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Información, cultura y sociedad

versión On-line ISSN 1851-1740

Inf. cult. soc.  n.15 Ciudad Autónoma de Buenos Aires jul/dic. 2006

 

Los bibliotecarios, el estereotipo y la comunidad

Librarians, stereotypes and comunity

Zunilda Roggau

Instituto Superior No. 12 «Gustavo M. Zuviría». Carrera de Bibliotecología. Saavedra 3076. 3000 Santa Fe, Argentina. Correo electrónico: sniii@arnet.com.ar

Resumen: Se establecen las características del fenómeno de la estereotipia desde la perspectiva de las representaciones sociales y de los medios de comunicación, en interacción con las teorías cognitivas. En ese marco se analiza la construcción y vigencia de los estereotipos. Se considera la posibilidad de que el estereotipo sea causa y efecto en un proceso de retroalimentación entre la imagen del bibliotecario y la comunidad que lo sostiene. Los condicionamientos socio-culturales, la evolución del concepto de lectura, la profesionalización, entre otros aspectos influyen en la construcción y vigencia del estereotipo del bibliotecario. En función de las dificultades para la inserción y el crecimiento de los profesionales en el campo laboral, se analizan otros factores: la feminización de la actividad, la formación académica, la internalización del estereotipo por parte de los mismos profesionales, el estereotipo de las bibliotecas.

Palabras clave: Estereotipos; Estereotipo del bibliotecario; Imagen del bibliotecario.

Abstract: The characteristics of the stereotype phenomenon are established from the perspective of social representations and mass media, interacting with cognitive theories. In the frame, the construction and validity of stereotypes are analyzed. The article considers the possibility that the stereotype is the cause and effect in a feedback process, between the librarian image and the community that sustains it. Socio-cultural conditions, the evolution of the reading concept and the professionalization, among other aspects, influence the construction and validity of the librarian stereotype. Other factors are analyzed taking into account the difficulties for the insertion and development of professionals in the labor market: the feminization of the activity; the academic training; the internalization made by the librarians themselves of the stereotype; the stereotype of the libraries.

Keywords: Stereotypes; Librarian stereotype; Librarian image.

Artículo recibido: 12-06-06.
Aceptado: 15-11-06

Introducción

La bibliografía existente en el ámbito de América Latina y del mundo anglosajón señala la presencia del estereotipo del bibliotecario1 a través de innumerables trabajos de recopilación, resultados de encuestas, relevamientos minuciosos de fuentes literarias y de los medios de comunicación de masas; otros estudios indagan sobre la naturaleza de este estereotipo, las causas y la vigencia. Por otra parte la literatura profesional da cuenta de la existencia del estereotipo: en forma directa aludiendo a la influencia de la imagen en el bajo status profesional, la invasión de profesionales de otras disciplinas, las dificultades para acceder a las fuentes de trabajo, o indirectamente promoviendo la capacitación permanente y la adhesión a un nuevo paradigma como instancias superadoras de la imagen existente. Es propósito de este trabajo reflexionar sobre los alcances del estereotipo como aporte a la discusión.

La naturaleza del estereotipo

La representación social y los estereotipos

Teniendo en cuenta el proceso de construcción de las representaciones sociales y el rol de los estereotipos o imágenes estereotipadas,2 es posible investigar el mecanismo social que puso en marcha la imagen del bibliotecario y la vigencia en diferentes contextos.
La noción de estereotipo se integra a la noción de representación social pero como concepto diferenciado: los estereotipos son categorías de atributos específicos que se caracterizan por su rigidez mientras que las representaciones sociales se distinguen por su dinamismo. Son comunes, en cambio, aspectos sustanciales: la construcción de estereotipos como formas de conocimiento no científico, el uso de estereotipos como categorías para clasificar individuos y circunstancias, la función que cumplen como sistemas de referencia construidos a partir de experiencias y modelos trasmitidos por la tradición o la comunicación social (Mora, 2002).
Son características fundamentales del estereotipo la construcción de una imagen, la función cognitiva, la orientación positiva o negativa de la imagen, la interacción entre el grupo representado y el que la sostiene, el proceso de interpretación de la realidad que hace el sujeto, entre otros. El estereotipo se caracteriza también por su permanencia y su capacidad de adaptación a los cambios; ya que es inevitable una confrontación del fenómeno con el entorno, la imagen se "disfraza" para acomodarse a la realidad circundante.
La subjetividad también se manifiesta través de las emociones (Banchs, 1996); la actitud hacia el otro, la toma de posición, la selección de información que se hace del grupo representado, están atravesados por sentimientos y emociones; estos factores influyen en el estereotipo, sobre todo en la etapa de construcción pero también en la etapa que llamamos de permanencia o vigencia.3

Cómo nace un estereotipo

Desde el ámbito de los medios de comunicación Robyn Quin (1995) analiza el proceso de la representación social en los medios, la interpretación que hace el público de la imagen, el nexo con las ideologías y la creación o utilización de estereotipos, entre otros aspectos. Refiriéndose a la naturaleza y función del estereotipo en el marco de ese trabajo lo define de este modo:

Primero, un estereotipo es una representación repetida frecuentemente que convierte algo complejo en algo simple. Es un proceso reduccionista que suele causar, a menudo, distorsión porque depende de su selección, categorización y generalización, haciendo énfasis en algunos atributos en detrimento de otros.
Segundo, los estereotipos son conceptos de un grupo, lo que un grupo piensa de otro. Son algo que comparte un grupo existiendo consenso acerca de su contenido. Dado que el estereotipo es una manera de categorizar y describir a un grupo, cualquier estereotipo es predominantemente evaluativo. La función del estereotipo es justificar la conducta del grupo que cree en él con relación al grupo que se valora. Esto explica la "naturalidad" de los estereotipos: parecen naturales y obvios porque casi todo el mundo comparte el conocimiento de su existencia.
Tercero, los estereotipos, a través de la simplificación y la generalización, nos permiten organizar información sobre el mundo. Sirven para establecer marcos de referencia y maneras de orientar nuestras percepciones. El estereotipo funciona a modo de sistema cognitivo selectivo para organizar nuestro pensamiento.
Cuarto, los estereotipos son a la vez ciertos y falsos. Las características que se seleccionan para categorizar a un grupo
social no se inventan sino que se escogen de una lista enorme de posibilidades. La selección en sí se basa en una serie de prejuicios sobre el grupo. La veracidad del estereotipo yace en la selección de las características; su falsedad yace en la distorsión que resulta al seleccionar determinados rasgos característicos que se aceptan como rasgos representativos del grupo.

En otro párrafo se señala que la inversión causa-efecto es un poderoso mecanismo que permite justificar los comportamientos de un grupo con respecto a otro (Quin, 1995):
El estereotipo se crea con:

1. la identificación de una condición social;
2. la evaluación negativa de tal condición social;
3. la formulación de esta evaluación como una característica innata del grupo;
4. la presentación de esta evaluación negativa como la causa de la condición social en vez del efecto de la misma.

Con la inversión de la relación causa-efecto, en que el efecto4 se presenta como la causa5, se 'prueba' y, por lo tanto, se justifica el estereotipo.

El componente ideológico en las representaciones sociales es evaluado también desde el campo de la comunicación. Paoli (1983), en sus estudios dice de los estereotipos sociales en relación con las ideologías:

Los conocimientos -visión del mundo- que cristalizan los conceptos, condicionan y orientan los comportamientos y las actitudes de los individuos. El estereotipo, al contrario, es la resultante de un modo de captación pragmática de la realidad, en la cual interviene la actitud emocional y volitiva de los individuos o grupos sociales. Resulta, pues, un modo esencialmente subjetivo de aproximación, dominado por el valorativo. (...) Sin embargo, es difícil separar la aparición de los estereotipos de la ideología, y viceversa. En efecto, ambos -bajo formas diferentes- traducen un determinado sistema de valores. (...) La internalización de estos estereotipos, se halla efectivamente en relación directa con el grado de conformismo y de acriticismo que exige la sociedad a los individuos o a los grupos sociales.

Este mecanismo se refuerza con la intervención de los medios de comunicación, ya que estos casi nunca explican a su público el contexto histórico que rodea los cambios de la condición social. Entender cómo funcionan los estereotipos en los medios, cómo limitan y condicionan nuestra percepción de la realidad, ayuda a conocer los hechos tal como suceden, a relacionarlos con otros y a evaluarlos con más objetividad. Los medios de comunicación los refuerzan, al presentarlos y al repetir la versión. De este modo la comunicación con el público se ve facilitada pero, de hecho, voluntaria e involuntariamente, se canaliza la ideología del medio; esta, a la vez, intenta coincidir con la ideología de la mayor cantidad de gente posible.
Cuando presentan una imagen, se plantean varios interrogantes: cómo se representa, quiénes deciden cómo representarlo, a quiénes representan los que deciden, etc. A la vez, al ser recibida la imagen que trasmite el medio, el público la interpreta desde su propia cosmovisión y encuentra los atributos coincidentes con la imagen que sostiene. Confirma así, cerrando el círculo, la veracidad de su propia versión. En algunos casos, los medios pueden llegar a ser la única fuente de información.
Si bien la utilización y mantenimiento de los estereotipos ya existían, los medios de comunicación reflejan y perpetúan los estereotipos a través de las noticias, los diversos programas, los filmes, etc. La aparición de los medios agregó un extraordinario mecanismo de repetición y fijación de los estereotipos. Además los medios de comunicación son mejores difusores de eventos que de procesos graduales, por lo que el origen, la historia, el contexto de una imagen social, desaparecen (Quin, 1995).
En un estudio enfocado desde las teorías del procesamiento de la información que hacen los seres humanos (Lima, 1997) se deduce que los estereotipos permiten no sólo construir la memoria acerca de un individuo o de una situación en particular, sino también ser usados en la reconstrucción de la memoria. Se altera la realidad de modo que armonice con el estereotipo construido con anterioridad; a su vez, la naturaleza constructiva de la memoria es influenciada por la base de conocimientos y expectativas del individuo. La estereotipia puede ser comprendida como una de las consecuencias del principio de economía cognitiva la cual postula que las representaciones del conocimiento se organizan de tal forma que permiten acceder a una gran cantidad de información con un mínimo de esfuerzo cognitivo.

Por qué se crean los estereotipos

En el fenómeno de las categorizaciones sociales y en relación con ellas, es necesario tener en cuenta la necesidad de los individuos de asumir la categoría en la que se sitúan como una categoría de perfil positivo. En ese sentido la cultura del grupo social al que pertenece y las normas que lo rigen gravitan en forma sensible en el proceso de creación de estereotipos: cualquier imagen de «los otros» que construyan los individuos pertenecientes a un grupo es categorizada con respecto a la propia con un perfil negativo o desfavorable (total o parcial); de ese modo pueden situar al "otro" en una categoría más baja que la del grupo. El individuo que sostiene un estereotipo se siente cómodo Roggau / Los bibliotecarios, el estereotipo y la comunidad defendiendo esa generalización que hace de otro grupo, porque así se identifica con su grupo de pertenencia y por lo tanto se siente aceptado gracias a la norma social imperante (Roca, 2005; Quin, 1995).
Cuando se enfrenta con una realidad que contradice, en parte o en todo, su esquema estereotipado, puede verlo como una excepción, sin plantearse una revisión de sus conceptos. O bien le sirve para racionalizar su conducta respecto del grupo representado por el estereotipo y así justificar su adhesión; el rechazo del estereotipo ocurrirá cuando ponga en duda su concepción del problema y comprenda el proceso sin condicionamientos (Quin, 1995).

La permanencia del estereotipo

Los individuos recuerdan mejor las características que son consistentes con el estereotipo de las que no lo son, es decir aquellas que en el momento de la codificación de la información fueron objeto de mayor atención por parte del sujeto. Por esa razón los estereotipos podrían ser útiles, ya que el sujeto podría poner una especial atención en los datos de su observación actual que no se compatibilizan con el estereotipo y deducir que su concepción del asunto no concuerda con la realidad (Lima, 1997). De esta forma si las bibliotecarias que conoce no usan ropa anticuada y rodete y lo atienden con eficiencia y amabilidad, por ejemplo, la comparación con el estereotipo que el sujeto tiene asumido le permitiría dudar, por lo menos, de su preconcepto.
En las contribuciones teóricas sobre el tema, relevadas por María Manuel Lima (1997), se argumenta que la información inconsistente con el esquema estereotipado es con frecuencia reemplazada o distorsionada, e incluso en algunos casos es descartada, invalidando cualquier tentativa de superación del estereotipo, llegando a superar su concepción predeterminada a lo que realmente ve en una situación. Más aún, cuando los individuos tienden a inhibir los pensamientos estereotipados en torno a un asunto, a mediano o largo plazo vuelven a activarse en situaciones críticas; las características que antes se esforzaron por ignorar retornan y lo hacen aún con más vigor.
En el momento de la codificación la información proveniente de lo que se observa (construcción del estereotipo) tiene su base real; en el momento siguiente, el de la aceptación y uso (vigencia del estereotipo) esas características son asumidas como innatas del individuo o de la situación prescindiendo del contexto histórico, cultural, social (economía cognitiva). Si es necesario el estereotipo se adapta a los cambios. Y esas características se establecen como características innatas del individuo convirtiéndose en la causa de la condiciones del individuo o de la situación dada, y no en las consecuencias de procesos históricos, culturales y sociales (Quin, 1995).

El estereotipo del bibliotecario

La creación del estereotipo. El proceso de construcción

Cuándo, cómo y por qué surge el estereotipo del bibliotecario, son las preguntas indispensables para comprender este fenómeno. Es necesario contextuar históricamente el proceso y analizar las razones y las motivaciones, examinar la vigencia y las modificaciones sufridas en los momentos históricos subsiguientes.
La actividad del bibliotecario aparece como respuesta a una necesidad social, no al deseo de indagar en la realidad como la física o la biología o de aplicar conocimientos previos como en medicina o en arquitectura, por ejemplo. El "hacer" tuvo prioridad por sobre el "pensar" y este origen situó a la actividad en un marco "no científico" (Delgado López-Cózar, 2002). Primero porque se necesitó preservar los manuscritos y en el Medioevo rescatar y custodiar el legado de la iglesia y la antigüedad clásica; después, en el Renacimiento, la administración de la floreciente producción de libros era urgente y a partir de la revolución industrial fue necesario registrar masivamente toda clase de documentos y facilitar el acceso a la información; finalmente, en el siglo XX se impusieron perentoriamente la precisión y la rapidez del procesamiento de la información, la transmisión y la comunicación mediante las nuevas tecnologías.
Ese origen empírico y la continuidad sin bases teóricas explícitas, conformaron la base de una imagen sin prestigio académico: la de un aplicado repetidor de prácticas, es decir, una actividad rotulada como oficio en el mejor de los casos.
En la Antigüedad el filósofo, el astrónomo, el filólogo eran también bibliotecarios: la preservación de los manuscritos y la organización estaban a su cargo; este rol con dos facetas forjará una imagen positiva del bibliotecario, pero será a la sombra del reconocimiento social o académico que vendrá de la mano de aquellas especialidades: Calímaco, Demetrio de Falero, Aristarco, Zenódoto. El Medioevo y el Renacimiento continuarán esta tradición: Pío XI, Casanova, David Hume, Gottfried Leibniz, Alfred de Musset. Ese prestigio es lógico teniendo en cuenta que sus logros más relevantes están en su especialidad. Fueron bibliotecarios por un mecanismo de "complementariedad": por la actuación en el campo de una disciplina o actividad intelectual elegida (a veces como premio precisamente por esa actividad elegida); en otros casos porque ese rol les facilitó el desarrollo de investigaciones en aquella especialidad.
Si bien este mecanismo proviene de un paradigma humanístico, en el contexto actual donde la biblioteca es una necesidad social que exige profesionales con capacidad para gestionar instituciones, con habilidades comunicacionales, con formación tecnológica, entre otras, el prestigio sigue recayendo en la actividad que eligió en primera instancia; aún en la actualidad se ve con frecuencia esta dualidad: Jorge Luis Borges, Paul Groussac. Una excepción lo constituye Domingo Buonocore que, formado en las ciencias jurídicas, ejerció la docencia y se dedicó también a la bibliotecología; se desempeñó como director de una biblioteca y es autor de obras importantes en el campo de la bibliotecología, fruto de sus investigaciones. También lo fue Roberto Juarroz, que con su poesía atravesó lúcidamente su trabajo de docente y bibliotecario.
Por el contrario los que se dedicaron a la bibliotecología como especialidad principal: Melvil Dewey, Shiyali Ramamritan Ranganathan, Charles Cutter, Paul Otlet, Carlos Víctor Penna, entre otros, son reconocidos por sus aportes en ese campo; pero es un prestigio restringido al ámbito de esta especialidad, sus obras son desconocidas para el público en general.
Por eso, cuando ese científico, ese literato, es decir ese intelectual asume el rol de bibliotecario no lo hace desde el plano educativo y social, sino desde su posición de intelectual en "su campo", el científico, el literario, etc., que es el que le dio prestigio. La dirección de una biblioteca se les otorga para prestigiar a la biblioteca, pero desde el campo disciplinar del postulante, no desde la posible capacitación y la experiencia en la esfera educativa, social y técnica de la bibliotecología.
El Medioevo forjó otro bibliotecario: la faceta de estudioso, de lector, perduró, pero incorporó el rol de custodio, de guardián, que se agregó al de conservador, constituyéndose en la segunda característica del estereotipo. Esos monjes fueron retratados por la historia, la literatura, el cine, como personajes ascéticos, hoscos, retraídos, misteriosos. Pero en su época no sólo no se le reprochó su comportamiento con respecto a la biblioteca sino que, por el contrario,fueron respetados, porque estaban cumpliendo una función que, en ese contexto, no sólo era necesaria sino además importante.
Pasada esa época, y con las nuevas ideas del Renacimiento, estos monjes fueron señalados como intelectuales oscurantistas, instrumentos que impedían el acceso al conocimiento y a la verdad. Causa y efecto se invirtieron: se interpretó que la causa de una era de prohibiciones y cerrojos fue la acción personal de estos monjes, no el efecto lógico de las ideas establecidas por la iglesia y de la estructura de poder canalizados eficazmente a través de los monasterios. El estereotipo se centró en la persona, no reconoció el contexto.
El Renacimiento y después la era industrial no aportaron facetas nuevas a las que ya existían; sí hubo un proceso (lógico) continuo de adecuación del aspecto físico en general y una reinterpretación de los hechos; pero la imagen negativa que se origina en el rol de custodio (pero que no difunde el conocimiento) adjudicado a aquellos monjes permaneció intacta. El estereotipo estaba construido y se acomodaba a los nuevos tiempos. La función de preservador y organizador sí fue aceptada como la esencia misma de la profesión; son las que todas las sociedades de todos los tiempos le han adjudicado, en cambio las facilidades para el acceso y la difusión seguían ausentes en la imagen que la gente tenía de los bibliotecarios.
Más adelante la profesión ya mostró dos facetas diferentes: una creativa (la actividad intelectual) y otra rutinaria (las normas, los reglamentos); al respecto Domingo Buonocore (1952) decía:

(…) el bibliotecario ideal debe ser no sólo un experto profesional que domine concienzudamente las diversas técnicas del oficio, sino también, un hombre culto -donde no hay cultura firme y valiosa no puede existir técnica bibliotecaria perfeccionada, pues ésta es eficiente sólo cuando se convierte en medio para servir los fines de aquélla- y un investigador de vocación latente o, por lo menos, un aprendiz de la investigación con la disciplina, las inquietudes y la sensibilidad del estudioso.

Los cambios que vinieron después exigieron otro perfil: el de comunicador y difusor de la información fue una nueva función.

Vigencia del estereotipo del bibliotecario

Los bibliotecarios debieron cambiar porque el entorno cambiaba y no hubo ni hay otra posibilidad en términos de evolución humana; cada ser humano se integra, participa, es arrastrado por las circunstancias. Sin embargo la imagen permaneció como lo atestiguan las innumerables fuentes dentro y fuera de la profesión. La mayor accesibilidad era un imperativo; no hubieran podido ir en contra del impulso, no por lo menos como grupo corporativo, aunque sí probablemente hayan opuesto resistencia a nivel individual, la resistencia al cambio, natural en cualquier actividad.
También quizás, formado en la convicción de que la gente va o debe ir en busca del libro, en consonancia con las corrientes educativas imperantes, el bibliotecario esperó el cambio en vez de producirlo. No hubiera sido posible continuar masivamente con el modelo del Medioevo porque ello hubiera significado la desaparición del rol, lo cual no ocurrió. No es posible concluir que todos estos bibliotecarios quedaron fosilizados en un modelo. Algo debió ocurrir, algún proceso se puso en marcha para que, a pesar de los cambios sociales, a pesar de que estos bibliotecarios formaran parte de estos cambios (hayan querido o no) la imagen quedara fijada en el perfil del Medioevo.
Los cambios políticos, económicos y sociales moldearon las actitudes de la comunidad; su accionar modificó el modo de interactuar con el libro y el conocimiento, apoyaron o utilizaron tendenciosamente el dominio de la palabra escrita y la posesión de los documentos, sin embargo, el estereotipo permaneció. El temperamento personal asignado a este bibliotecario (huraño, parco, reservado, tímido), la actitud hacia los lectores (poco comunicativo), el atuendo (anticuado, muy formal) son coherentes con una imagen negativa que fue construida y adaptada a través del tiempo por la comunidad, pero desde un plano moderno, social y comunicativo.
Este estereotipo fue el medio que utilizó la sociedad para almacenar y reproducir en su estructura de pensamiento la imagen del bibliotecario, es decir, una construcción sintética, conocida por todos, con bases reales. La representación social de una actividad o de los representantes de la actividad reúne características de distinta índole, pero el estereotipo es casi siempre negativo o prejuicioso. Las variaciones que se introdujeron fueron variantes de acomodación, de adaptación y solamente en el aspecto externo, el atuendo, el peinado, la expresión; cuando el estereotipo cambia de sexo, cambia el aspecto externo, pero el perfil psicológico permaneció y más aún, los rasgos masculinos como la introversión y la timidez son potenciados negativamente: se tornan en conductas agresivas y rígidas. De hecho, el aspecto físico debe ser seguramente una forma de expresar el descontento ante algo más profundo relacionado con las esferas psicológica o simbólica.
El papel de los medios de comunicación en este proceso de vigencia de los estereotipos ha sido estudiado por varios investigadores desde diferentes perspectivas, en países muy disímiles por su desarrollo económico y cultural (Quin, 1995; Aparici, 1995; Peña Astorga, 2000; Roca, 2005; Gómez Hernández y Saorín Pérez, s.f. a). Buena parte de la bibliografía profesional da cuenta fehacientemente de la presencia de este estereotipo en los medios. Por otra parte tanto la biblioteca como el bibliotecario no son "noticia", no son polos de interés súbito: la acumulación de conocimiento registrado sugiere reposo aunque su contenido es extraordinariamente dinámico al ponerse en contacto con la gente. El trabajo cotidiano en las bibliotecas es casi imperceptible: ese estatismo aparente y la intangibilidad de los resultados son muy difíciles de manejar en los medios porque no impactan en el público masivamente.

Los temas transversales: el rol docente y la discriminación por género; la lectura y los bibliotecarios; la profesionalización de la actividad

El rol docente y la discriminación por género.

La actividad que siempre ha estado ligada a la biblioteca, y por lo tanto compartiendo su evolución, es la educación, con una historia llena de matices y variantes, cambios paradigmáticos en la disciplina, acusando la influencia de las ideologías, la manipulación en los medios y gozando de amplios espacios en los discursos oficiales. Los docentes también tienen su estereotipo que tiene en común con el de los bibliotecarios algunas etapas del proceso. Una muy importante es la feminización del rol y de la imagen (Yannoulas, 1996; Apple, 1989). En este sentido, los estudios de género son fuentes indispensables para analizar el cambio de sexo en el estereotipo del bibliotecario.
Con la revolución industrial se produce el éxodo de la mano de obra masculina; entonces las bibliotecas recurrieron a las mujeres. Las mujeres eran las que atendían las tareas no remuneradas o con los salarios más bajos: las tareas domésticas, las vinculadas a la función biológica de procrear y cuidar a los hijos. Estas tareas dejaban un espacio (en las clases medias o altas) para "hacer algo por la comunidad". Este proceso no sólo instaló a la mujer en el estereotipo del bibliotecario sino que además le agregó o quizás reafirmó otra faceta que aún estaba desdibujada: la gratuidad del trabajo que le imprimió el carácter benéfico de la tarea. Dos facetas contradictorias en apariencia: la exigencia de ciertos conocimientos y el carácter gratuito de los servicios.
Así se cierra un círculo vicioso donde las mujeres ocupan trabajos de menor jerarquía y los oficios o profesiones pierden jerarquía cuando predominan en ellos las mujeres (Almandoz de Claus y Hirschberg de Cicliutti, 1992).
Las mujeres que eran llamadas a desempeñarlo debían tener una formación cultural. Así se combinaban socialmente dos facetas, quienes estaban en condiciones de hacer un trabajo sin recibir pago alguno eran las mujeres de las clases acomodadas, que eran quienes habían recibido alguna formación humanística, a diferencia de los hombres bibliotecarios, que se autoseleccionaron por inclinación a la actividad intelectual, o como consecuencia natural de una formación literaria o científica (muchas veces autodidacta).
Estas "señoritas" no llegaron a las bibliotecas para cumplir un rol social sino cultural; son portadoras de "valores" y de "una sólida cultura", es decir garantes del "orden social" y de las "buenas costumbres".
La imagen de esta mujer sumó a los atributos físicos adaptados a su sexo el temperamento agrio, la ropa anticuada, el peinado rígido, los lentes, la actitud agresiva y la habilidad para crear obstáculos e impedimentos a los lectores en nombre de un reglamento o de una misión irrenunciable.
Con esta herencia las bibliotecarias de hoy, especialmente en las escuelas, no han podido aún hacerse visibles como profesionales; la Ley Federal de Educación, vigente a la fecha, produjo una gran cantidad de documentos orientados a la capacitación y modificación del currículo escolar, sin embargo la visibilidad del bibliotecario como actor del proceso educativo, el rol de promotor de la lectura, facilitador del acceso al conocimiento y la información, no aparecieron.
En ochenta y ocho documentos analizados (provenientes del ámbito nacional y provincial), solamente se encontraron cinco textos vinculados con los bibliotecarios (que además están dirigidos a los docentes de aula); estos textos dan cuenta de un bibliotecario institucional casi inexistente, con una actuación desdibujada y acotada a meros procedimientos. No existen en la toma de decisiones de su propio ámbito de trabajo, no promueven iniciativas de carácter pedagógico-curricular, no gestionan en forma autónoma la biblioteca institucional.
En el imaginario de la Ley Federal de Educación, los bibliotecarios son personas que forran los libros de la biblioteca, que deben ser imitados por los chicos solamente a la hora de "cuidar y ordenar los libros", que pueden ser bibliotecarios o "personas encargadas" de la biblioteca. Contradictoriamente los objetivos, los alcances, los propósitos, los contenidos curriculares (específicamente los referidos a la lectura, la lengua, el acceso a la información y al conocimiento), que están explicitados en estos documentos implicaban de hecho una "vuelta de tuerca" en el perfil de estos bibliotecarios (Roggau, 2005).

La lectura y los bibliotecarios

Las investigaciones en torno a la lectura permiten apreciar en qué medida el modo de leer, los soportes de la lectura, las políticas o ausencia de políticas vinculadas a la lectura, las relaciones entre el lector y los textos, influyeron en la imagen de las bibliotecas y de los bibliotecarios y a la vez cómo esas circunstancias influyeron en la evolución del perfil profesional. El rol y la posición del bibliotecario en el medio social variaron con los intereses profesionales, las ideologías y las políticas educativas vinculados a la lectura pública. No varió el rol de conservador y custodio, si bien estos términos derivaron en otros como administradores o intermediarios. La concepción de la lectura que tenga una comunidad no puede disociarse de la imagen que tenga de las bibliotecas y por ende de los bibliotecarios. Estos, a su vez, deben posicionarse constantemente frente a las múltiples y variadas formas que asume la lectura (Chartier y Hébrard, 1998).
Se trate de expresiones corporativas, gubernamentales, privadas o personales, el libro y las bibliotecas nunca han sido objeto de antagonismos: todos están de acuerdo con la necesidad y el placer de tenerlos. Sin embargo, se observa con frecuencia que en las bibliotecas públicas y en las del área educativa las actividades de extensión como los eventos culturales o sociales convocan al público con más éxito que la biblioteca como lugar de lectura o de estudio.

La profesionalización de la actividad

Actualmente, las características predominantes de una profesión son: formación sistemática en la especialidad, constitución de asociaciones profesionales, definición de competencias, códigos de ética, ingresos elevados, estatus social alto, autonomía en el desarrollo de su trabajo, dedicación de tiempo completo, prestigio social (Fernández Pérez, 2001) y agrega:

(…) Otros elementos importantes de la profesión son su legitimación intrínseca, su validez y su función, los cuales están enmarcados por las características históricas de la sociedad en que ha surgido y se ha desarrollado. Sus modos específicos de formación, reproducción, exclusión, certificación y evaluación dependen de las condiciones en las que surge, de los intereses de quienes la promueven y del poder político de sus miembros. En 13-34 25 consecuencia, la profesión, como unidad estructural de la sociedad moderna, condensa procesos y elementos de la realidad social, política e ideológica en la que se circunscribe, encontrándose formalmente establecida y legitimada por el sector social que las ha constituido como tales.

Desde el ámbito de la sociología de las profesiones, el trabajo no manual, los ingresos elevados, una mística que cohesiona la actividad, el carisma y el prestigio social, definirían un trabajo como profesión. El carácter profesional de una actividad está ligado al concepto de profesión y a las variantes que se operan en función de la época y del contexto social. Al respecto Fernández Pérez (2001) concluye:

Puede notarse que no es difícil definir en qué consiste teóricamente una profesión; sin embargo, debido a la versatilidad de las profesiones, al ritmo acelerado de los cambios en el mundo profesional y la profesionalización creciente como tendencia de muchos oficios, la construcción del concepto es un tema no acabado. Puede señalarse que las profesiones son una clase particular de organización que posee conocimiento de sí misma y una cultura especial distintiva. Una profesión, en general, muestra los mismos espacios de variación en su coherencia y poder que las comunidades culturales que son estudiadas más convencionalmente, como grupos de estatus formados por familias y miembros de una raza o religión.

Hasta el siglo XVIII la repetición y transmisión de prácticas y rutinas concentradas en la identificación y control de documentos era el modo de aprender y enseñar. Si bien en el siglo XIX aparecen las primeras escuelas, la formación de estos profesionales no incluye la investigación ni avanza en la construcción de la disciplina como tal. Durante mucho tiempo los programas de estudio mostrarán el predominio de los procesos técnicos por sobre los servicios y la gestión institucional. A lo sumo se establecerán diferencias entre actividades profesionales (ejercidas por el bibliotecario) y no profesionales (ejercidas por voluntarios, ayudantes, etc.).
La constitución de asociaciones profesionales, la definición de competencias y los códigos de ética aparecen más adelante. La autonomía en el desarrollo de su trabajo es casi imposible: el carácter de trabajo social o técnico ha estado siempre ligado a las bibliotecas, que en general son organismos dependientes de una estructura gubernamental o privada. La dedicación de tiempo completo varía si el bibliotecario asume que es complementaria de otra actividad calificada como más prestigiosa; en otros casos el proceso de feminización (Lerner, 1999) y los condicionamientos sociales del trabajo femenino (Apple, 1989), llevan
a las bibliotecarias a repartir su atención entre la profesión, el hogar y la familia. El prestigio social, el estatus social alto y los sueldos elevados son inexistentes en muchos casos.

Los bibliotecarios y el estereotipo: la invisibilidad del profesional; la internalización del estereotipo; el perfil psicológico

La invisibilidad del profesional

El bibliotecario no es visto como un profesional (no reúne todas las condiciones), no se lo considera un científico (no está respaldado por una disciplina nacida y construida como ciencia), tampoco se lo ve como un obrero (su actividad es "no manual", aunque generalmente es asalariado). Su identidad es difusa y cambiante.
Si los científicos y los escritores, porque producen y utilizan libros, los libreros por su contacto con el libro pueden ser bibliotecarios; si los docentes que promocionan la lectura, los informáticos que asumen la organización intelectual como organización lógica, los administrativos "que pueden aprender" pueden ser bibliotecarios; si los jóvenes que pueden "ayudar", las "señoras que aman la literatura", pueden ser bibliotecarios, ¿quiénes son estos trabajadores que no tienen otra actividad paralela, que SÓLO son BIBLIOTECARIOS?
La profesión se diluye, aparentemente, en una serie de profesiones "afines". Ante la diversidad de imágenes reemplazantes que provienen de otras disciplinas, confundido por una identidad ambigua, en contextos tan aceleradamente cambiantes, el público opta por lo que conoce con seguridad: los rasgos que no han cambiado, los rasgos "verdaderos", una imagen anclada en la realidad: todos son bibliotecarios si custodian el patrimonio de la biblioteca (esencia de la actividad) y prestan los libros (sentido de la actividad), reconstruyendo el estereotipo que subyace en la memoria colectiva y validando las imágenes que surgen como sustitutos.
Los atributos relacionados con el desempeño son por lo menos contradictorios: ante la expectativa de que la biblioteca esté organizada se pone en duda la necesidad de hacerlo sobre bases científicas, y se tiene la certeza de que para organizarla no se necesita saber nada o no se necesita una formación sistemática.
Si bien hay sobrados ejemplos de bibliotecarios que con su desempeño, aptitudes y capacidad contradicen al estereotipo, la naturaleza misma de estos impiden que se superen las imágenes construidas; es un proceso que se repite igualmente con todas las profesiones que tienen un estereotipo: los médicos, los abogados, los maestros; igualmente sucede con los oficios y los roles sociales: las amas de casa, los militares, los indígenas, etc.
La imagen estereotipada está ligada estrechamente a la identidad profesional; la identidad tiene que ver fundamentalmente con la filosofía de la profesión, con la definición que hacen los mismos bibliotecarios de su profesión, mientras que la imagen se vincula principalmente con el prestigio, la reputación, es decir con la percepción que tienen los que están fuera de la profesión (Ponjuán Dante, 1998).

La internalización del estereotipo

Los estereotipos tienen una dinámica de autojustificación y autoperpetuación que lleva a los individuos objeto de estereotipia a comportarse de acuerdo con la imagen estereotipada que se tiene de ellos (Lima, 1997). El proceso de internalización de estereotipos que se ha dado entre los bibliotecarios es similar al de otros estereotipos. Algunos bibliotecarios conscientes de que la imagen es rechazada por sus colegas también la rechazan o la niegan en su discurso, pero en un nivel inconsciente se comportan y trabajan condicionados por los imperativos del estereotipo: no asumen responsabilidades que el entorno social no haya "aprobado" como posibles para él (aunque cuente con la capacidad y las competencias necesarias) y permite y aprueba que especialistas (o no especialistas) de otras áreas profesionales asuman esas responsabilidades u otras que suponen de mayor jerarquía.
En algunos casos, cuando los que se desempeñan como bibliotecarios no cuentan con las competencias y los títulos necesarios, los bibliotecarios formados cuestionan la situación, pero en la práctica la aceptan como un mal menor y así justifican la incoherencia entre la teoría y su conducta en la práctica. Llegan incluso a explicar la tolerancia a la intromisión con argumentos como "puede ayudar en tareas rutinarias", sabiendo que no existen las tareas rutinarias en la biblioteca.
Los bibliotecarios tienden a asumir que el desempeño es la causa de la mala situación de muchas bibliotecas. No siempre la vinculan con los demás factores que intervienen en el proceso, como las políticas de lectura, las políticas de información, la permanente y tradicional falencia de recursos humanos y materiales, la formación profesional, entre otros. En ese contexto los bibliotecarios no se ven como el efecto del conjunto de esos factores. Así, en el proceso de vigencia del estereotipo, bibliotecarios y comunidad confunden causa y efecto; aquellos lo asumen como su culpa, internalizan la imagen estereotipada y actúan en consonancia con ella; el público confirma la imagen en un permanente círculo vicioso.
La internalización del estereotipo resulta afectando la auto-estima de los bibliotecarios: optan por la aceptación de la imagen como un estigma o por la negación como mecanismo de defensa. A su vez la auto-estima se vincula con valores profesionales como la independencia, la creatividad, el liderazgo, la conciencia de grupo, entre otros factores (Oliveira, 1983).

El perfil psicológico

No es posible dejar de considerar el aspecto psicológico en el perfil del bibliotecario: por un lado está la interacción con la sociedad y por otro la elección de una profesión desde la individualidad. Las bibliotecas, desde siempre, han sido elegidas como campo de actividad por aquellas personas inclinadas a la introversión, la disquisición intelectual, la lectura silenciosa, la vivencia en solitario de la literatura, el conocimiento por el conocimiento mismo. La biblioteca dentro del paradigma humanístico, como acumulación de conocimiento y ámbito para los intelectuales, en una etapa donde la cantidad de obras no sobrepasaba los límites del tiempo dedicado a su lectura, que no aspiraba a expandir sus servicios entre la gran masa analfabeta, podía armonizar con el estereotipo y además enriquecerlo, sin que ello obstaculizara su desarrollo y crecimiento. Las exigencias de socializar no eran tan perentorias. Las condiciones de trabajo coincidían con sus gustos y se adecuaban a su personalidad. Él había elegido ese trabajo porque era como era y no se le exigía otro rol ni otra responsabilidad.
Con los cambios que trajeron la alfabetización masiva, la democratización del conocimiento, la difusión de la información, se le exigió a este mismo bibliotecario (es decir, a personas con el mismo perfil psicológico) que fuera comunicador, difusor, gerente, que interactuara con el público, que participara en todas las manifestaciones de la institución porque la sociedad había cambiado. Decimos que es este mismo bibliotecario porque el eje de afinidad entre el individuo y la institución sigue siendo la lectura y el conocimiento. Pero debió incorporar una faceta netamente socializante, faceta que puede formar parte de su personalidad o no. En este último caso y más allá del grado de responsabilidad que desarrolle el individuo para superar esta situación (el ejercicio comunicacional, la formación adecuada, etc.), seguirá siendo indefectiblemente una persona inclinada a la introspección, a la lectura, al análisis minucioso, a la reflexión.
En el marco del paradigma social actualmente vigente, esta faceta de comunicador es altamente valorada, especialmente en la atención al público: sin ella nunca será un buen bibliotecario. Nos preguntamos en qué medida ese bibliotecario hoy puede compatibilizar dos facetas que pueden ser antagónicas y hasta excluyentes. Por esta razón, en la actualidad el estereotipo podría fortalecerse: hay una exigencia de bibliotecarios comunicativos, sociables, gestores, facilitadores; ante la presencia de bibliotecarios con un perfil psicológico tradicional y que no atiende el rol social, el estereotipo reaparecería y confirmaría su existencia.
También están los bibliotecarios que bajo una apariencia de perfil psicológico social, pero con el estereotipo internalizado, actúan en un plano disociado, acomodando permanentemente su trabajo a esa contradicción, dañando su autoestima y perjudicando a los usuarios.

El estereotipo de las bibliotecas. La biblioteca y los bibliotecarios

La imagen elitista de las bibliotecas también aporta al sostenimiento del estereotipo: el elitismo fue sólidamente construido por el poder generado desde diferentes ideologías que han hecho de esta institución un espacio reservado para minorías (poder que paradójicamente se nutrió del conocimiento y de la información). La arquitectura de las bibliotecas da cuenta de las ideas de quienes las construyeron: desde esa perspectiva la biblioteca era simbólica (un templo del saber), los libros "sagrados" (objetos intocables), los lectores eran privilegiados (los intelectuales y los ricos). Se representaba, estáticamente, como un recinto lleno de libros famosos que estaban allí sólo para mostrar la grandeza de la humanidad.
El concepto de cultura imperante durante siglos y el analfabetismo generalizado ayudaron a construir una imagen de la biblioteca como un lugar que a la mayoría de la población le era ajeno, distante, un espacio "de los otros". Y así el bibliotecario fue el guardián del patrimonio de "los que saben", el cancerbero de una cultura de elite, el que tenía las llaves para acceder a esa cultura. Ni la biblioteca, ni el bibliotecario, ni el público salieron beneficiados de ese juego.
Las bibliotecas también tienen un estereotipo (Gómez Hernández y Saorín Pérez, s.f. b); el del bibliotecario no podía sino armonizar con ese entorno. Los dos resultaron convenientes para la continuidad del poder y de las políticas antipopulares. No sería extraño que el poder actual sostuviera los estereotipos, a nivel consciente o inconsciente, pero con los mismos fines o, quizás, por pura negligencia. El poder esquiva la realidad que se presenta cotidianamente y que es exigida por la biblioteca "real": un organismo vivo, que interactúe con la gente, que crezca en cantidad y calidad porque los libros se usan, se arruinan, se extravían y deben ser reemplazados, cuyo mobiliario y edificio suponen mantenimiento, reposición o ampliación, que necesita iluminación, personal competente, equipamiento y software, etc., etc. Esta es la biblioteca que intenta democratizar el saber. Pero la "biblioteca sagrada" permite camuflar a la "biblioteca real". Si la biblioteca real no existe, no se necesitan libros, ni presupuestos ni bibliotecarios reales, alcanza con el estereotipo del bibliotecario, con el estereotipo de la biblioteca, que solamente permanecerá allí para cuidar que nada cambie. Si nada cambia (dice el profesional con el estereotipo internalizado) yo no tengo que cambiar; si nada cambia (dice el funcionario con el estereotipo asumido) no hay por qué cambiar, cerrando el ciclo de retroalimentación. La imagen elitista de las bibliotecas se da la mano con la imagen estereotipada del bibliotecario, el poder se sirve de esa alianza para sus fines y por su parte la comunidad "ve" lo que quiere ver.
Si la sociedad modificara los estereotipos o los abandonara, desaparecerían las contradicciones y todos nos beneficiaríamos con los resultados. Quienes actúan como cara visible de la biblioteca son los bibliotecarios, que enfrentan el descontento del público y son blanco de las protestas y cuestionamientos. La biblioteca es básicamente un servicio y los bibliotecarios son servidores públicos; no es extraño entonces que la sociedad sostenga un estereotipo que le permite "vengarse" de la falta de eficacia de la institución. En esta situación, bibliotecas y bibliotecarios, en una sola entidad, aparecen como la causa del malo o mediocre servicio que se ofrece. En los estereotipos el contexto desaparece y entonces la responsabilidad política de los funcionarios de gobierno, las decisiones de los dirigentes de las instituciones anfitrionas y la responsabilidad social de la comunidad, se diluyen. La responsabilidad individual de cada bibliotecario es indelegable, pero no es solamente el desempeño profesional el único garante de una gestión de calidad.
La imagen estereotipada de bibliotecas y bibliotecarios se conjuga en un todo coherente, que permite a la clase política sostener un discurso siempre oportuno, con compromisos ambiguos difíciles de verificar y el público puede eludir la contradicción entre el interés que supone el crecimiento personal y los escasos reclamos a las autoridades de turno. Por otra parte, la biblioteca es un objeto, no puede cambiar por sí misma, alguien debe cambiarla. El imaginario colectivo le adjudica este rol solamente al bibliotecario: la biblioteca no cambia porque "los bibliotecarios no quieren cambiarla". Es como decir que los hospitales no cambian porque los médicos no quieren.

Conclusión

Mientras las comunidades se desarrollaban cuantitativa y cualitativamente con un ritmo determinado, la imagen de la profesión, heredada de otras sociedades y otros tiempos, permanecía inmóvil con los atributos del estereotipo, reforzados por la complicidad de una sociedad que vive de imágenes prestadas.
Un cambio en la imagen del bibliotecario es un proceso lento y difícil ya que esa imagen es una construcción mental, no un objeto. Cambiar la imagen que el público tiene del bibliotecario lo obligaría a observar críticamente los procesos, a reflexionar como individuo y como sociedad.
Se admite que es posible y necesario transmitir una imagen real del bibliotecario, pero también hay que tener en cuenta que hay procesos sociales que no pueden modificarse desde las conductas individuales y mucho menos predecir su evolución. Hay prejuicios y concepciones que han enraizado profundamente en la sociedad.
Los bibliotecarios seguirán creciendo en la profesión y adecuándose a los cambios permanentemente; mientras tanto, la sociedad irá aprendiendo a ver la realidad con sentido crítico y con independencia de cualquier medio de comunicación; se cuestionará las ideas preconcebidas, las imágenes impuestas y el origen de sus actitudes discriminadoras.
Ante los cambios operados en los últimos años en cuanto a la producción y circulación de información, la desmesura del volumen informativo y el valor nunca imaginado que adquirieron los datos, la información y el conocimiento, a la comunidad le resulta difícil sostener el estereotipo del bibliotecario. Quizás el bibliotecario se hará invisible si no se corresponde con el estereotipo, el bibliotecario no estará representado en el imaginario colectivo; o bien asumirá nuevas formas o nuevos "disfraces" del estereotipo. La existencia de un estereotipo también podría ser positiva si se basara sobre un perfil flexible que se apoye en las funciones indelegables: la preservación como necesidad social y el acceso como derecho universal, podrían modificarse y fortalecerse en una imagen con más atributos positivos que negativos. Los cambios producidos por la globalización, las nuevas tecnologías, las exigencias de la sociedad de la información, entre otros factores, impulsaron una serie de cambios paradigmáticos en la profesión. Los profesionales de todo el mundo han asumido este nuevo reto y se están posicionando favorablemente en este entorno; seguramente ese perfil, en consonancia con los requerimientos actuales, impactará en el público y le permitirá comparar y repensar la imagen tradicional.

Notas

1 Bibliotecario se utilizará para ambos géneros.
2 Se utilizarán como sinónimos: estereotipos e imagen estereotipada.
3 Se utilizarán como sinónimos: permanencia y vigencia.
4 En cursiva en el original.
5 En cursiva en el original.

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