Revello, 1956a), Valentín de Escobar y Becerra (Torre Revello, 1957), Miguel de Riglos (Molina, 1958), Bernardino Rivadavia (Piccirilli, 1960), Domingo Matheu (Lista de libros, 1960a), Manuel M. Alberti (Lista de libros, 1960b), Benito de Lué y Rodrigo Antonio de Orellana (Grenón, 1961), José Ignacio Gorriti (Romero Sosa, 1961), José Cabeza Enríquez (Torre Revello, 1965; Rípodas Ardanaz, 1982), Antonio José de Ayala (Torre Revello, 1965), Tomás Sainz de la Peña (Torre Revello, 1965), Manuel Moreno (Quiroga, 1972), Manuel Gallego (Mariluz Urquijo, 1974), Francisco Gutiérrez de Escobar (Rípodas Ardanaz, 1974), Claudio Rospigliosi (Mariluz Urquijo, 1975), Francisco Pombo de Otero (Levaggi, 1980), Manuel Azamor y Ramírez (Rípodas Ardanaz, 1982 y 1994), Mariano Izquierdo (Rípodas Ardanaz, 1984), Feliciano Pueyrredon (García Belsunce, 1997), José de San Martín y Tomás Godoy Cruz (García-Godoy, 1999), etcétera. A esta lista incompleta deben agregarse los nombres de las personas que realizaron las "Primeras donaciones de libros en la Biblioteca Pública de Buenos Aires" (1944).
Numerosos investigadores, además, han dedicado estudios panorámicos a varias bibliotecas particulares, tales como  Luis G. Martínez Villada (1919), Guillermo Furlong (1944), Carlos A. Luque Colombres (1945), Atilio Cornejo (1946), Ramón Rosa Olmos (1955),  Osvaldo Vicente Cutolo (1955), Federico Palma (1958), Jorge Comadrán Ruiz (1961), José Torre Revello (1965), Oscar F. Urquiza Almandoz (1972), Daisy Rípodas Ardanaz (1975), Alejandro E. Parada (1994 y 1997-98), Roberto Di Stefano (2001), Gregorio A. Caro Figueroa (2002), entre otros.
No obstante, a pesar del marcado carácter privado de estos elencos de libros, gracias al empleo que se hizo de ellos, es posible señalar que dicha característica era parcial o, al menos, no total. El préstamo de obras -también denominado "redes de lectores" (Burke, 1995: 23)- entre familiares, amigos y conocidos, fue una actividad frecuente, dinámica e intensa. Es común encontrar, en los documentos levantados por los escribanos y sus amanuenses, todo tipo de referencias a obras tanto prestadas por el testador como a otras que no pertenecieron a su librería. Un notable ejemplo paradigmático de ello fue la verdadera «biblioteca particular circulante» que instrumentó Francisco de Prieto y Pulido para beneficio de sus más íntimos y allegados, cuya circulación asentó escrupulosamente en un "Cuaderno de los libros que me han llevado prestados" (Levene, 1950; Parada, 2002a: 77). Este caso no fue el único, ni mucho menos, pues, entre muchísimos ejemplos, también fue muy común, al parecer, con los ejemplares que fueron propiedad de Juan Baltasar Maziel.
Otro tipo de colección de libros, de acceso libre, se encuentra representado por la «biblioteca pública catedralicia». El principal ejemplo de su «deseado» establecimiento fue la última voluntad de Manuel de Azamor y Ramírez, obispo de Buenos Aires entre 1788 y 1796, quien dispuso que sus libros fueran entregados a la Catedral de la ciudad «para que ... con ellos ... se forme y haga una librería pública» (Rípodas Ardanaz, 1982:117). Debido a diversos avatares, lamentablemente, esta biblioteca catedralicia no pudo inaugurarse y, pocos años después, sus volúmenes pasaron a engrosar los estantes de la Biblioteca Pública de Buenos Aires. En cuanto a las disposiciones de su manejo, aunque estaba destinada para el público lector, la finalidad última del obispo era muy sugestiva y definida: la colección de libros debía servir para «la utilidad y decoro» de la Iglesia, esto es, para engrandecer el prestigio de la Catedral. (Rípodas Ardanaz, 1982: 117 y 122).
El anhelo bibliotecario del obispo Azamor y Ramírez ya se había materializado por ese entonces, pero de otra forma, a partir de la donación (en 1794) de la librería particular de Facundo de Prieto y Pulido al convento de la Merced (San Ramón) de la orden de los padres mercedarios en Buenos Aires, dando así  lugar a un nuevo tipo de establecimiento: la «biblioteca pública conventual». El acceso público de este importante legado, que aparentemente funcionó hasta por lo menos el año 1807 (Rípodas Ardanaz, 1982: 120-121, nota 273), fue autorizado por el virrey Arredondo. Se trata del principal antecedente de lectura pública en esta ciudad y, sin duda, su existencia influyó en la creación, poco tiempo después, de una entidad similar estatal. Aunque las intenciones del matrimonio Prieto y Pulido, pues su esposa también aparece como donante, fueron en cierto sentido menos vinculantes al ámbito religioso, ambos reconocieron, implícitamente, que los más capacitados y confiables para administrar su legado, en cuanto al modo de emplear los libros, eran los hombres vinculados con la Iglesia Católica. De modo que el manejo y la manipulación de las obras debían responder aún a pautas heredadas del orden hispánico imperante hasta entonces, donde, nuevamente, la Iglesia constituía una garantía para la preservación y diseminación del conocimiento.
También son muy significativos los antecedentes sobre la presencia de acervos bibliográficos (con acceso libre) impulsados desde la esfera de la administración de la Corona. Prueba de ello fue la apertura al público, en 1712, de la Biblioteca Real en España y, en el último tercio del siglo XVIII, la inauguración de las bibliotecas públicas de Santafé de Bogotá (1777) y de Quito (1792). Entretanto, en el Río de la Plata, el gobernador Bucareli señaló la necesidad de crear "bibliotecas francas" con los ejemplares que habían pertenecido a los planteles jesuíticos (Bravo, 1872; Rípodas Ardanaz, 1999, 3: 249). Además, se sabe que en Santa Fe existió una pequeña biblioteca pública cuyo origen, igualmente, se debió a una parte de los bienes de la Compañía de Jesús (Furlong, 1944: 65).
Recién en el año 1810 se presentó el principal acontecimiento bibliotecario de la primera mitad del siglo XIX: el establecimiento de la Biblioteca Pública de Buenos Aires. Lo realmente importante de este hecho fue que la misma se debió a una decisión gubernamental, es decir, nos encontramos ante la intencionalidad de la «Biblioteca pública» como organismo impulsado y sostenido por el Estado - fuera del ámbito catedralicio y conventual - para la "educación" de los ciudadanos (Gaceta de Buenos Aires, 1910; Groussac, 1893; Lucero, 1910). Su definitiva inauguración en 1812, gracias a los aportes de numerosas donaciones de particulares (a los que debe sumarse el legado de Azamor y Ramírez y el arribo de ejemplares provenientes de los jesuitas de Córdoba), significó una ampliación de la variedad de los usuarios y, por extensión, de la riqueza de sus prácticas lectoras, que apuntaron, por la complejidad de sus finalidades, tanto a la formación del individuo como a su entretenimiento. La Biblioteca Pública, en esta instancia, incursionó en un "ámbito de uso extensivo" (antes ceñido a un orden "intensivo", debido al reducido número de habitantes que se apropiaban de los libros), pues trató de desacralizar el texto impreso extendiendo su ubicuidad social a todos los ciudadanos libres.
Las «bibliotecas de sociedades de extranjeros (bibliotecas societarias)» también desempeñaron un papel trascendente en las primeras décadas del siglo XIX. La mayoría se formó gracias a la iniciativa de entidades de origen muy diverso, tales como cámaras de comercio extranjeras y sociedades privadas.  La más famosa, tanto por la cantidad como por la calidad de sus libros, fue la biblioteca de la British Commercial Room (Sala o Cámara de Comercio Inglesa) que, al parecer, comenzó a funcionar en 1810 ó 1811. Su acervo, aunque no es seguro, superaba los 600 volúmenes y poseía, además, un bibliotecario. (Cinco años, 1962: 56-58; Sabor Riera, 1974, 1: 50; Arrieta, 1955: 48). Otro ejemplo, del cual casi no se poseen noticias, fue la biblioteca de la Buenos Ayres Society, cuyos libros sirvieron de base para el establecimiento de la Biblioteca Circulante de Enrique Hervé (Parada, 1998: 35). Indudablemente, fueron bibliotecas de tipo "cerrado", ceñidas a los socios o a los integrantes de cada sociedad; aunque con el transcurso del tiempo tuvieron una mayor flexibilidad, en líneas generales, representaron a grupos de elite vinculados con el comercio exterior.
Esta tipificación se enriquece con otros elencos bibliográficos, destinados, en la mayoría de los casos, a la educación: las «bibliotecas de institutos de enseñanza» (tanto del Estado como privadas). La organización de la enseñanza, de acuerdo con los nuevos intereses de la realidad política y social del momento, fue uno los mayores problemas que debieron enfrentar los sucesivos gobiernos patrios. Entre las nuevas instituciones que se crearon, cuyos patrimonios contaban con modestas bibliotecas, merecen mencionarse la Academia de Matemáticas y Arte Militar (1816), cuyo archivo y plantel de libros estuvo a cargo del profesor Avelino Díaz; y el Colegio de la Unión del Sud (1818), creado por Juan Martín de Pueyrredón (denominado, en 1823, Colegio de Ciencias Morales). Una variante de este tipo de entidades estuvo representada por la Sociedad Filantrópica de Buenos Aires (1815), cuyo animador principal fue, entre otros, el padre Francisco de Paula y Castañeda. La Sociedad desempeñó sus tareas en el Consulado y contó con "una mesa de lectura y biblioteca, enriquecida con donaciones" (Sabor Riera, 1974, 1: 52-54). Poco después, las reformas educativas de Bernardino Rivadavia, que propiciaron el arribo al país de ilustres personalidades y de una interesante inmigración francesa y anglosajona, alentaron la apertura de algunos colegios secundarios de vida efímera que contaban con pequeñas bibliotecas en sus respectivos establecimientos. Un ejemplo ilustrativo de este caso fue la biblioteca que se formó en la "Academia Argentina", dirigida por el irlandés Gilberto Ramsay y Mr. Hull [o Hill] (La Gaceta Mercantil, no. 1196, 15 nov. 1827; Cutolo, 1983, 6: 58). Las representaciones tipográficas, en esta clase de modestas librerías, se relacionaban con las prácticas de lectura en el ámbito pedagógico, donde los parámetros de apropiación estaban dados por la íntima relación enseñanza-aprendizaje.
Hacia mediados de la segunda década del siglo XIX apareció otro tipo de biblioteca cuyo acceso era rentado: «la biblioteca circulante». El primero en introducir esta agencia comercial, anterior a la de Marcos Sastre, fue el ya citado Enrique Hervé. Su conocida «biblioteca» (denominada English Circulating Library) funcionó desde 1826 hasta 1828, en la calle Chacabuco No. 61. Una de sus principales actividades, además de la circulación de ejemplares, fue la venta de libros, ya que todos estos establecimientos florecieron por el comercio librero. Los usuarios, en su mayor parte de ascendencia anglosajona, podían llevarse los libros a su hogar abonando una pequeña cifra por año. (Parada, 1998: 34-36). Una variante de esta clase de «librerías circulantes» fueron los gabinetes de lectura, cuyas existencias bibliográficas también dependieron de las iniciativas particulares de un librero. Ya en 1829 Buenos Aires contaba con una casa de estas características: el gabinete de lectura de los hermanos Duportail. El mismo formaba parte de la librería de estos comerciantes. Un catálogo con 508 títulos divulgó, entre los habitantes de la ciudad, la importante riqueza de sus anaqueles (Parada, 2002b). Resulta complejo identificar a los lectores de estas bibliotecas, aunque, en líneas generales, además de abastecer a las comunidades extranjeras es posible que se nutrieran de usuarios provenientes de la burguesía comercial local, tal como aconteció en la ciudad de París en ese entonces (Saby, 2000).
Tampoco faltaron las curiosidades dentro de este sucinto panorama de diversas tipificaciones bibliotecarias. Un caso muy llamativo fue la «biblioteca particular por encargo (o bibliotecas ofrecidas por negociantes)», como las que proveyó la firma Guillermo Dana, quien en 1824 publicó un aviso en el cual decía:

"Las personas que deseen proveerse de Bibliotecas para uso particular [a] precios acomodados se servirán ocurrir á su casa, calle Reconquista, no. 76, adonde se franqueará un Catálogo de libros..."(La Gaceta Mercantil, no. 134, 16 de mar. 1824).

Este anuncio publicitario demuestra la importancia del comercio para formar colecciones de libros "a pedido o encargadas" por particulares, en especial, a Europa. Existía, pues, un conocimiento "comercial" de dicha tarea patrocinada por negociantes que sabían de las necesidades de sus clientes. Se trataba, sin duda alguna, de bibliotecas de uso exclusivamente privado y, por añadidura, circunscritas a la capacidad de compra de sus futuros propietarios.
En última instancia, es oportuno señalar un vocablo genérico (identificador de la presencia latente y feraz del libro) y que, indudablemente, no encuadra dentro de clasificación alguna:  las «bibliotecas en potencia». Esta denominación -acuñada por Daisy Rípodas Ardanaz  (1989, XI-2: 467 y 1999, 3: 247) -señala, en "sentido lato", desde la existencia de "un volumen único hasta los varios millares" que se agrupaban en las bibliotecas de las instituciones religiosas. Es decir, la presencia del libro (y su facultad latente y creciente de convertirse en biblioteca potencial) tanto en las ciudades más privilegiadas (Córdoba y Buenos Aires) como en los lugares más apartados y humildes del actual territorio argentino. Este encabezamiento cubre un vastísimo campo de modos de ejercer la lectura, pues representa tanto al propietario de un modesto volumen (posiblemente de temática piadosa) como a las distintas y polifacéticas representaciones del libro dentro de las comunidades vinculadas con la Iglesia Católica. Por otra parte, a la expresión «bibliotecas en potencia» debe agregarse otra identificación complementaria y fundamental: «las bibliotecas en acto», es decir, el conjunto de procedimientos con los cuales los lectores se apropiaban del contenido de los libros (Rípodas Ardanaz, 1989, XI-2: 483 y 1999, 3: 265).

4. Discusión: un debate abierto entre el ámbito cuantitativo y el cualitativo

La complejidad y la ambivalencia fueron, pues, las características principales de los distintos tipos de bibliotecas en la Argentina de ese entonces. Sin embargo, dentro los límites semánticos de toda clasificación, es posible esbozar el cuadro  que representa, provisionalmente, dicha taxonomía: véase p. 84.
Empero, este cuadro de «Tipología de las bibliotecas argentinas» necesita de varias y puntuales aclaraciones. Sólo mencionaremos, en esta oportunidad, la que se considera más importante y que ya ha sido mencionada al comienzo del trabajo: todo intento de «enmarcar» (en este caso, de realizar un esquema clasificatorio) la variedad casi infinita de las diversas prácticas ante el universo de la cultura impresa constituye, inequívocamente, una falacia o, al menos, un intento más cercano a un orden deseado (la necesidad de incluir racionalidad concreta en la polivalencia social de los fenómenos históricos) que a una instancia real. El orden y la memoria tipológica, en este caso, sólo persiguen dos finalidades. En primer término, realizar una síntesis panorámica provisional y perfectible de los distintos tipos de bibliotecas existentes en la Argentina desde el período hispánico hasta 1830. Luego, en un segundo momento no menos significativo, presentar el resultado de dicho resumen a quienes se inician en esta clase de estudios.
Sin embargo, en muchas ocasiones, las finalidades no deben ser un obstáculo para señalar las limitaciones que muchas veces encubren. Pues este aparente e inofensivo esquema, que es una especie de «ficción controlada», encubre, entre otros muchos puntos, los aspectos siguientes: desconoce la riqueza de recursos de los lectores para obtener los libros deseados más allá de los tipos de bibliotecas, tales como las redes informales de préstamos y la multitud de recursos recomendables (y de "los otros") para obtener las obras (contrabando, préstamo, legado, herencia, hurto, copia manuscrita del ejemplar prestado); no toma en cuenta que las distintas clases de bibliotecas siempre tuvieron, en mayor o menor intensidad, «fugas o filtraciones» de textos hacia lectores a los cuales no estaban destinados, en primera instancia, esos impresos (son muy conocidos los casos de circulación de libros fuera de las instituciones religiosas, ya sea por influencias políticas o propias de la burocracia administrativa, ya por relaciones de amistad, ya por tratarse de grupos de elite a los que no se les negaba un ejemplar por su lugar preponderante en la sociedad); también deja de lado, por otra parte, un hecho determinante: la imposibilidad de conocer (por falta de estudios y de fuentes documentales adecuadas) el uso de la colección y el tipo de lectura que hicieron las personas de los contenidos textuales que cayeron en sus manos, pues la riqueza de las representaciones culturales y de las prácticas lectoras son, de hecho, un mundo casi inaprensible, cuyo estudio se encuentra constantemente pautado por lo efímero y lo escurridizo; e ignora, además, la rica interacción que se estableció, en el último tercio del siglo XVIII y primeras décadas del XIX, entre el ámbito privado y el ámbito público, donde éste, signado por un amplio movimiento cultural y político, fue proyectando a  los ciudadanos hacia una modernidad que se alejaba de las posturas dominantes del Antiguo Régimen (Guerra y Lempérière, 1998).
A todo esto hay que agregar una última reflexión. Los estudios tipológicos nos aproximan, peligrosamente, a los estudios cuantitativos, a los datos que brindan las estadísticas, a las enumeraciones «contundentes» de los guarismos y de las listas nominales. Contribuciones, por cierto, fundamentales y sustanciosas, pero que hoy resultan insuficientes. De modo que es necesario tomar esta tipología de las bibliotecas argentinas bajo la luz de los nuevos aportes de la investigación cualitativa e interpretativa en las ciencias sociales (Norman y Lincoln, 2000).

5. Epílogo a modo de conclusión

La presente clasificación de los distintos tipos de bibliotecas existentes en el período estudiado manifiesta, indudablemente, la ubicua presencia del libro en el territorio de nuestra geografía. Una existencia, por otra parte, que no implica un acceso de "todos" al mundo de la lectura. El estudio de las prácticas escritas e impresas y, por ende, de la accesibilidad de los habitantes de esa época al universo de las representaciones tipográficas, lamentablemente, es un punto aún pendiente y que necesitará de numerosas investigaciones para arrojar cierta luz a muchos de sus aspectos más relevantes.
No obstante, es factible de señalar un hecho: la preservación, tal como se ha observado en un principio, lleva implícito el germen de la información y del conocimiento. Todo material que se almacena con la finalidad de su cuidado tiende, en el corto o mediano plazo, a ser consultado por los usuarios.  La "presión" sobre los documentos es, pues, directamente proporcional a su necesidad de manipulación. Nuestros antepasados en el universo de la cultura impresa no fueron ajenos a esta situación, pues forzaron y ampliaron la rígida taxonomía de las bibliotecas según sus necesidades de lectura.
El libro que fuera definido por Robert Escarpit (1968: 15) "como una máquina de leer" aparece, en esta instancia de clasificación transitoria, como un objeto definido por la mano y por las facultades cognitivas e interpretativas del hombre. Una entidad impresa para "servirse" de ella en su más amplia materialidad. Se trata de un momento bibliotecario que se definió por el constante asedio que hicieron los lectores para lograr el acceso al libro y a las bibliotecas.
Pero estas características que definen la tipología de la civilización impresa presentan, además, una sutil y compleja paradoja. El uso de las bibliotecas como portadoras de conocimiento trae como corolario, inequívocamente, su propia destrucción. La inefable necesidad de manejar los libros conspira, en una relación dialéctica trágica, contra su propia preservación. Pero este umbral de tensión dramática forma parte de otro capítulo de la historia de las bibliotecas, pues éstas, tal como se señaló en el comienzo, al igual que las generaciones de los hombres, nacen, se desarrollan, viven las presiones que ejercen las prácticas de los usuarios y, finalmente, se transforman en otros acervos bibliográficos distintos de los originales o mueren sin  dejar rastro alguno.

Referencias bibliográficas

1. Arrieta, Rafael Alberto. 1955. La ciudad y los libros: excursión bibliográfica al pasado porteño. Buenos Aires: Librería del Colegio. 207 p.        [ Links ]

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