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Anclajes

On-line version ISSN 1851-4669

Anclajes vol.16 no.1 Santa Rosa Jan./June 2012

 

ARTÍCULOS

Jaime Rest, intelectual específico

 

Maximiliano Crespi
Universidad Nacional de La Plata- CONICET
maxicrespi@gmail.com

 


Resumen: el presente artículo se aboca a describir y analizar la función intelectual del crítico literario, crítico cultural, profesor, traductor y editor argentino Jaime Rest (1927-1979). El análisis se desarrolla bajo la hipótesis de que, estudiado en su propia inscripción histórica (en una red de condicionamientos y elecciones situadas en un contexto concreto de filiaciones y afiliaciones teóricas y políticas), el proyecto intelectual de Rest exhibe los rasgos y funciones fundamentales del modelo del "intelectual específico" descrito por Michel Foucault a mediados de la década de 1970. El trabajo se inscribe teórica y metodológicamente en la intersección de tres disciplinas convergentes: historia intelectual, metacrítica e historia cultural.

Palabras clave: Jaime Rest; Crítica literaria; Campo cultural argentino; Historia intelectual; Siglo XX, Argentina

Jaime Rest, specific intellectual

Abstract: This article is part of doctoral research "Jaime Rest: critical role and cultural politics (1953-1979)" and shall endeavor to describe and analyze strictly intellectual performance of the literary critic, cultural critic, teacher, translator and editor of Argentina Jaime Rest (1927-1979). The current investigation is displayed under the following hypothesis: studied in its own historical inscription, a network of constraints and choices located in a specific context of affiliations and theoretical and political affiliations, the intellectual project Jaime Rest exhibits key features and functions of the model of the "specific intellectual" described by Michel Foucault in the mid 1970's.

Keywords: Specific intellectual; Intellectual field; Violence; Censorship; Dictatorship


 

En una conferencia pronunciada en la Universidad de París 8, en medio de un largo y sinuoso conteo de "generaciones argentinas", Horacio González (75) ubica el nombre de Jaime Rest (1927-1979) en "la del 55", junto a los de León Rozitchner, David e Ismael Viñas, Tulio Halperin Donghi, Osvaldo Bayer, Juan José Sebreli, Ramón Alcalde, Noé Jitrik, Carlos Correas y Oscar Masotta. Cronológicamente, la ubicación es irrecusable: Rest nació y empezó a publicar casi en los mismos años que los integrantes del grupo Contorno. Sin embargo, la inclusión del nombre de Rest en esa serie resulta tan extraña, tan arbitraria y, en cierto sentido, tan forzada que, de algún modo, deshace la idea misma de "generación", reduciéndola a la mera coexistencia en un mismo tiempo cronológico y despojándola de su principal valor: el de traducir la experiencia compartida de un sentido histórico.
Dos argumentos fundamentales permiten distinguir a Rest y a su proyecto intelectual del que podría llamarse -abusando quizá también de la generalización del crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal- la de "los parricidas de Contorno": el primero remite al desacuerdo formal y sustancial entre su obra y la de aquéllos; el segundo, a la singularidad característica del modelo intelectual por el que Rest opta frente al que caracterizan y promocionan sus "contemporáneos generacionales". Porque, si bien es cierto que, vista en perspectiva, la producción crítica restiana dibuja una trayectoria que evidencia una "deriva progresista" en sus intereses y temas de investigación -deriva que, gradualmente, se superpone con una serie de transformaciones visibles en su proyecto político-intelectual (Crespi De Sur a Crisis...)-, su proyecto de trabajo no sólo no se alinea nunca ni teórica ni metodológicamente al de aquellos, sino que un cotejo cuerpo a cuerpo bien podría corroborar que en todo momento Rest se empeña deliberadamente en tomar distancia de sus posiciones. El caso presenta un problema teórico ya que la incomodidad que se desprende de la colocación de Rest en esa lista obliga a pensar la contemporaneidad de un autor y su proyecto crítico, no ya como efecto de la mera coincidencia cronológica, sino más bien, según la perspectiva trazada por Hans Gadameren virtud a su modalidad de acción y toma de posición respecto del pasado, la tradición y su sentido. Sin caer en el señuelo de una simplificación, el problema podría ser puesto en estos términos: en rigor, los nombres impresos en esa lista de González pertenecen a la misma generación sin que ello los transforme necesariamente en contemporáneos. O, en todo caso, a los fines de esta investigación, será preciso dejar sentado que reconocer la contemporaneidad histórica de los sujetos biográficos no puede de ningún modo subordinar, desconocer o borrar las diferencias específicas de obras y proyectos intelectuales que no pueden ser asimilados a un mismo sentido de la historia (Dosse 269-287).
No obstante ello, aún en la discutible contemporaneidad que atribuye, la serie planteada por González deja entrever algo interesante respecto de esta obra crítica tan esquiva como atópica: que su condición descentrada y su dispersión espacial constituyen si no un impedimento, por lo menos un problema concreto a la hora de intentar situar su proyecto intelectual. E incluso permite reconocer, además, por contraste, dos modos de temporalidad en los que Rest difiere de los demás autores incluidos en la serie y a partir de los cuales singulariza su propio programa: su temporalidad teórica y su temporalidad política.
En efecto, en el contexto del llamado "proceso de modernización de la crítica en la Argentina", consolidado -según la hipótesis de Carlos Mangone y Jorge Warley- hacia mediados de la década del 50 a través de un grupo de escritores con cierta "unidad de formación" nucleados alrededor de las revistas Centro y Contorno, el comienzo1 de Jaime Rest se caracteriza por fallar a la regla y hasta por confrontar teórica e ideológicamente con la opción tomada por sus contemporáneos. Visto en perspectiva, ese "comienzo a contrapelo" no lo pone ni política ni metodológicamente en el más seductor de los lugares, en tanto su colocación inicial remite a un complejo proceso de afiliación teórica y política2. Al contrario: es justo decir que, pese a compartir con los integrantes de Contorno un horizonte de filiación (pertenencia a una clase media ascendente, formación profesional en la misma universidad peronista), y aun cuando su trabajo crítico siempre esté más emparentado con la refinada escritura de figuras como José "Pepe" Bianco, la precisión erudita de Ángel Batistessa, la consistencia filológica de María Rosa Lida de Malkiel o la lucidez repentina de Daniel Devoto, el comienzo de Rest se define por su afiliación teórica al paradigma de la llamada "Crítica tradicional" y por su afiliación política al modelo ideológico reproducido desde la revista Sur y el diario La Nación. En relación al primer proceso afiliatorio bastará apuntar que la llamada "Crítica tradicional", en rigor y salvo honrosas excepciones, se trata de una crítica de fachada, que se erige en tautologización de la obra (a la que mistifica sacralizándola), que presupone al crítico como un lector privilegiado por una suerte de especial percepción estética que le permite hacer las veces de catalizador de sentidos (en él se superponen los "dones naturales" del "buen gusto", el "refinamiento" y la "virtuosa ecuanimidad") y que, finalmente, reduce toda la verdad de la obra a su "inaccesible misterio". Para decirlo sin rodeos: bajo los pretendidos "volados victorianos" -típicos de una aristocracia de le bon goût- la burguesía advenediza solapa su propia miseria, su propia incapacidad y su mezquindad en la adhesión a una aparente "flexibilidad" apuntada sobre una meramente retórica "amplitud de espíritu" y en la no menos sintomática reticencia a adoptar esquemas teóricos para así "abarcar mejor toda la riqueza de la literatura" (Rosa "Sur o el espíritu y la letra" 4-6).
Este modelo crítico tradicional que, a las claras, se apoya en una libertad mistificada (en su abstracción) con el solapado propósito de encubrir su operación ideológica tiene su correlato político, y sobre éste talla la segunda marca que caracteriza el comienzo restiano: afiliación política a un liberalismo demócrata que paulatinamente, a lo largo de su vida y en función de su proyecto, irá virando hacia lo que con ambigua precisión Beatriz Sarlo definió como un "socialismo liberal" o, mejor aún, como un "socialismo fabiano"3.
Es justo atenuar esta afiliación en función de sus condiciones materiales de formación, aun cuando no podría reducírsela a ellas sin faltar a la verdad. Rest se graduó en Letras en 1953 en la Universidad de Buenos Aires, con una especialización en Literatura de Europa septentrional (anglosajona) y una meditada tesis de licenciatura que versaba sobre la "función de la crítica" en los ensayos de Virginia Woolf (Rest "Los ensayos de Virginia Woolf"). Como puede leerse en un rápido recorrido por las notas a pie de página de la copia mimeográfica, sus wanderjahre -período de formación y ensayo- están claramente marcados por la crítica sajona de la época. Frank Raymond Leavis, David Cecil, Cecil Maurice Bowra, Theodore Spencer, Edmund Wilson, Robert Liddell, Andrew Wright, Clive Staples Lewis, Lionel Trilling, Ciryl Connolly o el propio Thomas Stearns Eliot son las referencias teóricas más frecuentes en sus años de formación, durante el peronismo clásico. Pero es hacia fines del segundo gobierno peronista, en momentos en que la élite intelectual más liberal con sede en Sur y La Nación no escatima adjetivos en su decidida campaña golpista, cuando Rest empieza a publicar y a buscar un espacio, "un cuarto propio" en el campo cultural. Por esos años, se fortalece su relación con el historiador José Luis Romero, por cuyo intermedio son publicados sus primeros ensayos en la Revista de la Universidad de Buenos Aires e Imago Mundi. Pero es recién con posterioridad al golpe de 1955, en momentos en que Victoria Ocampo, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges, entre otros, saludan sin pudores a la autodenominada "Revolución Libertadora" (encomendándola a Dios para que pueda cumplir con la difícil tarea de la "Reconstrucción Nacional")4, cuando Rest empieza a contribuir asiduamente con la revista Sur. Esta cercanía al grupo protegido por el mecenazgo de Victoria Ocampo y su inicial ambigüedad ante la dictadura que, encabezada por los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu, clausuró el Congreso Nacional, obligó a deponer de sus cargos a los miembros de la Corte Suprema e intervino las universidades dejando cesantes a numerosos docentes y restituyendo a los cesanteados por el peronismo (entre los que se encontraban algunos de sus "inolvidables maestros" como Vicente Fatone, Luis Juan Guerrero y el propio José Luis Romero), constituyen un dato no menor a la hora de considerar su casi inmediato acceso al espacio académico de la Universidad de Buenos Aires (donde, entre 1956 y 1963, compartió la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana nada más ni nada menos que junto a Jorge Luis Borges)5.
Pero si hay algo en que el trabajo restiano se distancia diametralmente del de los escritores nucleados en Contorno es en virtud de su propia estructura interna. Mientras el de aquellos extrae fundamentalmente su sentido de la coherencia, la constancia y la continuidad que los caracteriza; el de Rest sólo puede ser comprendido en toda su dimensión a partir de su excentricidad, su dispersión y su discontinuidad. Más aún: sobre estos atributos fundamentales suele describirse su "excepcionalidad" (Bardauil 183-215). El término hace alusión a que su trabajo crítico traduce una suerte de desvío o descentramiento singular, tanto en función de sus múltiples intereses como en la diversidad propia de sus modalizaciones: el trabajo restiano viborea entre el ensayo crítico y la crítica académica, entre la cultura popular y la "alta" literatura, entre la ordenada literatura inglesa y las siempre improvisadas letras argentinas. De ese modo, vuelve endeble (y superflua) toda etiqueta que no acabe por encallar en la predecible figura de la excentricidad. Sin embargo, visto en detalle, el trabajo restiano configura una especie de dispersión calculada, que sólo en una lectura de superficie puede catalogarse como una "obra de ocasión". En Rest conviven, superpuestas y sin contradicción, la figura tradicional del "hombre de letras" y las funciones del erudito y la disposición ética del pedagogo precisamente porque su objetivo es establecer transacciones de saber y legibilidad entre ambos ámbitos. Tras ese objetivo, es capaz de escribir -con una productividad que realmente impresiona- una importante serie de trabajos de estricto rigor académico, caracterizados por la abundancia, exhaustividad y actualidad de sus archivos, pero a la vez destinados a "tender un puente que facilite el contacto entre las obras más representativas y el público que desea acercarse a ellas" (Rest Novela, cuento, teatro: apogeo y crisis 8). De ahí que no haya en Rest -algo difícilmente admisible en la crítica literaria contemporánea- un complicado dispositivo dirigiendo el curso de la lectura (sin que ello signifique una adhesión al discurso reificado al que apelaba, para justificarse, la "crítica tradicional"). Como él mismo ha reconocido, sus textos imaginan un "lector enterado", pero "no necesariamente especialista"; de ahí que sus trabajos no se aboquen a exponer hipótesis "novedosas o intrincadas" sobre las obras que constituyen su objeto, sino a la estricta presentación de los problemas encontrados en ellas (Conceptos de literatura moderna 7). Es una crítica que se despega de las formas estandarizadas y que ya no busca juzgar sino que se enrola en la difícil tarea de hacer existir las obras produciendo en ellas sentidos nuevos6.
La recurrencia casi obstinada a esos atributos (discontinuidad, dispersión, excentricidad) cada vez que la obra de Rest reclama adjetivación, no deja de ser también significativa en términos críticos. Remite a una lectura y a un modo de evaluación de la función intelectual ligados a un paradigma definido por la continuidad, la coherencia y la consistencia. Se juzga así el proyecto intelectual restiano, no por lo que es, sino por lo que no es. En el sustrato de esa lectura está la figura del "intelectual universal" (comprometido u orgánico) como horizonte de lectura. Juzga la consistencia del proyecto o la performatividad del discurso crítico intelectual sin preguntarse si una obra efectivamente discontinua, dispersa y excéntrica puede o no materializar una función intelectual crítica. Es por eso que muchas veces no se sabe cómo explicar el hecho concreto de que la obra restiana haya sido objeto de la misma persecución y censura que la de intelectuales que definían su proyecto en el marco de la continuidad, la coherencia y la consistencia. Leer la función política de un proyecto intelectual implica prestar atención a su configuración formal y a sus enunciados específicos considerándolos (a ambos) como respuesta a un contexto preciso y en relación a un objetivo definido en perspectiva (de acuerdo a condiciones de posibilidad y sobrevida). Este intento de comprensión de la función intelectual del proyecto restiano implica, no sólo a descartar de plano (por simplista, pero también por errónea) toda lectura que lo circunscriba a una forma rezagada y epigonal de la "Crítica tradicional", sino ante todo pensar su proyecto-político intelectual como una alternativa concreta al modelo intelectual ensayado por sus "contemporáneos". Para ello, será preciso enfocar el sentido del trabajo intelectual a partir de un proceso de cambio en la configuración de sus roles y funciones.
En una caracterización general (que corre el riesgo de comportar un reduccionismo), podría decirse que la generación del 55 responde al modelo del intelectual universal comprometido, inaugurado por Émile Zola a partir del "caso Dreyfus" y consolidado en el siglo XX en la figura emblemática de Jean-Paul Sartre (Said Representaciones del intelectual). En "Les intellectuels et le pouvoir" (un diálogo con Gilles Deleuze de 1972) y "Vérité et pouvoir" (una entrevista realizada que le realizara Alessandro Fontana en 1977), Michel Foucault delinea con claridad la colocación y las funciones del modelo intelectual universal frente a las del nuevo intelectual específico.
En la primera de esas conversaciones, reflexionando en torno a la relación entre teoría y práctica en la función intelectual, Foucault plantea la inminencia de un cambio en el modo en que se materializa la politización del intelectual llamado "de izquierdas" o, en un sentido más abierto pero a la vez más concreto, del intelectual "progresista". Tradicionalmente, esa politización estaba dada en función de dos factores: su posición en la sociedad burguesa, en el sistema de la producción capitalista, y en la ideología que producía o imponía su propio discurso en tanto era capaz de revelar una cierta verdad y de descubrir relaciones políticas allí donde no se percibían. Por lo demás, esas dos formas de politización no eran ajenas una a la otra, aunque tampoco coincidieran necesariamente. En todo caso, el intelectual era objeto de aprecio o desprecio, de adhesión o rechazado, de protección o persecución, en el mismo momento en que la "realidad" aparecía en su verdad. Su función social era decir "la verdad a los que todavía no la veían y en nombre de los que no podían decirla: conciencia y elocuencia" (Foucault "Los intelectuales y el poder"80).
La transformación que nota Foucault no está dada a partir de esa conciencia preclara que representa el intelectual. Al contrario: los intelectuales han debido enfrentarse al hecho de que, en cierto punto de la historia, las masas ya no necesitaban de su discurso para saber ni para decir. Las masas saben y dicen por sí mismas. El hecho de que aun así no consigan romper con la opresión que se les impone se explica por la existencia de un sistema de poder que intercepta, prohíbe, invalida ese discurso y ese saber. Lo que Foucault percibe, finalmente, es que el poder no está tan sólo en las instancias superiores de la censura, la prohibición o la represión; penetra de un modo profundo, muy sutilmente, de manera activa en toda la red social a través de los discursos al punto que, ellos mismos, los intelectuales, en tanto agentes de la "conciencia" y del discurso, forman parte de ese sistema de poder en el que sólo pueden intervenir efectivamente luchando contra las formas de poder allí donde es a la vez su objeto e instrumento: en el orden del "saber", de la "verdad", de la "conciencia", del "discurso". Su grado de intervención será pues local, regional, y no totalizador. La lucha del intelectual debe darse pues en el sistema de lo específico y no de lo universal.
Un lustro después, en diálogo con Fontana, Foucault retoma estos argumentos y precisa más aún su análisis de dicha transformación. Plantea que si durante mucho tiempo el intelectual llamado "de izquierda" tomó la palabra y experimentó el reconocimiento de su derecho a hablar en tanto propietario de la verdad, si se lo escuchaba -o él pretendía que se lo escuchase- en calidad de "representante de lo universal", si "ser intelectual" fue por entonces ser de algún modo un poco "la conciencia de todos" (de esos "todos" que a su vez eran portadores -inmediatos, inconscientes- de lo universal), esto se debió a una suerte de mistificación de la práctica intelectual. De esta mistificación habrían sido un poco responsables también los propios intelectuales, quienes en contraprestación de una "elección moral, teórica y política" en favor de los intereses de los sin voz, se habrían arrogado el derecho a ser considerados portadores conscientes y voceros de esa universalidad. De este modo, el intelectual habría hecho de sí "la figura clara e individual de una universalidad de la que el proletariado sería la forma gris y colectiva" ("Verdad y poder" 138).
Sin embargo, como bien afirma Foucault, un nuevo modo de concebir la relación entre teoría y práctica ha producido una transformación en el rol del intelectual en la historia. Por diversas razones, gradualmente, ha comenzado a ganar peso la función del intelectual específico. La función intelectual ha dejado de caracterizarse por su trabajo en lo universal, lo "ejemplar", lo "justo-y-verdadero-para-todos", para operar en sectores puntuales, determinados específicamente, esto es: en los "puntos precisos donde los situaban sus condiciones de trabajo, o bien sus condiciones de vida (la vivienda, el hospital, el asilo, el laboratorio, la universidad, los vínculos familiares o sexuales)" (139). Esta transformación puede ser leída de dos modos diferentes: por un lado, negativamente, como lo hace Edward W. Said en Representaciones del intelectual, quien lee ese pasaje como resultado de una serie de presiones que la sociedad capitalista imprime sobre la práctica intelectual (a través de la especialización, la experticia, la burocratización y el mercado) y cuya única salida sería un retorno al amateurismo (139); por otro, puede ser interpretada también en términos positivos, como lo plantea Foucault -como correlato específico del pasaje de la sociedad regida por los dispositivos disciplinarios a la gobernada en función de dispositivos de seguridad (Seguridad, territorio, población 15-71)-, para quien el hecho de tener que enfrentarse a problemas no universales sino específicos (distintos a veces a los del proletariado o las masas) le permite al intelectual ganar "una conciencia mucho más concreta e inmediata de las luchas" y, a la vez, acercarse a esas masas de una manera distinta: a través de la experiencia de hallarse él mismo inmerso en una red de "luchas reales, concretas, cotidianas", en las que finalmente debe enfrentar, de otro modo, al mismo poder que oprime al "proletariado, el campesinado o las masas (las multinacionales, el aparato judicial y policial, la especulación inmobiliaria)" ("Verdad y poder" 139).
El surgimiento de la figura del intelectual específico tiene, por lo demás, una precisa significación política y compromete sustancialmente lo que respecta al lugar de procedencia y actuación del intelectual. El surgimiento del intelectual específico hace que el intelectual no se reconozca más en la autoridad del "jurista notable" (que deje de ser ya por excelencia el escritor en tanto "conciencia universal", sujeto libre, solitario, iluminado y "maldito", siempre "fuera de lugar", cuya función esencial es la de "hablarle claro al poder") y que empiece a reconocerse en la actividad del "sabio experto"7. Si el poder no se reduce a una función negativa y si su localización no puede ser determinada por el simplismo de "quienes lo ejercen y quienes lo padecen", los espacios de intervención en las mallas del poder son muchos más variados, más capilares, más diversificados pero también más concretos y más próximos y menos voluntaristas que los imaginados por el intelectual universal. Si el paso de la Política a la política implica una comprensión más lúcida de la localización del poder, el intelectual específico por fin reconoce que su actividad no está por encima de otras, sino ligada a otras por su naturaleza microfísica. En consecuencia, el intelectual específico es siempre un especialista que vive una relación de dependencia y a la vez de incomodidad con los poderes, las instituciones y los espacios que lo legitiman: porque trabajan para el Estado o para el Capital, los intelectuales específicos (ingenieros, magistrados, profesores, etc.) tienen la posibilidad concreta de actuar sobre él. Más aún, si "desde el momento en que la politización se opera a partir de la actividad específica de cada uno, el umbral de la escritura, como marca sacralizante del intelectual, desaparece", lo que se pone en juego es entonces una red de fuerzas que hace posible los lazos transversales entre saberes específicos y crea vasos comunicantes que se activan de un punto de politización a otros: "así los magistrados y los psiquiatras, los médicos y los trabajadores sociales, los trabajadores de laboratorio y los sociólogos pueden cada uno en su lugar propio y mediante intercambios y ayudas, participar en una politización global de los intelectuales" ("Verdad y poder" 140).
En este proceso desmontado por Foucault, el "escritor" tiende a desaparecer como figura de proa, pero el profesor y la universidad aparecen no ya como como elementos principales de la verdad sino como efectivos "ejes de transmisión", puntos privilegiados del cruzamiento que la compone. Frente al intelectual universal, que rechaza la especialización y la academia como formas y espacios válidos para su intervención política, el intelectual específico comprende que la universidad y la enseñanza son regiones políticamente ultrasensibles. Es allí donde sus intervenciones se refuerzan y multiplican exponencialmente sus efectos de poder.
Lo que Foucault percibe es que la transformación de los modelos intelectuales es el correlato de un cambio de estatuto en los dispositivos de verdad. Si el intelectual no es ya el "portador de valores universales", sino más bien alguien que "ocupa una posición específica", su especificidad está directamente ligada a las funciones generales del dispositivo de verdad que rige los enunciados a partir de los cuales la sociedad define su organización, sus modalidades de inclusión y exclusión. En este sentido, el intelectual específico de izquierdas evidencia una "triple especificidad" que lo posiciona en una encrucijada compleja: "la especificidad de su posición de clase (pequeño burgués al servicio del capitalismo, intelectual "orgánico" del proletariado)"; la de "sus condiciones de vida y de trabajo, ligadas a su condición de intelectual (su campo de investigación, su puesto en un laboratorio, las exigencias económicas a políticas a las que se somete o contra las que se rebela en la universidad, en el hospital, etc.)" y, finalmente, "la especificidad de la política de verdad" en que se apoya la estructura de legitimación y legitimidad de las sociedades contemporáneas. Y es justamente en esta última instancia donde su posición puede cobrar una significación general, donde sus estrategias de lucha y su combate local o específico es capaz de producir efectos concretos cuya implicancia no es simplemente profesional o sectorial. El intelectual específico lucha a nivel general haciendo transformaciones específicas a este régimen de verdad. El suyo es un combate en torno a la verdad entendida no ya como "ese conjunto de cosas verdaderas que hay que descubrir a hacer aceptar", sino más bien como el conjunto de reglas según las cuales se discrimina lo verdadero de lo falso, lo valioso de lo despreciable, lo conveniente de lo condenable ("Verdad y poder" 144). El valor de su trabajo no se liga pues al coraje que en determinadas circunstancias exige el "juicio ideológico", sino más bien a la descripción y al desencubrimiento de los mecanismos por los cuales se ligan a lo verdadero (a lo valioso, a lo conveniente) determinados efectos políticos. El suyo no es un combate "en favor de la verdad", sino "en torno al estatuto de verdad y al rol económico-político que la verdad juega" en un determinado espacio discursivo ("Verdad y poder" 144-145).
Jaime Rest es un ejemplo característico del proceso de formación de esta figura del "intelectual específico", propia de la modernización de la función intelectual. El mosaico que compone su trabajo muestra su excentricidad, diversificación y su dispersión. No hay un solo texto de Rest que se pronuncie políticamente por fuera de la intervención crítico-literaria. Sus intervenciones políticas están pues siempre enmarcadas por su especificidad y guardan una relación directa y localizada con el mercado, con las instituciones y con el saber científico en que se legitiman y en virtud a lo cual se desarrollan en términos prácticos; pero, a la vez, se articulan con intereses y luchas que reverberan más allá de esos espacios específicos. Acaso el primer ademán notorio en el proceso de su toma de conciencia del poder de intervención de lo específico en lo político sea la inteligente "respuesta" que Rest da en 1959 a la encuesta planteada por la revista Sur ante el "caso Lolita" ("El caso Lolita"). En un puñado de párrafos precisos y cargados de erudición (que sería por lo menos injusto reducir a una mera adscripción burocrática), elusiva e inteligentemente, Rest parece rechazar los términos mismos del interrogatorio planteado desde la revista dirigida por Victoria Ocampo. No se opone ni apoya la censura. Con astucia sutil, considerando una extensa lista de errores cometidos en el pasado, plantea que la de la censura o no de una producción estética es una cuestión cuyo debate sólo puede ser considerada en el interior de un espacio especificado por una burocracia técnica calificada con probidad (historiadores, filólogos y críticos literarios) y que bajo ningún sentido su proposición o su decisión debe ser facultad de otros poderes. Respondiendo sin responder (siendo incluso indirecto al contestar la primera pregunta del cuestionario: "¿Cree Ud. que un poder político debe ejercer la facultad de censurar obras literarias?"), Rest pone en evidencia la impropiedad del interrogatorio surgido por el atropello de un decreto de la Municipalidad de Buenos Aires que, tras declarar a Lolita de Vladimir Nabokov como "inmoral", determinó su inmediata salida de circulación y el secuestro de los ejemplares distribuidos en librerías. Indirectamente, sin darle y sin quitarle la razón a la censura, Rest desautoriza al poder político en su intervención y descompone la legitimidad de la discusión. Lo que se corrobora en ese movimiento es pues un intento de poner límites al Poder (represivo) desde el poder (productivo) de la especificidad. De ese modo, se neutraliza la legitimidad de una decisión que solapa su arrogancia y que naturaliza su incumbencia bajo la superstición de una "moral pública". Bajo la cobertura de una cuestión que concernía a todo el mundo (porque lo ilegítimo de la decisión era ante todo su agente), el crítico hace funcionar y pesar su posición especifica en el orden del saber para poner en evidencia la impropiedad de lo actuado por el Poder.
Una lectura longitudinal de su producción crítica no deja dudas de que las intervenciones políticas de Rest se apoyan concretamente en su especificidad y están deliberadamente ceñidas a la localización precisa de su campo particular de saber (Crespi "Para un canon ..."). Es por ello que su dimensión y función (su política) se definen dentro de lo que podría pensarse como una microfísica de la resistencia tópica a los poderes. En esa perspectiva se orientan sus lecturas gramscianas del policial ("Diagnóstico de la novela policial") y la novela negra norteamericana, su reivindicación de las "literaturas del mal" y de los géneros y autores "malditos", su insistente puesta en valor y promoción de la novela gótica, la literatura de fantasmas y la narrativa de terror, desarrolladas específicamente en el diseño del catálogo de Librerías Fausto (Crespi "Para un canon ..."). En esa micropolítica, se tejían también sus magistrales clases sobre el teatro y la novela inglesa tanto en la Universidad de Buenos Aires como en la Universidad Nacional del Sur, clases en las que -desde un marco teórico apoyado en los primeros trabajos de Raymond Williams y Richard Hoggart- Rest reactualizaba el enfoque sobre las formas de la relación entre "literatura y política". En el marco de esa insistencia puede leerse también su esmerado intento de secularización del saber literario a partir de sus precisas colaboraciones con las colecciones el proyecto de Centro Editor de América Latina (CEAL), comandado por Boris Spivacow; no sólo en tanto redactor y supervisor de numerosos fascículos sino también desde trabajos específicos como Novela, teatro, cuento: apogeo y crisis (1971) o Conceptos de literatura moderna (1979). Lo mismo puede decirse de sus investigaciones sobre la "Situación del arte en la era tecnológica" o sobre relación entre "literatura y cultura de masas" ("Alcances literarios de una dicotomía cultural contemporánea"), donde se revaloriza la cultura popular (Notas para una estilística del arrabal) y donde los géneros considerados "menores" (littérature de colportage, folletín, novela policial, ciencia ficción, literatura radial, letras de rock, cine comercial, etc.) son interpelados con la misma intensidad con que se abordan las altas literaturas sobre la base de las indagaciones de George Orwell, Arnold Hauser, Theodore Adorno, Herbert Read, Richard Hoggart, Raymond Williams, Marshall Mc Luhan, Edgard Morin o Étienne Souriau. En esos trabajos pone de manifiesto ante todo su genuina inquietud por la relación arte-ideología y arte-propaganda, cuyo debate se sostiene incluso en Tres autores prohibidos, donde Rest reedita, además de sus lecturas de Sade, Cleland y Lawrence y sus particulares intervenciones sobre el realismo literario publicados originalmente entre 1964 y 1965 en el semanario uruguayo Marcha (dirigido entonces por su entrañable amigo Ángel Rama), "Emotividad verbal y totalitarismo", aparecido en Sur hacia 1958. Finalmente, algo análogo podría decirse de su brillante ensayo -en cierta medida esbozo de estudio cultural- sobre el "problema de actualidad candente" de "La Pena de muerte": una investigación histórica iniciada con posterioridad a los fusilamientos de junio de 1956 (que indirectamente alude a ellos) y publicada, en RUBA (la Revista de la Universidad de Buenos Aires por entonces dirigida por José Luis Romero), luego del Golpe liderado por el general Raúl Poggi, el 29 de marzo de 1962, contra el gobierno de Arturo Frondizi.
Como intelectual específico Rest ocupa finalmente una plaza singular y es ella misma la que garantiza y legitima el fondo político de sus enunciados teóricos. Su trabajo crítico busca hacer visibles los mecanismos del poder represivo, precisamente ahí donde son ejercidos solapadamente, desarticulando mitos y desactivando prejuicios naturalizados en su propio espacio de saber (Foucault "Hospicios, sexualidad, prisiones" 30-31). En efecto, Rest y su trabajo crítico fueron perseguidos, censurados y amenazados mediante intimidaciones recurrentes por el Poder (represivo), no en función de un discurso general sobre lo político, sino por intervenir lo político desde el espacio del saber en que su voz hallaba legitimidad. Es cierto que, muchas veces, por su carácter específico y localizado en un dominio específico de competencia, sus intervenciones pasaran desapercibidas al Poder represivo que, a partir de mediados de los 70, hacía blanco concreto en los intelectuales universales comprometidos (a los que puso en la encrucijada del silencio, el exilio o la muerte); sin embargo, munidos de un procedimiento sutil y efectivo, sus textos críticos no dejaron nunca de poner en escena mediante la alusión literaria las múltiples formas de lo represivo.
Rest falleció de manera repentina, mientras redactaba una colaboración para la revista Vigencia, el 8 de noviembre de 1979, en un gabinete de investigación de la Universidad de Belgrano, en Buenos Aires. Para ese entonces su nombre ya no aparecía desde hacía casi 10 años en la lista de colaboradores de Sur; se lo leía en cambio asiduamente en revistas como Crisis, Los libros y Punto de Vista. Lejana estaba ya su renuncia a la cátedra compartida con Borges en la UBA y más reciente era su actividad como Profesor titular de las cátedras de Literatura Europea Medieval, Literatura Europea Moderna y Literatura Europea Contemporánea en la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca, donde había vivido y trabajado desde 1959 hasta 1975, cuando fue dejado cesante por "recomendación" de autoridades militares de la Base Naval Puerto Belgrano8. Como motivo de la "recomendación", respaldada por la división de inteligencia del V Cuerpo del Ejército (comandado por Carlos Guillermo "Pajarito" Suárez Mason y Ramón Genaro Díaz Bessone), el comunicado militar alegaba, sencilla y significativamente, una "conducta sospechosa en sus actividades académicas y extra-académicas"9. La persecución se acentuaría más aún después del 24 de marzo de 1976, cuando un nuevo golpe de Estado cívico-militar encabezado por los comandantes de las tres Fuerzas Armadas (Jorge R. Videla, Emilio E. Massera y Orlando R. Agosti), autonominado "Proceso de Reorganización Nacional", derrocó al ya insostenible gobierno de María Estela Martínez de Perón. Rest, que venía de recibir reiteradas amenazas e intimidaciones por parte de la Triple A, debió soportar en 1976 la paradójica prohibición de Tres autores prohibidos (Shua) y afrontar en ese mismo año una causa judicial abierta por la misma dictadura con el rótulo de "Actividades subversivas", bajo la Ley 20.84010.
Con posterioridad a estos hechos, su actividad política no se amedrentó pero tampoco abandonó lo específico de su inscripción. Sin ser militante, su política fue progresista tanto en su disposición ética como en el contenido de sus enunciados. Su socialismo liberal lo puso más cerca de las gestiones de la reforma que de los avatares de la revolución. Su convicción de que lo social y lo cultural se han conformado históricamente como una red de tensas imposiciones y subterráneas resistencias afirmó su convicción de que éstas mismas son tanto más reales o eficaces cuanto se forman en el preciso espacio en que se ejercen esas relaciones de poder, ante todo porque de esa manera las resistencias locales se integran a otras estrategias globales. Rest dispuso todas sus energías a interrogar la especificidad de acción de los mecanismos de poder y resistencias en su propio espacio de saber, reparando en sus enlaces, sus extensiones y modificaciones propias. Sus investigaciones en torno a la consideración maldita, la marginalidad y la exclusión de textos, autores o géneros, y su específica atención a la condición formal y sustancial de su virulencia o incomodidad respecto de una época o un régimen de verdad, se inscribe sin duda en esa convicción11.
En todo caso, su propio trabajo, aún a riesgo de ser acusado tanto de "sospechoso" (por parte del Poder hegemónico) como de "tibio" (por parte de una resistencia radicalizada al extremo, y no exenta de una lógica de acción e impugnación microterrorista), al quitarse deliberadamente a la lógica maniquea de la contradicción, se definía hacia una nueva modalidad de lucha. Rest encabezaba pequeños grupos de lectura clandestina, donde se abordaban textos de Richard Hoggart (especialmente el "admirable trabajo" titulado The Uses of Literacy: Aspects of Working Class Life) y de Raymond Williams (Drama from Ibsen to Eliot, Culture and Society, 1780-1950 y Britain in the Sixties: Communications), ambos a la postre founding fathers de los llamados "estudios culturales"; así como, en sus trabajos publicados ya sea en el ámbito académico como en espacios de divulgación, no se privaba de hacer referencias sutil pero precisas a las investigaciones de Fredric Jameson, Northrop Frye, Kenneth Burke, Susanne Langer, William Empson y H. E. Bates. Pero, al mismo tiempo, no dejaba de interpelar el discurso del poder desde su propio espacio, ya denunciando sus exclusiones en el ámbito específico de la literatura y la cultura, ya denunciando -del otro lado del espejo- las operaciones ideológicas, propagandísticas, intimidatorias y represivas implícitas en los dispositivos de censura y pedagogía social (Tres autores prohibidos y otros ensayos 105-161) o en el corazón mismo de la "emotividad verbal" a la que el discurso totalitario apelaba para imponer efectos de verdad (183-203).
Difícilmente pueda atribuirse a Rest una conciencia plena de la inminencia de un cambio de modelo en la función intelectual. Lo que no puede negarse es que su perfil se ajusta al de este nuevo tipo de intelectual crítico que redescubre la criba política en su propio espacio de intervención específica. En algún punto, sus operaciones se perfilan no ya hacia la valoración ideológico-política de los objetos abordados sino al desencubrimiento de las operaciones que definen o no una política reaccionaria en el interior de una práctica específica. De ese modo, se inscribe en la perspectiva de una política progresista que, en los términos establecidos por Foucault, se afirma en el reconocimiento de las condiciones históricas y en las reglas específicas de su práctica allí donde otras modalidades de la política "de izquierda" sólo reconocen necesidades ideales, determinaciones unívocas o la arbitrariedad de un libre juego de iniciativas individuales y voluntaristas (Foucault "Respuesta a Esprit"). Sorteando esos callejones sin salida (cuyas consecuencias históricas son ya conocidas), la obra de Rest se muestra como un mosaico de intervenciones específicas que definen una sutil pero efectiva política intelectual. En el ejercicio de esa práctica situada que arranca su potencia de su propia especificidad, pueden verse tanto las transformaciones de en la función intelectual como el juego de las dependencias y los condicionamientos a través de los cuales una obra crítica de apariencia discontinua, dispersa y excéntrica se afirma en un proyecto de política intelectual concreta.

Notas

1 En Beginnings. Intention & method, Edward W. Said sostiene que el comienzo es el punto preciso en el cual, en un trabajo específico, el escritor se separa de todos los demás trabajos de la tradición a la vez que establece complejas relaciones -ya sea de continuidad o antagonismo (o ambas a la vez)- con los trabajos ya existentes. El comienzo está pues caracterizado por la designación de una intención que define esa producción como el primer peldaño en la materialización de un proyecto de trabajo a largo plazo. En la práctica particular del trabajo crítico, el comienzo señala una nueva disposición en el imaginario del escritor. Es una instancia que tiene "el carácter de una actividad materializada en un lugar y un tiempo determinados", y resulta eventualmente situable en el marco de coordenadas históricas y sociales precisas que definen sus condiciones de posibilidad y existencia (17-50). En todos los casos, la traducción de los fragmentos me pertenece.

2 En un trabajo de desnaturalización de lo cultural, la conciencia crítica se rebela, como diría Said, contra los procesos de filiación (natural e intuitiva) a determinados esquemas ideológicos y redistribuye compromisos, responsabilidades en función de procesos de afiliación (electiva, voluntaria e intencional) a esos u otros esquemas. Este proceso afiliatorio determina pues la conciencia crítica: el escritor se elige haciendo lo que hace (y del modo en que lo hace) y en esa elección se conjuga en las preguntas sartreanas: qué, para qué y para quién se escribe (El mundo, el texto, el crítico 30-47).

3 Aporte de Beatriz Sarlo quien participó desde el público en la Mesa debate: "Rest en su laberinto", actividad organizada por la editorial Eterna Cadencia, en mayo de 2009 (cfr. Crespi, M. J. Laforgue y J. Monteleone).

4 Véase Sur, Revista bimestral. "Por la reconstrucción nacional", Nº 237, Buenos Aires, Noviembre y diciembre de 1955.

5 Una prueba importante de esta afiliación casi corporativa que marca el comienzo restiano es Cuatro hipótesis de la Argentina, un largo ensayo escrito durante los años posteriores al Golpe de Estado del '55 y publicado en Bahía Blanca recién en 1960 a instancias del propio Eduardo Mallea.

6 Sobre este punto véase especialmente Crespi "Jaime Rest: ficción e imaginación crítica".

7 Foucault clasifica los dos modelos intelectuales a partir del modelo en el que abrevan. El intelectual universal deriva de la figura histórica del "hombre de justicia, el hombre de ley, aquel que al poder, al despotismo, a los abusos, a la arrogancia de la riqueza opone la universalidad de la justicia, la equidad de una ley ideal". Su figura prototípica es Voltaire, cuya actividad aún está ligada a la del jurista o, mejor aún, a la "del hombre que se reclamaba de la universalidad de la ley justa", aún contra los profesionales del derecho. En una palabra, deriva del jurista-notable y encuentra su expresión más plena en el escritor, portador de significaciones y de valores en los que todos pueden reconocerse. El intelectual específico deriva, al contrario, del "sabio-experto". Este modelo intelectual tiene como antecedente célebre a Darwin y a los evolucionistas post-darwinianos: "las relaciones tormentosas entre el evolucionismo y los socialistas, los efectos muy ambiguos del evolucionismo (por ejemplo sobre la sociología, la criminología, la psiquiatría, el eugenismo), señalan el momento importante en el que, en nombre de una verdad científica 'local' -sea la importante que sea-, se da la intervención del sabio en las luchas políticas que le son contemporáneas." (Foucault "Verdad y poder" 141).

8 Tal como lo prueban, entre otras, las recientes e importantes investigaciones del periodista Diego Martínez y las de Gattari y Visotsky, Rest fue dejado cesante bajo la gestión del Rector Interventor Dionisio Remus Tetu (un rumano colaboracionista nazi, reconocido colaborador orgánico de la Alianza Anticomunista Argentina impulsada por el lopezrreguismo), en el marco de la administración Ivanisevich. En este oscuro período represivo fueron cesanteados 225 profesores y otros tantos trabajadores no docentes y fue asesinado, dentro del propio edificio de la UNS, por el "Cuerpo de seguridad del Rectorado", el estudiante David Nolver Cilleruelo, apenas días después de las cesantías.

9 Según el testimonio de sus propios alumnos y compañeros de trabajo, después de dictar sus magistrales clases en las aulas de la UNSur, Rest subía a su bicicleta y pedaleaba -junto a un puñado de militantes de la Juventud Peronista- hasta alguna de las villas bahienses, donde dictaba "exactamente la misma clase que había ofrecido en la universidad." (Testimonio oral de la profesora Silvia Capelli, auxiliar de Investigación en el Instituto de Humanidades que dirigía Héctor Ciocchini y cuyo vicedirector era Jaime Rest, que además tenía a su cargo la sección de Literatura Inglesa, en la que, además de Capelli, trabajaban Virginia Erhart y Necha Giorgetti).

10 Una copia del documento que certifica la causa puede encontrarse en el archivo personal de la "Colección Jaime Rest, 1927-1979" de la Universidad de San Andrés, coordinado por Silvana Lucía Piga.

11 Prueba de esta atención lúcida al modo en que una obra excluida asume esa condición en función de su virulencia respecto del régimen de verdad de su época es su intervención El marqués de Sade y la crisis del racionalismo pero también lo son sus lecturas y relecturas de los textos de Pedro Aretino, Giacomo Girolamo Casanova, Colette, Masoch, Gilles de Rais, Lacenaire, Thomas De Quincey, Vladimir Navokov y Georges Bataille y su atento seguimiento de las investigaciones del erudito crítico italiano Mario Praz sobre el erotismo, la muerte y el mal en la literatura. Véase al respecto Crespi "El mal y la literatura..."

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Fecha de recepción: 30.03.11
Fecha de aceptación: 19.05.11