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On-line version ISSN 1851-9601

Postdata vol.16 no.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires July/Dec. 2011

 

RESEÑAS

Marxismo tardío. Adorno y la persistencia de la dialéctica
Fredric Jameson, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010, 380 páginas.

 

En Marxismo tardío, libro originalmente publicado en 1990 y recientemente editado en español por FCE, nos vuelve a sorprender una "rareza" también perceptible en otras obras de F. Jameson. Una fértil rareza que, en el caso de este trabajo en particular, podría leerse además como índice de una de las cuestiones del libro: la cuestión de la Darstellung o forma del despliegue de la conceptualidad filosófica. Mientras dialéctica y estructuralismo han aparecido casi siempre como alternativas autosuficientes y mutuamente excluyentes —cuando no como etapas sucesivas en una marcha forzada que pretendía ir dejando atrás zonas ya inhabitables para el pensamiento—, en los trabajos de Jameson el nombre de Althusser puede ser asociado a los de Benjamin o Adorno, o alguno de sus conceptos invocado a favor de la exposición de una idea particularmente elusiva de la Teoría Crítica, sin que parezca necesario disculparse de antemano por la supuesta asociación ilícita que se está a punto de cometer.
            Este llamativo rasgo resulta especialmente notorio en el texto que comentamos debido a que, a pesar del título, no se trata aquí de reinterrogar una tradición sopesando los énfasis puestos por distintos autores pertenecientes a la misma —como sí sucede por ejemplo en Documentos de cultura, documentos de barbarie, el trabajo de Jameson sobre la interpretación—, sino de producir una lectura detallada de las obras más importantes de Adorno: Dialéctica negativa, analizada en la primera parte del libro; Dialéctica de la Ilustración, junto con las intervenciones de Adorno en el terreno de la sociología, consideradas en la segunda parte; y Teoría estética, en la tercera. Si en semejante proyecto de lectura era previsible la referencia a Lukàcs —cuya interpretación de la filosofía clásica alemana y de Marx tanto influyeron en Adorno—, menos esperable resulta la presencia de Althusser, quien sin embargo no sólo reaparece persistentemente, sino que además lo hace en momentos claves de la argumentación: a propósito de su gnoseología drásticamente no-identitaria y su crítica al principio de identidad en el terreno del conocimiento; a propósito de su insistencia en lo falso de la alternativa entre metafísica y empirismo; a propósito de su reconceptualización de la ideología; a propósito de la causalidad estructural y la noción de totalidad sobredeterminada, asociadas por Jameson a la "constelación" benjaminiana redefinida por Adorno; a propósito de la crítica al supuesto de accesibilidad y plenitud de los orígenes, en el contexto de la cual Althusser forja el concepto de "lo siempre-ya dado" con ayuda del cual Jameson interpreta el tipo de historización propuesta en Dialéctica de la Ilustración.
A partir del análisis detallado de dichas emergencias —a las que aquí sólo podemos referirnos con grandes títulos— sería posible argumentar que la remisión a planteos althusserianos en este texto dedicado al pensamiento de Adorno se debe a una afinidad teórica real entre ambos autores. Considerando la estrategia argumentativa que Jameson despliega, por ejemplo, en El giro cultural, también podría argumentarse que el señalamiento de cierta afinidad entre la dialéctica adorniana y el estructuralismo althusseriano busca enfatizar, por contraste, las distancias entre Adorno y el postestructuralismo.
Pero pasando de estas consideraciones —imprescindibles pero irrealizables ahora— a lo que podríamos llamar una política de la teoría y de la lectura, cabría enfatizar que si el gesto interpretativo de Jameson resulta fértil en tanto gesto es porque aquella afinidad no se produce como el resultado de una estrategia identificadora que violenta las diferencias entre autores o escuelas para establecer amables continuidades dentro de un marxismo que seguiría siendo el mismo a pesar de todos ellos (diferencias, autores y escuelas). Se trata, en cambio, de una afinidad que se vuelve intuible sin estar garantizada ni presupuesta, de una afinidad que se puede percibir "a pesar de todo", es decir, cuando las categorías y conceptos —"dialéctica", "estructuralismo"... pero también "marxismo" e incluso "crítica"— con los que compartimentamos lo real, dejan de ser garantías o hasta sustitutos de la interpretación de realidades complejas, para pasar a ser aquello que reclama, exige, aguarda su interpretación. En breve: si esa proximidad entre Adorno y Althusser resulta fértil, es porque remite a una práctica de la lectura que resiste silenciosamente al imperio aproblemático de las identidades ya sancionadas y periódicamente re-conocidas en los rituales de un lenguaje rigidificado que es también el de las ciencias, incluso cuando éstas no paran de "actualizarse".
Si fuera posible definirla —se podría sostener con Jameson parafraseando a Adorno— semejante práctica de lectura es lo que llamaríamos dialéctica. Porque antes que como un nuevo principio general, Adorno concibe la dialéctica al modo de una instrucción impartida al pensamiento en el sentido de no calmarse ante ninguna positividad. "Dialéctico" sería un pensamiento que no se atiene exclusivamente a su propia legalidad en tanto pensamiento y hace algo con el concepto —que tendenciosamente nos encierra en la mismidad— para usarlo como una vía de acceso a la diferencia y a lo nuevo. Un pensamiento que, precisamente porque pretende rodear la mismidad para leer el proceso histórico acumulado en ella en lugar de consagrarla, rechaza también la supuesta positividad conclusa de los datos. Que ni la cosa ni el pensamiento y sus categorías coinciden consigo mismos ni entre sí, en esto consistiría esa sospecha —esa "modernista" incomodidad con y en la representación que obliga a un trabajoso "forcejeo con el lenguaje"—, que la dialéctica adorniana insiste en ser contra la metafísica pero también contra su aparente contrario: el positivismo, obsesiva preocupación de los textos de Adorno —escribe Jameson— que diagnostican una y otra vez "la presencia del capitalismo tardío como una totalidad dentro de las formas mismas de nuestros conceptos" (26).
¿Tiene alguna actualidad la dialéctica en un contexto en el cual no sólo la metafísica sino también el positivismo que la aniquiló parece haber perdido vigencia? Tal vez esa sea sólo una apariencia, complicada en su autoevidencia por la propia enunciación, contesta Jameson a algunos seguidores de Habermas empeñados en diagnosticar la caducidad del pensamiento adorniano. Pero, por otra parte, "lo que Adorno llamó positivismo es precisamente lo que ahora nosotros llamamos posmodernismo" (364) entendido como una dominante cultural en la cual el sistema total pronosticado por Adorno, la repetitiva producción de homogeneización e identidad, se realiza con el brillo burlón de la multiplicidad y la dispersión y sin parecerse en nada a la sede central deprimente y sin ventanas que pensábamos estar buscando. En una época semejante, el primer servicio que nos puede prestar Adorno es recuperar la sensación de algo sombrío e inminente en el sol contaminado de los centros comerciales. Y es posible que a partir esa sensación, vuelva a surgir entre nosotros la problemática necesidad de representar "esa totalidad acerca de la cual todo el posmodernismo concuerda en que incluso si existiera sería irrepresentable e imposible de conocer" (365).
El positivismo se transforma en posmodernismo cuando se ha realizado y abolido a sí mismo, señala Jameson. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? Lo que Adorno llamó positivismo en sus escritos sociológicos —pero no sólo en ellos— fue la negativa a la conceptualización de la totalidad social asociada al culto de los puros datos, así como el rechazo de la contradicción, sin la cual el conocimiento social inevitablemente perdía la objetividad que reclamaba, al existir su objeto (la sociedad) como un fenómeno contradictorio. El posmodernismo conceptualizado por Jameson, y que ya no necesariamente reclama tal objetividad, coincide con el positivismo en el método por el cual éste pretendía alcanzarla. Ese método era la supresión de las tensiones a favor de la positividad: la supresión del sujeto para garantizar la objetividad, la supresión de la tensión individuo/sociedad en la representación de los hechos sociales (Durkheim), la supresión de la totalidad en la consideración de la inmediatez empírica. El posmodernismo sería, entonces, la realización plena de esa positivista anulación de las tensiones a la cual Adorno opuso la dialéctica. Porque el positivismo no necesariamente ha sido superado, y cuando lo ha sido fue sólo a través de su realización, es que esta dialéctica sigue siendo necesaria para la formulación de su crítica, que es también la del sistema social del que proviene su objetividad. Marxismo tardío se anuncia como una celebración de la dialéctica y lee su persistencia en la peculiar filosofía adorniana.

Gisela Catanzaro