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Prohistoria

versión On-line ISSN 1851-9504

Prohistoria vol.14  Rosario jul./dic. 2010

 

RESEÑAS

Sàbato, Hilda Buenos Aires en Armas. La revolución de 1880, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, 336 pp. ISBN 978-987-629-062-3.

Es muy difícil, mi amigo, producir un movimiento, disciplinar un partido, crear una pasión pública; pero cuan difícil es dirigir los acontecimientos una vez que han tomado ya una forma y rumbo determinados.
Julio Argentino Roca, 20 de Mayo de 1880

El fragmento que antecede como epígrafe exhibe una de las principales tensiones que el apasionante libro de Hilda Sabato logra transmitir. En Buenos Aires en Armas, dicha tensión se manifiesta entre la supuesta previsibilidad de un curso de acción y la contingencia que lo atraviesa. La autora, al referirse a las palabras anteriormente citadas, considera que no hay mejor manera de expresar "la impotencia de un hombre poderoso frente a la contingencia de la acción política" (p. 140). Se trata de una impotencia que en gran parte reproduce el conflicto irresoluble tratado en la tragedia: un conflicto constitutivo del mundo de la política en el que se cruzan los sentimientos de incapacidad que sufren los héroes trágicos frente a los designios del destino y la voluntad por transformar y reconducir los acontecimientos en un sentido determinado.
El uso de la metáfora teatral es, en este caso, oportuno, porque el libro aquí reseñado sitúa inmediatamente al lector como espectador de una obra dramática, cuyo devenir genera tensiones, expectativas y muchas sorpresas. La autora lleva a escena un acontecimiento político específico de la historia argentina: la revolución de 1880. La originalidad radica en la forma en que dicho acontecimiento es relatado y en las tramas -tanto históricas como historiográficas- en que Sabato lo inscribe. La dimensión teatral se expresa, además, en el frecuente desplazamiento del narrador a un segundo plano y en la estrategia de hacer hablar directamente a los actores protagonistas de esta historia, quienes manifiestan sus percepciones sobre el devenir de los acontecimientos, sus dudas, sus decisiones, sus éxitos y sus derrotas. Dicha estrategia -sumamente exitosa, en la medida en que logra atrapar al lector en la trama narrativa- refleja, por un lado, el trabajo realizado por la historiadora para reconstruir y a la vez construir esa trama, y por el otro, la exhaustiva y minuciosa investigación realizada con una gran variedad de fuentes documentales. Entre tales fuentes se destacan las cartas intercambiadas por los principales personajes puestos en escena, artículos periodísticos, actas de las discusiones legislativas, partes de guerra, memorias y ensayos de los protagonistas, manifiestos, discursos y escritos políticos y representaciones gráficas de la época. Así, mediante detalladas descripciones, Sabato construye imágenes que permiten al lector trasladarse sin dificultades al año 1880 y situarse en las lógicas de pensamiento, sentimiento y acción experimentadas por los actores, quienes se encuentran dominados por contradicciones y exigencias a primera vista incompatibles y que necesariamente (o no, según la discusión que plantea la autora) llevan a un desenlace dramático.       
El objeto de Buenos Aires en Armas es, entonces, explicar las causas de la recurrencia a la vía revolucionaria en los hechos de 1880 y explorar, en términos más generales, el papel de la violencia política. Más que centrarse en sus resultados que sin duda fueron decisivos (aspecto en el que se concentró la historiografía que trató el tema), lo que le interesa a la autora es analizar un terreno prácticamente intransitado -el contexto de la revolución "para entender sus características específicas y el por qué de su ocurrencia" (p. 18)- y dilucidar por qué las elites políticas e intelectuales de la época resolvieron el conflicto por las armas y no en el terreno de la negociación. Para dar cuenta de su objeto se aleja de aquellas hipótesis que piensan la violencia como el resultado inexorable de un enfrentamiento político que se agudiza y reflexiona sobre el problema desnaturalizando todas y cada una de sus dimensiones. Sabato resume muy bien su apuesta metodológica en uno de sus capítulos: "Esta secuencia no era inevitable, pero así ocurrió. ¿Cómo y por qué? Las horas que siguieron al episodio fueron cruciales, los diferentes actores de este drama movieron sus fichas, eligieron sus cursos de acción y definieron el futuro" (p. 159).
A partir del análisis de esta secuencia, tal vez uno de los aspectos historiográficos más destacables del libro reside en el esclarecimiento de uno de los dilemas que atraviesan toda la historia argentina del siglo XIX: la conflictiva relación entre Buenos Aires y el resto de los territorios que estaban bajo su tutela y el rol que le cupo a la dirigencia porteña en la formación del Estado nacional. La autora parte de la base de que Carlos Tejedor y Julio A. Roca representaban algo más que dos candidatos contendientes a elecciones presidenciales: el primero personificaba "la causa de Buenos Aires", mientras el segundo era el candidato del gobierno central.
La estrategia narrativa que adopta para desarrollar los distintos aspectos de ese dilema, condensado en la revolución de 1880, es, como se mencionó, una de las mayores virtudes del libro. El mismo se estructura en nueve capítulos y ocho entreactos. En los capítulos se despliega el acontecimiento en forma cronológica tomando como punto de partida el año anterior a 1880. Desde ese momento es la coyuntura política la que impone el ritmo del relato, ya que los períodos a describir son cada vez más cortos a medida que se densifican los acontecimientos. Así, comienza describiendo el año 1879, continúa con períodos de dos meses (enero y febrero, marzo y abril), para pasar a las negociaciones del mes de mayo e ir, luego, semana a semana en el mes de junio, hasta llegar al 21 de junio, fecha en la que se enfrentaron el Ejército Nacional y la Guardia Nacional de la provincia de Buenos Aires. En paralelo al aumento de la intensidad del acontecimiento -que al modo de una obra teatral hace crecer la tensión en el lector al manejar magistralmente la autora el suspenso y la fuerza dramática- los tiempos vuelven a estirarse luego de finalizado el conflicto armado del 21 de junio, para desarrollar el desenlace que implicó la definitiva derrota política de los porteñistas. En el marco de esta secuencia cronológica, los escenarios de las acciones cobran mucha relevancia. La atención prestada a las coordenadas espaciales, que van variando sus escalas en distintos ámbitos de las provincias, ciudades, campaña, barrios, calles, permite al lector componer la cartografía de las intrincadas tramas políticas y bélicas desplegadas en la coyuntura.
Si a lo largo de este relato, Hilda Sabato permanece detrás de las bambalinas -siendo, sin embargo, la encargada de hacer inteligible el acontecimiento, de ordenar los hechos, de hacer hablar a los protagonistas- es en los ocho "entreactos" intercalados en los capítulos donde la autora entra directamente en escena, a la manera del coro en la tragedia griega. Es en dichos apartados donde se encarga de comentar y dar sentido a las acciones de los personajes, donde retoma debates contemporáneos a los hechos y perspectivas historiográficas y donde realiza reflexiones que enmarcan el acontecimiento en problemáticas más generales. Entre tales problemáticas se destacan el papel de las fuerzas armadas en la vida institucional de la república, la representación política y las prácticas electorales, la histórica confrontación entre las aspiraciones autonómicas del gobierno porteño y la centralización del nacional, el significado que adquiere la palabra "revolución" en esa coyuntura, las representaciones que existen en torno a la muerte y el problema de la capitalización.
En este "ejercicio de interpretación" -según define Sabato a su libro- desfilan los distintos niveles de la contienda política del momento -electoral, legislativa, periodística, identitaria, bélica- anudándose con tendencias y conflictos de larga data. He aquí otro de los grandes logros de estas páginas: iluminar a partir de un hecho puntual procesos de mediana y larga duración que, aunque el lector no sea un especialista en historia argentina, puede comprender sin dificultades. El estilo de escritura sumado a la formulación de preguntas claras que van definiendo campos problemáticos posibilita una lectura fluida de cuestiones que sólo a primera vista pueden parecer sencillas.
Buenos Aires en Armas se cierra con un epílogo en el que la autora propone algunas respuestas a los interrogantes con los que abre su obra. Frente a la pregunta de por qué la dirigencia de la provincia de Buenos Aires tomó el camino de la "resistencia" armada y por qué gran parte de la población la siguió en esta aventura, Sabato recurre a explicaciones más vinculadas al plano de las representaciones como al de las prácticas políticas, sin dejar de considerar la contingencia propia de cada acontecimiento. El uso de la violencia se dio, según su hipótesis, como última opción dentro del marco de las prácticas políticas disponibles, sin olvidar, sin embargo, que el "uso de la fuerza integraba el repertorio de la política" (p. 297) y que no se entendía como una práctica ajena a ella. Era una herramienta a la que la dirigencia porteña debía recurrir si quería seguir defendiendo su libertad y autonomía. Este conflicto desatado entre las elites contó con un fuerte apoyo de amplios sectores porteños y "generó entre éstos expectativas revolucionarias cuya escalada ofrecería a las dirigencias pocas posibilidades de retroceso" (p. 297).
Desde este punto de vista, el libro no sólo muestra las disputas facciosas, ideológicas y personales en el interior de la elite política sino también el papel que jugaron las pasiones y las emociones populares en la revolución de 1880, donde se condensaron valores e identidades largamente construidas durante el siglo XIX. Bouquet le explicaba a Roca en una de las cartas intercambiadas que "la oposición a su nombre ha tomado aquí las proporciones de una pasión popular [...] creo que usted puede gobernar este pueblo como conquistador pero no como gobernador" (p. 156). Este imaginario colectivo, que llevó al pueblo a "resistirse frente al despotismo" sin reparar en las consecuencias, nos traslada en algún sentido al nudo de las revoluciones modernas iniciadas a fines del siglo XVIII: a la idea de que había un camino irresistible sobre el cual no había vuelta atrás en la medida en que la revolución había triunfado en los espíritus.
El telón se cierra mostrando de qué manera la derrota de Buenos Aires de 1880 marcó el momento de la definitiva consolidación del Estado nacional y la resolución de la cuestión capital al federalizarse esa ciudad. No fue sólo el triunfo de un candidato sino de un modelo de estado, de un perfil de dirigentes y de un modo de hacer política. Lo que triunfó fue el monopolio de la fuerza por parte del Estado, que desplazó así todo tipo de violencia que no se originara en este aparato, deslegitimando las revoluciones junto con la retórica y prácticas que la justificaban. En ese final de escena, el desenlace -tal como afirma la autora- no estaba necesariamente inscripto en el origen ni se tramitó en el campo de batalla. Fue en el campo de la acción política donde la definitiva derrota del autonomismo porteño frente a la liga de las provincias del interior se exhibió de manera contundente. En esa exhibición se cerraba uno de los dilemas que había abierto aquella otra revolución -la de 1810- y se abría una nueva historia que, como sabemos, no estaría exenta de conflictos ni de violencia.

Por Camila Perochena