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Prohistoria

versão On-line ISSN 1851-9504

Prohistoria vol.15  Rosario jan./jun. 2011

 

RESEÑAS

Bohoslavsky, Ernesto El complot patagónico. Nación, conspiracionismo y violencia en el sur de Argentina y Chile (siglos XIX y XX), Prometeo, Buenos Aires, 2009, 274 pp. ISBN 978-987-574-331-1.

 

Fruto de una tesis doctoral para la Universidad Complutense de Madrid, este estudio de Ernesto Bohoslavsky (CONICET-UNGS) aborda los discursos y acciones basados en ideas conspirativas de grupos de las extremas derechas argentinas y chilenas, entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. El autor define al conspiracionismo partiendo de la propuesta de Geoffrey Cubitt de entenderlo como "la propensión a considerar que la política está dominada por maquinaciones malintencionadas y secretas de un grupo con intereses y valores enfrentados a los del grueso de la sociedad. Este 'mito' señala que el verdadero significado de las cosas se esconde detrás de las apariencias  y que lo relevante de la política en realidad ocurre tras bambalinas. En la lógica del complot no hay lugar para el azar y los resultados son presentados siempre como la consecuencia buscada de una intención secreta". El historiador destaca otras pautas del relato conspiracionista: la idea de complot extranjero, con la nación como objetivo, y la construcción del enemigo como poderoso, astuto y secreto, con objetivos grandilocuentes. Este tipo de narrativas, señala, son más asiduas en grupos cerrados y autoritarios que en organizaciones políticas de masas, donde circula una mayor cantidad de discursos, y proponen una autoconcepción de grupo puro enfrentado al mal. Desde tal marco, el libro se orienta en torno a tres puntos: la cuestión de la verosimilitud de las creencias conspirativas; una preocupación por la acentuada connotación geográfica del conspiracionismo argentino, fenómeno que no tuvo tal intensidad del otro lado de la cordillera; y la pregunta por la centralidad del espacio patagónico en el pensamiento conspiracionista argentino.
La obra se instala dentro de un espacio historiográfico marcado por los estudios sobre el discurso y la acción de las extremas derechas, y por la historia comparada, pero al mismo tiempo incorpora la dimensión regional-territorial como punto de análisis, una estrategia de estudio clave para aprehender a los nacionalismos radicalizados desde sus propias obsesiones. Desde el primer capítulo "Historia y representaciones de la Patagonia (sobre la factibilidad del complot)", se traza un recorrido entre los primeros relatos sobre la zona austral y su estado en la actualidad, evidenciando que a partir de 1870 la Patagonia deja de leerse como territorio inhóspito para convertirse en un foco de atención sobre el que se articulan diversos discursos de nacionalistas argentinos y chilenos en torno a la cuestión del complot extranjero, desde una óptica conspiracionista.
Los capítulos dos y tres, "La conspiración inca-masónica-bolchevique" y "El malón comunista",  analizan las representaciones en torno al "miedo rojo" que la revolución soviética de 1917 produjo en las derechas nacionalistas a ambos lados de la cordillera. En el primer caso, se aborda la "crisis de dominación" que dividió a las elites chilenas en un sector que buscó dar solución a la cuestión social y otro que expresó una lectura conspirativa según la cual el país era amenazado por la subversión extranjera. Se estudia primero el contexto de enfrentamiento social entre los sectores obreros y las elites en la zona de Magallanes, desde el análisis de la huelga de Punta Arenas en diciembre de 1918 y la "Comuna de Natales" al mes siguiente. Luego se trabaja la campaña presidencial que enfrentará al oficialista Luis Barros Borgoño con Arturo Alessandri, y los discursos del imaginario conspiracionista en torno al conflicto de Chile con Perú, en el marco del año 1920, donde "el orden oligárquico dio paso a un Estado intervencionista, democrático y con alternancia partidaria que se sostuvo durante medio siglo". Los sucesos conocidos como "la Patagonia trágica" son el eje de la lectura del caso argentino. Aquí también se estudia el conflicto entre sectores populares y elite, que acaba en una represión liderada por el mismo hombre que había actuado antes como factor de acuerdo entre ambas partes, el general Héctor Varela. El autor destaca previamente el nuevo modo de relación con los sectores trabajadores que el radicalismo trae a la política nacional, dejando de lado el esquema represivo de los gobiernos previos en favor de un esquema negociador, del cual el juez Ismael Viñas era el ejemplo central, enfrentando la voluntad represiva de los sectores tradicionales, el capital e incluso el gobernador Edelmiro Correa Falcón. En ambos casos nacionales, Bohoslavsky también estudia los discursos de grupos y medios conservadores y nacionalistas en torno a tal fenómeno, destacando una serie de notorias diferencias subsumidas, empero, en un marco interpretativo común: el mundo estaba en crisis y "el miedo rojo" se tornaba un marco a la vez interpretativo y explicativo.
En "Las mutaciones de la antipatria", cuarto capítulo, la obra presenta el análisis de las interpretaciones que "la Patagonia trágica" recibió entre 1921 y 1991. Aquí Bohoslavsky señala que de 1928, cuando José María Borrero, partícipe de los hechos, publica La Patagonia Trágica, a 1968, cuando Osvaldo Bayer publica los artículos que darán inicio a su investigación Los vengadores de la Patagonia trágica, se extiende "un prolongado silencio". Tal elipsis es cortada brevemente por una serie de debates en torno al rol del radicalismo en la represión, una renovada versión militar de los sucesos y la novela del hijo del juez Viñas, el escritor David Viñas, Los dueños de la tierra. La configuración del capítulo permite al autor evaluar la transformación del discurso conspiracionista: "Si en 1921 eran principalmente las dimensiones culturales las que regulaban la economía del discurso de la derecha sobre el enemigo (el bárbaro, el salonero, etc.), en la década de 1960 en la dimensión territorial era donde creía encontrarse la acción decadentista y conspirativa". Las interpretaciones de este último tipo, construidas a décadas de los sucesos que analizan, desplazaron a las categorías sobre las cuales se tejió el discurso conspirativo y creando un reposicionamiento al interior de los discursos nacionalistas, que marcó una diferencia entre los casos nacionales, dando a la temática patagónica la ya mencionada preeminencia en el caso argentino, ausente en el chileno.
Los capítulos quinto y sexto, "El complot narco-yrigoyenista-antiyrigoyenista-chileno" y "Contra el comunismo judeo-masónico", vuelven a analizar de modo especular a ambos países, ahora en torno a las representaciones de actores militares y fascistas, en la Argentina y Chile, respectivamente. En el caso argentino,  se estudia la actuación del teniente Julio Paterson Toledo en Neuquén, tras el golpe de Estado de 1930, cuando el militar realizó una dramática serie de actuaciones temiendo una "contrarrevolución" contra el gobierno de facto, pese a la desmentida oficial. En lo que el autor califica como "delirio paranoico", el uniformado procederá a desarrollar un accionar basado en una lectura conspirativa y contradictoria, que Bohoslavsky analiza como la expresión individual y extrema de procesos culturales de larga duración y profunda significación en la provincia. El preponderante rol del ejército y la sensación de orfandad con respecto al Estado nacional que "sus habitantes han expresado reiteradas veces" son colocados aquí como claves configuradoras del caso, que expresó una "cultura política de la vigilancia". Para el caso chileno, el autor aborda al fascismo vernáculo, representado por el Movimiento Nacional Socialista de Chile y el Movimiento Nacionalista de Chile. Aquí dos puntos son centrales: primero, "se procura dar fuerza a la idea de que grupos de extrema derecha tuvieron discursos y prácticas judeofóbicas, contrariamente a lo que ellos y posteriores historiadores han sostenido"; en segundo término, se enfocan las construcciones discursivas que sobre la Patagonia y la Argentina "colaboraron en la creación de una interpretación histórica revisionista que insistió en que Chile ha sido víctima permanente del expansionismo rioplatense". Así, Bohoslavsky reposiciona las interpretaciones que la extrema derecha chilena construyó en torno a dos cuestiones clave de su imaginario, que habían aparecido obturadas, respectivamente, por la historiografía tradicional y por el peso inferior que la cuestión patagónica tuvo en el imaginario chileno comparada con la situación de la zona minera norteña.
El autor retoma al nacionalismo argentino en el séptimo capítulo, "La podredumbre demo-liberal entrega la Patagonia". Según Bohoslavsky, "en los años que corren entre el golpe de Estado de 1930 y el inicio de la experiencia peronista se multiplicaron los hombres identificados con el nacionalismo", que adquirió en la Argentina características diferentes a las del país vecino, con preponderancia de la acción cultural por sobre la organización partidaria. En tal contexto, la temática patagónica se hizo presente en las publicaciones nacionalistas por medio de la cuestión territorial y como articulación con el discurso militarista: "en los temas patagónicos se encontró una muy buena oportunidad para destacar a los hombres de armas" como "civilizadores" y "modernizadores". Aquí, la visión conspirativa "actuaba simultáneamente como explicación histórica y como propuesta política", donde el sur era ejemplo princeps a la hora de fustigar al demo-liberalismo y postular la restauración nacionalista-militar. Aparece, así, un aporte clave para abarcar las diversas aristas de la idea de nación de la derecha radical autóctona.
La obra se cierra con "Conclusiones y conj(et)uras", que reposiciona lo analizado, y formula un marco donde Bohoslavsky vuelve a trabajar sobre las implicancias de los discursos conspirativos como narrativa política. El análisis comparativo aparece en la obra, entonces, como un eje central en tanto permite analizar convergencias y diferencias en los casos nacionales estudiados, dentro de una ambición central de comprender cómo y por qué actúan los discursos conspirativos en las derechas de ambos países, mediante un diálogo entre distintas tendencias analítico-temáticas, como la historia de las derechas radicales, la historia regional y la historia de los imaginarios y las representaciones, logrando un atinado balance del que emerge una mirada renovadora para repensar las extremas derechas. Tal mirada se ha esforzado en comprender al relato conspirativo como un argumento que dice más de quien lo expone que del objeto al que alude, por lo que los discursos conspiracionistas deben entenderse "como auto-imagen antes que como descripción del enemigo": cómo el conspiracionismo de las extremas derechas en la Argentina y Chile permite aprehender y comprender esos idearios tanto como los actores que los pusieron en escena.
Dueño de un elaborado balance entre la reconstrucción historiográfica y la reflexión teórica, apelando a casos de fuerte representatividad, El complot patagónico aporta a la historiografía sobre las derechas no sólo la incorporación de la escala territorial en su análisis y el estudio comparativo, sino que fundamentalmente brinda un completo estudio de las construcciones de los discursos y prácticas conspiracionistas, no por medio de entenderlos como epidérmicas retóricas y acciones de idearios enajenados o ficcionales, sino como parte de las complejas relaciones entre interpretaciones y fenómenos capaces de explicar las profundas implicancias del epígrafe de Ricardo Piglia que abre el trabajo: "Los paranoicos también tienen enemigos".  

Por Martín Vicente (CONICET-UNGS/USAL)