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Prohistoria

versión On-line ISSN 1851-9504

Prohistoria vol.10  Rosario dic. 2006

 

RESEÑAS

REVEL, Jacques Un momento historiográfico. Trece ensayos de historia social, Manantial, Buenos Aires, 2005, 283 pp. ISBN 987-500-090-2.

 

Jacques Revel, formado en la tradición de los Annales, se reconoce miembro y heredero de la historiografía ligada a esa experiencia editorial. El programa de los Annales ha aproximado al historiador francés al movimiento de confrontación abierta y decidida entre la Historia y las ciencias sociales. La posición privilegiada de Revel entre los annalistes dota a su selección de ensayos de una significación singular: la de un historiador comprometido con cierta línea investigativa, pero que hace gala de un espíritu abierto a las innovaciones y de un profundo rigor profesional.
La recopilación se inicia con una elección particular: "Historia y ciencias sociales: los paradigmas de los Annales" (1979), el primero de una serie de artículos con los cuales ensaya "una serie de tentativas sucesivas para reformular el diálogo inestable entre las disciplinas sociales y la historia", en un "momento" que se abre en los años 1970s. y cuyos efectos profundos han concluido con las antiguas certezas que permitieron superar recurrentes crisis. La crisis comenzó con los paradigmas funcionalistas, pero también abarcó la concepción sistémica de la sociedad y la idea de progreso, ocasionando un debate que ha permanecido inconcluso. Así, reivindica para Annales una forma de hacer historia con ganancias y pérdidas: la historia global representaba el rechazo hacia una división demasiado estricta entre los saberes y las competencias disciplinarias, en la convicción de la coherencia del campo de las ciencias sociales.
En "Recursos narrativos y conocimiento histórico" (1995) replantea el debate que artículos como el de Lawrence Stone y otros habían suscitado acerca de los magros resultados de la Historia científica y su crisis, señalando los límites de su agotamiento. Luego del régimen de acontecimientos propalados por la Revolución francesa y de la historiografía consolidada en el siglo XIX, el pasado ya no hablaría del presente. En adelante, hacer historia sería reconstruir la cadena de razones que permite relacionarnos de manera inteligible con lo que nos es ajeno. A comienzos del siglo XX, Simiand postulaba una ciencia unificada de la sociedad cuyo canon epistemológico sería la Sociología. Cuestionaba los presupuestos del método positivo en puntos esenciales: el acontecimiento y el relato. Tanto desde el positivismo lógico y de la epistemología de la historia que se inspiró en el mundo anglosajón, como desde la práctica de los propios historiadores que generó modelos complejos, se continuó este cuestionamiento, y hoy el relato sólo es recuperado como recurso.
En "La biografía como problema historiográfico" (2003), enfoca una inflexión notable del género, que en la actualidad se destina a mostrar lo atípico. Tres tipos de biografía histórica constituyen tentativas para adaptarse a la historia social: a) la biografía serial, cuyo ejemplo clásico es la prosopografía (que conlleva el riesgo de ruptura con la experiencia histórica efectiva), b) la biografía reconstruida en contexto, tal como la practicó Lucien Febvre en su historia de las mentalidades, o bien enmarcada en la teoría del habitus y c) la biografía reconstruida a partir de un texto, no siempre autobiográfico, para restituir su espesor que se busca explicar mediante la interpretación contextual (su riesgo es la sobreinterpretación). Revel nos pone en guardia contra cierto peligro del género: "tiende a racionalizar lo existente y hacernos aparecer la experiencia biográfica bajo el signo de la necesidad", es decir, transformarla en destino, eliminar la elección del sujeto.
En "Mentalidades", rememora el contexto intelectual de su surgimiento. La primera obra histórica importante fue Los reyes taumaturgos de Marc Bloch. El interés sobre objetos fue compartido también por Lucien Lévy-Bruhl y Marcel Mauss, y luego por Febvre y otros profesores de la Universidad de Estrasburgo. La preocupación central de este artículo se dirige a la consideración de la obra de Michel Foucault. En Historia de la locura, a Foucault le preocupa el cómo y no el por qué, pasando históricamente de un modelo a otro. Revel detecta divergencias notables entre sus trabajos y la historia de mentalidades. En primer lugar, entre las formas discursivas y la hipótesis durkheimniana de mentalidad colectiva. En segundo lugar, para Foucault los regímenes de visibilidad no dependen de una historia de las "formas de percepción" como para Febvre, sino de una articulación original, fechada, entre lo que se ve y lo que se enuncia en el nacimiento de "un lenguaje de las cosas". En tercer lugar, si bien la historia de las mentalidades y Foucault tratan niveles culturales sincrónicos e identificados por el sistema de las diferencias que los oponen, los conjuntos culturales que construía la primera eran sistemas legibles en una matriz psicológica y en un régimen narrativo de escritura de la historia. Sin embargo, la historia de mentalidades se acerca a su modelo de la exégesis, es decir, de su "comentario". Sus cuestionamientos implican una fuerte advertencia acerca del empleo acrítico de los conceptos foucaultianos y sobre las formas en que su obra ha sido recibida por los historiadores.
En "Microanálisis y construcción de lo social" ubica historiográficamente a la microhistoria italiana, pero también a la francesa, como una reacción contra cierto estado de la historia social y la manera como construye sus objetos, particularmente el modelo que entró en crisis a fines de los años 1970s. y comienzo de los 1980s. La propuesta microhistórica sería una traducción de esa crisis y, al mismo tiempo, el elemento que contribuye a precisarla. La propuesta de modelos que permiten integrar los itinerarios y opciones individuales, admiten que lo "excepcional" se vuelva "normal", ya que su validez no consiste en una verificación estadística. El recurso a la narrativa conecta con las opciones del actor frente a la incertidumbre.
Otra consecuencia de la crisis multiforme de la historia es examinada por Revel en "La carga de la memoria: Historia frente a memoria en Francia hoy": la del defasaje producido entre Historia y memoria en la Francia actual. Distingue tres formas de producción de memoria: la conmemoración (celebración de los hechos decisivos del pasado nacional), la patrimonialización (propiedad colectiva de los franceses) y la "producción de memoria" o la instauración de "un nuevo régimen de la memoria" (que implica "la afirmación de una irreductible diferencia y la de una diversidad esencial de la comunidad nacional"). Esta última forma se opone al modelo francés de integración, rompiendo una tradición de historia nacional, donde la nación francesa llenó la triple función de afirmar una identidad, garantizar una continuidad y reforzar una comunidad de destinos. La multiplicación de las tentativas historiográficas por reconstruir una memoria en plural responde a una demanda de inteligibilidad, expresada en la explosión de la memoria, y a la convicción de que la identidad de Francia ya no puede ser considerada una certeza sino un interrogante. Pero la respuesta a la demanda tiene un límite; si bien las solicitudes del presente exigen dar respuesta al déficit de la imagen de nación, al mismo tiempo, deben contener los desbordes de la memoria.
El renovado interés de los historiadores por el Derecho y las reformulaciones sobre el mundo institucional inspiran "La institución y lo social" (1995). La tendencia a la institucionalización de lo social, dominó un fecundo momento de la investigación francesa ligada a la aproximación macrosocial durkheimiana y al tratamiento estadístico de los datos. Tal modelo no era capaz de establecer relaciones entre los actores individuales. La imagen del Estado Leviatán fue reemplazada por la de un espacio social irregular, discontinuo, señalando un desplazamiento del foco de atención, del poder a las relaciones de poder. El sensible análisis historiográfico de Revel nos conduce desde la crítica a las formas más cosificadas de lo institucional hasta su desplazamiento a la relación entre las acciones y las normas, donde la negociación es inseparable de su realización en el seno de las relaciones sociales.
El tema de la "cultura popular", "objeto improbable", le merece un doble abordaje. El primero en "La cultura popular: usos y abusos de una herramienta historiográfica" (1986), a través del examen de las categorías de análisis que a ella se refieren, los rasgos que se le atribuyen, las tradiciones que afirman su existencia y los modelos que acuñaron; el segundo en "El revés de la Ilustración: los intelectuales y la cultura "popular" en Francia (1650-1800)" (1995), plantea el problema de la relación entre la cultura ilustrada y las prácticas populares. Tras la recapitulación de la definición del objeto y las corrientes interpretativas adheridas al estudio de la cultura popular, Revel propone que, si mantenemos por comodidad la categoría cultura popular, no debemos "cosificarla" atribuyéndole autores u objetos específicos, sino que "hay que buscar sus huellas en el nivel de las prácticas culturales distintivas o, más exactamente, en la distancia que constituye esa característica distintiva." Como prácticas sociales, se definen unas en relación con las otras y precisan sus objetos en el interior de un campo propio, el cultural, en el que todos los actores están a la vez relacionados y son autónomos, capaces de crear respuestas que les permitan articular su identidad colectiva y reconocer la existencia de las distancias culturales.
En "La Corte, lugar de memoria" (1993), Revel pone en juego y actualiza las interpretaciones sociológicas y los testimonios de la literatura cortesana. Centro y modelo de la sociedad absolutista, también es el centro de un estado: "una forma particular de organización social y una modalidad de ejercicio del poder" cuyos ecos lejanos parecen aún perceptibles en el aparato simbólico que acompaña al presidente de Francia.
Utiliza cuatro elementos para ordenar una perspectiva múltiple: la Corte como lugar de memoria, su paradoja funcional: elevar-rebajar, la lógica de sus rangos, la finalidad del control de las apariencias, su excepcionalidad y su prolongado influjo. La Corte era un espacio público donde todo debía ser visible. En Francia, esta regla concernía en primer lugar al rey -cuyo cuerpo encarnaba de manera tangible la majestad y el principio de la soberanía- y a su familia. Por consiguiente, no es paradójico que los sucesores del Rey Sol, que intentaron reservarse un espacio privado, lo pagaran caro. Voltaire hizo un panegírico de Luis XIV y de su Corte, a quienes atribuía un papel civilizador. Versalles era la obra que mejor resumía su genio y que mostraba el carácter inconmensurable de su poder, según alude el simbolismo cosmológico. El mecenazgo Real de Luis XIV pulía el gusto, el lenguaje, una sociabilidad distintiva, que llevaban "el cuño del príncipe". Estos rasgos sobrevivieron como un residuo fósil en la V República -según Revel- al amparo de una fuerte autoridad presidencial, sin parangón en regímenes semejantes. Pero la sociedad de Corte no nace de la concepción sobredimensionada del poder soberano, sino que la particularidad francesa consiste en proporcionarle una escena para la imposición de su imagen y el despliegue de sus efectos.
Su interés acerca de la sociedad cortesana se refleja también en "María Antonieta en sus ficciones: la puesta en escena del odio" (1996), donde resignifica el empleo de la literatura panfletaria. Los panfletos (canciones, libelos, libros) no interesan ya como fuentes, sino como soporte de representaciones que, en este caso, informan acerca de categorías, valores y estereotipos que conformaron el discurso colectivo sobre la Reina. Los panfletos relatan ficciones que resultaron creíbles y eficaces al construir, poco a poco, una reina de papel que reemplazó a la real hasta borrarla por completo.
Revel analiza los fundamentos del poder del rumor. El rumor surgió en la Corte, pero se amplificó en la ciudad y cuanto más se difundía el texto, menos necesitaba arraigarse en la realidad, ya que producía otra que hacía pasar a segundo plano a la persona real. La mayor parte de las escenas evocadas por la literatura panfletaria pertenecen a la vida privada, que normalmente no es compatible con la representación de las personas de la realeza. Allí se halla el origen de una degradación de la representación, a la que torna trivial y ridícula, reformulando por completo la realidad que pretendía evocar.
En estilo claro y de agradable lectura, el conjunto de ensayos propone un panorama de ciertos temas de la historiografía de los últimos decenios. Los anima una perspectiva optimista acerca de la crisis de la Historia, pero cautelosa, a veces, respecto a los caminos de su superación.

Por María Inés Carzolio (UNLP-UNR)