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Prohistoria

versión On-line ISSN 1851-9504

Prohistoria vol.10  Rosario dic. 2006

 

RESEÑAS

DESCIMON, Robert et RUIZ IBAÑEZ, José Javier Les ligueurs de l’exil. Le refuge catholique français après 1594, Champ Vallon, Paris, 2005, 318 pp. ISBN 2-87673-425-7.

 

El libro de Robert Descimon y José Javier Ruiz Ibáñez llena un vacío historiográfico, al estudiar lo que los autores denominan un "non ‘lieu de mémoire’". En efecto, casi no fue estudiado el exilio de los Ligueurs entre 1594 y las primeras décadas del siglo XVII. Descimon y Ruiz Ibáñez lo explican por la lectura finalista que se dio de los acontecimientos históricos en dos épocas. A principios del siglo XVII, se impuso un necesario olvido, condición ineludible de la reconciliación entre los antiguos Ligueurs y los que habían optado por apoyar a Enrique IV. Además, cuando se trataba de los exiliados franceses de finales del siglo XVI, se adoptó la visión que habían dado de ellos sus adversarios políticos, los "católicos reales" (o realistas) y los "políticos": la de un grupo de traidores, el partido de España y el de los clérigos, movido más por la codicia (las miríficas pensiones del rey de España) que por un auténtico celo religioso. La historiografía que se construyó en el siglo XIX adaptó este discurso a sus propios propósitos, la explicación de la conformación del Estado moderno. En el relato lineal de la imposición progresiva de la idea monárquica, no cabía la existencia de una conciencia disonante. Por lo tanto, ésta se redujo a su dimensión política -dejando de lado la cultura religiosa de los exiliados- y se insistió otra vez en la traición, un crimen de lesa majestad, cometida por los Ligueurs del refugio. Mayor simpatía suscitaban los hugonotes exiliados asimilados, de forma tal vez anacrónica, a un ideal de tolerancia que floreció en el siglo XVIII. Yendo a contracorriente de este discurso historiográfico, Descimon y Ruiz Ibáñez optan deliberadamente por una "indiferencia metodológica".
¿Cuál es el interés de esta historia? La introducción del libro ofrece dos razones, ampliamente desarrolladas en el cuerpo del texto. Primero, estudiar el refugio Ligueur permite conocer mejor un aspecto más del proceso de confesionalización que afectó a Europa occidental en aquella época. Un análisis pormenorizado de las trayectorias y los motivos de los exiliados lleva, en efecto, a insistir en cierta indefinición de sus afiliaciones, así como en las de sus adversarios en la guerra civil de fines del siglo XVI. En segundo lugar, y como corolario, un análisis "contextualizado", que intenta reconstruir a cada paso la formación del grupo de refugiados, sus cambiantes ideales y sus relaciones, también flexibles, con Francia, aparece como la mejor forma de entender en qué consistió la ruptura con el proyecto político de Enrique IV y cómo se generó dicha ruptura. En otros términos, comprender mejor el significado de la llegada del primer Borbón al trono francés. Precisamente, ambos autores insisten en su voluntad de "comprender". Añadiré un tercer motivo, en el que no se hace hincapié en la introducción, pero que parece manifiesto al filo de la lectura. Los autores no sólo estudian al grupo de refugiados en sí sino también en su relación con la Monarquía española y, al hacerlo, aclaran aspectos interesantes de la toma de decisiones de dicha Monarquía, cuya política aparece, como consecuencia, menos lineal de lo que supusieron, aquí también, ciertos relatos posteriores.
Toda la demostración se basa en un estudio pormenorizado de la constitución del o de los grupos de exiliados en varios territorios de la Monarquía española -esencialmente los Países Bajos, el ducado de Milán y Castilla-, así como de su disolución progresiva, después de la paz de Vervines (1598). Los autores consultaron ricos fondos de variada naturaleza (protocolos notariales, testimonios y memoriales diversos, publicados o manuscritos, listas de pagos e impagos a los refugiados, correspondencias de responsables y consultas de los Consejos, etc.) en Bélgica, España, Francia e Italia. Esto les permite delinear trayectorias individuales, de las que da fe un útil "Diccionario de los Ligueurs refugiados, principalmente en Bruselas", incluido como apéndice. Algunas de ellas cobran especial relieve. Así, se agradecen las páginas dedicadas al polemista Jean Boucher, a algunos de los jefes de fila del "refugio noble" (el duque de Aumale, Jacques de Colas, el mariscal de Rosne y Denis de Roissieu) o a Henri de Saureulx, fundador del hospital de San Luis de los Franceses, en Madrid. Pero más allá de estas figuras, también se trata de reconstruir la "subjetividad" de varios Ligueurs, elemento indispensable a la comprensión del proceso de confesionalización aludido. Asimismo, los autores estudian las relaciones que se establecieron entre los refugiados, entre éstos y las múltiples autoridades españolas con las que entraron en contacto, en Madrid, Bruselas o Milán, y por fin, entre los exiliados y los parientes que dejaron en Francia. Los títulos de los tres capítulos del libro dan buena cuenta de su estructura: 1. El origen de los refugiados. 2. ¿Qué pastor, si no es el rey católico? Los refugiados y el poder español. 3. La comunidad: caracterización, relaciones, disolución.
El resultado es una pintura del exilio atenta a los procesos de cambio y a los resortes de la acción individual. El refugio Ligueur se compone de varias olas de emigrantes que optaron por el exilio en condiciones distintas y recompusieron en sus lugares de acogida (esencialmente en Países Bajos) grupos y solidaridades bien diferenciados. Así, los autores distinguen varios tipos de refugio: el refugio noble, constituido por clientelas nobles percibidas como tales tanto por sus integrantes como por las autoridades españolas en los primeros años, aunque, al reducirse las posibilidades de protección de los patrones al filo del tiempo, varias "hechuras" entraron en contacto directo con la Monarquía española; los Ligueurs de las ciudades (en particular París, Amiens, La Fère y Marsella), entre los que se distinguen eclesiásticos, letrados o militares, así como un reducido grupo de financieros. Estos grupos se recomponen de forma separada en Bruselas y, posteriormente, Tournai -dejando aparte a los marselleses, refugiados en Italia-, creándose varios grupos de familias que consiguieron convivir algunos años. Pero no dejan de advertirse contactos entre los eclesiásticos y los letrados, los letrados y las clientelas nobles. Incluso, entre 1595 y la paz de Vervines, el conjunto de los refugiados instalados en Bruselas aparecía como una verdadera "comunidad". Ésta se definía por su propia identidad, en particular, la conciencia de ser un "pueblo elegido" víctima de un "martirio colectivo", que acompañaba una sensibilidad religiosa particular. También la definía un proyecto político que evolucionaba al filo de las dos rupturas que supusieron el reconocimiento de Enrique IV por parte del Papa (1595) y la paz de 1598. Al respecto, se notará que el exilio no fue concebido como tal en los primeros años: para la mayor parte de los refugiados, se trataba de continuar la guerra desde fuera. En cuanto a la adhesión a Felipe II, no fue inmediata (en los primeros tiempos se buscó un aliado antes que un soberano) ni universal (varios Ligueurs se negaron a acogerse a territorios de la Monarquía española por no aceptarlo como eventual soberano). Tampoco aparecía como el resultado mecánico de las pensiones españolas, de pago irregular, ni de la propaganda española, que no arrancó antes de 1595. Por fin, la comunidad de refugiados se definía por una estructura jerárquica que se revela en los textos colectivos dirigidos a las autoridades de Bruselas y Madrid, y que éstas aceptaron. Tal estructuración se fue dislocando después de 1598, cuando varios refugiados optaron por el retorno en Francia, mientras que otros eligieron la integración a su país de acogida, ingresando en el clero, el ejército y la administración española o pasando a ejercer allí su oficio. El capítulo III ofrece aquí un estudio detallado de los factores de estas elecciones individuales o, en muchos casos, familiares: pesaban en ellas tanto las posibilidades de ser perdonado y volver a encontrar un estatuto digno en Francia como las capacidades de integración en la Monarquía española. Así, mientras que los eclesiásticos y los soldados, los mercaderes y los artesanos no tenían demasiadas dificultades en ejercer su oficio en los Países Bajos, la integración de los letrados fue más difícil. Por otra parte, conviene advertir que en muchos casos la ruptura con Francia no fue total. Muchos refugiados conservaron vínculos con su tierra de origen, donde dejaron parientes, y pudieron administrar sus bienes y desarrollar políticas matrimoniales desde lejos. Así, se observan verdaderos repartos de las funciones entre los parientes exiliados y los que se quedaron, fruto de estrategias que tendían a la conservación de la familia, fuera cual fuera la evolución política.
El estudio del "movimiento de las opiniones […] complejo" y la "subjetividad" de los actores obliga a complicar la oposición binaria entre los Ligueurs y los "católicos reales" partidarios de Enrique IV. Los autores lo hacen de varias formas. Primero, en su nutrida introducción, ponen de relieve una sensibilidad religiosa distinta, que se apartaba de la tónica dominante de la Iglesia católica. Se caracterizaba por una preferencia por los santos mártires y formas de superstición cada vez menos aceptadas por Roma. Este interés por la cultura religiosa de los Ligueurs, más allá de sus discursos políticos, da la medida de lo que los separaba de sus contendientes. Permite, también, entender las trayectorias individuales de los refugiados no como simples traiciones y sumisiones a un monarca extranjero, sino como el fruto de convicciones profundas. Así, en los años 1594-1597, Descimon y Ruiz Ibáñez observan no sólo una "comunidad" del refugio, sino una verdadera lógica de "partido". Varios refugiados optaron por Felipe II más por radicalismo que por amor a España, y para muchos -fuera de las clientelas nobles- el vínculo clientelar no es suficiente para explicar la elección personal de la huida (cap. I). Por otra parte, el estudio pone de relieve la estrecha relación que unía una sensibilidad religiosa distinta a las opciones propiamente políticas de algunos de los refugiados, pues su concepción de la religión afectaba su visión del vínculo entre Estado e Iglesia, entre el monarca y Dios. Si Boucher evolucionó en su proyecto político, permanecía en pie el abismo que lo separaba de los "católicos reales": donde uno hablaba de consensus populi y argumentaba a favor de cierta subordinación del rey a Roma, los otros le conferían al soberano una carga sagrada, haciendo de él un intercesor supremo, que tiene poco que ver con el proceso de secularización del cual hablan algunos historiadores. Sin embargo, la oposición no siempre fue tan tajante. Así, a partir de 1595, algunos Ligueurs y "católicos reales" evolucionaron hacia posiciones de conciliación, una señal más de la inestabilidad de las afiliaciones que caracterizaba la confesionalización. Fue preciso esperar varios lustros para que se definieran con más claridad las líneas de fractura y un hombre como Boucher pudiese exponer, en su testamento, los credos fundamentales del refugio (cfr. en el epílogo). Otro nivel de análisis confirma la ruptura que introdujo en Francia el acceso de Enrique IV al trono. Las dificultades de varias familias de exiliados en reintegrarse a Francia al principio del siglo XVII confirman a contrario que el primer Borbón creó una dinámica nueva de relación con las elites, en particular a través de la venalidad de oficios, de la cual estos refugiados se vieron marginados.
La política de la Monarquía española que se desdibuja a lo largo del libro es interesante. Primero, el estudio confirma lo que se observó en otros ámbitos: los canales de decisión son múltiples, a veces concurrentes, nunca unívocos. Así, la decisión de conferir pensiones, ayudas extraordinarias y otros favores a los refugiados se puede tomar en Madrid pero también en Bruselas, donde los gobernadores se beneficiaban de reducidas parcelas de autonomía financiera, y es fruto de los pareceres en varias ocasiones opuestos de responsables de Bruselas y de Madrid. Inútil decir que los refugiados intentaron sacar partido, con éxitos variados, de los conflictos de poder y lograron, en algunos casos, imponer su propia visión de la política a seguir, con lo que la decisión no fue únicamente una imposición desde arriba. Corolario, una política de ayudas que variaba en función de las relaciones de Felipe II y Felipe III con Enrique IV, pero también de la identidad de los refugiados y los servicios que pudieran ofrecer, de las relaciones de fuerzas que existían en la corte de Bruselas y de la evolución del estatuto de los Países Bajos en la monarquía. A partir de 1598, los monarcas españoles optaron por cierta prudencia, evitando retribuir excesivamente a los refugiados demasiado visibles, como Boucher, para no suscitar conflictos con el rey de Francia, y esforzándose por transformar las mercedes por servicios en puros actos de caridad para con refugiados desvalidos. En todo el periodo, esta política fue una administración de la gracia Real. Los aliados políticos de la primera hora se transformaron rápidamente en asistidos. Las reformas sucesivas de las mercedes, no aplicadas, o sólo parcialmente, permitían recordar a los refugiados que se trataba de favores, consolidándose así la dependencia de aquéllos. Incluso se tardó en contestar sus peticiones para reforzar su fidelidad. Una política que, a todas luces, no se circunscribía al mantenimiento de un partido español.

Por Anne Dubet (Université Blaise Pascal - Clermont-Ferrand)