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Runa

versión On-line ISSN 1851-9628

Runa v.30 n.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires jul./dic. 2009

 

RESEÑAS

DETIENNE, Marcel. 2005. Cómo ser autóctono. Del puro ateniense al francés de raigambre . México: Fondo de Cultura Económica. 146 pp.

Diego Villar

Así como el eximio helenista Louis Gernet aplicó las tesis de L'Année Sociologique al estudio de las culturas clásicas, Jean-Pierre Vernant y Marcel Detienne procuraron inspirarse en las intuiciones lévi-straussianas para realizar sus investigaciones sobre la Grecia antigua. Este pequeño libro de Marcel Detienne contiene tres reflexiones sobre la autoctonía, concepto significativo para la antropología por su estrecha asociación con categorías como "nativo", "natural", "aborigen" o "indígena". Detienne ejecuta sus variaciones autóctonas en Atenas, Tebas y Francia; el objetivo es comparar los procesos de construcción de lo que llama "mitideología", discurso oficial sobre una autoctonía que en la práctica se manufactura a partir de migraciones, remiendos, fragmentos y discontinuidades. El procedimiento es básicamente el mismo en los tres casos: primero, analizar la fabricación histórica de la ideología autóctona, la estirpe, la pureza y la alcurnia; segundo, demostrar su contraste relacional con categorías como los inmigrantes, los extranjeros, los impuros; tercero, asociar la autoctonía con el confinamiento en la tierra de los muertos del grupo.

A través del análisis de figuras como Cécrope, híbrido nacido de la tierra, mitad serpiente y mitad anciano con máscara de rey, o Ctonia, hija de Praxítea, nacida de la tierra y sacrificada a la misma, Detienne rastrea el fundamento mitológico de la ficción sobre la autoctonía ateniense. Se trata de una retórica de las raíces, la sangre, la pureza y la herencia anclada en la ocupación continua de la tierra, que borra de la memoria colectiva su origen mixto y trashumante; cuando disputan con el poderoso gobernante Gelón el derecho de comandar las fuerzas griegas contra los cartagineses, los militares atenienses aducen simplemente que son el pueblo más antiguo de Grecia, que jamás cambió de morada. Se forja así la imagen sublime de una Atenas que encarna a la especie humana en su plenitud, formada por individuos "puros" que abominan del contacto con fugitivos, exiliados, bárbaros, salvajes e inmigrantes.

Sin embargo, Detienne muestra que, al menos hasta la primera mitad de siglo quinto, no hay rastros perceptibles del término "autóctono" —que etimológicamente significa "el que posee siempre la misma tierra". A contrapelo del discurso oficial, la inmigración es tan fuerte que durante el siglo sexto el magistrado Solón aprueba una ley de naturalizaciones que restringe la inmigración a los exiliados que se comprometen a establecerse en la ciudad. En el año 451, mientras Atenas encabeza la confederación de Delos y se enriquece con los tributos de sus aliados, la inmigración crece y la ley se endurece hasta decretar que para ser ciudadano en toda regla hay que descender de padre y madre atenienses: en este contexto aparecen las categorías de los metecos y periecos, los inmigrantes nómades ( épaktos ) que provienen de ciudades mezcladas, que se instalan en la polis como extranjeros oficialmente adoptados o naturalizados.

Detienne repasa en segundo lugar la historia tumultuosa de la ciudad trágica de Cadmo, Edipo y Tiresias, aunque esta vez desplegando mayores ambiciones comparativas. En Tebas la autoctonía parece más mitológica que política: la pertenencia se paga con sangre, y los ciudadanos expían sus faltas ofreciendo sacrificio tras sacrificio a las temibles Erinias, que ultiman inexorablemente a su progenie. Como Durkheim, Hubert, Mauss, o luego Mary Douglas y Paul Ricoeur, Detienne analiza las ideas de mácula, contaminación, polución y contagio asociando las informaciones clásicas con los datos etnográficos; así, demuestra que en una misma sociedad las categorías de pureza/impureza se combinan en configuraciones variables a través del tiempo. Entre los senufos de África Occidental hay una relación estrecha entre mácula y espacio social, en función de la cual el rito purificador no procura limpiar al agente contaminado sino restablecer los límites dañados del espacio social. En otras palabras, la mancha se encapsula. Detienne compara este caso con las modalidades de contagio entre los griegos: en el espacio, la contaminación se propaga bajo la categoría de miasma , oleada funesta de pestilencia y de muerte que todo lo consume volviendo estériles a la tierra, a los animales, a las mujeres; a lo largo del tiempo, en cambio, la mancha se reproduce transmitiendo venganzas desquiciadas de generación en generación, rencor personificado en las Erinias, diosas de memoria implacable que persiguen sin tregua a los homicidas.

Para analizar cómo se liga con la autoctonía con la reproducción social, Detienne examina lo que llama "arte de tratar a los muertos". Como la autoctonía o como las naciones, la ancestralidad se fabrica; se trata de una cuestión esencial, íntimamente ligada con las ideas de descendencia, herencia y continuidad social. Las páginas más interesantes del libro describen los diferentes destinos de los muertos: algunos se vuelven ancestros mientras que otros se desvanecen. En sus clásicos estudios sobre la religión tallensi, Meyer Fortes distinguía analíticamente el culto a los muertos del culto a los ancestros. No cualquier difunto es un ancestro; para el segundo, la muerte es condición necesaria pero no suficiente, pues, como intuyó el genial Robert Hertz, debe reincorporarse a la sociedad mediante ofrendas, honores o sacrificios. Podría decirse que el culto a los muertos es un asunto estrictamente escatológico, mientras que la ancestralidad se presenta como un hecho político. Detienne lo sabe: analiza en Psyché de Erwin Rohde y La cité antique de Fustel de Coulanges el supuesto decimonónico de que la religión griega consiste esencialmente en el culto familiar a los ancestros. Evoca a los foceos, que se negaron a someterse a los persas y abandonaron su tierra llevando a mujeres, niños, muebles, reliquias e incluso a ancianos postrados con sus gatos, pero no a sus muertos. También describe la Genesia , fiesta anual con la cual las ciudades honraban a sus difuntos anónimos, impersonales, carentes de rostro, no a los ancestros personalizados que se supone encabezaban cada una de las gens ("imposibles de encontrar en tiempos antiguos", asegura Detienne en la p. 103). En consecuencia distingue a los tritopátores (antepasados anónimos, colectivos, equivalentes a los Manes romanos) de los genétores (hermanos o pares ancestrales fabricados políticamente, asociados con los dilemas jurídicos de la filiación, la herencia y el patrimonio familiar).

Preguntándose qué significa lo que algunos historiadores llaman français raciné , francés enraizado o de raigambre, Detienne analiza finalmente la genealogía de la identidad nacional francesa. La idea de pertenecer a una cepa ilustre pero de sangre impura, como los tebanos, habría sido impensable para los gentilhombres de Órleans e Isle-de-France de mediados del siglo diecisiete. Los francos germánicos cruzan el Rin conquistando la Galia, olvidan rápidamente su procedencia, echan raíces y conforman castas nobles que luego resisten los títulos de nobleza que emite la monarquía —la nobleza no se decreta ni se gana: se hereda, se lleva en la sangre.

Dando un salto notable en el tiempo, que no justifica demasiado, Detienne calibra la continuidad latente de esas ideas en un discurso de Maurice Barrès a la Liga de la Patria Francesa en 1899. El objetivo es la formación de un espíritu nacional legitimado por pedagogos, filósofos, artistas y literatos; en este "fondo común", como diría Gernet, resurgen las ideas de herencia, de consciencia de historia común, de unidad orgánica del colectivo trascendente. Detienne detecta un progresivo desplazamiento semántico hacia un registro nacionalista, y una vez más el clásico tema fusteliano de la primacía del culto a la familia, la propiedad y la religión ( pietas erga patria : como advirtió Fortes al asociar las tesis de Fustel de Coulanges con datos chinos y africanos, la lealtad puede devenir nacional pero nace filial). En un pasaje risueño, Detienne rastrea la persistencia de estas representaciones en L'Identité de la France , de Fernand Braudel, mostrando como "lo celta", "lo galo" o "lo francés" se infiltran como presupuestos incuestionados e incuestionables en la descripción de una mandíbula prehistórica hallada en los Pirineos orientales, en las gélidas desventuras del hombre de Neanderthal o en la apoteosis rupestre de Lascaux (pp. 132-133).

"Para fundar una nación hace falta un cementerio y una enseñanza de la historia", declamaba Barrès; un siglo después, el último acto que propone Detienne es el análisis del Manifiesto del Frente Nacional, encabezado por el político ultraderechista Jean-Marie Le Pen. Se trata de una retórica florida de la herencia, el pasado común, el terruño, las raíces, los huesos de los ancestros que en cada generación se funden en la tierra nutricia. Como en Atenas o en Tebas, el discurso implica una simultánea aversión hacia la hibridez y el mestizaje, forjando una genealogía nacionalista que diluye el aporte de los inmigrantes y de las colonias en detrimento de los prestigiosos ascendientes griegos, celtas, latinos o germánicos.

Desde un punto de vista antropológico, la lectura de un libro como éste no puede dejar de provocar algunas reflexiones. A esta altura, la identidad relacional, el modelado histórico de la ideología, la genealogía del sentido común naturalizado, la crítica al esencialismo no constituyen novedades sino más bien lugares comunes de la disciplina. Por momentos da la impresión de que Detienne se afana, no sin cierta ironía, por presentar una versión de los estudios clásicos aggiornada, accesible al gran público, a tono con las modas académicas: se preocupa por recalcar que su tesis incluye a las teorías de género, a los estudios culturales, a los queer studies y a la antropología —en este sentido, la cópula interdisciplinar difícilmente sorprenda a quien recuerde a Jane Harrison o a Francis Cornford, cuyo helenismo se sirvió pródigamente de las tesis de L'Année Sociologique , de Lévy-Bruhl y de Frazer.

En cuanto al hilo argumental, reiteremos que el esquema triádico propuesto es bastante simple: primero el grupo forja la ideología de la pureza y la autoctonía; segundo, este conjunto de ideas provoca el rechazo de la mezcla y del extranjero; tercero, los muertos se confían a la tierra retroalimentando la ficción del arraigo, la herencia y la filiación territorializada. La piedra fundamental, lo confiesa Detienne, es una "hipótesis poco costosa", la autoctonía es una forma de "marcar territorio" apropiándose del espacio (p. 13). Sin embargo, él mismo confiesa su desconcierto ante pueblos como los yanomamis o los guayakis, que recorren su territorio sin sentir necesidad alguna de establecer una residencia fija, no construyen santuarios para los ancestros y sin embargo sienten tan propia a la tierra como los férreos hoplitas o los caballeros francos. Para comprender esta subjetivación colectiva del espacio es necesario esbozar un modelo más plástico, diversificado, que contemple fenómenos como la toponimia, la mitología, la onomástica, la historia oral, la imaginación antropológica o la cosmología —por citar tan sólo un ejemplo, es imposible pensar la escatología en esas sociedades si no se tiene en cuenta la práctica del endocanibalismo. La pulsión hertziana de regresar los muertos a la tierra, en la que se apoya Detienne, merece entonces un desarrollo comparativo más amplio.

Por otra parte, si pensamos en la crónica macabra de incestos, suplicios sádicos y cólera homicida que suponen los mitos griegos, el examen de las relaciones posibles entre la autoctonía y la ambivalencia simbólica, apenas insinuado en el libro, también demanda mayores precisiones. Otro punto discutible es el vínculo preciso entre la ideología de la autoctonía y los diferentes procesos de jerarquía, asimetría y diferenciación social, que aparece implícito, sugerido. No queda claro si se trata de variables necesariamente dependientes, y en tal caso cuál sería la naturaleza de su relación: determinación, traducción, inversión, retroalimentación, etc. Ahora bien, la antropología dispone de algunas herramientas relevantes para estos casos, como la categoría de maison que Lévi-Strauss acuñó a partir de la etnografía kwakiutl, que puede iluminar las estrategias colectivas de administración de la jerarquía, el parentesco, la pertenencia espacial o étnica.

Si bien, en definitiva, el problema planteado no resulta enteramente original, y su desarrollo supondría en muchos casos mayores precisiones, este libro de Marcel Detienne ciertamente enriquece el espectro comparativo remozando de paso el maltrecho puente entre la antropología y los estudios clásicos. Si su valor radica no tanto en el qué sino en el cómo, hay que resaltar, primero, que despliega con sutileza el juego de fluidos y de sedimentos, de cambios y de continuidades, de interrupciones y aceleraciones que permiten esbozar una visión dinámica de las ideologías de la pertenencia. Segundo, que se trata de un libro erudito, bien traducido, que se deja leer con total facilidad y no está exento de humor ("las referencias, no las quiero aquí", p. 100, n. 82). Tampoco de frases memorables: "Es sabido desde hace mucho tiempo: una de las características de la especie humana es inventar incesantemente prácticas, ceremonias, técnicas, representaciones de todo tipo que hacen cultura, en el sentido más libre, cosas que se transmiten o se olvidan; ciertos días parecen transformar el mundo; a veces, una sola noche alcanza para aniquilarlas" (p. 12). Como todo ordenamiento social, los artificios de la autoctonía son arbitrarios, y por tanto sus resortes ocultos pueden desmontarse: después de todo, como dicen que decía Kant, nadie tiene derecho a encontrarse en un sitio de la tierra más que en otro.