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Prohistoria

versión On-line ISSN 1851-9504

Prohistoria vol.16  Rosario jul./dic. 2011

 

RESEÑAS

Eley, Geoff y Nield, Keith El futuro de la clase en la historia ¿Qué queda de lo social?, Valencia, PUV, 2010, 244 pp. - ISBN 978-84-370-7823-6.

 

Desde hace dos décadas Geoff Eley y Keith Nield han intervenido, sea individualmente como en colaboración, en las discusiones en torno a las transformaciones de la disciplina histórica y la erosión de la categoría de clase social como herramienta clave de análisis. Publicado originalmente en 2007, El futuro de la clase en la historia es el resultado de las reflexiones e intercambios suscitados por esta persistente preocupación teórica e historiográfica.
Recientemente fallecido (2010), Keith Nield fue fundador y coeditor de la revista Social History, y éste es su primer trabajo traducido al castellano. Geoff Eley cuenta en cambio con una decena de artículos y dos libros traducidos a nuestro idioma.1 En ambos casos se trata de historiadores ingleses formados en el clima de ascenso y auge de la historia social, en su específica modalidad marxista británica, entre fines de la década de 1960 y 1970. También de testigos del quiebre de las seguridades políticas e intelectuales que sustentaban el trabajo de toda una generación, al tiempo que se producía un paulatino giro disciplinario hacia la historia cultural en los años 1980s. y 1990s.. Estos cambios han sido de hecho retratados magistralmente por Eley en su reciente libro Una línea torcida, en el cual se brinda un marco explicativo general que se reitera en diversos momentos de esta nueva exposición, centrada en el derrotero de la categoría de clase en los estudios históricos. La necesidad de examen y discusión sobre esta problemática tiene por tanto, tal como explicitan los mismos autores, mucho que ver con su propia experiencia personal y con una sensación de urgencia política, "...un deseo de conseguir que los debates entre los historiadores estén a la altura de las exigencias políticas que reclama el nuevo contexto actual del siglo XXI que comienza." (p. 40)
A grandes rasgos, la crisis de las explicaciones históricas en términos de clase se vinculó con las transformaciones del capitalismo, el retroceso político de la izquierda y los cambios en los paradigmas en las ciencias sociales. El punto de partida del libro es la constatación de que estos desarrollos terminaron por resquebrajar la hegemonía de los enfoques materialistas y el interés por conceptos totalizadores, ganando terreno las perspectivas centradas en las categorías de intelegibilidad cultural, el discurso, y la afirmación del descentramiento y la multiplicidad. Por supuesto, estas nuevas orientaciones marcan una nueva sensibilidad que adoptó una muy diversa gama de modalidades, cuestión que los autores se cuidan de analizar con sumo cuidado en contra de cualquier esquematismo. Cabe aclarar de todas maneras que el texto se concentra en el ámbito anglosajón, donde el abandono de los análisis basados en la clase ha sido un fenómeno tal vez más notable que en otros campos historiográficos, debido a la previa relevancia del marxismo para los historiadores sociales, especialmente en Inglaterra.
Es bien conocido que fue en aquel país donde, aún sin hegemonizar los centros académicos, el materialismo histórico se erigió como una corriente de enorme peso, dando lugar a algunos de los trabajos más brillantes e influyentes en el campo de la historia social. Dentro de esta constelación destaca sin dudas el sustantivo libro de E. P. Thompson La formación de la clase obrera en Inglaterra (cuya versión original es de 1963), el cual se convirtió, tal como destacan los autores, en una suerte de modelo a seguir para los nuevas generaciones de historiadores. Así, al menos en Inglaterra, gran parte de la producción en historia social se concentró en el estudio del mundo del trabajo desde un punto de vista marxista, cumpliendo la categoría de clase un rol central difícilmente discutible, y siendo Thompson el autor al que, incluso para criticar, era imprescindible tomar en consideración. De esta forma fue conformándose un campo de investigación que, aún con divergencias, suponía que la formación, estructura y conflicto de clases era fundamental para comprender la dinámica social de los siglos XIX y XX. Bajo el influjo de Thompson, quien se alejó de toda perspectiva economicista ortodoxa, se sostenía que la clase no era un mero reflejo del lugar ocupado en la producción (aún cuando esto fuese determinante) sino el resultado de una experiencia que daba forma a una conciencia clasista reconocible por una cultura común. La clase tampoco era concebida como una categoría estática ni reificable, sino como una realidad relacional e histórica, delimitada por las solidaridades horizontales y los antagonismos verticales. Tal perspectiva abría un amplio programa de investigación que rebasaba la tradicional historia de los trabajadores concentrada en los partidos y sindicatos, interesándose en el análisis de aspectos como las características y relaciones en los lugares de trabajo, las prácticas cotidianas y costumbres, la vivienda, alimentación, ocio y deporte, criminalidad, religiosidad, educación, niñez, sexualidad, etc.
Tal como Eley y Nield enfatizan en los primeros capítulos del libro, esta etapa de auge de la historia social signada por la centralidad de la clase se hallaba por tanto muy lejos de la ortodoxia y la proposición de un modelo único para el análisis social. Al contrario, en esos años se produjeron desarrollos divergentes y profundas reformulaciones teóricas que abrieron potentísimos debates y nuevos campos de investigación. Ejemplo de esto fue el History Workshop, emprendimiento historiográfico surgido en los años 1970s. muy atento a la discusión teórica, y donde aparecieron los primeros análisis de género, producidos por historiadoras como Anna Davin, Sally Alexander, Catherine Hall y Sheila Rowbotham. Lo llamativo de aquel periodo tal vez sea precisamente la capacidad y flexibilidad de la historia social y el marxismo para cobijar tendencias que vistas en retrospectiva parecían apuntar en direcciones contradictorias.
Esta situación cambió sin embargo hacia inicios de los años 1980s., cuando comenzó a visualizarse una crisis de las certidumbres materialistas y un desplazamiento en los enfoques históricos, rebasando ahora sí los límites de la historia social. Los caminos e influencias que llevaron a la emergencia de la nueva historia cultural fueron múltiples, pero sin dudas se vincularon a los cambios de perspectivas de similares características que se estaban produciendo en otras disciplinas. Desde la antropología interpretativa a Foucault, de la teoría feminista y los estudios culturales británicos a la deconstrucción, el giro hacia el discurso y el constructivismo cultural se hizo cada vez más evidente, dejando atrás al materialismo y la determinación social como versión ingenua de un mundo que comenzó a entenderse cada vez más como estructurado discursivamente.
Eley y Nield examinan este desplazamiento historiográfico hacia los estudios culturales y el discurso enfatizando su carácter ambiguo. Es que si por un lado abrió el camino para una reflexión más profunda sobre la propia tarea del historiador y posibilitó la emergencia de nuevas líneas de investigación (estudios de género concentrados ahora en la masculinidad, historia del cuerpo, las emociones y la subjetividad, etc.) en algunos casos conllevó a un abandono del interés por el análisis de las determinaciones sociales. Los autores discuten particularmente las intervenciones de aquellos escritores que con afán polémico, y extremando los argumentos, sostuvieron la necesidad de desechar como un todo a la vieja historia social. En su opinión, especialmente durante la década de 1990, se produjeron ataques cruzados entre los defensores de una nueva historia posmoderna y los antiguos historiadores sociales que se caracterizaron por la caricaturización de la posición contraria y la ausencia de un diálogo productivo. Sin embargo, un argumento central del libro es que la mayoría de los historiadores continuaron realizando un trabajo que si bien mostraba un renovado interés por los aspectos culturales, no se posicionaba en ninguno de  los extremos polares defendidos por los polemistas más radicales, marcando el camino sobre las posibilidades de una articulación entre los registros discursivos y sociales.
Especialmente interesante resulta el examen realizado en el cuarto capítulo del libro a la evolución de cuatro historiadores que ejemplifican el pasaje hacia la historia cultural. Con perspicacia y profundidad, los autores destacan el hecho de que William Sewell, Joan Scott, Gareth Stedman Jones y Patrick Joyce comenzaron sus carreras dedicándose al análisis de la clase obrera inglesa y francesa del siglo XIX desde una perspectiva de historia social, y que aún cuando presentaran versiones problemáticas acerca de la relación entre el proceso de proletarización y las formas de conciencia política, la clase y las determinaciones sociales jugaban un papel central en sus argumentos. Sin embargo, por distintos caminos todos ellos (con la notable excepción de Sewell, quien actualmente se encuentra bastante cercano a las posiciones defendidas por Nield y Eley en este libro) terminaron alejándose de los análisis de clase esgrimiendo que el lenguaje ocupaba un lugar constitutivo de lo social, en una relación de tipo prefigurativa que ponía en crisis las explicaciones de lo político en términos de determinaciones objetivas. Y así, bien podría decirse que si la más interesante historia social había confrontado con la tan famosa tópica marxista de "base y superestructura", la nueva historia cultural lo hizo con la tesis del materialismo histórico acerca de la determinación de la conciencia por el ser social.
Llegados a este punto, los autores señalan que aún cuando comparten que el antiguo modelo que otorgaba prioridad estructural a lo económico-social no se sostiene, de allí no se sigue que deba abandonarse todo análisis de esta dimensión. La diferenciación entre lo discursivo y extradiscursivo sigue siendo relevante, y de ninguna manera puede deducirse lógicamente que todo deba definirse como discursivo por el hecho de que se acceda a ello a través del discurso. Reconocida esta distinción, queda claro que la conexión entre lo social y lo político no puede considerarse más en forma directa o transitiva en ninguna de las dos direcciones, volviéndose necesario el estudio de ambas esferas y sus complejas articulaciones. Visto así, los autores defienden la necesidad "...(teórica, heurística y estratégica) de reconocer la persistencia de la clase como una formación prediscursiva o no discursiva. Las regularidades estructurales de los procesos a través de los cuales se crean los ricos y los pobres bajo las condiciones del capitalismo siguen siendo virtualmente importantes, incluso aunque la negociación discursiva y las defensas discursivas sigan siendo extremadamente variables, porque tales regularidades, sin embargo, definen un terreno particularmente decisivo en el que la intervención política puede suceder." (pp. 224-225)
En el quinto y último capítulo del libro Nield y Eley ensayan una propuesta teórica en la cual el énfasis foucaultiano en las múltiples dimensiones del poder se complementa con el complejo enfoque gramsciano acerca de las conexiones entre lo social y lo político y un análisis tendiente a dar cuenta de la relevancia del Estado, la esfera pública y el orden institucional para la conformación de hegemonías. La intención es precisamente ofrecer una posible conjunción entre los enfoques tendientes a destacar el carácter inestable del poder y las identidades y aquellos que se interesan por la (relativa) cristalización y regularidad de esas relaciones. Esta propuesta no intenta, destacan los autores, establecer una modalidad sistemática para el estudio de lo social y político sino más bien demostrar las potencialidades de un intercambio productivo entre las dimensiones tratadas por los historiadores culturales y aquellas rescatables de la antigua historia social. Se trata, en fin, de abandonar la idea de una oposición irreconciliable, reconociendo los límites porosos y la posibilidad de un diálogo fructífero entre diferentes registros, sacando a la disciplina de las polémicas paralizadoras y acercando a los mejores análisis de distintas procedencias conceptuales entre sí.    

Por Danián López (UBA)

Notas

1. Los libros son Geoff Eley Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003;         [ Links ] y Geoff Eley Una línea torcida. De la historia cultural a la historia de la sociedad, Valencia, PUV, 2008.         [ Links ]