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versión On-line ISSN 1851-9601

Postdata vol.16 no.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./jun. 2011

 

RESEÑAS

Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno
Adam Przeworski, Siglo XXI, Buenos Aires, 2010, 284 páginas.

 

El presente volumen es el punto de partida de la colección "Derecho y Política" del centro de estudios sobre derecho y constitucionalismo "Igualitaria", entre cuyos objetivos está la publicación de contribuciones que incorporen temas de política, derecho, sociología, historia y economía. En este sentido, que el libro elegido para inaugurar este esfuerzo sea de Adam Przeworski es muy pertinente, ya que el autor ha sabido combinar varias de estas perspectivas no solamente en este trabajo sino a lo largo de su extensa carrera intelectual. 
En el presente libro el autor busca examinar la "idea" de democracia, explorar sus cimientos teóricos e históricos y presentar los límites y desafíos que esta idea implica. El punto de partida de este ejercicio (en la Introducción del libro) es la comprobación de que lo que tenemos y entendemos por democracia es muy distinto de lo que los fundadores de esta idea imaginaban cuando pensaban en ella. Como ya lo había señalado Schumpeter, Przeworski aclara que llamamos democracia hoy a la competencia electoral partidaria periódica.  Sin embargo, en su génesis la democracia estaba (¿lo está aún?) asociada al ideal del autogobierno del pueblo. El derrotero intelectual del libro busca demostrar que aunque lejos, la democracia "schumpeteriana" es lo más próximo que podemos ubicarnos del ideal que es imposible de llevar a la práctica. El primer capítulo del libro es un análisis de este ideal del autogobierno del pueblo. Allí concluye que este ideal se alcanza con algún sistema que mejor represente las preferencias individuales. Esto es posible, argumenta el autor, cuando pueden satisfacerse al mismo tiempo los principios de igualdad, participación, representatividad y libertad. Pero cada uno de estos principios conlleva dificultades tanto históricas como teóricas y prácticas. Para analizar estas cuatro condiciones, Przeworski se vale del teorema de May, proveniente de la teoría de la elección social. Este teorema afirma que la regla de elección mayoritaria es la única que cumple cuatro axiomas: igualdad, neutralidad, responsabilidad/decisividad y resolución/responsividad. El pasaje entre los principios que debe respetar el autogobierno del pueblo y los axiomas de May puede confundir al lector desatento, pues están relacionados pero no son idénticos, y Przeworski no es lo suficientemente claro al discutir unos u otros. Otros dos conocidos teóricos de la acción social, Arrow y Condorcet, ayudan a verificar lo difícil que algo tan simple como la regla de la mayoría efectivamente represente el autogobierno del pueblo. 
Pero Przeworski se aventura más allá de la teoría de la acción social para pensar acerca de las condiciones en las que se da la igualdad, la participación, la representatividad y la libertad. A cada uno de ellos le dedica un capítulo. Antes, el segundo capítulo del libro sobre la historia de las instituciones representativas es informativo aunque queda algo desubicado en el hilo conductor del argumento. 
Al examinar la cuestión de la igualdad en las decisiones colectivas en el tercer capítulo el autor nos enfrenta provocativamente con el espinoso tema de la igualdad económica versus la igualdad política. Aquí se argumenta que la democracia no se asocia a la igualdad económica e incluso tampoco con la igualdad política en sus comienzos. Por el contrario, era una excusa de ciertos sectores cansados de la aristocracia que buscaban acceder al poder. Esto tal vez ayude a entender las dificultades que hoy en día observamos si pensamos en igualdad y democracia; y las "promesas incumplidas" de la segunda respecto de la primera. Las restricciones de la democracia madisoniana a la mayoría se entienden si pensamos que la primera fue diseñada para proteger a la propiedad privada.  Y así aparece también la cuestión del dinero, del poder de las corporaciones y de los grupos de interés. Pero éste no es un libro con respuestas sino con trayectorias y con preguntas; y Przeworski abandona la tarea allí donde al lector le gustaría que comenzara. El autor asegura que el dinero es la "plaga de la democracia" (164), pero eso es todo. Allí termina la discusión sobre la (des)igualdad democrática.     
El capítulo sobre participación también nos presenta con una de las cuestiones que más evidentemente atormenta a las democracias contemporáneas. Przeworski repasa algunas de las conclusiones de la ciencia política al respecto; pero muchas de ellas (como la tesis de Downs acerca de la posición centrista de los partidos o la descripción de O'Donnell sobre las democracias delegativas) son bastante desalentadoras. ¿Qué determina el éxito de alguna innovación política importante que permita que los partidos atiendan a nuevas cuestiones en lugar de presentar propuestas idénticas? ¿Cómo podemos hacer para asegurar el control popular de las actividades de los gobernantes entre elecciones? Nuevamente, la preocupación queda planteada. 
Respecto de la participación, Przeworski parece envalentonarse con algunos resultados empíricos que señalan que las personas valoran ver sus opiniones expresadas en el ámbito de lo público y que entonces éstas participan y valoran a la democracia. Sin embargo, no está claro aquí la dirección de los hechos. ¿Los que participan lo hacen porque hay algún partido que los representa y eso los hace valorar más a la democracia? ¿O porque valoran más a la democracia deciden participar y ubicarse cerca de algún partido? Las preguntas no tienen fácil respuesta. Nos tranquilizamos al saber que las elecciones garantizan cierta paz en la decisión de algunas cuestiones. En palabras de Bobbio, son el método para resolver cuestiones sin derramamiento de sangre.
Asimismo, la discusión acerca de los límites de la regla de la mayoría simple y las propuestas que desde otros ámbitos, como las teorías deliberativas, se hacen a la misma, no se profundiza. Przeworski menciona que algunos deliberativistas (como Joshua Cohen) parecen descansar en el principio de la unanimidad. Sin embargo, las complejidades que traería aparejado el uso de la unanimidad como principio organizador no son discutidas. 
Seguidamente se analiza la cuestión de la representatividad o agentividad. Aquí la cuestión problemática es que las instituciones representativas han sido muchas veces organizadas de manera extremadamente contramayoritaria (Poder Judicial, bicameralismo, federalismo). El problema es que para evitar que los gobiernos hagan algo malo, se impide muchas veces que puedan hacer algo. Nuevamente Przeworksi deja planteado el problema, pero las soluciones aparecen como sorpresivamente parcas. "Debería haber reglas expresas que determinen qué problemas deben ser resueltos según qué criterios" (227), propone Przeworski como una manera de quitar algunos tópicos de las garras del supermayoritarismo que favorece el statu quo. Pero ¿cómo determinamos éstas cuestiones? ¿Por la regla de la mayoría? Aquí podría comenzar otra vez un problema infinito.   
Por último, Przeworski estudia la libertad. La cuestión central aquí es que la tensión entre leyes impuestas y la libertad. ¿Somos libres al estar sujetos a leyes no hechas por nosotros? La conclusión a la que llega Przeworski analizando este tema es que las leyes nos hacen libres, pero que podemos salirnos del mayoritarismo sin demasiados riesgos: no hay evidencia de que los sistemas más mayoritarios sean abusivos de las minorías. Lamentablemente la evidencia no se menciona en detalle. Tal vez habría que tener en cuenta la discusión sobre sociedades plurales que introdujera Lijphart hace más de cuarenta años donde hizo hincapié en el riesgo de los arreglos mayoritarios en este tipo de sociedades. 
Una de las cuestiones que despierta la lectura del libro es el interrogante acerca del determinismo histórico. Przewroski comienza presentando la democracia actual como un sub-óptimo, para luego argumentar que es lo más coherente y realizable.  La pregunta que cabe hacerse es, ¿existía otro trayecto histórico? ¿Podría la democracia haber evolucionado en otra dirección, quizás menos distante del viejo ideal? Przeworski argumenta que no, que lo que tenemos es la segunda mejor opción. Quizás entonces sea mejor conceptualizar a la democracia como un "blanco móvil", en palabras de John Markoff. La idea de democracia y lo que podemos realizar con ella varía según los tiempos y se reinventa para colocar nuevos objetivos por los que luchar.
Como ha sido mencionado, el libro es mucho más acerca de límites del autogobierno que de sus posibilidades. El trabajo es el producto de un intelectual con preguntas y no el de un oráculo con respuestas. Przeworski hace un enorme trabajo al plantear las dificultades que a las que se enfrenta la democracia actual pero no señala el camino. En este sentido deja planteado un rico debate que debería exceder los claustros académicos. A la vez, varios encontraremos en el texto una valiosa herramienta para discutir estos temas en el aula.

Juan Negri

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