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Prohistoria

versión On-line ISSN 1851-9504

Prohistoria vol.16  Rosario jul./dic. 2011

 

POLÍTICAS DE LA HISTORIA

La adhesión subjetiva a la barbarie

 

Vera Maliguti Batista;
Traducción: Diego P. Roldán

Universidad del Estado de Río de Janeiro. Instituto Carioca de Criminología
criminologia@icc-rio.org.br

 

La lectura de Loïc Wacquant fue muy importante para la crítica de las políticas criminales del neoliberalismo en Brasil. Fueron tres trabajos, publicados simultáneamente, los que nos ayudaron a profundizar el combate en los últimos años: Castigar a los Pobres, Las Cárceles de la Miseria y Los Condenados de la ciudad. Desde diversos ángulos el autor defendía una lectura renovadora sobre lo que llamaba "nueva gestión de la pobreza en los estados unidos."
En un texto reciente, Wacquant acentúa las tres rupturas analíticas que desarrolló para llegar a lo que llama el "nuevo gobierno de la inseguridad social", la combinación del workfare restrictivo con el prisonfare expansivo. La primera ruptura sería con el binomio crimen/castigo, superado en la contemporaneidad; la segunda la asociación de las políticas asistenciales con las políticas penales y la tercera exigiría la superación de la división artificial, tan presente en el pensamiento de izquierda, entre los enfoques materialistas y simbólicos. Con esas tres rupturas, Wacquant trata de refinar lo que denomina el "giro político punitivo" agotado en los Estados Unidos para dar cuenta de los procesos concomitantes de regulación económica y reducción de la asistencia social al final del siglo XX.
El paradigma económico neoliberal, apodado por Gilberto Felisberto Vasconcellos de capitalismo video-financiero, es hoy fácilmente reconocido por su propio "fracaso" en el escenario económico mundial.1 En el escenario político y económico, América Latina ha rechazado enérgicamente aquel modelo a través de sucesivas derrotas electorales de sus ideólogos o ejecutores. La elección de Barack Obama en los Estados Unidos también reinstala la demanda por una nueva salida, que invariablemente nos lleva a (re)discutir el New Deal y sus consecuencias. Europa repite su historia evocando los miedos y odios que condujeron al nazi-fascismo en la Gran Depresión. Parece no haber grandes novedades: campos de inmigrantes ilegales, expulsión de indeseables, desempleados, xenófobos...
Lo que quisiéramos resaltar del texto de Wacquant es la articulación de las políticas económicas y asistenciales del proyecto neoliberal con lo que llamamos adhesión subjetiva a la barbarie, asociado a lo que él llama "expansión y reorganización de la prisión y sus tentáculos institucionales", que reforma el "...paisaje socio-simbólico, reconstruyendo y reconfigurando el propio estado que se convierte en estado penal como "potente motor cultural", con sus propios derechos, categorías, clasificaciones e imágenes.
La estrategia de articulación entre el workfare y el prisonfare es la tarea conjunta de expulsar a las clases pobres fuera de la asistencia social y empujarlas hacia el trabajo precario flexibilizado que pasa a través de las políticas de descalificación y criminalización. Lo que sorprende es la aplicación, en los dos extremos, de la misma "filosofía disciplinar del conductismo o del moralismo". Wacquant apunta las "...semejanzas estructurales, funcionales y culturales entre el workfare el prisonfare como instituciones de procesamiento de personas, dirigidas a poblaciones problemáticas."
En un reciente libro, Edson Lopes hace en Brasil, con un argumento elegante, la crítica de la obsesión por la seguridad y sus artefactos: la seguridad ciudadana, las nuevas modalidades de expansión de los instrumentos policiales: de los comunitarios a los militares. Un dato sorprendente es la cooptación de la sociología brasileña por el paradigma de la seguridad, con sus consultorías neutras y técnicas, que han conducido a las ciencias sociales a un abismo ético-metodológico, en el cual la academia ya no produce la crítica al sistema punitivo del gran encierro, sino que trata de hacerlo funcionar mejor.2
Este debate permite que avancemos en nuevos campos de conversación, para profundizar la discusión y para demostrar la necesidad de esa adhesión subjetiva a la barbarie que constituye la creciente demanda por el castigo y la punición. Siguiendo a Foucault, Edson Lopes demuestra las afinidades entre la dominación y la subjetividad impuesta por la cultura punitiva, que tiene en la figura de la víctima su dispositivo principal, y en el miedo su metodología más potente.
En el propio campo del marxismo, Melosi ya anunciaba el dislocamiento entre el poder punitivo y las condiciones objetivas, a través de la constitución de esa colosal demanda por el castigo. Edson Lopes presenta una novedad en la economía del castigo: la simbiosis entre el mercado de la seguridad y la seguridad para el mercado. Uno de sus aspectos más atemorizadores, como ya dije, será la privatización y la conversión policial de la Academia: movimientos sociales, núcleos de violencia, ciudadanías, sociedades civiles y organizadas, sociologías, derechos humanos, todos ahora dirigiéndose hacia la construcción de la expansión del poder punitivo en todas direcciones.
La gestión de la potencia juvenil ha sido el gran blanco de toda esa gubernamentalización, produciendo racionalidades, programas y proyectos que darán cuenta de los peligros que el tiempo libre representa. La victimización se realiza simbióticamente con la criminalización y sus proyectos de neutralización política. Al final, prevención y represión son la misma cosa, sin matices, sin disfraces. En su último libro publicado en Brasil, Wacquant también analizó los levantamientos de jóvenes en Francia para atacar la exportación del concepto de gueto fuera los Estados Unidos.
La sociología ingresó poderosamente en la gestión policial de la vida, en las racionalizaciones del poder del dolor y la muerte. Atrás del discurso políticamente correcto y de la buena actitud de tipo académico, lo que vemos es la cooptación de la academia en pos de la legitimación del aumento exponencial de los autos-de-resistencia (sólo en Río de Janeiro, hubo cerca de 1.300 ejecuciones anuales realizadas por la policía, legitimadas por la guerra contra las drogas). En las clasificaciones, las estadísticas y los mapeos siempre habrá espacio para el exterminio de los inclasificables. El Estado motoriza el exterminio cotidiano y la intelligentzia trata de encubrirlo. Las operaciones letales de alta intensidad (como las diecinueve muertes en un solo día en el Morro de Alemao) sólo precisan tener un sentido técnico y producir resultados: el éxito es el enfrentamiento en sí mismo.
Edson Lopes señala las semejanzas entre la tautología positivista y la sociología funcionalista de hoy. En los geo-procesamientos de las vulnerabilidades juveniles, la descripción en sí de la pobreza (desestructuraciones económicas y familiares, humanos siempre "desaparecido") y que será asociada con el crimen y la peligrosidad para, finalmente, ser administradas por el control territorial: con prevención y represión. Precisamos producir un mapa que demuestre la coincidencia territorial entre esa sociología funcionalista y el aumento del exterminio policial-militar. Son esas investigaciones tautológicas que fortalecen la comprobación científica de la relación directa entre la pobreza y la criminalidad: producirá los argumentos para la expansión del poder punitivo en todas direcciones. Como dice Raúl Zaffaroni, para que acontezca el exterminio es imprescindible que antes se formule un discurso que lo legitime.3
Al desmontar esa voluntad de sujeción y al desenmascarar los discursos que la sostienen, Edson Lopes nos ayuda a interpretar mejor nuestra torturante contemporaneidad: el dogma de la pena, el control territorial de la pobreza y sus riesgos, la delación como participación, la neutralidad técnica de las gubernamentalidades sociológicas. Los efectos están por allí y duelen: la expansión de la prisión, su red ampliada de justicias alternativas, terapéuticas, restauradoras, la vigilancia reticular, el control a cielo abierto, la transformación de las periferias en campos y principalmente la fascistización de las relaciones sociales y la inculcación subjetiva del deseo de castigar. Es precisamente esto lo que Wacquant retoma de Bourdieu como paisaje socio-simbólico que hace del Estado Penal un potente motor cultural.
La propuesta de continuación de la línea trazada por Bourdieu se presenta a través de la interpretación del Estado desarrollada en la obra conjunta (Wacquant es uno de sus coautores) La Miseria del mundo. Allí el Estado aparece "...no como un conjunto monolítico y coordinado, sino como un espacio fragmentado de fuerzas que disputan la definición y la distribución de sus públicos", al cual él denomina "campo burocrático". Wacquant entiende la lucha trabada en el interior del campo burocrático por dos fuerzas distintas: la nobleza estatal direccionado la gestión del mercado y, del otro lado, lo que llama la mano femenina del Leviatán, que dará cuenta de los "desperdicios" de los gastos como educación, salud, habitación, en fin el gobierno de los "pobres", tal como es leído, por ejemplo, por el conservadurismo brasileño. La tesis de Wacquant es que el neoliberalismo cambió el sentido de la asistencia social hacia el tratamiento penal de la marginalidad urbana. Demuestra que los Estados Unidos impusieron un "nuevo gobierno de la inseguridad social" detectable inclusive en los gastos públicos, que no sólo mueven lo social hacia lo penal, sino que también colonizan el área de la asistencia a través de la "lógica punitiva y panóptica". Él llama a ese fenómeno "remasculinización del Estado", movimiento que atribuye una mayor prioridad a las obligaciones que a los derechos, recriminando moralmente a los que precisan de la asistencia del Estado en el modelo fordista-keynesiano. Como diría Nilo Batista, esa mirada criminalizadora sobre los pobres, sus barrios, sus estrategias de supervivencia es muy funcional al proceso de acumulación de capital neoliberal: el "criminal" es un fetiche que encubre la comprensión de la conflictividad social.
Al contrario de Piven y Cloward, que trabajan la administración de la pobreza en el capitalismo industrial en las contradicciones o expansiones cíclicas de acuerdo con los altos y bajos de la economía, Wacquant presenta otra tesis en Castigar a los pobres: ese paradigma, que funcionaba en el Estado Fordista-Keynesiano, no da más cuenta de los cambios que el neoliberalismo impuso en los últimos 25 años. Las transformaciones en la estructura del trabajo, su fragmentación y precarización en contraposición a la hiperactividad del capital producirán más desigualdad, más desesperanza y mucho más miedo. En este medio se funda y se reproduce el capital simbólico, productor de subjetividades y sometimientos. La asistencia social del Estado de Bienestar se transforma en una simbiosis entre la regulación del trabajo precarizado con la manutención del orden, dirigiendo el poder punitivo a los pobres, mirados cada vez más como enemigos, expulsados fuera del afecto y el gasto del leviatán maternal. Esta doble regulación de la pobreza presupone que la asistencia social sea transformada en workfare (aquel trabajo precario impuesto al hombre por la desregulación y la flexibilización), llevada a cabo por una "diligente y beligerante burocracia penal". Para Wacquant la alternancia es sustituida por la "contracción continua del bienestar y por la expansión descontrolada del régimen del encarcelamiento" que implantará una subjetividad disciplinaria, conductista y moralista, legitimadora del gran encarcelamiento en curso.
La historia reciente demostró que incluso en gobiernos "progresistas" y de "izquierda" (como por ejemplo y respectivamente Clinton y Lula), e incluso con índices de crecimiento económico, el recurso al control brutal de los pobres por la policía, justicia y autoridades penitenciarias disparó como nunca, aún en Brasil, a partir de 2008, la curva de las tazas de encarcelamiento ha presentado una discreta disminución. Algunas iniciativas del joven equipo del Ministerio de Justicia se ha esforzado para abrir la agenda y romper con el "motor cultural" impuesto y trasformado en sentido común punitivo por los grandes medios de comunicación. Es posible que lo mismo ocurra con Obama, que aún no tocó la cuestión criminal; los límites de la acción son muy grandes. En el caso de Brasil falta cierto coraje para asumir el discurso de deslegitimación del Estado Penal, porque el deseo de castigar instaurado se arraiga en permanencias históricas en las cuales se imbrican la colonización genocida, la esclavitud y la cultura inquisitorial ibérica.
Lo cierto es que en el neoliberalismo construyó una gigantesca "industria del control del crimen",4 diseminada por el mundo, que acopla institucionalmente asistencia pública con encarcelamiento, técnicas de vigilancia y monitoreo de los pobres insubordinados o resistentes a las nuevas leyes del capital. Wacquant describe los mecanismos de ese corrimiento de lo asistencia hacia lo penal: "...la erosión gradual de la asistencia pública y su renovación como workfare en 1996 acarrearán un ingreso más restrictivo al sistema, la reducción de la permanencia como beneficiario y la aceleración de la salida." Fue así que el número de beneficiaron en los Estados Unidos descendió de cinco millones de familias en 1992 a menos de dos millones, diez años después. Mientras tanto, la expansión de la población carcelaria era brutal (en Brasil de 140.000 en 1994 a casi 500.000 en 2009). El neoliberalismo abandonó también las ilusiones re (resocializaciones, recuperaciones, reeducaciones) para encaminarse directo hacia el almacenamiento, amurallamiento y la neutralización. Los perfiles sociales de la clientela también se parecen aquí, en América del Norte y en Europa. Los africanos, árabes, chinos, pobres en general, leídos a través de la lentes y vocabularios primitivos: miembros de bandas, guetos, crimen organizado, narcotraficantes, terroristas, en fin todas las adjetivaciones que irán conduciéndolos a las cárceles contemporáneas en sus diversas arquitectura combinadas, de Carandiru a Guantánamo. Pero el principal argumento de Wacquant es que esta nueva manera de gestionar la pobreza no es un eco de una crisis cíclica, sino del nuevo paradigma: "...de la regulación única (bienestar social) hacia la regulación doble (social y penal) de los pobres". Es así que el capital se reproduce. Marildo Menegat hace una lectura del "aumento de la violencia" en el neoliberalismo con el concepto frankfurtiano de barbarie, exceso de civilización como lo formuló Marx al describir el incremento constante de la violencia en el proceso de acumulación de capital. La contención punitiva, la administración de los medios se transformó en la más importante forma de gobernabilidad.
Criticar a Foucault, como Wacquant mismo dice, es más difícil por la potencia misma de su discurso que por su actualidad. Los dos concuerdan en que el castigo es una fuerza versátil, engendrando no sólo por técnicas de represión y normalización, sino también como producción, como economía política. Foucault percibió, avant la lettre, la producción de nuevas categorías, discursos, cuerpos administrativos y políticas de gobierno, tipos sociales nuevos y formas asociadas de conocimiento en el ámbito del delito y de la asistencia social: "nuevas gubernamentalidades".
Coincidimos con Wacquant, en la crítica a Foucault acerca del presagio no confirmado del fin de la función de la prisión en el capitalismo del siglo XX. Con su muerte prematura, Michel Foucault pudo ser parcialmente absuelto, ya que el concepto de biopoder daría cuenta de la inmensa demanda por control que ya se dibujaba. Pero el problema del fin de la prisión ya aparecía en el clásico Pena y estructura social, escrito por Rusche y Kirchheimer. Al asociar acumulación de capital, merado de trabajo y ejecución penal, sus lectores marxistas de la década de 1970 no pudieron prever las nuevas funciones de las cárceles.
Históricamente parte de la izquierda, aquella que Maria Lúcia Karam llamó izquierda punitiva, previó que la prisión declinaría en los años 1970s., debido al fin de su función económica de reproductora del trabajo fabril. Al apostar a la prisión "alternativa" contra los poderosos, terminaron por no entender las nuevas funciones económicas del sistema penal y de la seguridad pública. Una parte significativa de los movimientos sociales acabó por adherir al coro de la demanda por castigo: feministas, afro-descendientes, ecologistas y gays se sumaron a la fabricación de dispositivos legales criminalizadores que ayudaran a consolidar la gubernamentalización jurisdiccional-penal de la vida.
Es Pavarini quien nos alerta sobre la comprensión de que sólo se aproxima al objeto de la criminología quien comprende la demanda por orden. La inmensa demanda por orden del capitalismo contemporáneo forjó el Estado penal y la intensa intrusión policial en la conflictividad social, las relaciones humanas.5
En el siglo XVIII, las luchas revolucionarias contra el poder punitivo absolutista produjeron una articulación global acerca del delito: política criminal, derecho penal y proceso penal. La burguesía iluminista precisaba derrotar a la nobleza y al clero, imponerles límites, y al mismo tiempo precisaba contener a las masas pobres que soñaban con una república libre, igualitaria y fraterna. El poder punitivo precisaba actualizarse, no castigar menos, sino castigar mejor, con la eficacia del utilitarismo económico.6 Como la plusvalía en el trabajo, la prisión se apropiará del tiempo del hombre, de su cuerpo. El industrialismo, la barbarie en progreso, engendrará nuevas tecnologías, nuevos dispositivos, que darán cuenta del control del tiempo colectivo, en la fábrica y en la prisión. El poder punitivo producirá su economía política, como demostraron Melossi y Pavarini, después de Georg Rusche, en la relación histórica entre sistema penal y el mercado de fuerza de trabajo en el capitalismo.7
Es a partir de esa economía política que Foucault avanzaría hacia las tácticas y estrategias de disciplinamiento en las instituciones de encierro (fábricas, asilos, manicomios, prisiones), produciendo posteriormente una visión aún más amplia del sometimiento por el capital en la idea de biopoder.8
En la última parte el fin del siglo XX el neoliberalismo produjo una perdida general de la intensidad del trabajo, el capital es ahora video-finaciero.9 La nueva demanda por orden exigirá el control del tiempo libre. La prisión no es más lucrativa por el trabajo de los presos, sino por su gestión, pasible de terciarización y privatización, por su simbiosis con las periferias urbanas y por su poder simbólico. La industria del control del crimen generará una nueva economía, con sus miedos, sus blindajes, sus cámaras, sus vigilancias, su arquitectura. La seguridad privada sustituirá a la construcción civil como gran aspiradora de mano de obra descalificada. En esta nueva configuración, la prisión no sólo no desapareció sino que se expandió como nunca. Se expandió y se articuló trasvasando sus límites con dispositivos de vigilancia, con las medidas fuera de la prisión, y también con el control por la medicalización.
En este escenario surgen las penas alternativas, en lugar de aparecer las alternativas de la pena, como diría el recordado Alessandro Baratta. Pensadas como estrategias de desbloqueo de la justicia penal, ellas acabaron por imponer un control social más capilarizado, más minucioso, que extiende los tentáculos del poder punitivo a los pequeños conflictos cotidianos, siguiendo el espíritu de investigación inquisitorial que lo fundamenta. La judialización de lo cotidiano creará un conjunto de dispositivos biopolíticos: de la ley María da Penha (contra las agresiones a mujeres en el ámbito familiar o doméstico) en Brasil hasta la Justicia Terapéutica de los Tribunales de Droga, el control de los conflictos privados demandará juristas y demás especialistas para ocupar el centro de la vida política. Esposas y tobilleras de control electrónico adornan las muñecas y los tobillos rebeldes, el asedio sexual será criminalizado, la sexualidad infantil será atacada por un nuevo personaje, el pedófilo, su presa fácil como dice Loïc Wacquant.10 La pedofilia se transformará en el gran negocio a partir de esa mirada punitiva. Las penas alternativas no dejaron de ser vividas y sentidas con castigo, imposición de dolor, remedio moral.

Las estrategias de medicalización y restauración aparecen como alternativas a la pena en la coyuntura de los años 1970 y 1980. Su mayor riesgo es, al revés de desjudicilizar los procedimientos, expandir la mentalidad judicial hacia los nuevos operadores. Observemos el caso de juri, dispositivo jurídico nacido históricamente de la presentación política de ser o el sujeto juzgado por sus pares, por sus iguales. En la tradición brasileña, las sentencias populares acostumbraban ser más generosas de aquellas generadas por el saber dogmático penal. Hoy se produce lo contrario: el sentido común criminológico punitivo inculcado por los grandes medios de comunicación produce una ferocidad creciente en la mentalidad de los jurados brasileños. La tradición garantista del pensamiento jurídico, antes considerada conservadora, será recordada con nostalgia y se convertirá en vanguardia de ser comparada a la saña punitiva alimentada por las coberturas mediáticas espectaculares. Pensamos también en algunos hechos informados, en los cuales los Consejos Tutelares, concebidos para democratizar la justicia dirigida a los niños y adolescentes, se transforman en dispositivos policíacos, dispuestos a penalizar y criminalizar las relaciones familiares, principalmente las de los pobres.
El principal poder decantado de ese conjunto de movimientos punitivos será la legitimación de la intervención moral, de la creciente intervención del Estado penal en las relaciones familiares y de vecindad. Cuanto mayor sea la conflictividad social debida a la devastación promovida por el capital, mayor deberá ser la legitimidad del castigo. Lo que articulará esa nueva economía política es la constitución de una cultura punitiva, que amalgamará el prisonfare con el workfare. La industria cultural y los medios monopólicos de comunicación masiva tratarán de inculcar diariamente el dogma de la pena y el respectivo modelo penal norteamericano: de los aparatos electrónicos de las cárceles de máxima seguridad privatizadas. Lo importante es castigar más, mejor y por mucho tiempo: el negocio de las cárceles precisa de muchos huéspedes y de largas estadías... Es el proceso que Wacquant advierte en la remasculinización del Estado, que produce un giro de lo social hacia lo penal y que traerá efectos tanto en los presupuestos públicos como en la prioridad discursiva, colonizando la asistencia social por la "...lógica punitiva y panóptica característica de la burocracia penal pos-rehabilitación."
Wacquant denuncia la obsesión por la temática de la violencia urbana y de la delincuencia juvenil como estrategias de fortalecimiento del proceso de redefiniciones de formas y contenidos de la acción del Estado: del Estado keynesiano al Estado darwinista. Aquí él analiza la "conversión de las clases dominantes a la ideología neoliberal" apuntando los tres estadios en la difusión mundial de esa cultura punitiva. El primero sería el de la gestión, implementación y demostración en las ciudades norteamericanas, especialmente en Nueva York; el segundo, la exportación de esas ideas, ese viento punitivo que sopló de América; y el tercero consiste en "aplicar una cobertura de argumento científico sobre tales medidas." En esta fase él denuncia a los intelectuales contrabandistas "...que legitiman con su autoridad académica la adaptación de las políticas y de los medios norteamericanos."11
Pero fue Foucault quien nos dio la más importante lección sobre el aparente "fracaso" de la prisión: desmentidas sus posibilidades rehabilitadoras, su éxito es la administración selectiva de las ilegalidades populares. Esto está en Vigilar y Castigar más que la idea de una "lógica global que atraviesa ciegamente el orden social."
Esta idea puede ser la relación entre una cierta lectura de Foucault con la crítica que Wacquant hace a la idea de "fracaso político" formulada por Garland, cuando analiza los "altos índices de delito y las limitaciones reconocidas por la justicia penal". La idea de Estado Penal, la lectura de la conflictividad social por el fetiche de lo criminal es lo que permitirá las nuevas estrategias de control exigidas por los procesos de privatización, desregulación económica y flexibilización laboral. Tal vez allí resida el principal eje de la lectura de una cierta izquierda: creer en la realidad de la inseguridad delictiva. Es de allí que provienen todos los errores políticos de los lectores de Giddens. Como dice Wacquant, lo que ocurrió fue la interpretación penal de una inseguridad social, con el agregado equivocado de llamado realismo de izquierda. Este equívoco se relaciona con otras tesis de la new left que acabaron por profundizar el modelo tatcherista, dejando que las clases trabajadoras se valieran por sí mismas. La aparición de una derecha histórica, como Berlusconi y Sarkozy, es la prueba viva de esta meta neoliberal y de la desmoralización de la izquierda. Sería interesante convocar a otro lector de Giddens al debate, Richard Sennet, quien hace una especie de autocrítica de aquellas posiciones de la Tercera Vía al tratar la cultura del nuevo capitalismo.12 Para él la condición social del trabajo en sectores de punta es de un estado de existencia en puro proceso. En esta crítica al Nuevo Laborismo, Sennet habla de la inseguridad ontológica heredada de Margaret Tatcher. De una manera sorprendente, la eclosión de la crisis financiera produjo la reconfiguración de las relaciones entre el Estado y la economía, pero aún no se ha alcanzado el consenso ideológico en torno del modelo neoliberal y su impacto en el ámbito penal. Es por eso que, para Sennett, la "...inseguridad no es más que una consecuencia no deseada de las convulsiones del mercado, estando en realidad programada en el nuevo modelo institucional. O sea, la inseguridad no concurre con un nuevo estilo de burocracia, ella es activada."13 No casualmente es el miedo y no el riesgo, el gran promotor de las políticas públicas dirigidas o no a la cuestión criminal.
Al realizar una "especificación sociológica" del neoliberalismo, a través de la comprensión de la doble regulación de las "fracciones inseguras del proletariado postindustrial", Wacquant puede delimitar la novedad estructural que Piven y Cloward, Foucault y Garland, a su criterio, no pudieron reconocer. Al entender al neoliberalismo como un "proyecto político trasnacional", conducido por una "nueva clase dirigente global" distingue sus cuatro lógicas institucionales: desregulación económica; descentralización, retracción y recomposición del Estado de Bienestar; cultura de la responsabilidad individual; y expansión del aparato penal invasivo y proactivo. La ausencia de la cuestión criminal en la obra de Harvey es un síntoma de este colosal error de evaluación que tanto daño produjo sobre los pobres del mundo. "El establecimiento del nuevo gobierno de la inseguridad social revela, in fine, que el neoliberalismo es, en esencia corrosivo de la democracia", finaliza Wacquant. Marildo Menegat14 propone también, al utilizar el concepto de barbarie, aquella crítica al exceso de civilización propuesto por Marx, asociado a la intensificación del proceso de acumulación de capital y a la devastación por su lógica intrínseca de dominación del hombre por el hombre y de la naturaleza por el hombre.
Como lectores de Loïc Wacauqnt, nos resta establecer una nueva agenda política. La coyuntura ahora es de crisis del paradigma neoliberal en las Américas, con experiencias singulares y soberanas que van de la Venezuela de Chavez a los Estados Unidos de Obama. Parece que nuestra tarea primordial es deconstruir la "adhesión subjetiva a la barbarie" y proponernos nuevos horizontes de sociabilidad y la construcción de nuevos espacios colectivos. Siguiendo las pistas de Wacquant, las huellas dejadas por el texto, la prisión y el poder punitivo aparecen asociados simbióticamente al surgimiento del Estado en el desarrollo histórico del capitalismo. No hay prisión sin fábrica, no hay fábrica sin prisión, enunciaba Georg Rusche. Si el capitalismo post-industrial, video-financiero o neoliberal, abandonó las ilusiones correccionales y las ideologías "re" para disparar el encarcelamiento masivo, la transformación de barrios marginales en campos a cielo abierto, el aumento de la violencia policial y del exterminio en las ciudades de los países pobres y la diseminación de la vigilancia reticular sobre la vida cotidiana, ¿no es hora de cuestionarnos el poder punitivo en sí mismo? Si en los últimos años la academia funcionalista y los seguidores del realismo de izquierda ayudaron a incrementar el encarcelamiento masivo de los pobres en todo el mundo, la realidad que vivimos exige una profundización radical de la crítica al sistema penal y a sus funciones constitutivas: el control de los residentes y el mantenimiento del orden del proceso de acumulación del capital.

Notas

1. VASCONCELLOS, Gilberto Felisberto O Principe da mondea, Espaço e Tempo, Río de Janeiro, 1997 y VASCONCELLOS,         [ Links ] Gilberto As runas do Pós-Real, Espaço e Tempo, Río de Janeiro, 1995.         [ Links ]

2. LOPES, Edson Política y Seguridad pública: una voluntad de sujeción, Contrapunto, Río de Janeiro, 2009.         [ Links ]

3. Cfr. ZAFFARONI, Eugenio R. "Prefasio", ANIYAR DE CASTRO, Lola Criminología de los derechos humanos, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2010.         [ Links ]

4. CRISTIE, Nils A industria do controle do crimen: aminho dos Gulags em estilo occidental, Forense, Río de Janeiro, 1998.         [ Links ]

5. PAVARINI, Massimo Control y dominación: teorías criminológicas burguesas y proyecto hegemónico, Siglo XXI, México, 1983.         [ Links ]

6. FOUCAULT, Michel Vigilar y Castigar: el nacimiento de la prisión, Siglo XXI, México, 1977.         [ Links ]

7. Cf. MELOSSI, Darío; PAVARINI, Massimo Cárcere e fábrica, Revan/Instituto Carioca de Criminologia, Río de Janeiro, 2006 (trad. cast. Carcel y fábrica. Los orígenes del sistema penitenciario (siglos XVI-XIX), siglo XXI, México, 1980) y RUSCHE,         [ Links ] Georg y Kirchheimer Puniçao e estructura social, Revan/Instituto Carioca de Criminologia, Río de Janeiro 2004. (trad. cast. Pena y estructura social, Temis, Bogotá, 1984).         [ Links ]

8. FOUCAULT, Michel Em Defensa da sociedade, Martins Fontes, Sao Paulo, 1999. (Defender La sociedad, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000)        [ Links ]

9. VASCONCELLOS, VASCONCELLOS, Gilberto Felisberto O Principe..., cit.

10. WACQUANT, Loïc Punir os Pobres: a nova gestao da miseria nos Estados Unidos [a onda punitiva] 3 ed. rev. E amp. Río de Janeiro: Revan/Instituto Carioca de Criminologia, 2007. (trad. cast. Castigar a los pobres, Gedisa, Barcelona, 2010)         [ Links ]

11. WACQUANT, Loïc As duas faces do gueto, Boitempo, Sao Paulo, 2008, p. 103. (trad. cast. Las dos caras de um gueto. Ensayos sobre marginalización y penalización, Siglo Xxi, Buenos Aires, 2010.         [ Links ])

12. SENNETT, Richard A cultura do novo capitalismo, Rio de Janeiro, Record, 2006. (trad. cast. La cultura Del nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona, 2006).         [ Links ]

13. SENNETT, Richard A cultura..., cit., p. 77.

14. MENEGAT, Marildo Depois do fim do mondo: a crise da crise da modernidade e a barbarie, Faperj/Relume Dumará, Rio de Janeiro, 2003.         [ Links ]