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Estudios de filosofía práctica e historia de las ideas

On-line version ISSN 1851-9490

Estud. filos. práct. hist. ideas vol.12 no.1 Mendoza June 2010

 

COMENTARIOS DE LIBROS

Grínor Rojo, Alicia Salomone y Claudia Zapata. Postcolonialidad y nación. Santiago de Chile, Lom ediciones, 2003. (161 páginas) ISBN: 956-282-570-1

Adrián Pinto*
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo

 El libro es una respuesta a la embestida que sufre el concepto de nación por parte de los neoliberales y los críticos de la postcolonialidad, aunque se centra la atención en estos últimos, con quienes los autores de esta investigación comparten juicios de fondo. Como aquellos, los autores de este libro cuestionan el proyecto neoliberal y globalizador pero dudan de la fuerza y la pertinencia de la idea nacional en los críticos de la postcolonialidad. Aún así, los postcoloniales quieren pensar su trabajo como continuidad consecuente con el pensamiento anticolonial y antineocolonial de las décadas del ´50, ´60 y ´70. Lo que este libro expone es la incompatibilidad entre pensadores anticoloniales como Frantz Fanon y Ernesto "Che" Guevara, por un lado, y Gayatry Spivak u Homi Bhabha por el otro.

El libro abre con la identificación de los pensadores llamados postcoloniales como Bhabha y Spivak, para luego señalar en forma más amplia la crítica a los posmodernistas en general. Entre los primeros, Bhabha asume la idea de que la nación occidental es una forma oscura de vivir lo local de la cultura y señala la transnacionalidad como una hibridez de comunidades. Spivak, por su parte, dice que el concepto nación-estado es borroso y abstracto; y muestra poco aprecio por las concepciones pesadas (enraizadoras) de la identidad nacional, que según esta intelectual india, son "esencialistas".

A la perspectiva transnacionalista adhieren los simpatizantes de la globalización como Nicholas Negroponte con su profético "ciberestado global comandante del éter político" cuyo mundo digital "erosionará cada vez más las antiguas y pequeñas demarcaciones del estado-nación"; o Thomas Friedman con sus supermercados de inversiones bursátiles y la horda electrónica que impactan sobre la economía de las naciones-estados y hasta derrocan presidentes. También Friedman piensa que hay defender la identidad de cada lugar haciendo cuanto se requiere para sobrevivir dentro del sistema de globalización.

Este primer capítulo también contiene un muestrario crítico de las perspectivas contemporáneas de los llamados ideólogos globalizantes con pedrigree académico como: Jean François Lyotard, Kenichi Ohmae, José Brunner, Nestor Canclini y la dupla Michel Hardt-Antonio Negri.

Apartados del pensamiento de los recién nombrados otros intelectuales abordaron la idea de lo nacional encontrándola un elemento no tan valioso como indispensable. Fue un puñado de hombres que pensaron y actuaron a la misma vez, donde teoría y práctica fueron una dialéctica con aprendizajes recíprocos. Para estos pensadores, entre otros: Frantz Fanon, José Caros Mariátegui y Aimé Césaire, no sería posible la liberación de las colonias sin una identidad colectiva nacional. Como dice Fanon, la nación da vida a la cultura.

La investigación de este libro buscará las causas de la desfiguración del concepto de nación entre los intelectuales del tercer mundo.

El capitulo II analiza las perspectivas y relaciones históricas de los conceptos: Estado, nación y globalización. El Estado, define Postcolonialidad y nación, se irá constituyendo desde un "deber ser" como consecuencia de él o los movimientos de configuración identitaria que se desarrolla en el interior de un colectivo preexistente. De lo contrario el Estado administra y norma la existencia de la nación por la vida ideológica-política o por la fuerza bruta.

La nación existe antes que el Estado y desde ese "antes" se sabe dueña de un espacio, un territorio, un tiempo, una memoria colectiva. La nación también precede éticamente al ordenamiento de las instituciones y grupos socioeconómicos diversos. La asociación nacional es libre e impulsada por la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad personales en un mismo compromiso. Solo el Estado es "bueno" si responde con eficacia a los intereses y aspiraciones de toda la comunidad nacional.

Por globalización los autores de este libro dirán que es "el avance necesario y también ininterrumpido de la moderna mundialización del capital, ello a través de la dinámica de su extenderse por sobre y cubrir, desde el siglo XV o XVI en adelante, territorios y productividades diversas"(p. 42). Así las tecnologías de la información y las comunicaciones dependen de la lógica del capitalismo y contribuyen a su reproducción periódicamente.

La producción intelectual no está separada de las consecuencias directas del plano económico y de las relaciones sociales y políticas. Pero a pesar de esto no es imposible un discurso de la resistencia, lo que implicará la aparición del intelectual crítico en los últimos años del siglo XIX en América Latina.

En el capítulo III, sobre los "Movimientos de liberación nacional", se señala el contexto histórico de los pensadores de liberación como Aimé Césaire, Frantz Fanon, Albert Memmi y Roberto Fernández Retamar, como contexto de luchas independentistas y reactuación de la mundialización del capital. Paralelamente, tras el fin de la segunda guerra mundial, la influencia política y económica de  Estados Unidos crece en los países devastados y redobla su fuerza expansiva.

Frente a esta realidad los intelectuales tercermundistas se fuerzan por pensar la nación como constructo integrador desde la confluencia de los individuos en un correlato identitario para la reconstitución de las historias nacionales. Aimé Césaire, Franz Fanon, Carlos Mariategui y Pablo Neruda van a señalar que los colonizados se reconocen en un orden antiguo, previo a un presente de derrotados. Orden que no pude ser restaurado pero que subyace, no obstante, como espacio comunitario de pertenencia, lo que es un incentivo para la liberación como para la creación de un porvenir. Estos intelectuales pensaban que era necesario alcanzar la modernidad auténtica con todas sus potencias productivas unida a la fraternidad de los tiempos antiguos. Pero lo que primero fue "alcanzar el poder" y luego "transformar el mundo" no jugó a favor de los movimientos de independencia neocolonial.

Roberto Fernández Retamar afirma que la caída de Allende fue el comienzo del fin de los movimientos emancipatorios. Lo cierto es que en los años 70´ culmina la era autonomista, inclusivista y nacionalista.

Ahora bien, ¿qué fue lo que no funcionó? La toma del poder por los movimientos liberacionistas implicaba la subsecuente instalación de un modelo social, económico y cultural nuevo de máxima inclusividad, que garantizara el mantenimiento de la independencia a la vez que los derechos y el bienestar de quienes habían sido marginados. Pero estos países, recién liberados, estaban bajo las presiones que ejercía la máquina de la mundialización capitalista.

En el caso latinoamericano, el esfuerzo de liberación se dirigió contra las oligarquías criollas que mediaban  las intenciones reapropiadoras del espíritu neocolonial. En el siglo XIX Simón Bolivar y José Martí se habían enfrentado ya, al intento de imitación de nuestros Estados con los occidentales.

La investigación de Postcolonialidad y nación estima que el responsable, en última instancia, que dificultó la construcción de los nuevos Estados independientes y sólidos fue el salto del capitalismo globalizado a mediados del siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial. El verdadero enemigo de los movimientos de liberación fue el capitalismo mundial. Aunque el enemigo no sólo era externo sino que venía acompañado por factores internos, como las oligarquías en el caso de América Latina.

El capítulo "Postcolonialidad y nación" comienza preguntándose qué papel juegan los intelectuales en los deficitarios movimientos de liberación. Citan los autores de este libro a Jorge Larraín cuando dice: "el posmodernismo se ha transformado en la lógica filosófica del neoliberalismo, así como el neoliberalismo se ha convertido en la lógica económica de la modernidad tardía".  

El postmodernismo piensa un sujeto en crisis de identidad, descentrado, desintegrado, sin ubicación. Por esto los sujetos de Homi Bhabha son "migrantes", "diaspóricos", "ambulatorios" o "híbridos". Frente a esta disolución del sujeto, el libro tiene tres objeciones:1- La teoría postcolonial carece, por declarar al sujeto disuelto, de una práctica transformadora verdadera; 2- La producción intelectual de los postcoloniales le debe no poco a su condición de intelectuales tercermundistas que prestan servicios actualmente en los establecimientos de investigación y educación superior de los Estados Unidos (por lo que son consistentes con la tierra de nadie en la que habitan) y 3- No se tiene en cuenta que una fracción de la humanidad no migrante se enfrenta al capitalismo global y reivindica la idea de nación objetivándola como identidad colectiva. La capacidad de intervenir en la sociedad, por lo tanto, está otorgada por su autoafirmación como sujetos. El no reconocimiento de este sector no migrante de la humanidad abre la posibilidad de una modernidad "civilizada" arrasadora, así como la neutralización de la imperialista "guerra justa".

El concepto de nación es una base insuficiente pero crucial para una nueva alternativa de liberación. Es a escala de la nacionalidad desde donde tenemos que enfrentarnos al imperialismo. Como dice Fanon, la conciencia nacional va acompañada del descubrimiento y la promoción de valores universales. Y es este mismo autor el que nos incita a restituir el equilibrio histórico entre la conciencia nacional y su consecuente conciencia internacional, algo que en el discurso postcolonial se rompió.

En el último capítulo "Empezar otra vez" la investigación intenta recomponer la dignidad a los principios fundadores de la modernidad. Así, no se niega que la modernidad muestre su parte más monstruosa en la expansión colonialista e imperialista como en las dos grandes guerras. Esto lo diferencian en Postcolonialidad y nación  como modernidad instrumental. Pero la modernidad que constituyó la razón instrumental también es la modernidad de la razón emancipatoria, por lo que dicen los autores: "no se puede castigar al hijo bueno por los errores del malo".

La base operativa de la razón emancipatoria parte de dos premisas: 1-Un individuo autónomo que reivindica sus capacidades y sus posibilidades y 2- Un reconocimiento del otro con las mismas capacidades y posibilidades en un plano universal. Esta última premisa dejó abierta la interpretación en la cual lo que es bueno para mí es bueno para el otro; y esta es la concepción que acuñó la avanzada "civilizatoria".

La crítica a la razón instrumental y a lo que el capitalismo imperialista hace de la premisa de universalidad no es un crítica a la modernidad en su conjunto. Enrique Dussel va a decir, sin embargo, que la modernidad no es más que un eurocentrismo histórico mundializado, por lo que el capitalismo siempre tendrá a mano la validación de lo humano universal. Lo que no ve Dussel, según los investigadores de este libro, es que el uso de la premisa de universalidad humana contiene un uso desviado e interesado para el imperialismo. Lo que se le critica a Dussel es entender a la modernidad como a un "monolito ideológico completo", sin fisuras ni contradicciones.

Respecto a la autonomía del sujeto, los autores de Postcolonialidad y nación ven valioso señalar el concepto de hombre en su libertad y capacidad de acción que le son consustanciales (siempre bajo ciertas condiciones).

La posibilidad de una emancipación y autodeterminación está condicionada por un límite a la "idea" de igualdad y esto sólo partiendo de la semejanza (entre pueblos e individuos) que reconozca las diferencias en la igualdad. En esta instancia es acordada y contradicha la posibilidad de una absoluta homogeneización o una absoluta heterogeneización.

El hecho de que la nación sea también un constructo intelectual y simbólico implica que la identidad nacional podría volverse a hacer. Con Althusser, por ejemplo, se pude comprender que una totalidad como la nación está provista de sustratos materiales diferenciados o elementos estructurales más o menos autónomos. Lo independiente-dependiente integra en el pensamiento emancipador la diferencia autónoma con la pluralidad universal. La universalidad de lo humano es determinación, en última instancia, que establece las fronteras del ejercicio autónomo. Pero la globalización no es un proceso de universalización sino una extensión por la fuerza de una particularidad, la del capitalismo internacional, su tipo de sociedad y su tipo de política y cultura. La modernidad ha pensado una democracia para la autonomía y para la universalidad, el hecho de que no se hayan puesto las barreras o condiciones, para una respecto de la otra, no quiere decir que debamos abandonar sus conquistas.

Postcolonialidad y nación cierra con un epílogo sobre la realidad iraquí, donde Grínor Rojo, Alicia Salomone y Claudia Zapata muestran cómo históricamente una nación se enfrenta al salto expansivo que provoca el capitalismo imperialista que no ve más que intereses particulares.

Vemos en el libro Postcolonialidad y nación los puntos de encuentro de una discusión que emerge como históricamente necesaria y que es sobre la medida de nuestra identidad como pueblos e individuos no occidentales o, como se ha dicho en este libro, tercermundistas. Una discusión del tamaño que señalamos no puede sino darse en el campo amplísimo del debate modernidad-postmodernidad, postmodernidad ésta que se señala como fuente de pautas normativas absorbidas por los llamados críticos de la postcolonilidad.  Los autores de este libro asumen la responsabilidad de adentrarse en una realidad que nos toca -a los países periféricos- muy de cerca: la búsqueda de espacios de pertenencia propios. La investigación que presentan en este trabajo es un examen profundo de los procesos y actores que buscan restituir al sujeto su potencial autoafirmación en la diversidad frente a los que contrariamente lo señalan como una concepción débil, si no disuelta, por la realidad global. 

El autor

*Adrián Pinto es estudiante avanzado de la carrera de Filosofía, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Integrante del Proyecto de Investigación "Reconocimiento y diversidad: dimensiones del humanismo en nuestra América. Pensamiento filosófico latinoamericano del siglo XX" (Secretaría de Ciencia, Técnica y Posgrado de la UNCuyo.