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Ciclos en la historia, la economía y la sociedad

versión On-line ISSN 1851-3735

Ciclos hist. econ. soc. vol.20 no.39 Buenos Aires ene./jun. 2012

 

LA CLASE OBRERA NO VA AL PARAÍSO: ORGANIZACIÓN Y LUCHAS EN ARGENTINA Y EUROPA

Partido y sindicato en la Argentina. La actuación de los comunistas en los gremios hasta mediados de los años treinta

 

Hernán Camarero*

* Dr. en Historia (UBA). Investigador Independiente del CONICET. Profesor en la Facultad de Filosofía y Letras y Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

 


RESUMEN

Durante las décadas de 1920 y 1930, el Partido Comunista (PC) tuvo una gravitación creciente en la constitución y/o dirección de los sindicatos obreros del país. El objetivo del presente artículo es examinar esta experiencia, nunca abordada con especificidad en la historiografía del mundo del trabajo y de la izquierda. Se propone una tipología para clarificar los distintos tipos de sindicatos en donde los comunistas obtuvieron mayor o menor influencia, y se explica las razones de ello. La hipótesis a comprobar es que el impacto más importante del comunismo estuvo en los gremios industriales, que aglutinaban la mano de obra que tenía las peores condiciones salariales y laborales. Para la tarea de implantar o extender esos sindicatos, fueron claves el tipo de compromiso militante, el carácter de la ideología finalista y las ventajas de la maquinaria eficaz y semiclandestina del PC. Estas cualidades le permitieron al partido liderar la iniciativa de la agremiación en el sector del proletariado industrial más reciente, menos organizado y en mayor estado de disponibilidad política. Ni aquellas disposiciones subjetivas ni aquellos recursos organizacionales resultaban tan decisivos en el sindicalismo del transporte y los servicios, que empleaban a trabajadores protegidos con cierta legislación laboral y acceso a mayores ingresos. Esto explica la presencia y debilidad del PC en una y otra rama, lo que se complementaba con los niveles de organización preexistentes en los sitios a los que arribaban los comunistas y el tipo de competencia que éstos afrontaban.

ABSTRACT

In the 1920s and 1930s, the influence of the Communist Party (PC) on the constitution and / or direction of labor unions in Argentina was increasing. The aim of this paper is to examine this experience, never analyzed specifically in the historiography of the world of labor nor leftist. A typology is proposed to clarify the different kinds of unions more or less influenced by the Communists, and explains the reasons for this. According the hypothesis to be tested, the communism had strongly impacted on industrial unions, where the worst paid manpower and the worst working conditions joined to. The militant form of engagement, the nature of finalist ideology and the advantages of effective and semi-clandestine machinery of the PC were the key to implementing or expanding such unions. These qualities enabled the party to lead the initiative for the association in the field of industrial proletariat more recent, less organized and more politically available. Neither those subjective provisions nor those organizational resources were so decisive in the trade union of transport and services, where some workers were protected by labor laws and perceived higher incomes. This explains the presence and weakness of PC in both branches, supplemented by pre-existing levels of organization in the places reached by the Communists and the type of competition they faced.


 

La relación entre partido de los trabajadores y sindicato remite a un largo debate en la historia del movimiento obrero y socialista internacional. En la Argentina, esa discusión no estuvo ausente. Desde fines del siglo XIX surgió un partido que reivindicó su carácter proletario al tiempo que definió posiciones ambiguas frente a la actividad gremial. Dicha organización, el Partido Socialista (PS), acabó por definir una estrategia que escindió lo sindical de lo político. Sobre todo, desde que se impuso la denominada "hipótesis de Juan B. Justo", los socialistas consideraron que el movimiento obrero debía ser completamente independiente del partido, contando con tácticas propias y fines específicos.1 Establecieron que la acción política y la acción sindical debían marchar por caminos separados, si bien, en lo posible, de modo articulado. Los afiliados del PS tenían que participar de la vida de los sindicatos pertenecientes a sus oficios o ramas de actividad y hacer propaganda socialista, pero concibiendo a aquellas organizaciones como entes autónomos, libres de toda tutela partidaria. Esto condujo a cierto desinterés por la cuestión gremial y por las luchas mismas de los trabajadores, que quedaron desplazadas por el mayor peso que ocuparon las campañas electorales y políticas generales, la acción parlamentaria, las tareas socio-culturales o las labores cooperativas2. De hecho, sólo un pequeño sector de los afiliados socialistas se agremió efectivamente a sus respectivos sindicatos. En este aspecto, el PS argentino se distanció de otros modelos de partidos obreros o socialdemócratas, por ejemplo, el de Alemania. De este modo y como decíamos, durante sus primeras tres décadas de existencia, quedó en un espacio restringido dentro del universo gremial. Ese lugar fue ocupado por corrientes antiestatalistas o antipolíticas: primero, el anarquismo; luego, el sindicalismo revolucionario, surgido a principios de siglo del propio seno del PS3.

Sin embargo, desde los años veinte, fue surgiendo en el país otra variante en la relación entre partido obrero y sindicato. Fue la que expresó el Partido Comunista (PC), también originalmente emergido desde las filas socialistas, entre otras razones, por impugnar esa escisión entre actividad política y sindical que impulsaba la dirección en manos de Justo. Durante el período de entreguerras, el PC tuvo una gravitación creciente en el proceso de constitución y/o dirección de los sindicatos del país. El objetivo del presente artículo es examinar esta experiencia, no abordada con la suficiente especificidad en la historiografía referida a la clase obrera y a la izquierda4. Para acometer con especificidad esta tarea, realizaremos un doble recorte, espacial y temporal: nos concentraremos geográficamente en la ciudad de Buenos Aires y ciertas localidades de la provincia homónima, y consideraremos sólo el período que concluye en 1935, año a partir del cual el comunismo se convirtió en una corriente de mayor peso en el movimiento sindical. Es decir, abordaremos la etapa inicial de inserción obrera y gremial del PC.

El proceso de implantación del comunismo en la clase obrera fue constante desde mediados de los años veinte. A partir de entonces y hasta la irrupción del peronismo, se trató de una organización política integrada mayoritariamente por obreros industriales, que buscó conservar ese carácter. La presencia del comunismo entre los trabajadores creció y se desenvolvió mientras el partido aplicó las diversas estrategias políticas que impulsaba la Internacional Comunista -a la que el PC argentino se supeditó completamente-: primero, la de frente único; luego, ya bajo el dominio del estalinismo en dicha organización mundial, la de clase contra clase y la de frente popular. Dado que la presencia comunista entre los trabajadores pareció no alterarse sustancialmente con estos virajes estratégicos, resulta útil, para poder examinar esta implantación del partido en la clase obrera preperonista, detenerse en la autonomía y continuidad de sus prácticas de intervención militante y en los rasgos de su cultura política obrerista.

La forma primera y más elemental de la experiencia obrera comunista fue la penetración en los sitios laborales. Desde allí el PC lanzó sus políticas de reclutamiento obrero, a las cuales les dio una prioridad absoluta: el denominado proceso de "proletarización". El camino que posibilitó esta incursión en el medio obrero fue la llamada "bolchevización", es decir, la transformación de la estructura partidaria, en sintonía con los postulados de la Comintern. Esta consigna no sólo estipulaba un tipo de militante totalmente comprometido con la causa, sino que reclamaba una sola forma organizativa, la celular. A partir de su imposición desde 1925, progresivamente, todos los afiliados comunistas debieron agruparse en alguna de las células constituidas por la organización, especialmente en las creadas por fábrica o taller. A su vez, las células promovieron la conformación de otros organismos de base, como el Comité de Fábrica, de Lucha o de Huelga, que proliferaron en diversos ámbitos fabriles, especialmente a partir de los años treinta. Gran parte de la labor partidaria giró alrededor de la conformación, mantenimiento y extensión de esas células y comités, a los que nutrió de actividades e instrumentos específicos. El más relevante fue el periódico de empresa, original órgano de prensa que llevó la influencia del comunismo hasta la base misma de la resistencia obrera al Capital, la que germinaba en el ámbito de la producción.

La participación del PC en los conflictos laborales y en la organización sindical fue causa y consecuencia de esta inserción en los establecimientos industriales. Las células y los diversos organismos de base del partido pudieron convertirse en un acicate para el desarrollo de la protesta obrera y la estructuración gremial de los trabajadores y ser, a la vez, producto de estos procesos. Desde los años veinte, los comunistas actuaron en las huelgas reivindicativas por sector y en la vida de varios sindicatos locales y federaciones provinciales de la FORA IX Congreso, primero, y de la Unión Sindical Argentina (USA), luego, ambas bajo dirección sindicalista. Las organizaciones gremiales orientadas por el PC se fueron extendiendo, de manera persistente, entre el proletariado industrial. Desde 1928-1929, las prácticas confrontativas del PC se profundizaron y sus estrategias en el campo gremial se tornaron exclusivistas y sectarias.

El crecimiento del comunismo se produjo, en los años siguientes, fuera del principal marco organizativo del movimiento obrero, el de la CGT sindicalista socialista. La opción fue la creación de los sindicatos únicos por rama, con una orientación clasista. Éstos se fusionaron en un organismo madre, el Comité de Unidad Sindical Clasista (CUSC), una suerte de central rival a la CGT, acusada de burocrática, colaboracionista y progubernamental. Si el CUSC careció de fuerza en la dirección global del gremialismo en comparación con la CGT, ganó influencia por abajo, en la línea de los sindicatos industriales. En buena medida, eso se debió a la combatividad de sus organizaciones, que impulsaron violentas huelgas durante el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, la dictadura de José F. Uriburu y la presidencia de Agustín P. Justo. Algunos de esos conflictos más importantes fueron: el de la localidad cordobesa de San Francisco de 1929; los de la madera de 1929, 1930, 1934 y 1935; el de los frigoríficos de 1932; el de los petroleros de Comodoro Rivadavia, ese mismo año; y el de los trabajadores de la construcción, hacia fines de 1935 y principios de 1936.

I ¿Cuál era la importancia que tenía la actividad sindical para los comunistas? El PC promovía la incorporación automática de sus adherentes en los gremios del sector en donde trabajasen, o su fundación, donde éstos no existieran. Según el estatuto del partido, no podía ser afiliado quien, teniendo su sindicato respectivo, no actuara y cotizara en él. Mientras imperó la orientación de frente único y, por lo tanto, la disposición a realizar acuerdos con otras corrientes obreras o de izquierda, los comunistas declamaban públicamente que las diferencias ideológicas entre las distintas expresiones del universo sindical no debían entorpecer las posibilidades de formar o fortalecer los gremios. Al mismo tiempo, los militantes eran impulsados a constituir agrupaciones comunistas, los "grupos rojos", para coordinar su acción y obtener la conducción de las organizaciones sindicales. Este objetivo fue parte de la estrategia de proletarización que el partido había votado a fines de 1925.

A partir de 1929, sin embargo, hubo un cambio de orientación hacia una concepción extremadamente sectaria: todo el esfuerzo del PC comenzó a girar en torno al planteo de constituir sindicatos clasistas y revolucionarios, que se fueron agrupando en el ya mencionado CUSC, existente hasta 1935. Desde los años veinte, el PC postulaba la necesidad de construir sindicatos únicos por rama de actividad, con la consigna "En cada empresa y en cada rama de producción un solo sindicato". Para lograr esta meta, sostenía que era imprescindible superar la conciencia profesional, basada en el orgullo por el desempeño de tal o cual oficio. Por cierto, la incipiente mecanización y el propio trabajo en cadena y estandarizado de la gran industria, que comenzaba a despuntar en la época, tendían a fomentar una nueva visión unificada y mayormente homogénea de la condición obrera, la plataforma necesaria para la creación de los gremios únicos por rama. Lo paradójico, sin embargo, fue que los comunistas se mostraron hábiles en la conducción de diversos gremios de oficio; algunos, incluso, habían sido fundados por ellos hacia principios de la década de 1920.

La obsesión comunista por intervenir en el mundo sindical contrastaba con la posición de los socialistas, que siempre tuvieron con el gremialismo una relación esquiva y volátil. Como ya hemos señalado, sus concepciones de articulación débil entre actividad política y práctica gremial giraron en torno al principio de la prescindencia ideológica de las entidades laborales. Eso no significa que el PS no haya tenido un espacio en el mundo gremial. En los años veinte, logró apartar al puñado de organizaciones en las que influía de las filas de la USA, de mayoría sindicalista, y pudo impulsar una central sindical en la que hizo sentir fuerte su presencia, la Confederación Obrera Argentina (COA). Entre 1930 y 1935, participó en la dirección de la CGT, en incómoda convivencia con los sindicalistas. Pero es claro que para el PS la conquista de los gremios no aparecía como una estrategia permanente y sistemática. Para el PC sí. En sus órganos de prensa, solía reproducirse una frase de S. Lozovsky, quien, entre 1921 y 1937, fue el secretario general de la Internacional Sindical Roja (ISR) -también conocida como Profintern-, es decir, la organización mundial de sindicatos comunistas que funcionaba con sede en Moscú y bajo la égida de la IC. Para Lozovsky ésa era la vía para el ejercicio de la hegemonía ideológica de los comunistas en el mundo del trabajo: "¿Qué quiere decir 'conquistar los sindicatos'? ¿Significa conquistar sus cajas, sus locales? No. Conquistar los sindicatos es conquistar el cerebro, el sentimiento, la conciencia del proletariado; hacerle comprender la lucha de clases".5 Sin embargo, el estudio de los materiales internos del PC y el examen de sus prácticas muestran que el dominio de las estructuras sindicales apareció, casi siempre, como un fin en sí mismo; en no pocas oportunidades, lo hicieron sin contar ni buscar la adhesión consciente de los trabajadores. Mayorías circunstanciales, alianzas imprevistas, maniobras audaces, golpes de mano, estuvieron entre los medios usados para lograr el control efectivo de cada gremio, especialmente de su organismo de dirección, la Comisión Administrativa (CA).

Con frecuencia, la operación política no consistía en tomar por asalto los sindicatos, en muchos casos, había que fundarlos o convertirlos en algo más que una mera sigla. Esto fue particularmente cierto dentro de los trabajadores de la industria, en su mayoría desorganizados. Tanto el PC como los anarquistas se disputaban el predominio entre ellos. El primero, sin embargo, demostró tener mayor capacidad para ganar adhesiones para sus propuestas prácticas y organizativas, basadas en algunos criterios generales: una organización gremial sólida apoyada en el sindicato único por rama; disciplina, dureza y "métodos orgánicos" en la adopción de las medidas de fuerza; apreciación justa del contexto y de la coyuntura en la que lanzar las luchas. Los comunistas también compitieron y se enfrentaron a los sindicalistas, la corriente que mantuvo una posición dirigente en la mayor parte del período analizado. Desde la óptica del PC, los problemas centrales del sindicalismo eran su excesivo culto de la autonomía sindical, su inclinación al economicismo y al menosprecio de la lucha por los intereses históricos del proletariado, y su incomprensión del papel de la vanguardia revolucionaria (es decir, del partido) y del combate político. El PC tuvo alguna posibilidad de establecer acuerdos con los sindicalistas, pero siempre resultaron precarios, y estuvieron enmarcados en un clima de creciente hostilidad mutua. Finalmente, desde fines de los años veinte, esta tendencia fue definida como burocrática y reformista por el PC.

II ¿Sobre qué tipo de sindicatos ejercieron influencia los comunistas? El impacto mayoritario estuvo en los del sector industrial, que aglutinaba la mano de obra con peores condiciones salariales y laborales. Allí el partido había reclutado el grueso de sus adherentes y se había establecido lo esencial de la estructura celular. Para la tarea de implantar o extender esos sindicatos, fueron claves el tipo de compromiso militante, el carácter de la ideología finalista y las ventajas de la maquinaria partidaria eficaz, blindada y semiclandestina que poseía el PC. Estas cualidades les permitieron a los comunistas liderar la iniciativa de la agremiación en el sector del proletariado industrial de más reciente conformación, menos organizado y en mayor estado de disponibilidad política. Ni aquellas disposiciones subjetivas ni aquellos recursos organizacionales resultaban tan decisivos en el sindicalismo de las áreas del transporte y los servicios, que empleaban a trabajadores protegidos con cierta legislación laboral y acceso a mejores niveles de ingreso. Estos factores que explican la presencia y debilidad del PC en una y otra rama se complementaban con los niveles de organización gremial preexistentes en los sitios a los que arribaban los comunistas y el tipo de competencia que éstos eventualmente afrontaban.

El primer caso está constituido por los sindicatos industriales que los comunistas fundaron, en los que progresivamente desplazaron a otra corriente, el anarquismo, que había desembarcado con anterioridad en el sector. Aquí los gremios claves fueron el de los metalúrgicos, el de la carne y los de la construcción. Los tres tenían características comunes: pertenecían a ramas industriales que congregaban cada vez más obreros, con condiciones de trabajo y salario desfavorables; mantenían un gran porcentaje de extranjeros; y presentaban escasos niveles de organización gremial. Por estas razones, representaban una prioridad para el PC, que desplegó grandes esfuerzos por implantar allí a sus células y agrupaciones. Los comunistas no tuvieron un éxito inmediato en esta tarea y sólo fue a partir de los primeros años treinta cuando lograron fundar o controlar plenamente las tres grandes organizaciones del sector: el SOIM, la FOIC y la FONC. Pero fue durante los años veinte cuando iniciaron esta labor y su examen es importante para entender el proceso posterior.

Como hemos visto, una de las ramas en las que el PC logró insertarse en forma más clara fue en la metalúrgica, en cuyo gremio sus miembros ejercieron una infl uencia decisiva. En el sector, la aparición de la organización sindical fue tardía. Desde la década de 1910, a partir de una iniciativa anarquista, actuaba una pequeña Sociedad de Resistencia Metalúrgica, impulsora de la huelga de enero de 1919 en apoyo a los trabajadores de la fábrica Vasena, que derivó en el proceso de alzamiento obrero y represión gubernamental-patronal conocido como Semana Trágica. En septiembre de 1922, el PC impulsó la formación del Sindicato Obrero de la Industria Metalúrgica (SOIM), que se enroló en las filas de la USA. Durante un buen tiempo, los anarquistas compitieron con este gremio, desde la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos, pero, hacia mediados de los años veinte, ésta sólo alcanzaba a nuclear a menos de un centenar de obreros y, en la década siguiente, no aumentó demasiado su caudal. Con el paso de los años, el SOIM desplazó definitivamente a los anarquistas de toda influencia sindical en la rama.

El SOIM funcionaba en México 2070, el amplio e histórico inmueble porteño que había sido una de los primeros locales centrales del PS y de su voluminosa Biblioteca Obrera, y que luego albergó a diversas organizaciones sociales, gremiales y culturales. El sindicato poseía subsedes en las zonas donde se concentraban los establecimientos: una Comisión Local de Propaganda en Barracas al Norte (Suárez 2034) y una seccional en Piñeyro, Avellaneda (Galicia 215). La organización también se había dotado de un órgano de prensa, El Obrero Metalúrgico. Sin embargo, a pesar de que el PC consideró al gremio metalúrgico una de sus prioridades y lo respaldó con la actividad de agrupaciones y células, el SOIM tuvo un éxito limitado en los años veinte. Si bien pudo reivindicar el ser la única organización con existencia real en el sector, su extensión y peso numérico fue acotado. Concretamente, la cantidad de cotizantes al SOIM osciló entre un mínimo de 800 y un máximo de 1800, cifras muy pequeñas, pues el propio SOIM, a fines de 1928, calculaba en 25.000 los trabajadores metalúrgicos existentes en Buenos Aires.

A esos límites, se agregaron los problemas internos. El secretario general del SOIM, Rafael Greco, y la mayoría de los hombres de la CA eran conocidos dirigentes del PC. Sin embargo, a fines de 1925, Greco y un grupo de ellos fueron expulsados del partido como parte de la fracción de los chispistas. Para el PC, fue un golpe importante, pues en todo el lustro siguiente no sólo perdió el control del sindicato, sino que quedó enfrentado a su CA, que continuó hasta 1930 encabezada por el sector comunista disidente de Greco. Esta conducción pudo mantenerse con el apoyo de socialistas, anarquistas y sindicalistas, que veían a los comunistas como el sector dominante por doblegar. Aquel bloque funcionó plenamente en 1926 en algunas votaciones para decidir la suspensión o la expulsión del sindicato de la mayoría de los candidatos del PC a presidir la conducción del gremio. Durante aquellos años, la puja entre los comunistas y los chispistas fue moneda corriente en el SOIM; de allí la situación de debilitamiento y crisis que presentaba el gremio hacia fines de 1927. Dentro del sindicato, el PC constituyó la Agrupación Comunista Metalúrgica, que editaba el periódico El metalúrgico rojo. Durante 1928 y 1929, los conflictos internos del sindicato prosiguieron con intensidad. Si bien el SOIM había sido fundador del CUSC, a fines de 1929, una asamblea de delegados dominada por chispistas y demás opositores al PC lo desafilió .

Sin embargo, ni los anarquistas, ni los sindicalistas, ni los socialistas pudieron capitalizar la coyuntural pérdida de la dirección del gremio de los comunistas. Las tres corrientes aparecieron con una implantación claramente menor, siempre de carácter efímero y disperso, en contraste con la inserción más profunda y permanente del PC. En 1932 (con el chispismo disuelto como corriente), los comunistas finalmente lograron que el SOIM cayera en sus manos en forma definitiva: el Grupo Rojo impuso a Romeo Gentile (regresado desde el chispismo) en la secretaría del sindicato.6 Hacia 1935, el gremio alcanzaba unos dos mil afiliados. Hasta su disolución (ocurrida entre 1943-1945), el SOIM se convirtió en un baluarte del PC, dando paso a la aparición de una nueva camada de dirigentes, como Marcos Maguidovich, Juan Pavignano, Muzio Girardi y Alba Tamargo.

Un ejemplo parecido de competencia con otras corrientes tuvieron que librar los comunistas entre los obreros de la carne. Allí, lo que existía era una serie de pequeños gremios locales, que habían dirigido algunas huelgas violentas, como las que en junio-julio de 1917 se produjeron en Zárate y las que, a fines de ese año y principios de 1918, se desarrollaron en Avellaneda y Berisso. Luego se abrió una etapa de conflictos en diversas empresas cárnicas, que duró hasta 1922, cuando sobrevino un lustro de relativa calma, en el que no pudo montarse ninguna organización gremial única a escala nacional ni tampoco regional7. En esos años, surgieron minúsculos sindicatos por empresa animados por sindicalistas, anarquistas y comunistas, pero las fuertes disputas entre estas corrientes imposibilitaron, incluso, la duración de estas experiencias organizativas. Las células comunistas y los grupos anarquistas que actuaban en los frigoríficos fueron sistemáticamente perseguidos por las compañías, en su mayoría, de capital norteamericano o inglés. José Peter, que se convirtió en la principal figura comunista en el sector, retrató bien aquellos años difíciles para los militantes que procuraban poner en pie la estructura sindical. Luis Soler, en Avellaneda; el lituano Jaime Jungman, en Berisso; y Arnedo Álvarez, Esteban Peano y Peter, en las regiones de Zárate, Avellaneda y Berisso, pueden ser destacados como los organizadores importantes del PC en los frigoríficos, que hacia 1929 constituyeron el Grupo Rojo de Obreros de la Carne (con sede en Avellaneda), y lo enrolaron en el CUSC. Su objetivo central era la constitución de un gremio único de industria a escala nacional. A lo largo de 1931, a pesar de represión de la dictadura de Uriburu, hubo progresos visibles en este proceso de implantación y organización. En este sentido, cumplieron un papel los planes de "emulación sindical revolucionaria" del CUSC.

Hacia fines de aquel año, se impulsó un programa metódico, con directivas para expandir o establecer, desde las células partidarias, la estructura sindical.8 Luego de este plan para lograr quinientos cotizantes y varios comités de desocupados, cursos de capacitación y periódicos de empresa, el siguiente paso era la celebración de una Conferencia Nacional de Obreros de la Carne y la organización de una huelga de todo el sector.

Asumido el gobierno de Justo, en marzo de 1932 fueron liberados de la prisión y llegaron desde Ushuaia Arnedo Álvarez y Peter. Ellos se pusieron al frente del proceso de conformación de la Federación Obrera de la Industria de la Carne (FOIC), con la edición de El Obrero del Frigorífico. En la FOIC, confluyeron el sindicato de los trabajadores del frigorífico River Plate de Zárate, el sindicato de obreros de la carne de Berisso y las secciones sindicales de los cuatro frigoríficos de Avellaneda. Era el viejo proyecto comunista de crear una entidad única en toda la rama. El primer objetivo fue la preparación de una huelga por mejoras salariales y laborales a escala nacional, que estalló unas semanas después. Esta tarea fue encarada furtivamente desde principios de 1932, centrada en el Anglo, de Avellaneda. Los comunistas desplegaron todos los atributos de su experiencia en la militancia clandestina. El primer paso fue confeccionar las reivindicaciones. Dada la imposibilidad de realizar una asamblea abierta, éstas debieron discutirse en pequeñas reuniones de obreros, camufladas como encuentros sociales (picnics, festivales o paseos), que sorteaban las acciones de vigilancia realizadas por las empresas. Además, había que limar las desconfianzas existentes entre obreros extranjeros y argentinos. La información también circulaba, de manera subrepticia, a través de los volantes y los periódicos del PC y la FOIC, junto a carteles y pintadas fugazmente estampadas en las paredes de los establecimientos. El listado de reivindicaciones acordadas incluía: la readmisión inmediata de todos los obreros despedidos por su actividad sindical y reconocimiento del derecho de organización; la total supresión del sistema de trabajo forzado ("standard"); un aumento general de salarios; la equiparación de sueldos entre hombres, mujeres y jóvenes; la prohibición de despidos o suspensiones de personal sin causa justificada frente al sindicato; y el pago mínimo de 4 horas a todo obrero convocado al trabajo.

Finalmente, el 20 de mayo de 1932, se lanzó la huelga. Solamente en el Anglo fueron casi cuatro mil los obreros que empezaron el paro y cerca de tres mil los asistentes a las asambleas casi diarias realizadas bajo el auspicio de la FOIC y el CUSC. Dos días después, se sumaron a la medida los 2.500 trabajadores de otro frigorífico de Avellaneda: La Blanca. El conflicto se tornaba más violento y el PC llamó a la autodefensa obrera armada. El día 22, se realizó una asamblea en el Salón Verdi, de la Boca, en la que Peter convocó a reafirmar la lucha, al tiempo que condenó a la CGT y a la FORA por no adherirse a ella. Desde el día 23, en Avellaneda, la acción tomó características más vastas: el CUSC, un Comité Sindical de Frente Único formado por la FOIC y el SOIM, y la célula comunista de la metalúrgica TAMET hicieron sumar a muchos de los ochocientos obreros de esa fábrica a la huelga por sus propios reclamos y en apoyo a la de los frigoríficos. Para el PC, los "tres colosos" fabriles de Avellaneda (Anglo, La Blanca y TAMET) estaban en pie de lucha. El 29 quisieron agregarse los obreros del Wilson, aunque la célula del PC tuvo dificultades para hacer cumplir la medida. El mismo día, la célula del Armour (Berisso), compuesta mayoritariamente por búlgaros y lituanos, intentó llevar allí la protesta, sin lograrlo; lo mismo ocurrió en el Swift; Arnedo Álvarez, también infructuosamente, trató de plegar a los del Smithfield, de Zárate. Las informaciones de Bandera Roja daban cuenta de diez mil participantes en el momento cúlmine del conflicto, aunque la cifra puede ser exagerada, pues el paro sólo tenía fuerza en el Anglo y en La Blanca.

Tanto en el Comité de Huelga como en las comisiones de Solidaridad, de Propaganda y de Recursos creadas para sostener el paro, los comunistas tenían una presencia destacada, pero también había trabajadores de distintas tendencias. Entre las iniciativas adoptadas, la FOIC logró organizar a los desocupados acampados en Puerto Nuevo, a quienes las empresas intentaban reclutar para reemplazar a los obreros en inactividad. Además, se generalizaron los piquetes contra los rompehuelgas y grupos de autodefensa enfrentaron a las patrullas policiales y al virtual toque de queda imperante. En los barrios humildes de la Isla Maciel, las fuerzas de seguridad efectuaron redadas y asaltos a domicilios obreros, y detuvieron a centenares de huelguistas, la gran mayoría trasladados en camiones del propio Anglo al Cuadro Quinto del Departamento Central de Policía. También fueron allanados y clausurados los cuatro locales que la FOIC tenía habilitados en Avellaneda y en La Boca. Para el 29 de mayo, eran casi seiscientos los detenidos, entre ellos, Peter y Esteban Peano, los integrantes del Comité de Huelga, R. Gentile (secretario del SOIM), y varios otros dirigentes sindicales comunistas, como Próspero Malvestitti y Miguel Contreras, que apoyaban el conflicto. Un nuevo Comité de Huelga prosiguió la lucha. El SRI desplegó una actividad intensa para juntar ropa y dinero para los presos, y presentar los amparos judiciales.

Finalmente, el conflicto de la carne se agotó por la represión y el aislamiento. Ni la CGT ni la FORA le prestaron respaldo efectivo, sino que denunciaron que la medida había sido copada por el comunismo. Con el solo concurso del CUSC, la lucha no podía continuar. El 3 de junio, el PC y el CUSC lanzaron una arriesgada huelga general en Avellaneda, que fue impedida por la policía. Otro tanto ocurría en Berisso, donde se produjeron allanamientos policiales al local de la FOIC y a los barrios proletarios. Ante estos reveses, unos días después, una asamblea convocada por el Comité de Huelga en el cine Select, de Avellaneda, examinó la situación de debilidad y votó levantar la medida, tras casi veinte días de desarrollo. Había ocurrido una derrota inocultable. El saldo de la más masiva y geográficamente extendida huelga de los obreros de la carne hasta ese entonces realizada en el país dejó cientos de obreros detenidos, despedidos y heridos, sin alcanzar las demandas. Pero la FOIC pareció quedar templada por la adversidad, ya que, en los años siguientes, reconstruyó la organización y preparó nuevas medidas de fuerza. Varios de los despedidos atendieron la labor militante en los frigoríficos desde afuera; otros emigraron a distintos gremios y, dada su experiencia, se convirtieron en cuadros sindicales destacados.

Otro de los ámbitos gremiales en donde el PC empezó a actuar con fuerza fue en el de la construcción, donde contaba con un centenar de adeptos desde mediados de los años veinte. Como había ocurrido con el sindicato de la madera hasta su unificación en una organización, hasta 1935 existía en este sector una dispersión de sindicatos locales de oficio, en gran medida, organizados y dirigidos por anarquistas y, en menor medida, sindicalistas.9 Pero también los hubo de conducción comunista, como el Sindicato de Obreros Parquetistas, Rasqueteadores y Anexos, que actuaba en la USA. El PC también ejercía en esos años una influencia decisiva en la Federación de Obreros Pintores y en el Sindicato de Obreros Calefaccionistas y Anexos.

De la constelación de pequeños gremios por oficio enmarcados en la actividad de la construcción, uno de los más activos era la Sociedad de Resistencia de Obreros Albañiles y Anexos, actuante en la FORA anarquista. Para los comunistas, interesados en la conformación de sindicatos únicos por rama, esta dispersión era inconveniente dado que la construcción tendía a unificar las tareas en una industria madre y bajo una misma patronal. Sin embargo, habían fracasado todos los proyectos de agrupar en una sola entidad a los albañiles, pintores, yeseros, marmolistas, parquetistas, carpinteros, aserradores, escultores, modeladores y otros. Tal el caso del Comité Mixto del Ramo de la Construcción, fallido intento de fusión desarrollado en 1927 en el Sindicato de Yeseros. Allí actuaba el Sindicato de Obreros Albañiles, Frentistas, Peones y Anexos. El gremio estaba adherido a la USA y había surgido por diferencias con los procedimientos espontaneístas, que adjudicaban a la dirección anarquista del antiguo gremio forista. En abril de 1926, el PC confirmó el predominio que ejercía en ese gremio al elegirse una nueva CA y al instalar la sede del gremio en un local comunista porteño. Entre los albañiles, la fracción del PC tenía un puñado de cuadros, como Pedro Chiarante, que era uno de los líderes sindicales más importantes del comunismo (que luego llegó a la vicepresidencia de la CGT). Junto a él también se destacaron su hermano Enrique, Mario Pini y los hermanos Emilio y Pedro Fabretti -inmigrantes italianos estos últimos tres-.

Pero el sindicato comunista de albañiles porteños no logró consolidarse y a comienzos de 1929 se disolvió. Los comunistas se reincorporaron a la antigua y más consolidada Sociedad de Resistencia de Obreros Albañiles y Anexos (enrolada en la FORA anarquista). Esta organización inició una huelga el 13 de mayo, después que un sólido frente de empresarios, constructores y arquitectos rechazó las demandas obreras, con el apoyo policial, gubernamental y de la Liga Patriótica. El conflicto se extendió hacia la zona de Campo de Mayo y San Miguel (donde existían obras que concentraban muchos operarios que, a instancias del PC, estaban dando los primeros pasos en la organización sindical) y hacia todo el sur y el oeste del GBA10. Los comunistas crearon un Comité de Huelga central, con ramificaciones a escala local, para asegurar la cohesión y masividad en la medida de fuerza, además de operar como "núcleos de vigilancia en las obras para evitar el crumiraje". Sin embargo, las tácticas auspiciadas por el PC no tuvieron un vasto impacto y la dirección del conflicto nunca dejó de estar en manos anarquistas. Las refriegas con policías y "liguistas" fueron constantes e incluyeron la muerte de un activista el 12 de junio, cuyo entierro se convirtió en otro escenario de lucha. Finalmente, la medida, dada su irregular extensión, debió ser levantada, luego de casi un mes de desarrollo, sin haber alcanzado sus objetivos. Para el PC, este revés mostró los defectos más palpables de las tácticas espontaneístas de los anarquistas: se había decretado la acción casi sin consulta; sin preparar a los obreros para el enfrentamiento con la patronal, la policía y la extrema derecha; sin organizar los comités de huelga; y sin acudir a la solidaridad popular para garantizar el sostenimiento económico de los trabajadores en paro.

A partir de la esta huelga, el PC constituyó el Grupo Rojo de Obreros de la Construcción, que, en los años siguientes, se convirtió en una importante agrupación. Actuando como oposición dentro del sindicato encuadrado en la FORA, comenzaron a destacarse otra serie de cuadros comunistas: Guido Fioravanti, Miguel Burgas y Ángel Ortelli. Ellos ganaron influencia con sus críticas a la espontaneidad que le adjudicaban a los anarquistas, y en asamblea lograron elegirse como miembros de la CA del gremio. Viendo perder su influencia, los anarquistas, en diciembre de 1934, los separaron de la dirección11. Luego de esta expulsión, los comunistas decidieron formar el Sindicato de Obreros Albañiles, Cemento Armado y Anexos de la Capital Federal. En la primera asamblea del nuevo sindicato, realizada en febrero de 1935, se eligió la CA y a Ortelli como secretario general (luego ocuparon ese cargo Pedro Chiarante y Rubens Iscaro). La orientación fue incorporar al sindicato a la mayor cantidad de operarios, impulsando las reivindicaciones a través de huelgas por empresa. Asimismo, el sindicato comenzó a publicar el periódico El Andamio, de creciente predicamento en el sector, y organizó secretarías seccionales en cada barrio.

Por su parte, el gremio de albañiles inició gestiones para lograr la unificación con el resto de los sindicatos de oficio del sector. Así, en una asamblea de delegados realizada el 22 de julio, se creó la Federación Obrera de Sindicatos de la Construcción (FOSC), con ámbito en la ciudad de Buenos Aires, compuesta por los sindicatos de albañiles, pintores, yeseros, colocadores de mosaicos, colocadores de vidrio, marmolistas y parquetistas, al que luego se incorporaron los de electricistas, calefaccionistas y picapedreros. El PC aportaba la organización masiva, pero el grueso de los pequeños gremios tenía origen anarquista. De allí que fueran tan discutidos los pasos siguientes para fortalecer y extender a la FOSC. Los anarquistas propugnaban mantener la autonomía de cada gremio y operar con un lazo federativo que respetara los criterios de cada dirección sindical y limitara las atribuciones del Consejo Federal. Los comunistas, en cambio, lograron ir imponiendo sus posiciones, que giraban en torno al principio de montar una entidad de tipo centralista, con una función no meramente coordinadora sino que orientara y organizara. Por ello, la FOSC tuvo mayoría comunista en su dirección (Fioravanti fue elegido secretario). Sin embargo, allí también existió inicialmente una fuerte presencia ácrata, representada por hombres de la FACA y de la Alianza Obrera Spartacus, un grupo con simpatías por los planteos marxistas, surgido en 1934 y liderado por Horacio Badaraco. El máximo referente del Sindicato de Obreros Pintores, Antonio Cabrera, así como Domingo Varone y Joaquín Basanta, todos de la agrupación Spartacus, tras su proceso de disolución, iniciado hacia 1938, se incorporaron al PC12. El espacio que quedó licuado por la nueva situación fue el de la FORA, que apenas logró conservar un pequeño sindicato de plomeros y un puñado de otras agrupaciones de oficio.

En septiembre de 1935 la FOSC convocó a una serie de asambleas, en las que se llamó a un paro de actividades, dada la negativa patronal a aceptar una serie de reivindicaciones. Se conformó un Comité de Huelga, entre los que estaban los principales cuadros del PC: Fioravanti, Chiarante, Ortelli, Iscaro, E. Fabretti y Burgas. El conflicto se inició el 23 de octubre y se extendió casi cien días, con la participación de 60.000 trabajadores, respaldados por la realización de multitudinarios reuniones obreras en la Plaza Once y el estadio Luna Park, de dimensiones nunca antes vistas en el país por parte de una misma organización sindical13. Junto a esto, se constituyeron Comités de Empresa y piquetes huelguísticos, comisiones femeninas y de familiares de los trabajadores en paro, organismos populares de solidaridad y comedores colectivos que sostuvieron la lucha. Desde diciembre hubo choques en distintos barrios con efectivos policiales y la Legión Cívica.

El 7 y 8 de enero de 1936, se desenvolvió una huelga general en apoyo al conflicto. En esos dos días, se paralizó la circulación de tranvías y ómnibus, algunos de los cuales fueron incendiados por masas que se lanzaron a las calles e hicieron barricadas en los cruces de las grandes avenidas. Hubo obreros y policías muertos, decenas de detenidos (entre ellos, los integrantes del Comité de Huelga), y clausuras de comedores obreros, sedes sindicales y locales del PC, por parte de las fuerzas de seguridad. Finalmente, el 27 de enero, la huelga fue levantada por una asamblea ante la aceptación de parte de los reclamos que habían dado origen al conflicto.

La patronal debió aceptar -además de los aumentos salariales y la jornada de ocho horas- la formación de comisiones internas por obra y paritarias para discutir salarios y condiciones, el derecho de los dirigentes a entrar en ellas para organizar el personal y el reconocimiento de la Federación. Se pautaba así un modelo para el desarrollo futuro del sindicalismo industrial en el país.

Como consecuencia de este triunfo, el proceso de organización en la rama dio un paso más en noviembre de 1936, cuando se constituyó la Federación Obrera Nacional de la Construcción. En ella confluyeron 76 sindicatos de todo el país, que incluían a trabajadores vinculados a la construcción de edificios, puentes, caminos y otras instalaciones, y a los dedicados a la extracción y elaboración de material para la actividad. Fioravanti y Chiarante fueron elegidos sus primeros secretarios generales, acompañados de una dirección mayoritariamente comunista, en la que se consolidó una nueva camada de militantes, como Normando Iscaro, Roque Alessi, Luis Fiori, Andrés Roca y Pedro Tadioli, entre otros. La hegemonía que el PC ejerció en la entidad fue tan firme que logró sobrevivir al golpe militar de 1943 y a la irrupción del peronismo, y sólo desapareció con la intervención y disolución del gremio luego de 1946.

Un segundo caso de experiencias sindicales comunistas son las que se efectuaron en los gremios conformados también por obreros manufactureros que ya contaban con un nivel de organización por parte de otra corriente política, el PS. Aquí, por lo tanto, el PC tuvo una competencia efectiva y debió librar una confrontación en la que no obtuvo una ventaja decisiva durante los años veinte. Entre los textiles y los sastres, la paridad que existió entre socialistas y comunistas explica la sucesión de divisiones y forzada convivencia de ambas corrientes en los sindicatos del sector. Finalmente, el PC emergió en los años treinta como codirección de ambos gremios. Entre los gráficos, la situación fue distinta, pues el comunismo fracasó en su intento por cuestionar la hegemonía socialista-sindicalista.

Los comunistas, junto a socialistas y anarquistas, actuaban en la Federación Obrera de la Industria Textil y Anexos (FOIT) de Buenos Aires, desde su fundación en 1921. La FOIT tenía su sede en el barrio de Barracas. El PC tuvo el control de la dirección del gremio desde mediados de 1926, momento en el que llegó a nuclear un millar de adherentes. Las dos figuras claves del sindicato eran los comunistas Carlos Ravetto (un italiano deportado, que arribó al país en 1923 y se desempeñó como secretario general durante 1926-1927) y Eugenio Rubino. En mayo de 1927, en el contexto del deterioro de las relaciones entre el PC y la dirección de la USA, la FOIT fue expulsada de la central y se convirtió durante un tiempo en gremio autónomo. Hacia mediados de 1928, intentó volver a actuar en los marcos de la USA pero terminó nuevamente autónoma14. Durante 1929 fue puesta en cuestión la dirección comunista en el gremio, pues algunos de sus representantes, como Rubino, emigraron al penelonismo15, mientras se fortaleció también la presencia socialista. De este modo, en una asamblea en marzo de ese año, el Consejo Federal de la FOIT perdió la mayoría comunista16.

Algunos meses después, en octubre, los comunistas ganaron una asamblea y la mayoría en el Consejo Federal de la FOIT, pero ello no fue reconocido por la anterior dirección. Desde entonces, la FOIT comunista (vuelta a presidir por Ravetto y reinstalada en el local de Bartolomé Mitre 1085), se enroló en el CUSC (donde también actuaba otro sindicato controlado por los comunistas, el de Tejidos de Punto). Los socialistas, junto al penelonismo, se nuclearon en una Federación Obrera Textil, que formó parte de la CGT luego de 1930 y, a partir de 1934, adoptó el nombre de Unión Obrera Textil (UOT). En los primeros años de la década de los treinta, los dos gremios compitieron por la representación del sector y se debilitaron fuertemente, pero recobraron su vitalidad hacia 1933-1934 y se reunificaron a comienzos de 1936.17 Ese año, Ravetto fue deportado del país, mientras se consolidaban dos nuevos cuadros partidarios en el sector, llegados desde otra actividad, Próspero Malvestitti y Jorge Michellón (futuro secretario general del gremio).

Los gremios porteños comunistas en la industria del vestido, como el de los gorreros y el de los sastres, también actuaban en los marcos de la USA. Ambas organizaciones eran esencialmente judías, ya que, en esa rama, era masiva la presencia de trabajadores rusos y polacos de ese origen, hasta el punto de que sus estatutos originales habían sido escritos en idisch (la lengua hablada por los judíos de Europa centro-oriental y de América). La más importante era el Sindicato de Obreros Sastres y Anexos, con presencia en las dos zonas capitalinas con fuerte presencia judía, Once y Villa Crespo. Hacia mediados de los años veinte, la organización reunía cerca de quinientos adherentes, la mayoría perteneciente a la rama de la confección. La entidad tenía una CA comunista, encabezada por Mauricio Rybak. En octubre de 1927, el sindicato lanzó una huelga en la "industria de la aguja", en reclamo de aumentos salariales, reducción de la jornada laboral y mejores condiciones de trabajo, que le permitió avanzar en la organización. Sin embargo, el PC no actuaba solo en el sector. Desde inicios de los años veinte, existía otro gremio del vestido, la Unión Obreros Cortadores, Sastres, Costureras y Anexos (UOCSCyA). Esta organización era más numerosa que el gremio comunista, pues había tenido más éxito en afiliar a los que trabajaban en su domicilio. Hacia junio de 1928, en vistas de su situación minoritaria, el Sindicato de Obreros Sastres y Anexos orientado por el PC decidió disolverse en la UOCSCyA.

Pero este sindicato volvió a dividirse: el que se mantuvo en el local de la calle Moreno quedó en manos de los socialistas y enrolado en la CGT, mientras que un Sindicato de Sastres, Cortadores, Costureras y Anexos era dirigido por comunistas, sindicalistas e independientes. Fue esta organización, junto a la Sociedad de Talleristas y Obreros a Domicilio, la que lanzó la huelga entre septiembre y octubre de 1934, a la que se plegaron unos seis mil trabajadores, en reclamo de aumentos salariales, el reconocimiento del sindicato y el cumplimiento de la ley 10.505 sobre la tarifa de salarios para las costureras y obreros a domicilio. Se desarrollaron concentraciones frente a la sede del DNT, asambleas de más de tres mil obreros y la formación de comedores para alimentar a los trabajadores en paro, a la vez que hubo detención policial de muchos huelguistas. Cinco semanas después de haberse iniciado, el conflicto fue parcializado y se alargó diez días más, hasta conseguir la mayor parte de los reclamos en las grandes casas y roperías. El principal cuadro del PC en el sector, Mauricio Rybak, fue uno de los orientadores de la huelga, en la que también intervino Julio Liberman, el militante comunista que siete años después fue elegido como Secretario General de la Federación Obrera del Vestido, la organización principal de los trabajadores del sector.18

Entre los gráficos, operaron otras particularidades. Se trataba del sector de mayor tradición organizativa del movimiento obrero argentino, que se remontaba al siglo XIX. La Federación Gráfica Bonaerense (FGB) era una entidad decana, orientada, desde hacía muchos años, por socialistas. El PC había alcanzado un espacio en el gremio. De hecho, su principal figura pública hasta 1927, Penelón, era uno de sus dirigentes. Los comunistas habían logrado en 1921, incluso, que la FGB se adhiriese, fugazmente, a la Internacional Sindical Roja. Con los años, habían conformado una agrupación fuerte, que editaba un periódico de buena presentación y gran tirada. Además de Penelón, sus principales referentes eran Ruggiero Rúgilo y Luis Riccardi. Pero la FGB tenía una muy sólida presencia del PS, que, en disputa con los sindicalistas, pudo mantener su conducción. Como en la construcción, la línea de la agrupación comunista era la constitución de un sindicato único de industria de carácter nacional, que incorporara a cartoneros, papeleros, impresores en hojalata y obreros ocupados en la fabricación de tintas a la añeja FGB.19 Las dilaciones que encontraban en los conductores de este último gremio para emprender la tarea colocaron a los comunistas también en la oposición. Finalmente, los militantes del PC experimentaron un golpe importante con motivo de la ruptura de Penelón, en la que emigraron varios integrantes de la agrupación gráfica. Nunca más pudieron recuperar una influencia decisiva en el gremio.

El tercer caso es una variante del anterior. Se trata de los ámbitos manufactureros en los que el PC debió actuar en pugna con organizaciones también existentes, pero de otro signo: el sindicalismo. El desarrollo de esa confrontación fue diferente según los casos: en el sindicato de la madera, el PC tuvo que actuar en minoría hasta que en 1930 logró conformar un sindicato propio, que se fue convirtiendo en predominante a lo largo de la década (el SUOM); entre los obreros del calzado, el PC dirigió el sindicato, hasta que perdió su control y no pudo volver a constituirse, pese a sus empeños, en una tendencia significativa.

Los trabajadores de la madera disponían de una gran tradición asociativa, pero ésta se hallaba amenazada por la dispersión y las luchas internas. Desde 1917-1918, las distintas organizaciones habían logrado llevar una lucha bastante exitosa por la abolición del sistema de trabajo a destajo, el establecimiento de la jornada de 8 horas y la semana laboral de 44 horas, la fijación de un salario mínimo y el cobro integro del jornal por accidentes de trabajo desde el instante en que éste se produjera. También los gremios habían logrado un control de muchos talleres, en el sentido de que no se contrataban nuevos obreros sin la previa autorización sindical. A partir de 1922, muchas de estas conquistas se fueron perdiendo ante una fuerte ofensiva patronal. En este contexto adverso, se produjo en 1925 una instancia unitaria clave: la formación del Sindicato Obrero de la Industria del Mueble de Buenos Aires, a partir de la fusión de una serie de organizaciones por oficio: el más antiguo y numeroso Sindicato de Obreros Ebanistas, la Unión Tapiceros, Torneros en Madera, Doradores en Madera y Escultores en Madera. Hacia 1927 la entidad tenía doscientos talleres organizados, dos mil cien cotizantes y un periódico de gran tirada, Acción Obrera. Era uno de los gremios más numerosos de la USA, con mayor capacidad de movilización, y realizó frecuentes y masivas asambleas, en casi todos los casos alcanzando al menos el medio millar de asistentes.

En el sindicato del mueble, había militantes comunistas destacados. Inicialmente Salomón Elguer y Mateo Fossa. En junio de 1925, ingresaron a la agrupación de la madera del PC un grupo de anarquistas de la FORA (Antonio Romeo y Pedro Jungalás) y sindicalistas (entre ellos, Aurelio A. Hernández y Luis V. Sommi) que venían de tener una importante intervención en los gremios del sector. En especial, Hernández traía mucha experiencia: había actuado en la FORA (IX Congreso) y en el viejo gremio de ebanistas, luego había integrado la dirección de la USA, el recién conformado sindicato del mueble y la propia Federación Sindicalista. Con todos ellos, los comunistas formaron un poderoso Grupo Rojo de la Industria del Mueble, de oposición a la CA del sindicato. Sin embargo, durante la década de los veinte, el Sindicato Obrero de la Industria del Mueble no perdió la hegemonía sindicalista. Los comunistas hicieron campaña para que se constituyera un solo sindicato de la madera, dado que aún existían otros dos en la rama, con los que el partido también tenía vinculación: Aserradores, Carpinteros y Anexos de La Boca y Barracas (dirigido por socialistas y anarquistas) y el Sindicato de Aserradores y Carpinteros (bajo conducción anarquista).20 También estaba el Sindicato de Galponistas, Escaleristas y Anexos, además de otros pequeños gremios que actuaban en el interior del país (Bahía Blanca, La Plata, Corrientes y Córdoba).

La oportunidad de los comunistas en el sector sobrevino en 1930. En mayo-junio de ese año, el Comité Pro Unidad Clasista de los Obreros de la Madera que ellos habían organizado poco antes, lanzó una combativa huelga de veinte días a la que se plegaron unos cinco mil trabajadores de la industria, en medio de violentas acciones contra los rompe-huelgas y asambleas permanentes. El resultado fue la conquista de algunas pocas reivindicaciones y la constitución del Sindicato Unitario de Obreros de la Madera (SUOM), en el que los comunistas ejercieron la dirección junto a otras corrientes. El SUOM lideró otros importantes conflictos en 1934 y 1935, logrando convertirse en una de las primeras organizaciones en alcanzar la semana laboral a 40 horas, aunque pagando un precio por ello: el procesamiento por asociación ilícita de varios dirigentes del gremio. Superó ampliamente la influencia del Sindicato de Obreros de la Madera (producto de la unificación del Sindicato Obrero de la Industria del Mueble y del Sindicato de Aserradores y Carpinteros), en manos de sectores sindicalistas y socialistas, que estaba en la CGT. Finalmente, cuando el SUOM ingresó a la CGT, en 1936, absorbió a este sindicato.

Por otra parte, desde los primeros años veinte, el PC dirigía el Sindicato de Obreros del Calzado (SOC). El gremio se había fundado en 1916 con el nombre de Unión General de Obreros del Calzado y, a través de una serie de intensas huelgas durante 1917-1919, había logrado varias mejoras laborales (aumentos salariales, las 8 horas de trabajo diario, el sábado inglés pago e, incluso, la aceptación por parte de la patronal de consejos de obreros en algunos talleres), aprovechando la expansión de la industria, dada la coyuntura favorable de la guerra mundial. A partir de 1921, luego de un repliegue de la actividad de esta rama en casi un 50%, el Centro de Fabricantes había recuperado la iniciativa y logró derrotar varias huelgas y recortar algunas de las mejoras concedidas. Hacia 1925 el SOC se encontraba debilitado: sobre unos treinta mil trabajadores de esa industria, el gremio tenía asociados poco más de dos mil, de los cuales, menos de la mitad cotizaban regularmente.21 Su situación interna se complicó cuando, hacia fines de aquel año, la mayoría de los comunistas que actuaban en la CA del SOC se fue del partido con la fracción chispista, incluido el secretario general del gremio, Teófilo González. No es casual, entonces, que tanto el SOC como el sindicato metalúrgico, es decir, los gremios dirigidos por los chispistas, compartieran la misma sede porteña de México 2070. El PC quedó debilitado en el sector; sin embargo, fue recuperando cierto espacio con la creación de la Agrupación Comunista de Obreros del Calzado, que hacia 1926 contaba con unos veinticinco integrantes (entre ellos, Ricardo Cantoni, de la comisión directiva del gremio, y Amadeo Zeme), al tiempo que editaba su propio órgano sindical, El zapatero rojo. El SOC, con el apoyo de la USA, los chispistas y el PC, consiguió un triunfo en la gran huelga de octubre-noviembre de 1926, donde logró la aceptación de un pliego por el mejoramiento de las condiciones de trabajo en unas ciento treinta firmas del ramo.

No obstante, la debilidad del PC en el SOC no logró ser revertida. En las elecciones de 1927 para la constitución de una nueva CA, hubo una lista única que tradujo el peso de cada corriente: los comunistas obtuvieron sólo dos representantes, mientras que los chispistas consiguieron cuatro; los socialistas, dos; los sindicalistas, uno; y los anarquistas, seis. Desde el año siguiente, los sindicalistas ganaron mayor presencia en el gremio y el PC no tuvo éxito en sus esfuerzos por recuperar el control de la organización.

Por último, se puede señalar un cuarto caso, el de los sindicatos del sector transporte y servicios (ferroviarios, marítimos, municipales o empleados de comercio). En la mayoría de estas organizaciones, el PC no logró tener una incidencia relevante o permanente en su dirección; cuando lo logró, con el tiempo la perdió en forma total o parcial. ¿Por qué hubo una escasa eficacia del comunismo en estos ámbitos? Se trataba de entidades de vieja tradición organizativa, en las que estaba sólidamente arraigada la presencia del socialismo o el sindicalismo, y que habían alcanzado cierta capacidad de presión que las había orientado hacia una perspectiva pragmática y negociadora, relativamente inmunes a los llamados a la confrontación. Los gremios del transporte, tanto los vinculados al tren como a la actividad marítima, eran claves para el funcionamiento del modelo agroexportador vigente en el país, pues podían atascar el flujo de mercancías y colapsar el sistema económico. Históricamente, gracias a su poder de negociación, lograron forjar acuerdos con las compañías y los gobiernos radicales, que se mostraron dispuestos a conciliar y a conceder algunas de sus demandas. Los comunistas formaron parte de los que se opusieron al curso negociador, pero su influencia quedó diluida dada la gran envergadura de las organizaciones del sector y el dominio que en ellas ejercieron sindicalistas y socialistas.

Entre los trabajadores del riel, los comunistas nada pudieron hacer frente a la enorme influencia de la Unión Ferroviaria (UF), que agrupaba a los empleados de diversos sectores: tráfico, talleres, almacenes, administración, vías y obras. La UF había surgido como una organización centralizada en 1922 y, si bien fueron los socialistas quienes alcanzaron mayor influencia en su seno, fue dirigida durante sus primeros doce años por Antonio Tramonti, un hombre imbuido de la práctica sindicalista. Gracias a la ayuda del gobierno de Alvear, la UF obtuvo beneficios importantes de las compañías (mejora de los salarios y de las condiciones de trabajo), con lo que convirtió a los ferroviarios en una suerte de élite obrera en el mundo del trabajo22. La UF fue durante varios años la principal organización sindical de la Argentina y, posiblemente, de toda América latina. Pero el PC combatió su creación y se negó integrarla durante su primer lustro de existencia, debido a que, junto a los anarquistas y a sectores sindicalistas, se oponía a los criterios y programa con que había sido fundada. Los intentos de rivalizar con esta estructura, sin embargo, fueron vanos. La USA montó una organización efímera: la Federación de Sindicatos Ferroviarios (FSF). Su conformación se estipuló en 1922, pero se consolidó en un congreso de delegados reunido en enero de 1924, en el que se reivindicó una perspectiva clasista y confrontativa. El PC, en función de su caracterización de la UF como organización burocrática y "amarilla" y, también, de sus compromisos con la USA, formó parte activa de la FSF desde sus inicios23. Hasta 1927, los secretarios generales y adjuntos de la FSF fueron cuadros sindicales del PC: Florindo A. Moretti, Luis Cechini y José Morales. Los comunistas controlaban, además, varias de sus seccionales. Sin embargo, hacia 1927, cuando el PC entró en relaciones hostiles con la dirección de la USA y advirtió el poderío irrefrenable de la UF, abandonó a la FSF (que se fue disolviendo) y se incorporó a la UF. Desde principios de los años treinta, el PC conformó una agrupación numerosa dentro de la Unión y editó un periódico de gran circulación, El obrero del riel. Pero, a pesar de contar con muchos adherentes en el sector, los comunistas nunca lograron amenazar el poder que ejercieron los sindicalistas y socialistas en la entidad.

Un proceso similar se produjo entre los trabajadores marítimos y portuarios: hubo actividad comunista en la base, pero un peso acotado en los estratos de conducción. Los comunistas confiaron en ganar predicamento en la Federación Obrera Marítima (FOM) a través de su participación en algunos de sus duros conflictos, en los que intervinieron con fuerza, en 1924 y 1928. Sin embargo, los sindicalistas pudieron cerrarles el acceso a la conducción de la entidad sin mayores dificultades, a pesar de que el PC actuó dentro de la FOM con una fracción propia, de cierta dimensión, la Agrupación Comunista Marítima (que editaba un periódico de gran tirada, El Marino Rojo). La incidencia mayor del PC en el sector estuvo en una de las filiales de la FOM, el ínfimo Sindicato de Mozos y Anexos de a bordo, ubicado en el barrio de La Boca. También los comunistas pudieron ejercer alguna influencia sobre los marítimos y los trabajadores del puerto en general, a partir de tener la dirección de dos pequeños gremios de oficio de tradición artesanal vinculados a las construcciones navales. Precisamente, el área de actividad industrial y de residencia de los obreros de esta rama (la mayoría de origen italiano), empleados en una serie de talleres poco tecnificados, se hallaba en el barrio de La Boca. El secretario general del Sindicato de Calafates Unidos era el comunista Miguel Spadavechia. El otro gremio del sector dirigido por el PC era el Sindicato de Resistencia Metalúrgicos Navales, cuyo secretario general era José Ravagni (un hombre del CE partidario y efímero suplente del CC de la USA). Ambas entidades actuaban desde 1917, junto a las de carpinteros, caldereros y otras, en el seno de la Federación de Obreros en Construcciones Navales (FOCN), pero como la dirección de ésta era sindicalista, tendieron a cobrar autonomía. No obstante, pese a todos sus esfuerzos, el comunismo nunca pudo competir seriamente con la sólida y antigua presencia sindicalista en la actividad marítima ni con la de los anarquistas, que tenían un tradicional predicamento entre los trabajadores portuarios.

En algunos gremios del sector servicios, los comunistas vieron obstaculizadas su inserción debido a la firme implantación de los socialistas. En el seno de la Unión Obreros y Empleados Municipales de la Capital Federal, el PC había constituido un Grupo Rojo, que, hasta fines de 1927, pudo utilizar al concejal José F. Penelón como vocero de las reivindicaciones de los trabajadores en esa área.24 Con la escisión del penelonismo, buena parte de los municipales del PC emigraron de sus filas. Todas las tentativas de ampliar la incidencia comunista en el sindicato fueron bloqueadas por el PS, que fue convirtiendo a Francisco Pérez Leirós en un líder casi indiscutido de la organización. En la organización sindical de los trabajadores de comercio, la ventaja del socialismo sobre el comunismo fue más tardía. Allí existía la Federación de Empleados de Comercio y Anexos de la Capital Federal (FEC), fundada en 1919, que, al poco tiempo, la FEC quedó bajo el control comunista. Desde 1923-1924, fueron del PC los secretarios generales que se sucedieron en la conducción de esta pequeña organización (Israel Mallo López y Juan Serra). Hasta comienzos de 1926, incluso, la secretaría del gremio compartía su sede con locales públicos del PC. Desde fines de 1927, los socialistas comenzaron a competir con los comunistas en el control de la dirección de la FEC, que, con el tiempo, pasarían a hegemonizar claramente. Aquí también se hizo sentir con fuerza la ruptura del penelonismo, por lo que el PC perdió a muchos de sus seguidores. Hacia comienzos de 1928, el gremio adhirió a la COA, la central animada por el PS. Desde 1929, se destacó dentro de su CA la figura del socialista Ángel Borlenghi, mientras la presencia comunista languideció.

Conclusiones

En síntesis, a partir de los cuatro casos examinados, es posible establecer una tipología o arco de posibilidades. En un extremo, la mayor presencia sindical comunista se expresó entre los obreros industriales más nuevos, de condiciones laborales más precarias, con altos niveles de desorganización gremial y de disponibilidad política, y allí donde existía menor presencia de las demás corrientes (o con presencia de la corriente más débil de todas a efectos organizativos, el anarquismo). En el otro extremo, el PC tuvo menor éxito de inserción sindical entre los trabajadores del transporte, de los servicios o los manufactureros de mayor tradición, que tenían elevados niveles de organización, en donde ya se hallaban firmemente implantadas las corrientes reformistas provenientes del sindicalismo y, sobre todo, del PS. Entre ambos polos existieron distintas variantes que se hicieron más complejas con la intervención de otras determinaciones y fenómenos históricos.

Profundicemos ahora en las razones más generales que explican estas distintas variantes. Durante el período estudiado, el comunismo se convirtió en una corriente con capacidad para insertarse en la clase obrera industrial, movilizarla y organizarla, pues se mostró bien dotada en decisión, escala de valores y repertorios organizacionales. Erigiéndose como una alternativa proletaria radicalizada, recreó, en gran medida, el espacio de lucha y movilización que ocupaba el anarquismo entre los sectores laborales más desfavorecidos socialmente. Las corrientes ácratas habían logrado un fuerte ascendiente en el período embrionario del movimiento obrero, en el que todavía había resistencia a la lógica del trabajo industrial, no se lo aceptaba plenamente y se pugnaba por encontrar márgenes de libertad o, incluso, por abandonar su condición trabajadora. A partir de los años veinte, esas condiciones variaron: el disciplinamiento se hizo inapelable en una sociedad urbana cada vez más industrializada, en la que comenzaban a imponerse nuevas formas de explotación del trabajo que, merced a cambios tecnológicos y un mercado de trabajo más competitivo, cercenaban la autonomía a los obreros y liquidaban los oficios artesanales. Estaba surgiendo una clase obrera moderna, carente de una legislación laboral sistemática y sometida a un irrefrenable proceso de subsunción al Capital. Los incentivos estaban dados para la generalización del sindicalismo industrial por rama La negativa de la FORA V a aceptar esta realidad, para preferir, en cambio, seguir como entidad federativa de sociedades de resistencia y gremios por oficio exclusivamente anarquistas, terminó condenando a esa corriente a la irrelevancia. Cuando, desde el espacio libertario, surgieron proyectos que intentaron remediar ese déficit, los de la FACA y el grupo Spartacus, ya era demasiado tarde: el PC había ganado las posiciones centrales en el sindicalismo industrial.

La penetración comunista fue mucho más limitada en otra importante sección del mundo del trabajo. Entre los trabajadores del transporte, los servicios y algunos pocos manufactureros tradicionalmente organizados, con muchos trabajadores calificados, la hegemonía era disputada por socialistas y sindicalistas, tendencias proclives a la negociación con los poderes públicos y a la obtención o mantenimiento de conquistas efectivas para los trabajadores. Allí se privilegiaba la administración de las organizaciones ya existentes, que gozaban de considerable poder de presión y estaban en proceso de jerarquización, complejización e institucionalización. En esos territorios, la CGT pudo hacerse fuerte. Y también el PS, que contaba, desde 1932, con una nutrida bancada parlamentaria desde la cual apoyar los reclamos de sus gremios afines.

Era el crecimiento del moderno proletariado industrial, mayoritariamente semicalificado o sin calificación (en donde la condición inmigrante seguía teniendo fuerte peso y la situación laboral era ostensiblemente más precaria), el que dejaba un espacio vacío de representación, organización y socialización. Allí había disponibilidad y oportunidad para el despliegue de una empresa política. Pero las tareas de movilización y organización de los obreros en los nuevos espacios de la vida industrial se presentaban, como era de esperar, plagadas de dificultades, originadas en la hostilidad de los empresarios y del Estado. Para abrirse paso a través de esos obstáculos, se requerían unas cualidades políticas que sólo el PC estaba en posibilidad de exhibir. Es decir, si en este escenario fabril estaba casi todo por hacer, fueron los comunistas quienes demostraron especial iniciativa, habilidad y capacidad para acometer los desafíos. Ellos contaban con recursos infrecuentes: un firme compromiso y un temple único para la intervención en la lucha social y una ideología tosca y autosuficiente, redentora y finalista, que podía pertrecharlos con sólidas certezas doctrinales.

El PC se concebía a sí mismo, usando una imagen metafórica, capaz de abrir senderos o "picadas" en una selva, es decir, capaz de habilitar caminos no pavimentados y alternativos a los reconocidos. Era una faena para la cual las demás corrientes del movimiento obrero no parecían estar tan bien predispuestas o preparadas. Es notable, por ejemplo, el fracaso de la CGT sindicalista-socialista existente hasta 1935 en lograr una sólida base en el proletariado industrial. Allí, sólo contó con la adhesión plena de sólo tres gremios de incidencia real: gráficos, curtidores y del calzado. Entre los textiles y de la madera, la central tenía pequeñas organizaciones que intentaban rivalizar con las de los comunistas. En algunas industrias claves, como la construcción, la carne y la metalúrgica, a la CGT le resultó imposible conquistar un espacio. En no pocos territorios industriales, los comunistas actuaron sobre tierra casi yerma y se convirtieron en la única voz que convocaba a los trabajadores a la lucha por sus reivindicaciones mínimas (aumentos de salarios, lucha contra los despidos, mejoras en las condiciones laborales) y a la pronta organización (en sindicatos únicos por rama de actividad para potenciar su capacidad de acción); en otros, debieron dirimir fuerzas con distintas tendencias. En ambos casos, la penetración fue posible, no sólo por aquellas disposiciones subjetivas antes enunciadas, sino, también, gracias a esa estructura partidaria celular, clandestina y blindada, verdadera máquina de reclutamiento, acción y organización, que el PC pudo plantar en fábricas, talleres y estructuras sindicales.

 

Nota:

1 Sobre el enfoque del PS argentino en torno al tema, como parte de su estrategia general, ver: José Aricó, La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América Latina, Buenos Aires, Sudamericana, 1999, 65-147.         [ Links ]

2 Para comprender esta problemática en un proceso de larga duración: Ricardo Falcón, Los orígenes del movimiento obrero (1857-1899), Buenos Aires, CEAL, 1984;         [ Links ] María Cristina Tortti, "Estrategia del Partido Socialista. Reformismo político y reformismo sindical", Conflictos y procesos de la historia argentina contemporánea, nº. 34, Buenos Aires, CEAL, 1989.         [ Links ]

3 La fuerte implantación de los anarquistas y los sindicalistas en el movimiento obrero argentino, puede reconstruirse a partir de: Iaacov Oved, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, México, Siglo XXI Editores, 1978;         [ Links ] Edgardo J. Bilsky, La FORA y el movimiento obrero (1900-1910), vols. 1 y 2, Buenos Aires, CEAL, 1985;         [ Links ] Hugo del Campo, Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un vínculo perdurable, Buenos Aires, CLACSO, 1983;         [ Links ] Alejandro Belkin, Sobre los orígenes del sindicalismo revolucionario en Argentina, Buenos Aires, Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, Cuadernos de Trabajo nº. 74.         [ Links ]

4 Una visión general de nuestros aportes en el tema: Hernán Camarero, A la conquista de la clase obrera. Los comunistas y el mundo del trabajo en la Argentina, 1920-1935, Buenos Aires, Siglo XXI Editora Iberoamericana, 2007.         [ Links ]

5 El Trabajador Latino Americano. Revista quincenal de información sindical, Montevideo, año II, nº. 10-11, 31/1/29 a 15/2/29, p. 22.         [ Links ]

6 La Internacional, Buenos Aires, año XIV, nº. 3389, 16/3/32, p. 2.         [ Links ]

7 José Peter, Historia y luchas de los obreros de la carne, Buenos Aires, Anteo, 1947;         [ Links ] Roberto J. Tarditi: "La huelga de 1917 en los frigoríficos de Berisso", PIMSA, Buenos Aires, año VII, nº. 7, 2003, pp. 24-97;         [ Links ] Mirta Z. Lobato, La vida en las fábricas. Trabajo, protesta y política en una comunidad obrera, Berisso (1904-1970), Buenos Aires, Prometeo Libros/Entrepasados, 2001.         [ Links ]

8 El Trabajador Latino Americano, Montevideo, año IV, nº. 46-47, enero/febrero 1932, pp. 3-4 y 17-19.         [ Links ]

9 Rubens Iscaro, Breve historia de la lucha, organización y unidad de los trabajadores de la construcción, Buenos Aires, s/e, 1940;         [ Links ] Pedro Chiarante, Pedro Chiarante, ejemplo de dirigente obrero clasista. Memorias, Buenos Aires, Fundamentos, 1976.         [ Links ]

10 El Obrero de la Construcción. Periódico de la Agrupación Comunista de los Obreros de la Construcción, Buenos Aires, año I, núm. 1, mayo 1929, pp. 3-4;         [ Links ] El Combate. Periódico mensual del PC, Comité Local de Lomas de Zamora, año I, nº. 2, junio 1929, p. 1;         [ Links ] La Internacional, Buenos Aires, año XI, nº. 3293, 18/5/29, p. 3.

11 La Internacional, Buenos Aires, año XVIII, nº. 3441, diciembre 1934, p. 7.         [ Links ]

12 Domingo Varone, La memoria obrera. Testimonios de un militante, Buenos Aires, Cartago, 1989;         [ Links ] Nicolás Iñigo Carrera, "La Alianza Obrera Spartacus", PIMSA, Buenos Aires, año IV, núm. 4, 2000, pp. 97-171;         [ Links ] Juan Rosales, Badaraco, el héroe prohibido. Anarquismo y luchas sociales en tiempos de infamia, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 2001;         [ Links ] Javier Benyo, La Alianza Obrera Spartacus, Buenos Aires, Anarres, 2005.         [ Links ]

13 Entre los textos que abordaron el tema: Rubens Iscaro, Breve historia..., op. cit.; Pedro Chiarante, op. cit.; Celia Durruty, Clase obrera y peronismo. Buenos Aires, Pasado y Presente, 1969;         [ Links ] Nicolás Iñigo Carrera, La estrategia de la clase obrera, 1936, Buenos Aires, La Rosa Blindada-PIMSA, 2000.         [ Links ]

14 La Internacional, Buenos Aires, año X, núm. 3179, 19/3/27, p. 4 y La Internacional,         [ Links ] Buenos Aires, año XI, núm. 3272, 22/12/28, p. 3,         [ Links ] para ver la visión comunista. Bandera Proletaria (órgano de la Unión Sindical Argentina), Buenos Aires, año VI, núm. 322, 2/7/27, p. 3 y Bandera Proletaria,         [ Links ] Buenos Aires, año VII, nº. 375, 23/8/28, p. 4,         [ Links ] para ver la óptica sindicalista.

15 El penelonismo, fue una corriente comunista cuyo principal orientador fue el dirigente del gremio gráfico y concejal de la Ciudad de Buenos Aires José F. Penelón (1891- 1954). "El concejal comunista fundará y liderará en 1928 un partido rival, PC de la Región Argentina (luego "PC de la República Argentina"). Lo acompañan numerosos militantes y dirigentes comunistas, entre ellos figuras como Gottoldo Hummel, Müller, Guillermo Schulze, Domingo Torres, Amadeo Zeme, Ruggiero Rúgilo, Florindo Moretti, Pedro Chiarante, Ricardo Cantoni y Luis Sommi (estos cuatro últimos retornan al PCA posteriormente).

16 Una lista socialista-penelonista-anarquista obtuvo seis cargos para el Consejo Federal, mientras que el Grupo Rojo (PC) consiguió los cinco restantes. La Internacional, Buenos Aires, año XI, nº. 3285, 23/3/29, p. 5.         [ Links ]

17 Torcuato S. Di Tella, "La Unión Obrera Textil, 1930-1945", en T. S. Di Tella (comp.), Sindicatos como los de antes... Buenos Aires, Biblos, 1993, pp. 190-193.         [ Links ]

18 La Internacional, Buenos Aires, año XVII, núm. 3435, 30/10/34, p. 7;         [ Links ] Soviet (revista teórica del PC), Buenos Aires, año II, nº. 11, noviembre 1934, pp. 25-27;         [ Links ] Julio Liberman, La unidad, organización y lucha de los trabajadores del vestido, Buenos Aires, Centro de Estudios, 1980, pp. 11-13.         [ Links ]

19 Organización Gráfica ("Órgano de la Agrupación Gráfica Comunista"), Buenos Aires, año I, nº. 3, julio 1927, pp. 1-3.         [ Links ]

20 El obrero del mueble ("Órgano del Grupo Rojo de la Industria del Mueble"), Buenos Aires, año I, nº. 1, julio 1927.         [ Links ]

21 Revista de Oriente, Buenos Aires, año I, nº. 4, octubre 1925, pp. 12-13.         [ Links ]

22 Manuel S. Fernández, La Unión Ferroviaria a través del tiempo. 25 años al servicio de un ideal, 1922-1947, Buenos Aires, 1947;         [ Links ] Joel Horowitz, "Los trabajadores ferroviarios en la Argentina (1920-1943). La formación de una elite obrera", Desarrollo Económico. Revista de Ciencias Sociales, Buenos Aires, año XXV, nº. 99, octubre-diciembre 1985, pp. 421-446.         [ Links ]

23 Revista de Oriente, Buenos Aires, año I, nº. 6, enero 1926, pp. 25-26. Arturo M. Lozza, Tiempo de huelgas. Los apasionantes relatos del campesino y ferroviario Florindo Moretti sobre aquellas épocas de fundaciones, luchas y serenatas, Buenos Aires, Anteo, 1985.         [ Links ]

24 El municipal rojo ("Órgano mensual del Grupo Rojo de Obreros Municipales"), Buenos Aires, año I, nº. 1, septiembre 1927.         [ Links ]