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Memoria americana

versión On-line ISSN 1851-3751

Mem. am.  n.14 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./dic. 2006

 

ARTÍCULOS

Economía y sistemas de asentamiento aborigen en la cuenca del río Limay

Mabel M. Fernández*

* UNLU, UNLPam, PICT-FONCyT 14171 y PIP-CONICET 5344. E-mail: mabelmfer@yahoo.com.ar

RESUMEN

El presente trabajo es un aporte para el conocimiento, a través del análisis de fuentes escritas, de la diversidad espacio-temporal de los sistemas de asentamiento y subsistencia aborígenes de la cuenca superior y media del río Limay, noroeste patagónico, durante los siglos XVII y XIX. Caracterizamos los sistemas económicos y establecemos su correspondencia con las distintas etnías que, según las fuentes, se hallaban presentes en la zona durante el período en estudio. Además, discutimos algunos problemas relacionados con las asignaciones étnicas y los criterios utilizados para su identificación.

Palabras clave: Etnohistoria; Patagonia; Asentamiento; Subsistencia.

ABSTRACT

The spatial and temporal diversity of the native settlement and subsistence systems in the upper and medium Limay river basin, northwestern Patagonia, is examined through written sources from the 17th and 19th centuries. Whenever possible, the connection between each system and the corresponding ethnic group (identified by its chieftain) is stated, and the nomenclature employed in the sources is mentioned and discussed.

Keywords: Ethnohistory; Patagonia; Settlement; Subsistence.

La historia no tiene temas pequeños ni marginales. En cualquier lugar el quehacer de unos pocos hombres, por remotos y oscuros que parezcan, puede estar lleno de significado y su conocimiento resultar una experiencia enriquecedora (Villalobos 1989: 11).

INTRODUCCIÓN

El objeto de este trabajo es el estudio de las sociedades aborígenes que habitaron un sector del norte de la Patagonia, desde los primeros contactos con los europeos de que tenemos registro (comienzos del siglo XVII) hasta fines del siglo XIX. En esta época, las comunidades indígenas perdieron su independencia a causa de las campañas del ejército nacional. El aspecto que enfatizamos es el uso del espacio, especialmente en lo que se refiere a los sistemas de asentamiento y subsistencia. La región enfocada comprende la cuenca del río Limay, desde su nacimiento en el lago Nahuel Huapi hasta su curso medio (Fig. 1). Si bien hemos delimitado el área de estudio, muchas veces las referencias geográficas rebasarán los límites establecidos debido a la amplia movilidad de los grupos que la habitaron.


Figura 1. Mapa de la cuenca del río Limay.

Para el manejo del cúmulo de datos provenientes de las fuentes documentales se creó una base de datos (Fernández 2003), diseñada en Access 97, compuesta por varios formularios. El más importante es el que permite introducir citas y clasificarlas temáticamente a través de un campo denominado “palabra clave”. El resto de las tablas registran datos como: nombres de caciques (consignando fecha, ubicación y fuente); biografías de cronistas, documentos inéditos, mapas y topónimos. En la base fueron ingresados 1260 registros, en su mayor parte provenientes de fuentes publicadas.

FUENTES

Para su tratamiento, las fuentes se dividieron en tres períodos:

Período 1604-1717: comienza con la expedición de Hernandarias y culmina con la desaparición de las misiones jesuíticas del Nahuel Huapi. Los testimonios más tempranos no son muy abundantes. Para este lapso contamos con las Cartas del Cabildo (publicadas por Levillier en 1915), que reúnen la correspondencia de la Ciudad de Buenos Aires con los Reyes de España en el período comprendido entre 1588 y 1615. En un cuestionario de dieciséis preguntas, realizado por el procurador de la Ciudad de Buenos Aires -Martín de Maruchagase interroga a los testigos acerca de la entrada efectuada por el gobernador Hernando Arias de Saavedra, para descubrir la Ciudad de los Césares, entre 1604 y 1605. Otras fuentes importante son: las relaciones de Gerónimo Luis de Cabrera, hacendado cordobés, y de Juan de Puelles y Aguirre, en su búsqueda de los Césares (Cabrera [ 1620-1621] 2000), contemporáneas de la dejada por el capitán Juan Fernández, descubridor del lago Nahuel Huapi (Schobinger 1958-1959: 110), cuyo derrotero nos llegó a través del Memorial de Don Diego Flores de León (reproducido en Vignati 1939: 238-240). También las obras de los siguientes misioneros jesuitas: Diego de Rosales, quien visitó la zona del Nahuel Huapi en 1653 (1877)1; la carta del Padre Nicolás Mascardi, fundador de la Misión de Nahuel Huapi (Mascardi [ 1670] reproducida por Vignati 1964 y publicada también por Furlong 1995); la del padre Felipe Vander Meer (o Felipe de Laguna), quien se hizo cargo de dicha Misión entre 1703 y 1707, a un padre de la Compañía de Lima; la “Historia de la Compañía de Jesús en Chile”, escrita por Miguel de Olivares (entre 1736 y 1738), donde refiere su viaje a Nahuel Huapi entre los años 1706 y 1707; la obra del padre Antonio Machoni, destacado en las misiones del Paraguay, de Córdoba y en la reducción de indígenas Lules (publicada en 1732 y referida a acontecimientos ubicados en este período); la información proporcionada por otros misioneros enviados desde Chile a la zona del Nahuel Huapi, recopilada por Guillermo Furlong (1943) y las fuentes reunidas por Vignati (1939).

Período 1718-1794: abarca el lapso que media entre el abandono de las misiones jesuíticas y la llegada de los franciscanos al Nahuel Huapi (después de la expulsión de los jesuitas, ocurrida entre 1767 y 1768). Este período comprende el segundo intento de evangelización jesuítica, en forma de misiones circulares, y las entradas al interior del territorio provenientes del Atlántico. Entre las fuentes existentes para este período se cuenta con el testimonio de Bernardo Havestadt, misionero jesuita procedente de Chile, quien realizó un viaje entre 1751 y 1752 con el objeto de tomar contacto con los pehuenches de las pampas, al otro lado de la cordillera (Havestadt [ 1751-1752] 1930). Cabe aclarar que en su recorrido no pasó por la cuenca del río Limay. Utilizaremos, además, el relato de Basilio Villarino, piloto comisionado por Francisco de Viedma para reconocer el río Negro (Villarino [ 1782] 1972), y las crónicas de los viajes efectuados, entre 1791 y 1794, por Francisco Menéndez, misionero franciscano proveniente de Chile y encargado de reconocer la zona aledaña al Nahuel Huapi después de la expulsión de los jesuitas (Menéndez [ 1791-1794] 1896).

Período 1795-1881: abarca las expediciones realizadas desde ambas vertientes de la cordillera, mayormente con fines exploratorios. El límite más reciente es el año de la campaña militar del Gral. Conrado Villegas. Para la primera mitad del siglo XIX contamos con el relato del itinerario seguido por Luis de la Cruz , desde Concepción hasta Buenos Aires, quien toma contacto con los pehuenches y los ranquilinos (Cruz [ 1806] 1969). En cuanto a la segunda mitad del siglo, las fuentes son más abundantes: los viajes de Guillermo Cox (1863), expedicionario chileno que ambicionaba hallar una vía que permitiera la fácil comunicación de la región de Llanquihue con “Chile Oriental o Patagonia” y provincias argentinas (Biedma 1987: 95-99); el de Jorge Claraz, explorador suizo que recorrió la zona norpatagónica llegando hasta Chubut, a través del camino del centro; es decir, la ruta de Valcheta-río Chubut Medio (Claraz [ 1865-1866] 1988); el que llevara a cabo George Musters ([ 1869-1870] 1964) desde la Isla Pavón hasta Carmen de Patagones acompañando a una partida de tehuelches meridionales que se dirigían a cobrar las raciones del gobierno argentino y a realizar un importante parlamento; el de Mariano Bejarano, Sargento Mayor comisionado por orden del Ministro de Guerra y Marina de la República para llegar a las Manzanas partiendo de Carmen de Patagonesy conferenciar con las tribus de Saihueque y Ranquecurá (Bejarano 1873) y, finalmente, los que llevara adelante Francisco P. Moreno, primer naturalista que llegó desde el Atlántico hasta los lagos del sur. En 1875 parte de Carmen de Patagones y alcanza Las Manzanas (Moreno, F. [ 1875] 1969), en 1879 realiza un segundo viaje utilizando el camino de Valcheta y llega al Chubut, desde donde se dirige nuevamente a Las Manzanas. Parte de los relatos de sus viajes nos han llegado a través de una publicación realizada por su hijo (Moreno, E. 1979). El País de las Manzanas se ubicaba en el valle del Collón Curá, desde el Volcán Lanín y el lago Huechulafquen hasta la confluencia con el río Limay.

LOS GRUPOS ÉTNICOS A TRAVÉS DE LAS FUENTES Y DE LOS ESTUDIOS ETNOGRÁFICOS

Puelches, Poyas, Tehuelches y Pampas

Para el área del Nahuel Huapi, la primera fuente con la que contamos es la narración del viaje del capitán Juan Fernández ([ 1620] en Vignati 1939: 238-240). En dicho documento se mencionan aborígenes puelches, cercanos al lago Nahuel Huapi, y confinando con estos “una nación muy belicosa y corpulenta, cuyos indios llaman poyas” y, finalmente, indios de “tierra adentro” que “tenían las narices horadadas como los del Perú” (Fernández [ 1620] en Vignati 1939: 239). Cabe señalar que el vocablo puelche, que significa “gente del este”, no designa una entidad aborigen determinada como lo apuntara tempranamente Olivares ([ 1706-1707] 1874: 511) y lo ratificara Vignati (1964: 506-507).

En un documento posterior del jesuita Nicolás Mascardi vuelven a aparecer las mismas denominaciones para los aborígenes de las inmediaciones del Nahuel Huapi (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964 y Furlong 1995). Pero el panorama étnico aparece más complejo ya que menciona distintas parcialidades puelches y poyas. Entre las primeras distingue: “puelches que habitaban la isla grande del Nahuel Huapi y la región boreal del lago”, de lengua puelche; y “puelches del norte” que ocupaban la margen homónima del Desaguadero (Limay)2 y hablaban las lenguas veliche o huilliche y la poya. En cuanto a las parcialidades poyas, ubica a los “Poyas comarcanos de la laguna” en su costa sur llegando, por el norte, hasta la margen austral del Desaguadero y les atribuye una lengua propia (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 496). Más adelante declara que, habiéndose trasladado a tierras del cacique poya Cichuelquian: “hallé juntos los poyas comarcanos y, el día siguiente, vinieron con grande acompañamiento de gente de a caballo siete principales caciques de poyas del sur, que viven arrimados a la cordillera y son los más bárbaros” (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 497). Además, según le manifestaron los mismos aborígenes, Poyas comarcanos de la laguna y Poyas del sur eran enemigos (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 498).

Cuando Mascardi preguntó a los Poyas del sur por el origen de los adornos que lucían sus cabalgaduras, estos le respondieron que “los habían buscado entre los Poyas, que viven el río abajo del Desaguadero” (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 497). Evidentemente no hacían referencia a los Poyas comarcanos del Nahuel Huapi, con los que mantenían una larga enemistad, sino a grupos que, según la referencia citada, se encontrarían cercanos al curso inferior del río Negro. Finalmente, hace mención de unos “Poyas más lejanos”o “Poyas orientales” con los que se entrevistó:

Al cabo de dos meses vinieron a verme unos veinte caciques y principales Poyas de la parte principal de estas pampas, y muchos de ellos, que nunca se habían visto por acá entre los Poyas en ninguna junta, por ser de tierras muy lejanas, más de cien leguas3 y cercanas a la mar del Norte y costa de Buenos Aires (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 498).

A los ojos del misionero estos poyas actuaban como intermediarios en el intercambio de bienes entre puelches y poyas comarcanos y los españoles que habitaban la perdida ciudad de los Césares. Además agrega “[ …] aunque entienden la lengua poya general, no la hablan, y hablan otra muy diferente que, por ser muy llana y sin guturales, dicen estos Poyas fronterizos que hablan lengua española” (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 498-499).

El Padre Felipe Vander Meer hace referencia, en carta fechada en 1704, a “Puelches y Poyos” enemistados entre sí (1946: 14-15). Para 1729, Gerónimo Pietas4 menciona, aborígenes “Pouyas y Guilipoyas”, los primeros ubicados al sur y sureste en el Nahuel Huapi (coincidiendo con la posición que registrara Mascardi en 1670) y los segundos desde el río Negro hasta un límite incierto que, si se toman las 100 leguas a las que hace mención el autor, llegaría un poco más al sur de los 44º (Vignati 1939: 216).

Según Miguel de Olivares, “tambien a los poyas los llaman puelches; i es de saber, que no hai nacion que se llame puelche i se tenga por tal; porque puelche quiere decir gente de mas allá, de tierra adentro, jente de allende” ([ 1706-1707] 1874: 511). Sin embargo, en 1702, el mismo autor menciona que: “estando [ el Padre Felipe Vander Meer] en las islas de Calbuco, llegaron allí unos indios puelches de nacion, confinantes con los poyas, i dijéronle como eran naturales de la provincia de Nahuel Huapi”. Además, cuando el Padre Vander Meer llega a la Misión de Nahuel Huapi hacia 1703, Olivares refiere que los aborígenes hablaban “lengua puelche, mui diferente de la de Chile, aunque también la entienden y la hablan”, y diferencia claramente la pertenencia étnica de los aborígenes que hospedaron al Padre a su llegada a la misión: “dos puelches llamados Canicura i el segundo Huepu, el otro poya llamado Maledica” (Olivares [ 1706-1707] 1874: 507). Más adelante afirma: “por estas cordilleras que corren al sur, hai diversas naciones de indios, que todos tienen su idioma particular, aunque todos entienden la lengua poya, que es mui jeneral a todos estos indios”. Según este testimonio, entendemos que, a comienzos del siglo XVIII perdura la diversidad étnica y lingüística, en el área del Nahuel Huapi, pero la lengua poya habría adquirido un uso generalizado.

Para fines del siglo XVIII, las fuentes ya no mencionan indios poyas para la zona del Nahuel Huapi. El padre Menéndez, en su segundo viaje a dicho lago (1791-1792), se refiere a unos indios “Pogyas”, antiguos habitantes de la región que “se han acabado unos con otros en guerra”, aunque quedarían unos pocos más al sur (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 319).

Vignati, rectificando una opinión anterior (1939: 238), asimila a los poyas con los gününa-küne; a los puelches del Nahuel Huapi, con los chiquillames y a los puelches de habla veliche con los pampa-millcayac (Vignati 1964: 510). En cuanto a los poyas más cercanos a Buenos Aires que menciona Mascardi -y que hablaban una lengua diferente-, los identifica con los pampaallentiac o taluhet de Falkner (Vignati 1964: 515).

Uno de los investigadores que se ha ocupado de la identificación étnica de los aborígenes de la Patagonia es Rodolfo Casamiquela. A lo largo de muchos años, y a través de varios trabajos ha venido sosteniendo la unidad lingüística y racial de los grupos que habitaron el área pampeano-patagónica (Casamiquela 1965, 1969; Casamiquela y Moldes 1980: 25-44). Una síntesis de sus puntos de vista puede verse en Nacuzzi (1998, cap. 2). Según Casamiquela (1965), la zona en estudio estuvo habitada, por lo menos desde el siglo XVII, por tehuelches septentrionales; los poyas serían, a su entender, tehuelches septentrionales australes, parcialidad chehuache-kenk. Opinión similar sostuvieron Nacuzzi y Boschín (1977: 5-6) respecto de los poyas cordilleranos y los de Tuca Malal (poyas del sur y poyas comarcanos de Mascardi, respectivamente), especialmente por el uso de la lengua poya que Casamiquela identificó como guénena iájitch5, lengua de los tehuelches septentrionales. En cuanto a los poyas orientales, los consideran tehuelches meridionales, teniendo en cuenta que hablaban una lengua diferente y practicaban el comercio gracias a su ruta normal por la costa patagónica hacia el norte. Con referencia a los puelches (tanto los mencionados por Fernández como los que registra Mascardi en el Nahuel Huapi) representan, para las autoras, el “más temprano poblamiento araucano” para el triángulo formado por la cordillera y los ríos Limay y Neuquén. Su argumentación se basa en que estas parcialidades hablaban una lengua distinta de la tehuelche septentrional y la meridional y en la afirmación de Casamiquela, quien supone que la lengua veliche (utilizada por los puelches del norte del Nahuel Huapi) es una posible forma dialectal araucana (Nacuzzi y Boschín 1977: 4-5). Sin embargo, cabe citar que en 1621, Cabrera, afirma que los puelches del valle de Chillen6 hablaban la “lengua general caguane de las pampas de Buenos Aires y también de la de chile” ([ 1620-1621] 2000: 107).

Otra opinión sostiene Varela (1996: 229) para quien poyas y puelches serían tehuelches septentrionales que, en el siglo XIX pasarían a conformar la etnía Manzanera, de raigambre tehuelche septentrional pero con influencia araucana.

En cuanto al término pampas, en el siglo XVIII es mencionado frecuentemente para designar poblaciones ubicadas entre el río Negro y el Chubut (Cox 1863, Claraz [ 1865-1866] 1988, Musters [ 1869-1870] 1964), aunque sus territorios habrían abarcado -con anterioridadel sur de la provincia de Buenos Aires (Claraz [ 1865-1866] 1988: 52; Moreno, F. [ 1875] 1979: 83). Cox los identifica con los tehuelches del norte: “Los indios Pampas o Tehuelches del Norte, principian desde el rio Limai, en donde viven mezclados con los Hulli-pehuenches i alcanzan al sur hasta el rio Chupat.” (1863: 165). Según Harrington, estos “Pampas o Tehuelches del Norte” serían “Gününa Küne, con absoluta seguridad”, y Cox “no logró averiguar el gentilicio [ Gününa Küne] que se aplican los indios a sí mismos, por su corta estada en Neuquén y la azarosa condición en que tomó sus apuntes”. En tanto que “Moreno se vale de las expresiones ‘Pampas verdaderos’ y ‘Tehuelches del Norte’, aunque prefiere ‘Gennaken’” (Harrington 1946: 244). Musters, por su parte, distingue tres parcialidades: “los tehuelches, o patagones propiamente dichos”, divididas en septentrionales (entre la cordillera y el mar, desde el río Negro hasta el Chubut) y meridionales (al sur del Santa Cruz); los “Pampas” (desde el río Negro hasta el Chubut), “que habla[ n] en lengua diferente y cuyo cuartel general está en las Salinas, al norte de Río Negro” y, finalmente, “una los araucanos de Chile”, “la que los tehuelches llaman los Chenna, y también los Guerreros; y se la conoce asimismo como ‘los Manzaneros’” ([ 1869-1870] 1964: 128). Más adelante, refiere un encuentro producido en la localidad de Henno:

Los recién llegados [ indios del Chubut] eran unos setenta u ochenta hombres, con mujeres y criaturas, y ocupaban unos veinte toldos. En su mayor parte eran jóvenes de sangre pampa, o pampa y tehuelches mezcladas, pero había también en sus filas unos cuantos tehuelches puros; el jefe era un pampa llamado Jackechan, o Juan (Musters [ 1869-1870] 1964: 184-185).

En esa reunión se menciona la partida de Orkeke compuesta de tehuelches meridionales y septentrionales, “indios del norte” (tehuelches del norte, del río Negro al Sengel) del cacique Hinchel, e “indios del Chubut”, del cacique Jackechan (pampas, tehuelches mezclados con pampas y tehuelches), que ocupaban el mismo radio de acción que Hinchel pero se mantenían más cerca de la costa y frecuentaban la colonia galesa del Chubut

(Musters [ 1869-1870] 1964: 185). Moreno, distingue “tres razas distintas indias que habitan esta región [ río Negro] : los Tehuelches, los Manzaneros que hablan araucano y los famosos Pampas, en cuya existencia no creía nadie; ni yo tampoco”. Estos últimos se autodenominaban “Gennaken” y su territorio llegaba, antiguamente, hasta la Sierra de la Ventana (Moreno, E. 1979: 83).

Pehuenches

Como sucede con los puelches, el término “Pehuenche” hace referencia a poblaciones diversas, ubicadas desde la zona cordillerana del Neuquén hasta el sur de Mendoza que, además, habrían sufrido cambios significativos, especialmente entre los siglos XVII y XVIII. Para este último siglo, se había producido “[ …] un importante mestizaje con grupos étnicos situados en el occidente cordillerano y probablemente con tribus de la región extra andina del este” y “habían abandonado su lengua a causa de la adopción del mapudungún o lengua de Chile” (Varela et. al 1997: 78 y 80).

Casamiquela supone que estas parcialidades habrían sufrido influencias tehuelches primero (Casamiquela, en Claraz 1988: 20) y araucanas después (Casamiquela 1965: 35; 1969: 129). En fecha tan temprana como 1621, la relación de Cabrera menciona, la presencia de aborígenes chilenos asentados en el valle de Cutan -posiblemente valle del río Aluminé(Cabrera [ 1620-1621] 2000: 109 y 149).

Olivares señala que para llegar a Valdivia desde Nahuel Huapi era necesario pasar por “los indios pehuenches, que con el agasajo se vencía” ([ 1706-1707] 1874: 509), lo que muestra la importancia del control de los pasos cordilleranos (Biset y Varela 1991: 2; Varela et. al 1997: 81-82).

Estos grupos pehuenches habrían ido avanzando no solo hacia el norte (Varela et. al. 1997: 78-79) sino también hacia el este hasta ocupar la zona del Caleufú-Limay, donde los encuentra Cox en 1863 (164-165). Este avance fue anteriormente registrado por Menéndez quien ([ 1791-1794] 1896: 309), en su segundo viaje a la zona del Nahuel Huapi (1791-1792), afirma que los puelches le pidieron auxilio ante las presiones que estaban sufriendo por parte de unos “Picunauca o Aucapicun”, quienes “les vienen quitando sus tierras”, problema que se reitera en su tercer viaje, en 1793 (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 363).

Mapuches, Araucanos o Aucas

El otro grupo mencionado por las fuentes es el de los de aborígenes procedentes de Chile, denominados mapuches, araucanos o aucas. Es de suma importancia el temprano testimonio de Cabrera quien encuentra, en el valle de Cutan, poblaciones lingüística y culturalmente araucanas (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 109). Por su parte, Casamiquela ubica a comienzos del siglo XVII el avance de las primeras influencias araucanas hacia la zona sur del Neuquén y oeste de Río Negro, en forma de “difusión” pacífica y la posterior radicación de las primeras tribus chilenas en el sur del Neuquén (Casamiquela 1969: 128-129). Nacuzzi y Boschín plantean igual cronología que Casamiquela para el más temprano poblamiento araucano, localizado en el área comprendida entre los ríos Neuquén, Limay y la cordillera, representado por “comunidades pequeñas en un entorno netamente tehuelche” (Nacuzzi y Boschín 1977: 5). Según Varela (1996), están presentes en la Patagonia noroccidental (especialmente sur de Neuquén, cerca de la cordillera) desde la segunda mitad del siglo XVIII.

Estos indígenas fueron atraídos por el ganado de las pampas y establecieron tráfico con la zona de Valdivia (Villarino [ 1782] 1972: 1016). Las relaciones con las etnías locales adoptaron formas diversas: casamientos, alianzas, comercio, intercambio, hostilidades, etc. Las diferencias en los sistemas de subsistencia-asentamiento -tanto en la forma de producción como en el tamaño-, vinculadas con las condiciones ecológicas particulares de cada zona, propiciaron el intercambio, y llevaron a una complementariedad entre los distintos grupos. Para fines del siglo XVIII, la lenguaraza María López informa a Villarino sobre el intercambio de piñones que hacían con algunos “Aucaces” a cambio de pieles y otras cosas que los aucas no tenían (Villarino [ 1782] 1972: 1084).

Algunos criterios de identificación étnica

No es nuestro propósito discutir aquí sobre la validez y vigencia de los criterios utilizados por las fuentes en las identificaciones étnicas, sino explicitarlos y mostrar las convergencias o divergencias de dichas asignaciones, según los distintos autores. Sin embargo, tomaremos en cuenta la autoadscripción y la adscripción por otros (Abramoff 2001: 159), dada la importancia que estos criterios revelan.

Cronistas y viajeros utilizaron frecuentemente la lengua para diferenciar los grupos con los que entraban en contacto7. Es importante la mención de Cabrera sobre la utilización del “caguane”, de uso “general en la pampas de Buenos Aires”, por parte de los indígenas del río Colorado (Turbio) ([ 1620-1621] 2000: 97) y de los “puelches” de Chillen hacia comienzos del siglo XVII ([ 1620-1621] 2000: 107). Esta fuente da sustento a la posición de Casamiquela (1965 y 1969), quien ha sostenido el uso general del gününaiájech en las pampas. Ya nos hemos referido a las diferentes parcialidades identificadas por los jesuitas que llegaron a la zona del Nahuel Huapi, haciendo uso -aunque no exclusivamentede aquel criterio.

Las fuentes datadas en los siglos XVIII y XIX también se sirven de la lengua para diferenciar a los distintos grupos aborígenes (Havestadt [ 1752] 1930: 222; Menéndez [ 1791-1794] 1896: 319; Cox 1863: 94, 164-165; Musters [ 1869-1870] 1964: 127-128), aunque además se refieren al aspecto físico y a la organización económica (Cox 1863: 166). Señalan el nomadismo de los tehuelches y los distancian de los pehuenches, quienes son más sedentarios y tienen producción de alimentos (Cox 1863: 164-65; Musters [ 1869-1870] 1964: 128). Mencionan, en forma general, la existencia de una “lengua propia” y la de “Chile”. En algunos casos se cita, además, una tercera lengua “ruda”, la de los tehuelches del sur (Cox 1863: 150; Musters [ 1869-1870] 1964: 185, 258, 320-321; Claraz [ 1865-1866] 1988: 38). El uso simultáneo de las dos primeras lenguas muestra una fluida relación entre los grupos tehuelches septentrionales y los “Aucas” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 107 y 149; Vida Apostólica..., en Furlong8 1943: 45; Rosales, en Furlong 1943: 35; Furlong 1943: 101; Havestadt [ 1751-1752] 1930: 222; Zúñiga, en Villalobos 1989: 54; Menéndez [ 1791-1794] 1896: 319; Cox 1863: 94 y150; Musters [ 1869-1870] 1964: 269, 320-321). Los contactos entre araucanos y tehuelches meridionales parecen haber sido menos frecuentes. Ejemplo de ello es la mención que hace Menéndez del “Capitán del Sur”, quien necesitó de un intérprete para comunicarse con el sacerdote ya que “No habla la lengua general de chile” ([ 1791-1794] 1896: 364).

De este modo, el panorama étnico para la segunda mitad del siglo XIX parece haber sido muy complejo. Así lo notó Cox cuando visitó a los aborígenes del Caleufú:

Es mui dificil hacer categorías separadas por razas de los indios que viven desde la cordillera hasta el Atlántico i desde los 35º de latitud hasta el cabo de Hornos. Como los indios son mui errantes i viven en la compañía de los caciques que mas les agrada, la homojeneidad de raza ha desaparecido. Para dar un ejemplo de esto: hablaremos de los que vivian en los toldos del Caleufu: Huincahual y Antileghen eran Pehuenches, Incayal su hijo había nacido de una madre pampa; Agustin i Jacinto eran Tehuelches, i el moceton mordido por los perros, era de origen Huaicurú, tribu que habita cerca de Magallanes (1863: 164).

El territorio es otro de los rasgos utilizados para la identificación de grupos étnicos. La asociación del grupo con su territorio (Villalobos 1989: 179) está ampliamente documentada en las fuentes. Son frecuentes las menciones de permisos de tránsito (Furlong 1943: 80-81; Havestadt [ 1751-1752] 1930: 233 y 239; Menéndez [ 1791-1794] 1896: 381-382; Cruz [ 1806] 1969: 214; Cox 1863: 84-85), itinerarios establecidos (Cox 1863: 165-166; Musters [ 1869-1870] 1964: 87, 182-184; Villalobos 1989: 179), explotación de recursos (Rosales 1877, t.I: 197; Cardiel [ 1748] , en Furlong 1943: 139; Musters [ 1869-1870] 1964: 185), derecho sobre territorios (Claraz [ 1865-1866] 1988: 40) y alianzas (Musters [ 1869-1870] 1964: 290). Un ejemplo de la importancia del territorio puede observarse en el caso del cacique Manquel, jefe de los Pehuenches del Neuquén hacia fines del siglo XVIII, quien tenía bajo su autoridad a varios caciques menores y capitanejos. Nacido de padre Huilliche (pues sus antepasados por esta línea, todos nacieron en los pinales de Cunquitra), enemigos de los Pehuenches, y madre Pehuenche “nació él pehuenche, cuando por el orden natural debía haber sido huilliche, pues las tierras llaman a los varones, y no a las mujeres” (Cruz [ 1806] 1969: 89-90), lo que le valió plena aceptación ya que llegó a ser jefe principal de los Pehuenches. Según Villalobos, esto confirma “el dominio privativo sobre un territorio y su transmisión por herencia” (1989: 192).

La autoadscripción, esto es, la forma en que los propios aborígenes se reconocían y distinguían a otros grupos, aparece menos frecuentemente en las fuentes analizadas, aunque no falta del todo. Citaremos algunos ejemplos: Pascuala, esposa principal del cacique Paillacán, se reconoce a sí misma como “Tehuelche” y a su marido como “Pehuenche”9 (Cox 1863: 91). Musters apunta que los tehuelches llamaban “Penck” a los Pampas y “Chenna” a los Manzaneros ([ 1869-1870] 1964: 128). Cuando el viajero llega al paraje denominado Trinita (Treneta), camino de Patagones, observa dos grupos de toldos. El cacique Jackechan le explica “que los primeros toldos eran de los indios pampas al mando de Teneforo y de Champayo, [ …] ; sus indios eran pampas puros y frecuentemente se les llama Kerekinches [ Quirquinchos] , o armadillos [ ...] Los toldos restantes pertenecían a los indios que estaban al mando de Antonio y Patricio, partida compuesta de tehuelches y de pampas mezclados” (Musters [ 1869-1870] 1964: 353-355).

En este trabajo utilizaremos las denominaciones que aparecen en las fuentes, ya que los temas que nos ocupan son la economía y los sistemas de asentamiento. No obstante, rescatamos las observaciones realizadas por Nacuzzi y su concepto de “identidades impuestas” (1998: 237) como reconocimiento de la existencia de un gran problema, no solo terminológico sino conceptual, en la definición de identidades étnicas para el norte patagónico.

GRUPOS ÉTNICOS Y SISTEMAS DE ASENTAMIENTO

Sin caer en un determinismo ambiental, existen ciertos factores que influyen en los sistemas de asentamiento: “Caza, pasto, agua y leña -como ya hemos apuntadoeran los cuatro elementos que decidían el trazado de las veredas en Musters [ 1869-1870] 1964: 163, Nota 8).

Los distintos paraderos solían tener nombres que hacían referencia a alguno de estos factores. Según Nacuzzi (1991: 114), un 30 % de los topónimos que recoge Casamiquela en la Toponimia indígena del Chubut hacen referencia a diversos recursos (vegetales, animales o minerales).

Esto habla, además, de un profundo conocimiento del territorio y de sus posibilidades.

Pasaremos ahora a exponer para cada período, los tipos de asentamiento, la economía y la etnía asociada según las fuentes arriba mencionadas.

Período 1604-1716

Las fuentes más tempranas son las Cartas del Cabildo (Levillier 1915), arriba mencionadas que refieren la entrada efectuada por el gobernador Hernando Arias de Saavedra entre 1604 y 1605.

Uno de los declarantes fue fray Graviel de la Anunciaçión, de la orden de San Francisco, quien dijo haber participado de la jornada y que Hernandarias topó con unos indios “mayores que los ordinarios”. Los acompañó tierra adentro pero decidió regresar al ver que la tierra: “Hera falta de caça y mantinimientos y mientras mas adentro peor”. El recorrido que hizo, desde el puerto de Buenos Aires hasta encontrarse con los aborígenes, fue de unas 250 leguas.

El segundo testigo fue Don Pedro Manrique de Mendoça, arcediano de la catedral del obispado de Buenos Aires y Vicario general de la expedición. Su declaración, más precisa, señala que algunos indios que estaban junto al río Turbio (río Colorado) le dieron referencias sobre otros grupos ubicados a jornada y media. Siguiendo la marcha llegaron a un río “mayor y mejor que aquel” (río Negro) que no pudieron vadear, donde “hallaron yndios grandes de cuerpo pobres cubiertos con pellejos y sus casas de rramas de sauces y se sustentavan de frutas silbestres y alguna caça por ser la tierra Esteril y falta de mantinimientos” (Levillier 1915, t.I: 156). Estos indios dieron noticias sobre “yndios bestidos y señalaban hacia la cordillera de chile”. Hernandarias siguió el curso del río Negro, en dirección a la cordillera pero al no encontrar indicio de tales gentes decidió regresar.

A partir de la lectura de esta fuente podemos deducir que los aborígenes que encontraron se hallaban en los cursos de los principales ríos: el Colorado y el Negro. Como detalle, el primero de los testigos señala que ese año hubo poca agua y es de prever, por lo tanto, que muchas de las aguadas situadas en interfluvios estuvieran secas o con escasa agua. Por su “tamaño”, vestimenta y localización los aborígenes que encontraron serían los denominados pampas o tehuelches septentrionales o del norte en las fuentes. El apelativo de “pobres” y la mención de que se sustentaban de la recolección y la caza, apunta a grupos cazadores-recolectores. Como base del sustento se menciona primero la recolección y, subsidiariamente, “alguna caça” aunque esto puede deberse a que el cronista observó en un momento determinado y no una constante en las pautas de subsistencia de estos grupos.

Otro detalle peculiar es el uso de “casas de rramas de sauces”. Es la única fuente, de las analizadas para este período, que menciona este tipo de viviendas. Por lo general se utilizaba el toldo. Tal vez esto se relacione con la estación. La expedición partió en noviembre, por lo que suponemos que el encuentro con estos indios debió haber ocurrido hacia fines de primavera o comienzos del verano. El informante no menciona al número de individuos ni la composición del grupo pero es probable que se trate de alguna partida de caza que, aprovechando la madera de los sauces del río Negro, haya improvisado esas casas de ramas10. Alternativamente, puede que se trate de otro tipo de vivienda contemporánea al toldo o tal vez más antigua pero su utilización se vería limitada a la disponibilidad de maderas recurso escaso fuera de los sauces del río Negro y, por supuesto, de los bosques cordilleranos.

En cuanto a la lengua no hay menciones concretas. La única referencia es que para comunicarse usaron intérprete (Levillier 1915, t.I: 156). Sabemos, por la jornada de Cabrera, que hacia 1620 había en las pampas de Buenos Aires una lengua de uso general (llamada “caguane”) y que, además, era hablada por los indios del río Colorado y por los “puelches” cercanos a la cordillera. No es disparatado pensar que una expedición que partió de Buenos Aires llevase intérpretes o baqueanos conocedores de la lengua de las pampas; por lo tanto, podría conjeturarse que los indios que encontró Hernandarias conocían esta lengua.

Entre 1620 y 1621 el hacendado Gerónimo Luis de Cabrera, quien había participado en la expedición de Hernandarias, emprendió una nueva entrada en busca de los Césares su relación fue escrita hacia 1625 sobre la base de las notas tomadas por el sargento mayor Pedro Pérez, enmendada y aprobada por el mismo Cabrera (Cabrera [ 1620-1621] 2000). Una segunda relación, contemporánea y del mismo viaje, lleva la rúbrica de Juan de Puelles y Aguirre, clérigo presbítero que acompañó a Cabrera en carácter de capellán y vicario. Los expedicionarios habrían salido de las inmediaciones de Río Cuarto, atravesaron la provincia de La Pampa, cruzaron el río Colorado y alcanzaron el río Negro aproximadamente entre Chelforó y Chichinales. Después de vadear el río Neuquén siguieron la margen izquierda del río Limay hasta el Picún Leufú. Tomaron rumbo hacia la cordillera -pero nunca la cruzaron-, atravesaron el cordón montañoso de Catán Lil y llegaron al valle de Cutan (valle del río Aluminé)11.

Durante este itinerario se mencionan los siguientes grupos:

Los aborígenes pobres (seguramente, cazadores-recolectores) del río Turbio (Colorado) que eran “puelches” y hablaban “su propia lengua caguane” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 97). Según Crivelli se trataría del gününa-iájech o tehuelche septentrional (en Cabrera [ 1620-1621] 2000: 9).

Cuando remontan el Limay, después de cruzar el río Neuquén, se encuentran con los indios del cacique Querayan o Quecuarayan que habitaban la margen derecha de aquel río (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 102). No hay precisiones sobre este grupo pero se desprende del texto que conocían y mantenía relación con “gente vestida y lavradora”. La llegada de Ysacasayan, otro cacique cuñado del anterior, al que le traía piñones como presente indica la existencia de intercambios con los grupos cordilleranos (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 103).

Remontando el arroyo Picún-Leufú, unas once leguas río arriba de su desembocadura en el Limay, encontraron un grupo de indios “puelches” que se ofrecieron para servir de guía a los expedicionarios. Esta gente hablaba la lengua de Chile (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 105).

La gente del cacique Chillen o Chilen “es puelche” (tehuelches septentrionales) y “todos hablan la lengua general caguane de las pampas de Buenos Aires y también de la de chile”. Cultivaban trigo, cebada y maíz, hortalizas y papas -las semillas que utilizaban las traían, en parte, del valle de Cutan-, tenían “carneros de la tierra” (hueques), ovejas del Viejo Mundo y “estaban vestidos” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 107). Sus viviendas están descriptas como “casas” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 115) en lugar de los tradicionales toldos, lo que habla, junto con la producción agrícola-pastoril, de sedentarismo, al menos estacional.

Ahora bien, según la relación de puelles y Aguirre estos indios habrían venido de la Araucanía: “por la lengua que era la de chile descubrieron que los indios eran de dicho reino y fueron pasando por cordilleras nevadas con grandes frios hasta llegar al dicho valle de Chilen que es el nombre del Cacique principal” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 148).

Es evidente la importancia que los cronistas adjudicaban a la lengua como criterio de identificación étnica. A diferencia del caso anterior, no hay alusión al uso del caguane. Es posible que se tratara de Puelches que habían adoptado la práctica agrícola de sus vecinos y hablaban también la lengua de Chile.

Los aborígenes del valle de Cutan eran lingüística, cultural y políticamente araucanos, por eso dice Cabrera que estuvo “en el corazón de la guerra de Chile” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 109), a pesar de no haber salido del actual territorio argentino. Tengamos en cuenta que el límite entre Chile y Argentina se establece con la formación de los estados-nación y que la cordillera no era una frontera infranqueable. Estos grupos eran agricultores, poseían silos y una impresionante caballada. Además, estaban “vestidos” y “con cabellos muy bien peinados” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 110-111). Se encontraban en una región donde había pinares y frutillares cuyos frutos, especialmente el piñón, eran recolectados para su consumo y para el intercambio (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 103). Llegan primero a un “rancho de indios” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 109) donde pernoctan y al día siguiente toman contacto con el cacique Cutan y su gente: “que nos recibieron y agasajaron en cuatro casas que allí havia que esta gente como es de la guerra de aquel reino viven con esta division” (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 110). Cabrera adjudica este sistema de asentamiento disperso a cuestiones de estrategia defensiva, a lo que podríamos agregar razones de explotación de recursos. Adicionalmente, y para épocas posteriores (s. XVII), podemos señalar una cierta resistencia de estos grupos a vivir en poblados. En 1765, una iniciativa de reunir a los pehuenches en pueblos fracasó, mientras que un proyecto similar produjo el alzamiento araucano de 1766 (Villalobos 1989: 118).

Para la zona del Nahuel Huapi, Juan Fernández menciona indios puelches, que “se sustentaban de caza y de algunas legumbres de la tierra diferentes de las del reino de Chile”12, y poyas, que hablan una lengua distinta. Los aborígenes del Limay se vestían con pieles -de guanaco y de ñandúy poseían caballos y perros de caza ([ 1621] en Viganti 1939: 238-239).

Los testigos de la segunda mitad del siglo XVII y comienzos del XVIII vinieron de Chile y se refirieron, mayormente, a la zona del Nahuel Huapi donde se radicaron los primeros misioneros jesuitas.

Los grupos mencionados por Mascardi en su carta-relación de 1670 son poyas y puelches. Los primeros eran cazadores-recolectores y usaban arco y flecha y boleadoras, vivían en toldos de cueros de guanaco que trasladaban durante sus cacerías (Mascardi [ 1670] en Vignati 1964: 500; Machoni, Vidaurre13 y Vida apostólica..., en Furlong 1943: 24 y 75) y solían asentarse cerca de los cursos de agua, ya que había grandes zonas sin ella en sus territorios (Pietas, en Furlong 1943: 25). Más tarde adoptaron el cuero de vaca, en lugar del de guanaco, para la construcción de sus toldos, (Vignati 1939: 225-226; Fernández y Crivelli Montero MS).

Los puelches compartían con los poyas un sistema de asentamientosubsistencia similar. Vivían en toldos móviles, vestían con cueros de guanaco y practicaban la caza como modo de apropiación de recursos. En su discurso, reproducido por el padre Diego de Rosales14, el cacique Malopara15 expresa: “nuestra habitación es el campo, nuestras viviendas unas casas de pellejos, ó unas cuevas” (Rosales [ 1673] 1877, t.3: 436-7). Su testimonio también es importante desde el punto de vista lingüístico, pues lo realiza en dos lenguas “en lengua de Chile, respondiéndome a mí y al cacique Catinaquel; y luego en lengua puelche, para que entendiesen lo que nosotros y él habíamos dicho los que no sabían la lengua de Chile, sino la puelche, que es en todo diferente” (Rosales [ 1673] 1877, t.3: 435-6).

Para la primera mitad del siglo XVIII aún encontramos poyas y puelches en la zona del Nahuel Huapi. A la muerte de Mascardi, el padre Philippe Van den Meren, también conocido como Felipe de la Laguna, se hizo cargo de la misión en 1703. Poyas y puelches lo “trataron lo mejor que fue posible a su corteza y pobreza” y lo hospedaron en un toldo hecho con cueros de vaca y de caballo ubicado en la margen boreal del lago (Furlong 1943: 90). Esto sugiere que los aborígenes del Nahuel Huapi seguían conservando su sistema de apropiación de recursos, su territorio y su vivienda tradicional (Furlong 1943: 90-91). Posteriormente, se unieron a la misión los padres Nicolás Kleffert (1704) y Juan J. Guillelmo quien se haría cargo de la misma en 1707, a la muerte de Laguna. Estos llegaron a misionar en las regiones de Ruca choroy y del lago Epulafquen (Furlong 1943: 97),para ese entonces se hablaban en el área tres lenguas que el padre Guillermo se dedicó a estudiar: la chilena o araucana, la peculiar de Nahuel Huapi y la de los poyas (Machoni 1732: 433). La misión no formó un pueblo, ya que “no tiene este gentio lugar fixo, en que vivir de asiento, porque andan de continuo vagos por todo el Pais” (Machoni 1732: 425).

A la muerte de Guillelmo (1716) se encaminan a la misión los padres José Portel y Francisco Elguea. Data de entonces la primera mención de la organización de partidas especiales para proveerse de ganado: “habían ido los indios a sus cazas y a buscar vacas a las pampas” (Furlong 1943: 107). Aparentemente, volvieron sin animales, lo que sugiere que había una fuerte competencia por el ganado.

Con la muerte del padre Elguea se cierra la etapa de evangelización jesuítica en el Nahuel Huapi y los poyas desaparecerán de la escena.

En resumen, los datos para este período permiten distinguir tres sistemas de asentamiento-subsistencia para el área en estudio:

a) Grupos de cazadores-recolectores móviles: se trataría de tehuelches septentrionales que utilizaban el toldo como vivienda -primero de guanaco y luego de vaca-, se asentaban cerca de los cursos principales de agua y realizaban desplazamientos en busca de la caza -primero de animales autóctonos y, más tarde, de vacunos en las pampas-, en partidas organizadas. La utilización de fuego para anunciar la presencia en un territorio y como medio de comunicación fue una práctica común entre los cazadores y la mención de “humos” es frecuente en las fuentes (Furlong 1943: 75). Una sola cita da cuenta de “casas de rramas de sauce” en el río Negro; notemos que solo sería posible construir este tipo de reparos en aquellos lugares donde este recurso estuviese disponible, y recordemos que el río Negro también era llamado río de los Sauces. En cuanto a la lengua, tenemos referencias sobre el uso del caguane o lengua “general de las pampas” -asimilada al gününa-iájech o tehuelche septentrional-(Crivelli en Cabrera [ 1620-1621] 2000: 9); las lenguas poya y puelche en el área del Nahuel Huapi y la “lengua de Chile”, especialmente utilizada por los puelches del norte del río Limay. Como ya señaláramos, Casamiquela identificó la lengua poya con el guénena iájitch, lengua de los tehuelches septentrionales. Si aceptamos la asimilación caguane=tehuelche septentrional podríamos equiparar la lengua poya con la caguane. Además, como ya lo indicamos, la lengua poya se menciona en las fuentes como la de uso más generalizado, ya que era entendida por el común de los aborígenes del noroeste patagónico. Sin embargo, dada la complejidad del panorama lingüístico de la región, esta asimilación permanece en el campo de las hipótesis. Más difícil es establecer la identidad lengua-etnía, ya que las fuentes registran el uso de más de una lengua dentro del mismo grupo, prueba de las relaciones y los contactos entre las distintas parcialidades (Rosales 1877, t. I: 202; Furlong 1943: 45).

b) Grupos con economía agrícola-pastoril, con sedentarismo al menos estacional: son poco numerosos -Cabrera menciona que el cacique Chilen tenía “veinte sujectos”-, vivían en casas y hablaban la “lengua general de las pampas” y “la de Chile”. Podrían ser puelches asentados cerca de la cordillera neuquina que recibieron influencias de sus vecinos agricultores de lengua araucana, para algunos cronistas son procedentes de Chile (Puelles y Aguirre, en Cabrera [ 1620-1621] 2000: 148). La relación existente entre los distintos grupos se evidencia en la rapidez con que corren las noticias, aún en invierno. Cuando Cabrera se encuentra con el cacique Chilen este ya estaba avisado de su presencia y lo esperaba reunido con su gente, lo mismo ocurre cuando se dirige a Cutan (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 106-107).

c) Grupos con economía diversificada: agricultura, cría de animales, recolección -especialmente piñonesy almacenamiento. Sistema de asentamiento en casas dispersas. Estos grupos recibieron fuertes influencias araucanas. Un ejemplo sería el de los aborígenes del valle de Cután, referidos como pehuenches en varias fuentes.

Período 1718-1794

Bernardo Havestadt partió de Chile y cruzó la cordillera en febrero de 1752 para tomar contacto con los pehuenches de las pampas. En Liucura encontró a los primeros pehuenches, que se preparaban para la guerra, cruzó el río Neuquén, se dirigió a Malargüe y, finalmente, a Mendoza. Allí emprendió el regreso debido a que unos puelches lo despojaron de parte de sus mulas y bastimentos. Volvió a atravesar el río Neuquén donde encontró tolderías pehuenches, cruzó los Andes y arribó a Santa Fe (Chile) en el mes de marzo.

En la zona de Malarhue, “la pampa de los puelches y patagones”, encuentra una toldería de indígenas que denomina “puelches” reconociéndolos por su lengua pues “el idioma de los puelches diferenciase del español y chileno” (Havestadt [ 1752] 1930: 222). Estos indígenas le impiden seguir camino a Mendoza, a pesar de haber pagado el permiso de tránsito (223). En la zona de Punmahuida se encuentra con indios “pehuenches” que festejaban un cahuin16. En el río Neuquén encontró “vacas y cabañas desocupadas del cacique Paginahuel” (230). A los ojos del misionero, los territorios de los pehuenches estaban bien delimitados: “nadie se atreve salir solo de los límites de su pequeño territorio, ni fácilmente se aleja de sus consanguíneos” (239).

En cuanto a las viviendas de puelches y de pehuenches “tan solo consisten en cueros de yeguas que llevan consigo y que, cuando, o donde sea necesario y a ellos mejor les parece, los suspenden, colocan o sostienen con sus lanzas puestas en línea recta, oblicua u horizontal”, diferenciándose de los indios chilenos que poseen casas (239).

El Padre da escasas precisiones sobre la economía o los asentamientos pero menciona ciertos puntos de interés como la territorialidad, la utilización de toldos y también de “cabañas” -estas últimas desocupadas en el momento en que Havestadt las encuentra-, como viviendas, la diferenciación de la lengua puelche de la pehuenche (mapudungun) y, finalmente, la posesión de ganado vacuno y el uso del caballo.

La fuente siguiente proviene del Atlántico. Se trata del reconocimiento del río Negro efectuado por Basilio Villarino (1782-1783) como parte de un intento del gobierno de Buenos Aires por colonizar la región patagónica.

En su derrotero menciona diferentes parcialidades:

Grupo del cacique Francisco: Villarino los encuentra en la isla de Choele Choel Grande, en octubre de 1782. Regresaban a su territorio, ubicado en la “tierra de las manzanas”(Villarino [ 1782] 1972: 978 y 981; Sosa Miatello 1985). Aparentemente, se trata de tehuelches septentrionales que utilizaban la vivienda tradicional (Villarino [ 1782] 1972: 980). Uno de los marinos de la expedición, Miguel Benites Paraguayo, informa que había 21 toldos en la isla y 53 indios adultos (990). Otras informaciones refieren grupos de 30 o 40 y de “más de 50 indios y chinas” (983). Se menciona la caza de guanaco (978) y, al parecer, la recolección de manzanas. Pero el principal recurso, motivo de su desplazamiento, parece haber sido el ganado de las pampas que, según la lenguaraza Teresa, robaban a los cristianos. Esto debió ser conocido por el piloto ya que cuando el cacique Francisco trasladó su campamento río arriba Villarino impartió órdenes a sus hombres para que cuidasen el ganado (991-992).

Grupo del cacique Chulilaquin: tomó contacto con los “chulilaquines” cuando remontaba el Collón Curá, unos 23 km al norte de la confluencia con el Caleufú. Este grupo parece numeroso ya que solo los toldos del abuelo de Chulilaquin, ubicados cerca de las Manzanas, sumaban entre 80 y 100 (1112-1113). En cuanto al sistema de asentamiento refiere que los indios levantaban sus toldos separados (1107). Practicaban la caza y la recolección, especialmente de manzanas que traían de Huechu-huechuen en cargueros (1083, 1084 y 1118). Habían establecido intercambio con los pehuenches o aucas cordilleranos (1084), además de lazos de parentesco -matrimonios- (1117-1118), poseían caballos pero, al parecer, no tenían ovejas, que conseguían por intercambio con los pehuenches (1092). Adicionalmente comerciaban con los Tehuelches de San Julián -tehuelches del sur o meridionales(1123).

Pehuenches y aucas (caciques Guchumpilqui, Curuanca, Román, Llancoapi, Delgado): 40 km río arriba de la desembocadura del Caleufú en el Collón Curá Villarino tomó contacto con otro grupo que identificó como “Pehuenches” y “Aucas” o “Aucaces”. En Choele Choel, había tenido noticias, de que estos grupos regresaban a sus tierras llevando ganado (981) desde el río Colorado. Su hábitat sería la zona del “Huechun-lauquen” o “Laguna del límite” -lago Huechulafquen. En sus tierras recogían piñones que almacenaban e intercambiaban con sus vecinos. La lenguaraza María López refiere que el grupo del cacique Chulilaquin no tenía acceso a los piñones porque se encontraban en territorio de los “Aucas”. Los adquirían por comercio con los “Aucaces” a cambio de “pellejos” (1084, 1085, 1093 y 1118). Estos últimos practicaban la agricultura -trigo, cebada, habasy la caza durante sus desplazamientos hacia las pampas, adonde acudían por ganado vacuno y caballar que comercializaban en Valdivia. Vivían en toldos pero los más cercanos a la cordillera tenían ranchos de paja y cultivaban hortalizas -cacique Roman (Villarino [ 1782] 1972: 1016; Villarino [ 17/02/1783] ).

Para el sur del Limay y la zona del Nahuel Huapi contamos con los datos proporcionados por la crónica de los viajes de F. Menéndez (1896)17. Según este misionero franciscano los poyas, antiguos habitantes del Nahuel Huapi, habían desaparecido prácticamente. En cambio, menciona a los “puelches” (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 319) quienes liderados por el cacique Mancúuvunay tenían su territorio en el área del Nahuel Huapi, arroyo Ñirihuau y margen derecha del río Limay. Según Varela, estos indios eran descendientes de los poyas del siglo XVII. En el momento de la llegada de Menéndez estaban recibiendo la “avanzada” de los araucanos -cuya presencia mencionamos en fecha tan temprana como la del viaje de Cabrerainstalados en Las Manzanas y ahora en expansión hacia el sur, a la zona del Nahuel Huapi. Prueba de ello sería, entre otras cosas, la adopción de la “lengua de Chile” como segunda lengua (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 319). La continuidad de ciertos linajes que ocuparon el mismo territorio puede mencionarse a favor de la hipótesis de Varela. Por lo menos desde 1750 un Manqueunai, poya del Nahuel Huapi, es muerto junto al padre Mascardi en 1673 (Vida apostólica..., en Furlong 1943: 80). Otro cacique Manqueunai o Manquehunoi, que en 1716 vivía a dos leguas de la misión, es acusado de la muerte del padre Guillelmo (Fonck en Menéndez 1896: 91-92). A la muerte del cacique, sus hijos Tolon y Gautoc, no quisieron continuar las relaciones con los jesuitas y la misión se encontraba en ruinas (Fonck en Menéndez 1896: 91). En su segundo viaje al Nahuel Huapi, realizado entre 1791-92, el padre Menéndez encontró a un cacique también llamado Mancúuvunayen la zona del Nahuel Huapi-Limay,(Menéndez [ 1791-1794] 1896: 302).

La misma opinión sostiene Casamiquela: “en la zona del Nahuel Huapi, sobresalió Mancúuvunay, presumiblemente descendiente directo del poya tehuelche septentrionalMancúuvunay con el que se contactó Mascardi aguas abajo del río Limay” (1965:24).

Tenemos varias generaciones de caciques que llevaron nombres similares y ocuparon el mismo territorio durante un período de, por lo menos, 120 años (1673-1794).

Menéndez ( [ 1791-94] 1896) menciona las siguientes parcialidades: Grupos puelches: cazadores-recolectores (Menéndez [ 1791-1794] : 303-304, 319), poseían caballos y vivían en toldos ubicados en un llano, entre los cerros. Los toldos eran de cuero de caballo y de “venados bien bruñidos” (303). Se vestían con pieles y sus armas eran arco y flecha, boleadoras -que llamaban laquiy puñales que compraban a los pehuenches (319). Poseían ovejas, puesto que “Mando el cacique matar un carnero par mi” (303). El cacique Cayeco tenía caballos y ovejas (370-371) y algunos poseían unas pocas vacas. Si bien no tenían cultivos, arrojaban algunas semillas -quínoa, trigo y cebadaen los bordes de los arroyos “y lo que sale lo coge el primero que llega” (319). Hablaban dos lenguas, la propia y “la de Chiloé” (319) y mantenían relaciones con los tehuelches del sur, quienes no entendían la lengua de Chile (364); y con los pehuenches del norte, con quienes intercambiaban cueros por caballos (371). El asentamiento era disperso y los grupos generalmente pequeños (412). Además de los toldos de ancúuvunay se mencionan los de Cayeco, los de su cuñado en un valle próximo al Limay, y los de otro indio en otro valle intermedio. Pasada la confluencia del Limay con el Collón Curá, sobre la margen derecha del primero se encontraba el hermano de Cayeco, Millauan (377) quien tenía “ocho toldos con mas de setenta personas entre grandes y chicos de uno y otro sexo. Havia bastantes cavallos, yeguas, nuebe vacas y algunas ovejas (380). El hermano de Mancúuvunay vivía junto a los “aucas” y tenía vacas y ovejas que llevaría al Nahuel Huapi para que se criasen, al igual que Cayeco (408 y 410). El conocimiento del territorio y del clima quedan evidenciados cuando el cacique Mancúuvunay no quiere llevar a Menéndez al sur porque “para ir al Sur era mui tarde que por allá no hallaríamos mantenimiento si nos cogia el Invierno: que es necesario salir mui temprano” (386). Los desplazamientos de partidas de caza están registrados para la época de verano (407 y 425) y parecen limitarse a sus tierras, según el cacique Cayeco “él, Mancúuvunay y otros vecinos suyos se mantenian en su tierra sin salir de ella” (430).

Grupo de los “Aucas” “Aucapincun” o “Picunaucas” que estaban incursionando sobre el territorio de los puelches. Seguramente son los mismos que Villarino llamó “Pehuenches” y “Aucas” que para entonces se encontraban en la zona del Huechulafquen y constituirían lo que Varela denominó la “avanzada” araucana. “Andaban vestidos como nosotros, sembraban trigo, maiz, cebada y papas y hacen pan [ …] ” (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 366-367). Se ubicaban “a la otra parte de una laguna como la de Nahuelhuapi [ Huechulafquen] y entre unas cordilleras cerca de la laguna y que havian venido de otras tierras embarcados como nosotros” (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 422-423).

Entre los aucas y los puelches, al norte del Limay, se hallaba el cacique Coluna o Colunahuel. Sus tierras estaban en el País de las Manzanas. Menéndez necesitaba de su permiso para pasar a la tierra de los aucas (Menéndez 1896 [ 1791-1794] : 381-382). Un mensajero le dio noticias de que el cacique había ido al norte, “fuera de su tierra” y que “vendria dentro de doce dias” (381).

Para el mes de febrero en el Nahuel Huapi tiene lugar una gran congregación de aborígenes de distintas zonas, presumiblemente para la cosecha de manzanas y piñones, productos que intercambiaban por pieles con los pehuenches. Allí se reúnen Huilliches, residentes a distancia considerable del Nahuel Huapi, tehuelches de San Julián y Santa Cruz (tehuelches del sur o patagones) y la gente del cacique Chulilaquin, que en esa ocasión venía de Patagones y era muy numerosa: había 53 toldos (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 416), lo que representa más de 350 individuos. En suma, los tipos de asentamiento-subsistencia para este período se podrían agrupar de la siguiente manera:

a) Grupos cazadores-recolectores-pastores con alta movilidad (caciques Chulilaquin, Francisco, Miquiliña y Coluna), que se desplazaban hacia las pampas para obtener y comercializar ganado. Se trataría de tehuelches septentrionales. Vivían en toldos que transportaban en sus desplazamientos y acampaban transitoriamente en cercanías de los curso de agua (Choele-Choel, río Negro). Eran grupos numerosos y hablaban dos lenguas, la propia y la de Chile.

b) Cazadores-recolectores-pastores con movilidad territorial: se trataría de puelches, ubicados en el Nahuel Huapi y al sur del Limay (caciques Mancúuvunay y Cayeco). Además de la caza, recogían los frutos de algunas semillas que tiraban a orillas de los arroyos pero no tenían cultivos ni manzanos. El ganado era mayormente caballar y ovino. Los grupos eran pequeños y su sistema de asentamiento disperso. Vivían en toldos y sus desplazamientos eran más limitados. Se movilizaban para la caza de guanacos y avestruces y avanzado el verano, llevaban sus rebaños al Nahuel Huapi. Eran bilingües.

c) Grupos de economía diversificada: ocupaban la zona cordillerana del Neuquén (caciques Guchumpilqui, Curuanca, Román, Llancoapi, Delgado), practicaban la agricultura, la horticultura, la recolección (especialmente piñones), el almacenamiento, la caza, la cría de animales, el intercambio con grupos vecinos y el comercio de ganadoespecialmente con Valdivia. Vivían en toldos o en ranchos de paja, especialmente los más cercanos a la cordillera que eran probablemente menos móviles. Se desplazaban hacia las pampas de Buenos Aires en busca del ganado y retornaban a sus tierras para la recolección de manzanas y piñones. Durante sus recorridos utilizaban las rutas y paraderos conocidos, generalmente en puntos donde podían aprovisionarse de agua y de leña. Se trataría de pehuenches y aucas.

d) Congregaciones ocasionales en la zona del Nahuel Huapi, con motivo de la recolección de manzanas y piñones. Los grupos se concentraban en el lago para mediados de febrero, camino a Chimehuin.

Período 1795-1881

Las fuentes utilizadas para este período datan, principalmente, de la segunda mitad del siglo XIX. Se trata de relatos de viajeros quienes, por distintos motivos, recorrieron la Patagonia. En algunos casos se refieren a regiones que se encuentra fuera de los límites planteados en este trabajo pero las utilizamos teniendo en cuenta que ciertos grupos se desplazan a través de largas distancias.

Según Cox, el área ocupada:

Era la falda de la cordillera hasta unas 20-25 leguas de ella, las pampas eran lugares de travesía hacia Buenos Aires o Patagónica. Para esos viajes utilizaban toldos o vivaqueaban al aire libre. Los caminos y paraderos eran conocidos y frecuentados por distintos grupos (1863: 164).

Dada la extensión y cantidad de datos que proporcionan estas fuentes, no es posible hacer un análisis pormenorizado de cada una, mas bien, haremos una síntesis de los distintos sistemas económicos que pudimos identificar:

a) Grupos de cazadores-recolectores-pastores (especialmente criadores de caballos) con alta movilidad: identificados como pampas o tehuelches septentrionales. Además de la lengua propia hablaban la de Chile (Musters [ 1869-1870] 1964: 269). Vivían en toldos que acondicionaban para soportar el frío del invierno (Musters [ 1869-1870] 1964: 126). Sus movimientos eran programados (Musters [ 1869-1870] 1964: 87) y se relacionaban con el aprovisionamiento de algún recurso (ej., de manzanas por intercambio con los Pehuenches, raciones en el fuerte de Patagones, parlamentos, etc.). Los territorios atravesados eran generalmente, “travesías” o extensiones de uso común (Cox 1863: 164). Usaban rutas y paraderos establecidos (Moreno, E. 1979: 127). Durante estos movimientos practicaban la caza y la recolección (Cox 1863: 182-188; Musters [ 1869-1870] 1964: 127-128, 130-132). Para cazar usaban boleadoras (con las que habían reemplazado las flechas. Cox 1863: 187-188), caballos y perros (Moreno, E. 1979: 120; Musters [ 1869-1870] 1964: 337). El orden de la caza y la marcha era establecido por el cacique (Musters [ 1869-1870] 1964: 130). El reparto de los animales cazados también estaba pautado (Musters [ 1869-1870] 1964: 131 y 132; Cox 1863: 187-188). Tenían pleno conocimiento del terreno, de los puntos con agua (Claraz [ 1865-1866] 1988: 40, 43 y 47), del clima, de la conducta de sus presas, de los recursos vegetales y su disponibilidad así como de la localización de las fuentes de aprovisionamiento de ítems como piedra, pigmentos, sal, etc. (Musters [ 1869-1870] 1964: 187). En sus recorridos establecían campamentos “transitorios” (Nacuzzi 1991: 109; 1998: 204) ubicados en relación a la disponibilidad de agua, pasturas, caza y leña (Musters [ 1869-1870] 1964: 137, 141, 143, 145, 146, 151, 153, 156-159, 186, 204, 209, 210, 211, 213, 214, 337, 344). Muchas veces dejaban provisiones escondidas en los sitios de paso (Musters [ 1869-1870] 1964: 302-303). En algunos casos las partidas no llevaban toldos estos eran dejados en el campamento con unos pocos hombres que se ocupaban de alimentar a las mujeres y a los niños (Cox 1863: 164; Musters [ 1869-1870] 1964: 303). Al entrar al territorio de otro grupo era imprescindible anunciar la llegada y obtener el correspondiente permiso (Musters [ 1869-1870] 1964: 87; Moreno, E. 1979: 127). Realizaban un intenso intercambio con los grupos vecinos y con los blancos asentados en Patagones, San Julián y la colonia galesa del Chubut (Musters [ 1869-1870] 1964: 182). Poseían caballos y, en algunos casos, gallinas (Musters [ 1869-1870] 1964: 127). Varias partidas podían reunirse con algún motivo, tal como la explotación estacional de algún recurso. En esos casos se realizaba un ceremonial especial (Musters [ 1869-1870] 1964: 181-182). Primavera y verano eran las épocas de grandes boleadas, cuando se cazaban chulengos y se sacaban las plumas de los avestruces antes que comenzara la muda (Musters [ 1869-1870] 1964: 183-184, 284, 353-355; Moreno, F. [ 1875] 1969: 35). Los grupos eran de tamaño variable y, aún en momentos de agregación, se mantenían apartados (Musters [ 1869-1870] 1964: 183, 353-355). Algunos de los caciques parecen haber pasado del poder a la pobreza; tal es el caso de Sinchel según la referencia de Moreno (Moreno, E. 1979: 104). Como ejemplos de estas formas de asentamiento podemos citar a los caciques Sinchel (tehuelche del norte según Musters [ 1869-1870] 1964: 87 y 182, que lo llama “Hinchel”; pampa para Claraz [ 1865] 1988: 53); Jackechan (Chiquichano), Teneforo y Champayo, identificados como pampas (Musters [ 1869-1870] 1964: 184-185, 353-355); Antonio (pampa para Claraz [ 1865-1866] 1988: 53) y Patricio (tehuelches y pampa mezclado según Musters [ 1869-1870] 1964: 353-355).

b) Grupos cazadores-recolectores-pastores con movilidad territorial: Vivían en toldos y realizan movimientos dentro de su territorio, Limay-Collón CuráCaleufú. Se desplazaban para la caza, especialmente en la época del chulengo (Musters [ 1869-1870] 1964: 284) o cuando el ganado había agotado las pasturas (Cox 1863: 144). El sistema de asentamiento era disperso, los campamentos estables solían ubicarse en valles con buenas pasturas y cercanos a cursos de agua (Cox 1863: 94). En el Caleufú, los toldos se alineaban en forma perpendicular al río y con la abertura al este, puesto que los vientos vienen del oeste. En cada toldo habitaban dos familias (Cox 1863:143-444). En algunos casos, el toldo del cacique era de mayor tamaño (Cox 1863: 84). Al igual que otros grupos, tenían límites territoriales y exigían permiso de tránsito (Cox 1964: 84-85). De los campamentos o asentamientos principales salían partidas de caza que podían ausentarse por varios meses (Cox 1863: 87). Otros grupos se desplazaban a Patagones por comercio (Cox 1863: 88). También mantenían trato con gente de Valdivia (Cox 1863: 91). Tenían amplio conocimiento del territorio y de sus recursos (Cox 1863: 83). Los “araucanos” que encuentra Musters en la zona de Esquel vivían en toldos, al borde de una laguna y tenían mucho ganado -ovejas, vacas y caballos- (Musters [ 1869-1870] 1964: 272). Practicaban la caza de guanaco y recogían ganado vacuno de la cordillera. Los toldos se habían establecido en el lugar durante varios meses -“campamento base” y los hombres salían en partidas de caza (Musters [ 1869-1870] 1964: 274). Una década más tarde, Moreno se contacta con los caciques Inacayal y Foyel quienes vivían por entonces entre Esquel y Tecka, cazaban guanacos y avestruces en las mesetas y ganado vacuno salvaje en los bosques del oeste (Moreno, E. 1979: 136). Recordemos que Foyel se había retirado al sur del Limay por disidencias con Shaihueque (Musters [ 1869-1870] 1964: 316-317). Para los Pehuenches del norte del Neuquén Biset y Varela proponen (siglo XVIII), un modelo de asentamiento de tolderías dispersas a lo largo de los valles, con aprovechamiento rotativo de las pasturas sin grandes desplazamientos territoriales y uso de campamentos temporales -invernada y veranada(Biset y Varela 1991: 2). Entre los principales caciques figuran Paillacan y su hijo Foyel, identificados en las fuentes como pehuenche y araucano, respectivamente (Cox 1863: 91; Musters [ 1869-1870] 1964: 316-317); y Huincahual, pehuenche (Cox 1863: 94 y 164).

c) Grupos de economía diversificada y asentamientos permanentes: practicaban la caza (Moreno, E. 1979: 162), la recolección de manzanas y piñones y algunos cultivos (Musters [ 1869-1870] 1964: 128). Poseían almacenamiento. Vivían en toldos fijos (Musters [ 1869-1870] 1964: 320) y tenían un cacique principal instalado en una toldería central (Musters [ 1869-1870] 1964: 310-311, 313-314) y tolderías “autárquicas” (Varela 1996: 237), políticamente dependientes (Musters [ 1869-1870] 1964: 316-317). Dentro de la toldería central, el toldo mayor pertenecía al cacique (Cox 1863: 84; Moreno, F. [ 1875] 1969: 36; Moreno, E. 1979: 40). Shaihueque o Cheoeque, identificado como “araucano o manzanero”18 (Musters 1964 [ 1869-1870] : 310-311), quien extendía su autoridad a los pehuenches del norte que vivían en tolderías fijas y a unos cuantos de Las Manzanas (Bejarano 1873: 353). Según Moreno, hablaba araucano (Moreno, E. 1979: 146). En su cuartel general, situado en la confluencia Caleufú-Collón Curá (Balmaceda, en Musters [ 1869-1870] 1964: 328; Moreno, F. [ 1875] 1969: 33 y 35), poseía “toldos destinados exclusivamente para depósito” (Musters [ 1869-1870] 1964: 320). En 1870 cuando Musters visitó la toldería, se sorprendió porque solo había cuatro toldos ([ 1869-1870] 1964: 313); en cambio, en 1875 al momento de la llegada de Moreno había diez grandes toldos, donde habitaban sus parientes y allegados (Moreno, F. [ 1875] 1969: 35). Tal vez esto se deba a que Musters llegó en época de recolección de manzanas y piñones, cuando gran parte del grupo se hallaba realizando dicha tarea (Musters [ 1869-1870] 1964: 285). En determinadas ocasiones, como en los parlamentos, podían reunirse varios grupos (Moreno, F. [ 1875] 1969: 36). El cacique tenía autoridad sobre sus territorios y su permiso era obligado para transitarlos (Moreno, F. [ 1875] 1969: 36; Moreno, E. 1979: 33).

d) Grupos de economía diversificada con asentamiento disperso: pertenecientes a la etnía araucana, eran agricultores y pastores, también practicaban la caza y recolección, vivían en casas y/o toldos, con sistema de asentamiento disperso. Una legua separaba la casa de Antinao de las tolderías de Huentrupan y había una milla entre estas y las de Trureupan (Cox 1963: 135). En el valle del lago Lácar, en área de bosque, tenían zonas de cultivo y potreros (Cox 1863: 132 y 135). Antinao tenía su casa en un bosque de manzanos sobre una colina, con dos o tres campos cultivados con habas, arvejas y maíz pero sus toldos se ubicaban a una legua de distancia del sitio (Cox 1863: 94 y 137). José Vera vivía ordinariamente en los toldos de Trureupan pero se encontraba a las orillas del lago Lácar para la cosecha, donde había construido una habitación mitad toldo, mitad ramada (Cox 1863: 131). El cacique Huentrupan se ubicaba a orillas de un riachuelo en un valle al pie de las montañas, tenía dos casas con techos de paja pero, por el calor, u otro motivo, los indios se habían establecido del lado opuesto del arroyo, en toldos hechos de coligües. También pescaban en el lago Lácar (Cox 1963: 133).

CONSIDERACIONES FINALES

En el área estudiada y durante el período especificado, los grupos aborígenes desarrollaron diferentes sistemas de asentamiento y de aprovechamiento de recursos. El contacto con el blanco y las relaciones interétnicas dieron lugar a la reorganización de esos patrones, de acuerdo con la circulación de los nuevos bienes. La introducción del caballo19, el comercio del ganado de las pampas, la incorporación de cultivos y los diversos bienes provenientes de la sociedad colonial son algunos de los factores que incidieron sobre el proceso de reorganización y readaptación de las culturas nativas. En este marco se desarrolla un sistema de complementariedad económica donde interactuaron los distintos grupos.

Las diversas formas de asentamiento-subsistencia tuvieron estrecha relación con el medio en que se desarrollaron. Cúneo (1991: 4) relaciona dos tipos de ambientes con igual número de patrones económicos: en primer lugar, una zona boscosa andino-patagónica y transicional a la estepa, con agricultura, pastoreo, caza, recolección y comercio. En segundo término, el área de estepa, con actividades de caza, recolección, pastoreo (especialmente caballo), comercio y bandolerismo.

Seguramente, los territorios desérticos de la estepa patagónica no favorecieron el desarrollo de cultivos, pero las diferencias ambientales no alcanzan para explicar la diversidad en los sistemas económicos. En hábitats semejantes, como pueden ser los lagos Nahuel Huapi, Huechulafquen y Lácar, los sistemas de asentamiento y subsistencia fueron diferentes. La existencia de un medio propicio sumada a las tempranas influencias de los agricultores chilenos derivó en el desarrollo de un sistema económico de producción, agrícola y pastoril, y asentamientos más estables entre los grupos pehuenches cordilleranos. En cambio, los aborígenes del sur del Limay y del Nahuel Huapi mantuvieron un sistema de asentamiento móvil, con una apropiación de recursos basada en la caza y la recolección. A este sistema se incorpora, posteriormente, la cría de animales y la obtención de ciertos productos vegetales por intercambio: como manzanas y piñones.

Del análisis de las fuentes se desprende la existencia de varios sistemas de asentamiento que pueden correlacionarse con otras tantas formas económicas. Por el contrario, la correlación entre asentamiento-subsistencia e identificación étnica no es muy clara, especialmente para el siglo XIX.

Los sistemas de asentamiento más móviles se relacionan con los cazadores recolectores nómades que habitaron la cuenca del Limay-Negro, desde su nacimiento en el Nahuel Huapi, y que circularon por el amplio territorio ubicado entre las estribaciones de la cordillera y la estepa central. Son los denominados “tehuelches septentrionales”, dentro de los que podríamos incluir a los poyas mencionados por las fuentes más tempranas.

Para el siglo XVII, como lo hemos señalado, los grupos del valle de Chilen (puelches), bajo la influencia de los pehuenches, adoptaron la agricultura, la horticultura y la cría de ganado (Cabrera [ 1620-1621] 2000). Más al sur, en el valle del Limay conservaron una economía mixta de caza y recolección con cría de animales. El uso de la “lengua de Chile” por parte de estos grupos, además de la propia, es otro elemento que nos permite rastrear las tempranas influencias transandinas. Los pehuenches cordilleranos, favorecidos por su posición y acceso a ciertos recursos tales como los piñones, actuaron de intermediarios entre los grupos orientales y occidentales.

Para los siglos siguientes podemos señalar la presencia de inmigrantes araucanos establecidos en distintas zonas de norpatagonia. Recordemos las denuncias realizadas por Mancúuvunay, cacique puelche de la zona del Nahuel Huapi, relacionadas con la presión que vienen ejerciendo los picunauca o aucapicun “que les van quitando sus tierras” y “havian venido de otras tierras” (Menéndez [ 1791-1794] 1896: 363, 422-423). En muchas oportunidades, se mencionan casamientos mixtos, como el caso de Paillacán, pehuenche y de habla araucana, casado con una tehuelche (Cox 1863: 86); el mismo Shaihueque, considerado araucano por Musters ([ 1869-70] 1964: 310-311), era hijo del cacique araucano Chocori y de madre günüua-küne (tehuelche septentrional).

Los aborígenes chilenos poseían un patrón de producción de alimentos asociado con un sistema de asentamiento disperso. Las sospechas de brujería parecen haber sido uno de los motivos aludidos para este tipo de organización.

Como puede verse, los sistemas de asentamiento-subsistencia cambiaron con el tiempo y con la intensidad de las relaciones interétnicas. Aunque los desplazamientos, pudieron variar en distancia y motivaciones, nunca dejaron de realizarse. Prolongadas trayectorias desde el Chubut hasta Las Manzanas para realizar intercambios, viajes a Patagones por raciones, incursiones a las pampas por ganado, expediciones a la cordillera para la recolección de piñones, partidas de caza para capturar chulengos, son algunos ejemplos de los frecuentes recorridos que estos aborígenes realizaban.

AGRADECIMIENTOS

Al Dr. E. Crivelli y a la Lic. E. Cúneo por la revisión crítica del texto y por facilitarme parte de la bibliografía utilizada en este trabajo. Los errores u omisiones son responsabilidad de la autora. Este trabajo fue realizado en el marco de los proyectos PICT-Foncyt 14171, PIP-Conicet 5344 y UBACYT-F059.

NOTAS

1 La Historia general del Reino de Chile, que Rosales concluyó en 1674, fue publicada recién en 1877.

2 Los Poyas constituyeron el foco del accionar evangelizador de los jesuitas de la misión de Nahuel Huapi. Esta, fundada en 1670 por el padre Mascardi, fue finalmente destruida en 1717.

3 La legua equivale a 5,5 km.

4 Aunque algunos autores lo señalan como misionero jesuita (Fonck, en Menéndez 1896: 54, nota 2; Vignati 1939: 214), Leonardo León se refiere a el como Maestre de campo y publica parte de un documento, fechado en 1719, en el que figura como tal (2001: 8). Pietas es autor de “Noticia sobre las costumbres de los Araucanos”, 1729. En C. Gay, 1846. Historia física y política de Chile. Documentos sobre la Historia, la estadística y la geografía, I: 501 y ss. París.

5 Harrington registró, para comienzos de siglo XX, en Chubut, el uso de esta lengua yájitch (término equivalente a palabra, idioma) entre indígenas que se identifican como Günuna Küne (1946: 237).

6 Valle cercano al pie de la cordillera, en proximidades del lago Quillén, al que llegan después de remontar un arroyo identificado con el Picún Leufú, sudoeste de la Pcia. del Neuquén.

7 Según Boschín et al. (2001: 6), para el período temprano posconquista, el reconocimiento de lenguas y territorios particulares permiten la discriminación de identidades étnicas.

8 El texto que tomamos de Furlong es parte de un documento inédito que se encuentra en el Archivo del Procuratore Generale al Gesu, Roma. Asignatura Caxon 15Canonizaciones. Se trata de una biografía del Padre Mascardi y se denomina “Vida Apostólica y Glorioso Martyrio del Venerable P.e Nicolás Mascardi de la Compañía de Jesús, Rector de el Colegio de Castro, y Missiones Apostólicas de Chiloe, a quien embio el Apostol de el oriente S. Francisco Xavier a convertir los gentiles Poyas Guaitecas, y otras naciones, y que muriese a sus manos por Sta. fe”. Aunque el documento es anónimo, muchos adjudican su autoría al padre Rosales.

9 Una discusión acerca de la adopción de estas denominaciones, que no son las que originalmente usaron estos grupos para identificarse, puede encontrarse en Boschín et al. 2001: 10-12.

10  Nacuzzi menciona -para el sur de Chubut una referencia de Vehedor (cronista de la expedición de Alcazaba, 1535) relacionada con un “bohío”, que la autora interpreta como una posible cabaña de ramas, de planta circular (Nacuzzi 1991: 123-124). Cox hace referencia a “una habitacion mitad toldo, mitad ramada” construida por José Vera a orillas de un lago [ Lácar] para época de cosecha. Sería una vivienda improvisada para tal efecto, ya que ordinariamente vivía en los toldos de Trureupan (1863: 131).

11  La ruta propuesta por Crivelli difiere de la sugerida por Nocetti y Mir, editores de la Jornada, en cuanto a la identificación del tributario del Limay por el cual ascendieron los expedicionarios. Mientras que para el primero se trata del Picún Leufú (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 7), para los segundos es el Collón Curá (Cabrera [ 1620-1621] 2000: 56).

12  Según lo refiere Machoni, no había legumbres en la zona de Nahuel Huapi y solo se criaban algunas papas en la isla y se plantaba quinua (1732: 423). La misma noticia nos llega de Olivares, quien suma algunas arvejas o guisantes ([ 1706-1707] 1874: 509).

13  Misionero jesuita, autor de Historia geográfica, natural y civil del reino de Chile, Santiago de Chile, 1889.

14  Misionero jesuita, autor de importantes obras como “Historia General del Reyno de Chile, Flandes Indiano” 1877; “Vida de Mascardi. Hace dilijencia Mascardi por saber de la ciudad de los Césares; i no hallándola, vuelve predicando por las pampas a la cordillera” 1879 y “Conquista Espiritual del Reyno de Chile”.

15  Este cacique pronuncia un discurso en un parlamento efectuado después que el padre Rosales restituyera a los indios tomados como esclavos por Ponce de León (1650).

16  Cahuin: fiesta o convite.

17 Realizó ocho viajes entre 1778 y 1794, los últimos cuatro a la zona del Nahuel Huapi (1791, 1791-1792, 1793 y 1794).

18  Para Villalobos Shaihueque era Huilliche (1989: 180-181). Casamiquela (1965 y 1969), al igual que Varela (1996), sostienen que la etnía Manzanera era de raigambre Tehuelche septentrional con influencias Araucanas.

19 Sobre la incidencia del caballo en la alimentación y en los cambios tecnológicos, ver Fernández y Crivelli Montero (MS).

BIBLIOGRAFÍA CITADA

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Fecha de recepción: 19 de mayo de 2006
Fecha de aceptación: 1º de noviembre de 2006