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Anclajes

versión On-line ISSN 1851-4669

Anclajes vol.16 no.1 Santa Rosa ene./jun. 2012

 

RESEÑAS

Chacón G., Albino y Marjorie Gamboa C. (eds.). Voces y silencios de la crítica y la historiografía literaria centroamericana. Heredia, Costa Rica: EUNA, 2010, 473 páginas

 

Resultado de un largo trabajo de arbitraje, este volumen colectivo condensa los aportes de la XVI edición de CILCA (Congreso Internacional de Literatura Centroamericana) realizado en 2008. Las sucesivas ediciones del congreso, así como los aportes teóricos y críticos constituyen una muestra de "la existencia de un núcleo internacional de centroamericanistas", señalan los editores, en el prólogo. También anticipan que los trabajos exponen la pauta literaria de la región, luego de los conflictos bélicos de los años sesenta a ochenta: "escritores de posguerra", "escritores del desencanto o del cinismo" y destacan, a su vez, la presencia de la violencia tanto temática como en el lenguaje. El libro contiene veintidós artículos organizados según ejes temáticos, en cinco apartados: "Puntos y partida", "Exploraciones de las literaturas nacionales", "Sujeto y sociedad en el texto literario", "Violencia y erotismo en el texto poético", "Testimonio y memoria. Otras narrativas".
Los aportes incluidos en el primer apartado se enfocan sobre cuestiones generales, contextuales y metodológicas. El primero, de Magda Zabala, pone en duda si habría un momento poscolonial en el presente latinoamericano;  prefiere, en especial para pensar la cultura en Centroamérica, la denominación de "recolonización" en tanto describe la implementación de las políticas neoliberales. Entre las más significativas, menciona las nuevas migraciones con la importación de las postmetrópolis al Istmo con el consecuente desmontaje de las ciudades existentes. En este marco, pasa revista a un conjunto de textos literarios de la región que reniegan de la noción de patria y presentan un mundo degradado. El segundo artículo de Werner Mackenbach caracteriza, en una primera instancia, cómo se han desarrollado los estudios literarios centroamericanistas y señala que se ha logrado una amplia visibilidad del campo. A partir de ello, plantea la necesidad de nuevos desafíos, entre los cuales prioriza la redefinición del objeto de estudio y una apertura de la noción tradicional de literatura, aunque no deja de insistir en la centralidad del texto ficcional. Problematiza, a su vez, la noción misma de literatura centroamericana al preguntarse si se la debe considerar en plural o en singular y aboga por desarrollar criterios de delimitación de la región tanto desde el punto de vista histórico, geográfico como cultural. El tercer trabajo de Jeffrey Browit reflexiona en torno a la relación entre el arte y la política, el arte y el compromiso social. Afirmaciones como "El espacio del arte constituye el espacio de la perturbación" o "el arte es la forma más pura de la política" (94) se fundamentan en la figura y en la obra de Rubén Darío en cuyas obras reconoce la hoy en día indiscutible capacidad de poner en escena "las implicancias filosóficas de la modernidad secular" (91). El siguiente trabajo corresponde a uno de los editores, Albino Chacón, quien se propone revisar las herramientas conceptuales referidas a los vínculos entre historia y literatura; interrogar el canon literario correspondiente a las denominaciones "novela histórica" y "nueva novela histórica", en el que figuran obras que ficcionalizan hechos históricos, efemérides, personajes, sucesos particulares (99). Así actualiza la definición de literatura histórica y promueve incorporar bajo esa óptica el testimonio (literario o no) como así también cierta poesía (el exteriorismo de Cardenal, por ejemplo), en tanto la situación coyuntural o las referencias al pasado político y social son relevantes. Para ello, plantea una nueva categoría "literatura de apuntamiento histórico" para reagrupar textos diversos, al tiempo que promueve una metodología de trabajo para la aprehensión histórica de los procesos literarios. Finalmente reclama la necesidad de "construir nuevos acervos sistematizados de textos" (110). El último aporte de este primer apartado corresponde a Carlos Manuel Villalobos. Señala que la fundación  de la crítica -modélica y moralizante- con sus criterios valorativos coincide, en la región, con el apogeo de las formaciones nacionales, fines del siglo XIX. Esa crítica se hallaba en manos de una congregación erudita. El autor se encarga de pasar revista a sus manifestaciones y analizar sus criterios. Toma como producción paradigmática Los raros de Rubén Darío por inaugurar (junto a otros contemporáneos como Enrique Gómez Carrillo) la crónica que legitima autores y textos y, de ese modo, produce un metadiscurso que recorta el campo.
El segundo apartado "Exploraciones de las literaturas nacionales" integra cuatro trabajos referidos, cada uno, a la literatura de Guatemala, de Honduras, de Panamá y de Costa Rica. Carlos López, en "Claroscuros de la literatura guatemalteca" llama la atención respecto de la diversidad étnica y lingüística y de la complejidad de situaciones, temáticas e historicidad de la literatura de ese país. Señala que no existe en el país una tradición crítica y cuestiona la política de enseñanza de las letras por no fomentar la capacidad crítica y la generación de ideas; reclama, por tanto, una labor sistemática en ese sentido mientras se ocupa de realizar una presentación panorámica de las letras guatemaltecas (narrativa, ensayo, dramaturgia) y hace hincapié en las situaciones políticas de represión y violencia estatal. Helen Umaña, por su parte, en "La palabra iluminada: el discurso poético en Honduras" se propone también realizar un panorama circunscripto al género poético, pero muy abarcador: estudió 542 poetas, con un total de 693 obras publicadas, desde el período colonial -escaso en producción poética- hasta la actualidad. De ese modo, desmiente la falaz negación de la existencia de un discurso poético consolidado en Honduras; muestra, en cambio, la enorme lista autores y textos, lo cual le permite acusar a la crítica de diferentes momentos históricos de ejercer el silenciamiento y, tal vez, el ocultamiento de algunos autores y obras debido a prejuicios estéticos e ideológicos. En el tercer artículo: "La literatura de la nación panameña: globalismo cultural y no confortismo global", Damaris E. Serrano parte de la situación geopolítica que Panamá ha tenido desde sus inicios como país, debido a la existencia del canal, ampliamente conocida y expone cómo en la literatura del país aparecen desde muy temprano los reclamos de desarrollo independiente y cese del intervencionismo extranjero. Convierte en categoría de análisis literario la noción de globalismo cultural (en oposición a globalización) para señalar que la literatura de ese país no se ha dejado homogeneizar. El globalismo como una fuerza en la literatura se consolida en la década de 1950, en escritores que enfrentaron la penetración ideológica generada por la llamada Guerra Fría, pero continúa en el último tiempo para hacer frente al confortismo de las políticas neoliberales y a las situaciones de migraciones y exilios, entre otras. Con esos ejes, la autora, también ofrece un panorama muy amplio de qué y cómo se escribe literatura en Panamá, a comienzos del tercer milenio. El cuarto artículo, "Literatura y cine: el caso costarricense" de Gabriel Baltodano Román constituye un valiosos aporte sobre un campo poco explorado. Ofrece un listado de adaptaciones al cine de obras literarias costarricenses desde los inicios del cinematógrafo (1930) hasta los primeros años del siglo XXI. Analiza cómo, en el proceso de reelaboración, determinados motivos vinculados a la identidad, al arte, a la cultura asumen matices específicos. Con esos objetivos comenta algunos films realizados sobre obras canónicas de la literatura nacional: El Moto, un film para televisión basado en la novela homónima de Joaquín García Monge; Tatamundo, basado en el volumen de cuentos de Fabián Dobles Historias de Tata Mundo; La Calera, recreación del cuento del mismo título de Carlos Salazar Herrera, finalmente comenta Caribe, guión realizado sobre otro relato de Salazar Herrera, "El solitario".
El tercer apartado "Sujeto y sociedad en el texto narrativo" se compone de artículos dedicados al abordaje analítico de obras literarias: Patricia Alvarenga Venutolo se dedica a revisar Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias, Cuentos de barro y Trasmallo de Salarrué y Gentes y gentecillas de Carlos Luis Fallas. Se trata de una lectura actualizada, en tanto lee cómo la corporalidad consolida ciertos modos tradicionales de identidad y la risa permite su distanciamiento, cada uno en su especificidad, por supuesto. Claudia Ferman estudia tres novelas más o menos contemporáneas, de autores distantes entre sí, en cuanto a su procedencia espacial: Desmoronamiento de Horacio Castellanos Moya, El desbarrancadero de Fernando Vallejo y Derrumbe de Daniel Guebel. Derrumbar, desbarrancar, desmoronar constituyen metáforas, según la autora, del "espacio de representación de la crisis del sujeto literario moderno" (249). Por su parte Magdalena Perkowska analiza con agudeza Mil y una muertes de Sergio Ramírez. Su tesis se centra en que la novela recorre las ilusiones perdidas de la historia, entre ellas, la revolución nicaragüense, que se constituye en el gran objeto temático ausente. Cierra el apartado tres, Anne-Claire Paingris con una lectura desde un enfoque bajtiniano combinado con la noción de entre-deux de Daniel Sibony de la novela El nudo, del costarricense Rodrigo Soto. Analiza la deconstrucción y fragmentación temporal a partir de la cual se muestra la violencia de una urbe vista con desencanto. La autora compara este sentido del texto y a partir del motivo del accidente de tránsito, el relato de Soto con la película mexicana Amores perros. Ambas sociedades, la costarricense y la mexicana aparecen ligadas en una lectura de elementos comunes, como la fragmentación de identidades en espacios urbanos.
Los tres artículos que componen el cuarto apartado se ocupan de la poesía y en particular focalizan sus respectivos análisis en producciones poéticas de autoría femenina. El primero de ellos, de Márgara Russotto, con sus preguntas de investigación, en gran medida, provee un marco en el cual puede integrarse también el segundo: "¿cómo representar hoy el horror a través del poema?, ¿cuáles son las condiciones de la lírica en el ámbito latinoamericano? En un contexto donde la violencia impone una suerte de habituación siniestra [...] ¿en qué consiste la función poética?" (323-4). Centra su aporte en Sangre de Anabelle Aguilar -poetisa costarricense con residencia en Venezuela-; se trata precisamente de un poemario que recurre al campo semántico bélico del cual extrae sus metáforas. Oralia Preble-Niemi, autora del segundo artículo, analiza sendos poemas pertenecientes a dos poetisas guatemaltecas con el tópico del cadáver de un desconocido que, en ambos textos, el yo lírico encuentra en la calle. Los dos artículos tienen en común la representación del horror en la poesía, esa suerte de imposibilidad benjaminiana de decir lo indecible del dolor, la impiedad, el desasosiego de la violencia política. El tercer artículo, de Carlos Raúl Narváez, en cambio, aborda Hasta me da miedo decirlo de Nidia Barbosa, poetisa costarricense cuyo centro es la eroticidad otra, lésbica y el cuerpo con "aptitud cognoscitiva" opuesto al cuerpo pasivo, objeto del deseo masculino (355). Los tres trabajos muestran con creces qué y cómo se escribe poesía hoy en Centroamérica, el amplio espacio que la poesía producida por mujeres ha sabido conquistar y cómo determinados tópicos y preocupaciones poéticas pueden dialogar con propuestas de otros espacios latinoamericanos.
El quinto y último apartado da lugar a lo híbrido, lo heterogéneo, lo múltiple desde el punto de vista de su producción: el testimonio, la novela testimonial, el diario de guerra, los relatos orales que representan la cosmovisión de una comunidad, el ensayo. Linda J. Craft revisa algunos ejes definidores de la novela testimonial y del testimonio dentro de la densidad teórica que este tipo de producciones ha suscitado y problematiza por ejemplo la relación entre la figura y la voz del subalterno y la del entrevistador -intelectual, académico o periodista- así como el objetivo de esas  "letras de emergencia" (según la escritora Claribel Alegría); su consideración como literatura o "antiliteratura". Propone un conjunto de características para delimitar las fronteras genéricas de la novela testimonial en Centroamérica. Por su parte, Teresa Fallas se pregunta las razones de la ausencia de testimonios femeninos en Nicaragua. Aspecto paradójico en tanto fueron muchísimas las mujeres integrantes de la guerrilla, durante la lucha revolucionaria y frente a la circulación del texto Qué es y cómo se hace un testimonio de la académica estadounidense Margaret Randall. El artículo promueve algunas especulaciones y cuestionamientos  que convocan a la polémica, lo cual lo torna bien interesante. El tercer artículo, de Sheila Candelario agrega otros elementos al carácter híbrido de estos textos de la memoria. Analiza La Terquedad del Izote de Carlos Enríquez Consalvi, un texto producto de la reconstrucción de un diario de guerra que se quemó casi en su totalidad. La autora sostiene que en este texto "desde su concepción se subvierten los fundamentos del diario como género" (421). Los tres primeros artículos aportan, desde distintos ángulos, elementos valiosos a la discusión sobre el testimonio, sus dislocaciones y advierten sobre la necesidad metodológica de la interacción permanente con el contexto de producción, elemento constitutivo de esos textos que pretenden captar la memoria viva de determinadas coyunturas políticas. Los últimos dos trabajos abordan aspectos distantes tanto con los tres primeros como entre sí. Mario Gallardo cuenta su experiencia de escucha privilegiado de los relatos de la comunidad garífuna hondureña y explica la índole de los relatos narrados oralmente por dos mujeres (madre e hija) de la comunidad y compilados por él. El artículo resulta de gran interés porque se incorpora al acervo literario una literatura oral, no autoral y que expresa la cosmovisión de un pueblo, que aún en el siglo XXI resiste la homogeneización cultural blanca, occidental. El último artículo de Mario Oliva Medina analiza las Estampas de Octavio Jiménez, publicadas inicialmente en Repertorio americano, entre 1929 y 1949. Explica que las características de la serie de ensayos es la de advertir sobre las formas que adopta el imperialismo en América Latina, en particular en Nicaragua, Cuba, Puerto Rico, Ecuador, Uruguay, Costa Rica. Esos escritos ubican claramente a su autor, Octavio Jiménez, como un intelectual defensor de la unidad centroamericana y de la autodeterminación de las naciones frente a los intereses de Estados Unidos.
Sin dudas, el volumen Voces y silencios...constituye un insumo muy valioso para el estudio de la literatura centroamericana, porque pone en escena las líneas teóricas y metodológicas actuales del campo, muestra con agudeza qué y cómo se escribe literatura en la región y rescata textos olvidados o desconocidos. Por otra parte, varios de los trabajos demuestran que el estudio de la literatura de alguno de los países o de conjuntos de autores del Istmo no se realiza de modo aislado sino que se piensa a la literatura centroamericana en diálogo con el resto de América Latina al reconocer  vínculos de producción o de lectura con textos escritos en otros lugares del subcontinente: México, Argentina, por ejemplo.  En síntesis, se trata de un libro que muestra con gran amplitud el trabajo de la comunidad crítica centraomericanista que, además, se integra con académicos de diversos centros de investigación tanto aquellos localizados en Centroamérica como también en Puerto Rico, Venezuela, Estados Unidos, Australia y Alemania.

Diana I. Moro
Universidad Nacional de La Pampa