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versión On-line ISSN 1851-4669

Anclajes vol.13 no.2 Santa Rosa jul./dic. 2009

 

ARTÍCULOS

La tierra del fuego de Iparraguirre: La Patagonia revisitada

Luciana Mellado

Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco
[ lucianamellado@infovia.com.ar ]

Resumen: Este trabajo examina la construcción narrativa de la Patagonia decimonónica en La tierra del fuego (1998) de Sylvia Iparraguirre. La novela traza un imaginario de la región relacionado intertextualmente con otras representaciones históricas y literarias de este espacio que se revisitan y revisan. Dichas representaciones, procedentes principalmente de la narrativa europea fundacional, promueven su definición literaria y política en una versión hegemónica que la novela desnaturaliza.
La tierra del fuego rememora los modos con que Inglaterra escribe selectivamente la Patagonia austral en el siglo XIX como espacio subalterno y recuerda también la problemática inscripción de este territorio en la cartografía política nacional. El texto da cuenta del carácter discursivo de la geografía imaginaria de la región en relación con la productividad textual de la metrópoli británica, cuyos relatos sobre el lugar fueron centrales para legitimar su presencia e intervención en el territorio.
Al mostrar, en el plano del enunciado y la enunciación, el vínculo ostensible entre el proyecto colonial que Inglaterra emprende en la Patagonia y las estrategias con que se describe y narra la naturaleza y la cultura del lugar, Iparraguirre visibiliza el carácter ideológicamente motivado de los relatos sobre la región, incluyendo el suyo propio.

Palabras clave: Literatura argentina; Novela histórica; Geografía imaginaria; Patagonia.

Iparraguirre's La Tierra del fuego: Patagonia Revisited

Abstract: This work examines the narrative construction of the Patagonia in La tierra del fuego (1998) by Sylvia Iparraguirre. The novel traces the imaginary character of the region during the 19th century related intertextually to other historical and literary representations of this space that are revisited and revised. These representations come principally from the European foundational narrative and promote the literary and political definition of the place in a hegemonic version that the novel denaturalizes.
La tierra del fuego recalls the manners with which England writes selectively the austral Patagonia in the 19th century as a subordinate space, and remembers the problematic inscription of this territory in the political national cartography. The text shows the discursive character of the imaginary geography of the region in relation to the textual productivity of the British metropolis, whose accounts on the place were central to legitimize its presence and intervention in the territory.
Iparraguirre shows, in the statement and the enunciation, the obvious link between the colonial project that England undertook in the Patagonia and the strategies used to describe and narrate nature and local culture. The writer displays the ideologically motivated quality of the regional narrations, including her own writing.

Keywords: Argentine literature; Historical novel; Imaginary geography; Patagonia.

I. Presentación

El siguiente trabajo indaga el modo en que se construye y reconstruye narrativamente la Patagonia decimonónica en La tierra del fuego (1998) de Sylvia Iparraguirre. Examina el imaginario espacial de la región que la novela elabora discursivamente, en relación con otras versiones de la Patagonia que son ostensivamente intertextuales y se hallan estrechamente vinculadas con proyectos políticos y económicos imperiales y coloniales que históricamente las validaron y difundieron. La tierra del fuego visibiliza y problematiza, según nuestra hipótesis de lectura, cómo dichos proyectos se manifiestan ideológicamente en el plano del discurso y en la selección de referencias y estrategias de descripción del espacio físico y cultural.
La novela de Iparraguirre recupera como materia narrativa una sucesión de hechos, ocurridos a mediados del siglo XIX en el sur de la entonces Confederación Argentina, documentados por un profuso discurso literario e historiográfico. Centrado particularmente en las intervenciones de Inglaterra en la región, el texto da cuenta, entre otras cosas, de los dos viajes del Beagle a la Patagonia austral y de las actividades realizadas en la zona por la Sociedad Misionera Patagónica. La tierra del fuego encuentra anclaje en las referencias históricas, pero se desplaza constantemente desde la versión oficial elaborada desde el centro europeo, particularmente inglés, hacia una versión revisionista, moldeada y reorganizada desde una doble periferia enunciativa: la de la autora y la del narrador.
La Patagonia que el narrador Guevara rememora se instala como una geocultura afectada por una cronología social que se explicita intermitentemente y que se corresponde con el expansionismo decimonónico del imperio británico en la región y consecuentemente con la desaparición de sus grupos nativos, a uno de los cuales pertenece un yámana, Jemmy Button, desde el cual se focaliza la mayor parte de la historia, y con el cual el narrador llega a identificarse de un modo tal que en un momento afirma: "el destino de Button tomó hace tiempo, la forma de mi destino" (50).
La continua función de Guevara, un personaje "que es inventado" (Iparraguirre 2000: 103), como interpretante de la mirada de Button, un personaje de documentada existencia histórica, muestra la recuperación de un recurso utilizado por la novela histórica desde sus inicios en el romanticismo, aquel "que consiste en idear un personaje de ficción para explicar qué ocurrió con el verdaderamente real" (Jitrik: 24. Citado por Cheadle: 83). Este procedimiento fue un principio constructivo fundamental para la narración. "Pude armar la novela gracias a que engarcé en la historia real un personaje de ficción" (103), reconoce la autora.
Guevara se aproxima a los personajes enmudecidos como sujetos discursivos y a sus percepciones espaciales y se aleja de las imágenes con que Darwin y Fitz Roy caracterizan el lugar desde la narrativa europea "fundacional" en la que se inscriben1. Si bien el narrador no consigna puntualmente ningún relato específico de estos británicos referido a sus experiencias en la Patagonia2, sí establece constantes reelaboraciones, continuidades y rectificaciones de sus discursos, de sus referentes textuales más significativos y de sus más insistentes procedimientos de composición de lo espacial.

II. La Patagonia y su doble mito en el siglo XIX: tierra de nadie y tierra nacional

Darwin y Fitz Roy, dos personajes históricos aludidos en el relato desde el registro de la ficción, asumen la palabra y la mirada de la corona británica que la novela nos presenta como unidireccional, vertical e invariable. El narrador de La tierra del fuego, en cambio, se ubica en un lugar intersticial, entre dos mundos: hijo de criolla e inglés, su propio nombre, John William Guevara, atestigua este lugar doble desde el que percibe y describe a la Patagonia, a la que interpreta de un modo fluctuante, según predomine lo que en él hay de británico o de argentino y a la vez de mestizo. Iparraguirre reconoce que "Guevara es un híbrido, un cruce, como somos todos los argentinos" (104) y agrega que por este sentido de mezcla identitaria y cultural "también pasa uno de los ejes de la novela" (104).
Los movimientos y las oscilaciones de la perspectiva del narrador respecto a los paisajes naturales y sociales que describe, sin embargo, van encauzándose, a lo largo del relato, hacia una misma dirección, la de la lengua y la tierra materna, coordenadas que atraviesan el presente de la enunciación. Bilingüe que renuncia al idioma paterno, marino errante que elige vivir en la llanura, flâneur en un multitudinario y convulsivo Londres que opta por la soledad y la quietud del caserío de Lobos, en la llanura de la Confederación Argentina, Guevara escribe su relato en español porque los únicos lectores posibles que imagina son sus compatriotas3, coterráneos de un país en formación que no ha incorporado aún, en el período histórico narrado, a la Patagonia como parte del territorio nacional con representación efectiva del estado.
La tierra del fuego da cuenta de "la juventud formativa de la nación argentina" (Cheadle: 82), y muestra cómo la soberanía nacional sobre la región es sólo nominal puesto que todavía no ha podido establecer fronteras geopolíticas concluyentes ni estables. La movilidad e imprecisión de los límites que señalan y distinguen lo interno de lo externo, lo propio de lo ajeno, compromete, como se observa en el texto, la organización nacional y la definición del país como una nación civil. Los miembros de ésta, como comunidad imaginada, sólo tienen una cartografía mental parcial y limitada de la extensión del país y sus espacios.
Los hombres de la llanura "desconocen el extremo austral de nuestro país donde sucedieron los hechos" (37), nos informa el narrador en el primer pliego, donde también deja en claro que dicha ignorancia sobre el territorio argentino por parte de la población no es tanto voluntaria como impuesta por una estrategia política, vinculada a un estado metropolitano, que estría la espacialidad física y social del territorio de un modo irregular reproduciendo el esquema centro-periferia del que, en un nivel internacional, él mismo participa. A pesar de que el sur de Argentina no se incluya efectivamente en la cartografía de la nación, el narrador insistirá a lo largo de su relato en considerarla parte constitutiva de ésta. Así lo señala, por ejemplo, cuando menciona su fascinación por los mapas y recuerda que "(u)na enorme porción de tierra patagónica aparece en esos viejos mapas bajo la denominación res nullis, cosa de nadie. Es mi país" (89). La sentencia final impugna la versión de una tierra disponible y sin dueño al incluirla como parte integrante de otro espacio geopolítico mayor.
La novela muestra el doble carácter de la Patagonia en el siglo XIX: por un lado, la vasta extensión austral de la región está ligada nominalmente al mapa de la nación en expansión; por otro lado, su territorio está desligado efectivamente de la potestad política y administrativa de la Confederación Argentina. Esta última idea le permite al orden imperial británico apropiarse del espacio, borrando los vínculos de éste con el estado-nación argentino, presentándose y representándose como un agente inaugural de la zona. Esta dualidad consignada discursivamente en la naturaleza de la región durante el siglo XIX es parte de un doble mito que, difundido narrativamente, la postula "como un territorio primigenio y tierra de nadie, y... como parte integral de la nación" (Livon-Grosman: 10). La primera idea de la región que Guevara revisa y cuestiona es solidaria con otros tópicos y procedimientos discursivos con que los relatos europeos "fundacionales" la legitiman, por ejemplo, la idea de un lugar que debe ingresar a la historia occidental puesto que pertenece a un vacío prehistórico. Esta percepción deviene en frecuentes actos bautismales de los que la novela da cuenta.
En el primer pliego de su relato, Guevara recuerda que cuando tenía dieciocho años estuvo "(e)n el mismo lugar por donde navegó John Byron, abuelo del célebre poeta, quien fundó el primer asentamiento inglés en las islas, a las que otro inglés había llamado Falkland, sin importarle el tratado secular" (26). La inauguración discursiva de este espacio no es exclusiva de los viajeros ingleses, también los galos acometieron la empresa de nombrar el lugar como un modo de apropiárselo simbólicamente. El narrador indica que ya en el segundo viaje que realizó a Malvinas, junto con Fitz Roy y Charles Darwin, muchos las "llamaban con el nombre derivado de los buenos navegantes franceses de Saint Malo: Malouinas" (29). Estando el narrador en la Tierra del Fuego describe

las costas a las que Pigafetta nombró como la tierra de los fuegos, por la cadena rojiza de las fogatas con las que los habitantes del país se avisaban del paso de extraños y enormes seres combados y arbolados que iban por el agua pero que no eran ballenas (24).

Guevara no problematiza mayormente este nombramiento ni el anteriormente aludido, pero sí pone al desnudo, a través del comportamiento de Fitz Roy, la violencia etnocéntrica con que el imperialismo colonial borra y vacía de significados el espacio geocultural previo a sus emplazamientos.
El Capitán utilizó la palabra Tekeenica para dar nombre a la tierra de Button y a su gente. Guevara sabe, por el propio Button, que ese sonido significa literalmente "no entiendo lo que dice", respuesta que los yámanas daban a Fitz Roy –Teke uneka–, "(p)ero como se lo decían sin cesar, él dedujo, de antemano, que estaban pronunciando el nombre de su patria, y así la bautizó" (91). La escena nos muestra cómo desde el malentendido y la presuposición se ejecuta la invención simbólica de un territorio, operación que brinda un ejemplo, tal como dice Guevara, "del carácter del Capitán y tal vez, por extensión, del carácter general con que Inglaterra imponía sus reglas" (91). Es precisamente esa representatividad del acto lo que nos permite desplazar las significaciones desde lo individual hacia lo general, desde el pensamiento del Capitán hacia el del imperio, el que se caracteriza por operar como una "mentalidad funda dora"4 que planifica, desde su enciclopedia, una Patagonia nueva, superpuesta a toda realidad preexistente, anulando, desconociendo y negando, no sólo los nombres de los lugares, sino el de los sujetos.
Lo anterior sucede cuando el Capitán, en su primer viaje a la Patagonia, toma de rehenes a los yámanas, a quienes les asigna nombres que "correspondían a los lugares y circunstancias en que habían sido encontrados y a la conjetura" (92-3). Fuegia, York Minster, Boat Memory y Jemmy Button serán, en este sentido, "invenciones" que anulan y silencian las identidades previas. Lo que Guevara describe pone de relieve la "ignorancia intencional" con la que actuaban los colonizadores, la que consiste, tal como explica Blengino, en actuar "como si los territorios conquistados fueran un magnífico contenedor vacío, no sólo de humanidad, sino también de naturaleza humanizada" (19), sobre la que se puede "diseñar un nuevo mapa con un nuevo léxico que corresponde a los deseos y a los intereses de la corona y a las propias conveniencias personales" (19).
Esas pretensiones serán objeto de una reflexión constante del narrador quien comprende, con los años, los objetivos primordialmente económicos de las distintas excursiones y viajes promovidos por el imperio británico a la Patagonia. Esos propósitos van a explicar la presencia de Button en Londres, la que se resolvía "en los círculos áureos e inaccesibles del poder, donde Inglaterra maduraba sus designios en el mundo", donde se advertía cómo los yámanas ocupaban "un lugar muy preciso en un complejo rompecabezas, una de cuyas piezas era la codiciada Tierra del Fuego con sus canales que se abrían al Pacífico" (115). El interés territorial, el deseo de adueñarse del espacio por un afán de lucro son, sin embargo, disimulados, negados, cubiertos por legitimaciones discursivas que aluden a pretensiones científicas, religiosas y "humanitarias".

III. Los hechos que refutan las palabras.
Cuando conocer es desconocer

Muchas actividades de los dos viajes que realiza Guevara acompañando a Fitz Roy se vinculan con un afán cartográfico. En el primer desplazamiento del Beagle hacia la Patagonia se explora el espacio con la misión de "reconocer costas, islas, bahías y puntos favorables y protegidos para fondear" (97). La tripulación del barco participa de actividades tendientes a conocer de un modo preciso el espacio geográfico. Guevara rememora a los hombres anclados en las islas del sur "tomando datos de los reconocimientos que el Capitán ordenaba hacer" (91) y recuerda a "un grupo de hombres que hacía mediciones hidrográficas" (92). Esta voluntad de reconocimiento del territorio persiste en el segundo viaje de Fitz Roy, aunque fuertemente cuestionada por el narrador como mero empeño científico.
En el segundo viaje que el Almirantazgo autoriza, luego de los insistentes pedidos de Fitz Roy por zarpar nuevamente hacia Tierra del Fuego, el Capitán "explicó que el viaje se fundaba en un propósito científico que beneficiaría a la navegación del mundo entero". Él declara que la cartografía española era muy deficiente, y que la misión a realizar en Patagonia "haría posible que futuros navegantes se mantuvieran a flote en aquellos confines" (160-1). Esta explicación, sin embargo, pierde validez para el lector, puesto que el narrador se ha referido unos párrafos antes, al inicio del pliego, al "hecho evidente de que el cambio brusco de opinión del Almirantazgo no procedía solo del amor a la ciencia o del altruismo sino del valor estratégico que habían adquirido el Magallanes y el Cabo de Hornos" (159)5. Los ejemplos muestran que, tal como señala Pratt, refiriéndose a los relevamientos realizados por los países europeos en el siglo XVIII, la tarea cartográfica "se correlaciona con una amplia búsqueda de mercados, recursos comercialmente explotables y tierras para colonizar" (63). El narrador, que observa dicha correlación, impugna las razones esgrimidas discursivamente por Fitz Roy, y así las del imperio del que él es portavoz. Una vez que liga la voluntad de conocer el espacio con la de dominarlo debemos resignificar la participación de Darwin en este nuevo viaje.
El Doctorcito, como se lo llama a Darwin en el relato, "había ganado el puesto de científico de a bordo, en respuesta a la solicitud publicada en el Times y en mérito a sus excelentes recomendaciones ante el Almirantazgo" (162). La explicación de su ingreso a la travesía condensa, por un lado, relaciones institucionales que el capitán y el naturalista se encargan de silenciar y el narrador de sugerir, y por otro, desplaza al naturalista de la esfera inmaculada de la ciencia, para ligarlo a los grupos de poder que lo favorecen. Su relación con el espacio patagónico está condicionada doblemente: en primer lugar por la posición institucional que ocupa, y en segundo lugar por su perspectiva disciplinar6. Partícipe del interés imperial británico por estudiar un espacio que se pretende controlar y explotar, sus materiales de trabajo se supeditarán a este fin. Todos los elementos que su maletín contiene: "instrumentos de medición, compases, una pequeña balanza, lupas, pinzas, un catálogo botánico, otro geológico y una caja repleta de pequeños frascos etiquetados con nombres en latín" (163), son herramientas para la exploración, la recolección y el conocimiento exhaustivo del territorio, sus especímenes geológicos, zoológicos y botánicos. Nada queda afuera del interés omnívoro del Doctorcito, quien es parte tanto de la maquinaria expansionista británica como del proyecto de la historia natural y cientificista que ya en el siglo XVIII imperó en Inglaterra y otros países de Europa del norte. Tal como Pratt analiza, la sistematización de la naturaleza como construcción ideológica representa "una nueva clase de conciencia planetaria eurocentrada" (76) que elaboró "una comprensión racionalizante, extractiva, disociadora, que ocultaba las relaciones funcionales y experienciales entre personas, plantas y animales" (77). El naturalista naturaliza su presencia, deshistoriza su descripción y termina legitimando la apropiación territorial.
Así como se cuestiona, o directamente se desmiente, el desinterés con que la ciencia examina el espacio patagónico, se denuncia y objeta la criminalidad con que algunos eruditos se abocan al estudio de los nativos. El narrador, estando en el juicio que se le realiza a Button, se interroga si los presentes desconocían los abusos a los que eran sometidos constantemente los yámanas.

[¿No sabían que los científicos] les aplicaban una pasta blanca en la cara para tomar sus moldes y llevarlos a exhibir en países lejanos y que esta práctica se había realizado incluso hasta la muerte por asfixia o la humillante prueba en los genitales o en los pechos de las mujeres o los muchachos que inocentemente se les habían acercado? (276)

se pregunta Guevara, a la vez que nos informa las vejaciones que en nombre de una razón científica se cometían.
Ahora bien, si las pretensiones científicas para las expediciones patagónicas son impugnadas por el narrador, no lo son menos los objetivos religiosos invocados para asentarse en la región, modificar su paisaje y "evangelizar" a su población. En 1860, el narrador asiste a un juicio, en las Islas Malvinas, en el que Button está acusado por la masacre de unos misioneros anglicanos ocurrida en noviembre de 1859. Se trata del asesinato de un catequista jefe, del capitán Fell y de toda la tripulación (con la excepción del cocinero) del barco misionero Allen Gardiner, perteneciente a la Sociedad Misionera Patagónica. A través de las actas del juicio, que Guevara transcribe en español, se recuperan los testimonios de los personajes involucrados en la Misión Patagónica7, que confrontados en varias ocasiones permiten reconstruir la historia oculta de la misión evangelizadora en la Patagonia austral.
Tal como aprecia el narrador, "(l)a cuestión de los yámanas no se limitaba al lamentable hecho de sangre. El juicio puso en evidencia las contradicciones que ocultaba la Misión" (210). La incompatibilidad en los puntos de vista de los integrantes está claramente representada en las opiniones divergentes sobre el proyecto que exponen el reverendo George Pakenham Despard y el capitán Parker Snow. Durante el juicio, Despard sostiene que Jemmy Button, con quien se contactaron al instalarse en Keppel, fue a la Misión "sin persuasión mediante", trayendo a su esposa y tres niños. Argumenta que se lo "trató con hospitalidad y condescendencia, se le lavaban las prendas, se horneaba pan para él todas las semanas, se movía entre nosotros con absoluta libertad y no tenía ninguna labor, salvo mantener su casa y los utensilios limpios" (241). Este cuadro de convivencia armónica entre indios y blancos, fruto de una elección voluntaria, no es el que registra el capitán Snow, quien explica cómo los misioneros llevaban personas a la fuerza a la isla Keppel "con el único propósito de colonizarla; mejor dicho, para mostrar que funcionaba la colonización" (259).
Despard ve el espacio cultural de los nativos como un espacio de la carencia, de la falta. Se anulan sus creencias religiosas y se les pretende imponer otras, se desestiman sus prendas "bárbaras", en todo acordes con su hábitat, y se les cubre con los trajes de la "civilización". El parlamento de la esposa del reverendo sintetiza este proyecto de aculturación. La mujer sostiene que Button y su familia se fueron de la Misión de la isla Keppel "decentes con sus ropas, decentemente vestidos, no desnudos, con ropas aseadas, no con el olor nauseabundo de la grasa y del humo. Hay que decirlo: vestidos y con el conocimiento de Dios" (245-6). La tarea de los evangelizadores con los nativos consiste principalmente, según ellos mismos sostienen, en borrar sus costumbres y creencias para sustituirlas por otras consideradas mejores. Por su parte, la Patagonia aparece como un espacio a evangelizar, como una tierra "necesitada de Dios" (250), idea de abandono que también circula en la sociedad londinense que ignoraba dónde vivían los yámanas, "salvo que era un lugar inhóspito y dejado de la mano de Dios" (155). Pero si el discurso de los misioneros postula a los indígenas y a su lugar de residencia como carentes cultural y espiritualmente, el capitán Snow observa cómo unos y otros son, para los misioneros, objetos de deseo cuya apropiación permite saciar una codicia lucrativa que poco tiene que ver con los proyectos evangelizadores esgrimidos verbalmente.
Snow informa que "fue obligado a dejar su cargo por expresar abiertamente su opinión y por negarse a formar una nueva colonia ganadera en Keppel, donde se engañaba a los nativos, trayéndolos a la fuerza y haciéndolos trabajar sin que pudieran escapar" (266). Declara también que "estaba a favor de una investigación que pudiera demostrar no sólo el error que se cometía con los nativos sino, además, probar que el plan del misionero Despard y sus compañeros era una especulación comercial bajo el nombre de "Misión" (266-7). Denuncia, con énfasis, que "¡hubo funcionarios del Gobierno que apoyaron esta Misión en sus equivocados actos de conveniencia! Despard y la Comisión se jactaban de recibir apoyo de parte de personas influyentes" (266-7). Las acusaciones de Snow dan cuenta de distintos hechos inscritos en una lógica de explotación económica: la esclavitud, el secuestro de personas, el despotismo. Éstas son algunas de las características de la Misión que este personaje observa y que no sólo van en contra de los principios de la prédica religiosa que invocan para legitimarse, sino en contra de los intereses de Inglaterra puesto que las ganancias que obtienen son "dinero público fácil" (258) que no beneficia a la nación, sino a intereses individuales8.
La Patagonia aparece, así, en la novela, no sólo como un territorio anhelado para propagar doctrinas bíblicas y modos de vivir occidentales, no sólo como un espacio imperfecto, insuficiente que debe ser corregido y mejorado, sino como un lugar pleno, completo, rico, que puede explotarse, que puede ser provechoso económicamente. Mientras se esgrime como discurso legitimador la idea de un lugar vacío al que hay que llenar y al que enriquecen los misioneros, las operaciones materiales y efectivas que narra Snow crean la imagen de la Patagonia como un territorio lleno al que se puede vaciar, y con la que pueden enriquecerse los misioneros y sus asociados.
Las razones que para las expediciones y asentamientos en el sur alega el imperio pierden legitimidad al ser contrastadas con reiterados hechos que las refutan. Pero el entendimiento crítico de Guevara sobre las distintas empresas que Inglaterra ejecuta en la Patagonia, y que él llega a reprobar, es sólo adquirido con los años. Lo caracteriza en el presente de la enunciación, pero no en el del enunciado, cuando era un actor protagonista de los viajes a la región. En el primer pliego le advierte este punto a su interlocutor:

[q]uizás usted sospeche que no ignoraba los propósitos de aquel primer viaje sobre el que la carta me pide una relación, que conocía las instrucciones confidenciales dadas al Capitán sobre el valor estratégico de la Patagonia argentina y de las Islas... Están equivocados... Lo que sé ahora lo supe mucho después (28)

dice el narrador, que reitera en el anteúltimo pliego sus limitaciones en la comprensión del proyecto británico al reconocer que "la verdad es que detrás del juicio a Button se movían otros intereses y decisiones que ahora se despliegan ante mí con mayor claridad" (214-5).
La llegada a Londres y el juicio a Button en las Islas son dos momentos decisivos para la concientización del narrador, dos momentos en los que Guevara se enfrenta directamente a la maquinaria del imperialismo expansionista. Estando lejos de la Patagonia puede comprender su complejo significado social y económico. Allí se enfrenta por vez primera a un puerto que es "el corazón del imperio marítimo más grande del mundo" (109), allí conoce las oficinas del Almirantazgo, donde "los dueños del imperio" hablaban con Fitz Roy (20-1), allí nota cómo su existencia y la de Button empezaban a materializarse "en las Oficinas de Colonias, en la Bolsa de Valores, en el Almirantazgo... por una extraña alquimia de la civilización" (123), se corporizaban, se volvían reales y, al fin, dice el narrador: "pertenecíamos a un lugar del globo perfecto, ente ubicable que nos transmutaba en cuero, en aceite, en números" (123). Guevara experimenta en Londres la voracidad lucrativa que rige el aparato económico imperial, cuyo interés en la Patagonia no responde a un plan de engrandecimiento nacional puesto que la Londres miserable y hambrienta crece a espaldas del enriquecimiento de los sectores de poder. Esa otra Londres, recuerda el narrador, lo hizo preguntarse "para quiénes eran las riquezas y los dominios que los ingleses conquistaban y retenían a toda costa en los lugares más remotos del planeta" (121), en uno de los cuales moraban los indios secuestrados.
El imperio, dirá Guevara, "no tiene más remedio que producir lo suyo. El poder genera malnacidos que abusan de los indigentes en todas partes del planeta" (138). Para dichas extralimitaciones será fundamental implantar, intervenir y dominar las reglas del juego social de la colonia, tareas todas que se visibilizan en el juicio realizado a Button en las Islas Malvinas. En esa oportunidad, el narrador menciona que no le asombra "comprobar que en este confín del mundo se sostienen imperturbables las fórmulas y los lenguajes administrativos" (209) que conoció en Inglaterra, puesto que, como él explica "[c]uando hace falta que aparezca la mano férrea de Gran Bretaña, como un mecanismo bien aceitado que nunca se abandona ni se descuida, se levantan los dos pilares que sostienen el poderío del Imperio: la Administración y la Ley" (209); dos discursos verticalistas que operan sobre las colonias entendidas como espacios de lo inferior desde un punto de vista económico y desde uno socio-cultural.

IV. Escribir la Patagonia: construir el espacio colonial

La fuerza de la escritura en el diseño de los espacios subalternos, coloniales y periféricos por parte de las metrópolis es objeto de importantes reflexiones, entre las que sobresalen las realizadas por Edward Said, en Orientalismo (1978), y por Mary Louis Pratt, en Ojos imperiales (1992). El autor palestino analiza, por ejemplo, la distinción existente entre los lugares "representados" a través de la escritura y los lugares "reales" que ella afirma, y explica que "(a)l menos en cualquier ejemplo de lenguaje escrito, no hay nada que sea una presencia dada, sino una represencia o una representación" (46). En este sentido, la Patagonia narrada por los viajeros ingleses en el siglo XIX, que revisita y revisa Iparraguirre en su novela, no ejemplifica la "verdad" de la región, sino una versión de ésta, ideológicamente motivada. Esta versión es legitimada por la"autoridad intelectual" (Said: 43) que Occidente se adjudica en relación con la subalternidad no occidental, de la que el mundo indígena fueguino aludido en la novela es un claro ejemplo. Esta autoridad, que "apenas se puede distinguir de ciertas ideas que dignifica como verdades, y de las tradiciones, percepciones y juicios que forma, transmite y reproduce" (Said: 43), es también la autoridad narrativa que Pratt analiza en su libro, cuya hipótesis principal es

que los libros de viajes escritos por europeos acerca de partes no europeas creaban (y crean) el "tema doméstico" del euroimperialismo; y que esos libros captaron a públicos lectores metropolitanos con (o para) empresas expansionistas cuyos beneficios materiales correspondieron sobre todo a poca gente (22).

Ojos imperiales da cuenta también de la importancia que tuvo, además de la narrativa de viajes, la prensa escrita en la difusión de los modelos de interpretación del paisaje colonial. Reconoce que ellas "fueron agentes centrales en la legitimación de la autoridad científica y su proyecto global, junto con otras maneras de Europa de conocer el mundo y de estar en él" (61).

Las ideas antedichas de Pratt se filtran y visibilizan en La tierra del fuego, texto que rememora críticamente el modo en que Inglaterra describe y escribe selectivamente la Patagonia austral en el siglo XIX y realiza un desmontaje de la reducción de sus espacios al ámbito de la naturaleza. La novela de Iparraguirre da cuenta de muchas operaciones escriturarias del imperio británico en el siglo XIX con relación a la construcción simbólica de la región fueguina como espacio colonial, pero también alienta la reflexión sobre "la escritura conquistadora", aquella que "va a utilizar al Nuevo Mundo como una página en blanco (salvaje) donde escribirá el querer occidental" (De Certeau: 11). Desde esta perspectiva, la Patagonia es para los europeos, tanto para los del siglo XVI como los del XIX, un cuerpo mudo y colonizado por el discurso del poder, cuya enunciación, a cargo de Darwin y Fitz Roy, entre otros actores sociales, instala una historiografía que llena la "página en blanco" del lugar, y hace legible y traducible un "otro" salvaje para un "nosotros" civilizado.
Tal como sostiene Michel de Certeau, cuando aparece en Occidente la práctica de la escritura, los hechos dejan de funcionar como signos de una verdad y "en el momento en que la verdad cambia de condición, deja poco a poco de ser lo que se manifiesta para convertirse en lo que se produce y adquiere, por lo tanto, una forma «escriturística»" (26). La tierra del fuego desnuda, precisamente, el carácter narrativo de la historia decimonónica de la región en relación con la productividad y performatividad discursiva de un "nosotros" británico que, desde la metrópoli, describe su geocultura y organiza, a través de la letra escrita, los paisajes físicos y sociales, a la vez que los valora, difundiendo, regulando y promocionando ciertas representaciones de la región que pretende dominar. Dichas imágenes circulan y se difunden tanto a través de los relatos de los viajeros como de la prensa. Esta última se presenta en la novela como portavoz e instrumento de una imaginación etnocéntrica que tergiversa los sucesos que ocurren en la Patagonia, así como las características del territorio y sus habitantes. En dos ocasiones se muestra cómo, desde la distancia geográfica, pero también cultural, la prensa inglesa y sus lectores deforman la espacialidad de la región adecuándola a su idiosincrasia, a sus expectativas y a sus intereses. La primera se encuentra en un diario de 1834, la segunda en uno de 1859. A pesar de la distancia temporal entre los ejemplares, que aparecen aludidos en diferentes pliegos de la novela, se observan permanencias y continuidades respecto de la concepción del espacio patagónico que se sostiene desde Inglaterra.
El diario de 1834, que el narrador encuentra en un almacén del puerto de la isla de Mauricio, contiene noticias de Londres que refieren la vuelta de los yámanas a su país, Cabo de Hornos, en un retorno que causa, según decía el medio, indignación en la sociedad inglesa. Este sentimiento es, según Guevara, simulado, puesto que esa misma sociedad había estado conforme con que se los llevara de Londres ya que no podían responderse "¿qué se hace en definitiva con unos indios?" (53-4). La información del periódico le permite a Guevara dar a conocer la opinión pública de la sociedad inglesa y exponer cómo ésta superpone la cartografía simbólica de sus espacios urbanos, conocidos y estimados, a la de los lugares que habitan los yámanas, no urbanos, desconocidos y desprestigiados. Cuando los lectores británicos conocen que los indios retornarían a su tierra envían "[d]e todos los rincones de Inglaterra... teteras, manteles y cubiertos para las casas que, en su imaginación británica, los yámanas construirían en el fin del mundo imitando a las de Londres" (53-4)9. La observación del narrador, despertada a partir de lo leído en el diario, nos permite rescatar varios puntos de interés que reaparecen con frecuencia en la novela: la imaginación inglesa se presenta como un falso conocer, motivado por una perspectiva etnocéntrica a la que sólo le es posible postular para el espacio de la colonia la mimesis, la copia de un espacio que se cree mejor y junto con él la negación de uno existente y divergente del central. La opinión pública inglesa sobre el caso de los indios de Tierra del Fuego es planteada por Guevara como doblemente falsa: primero, porque sus apreciaciones presentes no se condicen con su comportamiento pasado ante los yámanas, el que osciló entre la indiferencia y el rechazo; segundo, porque el espacio patagónico imaginado por los lectores británicos no se corresponde con el real, divergencia de mundos que el narrador puede percibir por conocer este último de un modo directo.
La lectura de un ejemplar del Times, del año 1859, será la segunda ocasión importante en la que el narrador muestra cómo la prensa tiene el poder de regular las representaciones espaciales que los lectores ingleses tienen del territorio patagónico. Algunas de las páginas resumen, en parte, la llegada y los accidentes vividos por la Misión Patagónica en la Tierra del Fuego. Ellas, según el narrador, "pueden ilustrar cómo se veía desde «el centro del imperio marítimo» la periferia de la cual veníamos" (126). Guevara repara en las relaciones asimétricas entre los espacios, de cuya contraposición surge la supremacía de uno y la subordinación de otro, posiciones que el diario naturaliza, asumiendo la necesaria dirección cultural y económica de la Patagonia. "Inglaterra tenía una misión, había dicho la prensa: evangelizar y educar" (160). Pero este discurso sobre los propósitos pedagógicos "civilizatorios" es, a la luz de los hechos que relata Guevara, sólo secundario, ya que, y refiriéndose a la Misión, como ya se notó, los indios son esclavizados con afán de lucro para que trabajen en la ganadería, negocio, por otro lado, dirigido por intereses apátridas y corruptos.
Los periódicos ofrecen a los lectores ingleses argumentos de la "anticonquista", aquello que Mary Louise Pratt define como "las estrategias de representación por medio de las cuales los sujetos burgueses europeos tratan de declarar su inocencia en el mismo momento en que afirman la hegemonía europea" (27). Si bien la prensa hace circular la idea de la empresa civilizatoria, también revela los intereses más concretos de Inglaterra sobre el espacio de la Patagonia cuando, refiriéndose a los presentes que le envían a los yámanas para el regreso a su hogar –juegos de té, mantelería, cuchillos, menaje de cocina– afirma en estructura de pregunta: "¿no habían demostrado lo compenetrados que estaban los ingleses con sus colonias, no manifestaban el interés fraternal del ciudadano común por estas pobres almas?" (160). La noticia no queda sólo transcrita, Guevara la valora y la critica explícitamente. Retoma el término "romántico" que utiliza el Times con el sentido positivo de disposición a la aventura, despertada por la curiosidad de "una terra incognita" (126), pero lo resignifica y contextualiza. Del vocablo expresa: "La palabra 'romántico' estaba de moda en ese entonces, se usaba para todo. Aquí está bien empleada; le da ese aspecto de superficialidad, por no decir irresponsabilidad que tuvo la empresa" (128). Esta observación hace ostensible el modo en que aquello que el discurso periodístico presenta como "lo real" proviene, como sucede en el discurso historiográfico, de determinaciones del lugar de escritura. El comentario del narrador, junto con otras críticas y reflexiones que éste realiza a lo largo de su relato le da espesor a un discurso que, al referirse a la Patagonia, se caracteriza, entre otras cosas, por su constante afán de revisar la narración histórica y, a la vez, por una también constante filtración de significaciones e imágenes de la región provenientes de una larga tradición narrativa.
Mientras el primer movimiento discursivo antedicho tiende a cuestionar y renovar las versiones del espacio provenientes de la metrópoli colonial, la segunda inclinación tiende a reproducir y conservar la cartografía imperial. Tal como explica Livon-Grosman, el interés por la Patagonia "es parte de una larga tradición que comienza con los primeros viajeros españoles, portugueses y británicos y que se ha mantenido cíclicamente presente en la cultura británica tanto como en la argentina" (11-2). Esta tradición ofrece un repertorio de tópicos y estrategias discursivas para aprehender y comunicar el espacio de la Patagonia, muchas de las cuales Guevara recupera, con diferentes grados de reelaboración. Particularmente retoma imágenes de las primeras narraciones sobre la región, aquellas que, previas a la Conquista del Desierto, conforman un primer estadio en la literatura de viaje de la zona e inician el archivo aunque no sean capaces de ofrecer una imagen completa y definitiva de la región. La hiperbolización, la deshistorización, la imagen de un paisaje hostil y la de un lugar en los confines, en los márgenes, son algunos de los procedimientos de escritura sobre la Patagonia que frecuenta esta narrativa y La tierra del fuego revisita.

V. Cartografía imaginaria de la Patagonia austral

Pigafetta, en el Primer viaje en torno del globo, narra por vez primera la llegada de los europeos a la región, cuando en 1520 la expedición de Fernando de Magallanes hace puerto en la costa patagónica; este viajero y cronista italiano inaugura e inmortaliza la idea del gigantismo de los indígenas patagónicos, asociados para siempre tanto al nombre como a las extensiones del lugar que de allí en adelante llevará para siempre, tal como señala Livon-Grosman, "la doble marca de la exageración, por un lado el gigantismo de los indígenas, por el otro la dimensión sublime del paisaje. Como si la inmensidad y el vacío de un paisaje que no puede apropiarse tuviera que poblarse con imágenes igualmente inmensas" (50), inconmensurables e hiperbolizadas, como muchas de las que recupera en reiteradas oportunidades la novela.
La inmensidad aparece, en la novela de Iparraguirre, como una característica del espacio patagónico, de sus dimensiones geográficas. La Patagonia es descrita como "un colosal corredor de vientos cuyo piso es una meseta que baja desde las montañas hacia el este, asomándose sobre el mar en acantilados gigantescos y cóncavos" (89), una "inmensidad donde caben mil Londres" (89). También son hiperbólicos sus fenómenos naturales y su fauna. Lo es el viento que "sin fin levanta olas gigantescas" (25), olas que, a su vez, son "más altas que esos edificios" (109-10) que en la metrópoli británica conoce Guevara; lo es su fauna, por ejemplo, las ballenas, cetáceos que "tienen el tamaño de Goletas" (109-10), y a las que el narrador, al verlas por vez primera, califica como "monstruos mansos" que dejan "enormes manchas en el agua" y le hacen constatar "la pequeñez del barco" (86).
Tal como explican Silvestri y Aliata, "para que exista paisaje no basta que exista naturaleza; es necesario un punto de vista y un espectador; es necesario, también, un relato que de sentido a lo que se mira y experimenta" (10). En la novela de Iparraguirre, el dato físico lo brinda la Tierra del Fuego, la perspectiva la otorga Guevara, observador cuya narración oscila entre la repetición de categorías descriptivas del discurso imperial, y la revisión e impugnación de dicha versión del espacio. Lo que va a repetir es la idea de un espacio hostil, peligroso para el hombre en quien despierta sentimientos disfóricos. Lo primero que recuerda Guevara en su relato es "el fuego perforando la noche más oscura del planeta, fuegos devorados por las ráfagas desatadas del viento que dejaban mudo de expectación y temor al que miraba desde la borda" (23). Sensaciones y emociones negativas que se reiteran ante la naturaleza hostil de, por ejemplo, el Cabo de Hornos y las Islas Malvinas. El primer espacio es descrito como "el laberinto de islas más temido por los barcos del mundo entero" (88) y sus aguas como "un infierno líquido" (88). El segundo tiene un viento tan feroz "que parecía borrar hasta la misericordia divina" (251).
Los efectos hiperbólicos y negativos que el paisaje patagónico causaría en los sujetos son un tema sobre el que el narrador no mantiene una postura única y constante, puesto que, si bien, en muchas ocasiones relativiza e impugna las versiones del paisaje centradas en su adversidad, en otras las presupone y confirma. Ejemplifica el primer caso su visión del Cabo de Hornos, cuya fiereza y peligrosidad observa inicialmente no se corresponderá con lo que más tarde vio y supo de esos lugares, sino con la "primera y engañosa impresión de marino novato" (25), imagen falsa y distorsionante que pudo reemplazar, dirá más adelante, sólo con "el largo trato de los años con ese lugar de veranos apacibles y paz sobrenatural" (89). El segundo caso se nota cuando, luego de muchos años y con motivo del juicio a Button, el narrador visita nuevamente las Islas Malvinas. Estando allí percibe cómo "el viento seguía barriendo las playas desiertas con la misma indiferente ferocidad que casi treinta años atrás" (29) y experimenta "el mismo agobio. Viene de la soledad, de los árboles penosamente aferrados a la tierra, doblados en la dirección del viento, lo que causa una sensación casi física de martirio" (29), que en todo se opone al bienestar que le produce estar en la Patagonia austral en el período estival10.
En su segundo viaje, Guevara llega a la región en el mes de enero, "pleno verano, la época de una belleza sin igual en la Tierra del Fuego" (181), cuya preferencia repite el narrador más adelante, al afirmar que no hay "[n]ada tan hermoso como una noche de verano, sin viento" (187) en ese lugar. En esta estadía en el sur, Guevara se vincula de un modo amable con el espacio natural y sus comentarios sobre él van a cargarse de imágenes sensoriales que traducen la contemplación de un paisaje armónico al que se aprecia estéticamente11.
Ahora bien, así como Guevara consigue adjudicarle a la naturaleza patagónica una ubicación nuclear para el desarrollo de su propia experiencia, la que va a significarse en el propio interior del paisaje, no logra conseguir que su espacialidad social sea central respecto de los acontecimientos narrados. La Patagonia y él mismo van a concebirse distantes de los centros de poder instalados en la metrópoli europea. El narrador llega a percibir que, estando en la región, está "en los bordes finales del continente" (189), transitando por los márgenes de la tierra, "bordeando los secretos límites del mundo" (26). Pero esta idea que se repite profusamente en la novela no denota tanto una posición cartográfica objetiva, como una localización dirigida ideológicamente y connotada negativamente12.
Antes de que Guevara emprenda el viaje a la Patagonia, el contramaestre del Beagle le informa el destino de este modo: "Vamos a la Tierra del Fuego, muchacho. Hacia la Patagonia. Al sur, al infierno, al culo del mundo" (80). Todos sus modos de identificar el lugar al que se dirigen presuponen la existencia de un espacio opuesto: el norte, el paraíso y, como dijo el narrador refiriéndose a Londres, el corazón del mundo. Desde la capital del Imperio británico se va a establecer el diseño global del espacio internacional, así como el diseño local de las colonias. Vista desde el centro imperial, la Patagonia sólo puede ocupar un lugar periférico en el mapa geopolítico, y así los fueguinos sólo pueden pertenecer, según el público londinense y el de todo el país, a un "remoto país salvaje" (160), a una lejanía total en la que el propio narrador ubica, reiteradas veces, a la Patagonia.
El narrador confina la Patagonia a los límites de la tierra, universo geográfico y humano. Lo hace cuando llega al Cabo de Hornos y declara estar "en los confines del mundo" (90). Lo hace cuando observa, en el Juicio llevado a cabo en las Islas Malvinas, que Button "se había elevado sobre las bestias y sobre la noche helada del fin del mundo" (223), y también cuando señala que su aventura "fue tragada por el hielo y el viento del fin del mundo" (51). La lexicalización de esta posición liminar se repite junto con la estereotipada ubicación del territorio en los bordes, marginalidad geográfica y social que se extiende a la Confederación Argentina. Allí vivió y murió el padre del narrador, suicida que él recuerda "colgado de la viga de un rancho en los confines del mundo" (68) de los que él mismo procede. Guevara comparte este origen periférico con los yámanas. Estando en Londres siente que tanto él como Button venían "de los bordes del mundo, de los confines, de un lugar insospechado y bárbaro, que a pesar de mi buen ingles y mi crencha rubia emanaba de mí y me rodeaba, de igual manera que rodeaba a Button" (104). El narrador explica así el carácter cultural (y no racial) de las distancias entre su espacio de pertenencia, un mundo "bárbaro", pura proyección, al que generalmente reivindica, y un mundo "civilizado", pura decadencia, al que frecuentemente cuestiona. Más que a una antítesis, los términos nos remiten, en la novela, a una tensión de fuerzas ficticias que modela, en desigual pugna, los mapas internacionales y nacionales en los que la Patagonia se inscribe.

Notas

1 Entendemos por narrativa "fundacional" aquella que inicia el archivo de la región sin ofrecer una imagen completa de ésta. Esta narrativa, que colabora eficazmente en la definición tanto literaria como política de la región, es escrita por viajeros no criollos cuyos relatos, referidos a una Patagonia pre-nacional, funcionan principalmente "como documentos que invitan a la colonización, a la inversión económica o a la ocupación militar" (Livon-Grosman: 18). Estos textos inaugurales además "configuran una imagen que se dispara desde el mismo momento de la conquista y sigue influyendo en los autores locales y foráneos contemporáneos como si ésa fuera la única matriz de realidad" (Casini: 15).

2 Los dos viajes que Robert Fitz Roy realiza a la Patagonia al mando de la embarcación Beagle aparecen publicados en 1839, en los tres volúmenes de Narrative of the Surveying Voyagesof His Majesty's Ships Adventure and Beagle Between the Years 1826 and 1836. En esta misma obra participa Darwin, quien acompaña en el segundo viaje a Fitz Roy. Sucesivas ediciones separaron los diarios de uno y otro, y fueron cambiando el título hasta llegar al más breve Voyage of the Beagle. Sobre la aparición de estos libros y algunas de sus características textuales y contextuales, véase Adolfo Prieto (1996: 79-105).

3 Si bien Guevara, en el primer pliego, advierte que no escribe para los habitantes de la llanura, ignorantes del lugar donde sucedieron los hechos a narrar, en el último pliego aclara que traduce las palabras de Button pronunciadas en inglés "por si algún día uno de mis compatriotas llegara a leer este relato" (273).

4 J. L. Romero, en un apartado de Latinoamérica. Las ciudades y las ideas, caracteriza esta mentalidad. "Eran europeos sobre el continente desconocido, y la creación estaba prefigurada en sus mentes. Porque esta aventura no era, en verdad, sino un paso más en esa ambiciosa aventura europea en su expansión, que habían comenzado cuatro siglos antes. La tierra que ahora ocupaban –una tierra real, con ríos y llanuras, lagos y volcanes– debía ser una prolongación de la tierra que dejaron el día que se embarcaron en los navíos" (64-5). Estas ideas que pintan las primeras empresas de conquistas llevadas a cabo en América por los españoles, son, de modo general, las mismas que describen las expediciones británicas del siglo XIX a la Patagonia, en parte porque la región no se hallaba bajo el dominio efectivo de un estado nacional americano y se ofrecía, como antes el continente a los españoles, como una tierra sin dueño, a conquistar.

5 También en el último párrafo del cuarto pliego se impugna la tarea del conocimiento como meta última de las expediciones británicas a la Patagonia. Allí el narrador expone inicialmente los objetivos divulgados por el Almirantazgo: "el trazado de la cartografía de las costas del Brasil y de la Patagonia más el relevamiento de flora y fauna", para después señalarlos como pasos intermedios y preparatorios para cumplir con los propósitos verdaderos y subyacentes: "los designios políticos que aconsejaban bases en el extremo sur del continente americano y la próxima toma de las Islas estaban en el trasfondo de estas expediciones científicas" (156).

6 Hay un tercer condicionamiento que afecta el modo en que Darwin percibe el espacio: su perspectiva evolucionista y etnocéntrica. No aparece explícitamente en su contacto con la Patagonia pero sí se constata cuando, a bordo, clasifica y evalúa al narrador con relación a su geocultura vernácula. Guevara nos cuenta que se burlaba de él llamándolo "gaucho letrado" (164) y que, cuando él citaba partes de libros leídos, haciéndose el incrédulo le preguntaba "¿(e)s que los gaúchos saben leer? Cómo es posible el prodigio, si son salvajes" (164).

7 En una nota a pie de página se dice: "Una copia en inglés de las actas estaba adosada a los siete pliegos del relato de Guevara. Se ignora cómo llegó a su poder. Los testimonios de Symley, de Coles y de Jemmy Button son textuales. No nos consta, en cambio, que el Rev. Despard, su mujer y Parker Snow hayan asistido al juicio. Las palabras que les atribuye Guevara, sin embargo, se ajustan casi puntualmente a cartas y documentos del Public Record Office de Londres" (219).

8 Snow revela que una de las personas influyentes que apoyaban a la Misión era el capitán Sulivan, jefe del Departamento de Marina del Ministerio de Comercio "quien hizo los planes y dio las directivas para la formación de la colonia ganadera en las Falkland occidentales, es decir Keppel, ya que él era socio de una compañía de ganado de estas Islas y estaba deseoso de venderle 134 cabezas a la Sociedad Misionera, ¡a condición de que él y sus socios tuvieran beneficios a medias!" (266-7).

9 La imaginación británica desplaza al espacio patagónico del lugar de "lo real" y lo emplaza en el ámbito de los deseos, como extensión indiferenciada de la metrópoli. Así, el narrador observa que para el Capitán la casa de madera y el huerto con zócalos de piedra que le mandó a construir a Button era el campamento donde, según sus planes, quedaría Button con todo lo traído de Inglaterra; "allí también, según su bucólica imaginación, armarían su hogar y crecerían los hijos de Fuegia y York. Yo mismo me daba cuenta de lo disparatado de todo esto. A miles de millas de distancia, la idea era una cosa aceptable y hasta loable; cuando la idea se materializó en el lugar, se hizo absurda" (190).

10 Estando en el Palacio de Justicia de Puerto Stanley, el narrador llega a observar que "(e)l viento antártico se descuelga por el tubo de la estufa de hierro produciendo ese gemido particular y lúgubre que los que hemos vivido en el sur conocemos, y al cual uno se acostumbra o se vuelve loco" (216).

11 Si su estadía en tierra, y la compañía de Button, le permiten al narrador reconocer y apreciar las bellezas del paisaje, el mar y la inexperiencia del territorio lo conducirán a otra dirección perceptiva, a la de una tierra maldita de una feroz vitalidad; esta imagen que ya nombramos o sobre la que ya nos detuvimos aparece retratada en las tempestades y los naufragios aludidos en las páginas 25 y 89.

12 Según J.B. Harley "(l)os mapas son un texto cultural: no un código único sino una colección de códigos, unos pocos de los cuales son exclusivos de la cartografía. Al aceptar la textualidad de los mapas podemos abarcar un número diferente de posibilidades interpretativas. En lugar de otra transparencia de la claridad podemos descubrir la preñez de lo opaco. A los hechos les podemos agregar los mitos, y en lugar de inocencia podemos esperar duplicidad" (Citado por Livon-Grosman: 66).

Referencias bibliográficas

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Fecha de recepción: 29-02-08
Fecha de aprobación: 27-03-09