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Anclajes

versión On-line ISSN 1851-4669

Anclajes vol.13 no.2 Santa Rosa jul./dic. 2009

 

ARTÍCULOS

Ricardo Güiraldes en su Diario: los ejercicios espirituales de un hombre de letras

Alberto Giordano

Universidad Nacional de Rosario - CONICET
[ agiordano@arnet.com.ar ]

Resumen: Además de considerar sus valores como documento biográfico y cultural, este trabajo propone una lectura del Diario de Ricardo Güiraldes, publicado recientemente en 2008, en tanto "tecnología del yo" destinada a sostener, mediante el registro diario del empleo del tiempo y de los avances, retrocesos o detenciones, un programa de aprendizaje y perfeccionamiento a través del dominio de sí mismo que Güiraldes orientó según una de las vertientes de la Sabiduría Espiritual de Oriente, el Raja-Yoga. Como ocasión cotidiana de vigilancia y contabilidad de logros y faltas en el camino de la espiritualización, el diario funciona, en términos generales, como una herramienta apropiada para apuntalar el desarrollo de las prácticas ascéticas. Pero a veces la eficacia de algunas maniobras de seguimiento resulta contraproducente, o al menos paradójica, porque el carácter obsesivo, y en ocasiones trivial, de la autovigilancia preserva o aumenta la fuerza perturbadora de lo que el diarista teme que podría resultar ingobernable. El trabajo concluye con un comentario de algunas entradas del Diario y de El sendero, el otro cuaderno de disciplinas que llevó Güiraldes, para mostrar cómo, por momentos, las prácticas y los intereses específicamente literarios interfieren la continuidad de la empresa de autocontrol y perfeccionamiento y desvían al aprendiz de yogui de las metas espirituales que se fijó.

Palabras clave: Ricardo Güiraldes; Diario; Espiritualidad; Escritura literaria.

Ricardo Güiraldes in His Diary: Spiritual Exercises of a Man of Letters

Abstract: Besides considering its values like biographical and cultural document, this work proposes a reading of Ricardo Güiraldes Diario, published recently in 2008, as "technology of the self" destined to maintain, by means of the daily registry of the use of the time and the advances, regressions or detentions, a program of learning and improvement through the self-control that Güiraldes oriented according to one of the facet of the Spiritual Wisdom of East, Raja-Yoga. Like a daily occasion of surveillance and accounting of profits and faults in the way of the spiritualization, the diary works, in general terms, as an appropriate tool to prop up the development of the ascetic practices. But sometimes the efficacy of some monitoring maneuvers is counterproductive, or at least paradoxical, because the obsessive character, and sometimes trivial, of the self-surveillance preserves or increases the disturbing force of what the diary's writer fears that could be unmanageable. The work concludes with a commentary of some entries of the Diario and El sendero, the other notebook of disciplines that took Güiraldes, to show how, per moments, the specifically literary practices and interests interfere with the continuity of the self-control and improvement work and turn aside to the apprentice of yogui of the spiritual goals that he has set for himself.

Keywords: Ricardo Güiraldes; Diary; Spirituality; Literary writing.

Mientras continúan esperando que la tendencia actual a la divulgación de papeles personales o íntimos favorezca la publicación póstuma de alguno de los diarios de escritores que todavía permanecen inéditos (los de Roger Pla, Enrique Wernicke y Carlos Correas)1, o persuada a los diaristas confesos y en actividad (Abelardo Castillo, Ricardo Piglia, Héctor Tizón)2 de que no es necesario, ni a veces conveniente, dejar en manos de la posteridad la exhumación de lo cuadernos que sirven al registro periódico de vivencias y pensamientos privados, los investigadores argentinos que se ocupan de esta forma particularmente heteróclita de la literatura autobiográfica han tenido que conformarse hasta el momento con un corpus de referencia mínimo y fragmentario: los Diarios casi completos de Alejandra Pizarnik, los restos de los de Walsh que sobrevivieron al saqueo y la destrucción (recogidos en Ese hombre y otros papeles personales), las quinientas páginas a las que Daniel Martino redujo los doscientos cuadernos que Adolfo Bioy Casares habría acumulado a partir de 1947 (Descanso de caminantes), su monumental Borges y poco más. (Entre lo poco que cabría añadir a este brevísimo catálogo por simple afán exhaustividad se cuentan los diarios de viaje a Europa (París-Roma) y al interior del país (Viaje por mi sangre) de Abelardo Arias, las siete entradas consecutivas de un diario personal de Eduardo Mallea que publicó la revista Logos en 1945, y dos especímenes en las fronteras del género: "Diario de Los enemigos del alma. 1948", también de Mallea (recogido en Notas de un novelista), y el Diario de un libro que Alberto Girri llevó entre enero y agosto de 1971 mientras escribía En la letra, ambigua selva).
Lo exiguo de este corpus explica por qué la reciente publicación del Diario de Güiraldes pudo significar entre los estudiosos de la literatura autobiográfica argentina, algo así como un acontecimiento enriquecedor, el acceso irrestricto a un documento de primera calidad de un valor directamente proporcional al de las múltiples realidades que atestigua. Ya sabíamos, cuando aun permanecía inédito, que el cuaderno de tapa dura en el que registró, entre marzo de 1923 y setiembre de 1924, con letra prolija y elegante, ocios y ocupaciones diarias, permite reconstruir "el estilo de vida" (Blasi 1988: 253) de Güiraldes mientras residió en la estancia familiar "La Porteña", durante ese tiempo fecundo en el que concluyó la escritura de Xaimaca y retomó, esta vez con impulso definitivo, la de Don Segundo Sombra. Qué comía y cuánto descansaba, a qué cuidados médicos entregaba su cuerpo, qué ejercicios y prácticas espirituales cumplían con sus anhelos de perfeccionamiento, qué tiempo dedicaba a la escritura literaria, qué leía, en qué tareas rurales participaba, en qué juegos y pasatiempos. Ahora sabemos también que el valor documental del diario se extiende al estilo de vida de Güiraldes cuando los intereses personales o profesionales lo llevaban a Buenos Aires (dónde se hospedaba, a quiénes frecuentaba, a qué instituciones asistía) y, más allá de ese registro meramente anecdótico, a su activa participación en la vida literaria porteña durante "una de las épocas más ricas de la historia cultural de la Argentina" (Mizraje 2008: 7). Por las entradas del diario pasan el encuentro con los jóvenes poetas con los que funda Proa en 1924 (Borges, Rojas Paz y Brandán Caraffa), las formas que toma la sociabilidad en el interior de una formación vanguardista, los compromisos con el mecenazgo, las tensiones con el mercado. Lamentablemente pasan sin desplegarse en comentarios o reflexiones, sometidos a la sintaxis reductora que Güiraldes se impuso al escribir el diario para que la literatura estuviese ausente de lo que debía ser sólo un registro de "hechos de trabajo" (Güiraldes 2008: 45).
La primera decepción que sufren los especialistas que no dejaron de ser lectores entusiastas del género resulta de comprobar que, si se lo toma como un documento personal de la vida literaria de comienzo de los años veinte, más que un diario, lo que Güiraldes llevó fue una agenda, un registro de encuentros y reencuentros con personas y lugares en el que se omiten no sólo reflexiones e interpretaciones, sino también el relato de lo sucedido. Como en toda agenda, "los nombres son lo principal" (Canetti 1992: 77). Un día anota que tomó el té en lo de Victoria [Ocampo] con Brandán Carraffa, Borges, Rojas Paz y su mujer, Adelina. Otro, que asistió a una exposición en la que le presentaron a Petorutti ("pintor cubista"). Otro, que se cruzó en la calle con Horacio Quiroga y se dieron un abrazo. Otro, que después de asistir al Banquete de Ansermet, tomaron café en el Royal Keller con los muchachos de Proa. Pero nada sabemos, ni podemos entrever, de los temas y el ánimo de las conversaciones, de la impresión que le dejó Petorutti, si es que le dejó alguna, de lo que sintió al abrazarse en público con Quiroga, de cómo se encontraba en compañía de los jóvenes poetas, si ya anticipaba alguna de las razones por las que un tiempo después preferiría alejarse. El ascetismo sintáctico que reduce a su mínima expresión el valor documental de este diario inhibe no sólo la representación, sino también la figuración de los sentimientos que afectaban al diarista en el momento de consignar los hechos más significativos de cada jornada. Hay poco de nuevo en lo que las entradas informan sobre el lugar y la posición de Güiraldes dentro de la cultura argentina en aquellos años de excepcional riqueza, y casi nada en lo que sostener conjeturas a cerca de lo que se pudo envolver inadvertidamente, como una reserva de afectos inexpresados, en el acto de escribirlas.
Para no resultar injusto, es conveniente que el lector desencantado por la ausencia de lo que suele encontrar en otros diarios de escritores recuerde que Güiraldes concibió el suyo como una herramienta, una "tecnología del yo" (Foucault 1991: 48), que debía contribuir a la realización de un programa de aprendizaje y perfeccionamiento a través del dominio de sí mismo. Es lo que indica el subtítulo que le habría puesto Adelina del Carril: Cuaderno de disciplinas espirituales. Aunque a decir verdad, el contenido de estos cuadernos puede resultar todavía pobre incluso para quienes estén advertidos de sus alcances disciplinarios, más pobre que el contenido de los otros cuadernos de apuntes en los que Güiraldes registró la marcha de sus búsquedas espirituales, los que se publicaron en 1932 con el título de El sendero, porque se limitan al examen del empleo del tiempo y a la contabilidad de propósitos, logros y fracasos. En sus páginas se pueden descubrir huellas de lo que habrán sido los diálogos consigo misma del alma sedienta de unidad y trascendencia, cuando el diarista se impone conductas o cuando consigna algún incumplimiento, pero casi nunca se escenifica el proceso dramático de la deliberación. Por su esquematismo sintáctico y retórico, aunque se los pueda inscribir dentro de una esfera próxima a la de los intereses religiosos, los cuadernos de Gúiraldes, que son algo así como cuadernos de contabilidad espiritual, nos remontan a los orígenes franceses, enraizados en la esfera del comercio y la administración, de la práctica del diario íntimo: el Livre de raison, que servía al buen comerciante "para darse razón a sí mismo de todos sus negocios" (Foisil 1987: 322).
La decisión de llevar un diario para que sirva como técnica de autoexamen, tiene un primer e inmediato efecto de disciplinamiento: la transformación de cada día en algo de lo que habrá que dar cuenta. Desde las primeras horas de la mañana, la promesa (que a veces se vuelve amenaza o condena) del racconto final expone cada gesto, cada conducta al juicio de un observador omnipresente. Por eso se hace tan difícil sostener el ejercicio y son tantas las coartadas para abandonarlo o interrumpirlo. Durante el tiempo en que prolonga el suyo, Güiraldes se muestra, por lo general, muy aplicado: todas las noches hace un registro sumario del día que pasó, apunta una especie de evaluación de sus progresos espirituales (y entonces se felicita), pero también de los estancamientos o las regresiones (y entonces se amonesta y exige corrección), y cuando alguna indisposición o algún inconveniente lo obliga a interrumpir la frecuencia diaria, al recomenzar lo primero que hace es llenar los vacíos y reponer las entradas que corresponden a los días que quedaron sin registro, para que el movimiento de la autorregulación prosiga sin fisuras.
La imposición del diario como hábito, con sus exigencias de dedicación y constancia ininterrumpidas, es un recurso de probada eficacia para que las otras prácticas que apuntan al mejoramiento y la transformación de sí mismo puedan convertirse en rutinas. La anticipación del racconto examinador hace más firme el mandato diario de avanzar en la espiritualización a través de los ejercicios respiratorios, la recitación de mantrams, la suspensión de los movimientos de la mente y las distintas formas de aproximarse al autocontrol por el camino de la renuncia. Como se sabe, Güiraldes orientó su ascetismo en una de las direcciones más difundidas de la Sabiduría Espiritual de Oriente, el Raja Yoga, que se caracteriza, según los textos de divulgación, por el deseo de manifestar y desarrollar poderes y facultades ocultas y de investigar los fenómenos psíquicos de la propia mente3. Con el lenguaje estereotipado que es de rigor cuando se intenta definir la esencia trascendental de lo humano, en la entrada del 12 de agosto de 1923 encontramos esta descripción del tesoro que aguarda al raja-yogui al término de su camino de espiritualización: "la conciencia del Yo real que me dará el poder de servirme de la voluntad para propio control y dominio" (Güiraldes 2008: 108). Ese Yo más real que el cuerpo y que la mente es un estado luminoso de dicha y equilibrio perdurables, estado de pura conciencia intransitiva sin sujeto ni objeto, al que se llega fuerza de renuncia y desapego. Es un "Yo mejor" (Güiraldes 1967: 29) porque se desprendió del ego y de sus poderes, que son los de la razón y los de los sentidos, para solidarizarse y participar con cuanto es. En el Diario, lo mismo que en algunas anotaciones de El sendero, Güiraldes define el sentido que debería tomar en su caso el trabajo de despojamiento: renuncia a los placeres mundanos, sobre todo al sensualismo, que es su talón de Aquiles; renuncia a la vanidad, en cualquiera de sus manifestaciones, incluida la preocupación por publicar la obra literaria. No obstante, la primera vez que la escritura del diario se interrumpe significativamente, por tres meses, es justo cuando termina de corregir Xaimaca y sigue en Buenos Aires el proceso de edición, publicación y distribución de la novela. La voluntad de vigilancia y perfeccionamiento se debilita hasta casi desaparecer cuando irrumpe esa hipertrofia del ego que es la conciencia autorial. Hay que señalarlo, para no confundir propósitos con logros (los diarios suelen ser la prueba de todo lo que pasa entre unos y otros mientras pasa la vida, por eso se los puede leer como novelas), para no engrandecer al personaje del diarista a costa de desatender los aspectos erráticos o equívocos de su performance. Más que como un peregrino "alto e iluminado de coraje", o como un "alma grande", según los arrebatos sentimentales que se permite Mizraje en el estudio preliminar4, Güiraldes se desplaza por las páginas del diario como un aprendiz de yogui que "va y viene del autocontrol y la soledad al ruido de la vida" (Saavedra 2009: 7). Porque no deja de atender a las más diversas solicitaciones, casi con la misma frecuencia con que se impone una orientación ascendente la pierde, y en el registro de lo cotidiano mezcla "dudas y certezas, datos objetivos y presunciones indemostrables, actos triviales y propósitos elevados" (Ibíd.). A veces se mueve con elegancia, otras, con una rigidez excesiva, otras, con torpeza. Su condición de principiante con escasas posibilidades de experimentar la iluminación y el desapego absolutos (el mítico samadhi) se hace todavía más evidente que en los continuos fracasos de la voluntad, en el entusiasmo escolar con el que celebra los pequeños logros.

Acostado sobre la cama, ejercicio de concentración. Laxación larga, muy bien conseguida. El olvido del cuerpo es casi completo y llego bastante bien a poder ocuparme únicamente de la concentración mental.
Me levanto para ir a comer, contento con lo que he conseguido (Güiraldes 2008: 65).

En el banco de las magnolias, ejercicios de concentración. Siento que me acerco a la percepción del Yo, pues estoy como fuera de mí mismo. Ayudo mi concentración con res. ritm. [respiración rítmica] y repetición del mantram de la primera lección. Siento que he dado un buen paso adelante (Güiraldes 2008: 104).

La lectura del Diario de Güiraldes, ese registro detallado de cómo empleaba el tiempo, la extraordinaria cantidad de tiempo libre que le deparaba su condición de terrateniente, un hombre de letras "afrancesado" con pretensiones espiritualistas, podría alimentar las supersticiones de cualquier crítico interesado en el revés ideológico de las producciones literarias y llevarlo a proponer imágenes del diarista menos generosas que las que acabamos de sopesar del "hombre santo" o el "aprendiz de yogui". Con casi cuarenta años de retraso, este diario aporta una reserva invalorable de citas y referencias a los argumentos que propuso David Viñas en "El viaje a Europa" sobre el aislamiento defensivo como estilo de vida, apolítico y espiritualista, propio de los escritores burgueses hijos del 80. El motivo ideológico de "la vuelta al campo como regazo purificador" (Viñas 1974: 183) se recorta nítido cada vez que Güiraldes opone moralmente la tranquilidad de la estancia familiar, en donde sí puede desarrollar sus búsquedas literarias y espirituales, al desequilibrio y el descontrol ingobernables que se apoderan de sus días (lo "llevan del hocico", dice) mientras reside en Buenos Aires. "No encuentro momento para estar conmigo, con mi trabajo, con mi pensar. Buenos Aires me desorbita" (Güiraldes 2008: 74). "Buenos Aires me produce el inmediato deseo de partir" (Güiraldes 2008: 121). Cuando algún tratamiento médico o los compromisos de la vida literaria lo obligan a quedarse, aprovecha para cultivar los hábitos del gentleman letrado: se afeita en el Jockey Club, toma el té en Harrod´s, cena en casa de Victoria Ocampo. Más que en estas rutinas de clase bastante obvias, un crítico con afanes desmitificadores se detendría seguramente en la falta absoluta de referencias a la realidad económica del campo, de los negocios agropecuarios, en todas las entradas escritas en "La Porteña", como si para el diarista ese mundo, que en verdad era el sustento de todos sus mundos, no tuviese nada que ver con él. El tesoro mayor y nada oculto con el que se podría encontrar este crítico (por ahora) imaginario, lo espera en la entrada del 21 de mayo de 1923. La mala fe, seguramente involuntaria, se enmascara de dolida perplejidad:

Conversación en la c. de a. [cocina de abajo, en "La Porteña] El maestro albañil que hace mi cuarto muestra su odio de clase. No sabe expresarse, obedece a cuatro ideas subversivas con buena fe de unilateral. Admira los atentados y aplaude las venganzas. El mundo está dividido en obreros y burgueses. Obreros son los agremiados y siempre tienen razón. Burgueses son los demás y no tienen razón nunca. Todo se arregla a balazos.
Da lástima oír hablar con tanto epíteto sanguinario a un hombre que convierte su ambición y la de toda una clase, en un evangelio. Lo peor es que en otras clases (no entiendo de esto) he oído hablar con igual ininteligencia y barbarie (Güiraldes 2008: 72).

Como mi reino no es de este mundo, sino del de las letras y el perfeccionamiento espiritual, digo "clases" pero en realidad no sé qué digo. Puesta entre paréntesis, la afirmación no hace más que transparentar los presupuestos que deniega: muy a mi pesar, entiendo más de lo que querría. Por eso en un diario que casi no registra conversaciones ni alocuciones ajenas (apenas, a veces, los restos de alguna discusión matrimonial), la invectiva terrorista del maestro albañil resuena con la fuerza de lo ineludible.
Cuando la escritura del diario se establece como ocasión de vigilancia, de lo primero que hay que dar cuenta cada día con miras a la revisión posterior es de cómo se empleó el tiempo: cuántas horas quedaron del lado del haber espiritual (las dedicadas a los ejercicios yoguis, las conversaciones elevadas, la práctica amateur de la acuarela y los trabajos literarios), y cuántas del debe. "Muy descontento con el desaprovechamiento de mi tiempo" (Güiraldes 2008: 65); "El día de hoy me debe servir de ejemplo como desperdicio" (Güiraldes 2008: 67). El diario como memoria aleccionadora de la pérdida de tiempo. El tiempo se pierde no tanto por la necesidad de cumplir con obligaciones indeseables o fútiles, sino por indolencia o porque se lo malgasta, cediendo a las pasiones que desequilibran el cuerpo y la mente. Para alguien que cifró sus expectativas de perfeccionamiento en el dominio de sí mismo, "rabiar", aferrarse a un enojo, es la variante más baja del desperdicio. Como de todas formas las rabietas igual estallan y se apoderan de las horas, hasta de los días, por muy avisado que se esté, el cuaderno de disciplinas espirituales siempre queda a mano para registrar el exceso y controlar de cerca los avances en el restablecimiento de la armonía.
El 25 de marzo de 1923, durante un partido de bochas en "La Porteña", el amor propio de Güiraldes se resiente por las bromas y los chistes de los compañeros de juego. "Sentimiento de estar perdiendo el tiempo y de poner energía en cosas que no me importan" (Güiraldes 2008: 48). El 27, la repetición de la escena agrava el malestar, "Rabio con las bromas y por lo tanto de mi rabia" (Güiraldes 2008: 49), y precipita la imposición de un acto de renuncia: no queda otro remedio que suprimir la causa de lo que lo enajena. La entrada del 29 lo muestra en firme cumplimiento del plan reparador: la única participación que toma ese día en los partidos de bochas es como espectador. Como el 30, después del almuerzo, interviene en un partido de cuatro sin incidentes (tal vez los compañeros de juego se apiadaron de su malhumor), suponemos que el trabajo de autodisciplinamiento fue dado por exitoso y Güiraldes juzgó que no sería necesario perseverar en la retirada. En esta secuencia, tan difícil de parafrasear sin caer en ironías, se condensan la trivialidad y la eficacia paradójica de algunos otros seguimientos a los que el diarista se somete en aras del preciado autocontrol. El cuidado de sí mismo a través del registro obsesivo de lo que interfiere e inquieta ordinariamente el transcurrir de los días, aunque en lo inmediato pueda resultar tranquilizador, no hace más que preservar e incluso aumentar la potencia perturbadora de lo que el diarista teme que podría resultar ingobernable. Así, la vigilancia paso a paso del despliegue de un dolor lumbar, o la del progreso, primero de unos golondrinos, después del tratamiento para eliminarlos, no sólo no propician el ansiado desprendimiento del cuerpo, sino que fortalece el fantasma de su extrañeza radical.
En la declaración de propósitos que inscribió antes de la primera entrada, Güiraldes confía en que la práctica autorreguladora del diario sirva para que su vida adquiera una orientación firme y trascienda la condición de "borrador sin fin" (Güiraldes 2008: 45). La ausencia de intereses literarios garantizará la eficacia de la escritura como instrumento de contabilidad espiritual al servicio de los ideales ascéticos. Aunque alguna vez cede al impulso de revivir en el lenguaje las emociones que provocan un paisaje irrepetible5, la constancia de Güiraldes en el uso de oraciones breves, unimembres, con predicados no verbales o sin verbos conjugados en voz activa, reduce efectivamente las posibilidades de desvío hacia los dominios de la imaginación. Y sin embargo, en su manifestación más mundana: las expectativas institucionales alrededor de su práctica, la literatura es uno de los factores que con más fuerzas interfieren sobre la continuidad de la empresa de autocontrol y perfeccionamiento. Después de la interrupción por cuatro meses, entre setiembre de 1923 y enero de 1924, mientras acompañó la aparición de Xaimaca, Güiraldes deja de llevar el diario durante otros cinco meses, de marzo a agosto de 1924, en los que, además de soportar varias dolencias, conoció a "muchos muchachos de los jóvenes entre los que hay verdaderos talentos de poeta" (Güiraldes 2008: 133) y con algunos de ellos fundó Proa. La última secuencia, hasta la interrupción definitiva el 16 de setiembre, registra el seguimiento obsesivo y contraproducente de las intermitencias del ritmo cardíaco y del consumo de cigarrillos y el entusiasmo con el que coordina la edición y la distribución del primer número de Proa y el armado del sumario del segundo. Como un escolar aplicado que después de completar la tarea del día apronta el cuaderno para la próxima jornada, en la que iba a ser su última noche de diarista Güiraldes anotó la fecha del día siguiente y, sin proponérselo, por dejar constancia de que nadie sabe dónde estará mañana, probó, contra sus propósitos iniciales, que la vida no puede ser otra cosa más que un bosquejo inconcluso. "SETIEMBRE 17 DE 1924 -BUENOS AIRES" y debajo nada. Ese vacío, que es un testimonio del fracaso o el agotamiento de la búsqueda espiritualista que apuntalaba el diario6, transmite mejor que el más exitoso ejercicio de autodominio lo que la vida tiene de proceso impersonal y descentrado.
La fuerza con que los intereses literarios pueden interferir en el camino de espiritualización que recorre un escritor hasta entorpecerle la marcha es uno de los tópicos que justifican la relectura del otro cuaderno al que Güiraldes encomendó el cuidado de sus progresos y que también se publicó póstumamente. El sendero. Notas sobre mi evolución espiritualista en vista de un futuro es un texto híbrido en el que se alternan las convenciones del diario (el registro fechado de reflexiones, recuerdos de infancia, comentarios sobre algún acontecimiento significativo) con el acopio de una reserva textual (citas de manuales yogas, de poemas y pensamientos propios) destinada a servir como material y como marco para futuros ejercicios de lectura y meditación. A la manera de los hypomnématas antiguos, el sentido de este otro cuaderno de disciplinas espiritualistas que Güiraldes llevó aproximadamente durante un año, casi hasta el día de su muerte el 8 de octubre de 1927, reposaba en el cumplimiento de una función ethopoíética (Foucault 1999: 292), la transformación en éthos de la verdad contenida en las citas que se atesoraron con miras a la relectura y la conversación consigo mismo.
Hay una entrada del Diario que es un documento de escritura revelador en la que Güiraldes se perfila con contornos ambiguos, "lúcido y a la vez tomado por unas voces persistentes" (Mizraje 2008: 20). Es la entrada del 10 de julio de 1923: tuvo que dedicar casi todo el día a la revisión del manuscrito de Xaimaca para corregir la repetición exorbitante de algunos términos. "...Emoción 11, Mundo 25, Noche 49... Tendré que seguir con otras. Algunas palabras me obcecan cuando escribo" (Güiraldes 2008: 97). Hay una parte del trabajo de escribir que responde al cálculo inteligente, y otra, acaso esencial, porque tiene que ver con su desencadenamiento, a impulsos ciegos y obsesivos. Las dos partes coexisten y lo que se pone en juego cada vez es cuál dominará a la otra. Por eso la condición del escritor se establece, siempre en equilibrio precario, en la tensión irreductible que recorre cada uno de sus actos, lo mismo cuando se deja llevar que cuando ejerce control. Esto, al mismo tiempo que podría justificarla parcialmente, si se pone el acento en los impulsos que descentran al ego, enrarece la equivalencia entre meditar y escribir con la que Güiraldes juega en El sendero para conciliar deseos literarios con anhelos de sabiduría. "Escribir es mi manera concreta de meditar y por ello debo seguir como por un camino señalado" (Güiraldes 1967: 25). "Leer y escribir son como función respiratoria de nuestra mente: Inhalar y exhalar" (Idem.: 31). "Creciendo en mi obra, creceré en mí mismo" (Idem.: 49). La confusión promueve dos equívocos complementarios: la utopía del escribir como flujo placentero y natural, sin trabajo ni tropiezos, sin angustias ni inquietudes, como quien dice, manteniendo un equilibrio apasionado; y la fantasía omnipotente de crearse a sí mismo, de renacer como hijo de la propia voluntad depurada y acrecentada. Mientras que en la primera el yo se diluye sin tensiones, como si se pudiese concebir un acto de escritura literaria en el que no participase la voluntad del autor (su voluntad de erigirse, contra el fluir de lo "natural", en causa o guardián de lo que sucede), en la segunda se apuesta a un poder de autocreación que nada contrarresta, sobre el que no inciden factores desconocidos para desviarlo de su realización. Según Parkinson (1986: 56), la idea de un renacimiento espiritual antes de la muerte como resultado de la capacidad de modelarse a sí mismo según el propio concepto de perfección, "no encaja completamente ni con el Cristianismo ni con el Yoga". Tal vez, antes que en la mística, haya que buscar sus fuentes en el imaginario que atraviesa a quien que se propone al mundo como el autor de una obra irrepetible, alguien que, incluso si está dispuesto a renunciar al ego, según dice, difícilmente aceptaría que esa obra se desprenda de la identificación con su nombre propio.
Hombre de letras al fin, mientras recorre los libros teosóficos que deberían guiarlo en el desbrozamiento de su verdad, Güiraldes se distrae y se incomoda porque advierte el tono peligrosamente romántico y los excesos de sentimentalismo que ponen a la teoría en ridículo. Los ojos del escritor notan y reprueban lo que acaso sean estímulos para los ojos del creyente. Como en el camino de la espiritualización se avanza por intuiciones y no por razonamientos críticos, las notas sobre las debilidades retóricas de algunos textos doctrinarios de poco habrán servido, en el momento de la relectura, para estimular los movimientos de la meditación. Y sin embargo ahí están, el cuaderno las atesora, como un testimonio de que, entre tanta renuncia autoprescripta, Güiraldes no estaba dispuesto a abandonar una cierta relación con el lenguaje aunque se le dificultase manipularla en términos de crecimiento espiritual. Esa relación amorosa con las "cualidades" estéticas de las palabras es el punto de vista conflictivo desde el que la diferencia entre "grado de evolución espiritual" y "capacidad literaria" (¿podemos imaginar otra diferencia que concerniese con más fuerza a un aprendiz de yogui que ya era un escritor consumado?) se le aparece como una especie de antinomia o un problema de muy difícil solución.

Los espiritualmente desarrollados suelen decir que de tal o cual cosa el profano no entiende, siendo un ciego ante las verdades luminosas que no puede siquiera percibir. De acuerdo; pero lo malo está en que, en el terreno de la palabra escrita, que muchos teósofos han elegido como su medio de trabajo y de propaganda, los iniciados parecen ser los profanos. No creo que, como demostración de capacidad poética y literaria, sea cuestión de partir de un principio arbitrario –como por ejemplo: este escrito es espiritualista, luego es mejor; aquél es profano, luego es peor–, sino de demostrar por la obra la superioridad de las facultades intuitivas. Tal no sucede, y podría hacerse a los teósofos el argumento que ellos hacen en cuanto a la ceguera de los no iniciados en sus misterios: Son ciegos que no perciben ciertas cualidades de la palabra. De la palabra, por la cual se crea (Güiraldes 1967: 80-81).

Los misterios de la creación literaria, aunque en el apresuramiento de estos apuntes se los asimile con una forma particular de conocimiento, son tan exigentes y a veces tan inaccesibles como los de la intuición. En el terreno de la palabra escrita, compartido por los literatos con anhelos de espiritualidad y los teósofos puestos a escritores, no puede haber transmisión superior de las experiencias místicas sin desarrollo superior de las posibilidades retóricas. Y sin embargo esto jamás ocurre, salvo en los grandes textos como la Biblia o el Bhagavad-Gita. Está claro que la polémica no existe más que en el "fuero interno" de Güiraldes y que manifiesta su decisión de no desprenderse de la confianza y el entusiasmo que le despiertan los poderes del lenguaje, sobre todo los poderes del lenguaje poético, aunque los sepa inútiles para alcanzar la iluminación. Cuando comunican sus experiencias más altas, los iniciados apenas si nos dan una descripción mediocre del éxtasis místico porque son ciegos que no pueden percibir (ni palpar, ni escuchar) las palabras como fuerzas. Los poetas llegan más lejos, incluso si lo ignoran todo de la Sabiduría Oriental, porque saben poner al lenguaje en estado de exaltación, inventar lenguajes extáticos con los que escribir páginas "no precisas, pero diría contagiosas" (Güiraldes 1967: 82).
Aunque el encomio de los poetas es justo y su exposición convincente, como advierte que lo apartó demasiado del sendero, y por un camino peligroso, Güiraldes se apura a declarar la polémica inservible. En seguida fija en el cuaderno una regla de conducta profiláctica para evitar las recaídas en "largas disertaciones" que no llevan a ningún lugar: "Pequeñas frases ayudadoras, sí me serían útiles" (Güiraldes 1967: 84). Otra vez encomienda al ascetismo sintáctico el control sobre el progreso de las depuraciones más exigentes. Y otra vez la eficacia de la disciplina autoimpuesta resulta cuanto menos paradójica ya que acrecienta, por considerarlos peligrosos, el atractivo de los prolongados excursus en los que el aprendiz de yogui se extravía mientras el escritor pulsa la fuerza de sus poderes y de los del lenguaje.

Notas

1 De la existencia de los diarios inéditos de Roger Pla, tres en total, tenemos noticias gracias al extenso y muy informado prólogo biográfico que escribió Analía Capdevila (2009) para la reedición de Paño verde que prepara la Editorial Municipal de Rosario. La revista Crisis, en su número 29 de setiembre de 1975, publicó veinte carillas de los diarios inéditos de Enrique Wernicke; la selección estuvo a cargo de Jorge Asís. Por una comunicación que Christian Estrade (2007) presentó en las Jornadas sobre "Diario y ficción" que organizó en 2007 la Universidad de Grenoble, sabemos que la extensión total de este diario es de mil cuatrocientas carillas, que Wernicke lo llevó durante más de treinta años, entre marzo de 1936 y marzo de 1968, y que lo consideraba su mejor obra, la única que lo sobreviviría. El propio Carlos Correas (1996), en el transcurso de una extensa entrevista con los editores de El ojo mocho, comentó la existencia de un diario íntimo que comenzó a llevar en la adolescencia y que, al menos hasta la tarde de la entrevista, no pudo dejar de escribir ni siquiera un día.

2 En una entrevista que le hizo Nora Avaro, Abelardo Castillo (2004) se extiende sobre las razones por las que lleva un diario desde la adolescencia, cómo fueron cambiando las funciones de esa práctica con el paso de los años, cómo, paradójicamente, desde que lo lleva en la computadora con la certidumbre de que en algún momento se hará público, su sinceridad se volvió menos retórica. Héctor Tizón (2008) documenta la existencia de sus diarios de trabajo a través de una serie de extractos que le sirven para ensayar una caracterización del género como forma híbrida, cuasi novelesca, que carece de una trama definida y se construye con múltiples digresiones porque responde a las incertidumbres e indeterminaciones propias de la vida. En cuanto a Piglia, las referencias al diario que lleva desde los 16 años –primero fue una especie de novela en la que se inventaba una vida y con el tiempo se convirtió en un "laboratorio de la ficción" clandestino, situado en el centro de su obra– son recurrentes en las entrevistas que viene dando desde mediados de los ochenta (ver, por ejemplo, Piglia 1986: 33 y 69-70).

3 El lego en materia de Sabiduría Espiritual Oriental puede encontrar algunas referencias útiles sobre las creencias de Güiraldes en Parkinson 1986.

4 Ninguno de estos arrebatos, es justo reconocerlo, lesiona la calidad informativa y el rigor crítico de su trabajo.

5 "Mañanita de rezar. Celajes en el campo, a ras de los bajos. De la playa al horizonte del Este, la tierra parece un cielo de nubes coloreadas por el crepúsculo, en el que brillan, a contra luz, los montes azules. En el corral las vacas están bañadas en un vaho de evaporación: plateada de los lomos arriba, azul incierto en los huecos de sombra. Algo estupendo para pintar" (Güiraldes 2008: 63).

6 Por algo en las entradas de los últimos meses no hay referencias a las prácticas yoguis, ni registro de esta ausencia.

Referencias bibliográficas

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Fecha de recepción: 02-02-09
Fecha de aprobación: 18-03-09