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Análisis filosófico

versión On-line ISSN 1851-9636

Anal. filos. v.25 n.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires nov. 2005

 

En memoria de Eduardo H. Flichman

Sabemos que las palabras no alcanzan para describir la magnitud de esta pérdida. Sabemos también que su ausencia seguirá teniendo diferentes manifestaciones. Que su legado no fue solamente su trabajo escrito, sus clases y sus diferentes contribuciones.
Su paso por nuestras vidas ha dejado huellas entrañables a las que nos aferramos por ser el recuerdo que atesoramos de él, por ser la forma en que él perdura en cada uno de nosotros.
También sabemos que debemos seguir adelante con una extraña superposición de tristeza por no contar con su presencia física y de plenitud por haber compartido con Eduardo momentos especiales, momentos en los que nos regaló su bondad y su sabiduría enriqueciéndonos generosamente.
Una de las maneras en que Eduardo dejó una marca imborrable en nuestra comunidad es mediante su convicción de que las cosas pueden ser mejores. Y así lo mostró una y otra vez al momento de educar, al formar investigadores y al tender puentes entre posiciones aparentemente irreconciliables. Eduardo nos ha mostrado cómo se puede ser optimista y realista al mismo tiempo. Cómo es posible que cada uno tenga algo para enriquecer al otro, y cómo diferentes miradas pueden integrarse en vez de competir por su preeminencia.
Sin duda, una de las virtudes que se ha destacado a lo largo de la vida de Eduardo es su dedicación a los demás. Esa dedicación no consistía simplemente en la disposición para brindarnos su sabiduría, su tiempo o su escucha. Más bien consistía en una asombrosa capacidad suya para poder ayudar a cada uno en lo que cada uno necesitaba. Era capaz de estar en nuestro lugar, sufrir lo nuestro, ser feliz con nuestros logros, ser parte de nosotros.
Esto muestra el lugar que Eduardo otorgaba a cada ser humano que lo rodeaba y al que le brindaba su afecto.
No debiera extrañarnos entonces que una de sus preocupaciones prioritarias fuera la educación. Esa actividad en la que una y otra persona establecen un lazo que los enriquece y en la que uno tiene algo diferente para enriquecer al otro. Este proceso, aún siendo asimétrico en contenidos, puede ser simétrico en compromiso.
Eduardo lograba llevar este contraste a niveles excepcionales. Los que lo hemos tenido como maestro supimos de su conocimiento insondable, y también experimentamos la fortaleza del vínculo que establecimos desde nuestro lugar de alumnos.
Una mención adicional merece su compromiso en la amistad. Ser amigo de Eduardo ha sido, como con todo lo demás, una experiencia única. Pero esta vez se trata de experimentar la sensación de unidad con lo más profundo de su ser, con sus preocupaciones más personales, y con sus principios más profundos.
Haber estado cerca de Eduardo ha sido sin duda una de las grandes oportunidades que a muchos de nosotros nos ha dado la vida. Sabemos que muchas de nuestras actividades ya no serán iguales sin su presencia física, pero también sabemos que haber contado con Eduardo en nuestras vidas nos ha modificado la manera en que queremos que sean y el modo en que podemos lograrlo.
Para vos, Eduardo, mi maestro y amigo, un abrazo en el que no se distinguen ya el agradecimiento y la alegría de haberte conocido.

Hernán Miguel