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Memoria americana

versão On-line ISSN 1851-3751

Mem. am.  no.20-1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires jul. 2012

 

COMENTARIOS

La historia, la antropología y las posibilidades de una historia de la política popular

 

Raúl O. Fradkin *

* Universidad Nacional de Luján, Universidad de Buenos Aires. E-mail: raul.fradkin@gmail.com

 

El texto que Ana María Lorandi pone en discusión plantea un conjunto de problemas cuyo tratamiento ameritaría un ensayo de una extensión y una densidad que no estoy en condiciones de afrontar. Prefiero, por tanto, circunscribir mi colaboración a solo dos de las cuestiones planteadas. Primero, aun cuando reconoce que la historiografía ha sido receptiva a las influencias de la antropología, la inquieta tanto el desinterés de los antropólogos para estudiar el pasado de sociedades complejas como el de los historiadores para reconocer abiertamente la importancia epistemológica de la antropología en sus cambios de paradigmas. Segundo, advierte cómo las perspectivas antropológicas ayudaron a afrontar la historia de la agencia colectiva indígena y cómo sólo en los últimos años también comienza a influir en el estudio de otros grupos subalternos. Me atendré a ambas cuestiones y las consideraré a partir de las evidencias suministradas por los estudios dedicados a analizar la historia de las clases populares en los territorios que habrían de formar parte de la República Argentina, durante el período colonial y el siglo XIX.

Creo oportuno recordar que las relaciones entre historia y antropología no han dejado de reformularse a lo largo del siglo XX y que se han desenvuelto dentro de un campo de fuerzas más vasto y, a la vez, han estado signadas por estilos y tradiciones nacionales. Dicho de otro modo, esas relaciones siempre han sido entre muchos más que dos. En forma harto simplificada podría decirse que si hace un siglo el territorio, por excelencia, de la innovación historiográfica podía situarse en el cruce de la historia con la sociología y la geografía, ello no impedía que se produjeran innovadores préstamos desde la antropología. En este sentido, la trayectoria de la primera generación de los Annales es tan emblemática como conocida y permite advertir que la cuestión no puede plantearse tanto como relaciones entre las dos disciplinas sino entre modos muy peculiares de practicar una u otra. De alguna manera, ese tipo de situaciones se repitió posteriormente y hace medio siglo podía reconocerse un claro epicentro de innovación situado en el cruce de la historia con la economía aunque también había fértiles entrelazamientos con la antropología: quizás nada lo ejemplifique mejor que la centralidad que adquirieron por entonces los estudios sobre el campesinado y la economía campesina. Es claro también que desde entonces buena parte de la innovación historiográfica se ha producido a partir de una relación particularmente intensa con la antropología, como lo puso de manifiesto en su momento la microhistoria italiana; sin embargo, las mismas corrientes historiográficas que se abrían entusiasmadamente hacia la antropología hacían uso intenso -también- de nociones y enfoques provenientes de otras disciplinas sociales, como lo corroboran los múltiples usos de Elias, Bourdieu o Foucault. Lo dicho alcanza para subrayar que las recepciones historiográficas estuvieron -y están- enmarcadas y filtradas por la influencia de teorías sociales que hicieron posible la circulación interdisciplinar y, de alguna manera, determinaron sus usos. Sin embargo, no puede eludirse señalar que la historiografía se ha demostrado más proclive a incluir entre sus prácticas modos de trabajo antropológicos y etnográficos que los antropólogos a adoptar los de los historiadores. Ello parece explicarse tanto por algunas de las cuestiones que señala Lorandi como porque la historia es una disciplina más "blanda" epistemológicamente y tiende a emplear herramientas intelectuales híbridas y pocas veces sistemáticas. Me atrevería a decir que lo que define a la historia es más un conjunto de prácticas y reflexiones que una epistemología específica, y que pese a su notable profesionalización no termina de perder su condición de artesanía intelectual. Ello, por supuesto, tiene sus problemas pero no ha dejado también de ofrecer algunas ventajas.

Ahora bien, los préstamos, interacciones y recepciones se produjeron en coyunturas determinadas las cuales parecen haberse definido por las coordenadas de las sucesivas modas internacionales -que delinearon el orden de la legitimidad- y las que prefiguran las tradiciones nacionales -que no dejaron de tener incidencia en las recepciones y apropiaciones historiográficas. Quizás no haya ejemplo más claro al respecto que la trayectoria de lo que genéricamente se dio en llamar "historia desde abajo"; esa corriente historiográfica debió mucho a la antropología pero sería exagerado atribuirla exclusivamente a ella; así, en el emblemático caso británico es claro que le debió tanto o más a Gramsci, y a la propia tradición cultural británica, que a una determinada escuela antropológica aunque su incidencia haya sido notablemente fructífera. Para decirlo con las palabras de Thompson:

el estímulo antropológico no surte su efecto en la construcción de modelos, sino en la localización de nuevos problemas, en la percepción de problemas antiguos con ojos nuevos, en el énfasis sobre normas o sistemas de valores y rituales, en la atención a las funciones expresivas de las diversas formas de motín y revuelta, y en las expresiones simbólicas de la autoridad, el control y la hegemonía" (Thompson 1989: 82).

La cita, entonces, permite advertir cuál ha sido el modo principal de influencia de la antropología sobre la historiografía de las últimas décadas y su incidencia en la renovación y ampliación de los territorios de la historia social.

¿Es esto válido para la Argentina y, en particular, para las historias de las clases populares coloniales y post-coloniales? La cuestión ameritaría una investigación específica pero provisoriamente es posible adelantar alguna conjetura. Como hemos anotado en otra ocasión, la historiografía argentina tardó en ocuparse sistemáticamente de la historia de las clases populares y, en especial, le resultó particularmente dificultoso abordar sus intervenciones en las luchas políticas, aun en la misma coyuntura revolucionaria (Fradkin 2008). Sin embargo, un campo de estudios al respecto pudo comenzar a formarse en la convulsionada Argentina de la década de 1960 y 1970 temprana dado que era desde donde se producía la difusión en lengua castellana de algunos de los mejores textos de historia popular británicos y franceses, así como era escenario de la difusión y la reproducción creativa del pensamiento de Antonio Gramsci. Sin embargo, la historiografía colonial no siguió ese rumbo y por varios motivos; entre otros, por la influencia que al mismo tiempo cobraba tanto el estructuralismo y la historiografía de la segunda generación de los Annales, los cuales fueron inseparables del papel innovador que tuvo en nuestro ámbito la historia económica y social. A juzgar por sus contribuciones posteriores, los historiadores que se movían por entonces en ese ambiente se orientaron hacia una historia colonial que ponía un privilegiado foco de atención en las condiciones materiales de existencia del mundo campesino pero no convertirían, al menos por el momento, a la acción histórica de las clases subalternas en su principal centro de interés. De esta manera, pese a haber tenido una recepción temprana en nuestro país, la llamada "historia desde abajo" tuvo en nuestra historiografía una influencia limitada; y una consecuencia parece haber sido que ese modo de hacer historia económica y social se desarrollara lo más alejada posible de la historia política aunque abrió una fructífera senda para enriquecer notablemente el conocimiento histórico disponible sobre las clases populares. Pese a ello, fue esa misma orientación historiográfica la que de alguna manera creó las condiciones propicias para que en los últimos años comenzaran a multiplicarse diversos estudios históricos de las clases subalternas del período colonial y del siglo XIX y también de sus intervenciones políticas1.

La cuestión que, entonces, puede plantearse es doble: ¿hasta qué punto ese nuevo panorama se debe a influencias de la antropología?; y ¿qué posibilidades podría ofrecer una interacción más estrecha y fluida entre historiadores y antropólogos para desarrollar este campo de estudios?

Creo que este contexto permite evaluar mejor las relaciones establecidas entre antropología e historia en torno a estas cuestiones. A fuerza de ser breve pueden reconocerse que esas relaciones se estructuraron a través de dos formas principales: por un lado, dieron lugar a la configuración de un campo específico estructurado en torno a ciertos temas y modos de trabajo dotado de una lógica propia de desarrollo y sus propias instancias institucionales; por otro, mediante un modo más difuso caracterizado por la incorporación selectiva -y muy flexible, por cierto- por parte de los historiadores de temas, problemas, enfoques, conceptos y métodos sugeridos por la antropología.

La etnohistoria y la historia indígena ejemplifican la primera de estas formas. Se trata de un campo que bien podría describirse como una antropología historizada que cobró fuerte dinamismo desde la década de1980 viniendo a interpelar las visiones historiográficas y el sentido común que impregna el imaginario nacional -y el de los historiadores2. Para la historia de las clases populares sus contribuciones han sido decisivas y puede reconocerse que se desarrollaron en torno a dos grandes campos temáticos. En primer lugar, la historia de los pueblos y grupos indígenas subordinados al orden colonial, muy concentrada inicialmente en el Tucumán colonial, permitió inscribir una vertiente de la historiografía argentina en el dinámico espacio de los estudios andinos y, más recientemente se ha extendido también hacia el universo guaraní del litoral. En segundo lugar, los estudios dedicados al heterogéneo conglomerado de grupos indígenas soberanos, aliados o amigos, concentrados en un principio en los territorios de Pampa y Patagonia abrió en nuestra historiografía una diálogo fructífero con la chilena y se extendió también hacia el Chaco así como hacia al universo de las múltiples relaciones fronterizas e inter-étnicas y han permitido demostrar fehacientemente la transformación de los grupos indígenas soberanos en actores claves de las luchas políticas de la sociedad hispano-criolla. A pesar de estos notables desarrollos puede decirse que una parte del ambiente historiográfico se ha demostrado bastante reticente a tomar en cuenta los nuevos conocimientos producidos para revisar convicciones y modos de pensar muy arraigados (Mandrini 2007).

Por eso, resulta particularmente interesante considerar el otro gran modo de relación entre antropología e historia. Aunque haya sido claramente más difuso y menos sistemático su incidencia es marcada en la historiografía reciente y, en general, puede decirse que se ha desarrollado de manera indirecta a través de determinadas mediaciones. Me refiero básicamente a que la influencia creciente de la antropología en nuestra historiografía no proviene tanto de los productos por ella misma generados, como de una historiografía internacional muy antropologizada en las últimas décadas. No creo que sea una característica específicamente argentina y sí que hace referencia al modo general de difusión de la innovación historiográfica: ella pareciera renovarse gracias a incentivos temáticos, teóricos y metodológicos de otras disciplinas pero se difunde, multiplica y legitima por medio de las obras producidas por historiadores consagrados. De suyo, este modo de diseminación de la antropología torna a la mayor parte de los historiadores poco proclives a la revisión explícita de sus paradigmas teóricos.

El rastreo de estas influencias difusas pero evidentes sería interminable, alcanza con revisar el espectro de temas que hoy son habituales en la historiografía y hasta su mismo vocabulario. Me limitaré, entonces, a enumerar los campos temáticos abiertos y/o renovados por estas influencias vinculados a la historia de las clases populares. Por supuesto, un lugar de primer orden lo tienen los estudios históricos sobre familia, parentesco y estrategias matrimoniales. Sin embargo, la influencia antropológica ha sido mucho más abarcadora y se advierte también en la renovación de una historia rural que se ha incorporado a los estudios campesinistas latinoamericanos, abordando temas y problemas abundantemente tratados por la antropología; podría decirse que sus resultados fueron inicialmente recibidos por buena parte del campo historiográfico general con la misma reticencia que los que ofrecía la etnohistoria y, en buena medida, por motivos análogos (Fradkin 2006). De esta manera, por diferentes motivos y en base a distintos sustratos teóricos, la historia rural y la etnohistoria pampeana y chaqueña convergieron en redefinir completamente el uso de la noción de frontera y el modo de entender a los sujetos sociales implicados en las relaciones fronterizas. Por su parte, los estudios de demografía histórica vinieron a enriquecer sustancialmente el conocimiento disponible de las dinámicas y estructuras sociales adoptando enfoques microanalíticos que se demostraron muy potentes para develar rasgos opacos de los entramados sociales. Del mismo modo, la historiografía actual es muy proclive ahora a analizar las estrategias de los actores subalternos para disputar, negociar o amortiguar las exigencias del poder, una perspectiva que se debe en buena parte a la influencia de algunas formas de la historiografía norteamericana muy informadas de las discusiones antropológicas. A su vez, este tipo de enfoques ha servido para abordar las características de algunos grupos populares y sus prácticas, afrontar el análisis histórico de algunas formas culturales de notable arraigo y perduración y acercarnos a una comprensión más densa y compleja de una sociedad mestiza y multiétnica que había asistido tanto a la hispanización de los modos de vida indígena como la indianizaron del mundo cultural hispano-criollo, y a precisar las prácticas sociales, económicas y culturales no solo del mundo indígena sino del conjunto de las sociedades rurales. La lista podría ser mucho más amplia pero lo reseñado alcanza para poner de relieve la impronta de algunos modos de ver de la antropología que se han convertido en parte del sentido común de la historiografía.

Las implicancias de estos desarrollos historiográficos todavía no han llegado a demostrarse por completo y quizás se deba a que todavía son vistos por parte del ambiente historiográfico como peculiares agregados que no fuerzan a modificar los relatos generales. Ello puede responder tanto a que esos relatos se resisten a replantear algunos de sus supuestos como a la dificultad de afrontar decididamente las implicancias de reconocer que se está estudiando la historia de una sociedad mestiza y multiétnica. Esa dificultad se advierte cuando se repasan algunos campos historiográficos que si bien se han renovado notablemente en los últimos años, replanteando muchos de los supuestos y convenciones que imperaban, han mostrado menos interés en focalizar su atención en el estudio de las clases populares y en abordar sus facetas y dimensiones étnicas. De este modo, los replanteos y las incisivas revisiones historiográficas acerca de la construcción de la nacionalidad, de las identidades políticas colectivas, de la ciudadanía o de la cultura política todavía no han afrontado decididamente las implicancias que estas evidencias pueden tener sobre sus argumentos. De la misma manera, las crecientes evidencias de activo protagonismo y de notable incidencia de grupos populares en las luchas y prácticas políticas no han derivado todavía en estudios precisos de las culturas políticas populares.

Llegados a este punto, creo que puede plantearse un interrogante a cuya respuesta podría ayudar mucho la colaboración de antropólogos e historiadores: ¿habrá habido modos específicamente populares de entender, relacionarse con, e intervenir en lo político? Esa posibilidad merecería ser indagada y rastreada a pesar de la tremenda dificultad de observación documental que supone. Hacerlo supone trabajar con un concepto ampliado de lo político y, a la vez, descentrado de sus sedes habituales como se ha mostrado en otros contextos latinoamericanos. Desde mi punto de vista, esa posibilidad aparece sugerida cuando se visitan los aportes que al respecto se han realizado desde una sociología que ha hecho suya los métodos y enfoques de la etnografía (Auyero 2001 y 2007). Traer a colación estas referencias vuelve a mostrar los modos indirectos de relación entre disciplinas y permiten registrar la existencia de prácticas, mediaciones, lógicas y quizás también tradiciones específicas de articulación de lo popular y lo político. Sin embargo, estos estudios contemporáneos no pueden dialogar fluidamente con la historia pues se carece de estudios de largo plazo al respecto. No me parece aventurado identificar en este nudo problemático una cuestión que invita y requiere la colaboración interdisciplinar, flexibilidad y creatividad para ensayar modos de aproximación y tareas colectivas: el rastreo, lo más preciso y pormenorizado posible, de la conformación de tradiciones políticas populares. Y ello parece claramente sugerido por algunas corrientes de la historiografía americanista que se han propuesto indagar la construcción histórica de los estados y sus relaciones con las clases populares poniendo el foco en sus experiencias, culturas y prácticas cotidianas de relación con los estados (Joseph y Nugent 2002). Necesariamente, ello invita y obliga a analizar los modos locales de construcción del poder y de la autoridad.

Ana María Lorandi tuvo la excesiva gentileza de calificar mi pequeño libro como un ejemplo de "observación participante". Esa calificación resulta excesiva porque advierte acerca de los límites infranqueables que enfrenta la omnipotencia del historiador y, por tanto, de los usos que darle a los enfoques etnográficos. Me parece oportuno retomarla pues me permite plantear que el rastreo de las tradiciones de la acción colectiva popular y de las culturas políticas que las sustentaron e informaron invita, si no es que obliga, a explorar las posibilidades de diversos métodos y enfoques. Allí intenté realizar una suerte de experimento que no privilegiara y no supusiera a priori un modo de aproximación como más conveniente sino que explorara diversas aproximaciones para evaluar sus posibilidades. Si como afirmaba Thompson "la historia es la disciplina del contexto y del proceso", aquí parecen hallarse los alcances pero también los problemas del uso de los aportes de la antropología. Sin duda, la selección de espacios acotados para efectuar el tipo peculiar de observación que requiere la indagación de las acciones históricas de los sujetos populares -y, sobre todo, su comprensión- supone el empleo de recursos en cierto sentido análogos a los desarrollados por la antropología. Sin duda, también los enfoques "desde adentro" se muestran necesarios para develar los sentidos y los significados que esos sujetos asignaban a sus acciones y a los de otros actores. Pero me temo que se revelan insuficientes y de allí la necesidad de prestarle particular atención a los movimientos orgánicos de esa sociedad y a las formas que fue adoptando la acción colectiva popular de modo de poder pensarlas como parte de un repertorio que se fue estructurando dentro de un ciclo de movilización, y produciendo tradiciones que exceden cada experiencia singular (Traugot 2002). Desde esta perspectiva, los usos productivos y creativos que los historiadores podemos hacer de los recursos de la antropología se potencian si se combinan con los provistos por otras disciplinas y se adecúan a los atributos de esa materia prima que determina las posibilidades de ese peculiar trabajo artesanal que es el del historiador: la naturaleza y las características mismas de la evidencia documental.

Como hemos planteado en otra oportunidad (Fradkin 2010) a propósito de los problemas que enfrenta el estudio de los actores sociales en el proceso revolucionario, consideramos que nuestra comprensión puede avanzar sustancialmente si procedemos a re-socializar el análisis de lo político y a anclar más firmemente el análisis de los debates y disputas políticas en el cuadro complejo y cambiante de múltiples tensiones sociales para poder advertir como ellas se canalizaron a través de las luchas políticas y como se fueron politizando. Pero la búsqueda de ese enraizamiento social de lo político no puede obviar la condición mestiza, multiétnica y plurilingüística de esta sociedad y supone la necesidad de afrontar una mayor etnificación de nuestro enfoque de lo social. Sin ello parece poco probable que podamos no solo comprender sino incluso identificar las formas que adoptó la política popular.

Para esa tarea pareciera imprescindible que los historiadores obtengamos la colaboración de los antropólogos y, sobre todo, de antropólogos atentos al estudio del pasado de las sociedades complejas y sensibles al desafío inherente de todo análisis histórico, este es el de pensar y analizar sociedades en movimiento. Desde esta perspectiva será posible empezar a develar algunas cuestiones que aun no ha merecido la necesaria atención y que pueden ayudar a identificar y comprender los hilos que fueron entretejiendo la constitución de las clases populares. Me atrevo, entonces, a señalar algunos puntos que podrían focalizar esa atención compartida. En primer lugar, parece necesario avanzar más decididamente en el estudio de los modos en que durante el siglo XIX se produjo la "integración" de sujetos y grupos indígenas dentro de las plebes urbanas, los campesinados y las clases trabajadoras. En segundo lugar, habría que explorar las posibilidades de desarrollar estudios de tipo etnohistórico para grupos sociales no indios, pero también dotados de fuerte identidad étnica, así como las relaciones entre grupos populares indios y no indios. Uno y otro podrían habilitar un diálogo más intenso entre la etnohistoria y la historia social y quizás aportarían a una renovación sustantiva de ella. Pero, en tercer término, a pesar de que la etnohistoria ha demostrado las posibilidades que ofrece el uso de la antropología política todavía no han sido estudiadas las trayectorias, experiencias e intervenciones de los grupos indígenas sometidos a la sociedad hispano-criolla en sus luchas y en sus prácticas políticas decimonónicas; se trata, por cierto de un problema tremendamente elusivo y opaco a la observación histórica pero que nos ayudaría a enriquecer la renovada historia política rioplatense y sus modos de abordar la construcción de la ciudadanía y la representación. Por último, no puedo dejar de señalar un enorme campo de estudios que aun espera tanto un renovado aporte de los antropólogos y una atención mucho más decidida por parte de los historiadores: los materiales y evidencias reunidas por los estudiosos del folclore. Es probable que aquí pueda haber un hilo decisivo para identificar y reconstruir las formas de la memoria popular y sus modos y tradiciones mestizadas de comprender lo político así como de elaborar la experiencia histórica de su protagonismo durante el siglo XIX3.

Notas

1. Una prueba de esta acumulación de conocimientos y maduración intelectual es la aparición reciente de un libro que puede dar cuenta y sintetizar las diversas historias de las clases populares, desde la conquista hasta fines del siglo XIX y abarcando el conjunto del territorio (Di Meglio 2012).

2. Al respecto resulta particularmente iluminadora la relectura de Santamaría (1985).

3. Esa posibilidad aparece claramente sugerida por dos grandes libros, tanto el impecable análisis hecho por Adolfo Prieto (1988) del papel jugado por el criollismo en la nacionalización del universo popular inmigratorio como en el uso realizado por Ariel de la Fuente (2007) de la evidencia folclórica para replantear el estudio del caudillismo.

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