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Anclajes

versión On-line ISSN 1851-4669

Anclajes vol.14 no.1 Santa Rosa ene./jun. 2010

 

ARTÍCULOS

De una isla a otra: intelectuales uruguayos y América Latina como problema a mediados del siglo XX (1952-1962)

Ximena Espeche

UBA - CONICET
[ ximena.espeche@gmail.com ]

Resumen: En este trabajo se analiza un tópico, el de "Uruguay de espaldas a América Latina", y su derrotero, cuya comprensión es fundamental a la hora de entender las críticas y posicionamientos políticos de diversos intelectuales uruguayos de los años 60. En particular, nos detenemos en una serie de coyunturas específicas, como por ejemplo la de la revolución cubana, en las que ese tópico además permite revisar ciertas oposiciones que han articulado gran parte de los relatos sobre la historia de Uruguay como estado-nacional.

Palabras clave: Integración latinoamericana; Uruguay; Intelectuales; Revolución Cubana; Viajeros.

Abstract: This article analyzes a topic and its different itineraries: "Uruguay giving its back to Latin America". We think that it is relevant in order to understand the critics and the politic assessments of diff erent Uruguayan intellectuals during the 60s. We explore some specific moments, such as the Cuban revolution, when that topic helps to study certain characteristic oppositions by which Uruguayan history has been explained.

Keywords: Latin-American integration; Uruguay; Intellectuals; Cuban revolution; Travelers.

Introducción

En Uruguay, entre los años 50 y 60 del siglo XX, el tópico de que el país "daba la espalda" al resto de América Latina se convirtió en una forma común para describir la situación del país respecto del sub-continente (Rocca 2006: 28). En este trabajo nos interesa realizar una breve introducción a cómo ese tópico del "estar" o "dar" la espalda (enunciado o no de esta manera) fue utilizado por diversos intelectuales y en variadas coyunturas que reactualizaron una y otra vez viejas oposiciones: entre política y cultura; entre ciudad (Montevideo) y campo; entre América Latina y Uruguay. De este modo, revisaremos a grandes rasgos cómo esas oposiciones construyeron con su funcionamiento diferentes maneras de presentar y justificar reflexiones sobre el desarrollo del país en momentos específicos. En cualquier caso, todas ellas pueden ser vistas como objetos históricos, en los que se construyen "tradiciones selectivas" (Williams ), y a los que hay que reponerles su productividad en las disputas políticoculturales que aquí mencionaremos someramente, entre 1952 y 1962.1

I. La isla

Es conocida la apreciación de que Uruguay se convirtió tempranamente en una especie de "Suiza de América", una "isla" al sur del continente: un país que había podido enfrentar los dilemas de la modernización capitalista en la periferia latinoamericana. A diferencia de otras experiencias nacionales, Uruguay se reconfortaba en una democracia política y social en las primeras décadas del siglo XX. Entre otros avances: la defensa del derecho a huelga, el impulso a la jornada laboral de 8 horas, la extensión de la educación, la creación de un sistema de jubilaciones y pensiones, la ley de divorcio y la abolición de la pena capital. Esos logros políticos, sociales y de efectividad económica fueron impulsados por José Batlle y Ordóñez, elegido presidente y líder de uno de los partidos tradicionales, el Colorado, entre 1903-1907 y 1911-1915. El "batllismo" sobrevivió a la muerte de su líder en 1929 y lo que se asociaba con él resistió contra cualquier otra tormenta, como por ejemplo la crisis económica internacional de ese mismo año. Y, también, el golpe militar de 1933 encabezado por otro colorado, Gabriel Terra (elegido presidente dos años antes), y con apoyos concretos de sectores anti-batllistas y del partido Blanco. El batllismo no sólo tuvo una serie de "conquistas reales": se formuló como un "imaginario" o un "estilo nacional" (Finch 157).
Otro componente de las miradas clásicas sobre Uruguay es el vínculo estrecho
entre la economía uruguaya y el liderazgo británico: los productos uruguayos
-en particular los de la ganadería- eran comprados a tasas redituables por el mercado inglés. Aunque luego de la crisis de 1929 recuperaría su lugar en el mundo británico de exportación de carnes, cada vez más el paraguas de la relación económica con Gran Bretaña se volvía menos abarcador (Nahum et al. 1998a). De hecho, más allá del coletazo productivo que dio la Guerra de Corea en 1953, el cambio de centros económicos de poder repercutió duramente en Uruguay. El fin de la Segunda Guerra Mundial había acentuado específicos turning points. Estados Unidos salió intacto al finalizar la guerra y con la suficiente fortaleza para establecer criterios de intercambio. Uruguay no se quedaba afuera de esos virajes y, bajo la política del "Buen Vecino", ingresaba en la órbita de los Estados Unidos, como foco primario y latente en el Cono Sur de la avanzada panamericana (Oddone). Para muchos críticos del batllismo, la "siesta" uruguaya se había sostenido gracias a esa vinculación con Inglaterra que, en algún sentido, hizo que el país no sufriese los mismos vaivenes que otras economías latinoamericanas. A la vez, esa "siesta" había hecho de su capital, Montevideo, el centro casi inexpugnable de una sociedad que fue considerada "hiperintegrada". Uruguay -y aún más su capital- habría tenido las características de un mundo propio, constituido "en solitario" (Caetano 1993: 85) y cada vez más distanciado, diferente y particular en un continente caracterizado por inestabilidades políticas, conflictos sociales y desguaces económicos.

I.1. Crisis y generación

En 1958, todo eso parecía ser fruto de un espejismo, un recuerdo falaz o, cuanto menos, de una lógica que el rumbo de los hechos había desarmado. Desde mediados de los años 50, el Uruguay asistía cada vez más a una crisis que tomaba el adjetivo de "estructural" o, por lo menos, así lo hacía saber uno de sus intelectuales más reconocidos y respetados: el abogado Carlos Quijano (1900-1984), fundador y director del semanario Marcha.2
Esa crisis se definía como estructural justamente porque el diagnóstico dado era que la estructura batllista fallaba; que se había quedado sin la contraparte británica y sin las guerras (como la de Corea en 1953) que le habían permitido un respiro "artificial". Para dos de los más importantes críticos literarios, Ángel Rama (1926-1983) y Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), era indiscutible que 1958 marcaba un antes y un después, un corte en lo que el Uruguay habría sido:

Desde 1958 el proceso se ha acelerado notablemente. El descontento crece, la crisis económica e institucional se agudiza, el robo descarado de los bienes nacionales se hace público, los problemas mayores de la era atómica (Cuba, la Alianza para el Progreso, la escisión chino-soviética, el Mercado Común Europeo, la emergencia de los pueblos de Asia y África) presionan cada vez más la conciencia de esa élite y crean forzosas y terribles alternativas en que el Uruguay no tiene poder de iniciativa alguno (Rodríguez Monegal 1966: 12-13).

El año 1955 es de obligada mención desde que los estudios de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico... situaron en él la iniciación del deterioro económico nacional que en adelante no fue sino acentuándose... El descenso económico afectó toda la vida nacional desde ese año pero su primera expresión social de magnitud se registra en las elecciones de 1958 que introdujeron la rotación de los partidos en el poder (Rama 1972: 22).

Si el término "crisis" significa, al mismo tiempo: "división", "corte", "elección" y "juicio", llamar a un período de esa forma implica evaluarlo en una doble faz; es decir, un momento que se advierte como conflictivo y de quiebre y que exige una operación "práctico-intelectual" para una toma de posición y un esclarecimiento del juicio. En otras palabras: "El concepto de crisis es, entonces, el esfuerzo paradójico por hacer inteligible una experiencia que, en cuanto tal, involucra una quiebra de la inteligibilidad" (García). Ciertos intelectuales se vieron impelidos a dar respuestas o enunciar preguntas relativas a la "crisis", que fechaban doblemente: en 1955 y en 1958. Otros lo venían haciendo desde mucho antes: eran, como algunos dieron en llamarlos, "Casandras" -tal como decía Rodríguez Monegal de Quijano (Rodríguez Monegal 1966)-, que anunciaban catástrofes en las que nadie creía. Como dijimos, Quijano y el cuerpo de "redactores políticos" de Marcha (Julio Castro y Arturo Ardao -Rocca 2006: 121-), habían anunciado la crisis del battlismo desde bien temprano (especialmente desde el golpe de Estado de 1933). A sus ojos, los años 50 confirmaban sus temores; y para Rama y Rodríguez Monegal, la crisis parecía tener una "generación" ya preparada para su análisis.3

De ese modo, junto a Marcha o contra Marcha, surgieron en el lapso de un cuarto de siglo varias revistas culturales, secciones especializadas en los grandes diarios, algunos semanarios más o menos efímeros, periódicos de izquierda de vida más o menos precaria, y hasta audiciones televisadas. Esa es también, paradójicamente, obra de Marcha y por tanto de Carlos Quijano. Entre todos, dentro y fuera del semanario, los integrantes del grupo del 45 ayudaron a crear esa conciencia nacional que se manifestó tan alerta en 1958. (Rodríguez Monegal 1966: 13)

La quiebra económica encontró a una clase media pertrechada intelectualmente, capacitada por años de estudio y análisis -esa fue la capital aportación de la enseñanza secundaria más que de la Universidad uruguaya- y potencialmente dotada para ofrecer respuestas coherentes. (Rama 1972: 14)

Emir Rodríguez Monegal en su libro Literatura uruguaya del medio siglo, de 1966, incorporó un nombre con el que había ya bautizado a esa generación -de la que era parte- tiempo antes: generación del 45. Ángel Rama, a su vez, en un libro de 1972 (en el que también revisaba artículos publicados con anterioridad), la nombraba de otra forma: generación crítica. Si para Rodríguez Monegal 1945 era la marca que le daba a la generación su identidad, para Rama, en cambio, el "número" no ayudaba en nada: podía decir poco sobre procesos sociales y políticos.4
De esta manera, lo que fundamentaba el nombre de la "generación" como "crítica" era una "conciencia crítica", una "conciencia generalizada que sirve a todos los hombres que construyen un tiempo nuevo" (Rama 1972: 19-20).5 Más allá de esa profunda diferencia, había acuerdos notorios y que después serían repetidos por otros que se identificaron como sus integrantes. Entre esos acuerdos estaba el de que era una generación que dependía de una educación que hubiera sido imposible sin la existencia del batllismo y de las modificaciones que trajo -principalmente- a la ciudad de Montevideo.6 Al mismo tiempo, Rama y Rodríguez Monegal acordaban en que esa generación se había manifestado alrededor de los años 40 y se caracterizaba por una vocación infinita para la crítica en todos sus planos puesto que no dejaba nada en pie: ni la cultura, ni la política, ni la sociedad, etc., aún más: antes de producir obra, la destruía. Ambos siguieron abonando a lo que ya había establecido quien fuera el primer secretario de redacción de Marcha, el escritor Juan Carlos Onetti. Desde la columna "La piedra en el charco", Onetti tiraba a fines de los 30 las primeras piedras contra un formato de cultura nacional y de literatura que veía como perimida, estrecha y -en algún sentido- falaz. Recuperaba la necesidad de la ciudad como tema, de las novedosas técnicas narrativas que se adivinaban claramente en los autores por él admirados: desde Faulkner a Joyce, entre otros.7 La sección "Literarias" del semanario Marcha se convirtió así en un espacio dedicado a la revisión de la literatura nacional y extranjera, de denuncia a las viejas prácticas clientelares entre el Estado y los ya "antiguos" representantes de la cultura. Pero, sobre todo, desde "Literarias" en Marcha, y también desde otras publicaciones que comenzaron a aparecer durante los años 40 tales como Clinámen, Número, o Asir, entre otras, la pregunta por la "literatura nacional" y lo que ésta necesitaba para afl orar definida y legítimamente, se hizo centro de los cuestionamientos y emprendimientos (entre los que pueden revisarse los concursos de ensayo, cuento y poesía que Marcha apadrinó durante su larga historia).8 La pregunta de qué era en Uruguay literatura nacional implicó revisar cuáles eran los marcos de referencia: en qué medida esa literatura se incorporaba y de qué modo a la "hispanoamericana" (si la definición residía, sobre todo, en compartir un idioma) o, mejor, a la "latinoamericana" (si lo que se compartía, más que un idioma o un espacio geográfico -el continente-, era una historia común, que entonces incorporaba a ese "otro": Brasil) y sin dudas, qué hacía a esa literatura indiscutiblemente "occidental". En cualquier caso, la pregunta por la literatura nacional debía definir un antes y un después, seleccionaba qué debía o no ser recuperado; cuáles habían sido los tópicos fatalmente ignorados. Para Onetti era claro: la ciudad, su verdadero tema; para quienes se agruparon en torno de la revista Asir, por el contrario, sería justamente ir al encuentro de un "campo" verdadero; para Rama y Rodríguez Monegal, éste sería tema de largos y -en general- solapados debates en sus producciones cotidianas que tendrían un comienzo de clímax después del estallido revolucionario en Cuba (Rocca 2006).

I.2. Blancos y Colorados

A mediados de los años 50, esa generación -en la voz de dos de sus representantes- no sólo daba cuenta de un quiebre de la inteligibilidad sino que se postulaba como aquella que podría hacer de la crisis un objeto comprendido. En algunos casos, ciertos ensayistas y narradores insistieron en que dar cuenta de qué había pasado con Uruguay era, al mismo tiempo, preguntar qué había mantenido a "Uruguay" como "Suiza" y fuera de "América Latina". Más allá de que en esa pregunta siguiera siendo potente, incluso en los términos de la crítica a un país que habría tenido una "Edad de Oro" falaz, la pregunta sobre cómo campear la crisis era, al mismo tiempo, una pregunta por cómo recuperar esa "Edad de Oro" sin su falsa estructura. En algún sentido, el diagnóstico que hacían a mediados de los 50 podríamos pensarlo como afincado en un juego de dobles, de espejos deformantes. Es decir, veían en la figura de Luis Batlle Berres, sobrino de Batlle y Ordóñez, y en los tropiezos con los que había intentado reeditar el primer batllismo durante su gobierno (fue presidente entre 1947-1951 e integrante del colegiado9 que gobernó entre 1955-1959), una forma "falsa" de plantarse ante los problemas del presente.10 El rumbo industrialista que quería implementar Batlle Berres había tenido un primer amparo en la Guerra de Corea, pero una vez que ésta finalizara, los términos del intercambio se harían cada vez menos auspiciosos. Decir en los 50 que lo que había era una "crisis estructural" implicaba un tiro por elevación al gobierno que, en su identidad, buscaba semejarse al primer batllismo. Al mismo tiempo, era arremeter contra aquello que para gran parte de la población uruguaya -y gran parte de su historia económica, política y social lo demostraba- había dado las fortalezas para hacer de Uruguay un "país de excepción", tal como afirmara Batlle Berres en un conocido artículo.11 Si Batlle Berres claramente seleccionaba al batllismo como su antecedente inmediato, para ciertos integrantes de la generación que se arrogarían profetizar la crisis, las selecciones eran las de cuestionar la fortaleza de ese pasado al que se describía como áureo. Lo que aquí también se ponía de manifiesto era una revisión sobre la historia de los dos partidos tradicionales -el Blanco y el Colorado-, su vinculación y la aceptación mayoritaria respecto de que ambos habían construido el país. Esto es, que el origen de los partidos podía retrotraerse a la batalla de Carpintería en 1836, en la que se usaron por primera vez las divisas "blanca" y "colorada", acaudilladas la primera por Manuel Oribe y la segunda por Fructuoso Rivera. Y que luego, en el marco de la Guerra Grande (1839-1851), definirían al gobierno de la Defensa (Rivera y la ciudad de Montevideo, aliados con las potencias Europeas) frente al del Cerrito (Oribe y la campaña, aliados con la Confederación argentina). Ese grado de consenso refleja además una construcción social, relato con el cual toda la sociedad se identifica, porque allí encuentra una descripción "verdadera" de su pasado (Demasi).
Una de las críticas preferidas para quienes enunciaban la falacia del neobatllismo era la de referirse al pasado batllista justamente en la línea "Coloradosciudad- Europa" enfrentado a "Blancos-campaña-América Latina". Esa línea era la esbozada -como veremos- por uno de los principales intelectuales que adscribieron al ruralismo, provenientes del partido Blanco: el historiador Alberto Methol Ferré.
Que Uruguay diera la espalda a América Latina podía considerarse -en términos panfletarios- como parte de la identidad de alguno de los dos partidos tradicionales: el colorado. Pero la enunciación de esa "referencia" nunca alineaba los términos que acabamos de enumerar de la misma forma: la crítica al neobatllismo no necesariamente podía considerar en términos positivos al partido Blanco, especialmente a la tendencia llamada herrerista que se arrogaba toda la identidad de ese partido, dirigida por Luis Alberto de Herrera.

II. El continente

Si el 58 mostraba para muchos un escenario lúgubre para la concepción de Uruguay como "isla", 1959 abriría el ángulo de toma incentivando aquellas otras perspectivas que habían insistido en Uruguay y su vinculación estrecha con América Latina. La revolución cubana fue un parte-aguas por todos reconocido y Ángel Rama lo explicitaba así:

El acontecimiento cultural del año en nuestro país ha sido, como tantas veces, un suceso externo: la Revolución cubana. Es, obviamente, un hecho político-social, pero sería miopía ignorar la repercusión de tales hechos en el mundo del espíritu -en la realidad civilizadora- y sería desconsideración y error creer a nuestros intelectuales tan desprendidos de la realidad histórica para que un fenómeno que ha puesto a América toda un ascua renovadora, no los afectara hondamente (Rama 1960: 24).

Como parte-aguas fracturó perspectivas, redefinió posiciones, retomó tradiciones: la del latinoamericanismo y antiimperialismo fue una de ellas. Carlos Quijano ya había insistido desde los editoriales de Marcha -desde ese latinoamericanismo antiimperialista- al evaluar negativamente toda promoción de integraciones continentales que enjuiciaba presididas por Estados Unidos. 12 De este modo, lo que nombraba como principal enemigo era al sistema interamericano, al "panamericanismo", remitiéndose a la prédica antimercantilista y latinoamericanista de José Enrique Rodó en su Ariel.13 Entre otros temores por la avanzada panamericana, en uno de sus editoriales más citados anunciaba que la fórmula panamericana era "el vasallaje". Y consideraba que la verdadera unidad de América Latina tenía que comenzar por pequeñas propuestas de colaboración regional, específicamente para Uruguay, las integraciones económicas relativas a la Cuenca del Plata (Quijano 1940; 1945; 1957; 1959, entre otros). Una de las ideas fuerza con las que Quijano solía insistir era en las del desconocimiento y diferencias notorias entre los países que componían "Nuestra América". ¿Qué hacer frente a esas variables que, finalmente, colaboraban en la desintegración? Dar a conocer, era una; matizar las retóricas unionistas, la otra. En ese "dar a conocer", Marcha parecía haber establecido frentes diversos. Uno de ellos fue el de aprovechar los viajes de sus colaboradores y el relato que de él hicieran, como por ejemplo, las crónicas de viaje de Julio Castro, en las que nos detendremos a continuación.
En 1948 y entre 1952 y 1954, Castro viajó a México invitado en su carácter de reconocido pedagogo. En la correspondencia que envió a Marcha (y en la que fue publicada en 1949 con motivo de unas conferencias que dictó sobre el primero de sus viajes), la relación Uruguay-América Latina se definía desde una paradojal posición "excepcional" y, al mismo tiempo, se unificaba a toda América Latina por la situación de sus clases populares. Las conferencias que dictó como invitado de la Asociación Bancaria del Uruguay se publicaron de hecho bajo el nombre Cómo viven 'Los de abajo' en América Latina, retomando el título de una famosa novela, la del mexicano Mariano Azuela, "siguiendo la expresión que usó para designar las clases más pobres de su país...".14 Y ese título que citaba a otro implicaba -nos parece- al menos dos cosas: la primera, la admiración que tenía Castro por lo que la revolución mexicana había luchado y puesto de manifiesto, justamente la existencia de "los de abajo", que consideraba silenciados en el México pre-revolucionario; y, la segunda, lo que la propia novela también develaba: los límites de esa misma revolución para con esos "de abajo". En algún sentido, dar razón de esos matices que aparecían en la novela cuyo título utilizaba en sus propios relatos y que aparecían al revisar la situación de los descendientes de los pueblos originarios y en los que encontró, al mismo tiempo, una forma de "unir" a América Latina.15 Su mirada panorámica se hallaba también sostenida por el vaivén entre la diferencia y la similitud, que tenían siempre de referencia a Uruguay. Ya fuera explícito o no, podía afirmarse:

Voy a anticipar esto: atravesé, en Bolivia, en época de cosecha, alrededor de mil kilómetros; en Perú anduve algo más de dos mil quinientos y a Ecuador lo atravesé todo, desde Guayaquil hasta salir por la frontera colombiana. En toda esa extensión, salvo el último tramo ecuatoriano no vi en época de cosecha, un solo arado de hierro, una sola segadora, una sola trilladora; ni siquiera una carreta o un carro. Inclusive en los lugares donde pasa la carreta y hay camino transitable. Tal es la primitividad de los métodos de trabajo agrícola que, por lo menos en el Altiplano, se usan corrientemente (Castro 9)

Lo primitivo que se observaba no tenía comparación, al menos, con lo del país de origen. En textos donde las comparaciones son tan recurrentes, esto indicaría que eso "primitivo" no era así en el campo uruguayo (aunque la pobreza sí lo fuera). Entonces, creemos que Uruguay funcionaba -en algunas ocasiones- para hacerse entender ante el auditorio al que se dirigía -como referencia- y, también, paradojalmente, como una muestra del estado de excepción del país-la diferencia con esos países que visitaba, donde el trabajo agrícola se hacía de forma "primitiva"-. Lo mismo sucedía comparando la democracia colombiana con la uruguaya: la primera pertenecía a una "elite blanca", y que "no es una democracia en el sentido en que la entendemos aquí" (Castro 1949: 16). México, a su vez, y gracias a la revolución "agraria y antiimperialista", había logrado que la situación del indio -en comparación al resto del continente- estuviera en otra posición política y social. En particular, Castro afirmaba que la revolución había liquidado el latifundio, y no sólo eso, que "allí" el modo de vida campesina era desconocido en Uruguay, donde estaba "todo regido por la propiedad privada" (Castro 1949: 23). De este modo, en el campo mexicano respecto del campo uruguayo la diferencia era palpable: comunidad en uno, sociedad capitalista en otro. Y aparecía la escuela como factor aglutinante y obrador de múltiples redenciones. Era el centro de la comunidad y, sobre lo que Castro observaba, su mayor posibilidad de superación y supervivencia. México parecía un laboratorio en el cual se ponía en práctica una alfabetización a gran escala y, en especial, en el ámbito rural, ámbito que por comparación se encontraba abandonado no sólo en los países que había visitado antes sino también en el propio Uruguay; siempre se volvía al lugar de origen para explicar lo observado. Cinco años después, aparecía un suelto en el semanario Marcha que anunciaba la nueva partida de Castro para tierras mexicanas ("Tropero viejo, este Julio Castro no pierde el pelo ni tampoco las mañas. Hacía tiempo que estaba tranquilo. No podía durar..."), y el propio Castro se despedía con el artículo "Decir adiós no es dirse", en el mismo número (ambos en Marcha, nro. 620 2/5/1952, pp. 5 y 13 respectivamente). Invitado por la UNESCO en el marco del Centro Regional para la Educación Fundamental para América Latina y el Caribe (CEFRAL), en este viaje también aprovechó para recorrer otros países y enviar notas al semanario que lo tenía como redactor responsable. El paisaje parecía cambiado respecto de sus anteriores viajes: la amenaza norteamericana era en Uruguay cada vez más tangible. O debía serlo, según las visiones del viajero, al "acercar" experiencias que podrían repetirse en Uruguay. De este modo, al avanzar por el continente, y analizar la situación de los países visitados, el imperialismo definía los modos -en términos de posibilidades y dificultades- que tenían dichos países en asegurar una vía democrática posible. Así, cuando hablaba sobre Chile y el pacto con Norteamérica para el comercio de cobre, reflexionaba sobre cómo ese tratado lo único que ponía en primer plano era la debilidad chilena para la comercialización de una de sus más preciadas materias primas, y cómo esto condicionaba en el corto y largo plazo la situación político-económica del país (Castro 1952a; 1952b). El ejemplo de Chile podía cuadrar para Uruguay, decía Castro, apenas con pensar en un tratado donde la palabra "cobre" fuese "lana". De este modo, el mismo título de la correspondencia era taxativo: "Un drama que puede ser nuestro" (1952a). En una simétrica oposición, en 1954, observó cómo en la Conferencia Panamericana realizada en Caracas, la presión norteamericana sobre el peligro comunista en América Latina parecía desmerecer la preocupación que Castro consideraba fundamental: la diferencia de los términos de intercambio entre los países latinoamericanos y Norteamérica. De hecho, el subtítulo del artículo era "Política para tontos. Economía para vivos" (Castro 1954). En definitiva, siendo dos países latinoamericanos, que fuera cobre o lana daba lo mismo si se negociaba con Estados Unidos. Ya en 1952, un cable leído en una publicación (Novedades) en el que se informaba de un tratado militar entre Uruguay y Estados Unidos le hacía refl exionar sobre cómo los uruguayos no "aprendían" de la experiencia ajena. En "Dos noticias sobre Uruguay", un relato precedía la reflexión, y en él reproducía lo que otros latinoamericanos le decían respecto de la sorpresa que les causaba una particular situación uruguaya "...a la gente le resulta incomprensible que hayamos podido comerciar, en el Río de la Plata, más con Inglaterra que con Norteamérica" (Castro 1952c). Y esta situación particular parecía haber condicionado una percepción que en el hoy de la enunciación debía ponerse en duda:

Hasta ahora es difícil que la gente entienda que se puede hablar de imperialismo sin ser comunista. Y mucho menos que hay un imperialismo soviético al que hay que combatir.
El problema del imperialismo sigue siendo, para el común de las gentes, una monserga de intelectuales o un banderín comunista... Aquí todo el mundo sabe que el problema fundamental de estos países, problema común a todos y tan inevitable como la gravedad, es su vecindad y sus relaciones con Estados Unidos (Castro 1952c).

Problema común entonces, que implicaba una revisión de Uruguay en América Latina, en la que el imperialismo devolvía otra imagen a ese país que, excepcionalmente, se había mantenido "fuera" de ese largo y perjudicial abrazo.16 Era, entonces, imposible considerar al imperialismo "una mentira" (Castro 1952d). Uruguay así podía considerarse al mismo tiempo excepcional por su constitución política y económica, pero cada vez menos excepcional si se atendía a la avanzada imperialista que lo cercaba en la región. Entonces, Castro insistía en cuánto había que aprender a ver y aceptar la incidencia de eso que, hasta esa fecha, los uruguayos habían negado.
La negación o la ignorancia sobre lo "verdadero", la pregunta por el carácter "excepcional" de Uruguay era también un tema a discutir -pero desde otro esquema interpretativo y sobre otros materiales- para el ensayista Washington Lockhart (1914-2001). En 1954 publicó en la revista Asir un artículo en el que criticaba dos extremismos y los entendía como "infidelidades" respecto de Uruguay y la vinculación de Uruguay y Sudamérica con el pensamiento y la cultura europea. Se detenía en dos textos: el del poeta Ricardo Paseyro, quien en Marcha había escrito sobre un viaje y estadía realizado por Europa y el del abogado E.J. Couture, El mundo y la comarca ("El uruguayo tiene una natural ineptitud para comprender este problema [el de la pobreza en Latinoamérica]. El Uruguay se halla virtualmente de espaldas a esta América" -citado en Rocca 2006: 28-). Al primero se lo acusaba de infiel porque suponía que la cultura sudamericana era no más que un reflejo de la lucidez europea (salvo excepciones); al último, porque su extremo -y entonces infidelidad- estaba en suponer que Uruguay era lo más prístino, el ejemplo de la modernidad y de sus luces. A Couture se lo criticaba porque su fidelidad "equivocó el procedimiento", porque "no alcanza a ser... fidelidad acendrada y vigilante" (Lockhart 27); Couture se solazaba, según Lockhart, "en una enternecida visión de la comarca, se consolaba con las migajas de un ingrávido progresismo y de una concepción meramente acumulativa de cultura" (Lockhart 27). Con estas palabras, el autor se esforzaba en explicar que ambas visiones desestimaban la realidad, dándole la espalda: "el cumplimiento de nuestro destino supone la asunción irrestricta de la circunstancia en que vivimos" (Lockhart 28). Esa circunstancia que necesitaba develarse no era el imperialismo, sino el peligro de "encarar y plantear nuestra situación en base a experiencias que la desconocen o soslayan" (Lockhart 22). Si las experiencias debían funcionar como el basamento de ese ser, un recordatorio, Lockhart prontamente buscaba menos en el mundo que en la comarca, puesto que sobre el tamiz de ésta podía ingresar el mundo. Aunque, al mismo tiempo, era necesario que la mirada de esa comarca no fuera tan ideal que borrara la realidad. De hecho, el artículo con el que se abría ese número de Asir se tituló "Literatura y nacionalidad". Allí, el autor -Arturo Sergio Visca (1917-1993)- reprendía a quienes malinterpretaban el significado de "literatura nacional", puesto que "Si quien se vuelve de espaldas a nuestra realidad vicia su escala de valores, este nacionalista literario no tiene escala de valores alguna" (Visca 1954: 11). En algún sentido, ambos autores pusieron en primer plano el problema que Mario Benedetti había planteado años antes: el del "arraigo" y la "evasión".17

La ciudad

En 1951, el escritor Mario Bendetti publicó un escrito en un libro de ensayos titulado "Arraigo y evasión en la literatura hispanoamericana" (con el que ganó en 1949 un concurso de ensayos realizado por el Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho). En el artículo, Benedetti reflexionaba sobre cómo la literatura hispanoamericana podía ser estudiada en función de una clave explicativa: una especie de "vigencia" de esas dos actitudes en la poesía y en la narrativa, de acuerdo al "localismo" y al "universalismo". Allí armó pares antagónicos: la literatura de evasión estaba afincada en aquellos que -tal como los modernistas de fines de siglo latinoamericano- se preocupaban por "cisnes" y "princesas" antes que por aquello que -diríase "realmente"- nutría a la literatura, al arte en cada lugar. Era, entonces, a la literatura de "arraigo", que podía incluso encontrar en la ciudad su material, la que estaba imbricada en una evaluación certera de lo particular, lo específico, de lo "verdaderamente" uruguayo como tema literario y, entonces, podía convertirse en "universal".18 La ciudad, ya para Onetti o para Benedetti, podía ser un nuevo centro, tema privilegiado, desde donde construir una literatura. La partida se perfilaba contra la estructuración de una literatura en función de una visión del "campo" que -para Onetti- era mentida y, para Benedetti, no era necesariamente "arraigada". En 1963, en "La literatura uruguaya cambia de voz", para el propio Benedetti (1963) esa definición de "arraigo y evasión" tenía un matiz nuevo; aclaraba que no eran "palabras puras" aunque sí eran palabras "clave":

me di cuenta de que los uruguayos poseíamos en nuestras letras una zona verdaderamente original, autóctona: dentro, y además, de nuestra literatura nativista, dentro y además de nuestra literatura ciudadana, de nuestra torre de marfil o de nuestro realismo, había también una literatura sincera y una literatura falluta, y ni una ni otra obedecían a esquemas previos, a previas estructuras, ya que, singularmente, tenían adeptos en todas las regiones y en todos los estilos, en todos los niveles y en todas las promociones (Benedetti 10).

Darse cuenta, entonces, implicaba una circunscripción más pequeña para una tesis que parecía demasiado abarcativa: Hispanoamérica como marco sobre el que reflexionar en el 52 había cambiado por Uruguay en el 63 y, aún más reducido, había cambiado para poder explicar porqué "Montevideo, como tema literario, no haya rendido aún su mejor dividendo":

En realidad no sé, no puedo saber, si el resto de América Latina responde a este esquema. Así que he dejado mi antigua tesis en suspenso y me he decidido a revisarla, a ponerla al día, en la reducida región que tiene que ver con mi país, con mi alrededor, con mis tradiciones, con mi generación (11).

El "resto de América Latina" parecía ya incompatible con las palabras clave que antes habrían servido para "Hispanoamérica" y éste era un deslizamiento importante respecto de dónde incorporar a la literatura uruguaya, sobre qué marco de "otras" literaturas recortarla. La ciudad aparecía como tema nuevamente, como algo que necesitaba ser encontrado, como "autóctono" pero no necesariamente que podía depender de las mismas condiciones de "originalidad" en que se encontraban otras ciudades que sí tenían ya su estatura de tema literario. Benedetti intentaba explicar, por ejemplo, cómo la "falta" de "indios" en ese hoy de la enunciación no hacía de Uruguay un país menos latinoamericano. Para Benedetti, el problema (y quizá también la solución si es que se miraba de frente el problema) era que:

Por lo pronto, Montevideo es una ciudad sin mayor carácter latinoamericano. Ningún europeo tendrá inconveniente en reconocer que la nuestra es la más europea de las capitales latinoamericanas. Sin embargo, quizá porque, en el fondo de su conciencia, no le hace mucha gracia ese colorcito seudoeuropeo, que empezó siendo postizo, mínimamente hipócrita, y ha acabado por constituir una inevitable, vergonzante sinceridad.
De espaldas a América, y, de hecho, también de espaldas al resto del país, Montevideo sólo mira al mar, es decir, a eso que llamamos mar; pero ese mar no es otra cosa que río, y depende de imprevistas corrientes internacionales que sus aguas políticas y culturales sean dulces o saladas. Esa tibieza, esa media tinta, ese ser y no ser, se prestan poco para el traslado literario... (12).

Que no tuviera ese carácter implicaba entonces ver, darse cuenta, en algún sentido no dar la espalda. Y la Revolución Cubana, de nuevo, era el parte-aguas que permitiría esa situación del reencuentro con lo "verdaderamente" original, al mismo tiempo "autóctono" y "universal" de la literatura uruguaya; entre otras cosas, la revolución había servido para que el escritor se "reintegrara" políticamente; para que

ese tema externo, aparentemente lejano, se convirtiera en reclamo nacional, y, sobre todo, para que el tema de América Latina penetrara por fin en nuestra tierra, en nuestro pueblo y también en nuestra vida cultural, que siempre había padecido una dependencia casi hipnótica frente a lo europeo (34-35).

Arraigo y evasión eran partes de una antinomia con la que caracterizaba no sólo la "sinceridad" o la "fallutez" (valoradas positiva y negativamente), sino también una antinomia que se dirigía de la cultura a la política: que Montevideo diera de hecho la espalda al país y a América Latina (como si fuera una ciudad europea), no implicaba que sus escritores se ubicaran en ese mismo registro. Primero debían revisar su posición, tomar conciencia "de sus pocos arraigos, de sus numerosas evasiones" (Benedetti 1963: 35). Había un aprendizaje que Cuba parecía haber posibilitado, "mirar hacia América Latina, a sentirnos partícipes de su destino", "cambiar de voz", porque "estamos en la pubertad de nuestro latinoamericanismo" (Benedetti 37).
En 1952, la pregunta por lo nacional era, para el ensayista y crítico literario Carlos Real de Azúa, una pregunta que, en realidad, ponía en primer plano las tensiones entre ese Uruguay "moderno" y excepcional, ese que -como su capital- daba la espalda, y un "otro" Uruguay:

Pocas ausencias son tan perceptibles entre nosotros (pocas, en esa opulenta ausencia que es la literatura nacional) como la de una 'literatura de lo nacional'. A juzgar por nuestras meditaciones (o, a lo menos, por sus resultados) esa entidad colectiva que es Uruguay, esa estructura -entre otras- de nuestro existir como seres sociales, la de ser uruguayos, parecen privadas de cualquier elemento especificador, de cualquier influencia determinante sobre nuestros particulares, irremisibles destinos. Toda una época -medio siglo bien contado- de un vivir nacional sobre modo de ser puramente racionalistas, doctrinarios y universales nos ha ocultado debajo de los pies esa incanjeable formalidad que se porta en la historia por ministerio de cualquier valor, de cualquier otra fuerza, llamémosla tierra, cielo, instinto o sangre, que escape a lo inteligible o a lo mecánico (Real de Azúa 1952: 21).

Para muchos de quienes se identificaron como partícipes de la generación del 45, eso "incanjeable", eso "inteligible a lo mecánico", podía ser identificado con un ethos, y en ese ethos se mixturaban referencias disímiles: la vinculación tensionada entre "campo-ciudad", aquí podría pensarse la posición del Grupo Asir y los desencuentros con quienes escribían en Número o en Marcha, por ejemplo; o, de manera distinta, en qué medida la ciudad necesariamente debía constituirse en el centro de una poética nueva, y no por ello menos "arraigada", tal como lo planteaba Benedetti. La relación entre lo "local" y lo "internacional", tal como Rodríguez Monegal defendía sus elecciones en la sección "Literarias" y en Número era también una manera particular, con acciones concretas en términos de elecciones críticas, de definir en movimiento una "literatura nacional" (o, tal como lo enunciara en 1966, una "conciencia nacional"), donde -tal como afirma Rocca- se daba más importancia al primero que al segundo de los términos. ¿Y "lo latinoamericano"? En lo que sí podían coincidir todos era en la percepción de un mutuo desconocimiento entre los países de América Latina, ese también era un "tópico común" extra-fronteras (Rocca 2006: 29).19
La ciudad que merecía ser recuperada y transformada para la literatura nacional era, al mismo tiempo, una ciudad criticada desde diversos actores quienes enjuiciaban la particular situación de Montevideo y sus habitantes. De hecho, cuando Castro viajaba por Perú en el 48, aclaraba que su entrada a ese país había sido por "la puerta del fondo", y "Fue una visión del Perú que atemperó mi entusiasmo por las orgullosas tradiciones limeñas. Porque Perú no es sólo Lima; también es todo aquello" (Castro 1949: 11). Esta última afirmación implicaba lo que "los de abajo" venía a mostrar en relación con ese "aquello" que parecía no tenerse en cuenta si sólo se veían las capitales, tópico este último también común, el de relativizar la imagen que se tenía de una ciudad capital como si esa fuera la totalidad del país. Tres años antes, escribía sobre la misión pedagógica de un grupo de alumnos de los Institutos Normales hicieron a Tacuarembó, y finalizaba su artículo con las siguientes palabras:

Les mostrará, tal vez, realidades no sospechadas y estamos seguros que en muchachos sanos, de sensibilidad afinada, les producirá un verdadero shock, el apreciar cómo vive la gente de nuestra campaña mientras aquí, se vive en el artificio que es la gran ciudad, con un absoluto desconocimiento o insensibilidad hacia el resto del país (Castro 1985: 25).

En 1958, un escrito político así lo afirmaba, pero -atendiendo a la coyuntura particular de su enunciación- era una crítica que debía leerse por los "sectores urbanos" como un llamado de atención, un llamado a la solidaria comunión entre campo y ciudad. Sobre todo, era un llamado al partido político que se proponía para hacer de ese cisma un recuerdo. El ensayista e historiador Alberto Methol Ferré -por años, militante de la línea herrerista del Partido Blanco- publicaba en Tribuna Universitaria (la revista de la Federación Universitaria) un escrito en el que intentaba explicar el "Ruralismo". Con "¿A dónde va el Uruguay?", el ruralismo era descrito como aquel que vendría a poner final cisma entre Montevideo y el resto del país, representado como "la campaña".20 Y en su argumentación, entre otras cosas, utilizó al batllismo en dos direcciones. Para definir las diferencias entre el Ruralismo-Partido Blanco respecto de las relaciones con Norteamérica (puesto que acusaba a Batlle y Ordóñez por su panamericanismo); para revisar las asociaciones diversas entre intelectuales, partidos políticos, campo y ciudad. Y esto lo resumió en una nota al pie, una vez que el escrito fuera reeditado en Buenos Aires al año siguiente por la editorial revisionista Peña y Lillo:

Batlle y Ordóñez es el principal constructor del Uruguay moderno... Es incontrovertible que Batlle logró una solución a su tiempo y situación, factor decisivo de la paz civil y social uruguaya. Los efectos de esas soluciones son hoy nuestro problema. ¡Y está bien: a cada generación tareas propias, en la historia no hay soluciones eternas! (Methol Ferré 1960: 16)21

Esa "generación", en primer término, debía distanciarse del "latinoamericanismo" de ciertos intelectuales: un "idealismo universitario" (tal como lo definía en su escrito). Contra ese idealismo, con el que de alguna forma acusaba a Carlos Quijano y a Marcha, el realismo estaba en definir el cisma y solucionarlo. Lo que Methol afirmaba era que se necesitaba de forma urgente una unión casi furiosa entre lo que podríamos definir "manos" de los productores rurales, su "fuerza", y las "cabezas", la capacidad organizativa de los "intelectuales" urbanos22:

El hombre rural, apegado a ritmos naturales, es más elemental, le es difícil conceptuar, no tiene impulso de constructividad intelectual. La inteligencia es eminentemente ciudadana, es burguesa. Tenemos entonces un gran movimiento casi instintivo, que no podrá nunca plasmar por sí mismo nuevas instituciones. El movimiento futuro del país será en un doble sentido: la 'urbanización' de las masas 'rurales' y la 'ruralización' de la inteligencia urbana. (Methol Ferré 1958: 172)23

Además, refrendaba el latinoamericanismo ruralista desde una supuesta "acción" concreta en contra del imperialismo: "La lucha por la claridad del mercado fue un modo lateral de 'anti-imperialismo'" (Methol Ferré 1958: 146). E insistía -puesto que era un leit-motiv del autor- en la necesidad de una integración económica en la región, Brasil, Argentina y Uruguay, donde este último actuaría de nexo entre dos "gigantes".24 En este sentido, cabe pensarse aquí cómo la imagen de "Uruguay como nexo" funcionaba ya con anterioridad, pero en otro registro: los años veinte habían determinado una modernización de tal envergadura y eficacia que la dimensión del pequeño país se engrandecía por sus posibilidades: la misión que los intelectuales uruguayos definieron como propia fue la de "suturar una herida" y no construir una isla. Esto es, la ciudad de Montevideo podía ser el encuentro entre lo europeo y americano (Rocca 2006: 68). Lo interesante es cómo la imagen de la sutura, nexo en unos años 50 más pesimistas, se desplegó en dos líneas. Una de ellas, que concernía a la mixtura entre lo europeo-americano; la otra propiciatoria de la unificación latinoamericana. En cualquiera de las dos, Uruguay mantenía su "excepción".
Mehtol Ferré en su escrito seguía la línea de "unificación" latinoamericana y, además, ubicaba a la opción ruralista como aquella que podría trascender las viejas estructuras partidarias, la de los Blancos y los Colorados. El ruralismo, entonces, parecía capaz de eliminar todos los cismas. En una posición análoga a lo que Uruguay era en términos de integración latinoamericana: como un silogismo escondido, el ruralismo se identificaba con "el Uruguay". Campo y ciudad, Uruguay y América Latina así unificados permitirían el desarrollo que diera la solución a una crisis definida en los términos de una estructura -la batllista- que ya no podía soportar las transformaciones que el momento actual le exigían. Pero, aún más, que jamás lo podría haber hecho porque en el origen mismo de su estructura estaban las causas de su fracaso final.25 Para Methol, la imagen de Uruguay como un país que se había construido "en solitario" debía ser puesta en duda. Esa imagen era la que para él se había repetido una y otra vez desde el batllismo en adelante.

La otra isla

En 1962, el abogado y escritor Carlos Martínez Moreno publicó la novela El Paredón.26 En ella se pudo advertir con claridad que lo que se hacía era un examen minucioso de esa "generación crítica" (o "generación del 45"). El protagonista, Julio Calodoro -alter ego de Martínez Moreno- se "había propuesto muchas veces escribir sobre ellos; escribir sobre ellos y escribirse, relatarse sin embellecimiento ni disculpa":

Herederos de perfecciones yertas, depositarios de mitos en disolución, ellos no eran mejores que sus padres. Eran quizá más lúcidos; pero ¿de qué servía esa lucidez paralítica...? Hablaban de sus padres como de ínfimos pequeñoburgueses de un país perdido en el mapa. Pero ellos ¿dejaban de serlo porque supieran infligirse esta larga palabra? Mejor era tal vez seguir adelante sin verlo, tratar de encontrar un sentido a la vida en el acto de desfondarla, de pasarle a través, con furia y luz de desgarrón. Mejor era no ver tampoco el resto de América, como esos hacendados que no miran el arrabal sórdido de los pueblos del itinerario, desde la ventanilla que los lleva a la ciudad (29-30).

Ese "no mirar" podría ser entendido en los mismos términos al de "dar la espalda", y aún más, como una analogía entre "campo"-"América Latina" y "Montevideo"-"Uruguay". El campo era para Montevideo lo que América Latina era para el Uruguay. De alguna forma, la analogía funcionaba distribuyendo responsabilidades, omisiones y errores. También se puede apuntar aquí de qué manera esa analogía había sido ya utilizada por Methol Ferré en su escrito sobre el Ruralismo, claro que como estrategia para otros fines. Tal como Rodríguez Monegal confirmó en una reseña sobre diversos relatos de Martínez Moreno, "Calodoro" era un anagrama de "Colorado": el protagonista encarnaba también así parte de una tradición particular, que había comenzado a problematizarse como sustento -en una también particular relación con el batllismo- de la viabilidad uruguaya (Rodríguez Monegal 1967: 79-85). La anécdota de la novela abre con el triunfo blanco-ruralista de 1958 y con la desconfianza que este triunfo generaba en el narrador; es decir, la desconfianza de un verdadero cambio en Uruguay. En este caso, la fecha que para Rodríguez Monegal y Rama anunciaba una apertura -en el sentido de una manifestación particular: la de la "crisis estructural"- para Calodoro se volvía una fecha en la que sólo podían advertirse las ambigüedades ya conocidas. Ciertos reacomodamientos que -también- ya eran "tradicionales". Aunque:

Tal vez comenzaban a ser cada día más quienes no querían ya ser llamados -contra una mera propensión de infancia, contra el viejo y descascarado color de hogar- blancos o colorados... Y ahora, en ese año 1958... el largo imperio del Partido Colorado tocaba fondo; y todo podía contribuir a que se creyera en el advenimiento de lo que la propaganda política llamaba la Nueva Era o los Nuevos tiempos ¿podía confiarse en que realmente estaba sucediendo algo?... Julio... había estado en Bolivia en 1952 y había visto las huellas, el tatuaje a fuego y el hervor vivo y tumultuoso de una revolución flamante... Había estado en Chile y había visto a los mineros de Lota emerger de las minas de carbón y de sus galerías bajo el océano... Conocía esa faz cruda de América había sentido por igual la voz del ruego, de la fraternidad y de la amenaza, y esta muelle posibilidad de cambio abstracto que se veía ahora y siempre en su Uruguay no podía parecerle importante, no apuntaba en su concepto a nada. Esta era tan sólo una mutación <a la uruguaya>, acolchada por el previo concepto de nuestra suficiencia para regir los hechos sin que jamás se nos escaparan... (Martínez Moreno 1962: 10-11).

En el año de edición de la novela, 1962, se habían formado la Unión Nacional y Popular (un "tercer camino en la política nacional", conformado por el Partido Socialista, la agrupación Nuevas Bases y el grupo del blanco Enrique Erro) y FIDEL (conformado por el Partido Comunista "en alianza con algunos desgajamientos de los partidos tradicionales") (Nahum B.A. et al. 1998b: 18-19). Ambos disputaron, con esfuerzos infructuosos, en el terreno electoral. Aunque la novela hubiera sido escrita con anterioridad a esas alianzas, e incluso su fracaso electoral, quizá percibiera con esperanza la posibilidad de un quiebre al bi-partidismo. El Paredón abre con el triunfo blanco-ruralista y el relato abarca luego el viaje del protagonista a Cuba, invitado para asistir a la "Operación verdad". Entre la partida y el regreso de la isla, Calodoro se veía modificado pero no podía hacer acto de esas potencialidades que la isla parecía haber presentado como posibles.27 Era un largo recorrido por cierta desesperanza respecto del cambio de un carácter. En los capítulos en los que Calodoro está en Cuba, no faltan las matizaciones respecto de esa revolución a la que apoya pero a la que critica los fusilamientos; en la que admira a un líder, Fidel Castro, pero en la que desconfía del personalismo sobre el que se sostiene una revolución. Para Calodoro, esa actividad crítica y demoledora parecía, a su regreso, condicionarlo en una elección. La vida privada quedaba privada de cambios: elegía un retorno a una placidez particular; a una especie de inercia.

Conclusiones

En 1962, el partido Blanco volvió a ganar las elecciones. Ese mismo año, en la reunión de Ministros de Relaciones Exteriores de la OEA en Punta del Este, se prohibió la participación de Cuba en ese organismo. Para muchos de los intelectuales que apoyaron la revolución, ese voto negativo condensaba la identidad de Uruguay dándole la espalda a un país -Cuba- que parecía dotar al continente de una posibilidad real de integración. Es decir, que daba sentido a Uruguay en América Latina. Para muchos de esos intelectuales, Cuba puso una lupa feroz sobre aquellas oposiciones que les resultaban oportunas a la hora de interpretar el pasado, el presente y, a la luz revolucionaria, el futuro del país. Así, aunque no siempre hubiera sido la principal, la oposición "América Latina-Uruguay" parecía dotar a las otras (como las de "campo-ciudad" y "política-cultura") de sentidos redefinidos de acuerdo a esa coyuntura particular. Ponía además en primer plano el problema de la excepción, sus alcances, sus límites. De este modo, podemos pensar que quienes criticaron la postura uruguaya frente a Cuba se oponían a una de las formas de la excepción (si bien hubo otros países que votaron también de forma negativa). Esto es, la delegación uruguaya votaba al contrario de lo que era la "verdadera" necesidad del país. De este modo, la crítica a la excepcionalidad se entroncaba con aquella otra que veía como negativo el desarrollo falaz de Uruguay por fuera de su "voz latinoamericana".

Notas

1 Para Raymond Williams las "tradiciones selectivas" pueden entenderse como "una versión del pasado que se pretende conectar con el presente y ratificar" (Williams 138), pero teniendo en cuenta que esa "versión del pasado" en ningún punto puede ser entendida como "neutral" (Entrevista de Beatriz Sarlo a Williams).

2 El semanario funcionó como tribuna y escuela intelectual. Su importancia fue tanto nacional como latinoamericana -especialmente durante los 60/70-. El semanario fue censurado y cerrado por la dictadura militar uruguaya en 1974. Rocca (1993; 2006), entre otros.

3 En 1961, el ensayista y crítico literario Carlos Real de Azúa publicó El patriciado uruguayo. En ese texto, también el uso de la categoría de "generación" fundamentaba los cortes para discriminar quiénes pertenecían o no a esa particular élite, permitiéndole así justificar una periodización específica (Real de Azúa 1961: 9-43). Es claro que tanto Real de Azúa como Rodríguez Monegal o Rama usaron "generación" ateniéndose a los análisis realizados por José Ortega y Gasset (y luego, los de su discípulo Javier Marías) de notoria incidencia en el Río de la Plata.

4 Rodríguez Monegal (1966) menciona que otros autores utilizaron la misma fecha que él para datar el comienzo de esa generación: Real de Azúa (1958), Rama (1959) y Benedetti (1963). Hace referencia a que el libro tenía como motivo las reflexiones de los últimos veinticinco años, y que ya había publicado trabajos relativos al tema desde 1943. Sobre las generaciones, sólo da noticia de dos textos anteriores: Nacionalismo y literatura, publicado en Marcha nro. 1952 y otro del que no menciona los datos. Rama explicita qué textos revisó e incorporó en La generación crítica...: "Testimonio y confesión y enjuiciamiento de 20 años de literatura uruguaya" en Marcha, año XXI, nro. 968, 2da. sección, 3/7/1959; "Los nuevos compañeros", Marcha, nro. 1116, 2da. sección, 27 de diciembre de 1963; "Lo que va de ayer a hoy", Marcha, nro. 1220, año XXI, 28 de agosto de 1964; "La cultura uruguaya en Marcha", en Sur, marzo-abril de 1965; "La generación de la crisis", Marcha nros. 1281, 82 y 82: 19 y 27 de noviembre y 3 de diciembre de 1965; "La conciencia crítica", en: Enciclopedia Uruguaya, Montevideo, nro. 56, noviembre de 1969; Versión abreviada de "La generación crítica", en Cuadernos Americanos, XXX, 4 y 5, 1971 y en el volumen colectivo "Uruguay hoy", Siglo XXI, 1971; Ensayo inédito para "Nueva Narrativa Hispanoamericana".

5 En la visión de Rama, además, la "generación crítica" tenía dos promociones, una que iba de 1940 a 1955 y otra que partía desde 1955 hasta 1969. La primera era caracterizada como "internacionalista" y la segunda como "nacionalista". Esa "división" interna de la promoción, como una continuidad que tiene un punto de viraje particular, ha sido cuestionada y analizada por Gregory (1999).

6 Ambos autores dirigieron la sección "Literarias" de Marcha. Rodríguez Monegal lo hizo entre 1945 y fines de 1957 y Rama entre 1959 y 1969. Los dos fueron antagonistas permanentes; en particular cuando Rama hiciera desde Marcha denuncias relativas a la avanzada de la Alianza para el Progreso y de cómo la CIA financiaba proyectos culturales, entre otras cosas, como por ejemplo en la revista Mundo Nuevo que dirigía Rodríguez Monegal desde París. Pablo Rocca (2006) ha demostrado hasta qué punto los proyectos críticos de ambos autores no podrían a priori dividirse en la mayor atención de uno u otro a la literatura latinoamericana; por el contrario, las diferencias deberían entenderse en las propuestas metodológicas y las perspectivas ideológicas, que utilizaron en cada uno de sus análisis.

7 De hecho, la publicación de su novela El Pozo en 1939 sería leída luego como la piedra basal de esa nueva narrativa.

8 Rodríguez Monegal llamó a estas y otras revistas "centros comunitarios de una generación". El Grupo Asir fue el que se núcleo alrededor de la revista de literatura del mismo nombre, fundada por Washington Lockhart, Marta Larnaudie de Klinger y Humberto Peduzzi Escuder en la ciudad de Mercedes. Se editó entre 1948 y 1959, y también entre Mercedes y Montevideo. Según Rodríguez Monegal, la revista Asir siempre se preocupó de mostrar que provenía de una ciudad del interior (a pesar de que muchos de sus redactores vivieran en Montevideo); atendió preferentemente a "lo nacional", en ensayos, relatos y a la narrativa de tema campesino (Rodríguez Monegal 1966: 49). Idea Vilariño, Rodríguez Monegal y Manuel A. Claps crearon Número en 1949 (más tarde se incorporaba Mario Benedetti). A diferencia de Asir, apostaba a la crítica literaria sin preocuparse en esa condición de "lo nacional" afincada en el campo o en el "interior". De hecho, entre ambas fue notoria la distancia y el debate. El primer número de Clinámen apareció en febrero de 1947. Fundada por Manuel A. Claps, Ángel Rama, Víctor Bachetta e Ida Vitale (más tarde se unirían Idea Vilariño y Rodríguez Monegal, entre otros), era una revista "académica" de jóvenes escritores.

9 El Colegiado era un Consejo de Gobierno compuesto por nueve miembros, seis por el partido mayoritario y tres para el que le siguiera en votos, que se había instaurado por medio de una reforma constitucional en 1952. Había sido en sus inicios inspiración del mismo José Batlle y Ordóñez, y en 1918 se había conformado como un Consejo de Administración y un presidente de la República. A lo largo del tiempo, el Colegiado y la presidencia se alternaron como formas de gobierno ejecutivo en el sistema político uruguayo.

10 Se denominó "neo-batllismo" a ese período. Esta denominación aparentemente la inventó Real de Azúa a comienzos de los 70 y la impuso Germán D'Elía (1982).

11 "Es el nuestro un pequeño gran país... hoy se le puede calificar, con igual razón de pequeño oasis de libertad, justicia en un mundo perturbado con trágicas realidades o comprometedoras perspectivas... Tengamos clara conciencia de que el Uruguay es un país de excepción" (Editorial. Diario Acción nro. 1, Montevideo, 1948. Citado por Nahum et al. 1998a: 77-78).

12 Podría pensarse hasta qué punto la revolución cubana "unió" dos partes de un semanario que parecían, en una primera mirada, divididas en vías paralelas: la "cultura" y la "política" (Rocca 2006: 128-129). O, cuanto menos, vías paralelas que se unían por el valor que le daban a "crítica". Cuando Rama tomó la dirección de "Literarias", el latinoamericanismo y el antiimperialismo militante "pasaron" a la parte "cultural". (Rodríguez Monegal como director de "Literarias" no había menospreciado la cultura latinoamericana, pero sí se había distanciado de la impronta antiimperialista de su fundador) (Rodríguez Monegal 1966 y Rocca 2006).

13 En una "Carta al Lector", publicada en el diario El País (26/9/1927), aclaraba que, al momento de estar leyendo diversos textos para informarse sobre la política norteamericana en Panamá, cayó en sus manos el Ariel. La relectura de ese texto le hizo afirmar: "¿Será necesario decir a Ud. que nuestro respeto y nuestra admiración por Rodó no son menores ahora que antes? Y, sin embargo, ¡cuántas objeciones a su 'sistema' esta nueva lectura nos ha hecho aparecer!" (Citado por Caetano y Rilla 1986: 59).

14 Mariano Azuela (1873-1952) fue partidario de la revolución mexicana, y tuvo un cargo en el gobierno de Madero (como jefe político en Lagos y luego director de educación en Jalisco). A la muerte de Madero ingresó como médico en las huestes del ejército de Pancho Villa. Emigrado en Texas, escribió la novela "Los de abajo", que publicó por entregas en el diario El paso del Norte en 1916. Los cuatro últimos capítulos de la novela fueron publicados en 1928 por el peruano José Carlos Mariátegui en Amauta.

15 El viajero recorrió el norte Argentino, pasó a Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Honduras, Guatemala y terminó en México.

16 Aun cuando, por ejemplo, en 1940 hubo tratativas para instalar bases militares norteamericanas en el país.

17 Y todos, de alguna forma, revolvían en aquella postulación del crítico literario Alberto Zum Felde sobre el "nativismo", entendido éste como un movimiento "de emancipación literaria en el que los poetas jóvenes volvieron sus ojos a la realidad nacional"; e incluso a su revisión, necesaria y fatal, dado el avance del cosmopolitismo urbano. (Zum Felde, "Estudios sobre nativismo", en La Cruz del Sur, citado por Mariátegui 2005: 254-255). Y, también, ponían de manifiesto la polémica que en 1948 delimitó (vagamente) las posiciones de los "lúcidos" (nucleados en torno de Marcha) y los "entrañavivistas".

18 Ese mismo año, Real de Azúa, Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama participaron de una discusión -emitida por radio- sobre el arraigo y la evasión en Pablo Neruda y Jorge Luis Borges. Poco tiempo después, el "arraigo" y la "evasión" se anudarían al "compromiso" o no de los escritores respecto de, específicamente, la Revolución Cubana y la transformación social.

19 Una vez que la Revolución Cubana apareciera en la escena, los múltiples congresos, encuentros, intercambios entre escritores venían a transformar ese desconocimiento en el armado de una familia particular: la de los escritores latinoamericanos (Gilman 2002: 97-142).

20 La Liga Federal de Acción Ruralista fue fundada por Domingo Bordaberry y Benito Nardone. Aglutinó los intereses de pequeños y medianos productores y, en alianza con el Partido Blanco, haría que éste ganara las elecciones en noviembre de 1958, luego de 93 años de primacía colorada.

21 Este párrafo aparece como nota al pie en una reedición del texto que se hizo en Buenos Aires (Methol Ferré 1960). Es factible que este agregado -casi "contemporizador"- fuera posible una vez que la disputa electoral ya hubiera tenido lugar. Más allá de ello, nos interesa en cuanto analiza el batllismo de acuerdo a ese patrón de "estructura" que debe caerse por su propio peso.

22 Methol Ferré abandonaba la empresa en 1960, en una carta pública que apareció en el semanario Marcha. El Ruralismo una vez en el gobierno había desoído los principios fundamentales que lo habían llevado al poder.

23 Es fundamental anotar cómo, a pesar de los intentos de Methol Ferré por hacer visible la campaña, ésta quedaba "idealizada" en el discurso paternalista al que este autor se suscribía como descriptor de los "caracteres".

24 De hecho, desde 1955 a 1957 inclusive editó una revista de nombre Nexo, que se dedicaba a la cultura y políticas latinoamericanas, y el nombre se explicaba directamente por ese "lugar" de Uruguay para la integración latinoamericana.

25 En algún sentido, esta observación sobre el batllismo es la sostenida por Carlos Real de Azúa. Ver: Real de Azúa 1964.

26 Martínez Moreno tuvo a su cargo durante años la crítica teatral de Marcha y también participaba de esa "generación". Fue abogado y, entre 1968 hasta su exilio a México, defensor de oficio y de presos políticos. La novela que Seix Barral editaba en 1962 y llegaba a Uruguay en 1963 había recibido un accesit del Premio Biblioteca Breve de la misma editorial.

27 Se llamó "Operación Verdad" a la organización por parte de los revolucionarios cubanos de una visita a Cuba de periodistas extranjeros para desmentir las acusaciones de la prensa opositora a la revolución (en general norteamericana o vinculada, para muchos, a una operación de la CIA). En enero de 1959, aproximadamente 400 periodistas se encuentran en Cuba para asistir a una serie de conferencias pronunciadas por Fidel Castro. Asimismo participan de los "Tribunales de la revolución" en los que se juzgó y luego ajustició a quienes fueron considerados criminales del gobierno del dictador Fulgencio Batista.

Obras citadas

1. BENEDETTI, Mario. "Arraigo y evasión en la literatura Hispanoamericana". Marcel Proust y otros ensayos. Montevideo: Número, 1951. 67-106.         [ Links ]

2. BENEDETTI, Mario. "La literatura uruguaya cambia de voz". Literatura uruguaya siglo XX. Montevideo: Alfa, 1963. 9-37.         [ Links ]

3. CAETANO, Gerardo. "Identidad nacional e imaginario colectivo en Uruguay. La síntesis perdurable del Centenario". Achurar, H. y G. Caetano (Comps.). Identidad uruguaya ¿mito, crisis o afirmación? Montevideo: Trilce, 1993. 85.         [ Links ]

4. CAETANO, Gerardo y José Pablo RILLA. El joven Quijano. Quijano (1900-1933). Izquierda nacional y conciencia crítica. Montevideo: EBO, 1986.         [ Links ]

5. CASTRO, Julio. "La misión pedagógica de los alumnos normales". Cuadernos de Marcha, tercera época, año I, 7, diciembre (cuaderno dedicado a Julio Castro, donde se recupera la nota escrita por Julio Castro y publicada en Marcha el 6 de julio de 1945). Montevideo, 1985. 22-25.         [ Links ]

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Fecha de recepción: 25-08-09
Fecha de aprobación: 14-02-10