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Memoria americana

versão On-line ISSN 1851-3751

Mem. am.  no.20-1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires jul. 2012

 

COMENTARIOS

Antropología e historia

 

Eduardo José Míguez *

* Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Universidad Nacional de Mar del Plata. E-mail: miguez1880@yahoo.com.ar

 

Rumpelstiltskin era un geniecillo maléfico que amenazaba robarle su bebe a la princesa. Había sin embargo una forma de dominarlo. Conocer su nombre. Desde luego, el cuento de los Hermanos Grimm refleja una vieja saga, que a su vez contiene un principio básico del saber humano. Nombrar algo es de alguna forma dominarlo. Darle un lugar en el orden de las cosas. Crearle una identidad de la que es posible apropiarse, al menos, cognitivamente. Aquel esfuerzo por poner un nombre a una intersección entre historia y antropología que dio lugar a denominaciones como la Etnohistoria o la Antropología Histórica podemos verlo como el intento por delimitar y apropiar un campo disciplinario. Un esfuerzo que visto en perspectiva, parece destinado al fracaso. No, desde luego, porque los trabajos que se inscribían en la Etnohistoria o en la Antropología Histórica no pudieran ocupar un lugar destacado en la producción de ciencias sociales sino porque difícilmente hayan logrado crear una trayectoria disciplinaria específica que justifique un nombre propio.

Y esta frase adelanta ya un enfoque. Sensatamente, Ana María Lorandi nos recuerda que "la diferencia principal entre Antropología Social e Historia reside en que una interroga a sujetos contemporáneos al investigador y la otra a los que solo dejaron huellas de actividades pasadas". Define así las disciplinas por su objeto, y los rasgos de ese objeto establecen las diferencias entre las disciplinas. Pero esta estrategia analítica presenta problemas. La confusión de campos temáticos está presente en toda la tradición disciplinaria, comenzando por el propio Heródoto. Y sin embargo, los departamentos de Antropología y los de Historia guardan sus terrenos en la enorme mayoría de las universidades del mundo, y no así los de Etnohistoria o Antropología Histórica. Es que aunque la delimitación del objeto es una parte sustancial de la diferenciación de las disciplinas -o lo fue en su proceso genético- estas han ido configurando tradiciones disciplinarias que le han dado su identidad a lo largo del siglo y medio en el cual han adquirido su perfil moderno1.

Es precisamente esto lo que hace que el cruce de la historia con la antropología sea enriquecedor. Porque en ese siglo y medio la antropología ha ido creando sus propios recursos analíticos, sus propias tradiciones disciplinarias, y la aplicación de estos instrumentos ha resultado muy productiva para el conocimiento de múltiples facetas del pasado. En el lenguaje "etnocéntrico" -el neologismo disciplinocéntrico sería en verdad muy feo- de un siglo atrás, esto convertía a la Antropología en un "ciencia auxiliar" de la historia. Infantilismo. Lo cierto es que la comprensión de los procesos históricos exige que el historiador apele a instrumentos conceptuales que han sido desarrollados por otras disciplinas. Desde luego, no pocos historiadores han contribuido al desarrollo de estos conceptos. Pero la tradición disciplinaria no otorga un lugar específico a este proceso. En historia, o bien los instrumentos conceptuales quedan asociados específicamente a procesos históricos concretos, o bien son incorporados a cuerpos conceptuales de otras disciplinas. Por ejemplo, se apela con frecuencia a la idea de feudalización del poder, aplicable en muchos contextos históricos, pero solo como metáfora; no existe un estatuto conceptual para esta idea dentro de la disciplina histórica, y los intentos por construirlo son mirados con escepticismo.

En el extremo opuesto, la historia genera de manera recurrente la compulsión narrativista. La imposibilidad sintética del estudio de lo social desemboca reiteradamente en la idea de que la historia es solo una narración.

Analicemos la frase previa. El problema de la síntesis se ilustra bien con ese recurrente desencuentro sobre el valor del libro en los procesos de evaluación científica entre las ciencias sociales y las físico-naturales. En las ciencias "duras", donde los conocimientos pueden sintetizarse en fragmentos precisos de un saber conceptual, una partícula de una teoría general, nadie puede producir suficientes de ellos en una investigación como para que no puedan ser presentados en unas pocas páginas. Un libro solo puede ser la compilación de una teoría o parte de ella, conformada por muchos de estos fragmentos creados por muchas personas: una síntesis didáctica. Pero la explicación de los laberintos de la política en la década de 1880 (Alonso 2010), o la estructura y dinámica demográfica del Beauvais de antiguo régimen (Goubert 1960)o la participación popular en el proceso de la independencia de México (Van Young 2001), no puede ser reducida a un modelo sintético. Solo un libro, y en ocasiones, como estos ejemplos, extenso, puede dar cabida al resultado de esas investigaciones.

Cabe una aclaración. Si bien la abstracción es parte de la síntesis, no toda abstracción puede lograr una verdadera síntesis. En la construcción de teoría se abstrae a partir de la observación, y eso las ciencias sociales lo practican con frecuencia. Pero la variabilidad de los casos es tan amplia que esa teoría solo puede ser indicativa, no una definición de la realidad. Al decir una súper nova, se sabe de qué tipo de estrella se habla, y cuál ha sido y será su evolución; al decir una monarquía absoluta, se tiene una pista de qué tipo de gobierno es pero estamos muy lejos de una comprensión del fenómeno si no se saben cosas mucho más específicas sobre el caso en cuestión.

El colofón es que la imposibilidad de dar una forma univoca y ordenada al mundo social, hace que solo el relato sea capaz de dar sentido a la acción humana -una expresión clásica de este argumento en Veyne 1970. Las reverberaciones de estas ideas visitan una y otra vez al quehacer histórico, pero alteran poco la práctica de los historiadores. De hecho, ninguno de los tres ejemplos que mencioné son en realidad un relato, más allá de la menor o mayor vocación narrativista de sus autores, y el de Goubert tiene ya más de medio siglo. Por lo demás, vale la pena citar el artículo de Wikipedia sobre Veyne:

Veyne impulsó la idea de que la historia sería un "relato verídico", convirtiéndose en uno de los primeros llamados narrativistas2. Su monografía El pan y el circo, sin embargo, mostraba que el concepto de Veyne sobre historia narrativa difería de su uso común, y que sus diferencias con la escuela de los Annales eran más pequeñas de lo que parecían (Disponible en Internet en: http://es.wikipedia.org)

La historia nunca ha sido solo relato, y aún en las más tradicionales de las historias nacionales -Mitre, sin ir más lejos- la explicación del relato entrelaza percepciones de contextos que buscan desentrañar su lógica. Si Mitre hoy lee rancio, es, entre otras cosas, porque su sociología y su antropología -o los rudimentos conceptuales que fungían por tales- nos lo parecen, no porque estén ausentes.

Vale decir, entrelazar acontecimientos y estructuras, tiempos largos y tiempos breves, hechos y cultura, han sido uno de los rasgos de la producción historiográfica. Desde luego, ha habido grandes obras que se ocuparon solo de una de estas dimensiones; que se limitaron a describir, por así decirlo, el contexto, la cultura, el medio. O que se limitaron a reconstruir una trama, una secuencia de acontecimientos. Es desde luego legítimo, precisamente porque la historia no es sintética. Porque no se puede reducir un acontecimiento a un tipo genérico, la opción puede ser relatarlo, y dejar a otro la tarea de explicarlo en su contexto. O se puede explicar el contexto, para que otros hagan más comprensibles los acontecimientos. Pero el oficio de historiador se ha construido como articulación entre las dos dimensiones, y en general los libros que mejor logran esta articulación sirven como paradigmas disciplinarios.

En este proceso, el historiador debe recurrir a todo el instrumental que dispone la teoría social. La teoría económica, la teoría sociológica, la teoría política, la demografía, y desde luego, la antropología. Incluyendo espacios de la teoría social que deambulan en las intersecciones de estas tradiciones disciplinarias, como la producción de Anthony Giddens ó Pierre Bourdieu -en quién la historia aporta ricamente a su proceso de conceptualización-, por ejemplo. Una obra reciente ilustra esto con fuerza. El tomo inicial de una naciente Historia de la Provincia de Buenos Aires (Otero 2012), que busca ser el marco interpretativo para el relato de los tomos subsiguientes, combina trabajos geológicos, arqueológicos, demográficos, geográficos y antropológicos e históricos.

La apelación a una teoría que en parte es compartida, sin embargo, no borra la especificidad de cada disciplina, de su tradición. Por ello, por ejemplo, la nueva historia económica, pergeñada por economistas, es ajena a la disciplina histórica; el maridaje que ellos producen responde a un paradigma que no es el de los historiadores. Y aunque los historiadores económicos con frecuencia aprenden mucho de la nueva historia económica y sus variantes, se trata en efecto de una disciplina distinta, con sus reglas, tradiciones y formas propias. Historiadores económicos de una y otra tradición piensan que el otro alcanza un conocimiento muy imperfecto de lo que estudia.

¿Es igual con la Antropología? Solo en parte, ya que hay mayor afinidad entre los paradigmas. La descripción de la sociedad estudiada siempre ha sido una parte importante de la antropología, y en ello se asemeja a la historia. Y si bien la historia no enfatiza un momento etnológico que siga al etnográfico, como ya señalamos, no solo encuentra en la aplicación de la teoría antropológica un instrumento útil, sino que encuentra en el relato etnográfico un terreno familiar. Si bien esto no borra las barreras, y las tradiciones disciplinares subsisten, lleva a que en la práctica de la ciencia cotidiana, cuando antropólogos e historiadores comparten un campo temático común, los límites se hacen poco notorios y los intercambios muy fluidos. Incluso, más allá de la ya eclipsada moda estructuralista, las explicaciones diacrónicas o estructurales son comunes a ambas disciplinas, y los investigadores eligen una u otra opción, o las combinan, independientemente de que en efecto, la historia se incline con mayor frecuencia por la primera y la antropología por la segunda.

Pero, hay, creo, razones adicionales para que la antropología y la historia hayan estrechado su vínculo. Cuando las limitaciones del campo antropológico más clásico, aquel en el cual se construyó su paradigmas, las llamadas, a falta de mejor término suficientemente abarcador, sociedades "primitivas", comenzaron a restringir el desarrollo de la disciplina, esta naturalmente comenzó a emplear su rico arsenal a otros contextos, incluyendo las modernas sociedades urbanas, y las sociedades del pasado3. La producción académica que de allí surgía maridaba muy bien con preocupaciones de los historiadores. Los estudios migratorios ofrecen un ejemplo muy fructífero. Toda la tradición analítica reciente en historia de las migraciones, desde luego, también en la argentina, es heredera de los trabajos antropológicos que mostraron la pervivencia de la etnicidad en los procesos migratorios, y la reconstrucción de identidades en las comunidades migradas. Vinculada con esta temática, el usufructo de la teoría de redes sociales, de origen antropológico, aplicada a muy variados contextos históricos (¿es necesario recordar aquí los aportes de Zacarías Moutoukias sobre la sociedad colonial rioplatense?) ha renovado mucho de la investigación histórica. Y los ejemplos son innumerables, sin necesidad de caer en la útil advertencia, pero de limitada eficacia, del giro posmoderno, donde también la historia ha compartido las dudas de la antropología.

En breve, historia y antropología caminan de la mano, como no podría ser de otra manera. Visto desde la historia -que es necesariamente mi punto de vista-, porque la historia no puede dejar de apelar a la valiosa producción de la antropología para crear los marcos analíticos que hagan factibles sus análisis de contexto, o comprensibles la construcción de sus relatos. Y cuando los antropólogos visitan el pasado, más allá de matices, generan una visión del contexto que en general, le resultan muy amigables al historiador. Es innegable, por ejemplo, que el estudio del mundo andino, desde donde Lorandi interpela la relación, es uno de esos campos en los cuales las sinergia es tal, que lo límites se hacen difusos.

Por lo demás, la distinción entre las disciplinas no es igual a la distinción entre sus practicantes. Hay textos de historiadores con densa carga antropológica, y quizás con mayor frecuencia aún -¿o se debe a mi punto de observación?-, de antropólogos que simple y sencillamente, hacen historia. Pero claro, poco hay de novedoso en esto al comentar un texto de Lorandi, que ha vivido siempre en estas fronteras.

Aún así, no veo necesidad ni conveniencia en borrar tradiciones disciplinarias, ni en gestar nuevos campos en la intersección. Dos tradiciones académicas que colaboran entre sí se enriquecen más en su diversidad que borrando sus diferencias, o intentando gestar nuevas disciplinas. En todo caso, dejemos que la propia dinámica de la investigación vaya redefiniendo, si es necesario, los campos.

Entre tanto, aún hay mucho espacio para la colaboración. Quisiera cerrar este comentario con la observación de un déficit, que es a la vez una oportunidad. En los últimos años se ha creado, me atrevo a decir, el estudio histórico de las sociedades de nativos americanos autónomos de las tierras pampeano-patagónicas en los siglos XVIII y XIX. Más allá de valiosos relatos y fuentes, muy poco se había avanzado en el campo antes de la década de 19804. En él han convivido historiadores, antropólogos y hasta arqueólogos, en una rica colaboración. Pero aquello que debería ser el ABC del estudio de este tipo de sociedades desde el punto de vista antropológico brilla notablemente por su ausencia. Aparecen instrumentos conceptuales significativos en el trabajo de algunos antropólogos y también de historiadores que interrogan el tema (por ejemplo, Bechis s/f; Mandrini 1997, Nacuzzi 1998); pero son aportes ocasionales, no seguidos de manera sistemática.

Quizás una parte del problema provenga de la formación local en antropología. Tengo la impresión que desarrollada tardíamente, e influida en sus orígenes por una tradición arqueológica poco estimulante, cuando la antropología argentina se consolida lo hace más en sus nuevas corrientes, que en la tradición más clásica del campo. Sea por esta o por otras razones, lo concreto es que ni historiadores ni antropólogos han puesto el esfuerzo sistemático en aplicar las nociones más clásicas de la antropología a un campo que clama por ellas. Desde luego, se han desarrollado algunas discusiones antropológicas importantes, y aparecen aquí y allá algunos instrumentos analíticos básicos, como ya hemos señalado. Pero el desarrollo de una etnografía clásica de estos pueblos poco ha progresado, por lo menos, hasta donde se refleja en esta renovada historiografía, desde trabajos como los de John Cooper (1946) o L.C. Faron (1961). Más aún, tampoco se hace habitualmente referencia a ellos, u otros fragmentos etnográficos, en las investigaciones recientes5. Así, con frecuencia los historiadores escriben historia de estos pueblos sin discutir cual es la lógica de sus sociedades, como si esta fuera transparente en sí misma; y aunque los antropólogos son más cuidadosos, tampoco ha habido un esfuerzo por inscribir sistemáticamente los procesos sociopolíticos araucanos en una definición precisa de su lógica social.

Esta omisión creo que ilustra bien mi argumento. A lo largo del aproximadamente siglo y medio que tiene la conformación de campos profesionales en las ciencias sociales, se han ido conformando tradiciones específicas, cuya lógica no deviene centralmente de una diferenciación de objetos y temas -aunque esta existe, sin duda- sino de tradiciones disciplinarias. Estas son en buena medida complementarias, más que conflictivas. Y la colaboración entre estas tradiciones enriquece nuestra labor. Por ello, creo que es muy útil colaborar en el estudio de los múltiples campos de intersección, sin necesidad de renunciar a la especificidad de cada tradición académica, pero recuperando a la vez la contribuciones de las vecinas.

Notas

1. Desde luego, baso esta proposición en la tradición analítica que define las disciplinas en términos de paradigmas laxos, según el clásico de Kuhn (1962) y teniendo en cuenta la inteligente crítica de Toulmin (1972). Una discusión clara y amena de estos problemas para las ciencias físico-naturales se encuentra en Chalmers (1982). Las ideas se han aplicado también, desde luego, a las ciencias sociales; un ejemplo es Barnes (1982).

2. La frase "uno de los primeros" es en realidad imprecisa, solo fue una más de las numerosas expresiones de este argumento.

3. Conviene aclarar que por limitaciones del campo clásico, me refiero a los costos, económicos y personales, del trabajo de campo en sociedades remotas y aisladas. Cuyo número, por otro lado, se hacía crecientemente limitativo. De todas maneras, seguramente el vuelco de la tradición antropológica al estudio de sociedades más similares a la del propio investigador, o por cierto, a su propia sociedad, estaba ya en la propia tradición de la antropología, y seguramente se hubiera desarrollado con independencia de las dificultades señaladas.

4. Existen desde luego aportes fragmentarios, obras con una mirada descentrada y fragmentos de arqueólogos, antropólogos o lingüistas. Pero si se compara lo que hoy se ha producido con lo que existía 30 años atrás creo que se justifica considerarlo un campo totalmente nuevo.

5. Aparecen sí referencias a trabajos de historiadores chilenos, o de un antropólogo como Guillaume Bocara, pero la investigación suele adentrarse poco en una lógica etnográfica.

Referencias bibliográficas

1. Alonso, Paula 2010. Jardines secretos, legitimaciones públicas, Buenos Aires, Edhasa.         [ Links ]

2. Barnes, Barry 1982. T.S. Kuhn y las ciencias sociales. México, Fondo de Cultura Económica.         [ Links ]

3. Bechis, Martha s/f. Los lideratos políticos en el área araucano-pampeana en el siglo xix: ¿autoridad o poder? En http://www.naya.org.ar/etnohistoria/.         [ Links ]

4. Chalmers, Alan F. 1982. ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Madrid, Siglo XXI.         [ Links ]

5. Cooper, John 1946. The Araucanias. Handbook of South American Indians, Boureau of American Ethnology Bulletin 143 (2) 1946.         [ Links ]

6. Faron, L.C. 1961. Mapuche Social Structure. Institutional Reintegration in a patrilineal society of central Chile. Urbana, University of Illinois Press.         [ Links ]

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9. Mandrini, Raúl 1997. Sobre el suttee entre los indígenas de las llanuras argentinas. Nuevos datos e interpretaciones sobre su origen y práctica. Anales de Antropología XXXI. México, IIA/ UNAM.         [ Links ]

10. Nacuzzi, Lidia 1998. Identidades impuestas. Tehuelches, aucas y pampas en el norte de la Patagonia. Buenos Aires, Sociedad Argentina de Antropología.         [ Links ]

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