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Ciclos en la historia, la economía y la sociedad

versión On-line ISSN 1851-3735

Ciclos hist. econ. soc. vol.20 no.39 Buenos Aires ene./jun. 2012

 

IN MEMORIAN

Daniel Aspiazu (1948-2011)

 

Héctor Valle

 

El 30 de agoto pasado falleció Daniel Aspiazu, probablemente uno de los más importantes intelectuales argentinos formados en el pensamiento crítico, cuya dimensión humana y compromiso ideológico excedía largamente a su profesión de Licenciado en Economía Política. En el sentido obituario que le dedicara su amigo y colaborador Martin Schorr a la hora de sintetizar el duro pesar que nos causó su muerte, acierta con una definición que tomó de Bertolt Brecht: nos ha dejado "un tipo imprescindible".

Sin duda, será imposible estudiar la evolución seguida por el capitalismo en la Argentina durante el ciclo que se inicia con la última dictadura militar y hasta el presente, los cambios en la correlación de fuerzas que disputan el poder económico, los grados de concentración y extranjerización experimentados por la Argentina - con el grave episodio de la privatizaciones como un aspecto central- , sin recurrir a las investigaciones de Aspiazu y sus colegas en FLACSO o en el CONICET o en la Universidad de General Sarmiento. Pocas veces se da una química como la que existía entre Daniel, Arceo, Basualdo, Schorr y el resto de la barra. Como resulta obvio el mismo acervo que ellos construyeron resulta también ineludible a la hora de interpretar -con la base del rigor metodológico que fue el común denominador de su obra- las distintas fases atravesadas por la restauración neoconservadora sufrida en el último cuarto del siglo XX.

En efecto se trata de iluminar esa larga noche de nuestra historia económica, la violencia de su implantación con Martinez de Hoz más los Chicago Boys, el auge como ideología dominante en los años ochenta y noventa y la crisis sistémica que ese modelo soporta actualmente en su núcleo duro de las naciones industrializadas. Ello supone tener herramientas para el cuestionamiento del neoliberalismo, y en tal sentido el aporte de Aspiazu ( junto a su colaboradores) fue decisivo. Pero, más allá del estado de crisis terminal que hoy sacude a la ortodoxia, la batalla dista de estar concluida. Y ésta es una, entre tantas, de las razones por la que su ausencia será tan sentida.

La mayoría de quienes hoy lo rememoran se encuentran entre aquellos que trabajaron con él o fueron sus alumnos en los últimos treinta años. Este fue el período en que maduró su producción como investigador, autor de libros imprescindibles y docente/formador de jóvenes orientados hacia las ciencias sociales. Sin duda, a la hora de dejarnos, las potencialidades de su pensamiento y la enorme capacidad de trabajo en equipo que lo caracterizaban, lejos estaban de haberse agotado. Pero tampoco está agotado el debate ideológico y la necesidad de formar cuadros que amplíen y califiquen más todavía a las fi las de la heterodoxia. Ahora será responsabilidad de aquellos que se formaron junto a Aspiazu, la de garantizar la continuidad de su rico aporte a la formación del pensamiento nacional.

Por razones biológicas, me encuentro en el otro extremo de esa "cadena de valor " intelectual. Lo conocí a Daniel cuando con sus jóvenes 23 años y su diploma de la UBA bajo el brazo aterrizó en las oficinas del viejo CONADE, ámbito donde supuestamente yo debía ser su jefe en el "Departamento Industria". Años después me acompañaría en los primeros pasos de la FIDE. Visto en perspectiva no puedo dejar de subrayar cómo la impronta de su juventud, la lucidez de su pensamiento y esa forma tan suya de solidaridad, se mantuvo vigente pese al paso del tiempo y las vueltas de la vida; aún hasta esa maldita costumbre suya de fumar cien cigarrillos por día.

Poco había para planificar en aquel lejano y efervescente año 1972 y mucho para debatir de cara a una realidad en extremo inestable y poco predecible. Él, casi en soledad, no era de los que se hacían grandes ilusiones sobre lo que se venía. Me permitiré concluir estos recuerdos de aquellos tiempos con tres anécdotas del personaje, probablemente conocidas por pocos, pero que lo pintan de cuerpo entero y sé que nunca lo abandonaron: su llanto desgarrador aquella tarde cuando nos enteramos de los fusilamientos en Trelew; su orgullo apenas disimulado de ser uno de los primeros lectores de la versión en español de los Grundrisse de Marx, editados por los cubanos en 1970, y finalmente algo inconfesable, ser simpatizante de All Boys.

En síntesis: un hombre en extremo sensible, un intelectual profundo, y un tipo de barrio. Un ser entrañable.