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Revista Pilquen

versión On-line ISSN 1851-3123

Rev. Pilquen  no.13 Viedma ene./dic. 2010

 

ARTÍCULO

Los senderos del estudio sobre los partidos políticos y su derrotero en América Latina

 

Juan Bautista Lucca
juanlucca@hotmail.com
Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales - Universidad Nacional de Rosario

Recibido: 08/06/10
Aceptado: 30/08/10

 


Resumen
El presente ensayo busca describir las diferentes modalidades de estudio de los partidos políticos en tanto instituciones clave de la democracia política contemporánea, utilizando las experiencias latinoamericanas como escenario para retratar las diferentes aristas del análisis. De esta manera se problematizan el origen, modalidad, historicidad y cambio de los partidos políticos y las principales problematizaciones al respecto desde y en América Latina.

Palabras clave: Partidos políticos; Modelos de partido; Historicidad de los partidos políticos; América Latina.

The paths of the study on the political parties and their direction in Latin America 

Abstract
This essay aims to describe the different methods of analysis of political parties as key institutions of contemporary political democracy, using the Latin American experiences as a stage to portray the different facets of the analysis. This essay will study the origin, form, historicity and change of political parties in (and from) Latin America.

Key words: Political parties; Model of party; Historicity of political parties; Latin American.


 

"Os partidos políticos criaram a democracia moderna, e a democracia moderna é impensável sem os partidos"
E.E. Sschattschneider (1942)

El objetivo principal del presente ensayo es ofrecer una panorámica de las principales tendencias, abordajes y falencias en el estudio de los partidos políticos. Para ello, busca describir las diferentes modalidades de análisis de los partidos políticos en tanto instituciones clave de la democracia política contemporánea, recuperando las principales problematizaciones al respecto desde y sobre América Latina. En este sentido, cabe señalar que el estudio sobre los partidos políticos ha abarcado una innumerable diversidad de temas y enfoques, que van desde: a) los estudios ligados a la estructura social del partido, de sus dirigentes, de sus militantes, de sus electores o incluso el reflejo programático de aquella estructura social en la defensa de los intereses por parte del partido, b) estudios que focalizan el plano de los imaginarios colectivos o bien la cultura política de los partidos; c) la incidencia de la arquitectura institucional del estado en configuración de los partidos y sistemas de partidos, focalizando el nivel de concentración de la autoridad -en el ejecutivo o legislativo-, la concentración geográfica del poder -federalismo o centralismo- (Calvo y Abal Medina, 2001), y las normas institucionales que regulan el espacio político de los partidos - ya sea en el plano de la democracia interna de los partidos (Freidenberg, 2006; Ruiz Rodríguez, 2006), financiamiento (Cotarelo, 1985; Del Castillo, 1993), entre otros aspectos; d) la incidencia de los sistemas electorales, que derivados del planteo inicial que hiciera M. Duverger, se han abocado a rectificar o reafirmar la tesis del surgimiento de bipartidismos en sistemas electorales mayoritarios y multipartidismos en sistemas electorales proporcionales, con todas las criticas en que ello ha desembocado (Lijphart, 2000); e) los estudios de los tipos de oposición (que van desde los clásicos enfoques de Linz -1987- sobre las oposiciones desleales, semileales y leales, hasta los estudios de Pasquino-1998-, fundamentalmente para las democracias europeas, aunque en el último tiempo han surgido nuevas problematizaciones sobre los partidos desafiantes en América Latina - López, 2005); f) los estudios sobre los orígenes y transformación de los partidos políticos desde una perspectiva histórica; g) la conformación de coaliciones (Ström 1990; Robles Egea,1992; Dehesa, 1997; Chasquetti, 2002; Ollier 2001); h) la ideología de los partidos en base a opiniones de expertos (Coppedge, 1997 y 1998), de los votantes (Colomer y Escatel, 2005), de los legisladores (Llamazares y Sandel, 2001) o bien a partir de los textos programáticos de los partidos (Alcántara, 2004); i) los estudios de las élites y carreras partidarias (Sorbets, 1993; Gaxie y Offerlé, 1995) por mencionar algunas dimensiones de análisis y referencias relevantes para el estudio de América Latina en los últimos tiempos.

Todo este abanico de opciones no necesariamente parte de un sustrato común en la delimitación de lo que se entiende como partido político, ya que existe una clara diferenciación respecto del alcance de su definición, que va desde un abordaje por demás amplio (y difuso) como el que nos propone T. Hodgkin (1991) al distinguir que un partido es toda organización que se considera como tal; pasando por definiciones de alcance intermedio como las de K. Janda (1980) o A. Ware (1996) que los consideran como una organización estable y duradera, que agregan intereses y sustentan su apoyo en la sociedad para disputar elecciones y acceder al gobierno; hasta llegar a definiciones acotadas, como las de A. Downs (1957) o G. Sartori (1976) que circunscriben los partidos solo a la dimensión electoral (Abal Medina, 2002: 34-38)

Esta pluralidad de abordajes se reitera si se pone el foco del debate en torno del origen de los partidos políticos (Von Bayme, 1986: 19-28), ya que existe un primer enfoque en el que se encuentran autores como M. Duverger (1974:16), que postula que la génesis partidaria proviene o de la esfera parlamentaria o de la extraparlamentaria (bajo el auspicio de organizaciones como sindicatos, asociaciones estudiantiles, iglesias, entre otros) y está constreñida por el ordenamiento normativo vigente (especialmente el sistema electoral) ; un segundo enfoque que postula el origen ligado a coyunturas críticas, que son las que desencadenan la fusión o escisión de partidos preexistentes así como también el surgimiento de nuevos liderazgos en torno de los cuales se forman los partidos (Janda, 1961; Collier y Collier 1991); un tercer enfoque, que se evidencia con claridad en el trabajo de Lapalombara y Weiner (1966) según el cual la modernización de la sociedad es la que produce el surgimiento de nuevos partidos, tal y como aconteció en las experiencias populistas latinoamericanas de mitad del siglo XX; y por último, un enfoque que liga el origen de los partidos con las fracturas que se producen en la sociedad producto de la configuración nacional y el ingreso de las masas en la política tras la revolución industrial, tal y como lo popularizaron Lipset y Rokkan (1967/1991) a través de suconcepto de "clivajes".

Asimismo, esta diversidad de abordajes y enfoques depende a su vez de la dimensión histórica en la que se estudie a los partidos políticos, ya que la morfología que estos adquieren cambió a lo largo del tiempo, lo que ha dado pie a nuevas formulaciones teóricas, que de forma esquemática se presentará en cuatro estadios (sin que ello suponga necesariamente un reemplazo de una forma por la otra)

El primero de ellos, corresponde al estudio de los partidos políticos durante el siglo XIX, que adquiere, al decir de M. Weber (1922) las características de un "partido de notables" en el que la arena principal de acción es el debate en el Parlamento, y en el que -como apuntó B. Manin (1992: 21)- la confianza en la persona del representante supera a la confianza partidaria, ya que los "partidos" o "facciones" carecen de un estructura organizativa, siendo más bien una "liga de elites".

El segundo estadio de la morfología de los partidos desde una perspectiva histórica se produce con la apertura de la representación (extensión del sufragio), en el que los partidos políticos adquirieren el rótulo, según Maurice Duverger (1976) de "partido de masas". Se caracterizan por ser partidos de origen extraparlamentarios, con una fuerte organización interna, una fuerte articulación estructural y una centralización nacional. Este tipo partidario produciría en el sistema político partidario una gran estabilidad de los comportamientos electorales ya que el voto está determinado por la posición social y económica de los individuos. Este comportamiento en cierta manera ha dado entidad a uno de los aspectos más importantes de los partidos de masas, que es la presencia de una fuerte identidad partidaria, aspecto que recordaría en cierta forma a M. Ostrogorsky (1903:621) cuando enunciaba que los partidos serían algo así como "asociaciones integrales".

El tercer estadio del cambio en la morfología partidaria fue propuesto por Otto Kirchheimer en 1966 para dar cuenta de la transformación de las "masas" en "electorado" y las diferentes modificaciones en el modelo de partido que esta transformación habría de suponer. Para ello elabora la noción de "partido escoba" o "partido catch-all", que da cuenta de la forma partidaria de posguerra, caracterizada por: una fuerte desideologización, un claro debilitamiento del enraizamiento social de los partidos (del tipo sindical, religioso, etc.) en pos de propagandas electorales de mayor amplitud y carácter difuso; una extendida apertura a la influencia de los más diversos grupos de intereses; el creciente poder y personalización de los líderes de los partidos (y la consiguiente pérdida del peso de los miembros del partido) en la delimitación del rumbo político (Kirchheimer, 1980:331-337; Pasquino, 1990: 490; Tcach, 1993:32-33)

En la misma senda, Ángelo Panebianco en su caracterización del "partido profesional-electoral", refuerza el argumento señalado por O. Kirchheimer, apuntando los principales cambios que se encuentran por detrás del abandono de la forma partidaria de masas, a saber: el cambio en la estructura social y en las tecnologías de la comunicación (Panebianco, 1990: 495-497). Ambos elementos, según Panebianco, erosionan la cultura partidaria preexistente, lo que genera un vaciamiento identitario de los partidos a la hora de llevar adelante su "función expresiva" de intereses, sin que ello suponga la crisis de los partidos, sino más bien el planteo de un nuevo desafío: dar cuenta de una mayor multidimensionalidad de la política, una multiplicación de intereses dables de ser representados, y por ende una resignificación de los elementos que configuran la identidad de los partidos (Panebianco, 1990:500 y 5005)

Tomando en cuenta estos desarrollos y diversos abordajes previos sobre los diferentes modelos de partidos a lo largo del tiempo, autores como Katz y Mair (2004) consideran que el partido catch-al estaría siendo suplantado por un nuevo modelo partidario: el "Partido Cartel". Este tipo de partidos surge en los momentos en los que la política se vuelve un entramado auto-referencial y una arena de altos niveles de profesionalización y mass-mediatización. El "partido cartel" se caracteriza por la interpenetración entre el partido y el Estado, ya que la finalidad última de este tipo de partidos es la de acceder al gobierno, en tanto fuente de recursos para fortalecer la organización partidaria y su posición de poder. Sin embargo, esta voluntad de ser gobierno que caracteriza a los "partido cartel" supone per se, un mayor nivel de cooperación, y colusión con los partidos rivales en vistas a acceder o mantenerse en el gobierno, especialmente en contextos multipartidarios o modelos de democracia consociativa, lo que supone en contrapartida una mayor fluidez y negociación en la delimitación de los principales elementos que distinguen la identidad del partido en el gobierno (Katz y Mair 2004:25-27; Lijphart, 2000)

Si bien existe un correlato histórico en el surgimiento de cada uno de los diferentes tipos de partidos a lo largo del tiempo, esto no supone una crisis de los partidos, sino más bien su metamorfosis como señala Bernard Manin, así como tampoco hace creer en la pervivencia de diferentes características de uno u otro modelo de partido en las diversas configuraciones partidarias, especialmente en la realidad latinoamericana, donde el proceso social, económico y político no siempre ha tenido el mismo recorrido que el de las democracias del cuadrante nor-occidentales.

Más allá de las diversas áreas de estudio de los partidos políticos, la polisemia del concepto "partidos políticos", los enfoques sobre su origen y los modelos de partidos en su dimensión histórica, es necesario reconocer el profuso estudio sobre la vida político partidaria, ya sea en su dimensión externa (interpartidaria) como en su dimensión interna (intrapartidaria)

En lo que atañe a la vida interpartidaria, uno de los conceptos centrales para su abordaje es el de "Sistema de Partidos". Uno de los primeros abordajes al respecto, fue el que llevó a cabo en 1951 Maurice Duverger con su obra "Los Partidos políticos", en el cual observó la dinámica de la competencia partidaria colocando el énfasis, por un lado, en el número de partidos que intervenían, lo que le permitió clasificar entre sistemas de partido unipartidistas, bipartidistas y multipartidistas; y, por el otro, el tipo de partido del que se trataba: partidos con vocación mayoritaria, grandes o pequeños partidos (Duverger, 1974: 234 y siguientes - 309 y siguientes)

Desde entonces, la preocupación por la vida interpartidaria que evoca el concepto de sistema de partidos tuvo innumerables reformulaciones, siendo la de Giovani Sartori una de las principales. El autor señaló en primer lugar que, a diferencia de Duverger,el número o el tamaño no era lo importante en sí mismo, sino más bien la forma de contar los partidos relevantes, para lo cual estableció como criterios el que un partido tuviese capacidad de coalición o de chantaje (155); en segundo lugar anexó nuevos criterios para clasificar a los sistema de partidos más allá, como la diferenciación entre sistemas competitivos y no competitvos, así como también los niveles de polarización ideológica que caracterizan al sistema de partidos (Sasrtori, 2000:152-162)

Otros autores, como Mainwaring y Scully, enfocados principalmente en aprehender la diversidad dinámica de los sistemas de partidos latinoamericanos introdujeron una nueva dimensión para el estudio de los sistemas de partidos: la institucionalización. Este concepto alude a los patrones de interacción de la competencia político partidaria, a la continuidad y regularidad de las organizaciones y procedimientos (Mainwaring y Scully, 1996: 4); es decir, miden la institucionalización de los partidos para reproducir su organización y apoyo electoral a lo largo del tiempo (Leiras, 2002 y 2004b: 31), con lo cual anexan a las relaciones interpartidarias la preocupación interna de la vida partidaria (como se verá luego)

En cuanto a la dimensión sistémica, toman como criterio la persistencia de los partidos importantes a través del tiempo y la concesión de legitimidad por parte de los partidos al proceso electoral y a sus contendientes como partes necesarias del sistema de partidos. En cuanto a la dimensión organizativa, toman en cuenta la estructuración interna o solidez organizativa de los partidos por un lado, y el enraizamiento de los partidos en la sociedad, por el otro. El primero de estos dos aspectos es en el cual se han focalizado mayormente los estudios posteriores a la propuesta de S. Mainwaring y T. Scully, sobre todo recuperando la distinción formal e informal, en lo que atañe al estudio de las realidades partidarias latinoamericanas (Levitsky, 2005; Auyero, 1997; Freidenberg y Levitsky, 2007)

Retomando gran parte de los señalamientos propuestos por Scully y Mainwaring, especialmente en lo concerniente a la preocupación por el carácter variable de los sistemas de partidos latinoamericanos, M. Coopedge (2000a y 2000b) propuso modificar el enfoque para estudiar los sistemas de partido concentrándose en el juego partidario a través del tiempo, observando las variaciones entre una elección y otra, antes que en el juego inter-partidario. Para ello, apeló a indicadores del cambio en la competencia partidaria como la fragmentación o volatilidad. El primero, da cuenta del número de agrupaciones que obtienen una proporción importante de votos y escaños, y su evolución a lo largo del tiempo (ya sea por su estabilidad, escisión o coligamiento). En cuanto al segundo, la volatilidad, permite conocer el nivel de alineamiento de los ciudadanos con los partidos y la estabilidad de las preferencias. Tal y como señala Alcántara (2004), una "Volatilidad alta" supone un desplazamiento marcado de preferencias (tal como acontece en Perú, Bolivia), mientras que una "Volatilidad baja" alude a una mayor estabilización y consolidación del sistema de partidos (como en los casos de Uruguay y Chile). Ahora bien, para analizar la volatilidad, hay que tomar en cuenta elementos que pueden incidir claramente, como por ejemplo la modificación de la oferta partidista, el crecimiento de población votante, la abstención electoral, y las fidelidades regionales y conteos nacionales.

Por último, autores como M. Cavarozzi y E. Casullo han planteado que el estudio de los sistemas de partidos en América latina, no solo deben tener en cuenta su número, polarización, competitividad, tendencia al cambio, o niveles de institucionalización, sino más bien repensar en qué medida los partidos que operan en un mismo contexto político se reconocen como interlocutores válidos, como parte de un mismo sistema, lo cual lleva a los autores a apelar a la noción de "configuraciones partidarias", ya que solamente casos como el de Chile, Uruguay o Colombia son clasificables como sistemas de partido, en tanto que países como Argentina y México han tenido partidos que desconocían a sus contrincantes y se posicionaban como representantes de todo el espectro político, con lo cual la configuración imperante era la de un "partido sin sistema"; y por último, reconocer realidades como las de Brasil y Perú en las que el problema es la existencia de "políticos sin partidos", lo cual ha alentado, en el caso de Brasil a fenómenos como el del "transfugismo", o en el caso de Perú (especialmente durante los noventa) a fenómenos de democracia delegativa, al decir de G. O´Donnell (Cavarozzi y Casullo, 2002:11-15)

En lo que atañe a la dimensión interna de los partidos (o vida intrapartidaria), tal como señala P. Mair (1994:2), el estudio de los partidos en cuanto a su funcionamiento interno como organizaciones fue una vacante de los estudios politológicos que en los últimos años ha comenzado a tomar nuevos bríos (Von Bayme, 1986: 34; Alcántara y Freidenberg, 2003:21). Esto se comprende, en cierta medida, por la senda abierta por Ángelo Panebianco (1990) con su obra "Modelos de partido", en la que el politólogo italiano conjugó, por un lado, el criterio genético, correspondiente a las vías originarias de formación de los partidos en términos de la inserción territorial, la presencia de una institución patrocinadora -como en esta investigación la "base sindical"- o la existencia de un líder carismático; y, por el otro, el de la institucionalización de los partidos, correspondiente a la estructuración del partido en pos de su supervivencia, su autonomía respecto del medio y el grado de sistematización de las subunidades (Panebianco, 1990: 120-121; Ware, 2004:162-174; Leiras, 2004b:30). Como se señaló, gran parte de esta preocupación por la vida interna de los partidos políticos, en el caso de las realidades latinoamericanas, fue introducido de la mano de las inquietudes por la institucionalización de los partidos y sistemas de partido, como se señaló previamente.

A manera de cierre, y recuperando los señalamientos previos, cabe destacar como tendencia general en el análisis y estudio de los partidos políticos en y desde Iberoamérica, la primacía de los estudios que priorizan la vertiente institucional, lo cual deja a las claras una fuerte vacancia de otras dimensiones explicativas, principalmente aquellas que provienen de vertientes socioculturales e históricas, cuya capacidad exegética sobre las realidades latinoamericanas podría ser de enorme valía. Asimismo, esta tendencia del estudio de los partidos políticos es una clara muestra del estado actual de la disciplina (Ciencia Política), en la que priman enfoques como los de la acción racional o las diferentes vertientes de neo institucionalismo, contrarias a aquellos enfoques socioculturales que imperaban en la década del 1960 (Relacip, 2008; Etchemendy, 2004; Barry, 1974: 12).

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